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Daniela (la MILF de la familia) Cap 4

Mauricio estaba de pie en la sala, con la mirada perdida y la mandíbula tensa, cuando escuchó pasos bajando las escaleras.


Era Fernando.


El chico bajó con una expresión de pura satisfacción en el rostro. Tenía el cabello revuelto, las mejillas ligeramente sonrojadas y una sonrisa relajada que no podía ocultar del todo. Caminaba con una confianza y ligereza que delataban lo que acababa de ocurrir.


—Hola tío —saludó Fernando con tono alegre y casual.


—Qué buena tarde, ¿verdad? —comentó con naturalidad, pero con un tono que destilaba satisfacción—.


Mauricio lo miró fijamente. No respondió al saludo de inmediato.


—¿Qué hacías arriba? —preguntó directamente.


Fernando se acercó a la mesa, tomó una manzana del frutero y le dio un mordisco grande antes de contestar.


—Estuve un rato con la tía Daniela viendo una película —dijo con naturalidad, pero con un brillo burlón en los ojos—. Hacía mucho calor allá arriba, pero la pasamos muy bien.


Mauricio entrecerró los ojos ligeramente, intentando leer entre líneas.


—¿Qué película estaban viendo? —preguntó, fingiendo interés.


Fernando se encogió de hombros y sonrió de forma juguetona, casi burlona.


—Ni idea, la verdad —respondió sin intimidarse—. Empezamos una, pero después… nos distraímos con otras cosas… digo, nos pusimos a platicar, jeje.


Mauricio apretó la mandíbula.


—Entiendo. ¿Y cuánto tiempo estuvieron ahí? —insistió.


Fernando dio otro mordisco a la manzana y miró a su tío directamente, con esa actitud relajada y un poco provocadora.


—Como dos horas, más o menos —contestó con una sonrisa ladeada—. La tía Daniela estaba muy cómoda y no quería que me fuera.


Hizo una pausa corta y añadió con tono burlón:
—Estuvimos muy entretenidos. La tía es muy buena compañía.
—Tu esposa es una mujer muy hermosa, tío. De verdad tienes mucha suerte.


Mauricio sintió que algo se rompía por dentro. Fernando no estaba confesando directamente, pero su forma de hablar, la sonrisa burlona y las indirectas tan evidentes dejaban muy claro lo que había pasado.


—¿Y ya bajó ella? —preguntó Mauricio, manteniendo la compostura con esfuerzo.


Fernando sonrió aún más, casi con sorna.
—No… creo que se quedó descansando un rato. Quedó muy cansada después de la “película” jeje.


Le dio el último mordisco a la manzana, tiró el corazón a la basura y pasó junto a su tío dándole una palmada amistosa en el hombro.


—Bueno, yo voy a subir a mi cuarto a descansar también... Quedé bastante satisfecho por hoy.


Subió las escaleras silbando bajito, con esa actitud burlona y triunfante que no se molestaba en esconder.


Mauricio se quedó solo en la sala, respirando pesadamente. La forma en que Fernando le había hablado —sin decirlo abiertamente, pero burlándose de él con cada palabra— le confirmó todo lo que temía.


Su sobrino no solo se había cogido a su esposa… además se estaba burlando de él en su propia cara.


Mauricio subió las escaleras en silencio, con el peso de cada paso cargado de sospecha y dolor. Abrió la puerta de la habitación de invitados sin tocar.


La habitación estaba vacía. Daniela había salido a bañarse. La cama seguía completamente deshecha, las sábanas revueltas y arrugadas, las almohadas fuera de lugar. El olor a sexo era fuerte e inconfundible: sudor, excitación y el aroma denso de una follada reciente.


Mauricio se sentó pesadamente en el borde de la cama. Agachó la cabeza, apoyando los codos en las rodillas, y se pasó las manos por el cabello con frustración.


—No puede ser… —murmuró para sí mismo.


Fue entonces cuando lo vio.


Tirado entre las sábanas revueltas, cerca de la cabecera, estaba un condón abierto y estirado, claramente utilizado… pero vacío. No había semen dentro. Solo quedaba un poco de lubricante y los restos de fluidos de Daniela. Que había pasado: se lo habían quitado a mitad de la follada… o directamente no lo habían usado. No importaba, lo único seguro que si había pasado es que su sobrino se había corrido dentro de su esposa sin protección.


Mauricio lo tomó con dos dedos, como si quemara. Miró el condón vacío durante varios segundos, sintiendo cómo el mundo se le venía encima. La imagen de su sobrino follándose a Daniela sin condón, corriéndose dentro de ella, llenándola con su semen, se clavó en su mente como un hierro caliente.


El dolor fue brutal. No solo era la traición. Era la humillación absoluta. Su propia esposa se había entregado completamente a su sobrino, permitiéndole follarla a pelo y correrse dentro.


Se quedó sentado allí, con el condón usado en la mano, mirando al suelo sin ver nada. Imaginaba el agua de la ducha corriendo por el cuerpo de su esposa, lavándose, intentando borrar las huellas de lo que acababa de pasar.


Mauricio no se movió. No gritó. No lloró.


Solo apretó el condón en su puño, sintiendo cómo el látex se arrugaba, mientras la certeza de la infidelidad de su esposa lo destrozaba por dentro.


