Todo comenzó un martes cualquiera, deslizando sin muchaesperanza por Tinder. De repente, apareció su perfil: una dominicana de más de40 años, con una sonrisa que prometía travesuras y una energía que desmentía suedad. Hice match, y comenzamos a coquetear. Sus mensajes tenían ese picantecaribeño, esa forma directa de decir las cosas que me fascinaba. Tras un par dedías de charla caliente, me soltó la bomba: "Tengo marido, papi, pero éles mucho mayor y ya no funciona... por más que le he hecho de todo". Meconfesaba que buscaba alguien que la atendiera, que la hiciera sentir mujer denuevo.
Sin pensarlo, le propuse lo que ambos queríamos, pero no nosatrevíamos a decir: "Si solo quieres sexo sin complicaciones, vamos a un hotelde Los Olivos follemos". Su respuesta fue inmediata: "Acepto, papi.Pero la primera vez, tráeme un vino tinto".
El día acordado, compré una botella de buen vino y me dirigíal hotel. Llegué antes que ella, y cuando vi entrar su figura, mi corazón dioun vuelco. Era más alta de lo que imaginaba, una morena imponente con un cuerpoque una chiquilla de 20 envidiaría. Y ese culo... Dios santo, ese culo era unaobra de arte, redondo y prominente, que se marcaba incluso bajo el pantalón quellevaba.
"Me gusta mucho lo que veo, papi", me dijoacercándose, su acento dominicano haciendo que cada palabra sonara como unacaricia. "Vayamos al hotel, que no tengo mucho tiempo".
En la habitación, abrí el vino y serví dos copas. El alcoholrelajó la tensión inicial, y pronto nuestros labios se encontraron. Fue un besoapasionado, hambriento, con años de deseo contenido. Sus manos exploraban micuerpo con una urgencia que me excitaba.

Me arrodillé frente a ella y comencé a desvestirlalentamente. Cada prenda que caía revelaba más de esa piel canela que parecíabrillar bajo la luz tenue del hotel. Cuando finalmente la desnudé, me quedémirándola un momento, asombrado de su perfección. "¿Qué pasa, papi? ¿Tegusta?", preguntó haciendo una pose que enfatizaba sus curvas.
Le respondí con acciones, llevándola hacia la cama ycomenzando a besarla de nuevo. Esta vez, mis manos recorrían cada centímetro desu piel, sentía la calidez de su cuerpo, la suavidad de sus pechos, la firmezade sus muslos. Bajé lentamente, besando su estómago hasta llegar al tesoro queesperaba entre sus piernas.

A pesar de su edad, su vagina era una delicia. Apretadita,con un aroma dulce y limpio que me enloquecía. Comencé a lamerla condelicadeza, pero pronto ella me pidió más: "Así, papi, así... nopares". Sus gemidos eran música para mis oídos, mezclados con palabras enespañol y en inglés que revelaban su pasión.
Cuando sentí que estaba a punto de llegar al clímax, subí yla penetré de golpe. Su cuerpo se arqueó, un gemido profundo escapó de suslabios. "Dale, papi, dale... dame rico". Comenzamos a movernos en unritmo que se aceleraba con cada embestida.



La folle en todas las posiciones que se nos ocurrieron.Primero misionero, mirándola a los ojos mientras sus palabras sucias meimpulsaban a darle más y más. Luego la puse a cuatro patas, y cuando vi eseculo desde atrás, casi pierdo el control. Le daba nalgadas que dejaban mi marcaroja en su piel canela, y ella me pedía más: "Más fuerte, papi... damemás".
Ella era una contradicción fascinante: tierna en suscaricias, pero una perra insaciable en la cama. Me agarraba los brazos, mearañaba la espalda, me mordía el cuello mientras gemía: "Fóllame, papi...fóllame más fuerte".


De repente, su teléfono sonó. Era su marido. Ella contestósin detener el movimiento de su cadera: "Sí, mi amor... sí, estoy porsalir del trabajo". Mientras hablaba con él, me miró con una sonrisapícara y me susurró: "Apúrate, papi... que me queda poco tiempo".
Esa situación extraña me excité aún más. Aumenté el ritmo,penetrándola más profundamente, sintiendo cómo sus paredes se contraíanalrededor de mí. Colgó el teléfono y me dijo: "Ahora sí, papi...acabémoslo bien".
Nos entregamos al placer sin inhibiciones. Ella me confesóque le encantaba mi pene, cómo la llenaba por completo. "Nadie me follacomo tú, papi", me decía entre gemidos. La volví a poner a cuatro patas,esta vez frente al espejo, para que viera lo que hacíamos. La expresión deéxtasis en su rostro mientras me veía entrar y salir de ella fue inolvidable.



Finalmente, llegamos juntos al clímax. Nuestros cuerpos secontrajeron en un espasmo simultáneo de placer puro. Nos quedamos unos minutosabrazados, sintiendo cómo nuestros corazones latían desbocados.
"Eso fue increíble, papi", me dijo besándomesuavemente. "Tienes que volver a llamarme".
Nos vestimos en silencio, pero con la promesa de repetirlo.Cuando salimos del hotel, nos separamos con un beso furtivo, como dos amantesque guardan un secreto excitante.

