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Daniela (la MILF de la familia) Cap 2

Daniela apenas había dormido unas horas. Toda la noche había dado vueltas en la cama, frustrada y caliente. El rechazo de Mauricio, el roce intenso con Alfonso en la cocina y la interrupción de Sandra la habían dejado con un deseo insatisfecho que latía entre sus piernas. Al amanecer, seguía húmeda y sensible. Cada vez que cerraba los ojos recordaba la mano de Alfonso en su cintura y cómo sus cuerpos casi se besaron.


Decidió que no iba a pasar otro día conteniéndose.


Se levantó temprano, se duchó y se preparó con cuidado. Quería seguir provocando, quería sentir esas miradas sobre ella otra vez. Eligió un top negro ajustado sin mangas, con un escote pronunciado que dejaba ver el valle profundo entre sus pechos y parte de su espalda. Abajo se puso unos leggings grises de lycra muy ajustados, de esos que se pegaban como una segunda piel, marcando sus piernas torneadas, sus muslos gruesos y elevando sus pompas redondas de forma evidente. Completó el look con unos tacones altos negros de aguja, que la hacían caminar con un contoneo irresistible.


Se maquilló con esmero: labios gruesos pintados de rojo intenso, ojos claros resaltados con sombra oscura y delineador, y un toque de rubor que acentuaba sus pómulos. Finalmente, se recogió el cabello negro en una cola de caballo alta y apretada, que dejaba su cuello y hombros al descubierto y le daba un aire más juvenil y provocativo.


Cuando se miró en el espejo, sonrió satisfecha. Sabía exactamente el efecto que causaría.



Daniela (la MILF de la familia) Cap 2



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Todos se encontraban ya en el comedor desayunando. El olor a café, huevos y pan recién hecho llenaba el ambiente. Mauricio estaba sentado junto a su hijo. Diana y Severo charlaban en voz baja. Alfonso y Sandra estaban en un extremo de la mesa, ella con cara seria y él evitando mirar a nadie. Fernando, por su parte, revisaba su teléfono con disimulo.


Cuando Daniela entró al comedor, el silencio fue casi inmediato.


Los leggings grises se ajustaban de forma escandalosa a su cuerpo, marcando cada curva de sus nalgas y muslos. El top negro se pegaba a sus pechos, resaltando su forma redonda y generosa, y el escote permitía ver el suave movimiento al caminar. Los tacones de aguja hacían que sus caderas se balancearan con cada paso. La cola de caballo se movía de un lado a otro con gracia.


—Buenos días a todos —saludó Daniela con voz dulce y natural, como si no fuera consciente del espectáculo que estaba dando.


Se dirigió a la mesa y se sentó lentamente, cruzando las piernas. La lycra de los leggings se tensó aún más sobre sus pompas cuando se acomodó en la silla.


Las reacciones fueron inmediatas, aunque cada uno intentó disimular a su manera:


Severo dejó de masticar y la miró abiertamente, con hambre descarada. Su mano apretó la taza de café con fuerza.
Fernando levantó la vista del teléfono y se quedó congelado, recordando las fotos de la noche anterior. Su rostro se enrojeció al instante.
Alfonso intentó no mirar, pero sus ojos traicioneros se desviaron hacia el escote y las caderas de Daniela. Recordaba demasiado bien el calor de su piel en la cocina. Tragó saliva y bajó la mirada hacia su plato.
Diana observó a su cuñada con esa mezcla extraña de celos y atracción que había empezado la noche anterior. No pudo evitar notar lo hermosa que se veía con la cola de caballo.
Sandra apretó los labios hasta que se pusieron blancos. El odio en sus ojos era evidente.
Mauricio frunció el ceño, claramente molesto por el outfit tan provocativo de su esposa frente a su familia, pero no dijo nada delante de todos.
Daniela tomó un sorbo de café con calma, consciente de todas las miradas. Seguía muy caliente por dentro. El simple hecho de sentir cómo los hombres de la casa la devoraban con los ojos la excitaba aún más. Cruzó las piernas con lentitud, dejando que los leggings se marcarán aún más.


El desayuno acababa de comenzar, pero el ambiente ya estaba cargado de tensión sexual otra vez.


Fernando salió de casa al colegio. Apenas llegó al salón de clases, antes de que empezara la primera hora, reunió a sus tres mejores amigos en un rincón del patio.


—Miren esto, cabrones… —dijo Fernando con una sonrisa arrogante, sacando su celular.


Abrió la carpeta oculta y empezó a pasar las fotos que le había tomado a Daniela el día anterior: primero las de cuando caminaba hacia la cocina con los leggings cafés marcando sus pompas, luego las del baile donde se veía claramente cómo sus nalgas se movían contra él.


Sus amigos se quedaron con la boca abierta.


—Puta madre… ¿esa es tu tía? —preguntó uno de ellos, acercándose más al teléfono.


—Está buenísima… ¿cómo carajos tienes una tía así? —dijo otro, sin poder creerlo.