Mauricio seguía sentado en el borde de la cama, con el condón usado y vacío aún apretado en su puño. Segundos después, la puerta del cuarto se abrió.


Daniela entro envuelta solo en una toalla blanca que apenas le cubría los pechos y llegaba justo debajo de las nalgas. Su piel clara aún estaba húmeda y brillante, el cabello negro mojado cayendo sobre sus hombros. Olía a jabón y a hembra recién bañada.


Al ver a Mauricio sentado allí con esa expresión seria, Daniela se detuvo un segundo, pero rápidamente sonrió con esa dulzura que siempre usaba cuando quería calmarlo.


—Amor… ¿qué haces aquí tan callado? —preguntó con voz suave y melosa, acercándose lentamente.


Mauricio levantó la mirada y abrió la mano, mostrando el condón arrugado y vacío sobre su palma.


—Fernando me dijo que estuvo aquí en la habitación contigo —


—Es cierto, Fernando estuvo aquí un rato, sí… pero solo vimos una película. Después me quedé dormida. Y cuando desperté él ya se había ido 


—Ah sí… ¿Entonces me puedes explicar qué significa esto? —preguntó con voz baja pero cargada de tensión—. Lo encontré entre las sábanas.


Daniela se quedó mirando el condón por un segundo. Su expresión cambió levemente, pero no entró en pánico. En lugar de eso, dio un paso más cerca, dejando que la toalla se abriera un poco en la parte superior, mostrando el valle profundo entre sus pechos.


—Mauricio… —susurró con voz suave y seductora, sentándose a su lado en la cama—. No es lo que estás pensando. Quizás ese condón es viejo, Quizas Fernando trajo a una de sus amigas, ya sabe como son los jóvenes de hoy en día.


Se inclinó ligeramente hacia él, dejando que su pecho rozara el brazo de su esposo. Su mano subió lentamente por el muslo de Mauricio hasta llegar a su pecho.


Mientras hablaba, Daniela deslizó la mano por el cuello de Mauricio y empezó a acariciarle la nuca con los dedos, de esa forma que siempre lo había vuelto loco. Se acercó más, rozando sus labios contra su oreja.


—Estás muy tenso, mi amor… —susurró con voz ronca y coqueta—. ¿De verdad crees que yo sería capaz de hacer algo con tu sobrino? ¿Con Fernando? Es tan solo un niño…


Se movió sutilmente para que la toalla se deslizara un poco más, dejando casi al descubierto sus pechos. Su mano bajó por el pecho de Mauricio y empezó a desabotonar la camisa.


—Una mujer como yo, necesita a un verdadero hombre como tú. Ven… déjame relajarte —murmuró, besándole suavemente el cuello y quitándole la camisa—. Has tenido un día largo y agotado, Por eso estás pensando en tonterías. Yo solo te quiero a ti…


Mauricio respiró más pesado. Sabía que ella estaba manipulándolo, pero el contacto de su piel húmeda, su voz melosa y el olor a hembra empezaban a afectarlo. Daniela lo conocía demasiado bien.


—Daniela… —intentó decir él, pero su voz salió más débil de lo que quería.


Ella no le dio oportunidad de continuar. Se subió a horcajadas sobre sus piernas, dejando que la toalla se abriera por completo y quedara prácticamente desnuda encima de él. Tomó el rostro de Mauricio entre sus manos y lo besó lenta y profundamente, con esos labios gruesos que siempre lo habían vuelto loco.


Cuando separó sus labios, lo miró a los ojos con una expresión inocente y seductora al mismo tiempo.


—Yo soy tu esposa. Solo tuya.


Mauricio cerró los ojos y se engaño a sí mismo de que lo que le decía Daniela era la absoluta verdad.


Después de los besos y caricias con Mauricio, Daniela decidió que esa noche no iba a pasar desapercibida. Quería sentir las miradas sobre ella, quería alimentar el fuego que ya ardía en la casa.



Se puso una blusa blanca de satén muy ligera, con un escote en V tan profundo que casi llegaba a su ombligo. Los tirantes finos apenas sostenían la tela, y al no llevar sostén, sus pechos generosos se marcaban perfectamente con cada movimiento, dejando ver el contorno de sus pezones. Abajo eligió unos shorts ligeros de color beige claro, cortos y sueltos, que apenas cubrían la mitad de sus muslos. Al caminar, el borde de los shorts se levantaba ligeramente y dejaba ver el hilo fino y negro de su tanga.

Se calzó unas sandalias bajas y se dejó el cabello suelto con ondas suaves. Se miró al espejo y sonrió satisfecha.

Daniela (la MILF de la familia) Cap 4

Bajó las escaleras junto a Mauricio. Él caminaba a su lado en silencio, todavía tenso por todo lo que había visto y sospechado.


Cuando llegaron al comedor, todos ya estaban sentados esperando.


La reacción fue inmediata.


Severo, que estaba bebiendo agua, se detuvo con el vaso a medio camino y la miró de arriba abajo sin disimulo. Sus ojos se clavaron en el profundo escote de la blusa blanca y luego bajaron a los shorts ligeros, donde el hilo negro de la tanga se asomaba provocativamente por un lado.


—Joder pero que rica esta… —murmuró en voz baja.


