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No podía sentir más placer

No podía sentir más placer

amateur
El último día de verano llegó con un calor asfixiante que se adhería a la piel como una segunda capa pegajosa. El sol colgaba bajo en el horizonte, tiñendo las dunas de un naranja intenso y quemado, mientras el viento seco arrastraba granos finos de arena que se pegaban al sudor y al deseo acumulado. Ana, Bea y Carla aparcaron en el camino de tierra conocido, el mismo que las había llevado a la playa nudista tantas tardes. No hablaron mucho en el coche. Solo se miraron con ojos vidriosos, se rozaron los muslos con dedos temblorosos, sonrisas aturdidas y cómplices. Sabían que esta era la despedida del calor, de los límites borrados, de los cuerpos entregados sin excusas. Mañana volvería el otoño, el trabajo, las vidas normales. Hoy, solo ellas y el deseo crudo.

Cargaron la manta grande, una botella de lubricante generosa y agua fría. Caminaron descalzas por la arena aún ardiente, subiendo las dunas bajas que formaban una hondonada natural: un cuenco protegido por crestas suaves, pero lo bastante abierto para que desde arriba se viera todo si alguien se asomaba. Extendieron la manta en el centro, donde el sol poniente lamía directo. Se quitaron la ropa despacio, sin risas ni prisa. Desnudas, piel brillante de sudor, tetas balanceándose con cada movimiento, coños ya húmedos de anticipación, se arrodillaron sobre la tela y esperaron. El viento caliente les rozaba clítoris hinchados, pezones endurecidos, culos expuestos.

Ana: morena curvy, tetas grandes y pesadas que se balanceaban con cada respiración, caderas anchas, culo redondo y caliente que invitaba a abrirlo.

Bea: platino delgada, flacucha, tetas pequeñas y puntiagudas, pelo corto revuelto, garganta profunda entrenada para tragar hasta el fondo.

Carla: morenita torneada, cuerpo fibroso y definido, coño depilado reluciente con labios carnosos y rosados.

Los tres aparecieron desde el sendero: el moreno alto y fibroso liderando, bañador negro ajustado marcando la polla ya semierecta; el rubio atlético con sonrisa pícara; el del piercing en la ceja y en el glande, tatuajes asomando por brazos y pecho. Se pararon frente a ellas, mirándolas de arriba abajo con esa calma dominante que las hacía temblar.

El moreno habló primero, voz grave y ronca.

—Último día de verano, zorras. Habéis venido solitas a las dunas. Sin collares, sin excusas. Hoy os abrimos del todo… y os llenamos hasta que supliquéis que paremos.

Ana levantó la vista, voz temblorosa pero excitada.

—No pares… queremos todo. Rómpenos una última vez.

Bea y Carla asintieron, piernas abiertas, coños chorreando sobre la manta.

Desde las crestas cercanas aparecieron siluetas: tres hombres maduros, de cincuenta y tantos, cuerpos algo blandos por los años pero pollas duras en mano, masturbándose lento. Se acercaron despacio, a unos metros, sin atreverse a más.

El moreno los miró, sonrió torcido.

—¿Queréis mirar de cerca? Quedaos ahí… pero si os corréis, que sea sobre ellas. Que sientan la leche caliente de desconocidos mientras las follamos. ¿Os parece, chicas?

Ana gimió bajito, empujando caderas hacia adelante.

—Que miren… que se corran sobre nosotras… me pone cachonda saber que nos ven.

Bea y Carla asintieron, ojos brillantes.

—Que vengan más cerca… queremos sentirlo todo —dijo Carla, voz ronca y entrecortada.

Los maduros se aproximaron a 3-4 metros, pollas tiesas en puño, masturbándose con ritmo lento, ojos clavados en los cuerpos desnudos y expuestos.

El moreno se quitó el bañador. Su polla gruesa y venosa saltó tiesa, cabeza hinchada brillando al sol poniente. El rubio y el del piercing siguieron: polla larga y curva, polla con aro plateado en el glande reluciendo.

—Arrodillaos mejor —ordenó el moreno—. Culos en pompa. Que se vea bien desde las crestas.

Ellas obedecieron. Arena caliente pegándose a rodillas y codos, sudor resbalando por espaldas y entre nalgas.

El moreno empezó con Ana. Escupió en su ano caliente, untó lubricante con dedos girando profundo, abriéndola despacio mientras ella gemía largo y empujaba hacia atrás.

—Joder… métemela ya… quiero sentirte entero en el culo —suplicó Ana.

Él empujó la polla gruesa en el ano de una embestida lenta pero firme. Ana gritó de placer-dolor, tetas grandes y pesadas balanceándose violentamente, arena pegándose a pezones endurecidos. Él la follaba brutal, agarrando caderas anchas, embestidas profundas que hacían chapotear jugos y lubricante.