Ese fue nuestro primer encuentro, pero no sería el último.Cada vez que su teléfono sonaba y era su marido, ella se volvía más salvaje,más liberada en mis brazos. Y yo, por mi parte, había encontrado a la mujerperfecta: mayor, experimentada, insaciable y, sobre todo, comprometida con otrohombre, lo que nos libraba de cualquier atadura emocional. Solo sexo, soloplacer, solo nuestro secreto en los hoteles de Los Olivos.
Sin pensarlo, le propuse lo que ambos queríamos, pero no nosatrevíamos a decir: "Si solo quieres sexo sin complicaciones, vamos a un hotelde Los Olivos follemos". Su respuesta fue inmediata: "Acepto, papi.Pero la primera vez, tráeme un vino tinto".
El día acordado, compré una botella de buen vino y me dirigíal hotel. Llegué antes que ella, y cuando vi entrar su figura, mi corazón dioun vuelco. Era más alta de lo que imaginaba, una morena imponente con un cuerpoque una chiquilla de 20 envidiaría. Y ese culo... Dios santo, ese culo era unaobra de arte, redondo y prominente, que se marcaba incluso bajo el pantalón quellevaba.
"Me gusta mucho lo que veo, papi", me dijoacercándose, su acento dominicano haciendo que cada palabra sonara como unacaricia. "Vayamos al hotel, que no tengo mucho tiempo".
En la habitación, abrí el vino y serví dos copas. El alcoholrelajó la tensión inicial, y pronto nuestros labios se encontraron. Fue un besoapasionado, hambriento, con años de deseo contenido. Sus manos exploraban micuerpo con una urgencia que me excitaba.

Me arrodillé frente a ella y comencé a desvestirlalentamente. Cada prenda que caía revelaba más de esa piel canela que parecíabrillar bajo la luz tenue del hotel. Cuando finalmente la desnudé, me quedémirándola un momento, asombrado de su perfección. "¿Qué pasa, papi? ¿Tegusta?", preguntó haciendo una pose que enfatizaba sus curvas.
Le respondí con acciones, llevándola hacia la cama ycomenzando a besarla de nuevo. Esta vez, mis manos recorrían cada centímetro desu piel, sentía la calidez de su cuerpo, la suavidad de sus pechos, la firmezade sus muslos. Bajé lentamente, besando su estómago hasta llegar al tesoro queesperaba entre sus piernas.

A pesar de su edad, su vagina era una delicia. Apretadita,con un aroma dulce y limpio que me enloquecía. Comencé a lamerla condelicadeza, pero pronto ella me pidió más: "Así, papi, así... nopares". Sus gemidos eran música para mis oídos, mezclados con palabras enespañol y en inglés que revelaban su pasión.
Cuando sentí que estaba a punto de llegar al clímax, subí yla penetré de golpe. Su cuerpo se arqueó, un gemido profundo escapó de suslabios. "Dale, papi, dale... dame rico". Comenzamos a movernos en unritmo que se aceleraba con cada embestida.



La folle en todas las posiciones que se nos ocurrieron.Primero misionero, mirándola a los ojos mientras sus palabras sucias meimpulsaban a darle más y más. Luego la puse a cuatro patas, y cuando vi eseculo desde atrás, casi pierdo el control. Le daba nalgadas que dejaban mi marcaroja en su piel canela, y ella me pedía más: "Más fuerte, papi... damemás".
Ella era una contradicción fascinante: tierna en suscaricias, pero una perra insaciable en la cama. Me agarraba los brazos, mearañaba la espalda, me mordía el cuello mientras gemía: "Fóllame, papi...fóllame más fuerte".


De repente, su teléfono sonó. Era su marido. Ella contestósin detener el movimiento de su cadera: "Sí, mi amor... sí, estoy porsalir del trabajo". Mientras hablaba con él, me miró con una sonrisapícara y me susurró: "Apúrate, papi... que me queda poco tiempo".
Esa situación extraña me excité aún más. Aumenté el ritmo,penetrándola más profundamente, sintiendo cómo sus paredes se contraíanalrededor de mí. Colgó el teléfono y me dijo: "Ahora sí, papi...acabémoslo bien".
Nos entregamos al placer sin inhibiciones. Ella me confesóque le encantaba mi pene, cómo la llenaba por completo. "Nadie me follacomo tú, papi", me decía entre gemidos. La volví a poner a cuatro patas,esta vez frente al espejo, para que viera lo que hacíamos. La expresión deéxtasis en su rostro mientras me veía entrar y salir de ella fue inolvidable.



Finalmente, llegamos juntos al clímax. Nuestros cuerpos secontrajeron en un espasmo simultáneo de placer puro. Nos quedamos unos minutosabrazados, sintiendo cómo nuestros corazones latían desbocados.
"Eso fue increíble, papi", me dijo besándomesuavemente. "Tienes que volver a llamarme".
Nos vestimos en silencio, pero con la promesa de repetirlo.Cuando salimos del hotel, nos separamos con un beso furtivo, como dos amantesque guardan un secreto excitante.

Ese fue nuestro primer encuentro, pero no sería el último.Cada vez que su teléfono sonaba y era su marido, ella se volvía más salvaje,más liberada en mis brazos. Y yo, por mi parte, había encontrado a la mujerperfecta: mayor, experimentada, insaciable y, sobre todo, comprometida con otrohombre, lo que nos libraba de cualquier atadura emocional. Solo sexo, soloplacer, solo nuestro secreto en los hoteles de Los Olivos.
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