Fernando se quedó con la boca entreabierta, los ojos fijos en el pecho de su tía y en cómo los shorts se movían con cada paso. —Y pensar que hace un par de horas me estuve cogiendo a esa hembra.


Daniela sonrió con dulzura, como si no fuera consciente del efecto que causaba.


—Buenas noches —dijo con voz suave mientras se sentaba frente a Severo—. Perdón por la demora.


Al sentarse, los shorts ligeros se subieron un poco más y el hilo de la tanga quedó claramente visible por un lado, marcando la curva de su nalga. Severo no apartó la mirada ni un segundo.


Durante toda la cena, las miradas no dejaron de caer sobre ella. Severo, especialmente, no ocultaba su deseo. Cada vez que Daniela se inclinaba para tomar algo, el escote de la blusa se abría más y sus pechos se movían libremente bajo la fina tela.


Fernando intentaba disimular, pero sus ojos volvían una y otra vez al hilo negro de la tanga que asomaba por los shorts.


Alfonso solo miraba de reojo sin poder contenerse.


La cena terminó en medio de una tensión silenciosa y cargada. Todos se levantaron de la mesa con excusas vagas: Diana se fue a revisar algo en su habitación, Alfonso y Sandra se retiraron a la casa contigua, y Severo dijo que iba a fumar un cigarro afuera.


Solo quedaron Mauricio en la sala jugando con su hijo pequeño (construyendo algo con bloques en el piso) y Daniela en la cocina, lavando los últimos platos.


Daniela seguía vestida con la provocativa blusa blanca de satén escotada y los shorts ligeros beige. Cada vez que se movía, el borde de los shorts se levantaba ligeramente y dejaba ver el fino hilo negro de su tanga.


Fernando, que había estado esperando el momento perfecto, vio que su tío estaba distraído jugando con el niño y que nadie más estaba cerca. Con el corazón latiéndole fuerte, se levantó sigilosamente del sofá y se dirigió a la cocina.


Sandra, que había salido un momento al pasillo para tomar agua, vio cómo Fernando se escabullía hacia la cocina con prisa y una expresión ansiosa. Frunció el ceño, curiosa y desconfiada, y decidió acercarse en silencio para espiar desde la puerta entreabierta.


En la cocina, Fernando llegó por detrás de Daniela sin hacer ruido. La abrazó fuertemente por la cintura, pegando su cuerpo contra el de ella y hundiendo la cara en su cuello.


—Joder, tía… —susurró contra su oído con voz ronca y excitada—. No sabes lo rico que la pasé hoy contigo. Todavía tengo tu olor en mí… y no dejo de pensar en cómo te corrías mientras te cogía.


Sus manos subieron por la cintura de Daniela y acariciaron la parte baja de sus pechos por encima de la blusa.


—Estás tan sexy vestida así… esos shorts tan cortos, se te ve el hilo de la tanga… me tienes duro otra vez solo siéntelo. —presionando su verga erecta entre medio de sus pompas, la tela se hundió hacia adentro, que si no fuera por la ropa muy probablemente la habría penetrado en ese mismo instante de una sola estocada.


Daniela se sobresaltó al sentir el abrazo repentino y las manos de Fernando. Soltó un pequeño gemido y casi tira el plato que estaba lavando.


—Ah… Fernando… ¡para! —susurró alarmada, aunque no hizo un movimiento fuerte para apartarse—. ¿Estás loco? Tu tío está en la sala… nos pueden ver.


A pesar de sus palabras, no hizo nada para liberarse, al contrario paro mas las pompas para sentir era rica erección de verga. Giró un poco la cabeza hacia él, con la respiración ya más agitada.


—Alguien puede entrar en cualquier momento… —añadió con voz más débil, y sus caderas se movieron ligeramente hacia atrás contra él.


Fernando sonrió y apretó más el abrazo, besándole el cuello.


—No me importa… hoy fue increíble. Me dejaste cogerte sin condón… te llené toda… y quiero repetir.


Sandra, escondida detrás de la puerta entreabierta, escuchó cada palabra con los ojos muy abiertos y la boca literalmente abierta de la impresión. No podía creer lo que estaba oyendo.


¿Daniela se acostó con su propio sobrino? ¿Sin condón? ¿La llenó? pensó, completamente impactada.


Sandra confirmaba lo que pensó desde el primer día que la vio, con ese cuerpo tan voluptuoso y vestida tan provocativa, Daniela era una verdadera puta.


En la cocina, Fernando seguía abrazado a Daniela, sus manos subiendo peligrosamente por sus pechos mientras ella intentaba (sin mucha convicción) controlarlo.


Sandra se quedó petrificada detrás de la puerta entreabierta de la cocina. Había escuchado todo: las palabras de Fernando, sus manos en la cintura de Daniela, sus susurros sobre lo rico que había sido follarla esa tarde, y cómo Daniela, no lo habia negado y aunque intentaba controlarlo, no lo apartaba con fuerza.


Sandra sintió que la cabeza le daba vueltas. No podía creer lo que acababa de oír. No soportó más. Cerró los ojos, respiró hondo y decidió no seguir mirando. Se apartó de la puerta en silencio y se alejó por el pasillo, con el corazón latiéndole con fuerza. Estaba completamente confundida.