—Dilo alto, tetona. Que los viejos oigan cómo suplicas —gruñó.

—Fóllame el culo más fuerte… rómpeme… soy vuestra puta del verano… —gimió Ana, voz quebrada por el placer.

El rubio se colocó delante, metió su polla larga en la boca de Ana, follándole la garganta al ritmo de las embestidas. Saliva goteando por barbilla y tetas, mezclándose con arena fina.

El del piercing fue a Bea: la puso a cuatro patas al lado, escupió en su ano rosado y entró despacio, luego aceleró, mano frotando clítoris con círculos rápidos.

—Mira cómo te abro, flacucha —gruñó—. Trágate el rabo mientras tu amiga se corre.

Bea empujó hacia atrás, ano dilatándose alrededor de la polla con piercing, gimiendo contra la manta.

—Más… métemela entera… me encanta cómo me estiras el culo…

Carla esperaba, piernas abiertas. El moreno salió del ano de Ana con un pop húmedo y cambió: empujó en el coño depilado de Carla, profundo y brutal.

—Pide, morenita —ordenó.

—Métemela más hondo… rómpeme el coño… quiero sentirte palpitar dentro… —suplicó Carla, caderas moviéndose instintivamente.

Rotaron sin descanso. El moreno follaba ano de Bea mientras el rubio succionaba tetas pequeñas y puntiagudas de Ana (pezones mordisqueados, duros como piedras) y el del piercing metía dedos en coño de Carla, frotando punto G hasta que ella squirtó primero: chorro caliente salpicando manta, arena y muslos, cuerpo convulsionando.

—Joder… me corro… no pares… —jadeó Carla, voz rota.

Lésbico intenso: pusieron a las tres en cadena sesenta y nueve sobre la manta. Ana lamiendo coño de Bea, Bea ano de Carla, Carla clítoris de Ana. Lenguas girando, succionando jugos salados y sudorosos, mientras los hombres rotaban detrás: polla en ano de Ana, coño de Bea, boca de Carla.

Los maduros aceleraron, pollas en mano. Uno se acercó más (con mirada de permiso del moreno), se masturbó furioso y eyaculó primero: chorros espesos y calientes sobre tetas grandes de Ana (leche blanca resbalando por la piel morena, goteando lento por pezones endurecidos). Ana gimió más fuerte, empujando contra la polla en su culo.

—Correos sobre nosotras… cubridnos… —suplicó, voz entrecortada.

El segundo maduro eyaculó sobre cara de Bea: semen salpicando labios carnosos, mejillas, lengua fuera tragando parte mientras gemía.

El tercero sobre culo y espalda de Carla: leche caliente resbalando por curvas torneadas, mezclándose con sudor, squirt y arena pegajosa.

Los tres principales aceleraron. Ana se corrió de nuevo: squirt explosivo mojando tetas de Bea y arena caliente. Bea siguió: ano contrayéndose alrededor de la polla del piercing, chorro salpicando muslos y manta.

—Suplicad —gruñó el moreno—. Decidlo alto.

—No pares… por favor… fóllanos hasta que no podamos caminar… —gimió Ana.

—Rómpenos… queremos leche en todas partes… llenadnos… —suplicó Bea.

—Última vez del verano… cubridnos de semen… —rogó Carla.

Los tres hombres se masturbaron furiosos delante de ellas, arrodilladas en fila. Chorros masivos salieron: el moreno sobre cara y tetas de Ana (leche espesa cubriendo la piel, goteando lento por pezones); el rubio sobre boca abierta de Bea (tragando abundante, resto cayendo por barbilla y tetas puntiagudas); el del piercing sobre vientre y coño depilado de Carla (semen blanco resbalando al clítoris hinchado).

Los maduros, aún duros, se corrieron una segunda vez: más chorros sobre culos, espaldas y tetas, semen pegajoso mezclándose con arena fina y sudor.

Ellas se besaron profundo, lenguas enredadas compartiendo semen salado y granos de arena, dedos resbaladizos entre muslos lamiendo restos mutuos mientras temblaban de orgasmos residuales.

El moreno se agachó, besó suave en la frente a cada una.

—Último día de verano… pero las dunas recuerdan. Cuando el calor vuelva, volveremos.

Se fueron caminando por la arena, siluetas recortadas contra el sol hundido. Ana, Bea y Carla se quedaron arrodilladas, cuerpos pegajosos de semen múltiple, arena y sudor, temblando. El viento secaba la leche en su piel, el mar lejano murmuraba como un secreto guardado.

El verano había terminado.

Pero las dunas guardaban el calor

FIN DE "LA PLAYA"

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