¿Debo contárselo a Mauricio? ¿Debo decírselo a Alfonso? ¿O mejor me callo?


No sabía cómo actuar. La información era demasiado pesada. Se sentía traicionada, asqueada y, al mismo tiempo, extrañamente excitada. Regresó a su recámara contigua sin decir nada a nadie, con la mente hecha un torbellino.


Más tarde esa noche, en la habitación de Diana y Severo.


La pareja estaba ya en la cama. Severo, acostado de espaldas con el torso desnudo, revisaba su teléfono. Diana, sentada a su lado, no podía guardar más el secreto.


—Severo… —dijo en voz baja, nerviosa—. Tengo que contarte algo que vi hoy.
Severo sin dejar el teléfono le pregunto.
—¿Qué pasó?
Diana respiró hondo antes de hablar.
—Esta tarde… cuando regresé de las compras, escuché gemidos que venían de la habitación de invitados. Subí sigilosamente y abrí la puerta un poco…
Hizo una pausa, todavía impactada por lo que había presenciado.
—Vi a Fernando… cogiéndose a Daniela.
Severo se incorporó lentamente en la cama, con los ojos muy abiertos. Una sonrisa lenta y sorprendida se formó en su rostro.
—¿Mi hijo se cogió a Daniela? —preguntó, casi sin creerlo.
Diana asintió, mordiéndose el labio.
—Sí… y no fue solo un polvo rápido. Estuvieron cogiendo más de dos horas. Ella gemía como una verdadera zorra.
Severo soltó una risa baja y oscura, claramente excitado por la noticia.
—Carajo… el cabrón de nuestro hijo nos ganó la delantera —murmuró, casi orgulloso—. ¿Y tú cómo te sentiste al verlos?
Diana se sonrojó ligeramente.
—No lo sé… me sorprendió mucho. Al principio sentí celos, pero… también me excitó. Ver a Daniela siendo follada de esa forma… y por nuestro propio hijo.
Severo se acercó más a su esposa y le pasó un brazo por los hombros.
—Entonces… ¿Nuestro plan de hacer un trío con ella será más fácil? —dijo con una sonrisa maliciosa.
Diana lo miró a los ojos y, después de unos segundos, asintió lentamente.
—Ahora sabemos que es una completa zorra. Si se abrió de piernas para Fernando… también puede abrirlas para nosotros.


Diana sonrió con satisfacción.


A la mañana siguiente, la casa amaneció más tranquila de lo habitual.


Fernando se había ido a la escuela desde muy temprano. Mauricio había salido a trabajar y, de paso, llevó a su hijo pequeño a la escuela. Diana había salido a hacer unas compras al supermercado. Por lo tanto, en el comedor solo estaban desayunando Severo, Alfonso y Sandra.


Los tres comían en silencio cuando, de pronto, se escucharon los tacones resonando en el pasillo.


Daniela apareció en la entrada del comedor.


Llevaba una minifalda azul marino extremadamente corta y ajustada que apenas cubría la mitad de sus muslos, marcando perfectamente la curva de sus pompas. Arriba lucía una blusa blanca sin mangas, ligera y ceñida. Los primeros botones estaban completamente desabotonados, dejando a la vista un escote profundo y generoso. Sus pechos grandes y firmes se presionaban contra la tela, y el botón que intentaba sostenerlos parecía a punto de reventar con cada respiración. El contraste de la blusa blanca contra su piel clara era hipnótico. Completaba el look con unos tacones rojos altos que la hacían caminar con un contoneo exagerado y sensual.


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—Buenos días —saludó Daniela con su voz dulce y coqueta de siempre, sonriendo con esos labios gruesos y pintados de rojo suave.


Se acercó a la mesa contoneando las caderas, sabiendo perfectamente el efecto que causaba.
Severo dejó de masticar y la miró de arriba abajo sin ningún disimulo. Sus ojos se clavaron en el escote profundo y en cómo la blusa blanca amenazaba con abrirse del todo.
Alfonso intentó mantener la compostura, pero sus ojos traicioneros bajaron al escote y a las piernas de Daniela. Tragó saliva y solo pudo decir un “Buenos días” casi en un susurro.
Sandra, por su parte, apretó el tenedor con fuerza. Su rostro se tensó visiblemente al ver el outfit tan provocativo de Daniela y como su esposo la miraba.
Daniela se sentó en su lugar con elegancia, cruzando las piernas lentamente. La minifalda subió un poco más, dejando ver más piel clara.


—¿Qué hay para desayunar? —preguntó con tono inocente y coqueto, inclinándose ligeramente hacia adelante para tomar una taza de café. El movimiento hizo que sus pechos se presionaran más contra la blusa, y el botón superior pareció a punto de saltar.
Severo soltó una risa baja y oscura, sin apartar la mirada de su escote.
—Hoy el desayuno se ve mucho más apetitoso que de costumbre… —comentó con doble sentido, mirándola directamente a los ojos.
Daniela sonrió con picardía y se sirvió un poco de café, disfrutando del ambiente cargado que ella misma había creado.
—Qué… arreglada para un simple desayuno en casa —comentó con tono seco y cortante—. ¿Vas a salir después?
Daniela sonrió con dulzura, como si no hubiera captado el veneno en las palabras de Sandra.
—No, solo que estoy acostumbrada a estar siempre arreglada —respondió con una indirecta hacia la persona de Sandra, se inclino ligeramente para tomar una rebanada de pan. El movimiento hizo que la blusa se abriera un poco más.
Severo soltó una risa baja y suave, sin ser grosero.
—Pues yo pienso que te ves muy bien—dijo con un tono casual pero sin dejar de mirarle el escote.
Alfonso se removió incómodo en su silla y tomó un sorbo grande de café, evitando mirar directamente. Sus mejillas se habían enrojecido ligeramente.
Sandra, por su parte, soltó un bufido casi imperceptible y clavó el tenedor en un trozo de fruta con más fuerza de la necesaria.
—Algunos deberíamos recordar que no estamos en un desfile —murmuró entre dientes, lo suficientemente bajo para que solo Daniela y Severo lo escucharan.
Sandra se apresuró a terminar su desayuno. Su rostro estaba tenso, los labios apretados en una línea fina de puro disgusto.
—Me retiro —anunció con voz cortante, sin mirar a nadie en particular—. Yo si tengo cosas importantes que hacer.
Se levantó bruscamente, lanzó una última mirada llena de desprecio hacia Daniela y salió del comedor sin despedirse. El sonido de sus pasos se perdió por el pasillo hacia la casa contigua.


Ahora solo quedaban tres en la mesa: Daniela, Severo y Alfonso.
El ambiente cambió al instante. El silencio se volvió más denso, más íntimo.


Severo se recostó ligeramente en su silla, con una sonrisa tranquila y peligrosa. Tomó un sorbo lento de su café y miró a Daniela con admiración descarada pero elegante.


—Qué bueno que se fue Sandra… —comentó con voz grave y relajada—. A veces tanta tensión en el aire quita el apetito. En cambio, contigo, Daniela, el desayuno se vuelve mucho más… interesante.


Sus ojos bajaron un segundo al escote profundo de la blusa blanca, donde el botón superior parecía a punto de rendirse, y luego volvió a mirarla a los ojos.
—Esa blusa te queda espectacular hoy. El blanco resalta todo… y esos botones parecen estar haciendo un esfuerzo heroico. ¿No te sientes un poco… apretada?
Daniela sonrió con coquetería y se inclinó ligeramente hacia adelante para tomar una fruta, haciendo que el escote se abriera un poco más.
—Un poco sí —respondió con tono juguetón—, pero me gusta sentirme cómoda. ¿Tú crees que es demasiado?
Severo soltó una risa baja y cálida, y miró de reojo a Alfonso, que estaba callado y claramente incómodo.
—Para nada —dijo Severo—. Al contrario, creo que Alfonso nos lo puede confirmar. ¿Verdad, cuñado? Mira nada más cómo se ve Daniela esta mañana. ¿No te parece que está hecha un bombón?, esa blusa y esa minifalda le quedan de maravilla.
Alfonso se removió en su silla, visiblemente nervioso. Sus ojos habían estado evitando mirar directamente a Daniela, pero ahora se vio obligado a responder. Tragó saliva y contestó con voz tensa:
—Eh… sí, se ve bien —murmuró, sin atreverse a ser más específico.
Severo sonrió con malicia y siguió integrándolo.
—Vamos, cuñado, no seas tímido. Daniela es una mujer hermosa y lo sabe. No pasa nada por admitirlo. Yo creo que ella esta acostumbrada a que se lo digan todo el tiempo, ¿o no es así Daniela?
Alfonso se puso ligeramente rojo y solo pudo asentir, evitando mirar a Daniela.
Daniela soltó una risita suave y coqueta, disfrutando del juego.
—Severo, vas a hacer que Alfonso se ponga más nervioso —dijo ella, mirando al atlético cuñado con una sonrisa pícara.
Severo se rio bajito y continuó, siempre manteniendo el tono sutil pero cargado:
—Es que es difícil no fijarse. Tú siempre sabes cómo alegrarnos la mañana, Daniela. Y Alfonso… bueno, él también tiene ojos. Solo que es más callado que yo.


El desayuno continuó entre coqueteos sutiles de Severo, que hábilmente intentaba arrastrar a Alfonso al juego, mientras Daniela respondía con sonrisas y miradas coquetas, y Alfonso luchaba internamente entre la culpa y la atracción.


Poco después, Alfonso terminó de desayunar y se levantó de la mesa.
—Con permiso, voy a preparar unas cosas para el trabajo —dijo con voz neutra, evitando mirar a nadie.
Severo solo sonrió ligeramente y asintió, quedándose sentado un rato más con su café.
Alfonso subió las escaleras y entró a su habitación. Apenas cerró la puerta, encontró a Sandra acomodando unas cosas de una manera muy molesta.
—Sandra… ¿qué pasa? —preguntó él, cerrando la puerta detrás de él.
Sandra levantó la mirada y soltó un bufido de indignación.
—¿Que qué pasa? ¿No viste cómo bajó Daniela a desayunar? —dijo con tono ácido y lleno de celos—. Esa minifalda apenas le tapaba el culo… la blusa con los botones casi a reventar… se le veían los pechos a punto de salirse. Y esos tacones… parecía que iba a un club, no a desayunar en familia.
Alfonso se quedó callado, recordando perfectamente la imagen de Daniela en la mesa.


Sandra continuó, cada vez más alterada:
—Es una descarada. Se pasea por la casa como si fuera una cualquiera. La manera de vestir… la forma en que se mueve… cómo se inclinaba… Se nota que lo hace a propósito. ¿No te das cuenta?
Alfonso se pasó una mano por la cara, visiblemente incómodo. No podía negar que él también había estado mirando.
—Sandra… es solo ropa —intentó decir, aunque su voz no sonaba muy convincente.
—¿Solo ropa? —Sandra soltó una risa sarcástica—. Esa mujer es una provocadora. Se nota que le gusta que todos la miren… bueno, todos los hombres de esta casa. ¿No te molesta que tu cuñada se comporte como una puta delante de todos?
Alfonso miró a su esposa Sandra mientras ella seguía hablando con indignación. Cuanto más hablaba, más inevitable se volvía la comparación en su mente.
Sandra era delgada, casi huesuda. Su cuerpo carecía de curvas: el pecho era plano, las pompas prácticamente inexistentes, y no tenía cintura definida. Su figura era recta, sin gracia, y su forma de vestir conservadora, vestía una falda hasta los tobillos. Era una mujer práctica, sin ningún encanto físico que llamara la atención.


En cambio, Daniela…
Daniela era todo lo contrario. Tenía pechos grandes, redondos y bien formados que se movían con naturalidad. Sus pompas eran generosas, firmes y perfectamente redondeadas. Tenía una cintura estrecha que creaba una silueta de reloj de arena imposible de ignorar. Todo en ella exudaba feminidad y sensualidad.


Alfonso recordó el momento en que su hermano Mauricio les anunció que se había casado y que vendría a presentarle a su nueva esposa y a su hijo. Nunca imaginó que sería una mujer como Daniela. Mauricio siempre había sido el feo de la familia: moreno, de rasgos toscos, bajo de estatura, poco agraciado y con muy mala suerte con las mujeres desde joven. Alfonso recordaba perfectamente cómo, en su juventud, las chicas lo rechazaban una y otra vez. No recordaba haberle conocido a alguna novia.


Y ahora… Mauricio tenía a Daniela.
Una mujer que parecía sacada de un sueño: piel clara, cabello negro, ojos verdes, labios gruesos, un cuerpo voluptuoso y una forma de moverse que hacía que cualquier hombre volteara a verla. 


Intuía que todo esto se debía al éxito que había tenido su hermano como médico y a la estabilidad económica que gozaba hoy en día.


Sandra seguía hablando, cada vez más alterada:
—…y la forma en que se inclina, como si quisiera que todos le vean las tetas. Es una falta de respeto. ¿No te parece?
Alfonso tardó en responder. Seguía perdido en sus pensamientos, comparando mentalmente a su esposa con Daniela. La diferencia era abismal. Sandra era como una tabla. Daniela era pura curva, carne firme y sensualidad.
—Alfonso, ¿me estás escuchando? —insistió Sandra, molesta.
—Sí… te escucho —respondió él por fin, con voz distante—. Es solo que… Daniela es una mujer muy… llamativa.
Sandra lo miró con los ojos entrecerrados, furiosa.
—¿Llamativa? Es una descarada. Se pasea por la casa medio desnuda, exhibiéndose delante de todos. Incluyéndote a ti.
Alfonso no respondió. En su mente seguía viendo la imagen de Daniela en el desayuno: la blusa blanca a punto de reventar, la minifalda azul subiendo por sus muslos.
Sandra, al ver que su esposo no la apoyaba, se cruzó de brazos y murmuró:
—Deberías hablar con tu hermano, para que le ponga un alto a su esposa, esta es una casa decente.
—Veré que puedo hacer — Solo eso atinó a decir Alfonso.
Mientras tanto, en el comedor, Daniela y Severo seguían desayunando solos.


Severo se recostó en su silla con calma, mirándola sin prisa. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Daniela con descaro miro el escote profundo de la blusa blanca y luego bajó a mirar sus hermosas piernas que se exhiben en esa minifalda tan corta.


—Joder… qué buena manera de empezar el día. Esa blusa te queda uff… bastante bien. Parece que en cualquier momento va a reventar ese botón jaja.
La verdad es que me tienes distraído desde que bajaste, no se si me pueda concentrar con mis cosas el dia de hoy jeje.
Daniela sintió el calor subirle por las mejillas. Intentó mantener la compostura y respondió con una sonrisa.
—Gracias —dijo mirándolo con una sonrisa—. Pero no exageres. Es solo ropa cómoda para estar en casa. Así es como suelo vestirme a diario.
Severo sonrió con más intensidad y se inclinó ligeramente hacia adelante.
—No estoy exagerando. Eres una mujer muy atractiva, Daniela. Muy sexy. Tienes algo que pocas mujeres tienen… esa combinación de cara bonita y cuerpo que invita a pecar. Me tienes pensando cosas que no debería pensar jeje.


Daniela bajó la mirada un momento, incómoda, pero mantuvo la voz tranquila y educada, sin entrar en su juego.


—Severo, por favor… no digas eso. Recuerda que soy una mujer casada. Soy la esposa de tu cuñado.
Severo soltó una risa baja y ronca, sin retroceder.
—Sí, qué lástima, porque mira que si no fuera así… Seguro que ya hubiera pasado algo mas jeje
Daniela forzó una sonrisa cortés y tomó un sorbo de su jugo, intentando cambiar el rumbo de la conversación.
—¿Quieres más café? —preguntó, manteniendo un tono neutral y educado.
Severo presa de la excitación que le generaba Daniela no soportó más y quiso arriesgarse siendo más directo, se inclinó un poco más sobre la mesa, con la mirada fija en el escote profundo de Daniela. Su tono se volvió más directo y sin filtros:
—Daniela… déjame ser sincero —dijo con voz ronca—. Estas demasiado buena, me muero por co…
En ese momento se escucharon pasos bajando las escaleras.
Alfonso entró al comedor y se dirigió directamente a la cocina.
Severo y Daniela lo vieron pasar.
Daniela aprovechó el momento. Se levantó con elegancia, se acercó un poco a Severo y le dedicó una sonrisa coqueta, bajando ligeramente la voz:
—Me agrada desayunar contigo, Severo… Continuamos con nuestra plática para más tarde —le dijo con tono dulce y seductor, acompañándolo de una mirada prolongada—. Y trata de no distraerte demasiado.
Se dio la vuelta, contoneando las caderas de forma natural mientras caminaba hacia la cocina.
Severo se quedó sentado, puesta la mirada en el culo de Daniela, con la exhortación al mil,  —Esa mujer tiene que ser mía, cueste lo que cueste.
Daniela entró a la cocina para encontrarse con Alfonso.
Alfonso levantó la vista del vaso de agua que estaba sirviendo y se quedó inmóvil al verla, no pudo evitar mirar el escote de su blusa.
—Hola, Alfonso… —saludó Daniela con voz baja y suave.
Te he sentido muy distante desde la  última vez que nos encontramos aquí… ¿te acuerdas?
Alfonso tragó saliva con dificultad. Sus mejillas se enrojecieron al instante y desvió la mirada.
—Yo… sí, me acuerdo —murmuró, nervioso.
Daniela dio un paso más y se apoyó ligeramente contra la encimera, quedando muy cerca de él. El escote de su blusa se abrió un poco más.
—Nos interrumpieron muy feo y desde esa noche no hemos podido platicar —continuó ella con tono meloso y coqueto—. Sabes… me gustaría que nos tratáramos más… que seamos algo más que cuñados… bueno me refiero algo asi como buenos amigos, ¿que dices?.


Alfonso estaba visiblemente nervioso. Su respiración se aceleró, miró hacia la puerta esperando que nadie apareciera y luego volvió a mirarla. Sus manos apretaban el vaso de agua con fuerza.


—Daniela… yo… no sé si sea buena idea —balbuceó, con la voz entrecortada—. Eres la esposa de mi hermano y…


Daniela inclinó la cabeza ligeramente y lo miró con ojos brillantes y una sonrisa suave.
—Solo digo que me gustaría conocerte mejor —susurró—. Desde esa noche siento que me evitas. No quiero que sea así entre nosotros.


Alfonso estaba claramente alterado. Su cuello y rostro estaban rojos, evitaba mirarla directamente a los ojos y se removía incómodo contra la encimera.


Me caes muy bien, Alfonso… y me gustaría que nos lleváramos mejor.


Alfonso estaba cada vez más nervioso. Dejó el vaso de agua sobre la encimera con un leve temblor en la mano, intentando ganar un segundo de compostura.


Daniela sonrió con picardía, se acercó un paso más y, sin decir nada, agarró el mismo vaso que él acababa de dejar. Lo levantó lentamente, mirándolo a los ojos, y bebió un sorbo del mismo lugar donde él había bebido, de forma deliberadamente íntima y coqueta.


—Mmm… está fresca —susurró ella con voz suave, sin apartar la mirada de la de él.
Dejó el vaso a un lado y, sin darle tiempo a reaccionar, tomó las manos de Alfonso entre las suyas. Sus dedos se entrelazaron con los de él de manera suave pero firme.
—Alfonso… —dijo con tono bajo y meloso—. Dame la oportunidad de tratarte y conocerte un poco más.
Alfonso estaba rojo, con la respiración agitada. Quería retirar las manos, pero no lo hizo, Daniela las sostenía con delicadeza.
—Está bien Daniela… —murmuró nervioso—. Yo…
Ella sonrió con dulzura y acarició el dorso de sus manos con los pulgares.
—Solo estoy siendo sincera… —susurró, acercándose un poco más.
En ese preciso instante, desde el pasillo se escuchó la voz de Sandra:
—¡Alfonso! ¿Dónde estás?
La puerta de la cocina se abrió de golpe.


Sandra entró y se quedó congelada al ver que su esposo se encontraba a solas con la zorra de Daniela y que se separaban rápidamente, alcanzo a notar que se encontraban tomados de la mano.


Daniela dio un paso atrás, fingiendo naturalidad. Alfonso retrocedió bruscamente, chocando contra la encimera, con el rostro completamente rojo.


Sandra los miró alternativamente, con los ojos llenos de sospecha y furia contenida.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó con voz cortante.
Alfonso se puso pálido al ver a Sandra parada en la puerta.
—Sandra… Solo estábamos… hablando. Daniela me estaba diciendo que…


No terminó la frase. Las palabras se le atoraron. Miró a Daniela buscando ayuda, pero ella solo lo observaba con una leve sonrisa burlona en los labios, como si estuviera disfrutando de su incomodidad.
Alfonso tragó saliva, incapaz de inventar una excusa creíble.


—No me interesa lo que te estaba diciendo —quiero que me ayudes a mover unas cosas en nuestra recamara.
—Claro… voy de inmediato —murmuró finalmente, bajando la cabeza.
Pasó junto a Sandra sin mirarla a los ojos y salió rápidamente de la cocina, dejando a las dos mujeres solas.
Daniela soltó una risita suave y se giró hacia la puerta, dispuesta a irse también.
—Espera —dijo Sandra con voz fría y cortante, bloqueándole el paso con el cuerpo.
Daniela se detuvo, arqueando una ceja con expresión de falsa inocencia.
—¿Qué pasa, Sandra?
Sandra cerró la puerta de la cocina y se cruzó de brazos, mirándola con desprecio.
—Quiero hablar contigo.


—Primero que nada, quiero que sepas que me parece una falta de respeto total la forma en que te vistes en esta casa —empezó Sandra, con la voz temblando de rabia—. Esas blusas que usas tan escotadas, esos leggings extremadamente ajustados, minifaldas demasiado cortas que apenas te tapan el culo… hasta se te llega a notar el hilo de los calzones tan pequeños que usas. ¿Crees que eso es ropa decente para estar con la familia?... Pareces una cualquiera.


Daniela la miró con una sonrisa tranquila, casi divertida, sin darle la menor importancia al reproche.


—Tranquila Sandra.. Es solo ropa, toda mi vida me he vestido así. No es para tanto —respondió con tono ligero.
Sandra se enfureció aún más al ver que Daniela no se inmutaba.


—No te hagas la inocente —siseó, dando un paso más cerca—. Escuché lo que hablaste con Fernando ayer. Vi como te abrazó y cómo te decía lo rico que la pasó contigo… tuviste sexo con el sobrino de tu marido!


Hizo una pausa, respirando con fuerza, con los ojos llenos de asco y rabia.
—Eres una zorra. Es ahora tu sobrino… ¡como pudiste!. Eres una puta, Daniela. Una verdadera puta.
Daniela se quedó mirándola en silencio por unos segundos. Luego, en lugar de negar o defenderse, solo sonrió con una expresión burlona y desafiante.
—¿Una puta? —repitió Daniela con voz suave, casi divertida—. Vaya… qué palabra tan fuerte, Sandra.


Se acercó un paso más, sin intimidarse, y la miró directamente a los ojos.
—Tal vez tengas razón. Tal vez sí soy una puta… pero al menos soy una puta que disfruta. Que hace que un hombre se sienta deseado. Que no se queda con las ganas.
Hizo una pausa y su sonrisa se volvió más pícara.
—Y sí… me acosté con Fernando. Me cogió rico. ¿Eso te molesta? ¿Te da envidia? Porque yo no tengo que andar espiando detrás de las puertas para sentir algo.
Sandra se puso roja de rabia y humillación. Abrió la boca para responder, pero Daniela se adelantó.
—Mejor preocupate por ti, arreglate un poco más —continuó Daniela con tono calmado y provocador—. No vaya a ser que tu maridito se comience a fijar en alguien más.
Sandra respiró con fuerza, temblando de ira. Dio un paso más cerca y le habló con voz baja pero cargada de amenaza:


—Escúchame bien, Daniela. Te quiero lejos de mi marido. Muy lejos. Si te veo coqueteando con Alfonso, si te acercas a él aunque sea un poco… te juro que le cuento todo a Mauricio. No me importa si se arma un escándalo. Pero a ti te va a costar caro.


Daniela la miró en silencio durante unos segundos. Luego sonrió con esa misma expresión burlona y desafiante sin responder nada.


Sandra se dio media vuelta, pero antes de salir sin mirar a Daniela le dijo:


—Quedas advertida… ¡zorra!


Sandra salió de la cocina dando un portazo. El sonido reverberó en las paredes y dejó un silencio pesado.


Daniela se quedó sola frente a la encimera. Durante unos segundos su rostro permaneció sereno, casi inexpresivo. Pero por dentro, las palabras de Sandra le habían molestado profundamente.


“Puta”…”zorra”... pensó, apretando ligeramente los dientes. ¿Quién se cree esta flaca insípida para llamarme así?


Respiró hondo, se arregló la blusa con calma y una sonrisa fría apareció en sus labios. Tomó una decisión en ese mismo instante, clara y firme.


Si Sandra tiene tanto miedo de que me acerque a su marido… entonces voy a hacerlo. Me voy a meter a la cama con Alfonso. Y lo voy a disfrutar mucho.


No era solo deseo. Era una forma de venganza silenciosa y de placer. Quería ver hasta dónde podía llegar.




Continuara...


Nota: Disculpen los espacios entre cada parrafo, es muy complicado publicar aquí, me gustaria que comentaran este relato que estoy escribiendo, me motivarian a seguir, puden darme ideas, alguna escena o algun nuevo personaje que quieran que incluya

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