Fernando sonrió con orgullo y siguió pasando fotos. Ahora les mostraba las que había tomado discretamente esa misma mañana durante el desayuno: Daniela con el top negro escotado, los leggings grises de lycra ajustadísimos y la cola de caballo alta. En una de ellas se veía perfectamente cómo la lycra se hundía entre sus nalgas al sentarse.


—Miren cómo se vistió hoy… —presumió Fernando—. Se pone esta mierda apretada a propósito. Toda la mañana la he tenido dura solo de verla.


Los amigos no salían de su envidia. Uno de ellos casi le quita el teléfono de las manos.


—Qué suerte tienes, wey… yo mataría por tener una tía así en mi casa.


Fernando se hinchó de orgullo y bajó la voz, hablando con tono de macho conquistador:


—Además no solo la miro… Ayer bailé perreo con ella. La pegué bien pegada y le metí las manos en la cintura. Sentí sus pompas bien duras contra mi verga, wey. Estaba bien dura y ella seguro lo sintió. Se movía rico contra mí.


Sus amigos lo miraban con los ojos muy abiertos, una mezcla de incredulidad y envidia pura.


—¿En serio? ¿Le tocaste el culo? —preguntó uno.


—Más o menos… pero sí le agarré las caderas y la tuve bien pegada. Su culo es otra cosa, suave pero firme. Te juro que casi me vengo ahí mismo.


Fernando guardó el teléfono y se recargó contra la pared con actitud chulesca.


—Y les voy a decir una cosa… —continuó con voz baja pero segura—. Esta tía se la voy a coger sí o sí antes de que se vayan. No me importa que sea la esposa de mi tío. Ya vi cómo me mira. Solo es cuestión de encontrar el momento. Si ayer casi la beso en la cocina con mi papá cerca, imagínense cuando esté sola…


Sus amigos lo empujaban entre risas nerviosas y envidia.


—Estás loco, pero si lo logras, nos tienes que contar todo con detalle.


—O mejor graba algo, cabrón.


Fernando solo sonrió con suficiencia.


—Jaja claro que la grabare cuando me la esté cogiendo. Porque se la voy a meter, eso se los aseguro.


Mientras tanto, en la casa, Daniela seguía desayunando con su top negro escotado y leggings grises, completamente ajena a que su sobrino político estaba presumiendo de ella como si ya fuera suya.


Después del desayuno, el ambiente en la casa seguía cargado. Daniela se levantó de la mesa sintiendo aún más calor entre sus piernas. Las miradas de todos durante la comida, especialmente las de Severo y Fernando, solo habían aumentado su frustración sexual. Necesitaba refrescarse un poco.


—Voy al baño —dijo con naturalidad, y se dirigió hacia el pasillo.


Minutos después, al salir del baño, se topó de frente con Severo.


El hombre venía a darse una ducha. Solo llevaba una toalla blanca amarrada baja en la cintura, dejando completamente descubierto su torso robusto y moreno. A pesar de ser gordo y tener una barriga prominente, se notaban los músculos fuertes debajo: pectorales anchos, brazos gruesos y hombros poderosos de hombre que ha trabajado duro toda su vida. Gotas de agua todavía corrían por su pecho y abdomen.


Severo se detuvo al verla, y una sonrisa lenta y confiada se dibujó en su rostro feo pero masculino. Sus ojos recorrieron sin vergüenza el cuerpo de Daniela: el top negro escotado que marcaba sus pechos, los leggings grises de lycra que se pegaban a sus curvas y los tacones que la hacían lucir aún más alta y provocativa.


—Vaya… qué bien te ves, Daniela—dijo con voz grave y ronca, sin moverse del lugar. Bloqueaba parcialmente el pasillo estrecho—. Ese outfit te queda de genial. Se te marca todo… y se te ve delicioso.


Dio un paso más cerca, invadiendo su espacio personal. Daniela pudo olerlo claramente: un olor fuerte a sudor masculino, ese aroma natural de macho y pesado de hombre maduro. Era un olor intenso, casi animal, que a cualquier otra persona le habría resultado desagradable.


Pero Daniela estaba demasiado caliente.


En lugar de repugnarla, ese olor fuerte y masculino le provocó un cosquilleo directo entre las piernas. Sintió cómo se humedecía más. Su cuerpo traicionero reaccionó al instante: los pezones se le endurecieron bajo el top y un calor líquido se extendió por su vientre bajo.


Severo notó el cambio en su expresión. Se acercó aún más, hasta que Daniela pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo grande.


—Dime la verdad… —murmuró bajando la voz, con esa sonrisa machista que usaba para conquistar—. ¿Te vestiste así para que te miráramos todos? Porque si es así… lo estás logrando muy bien.


Su mano gruesa se levantó lentamente y rozó con los nudillos el brazo desnudo de Daniela, un toque ligero pero posesivo.


—Estás bien caliente hoy, ¿verdad, Daniela? Se te nota en la cara… y en cómo caminas.


Daniela sintió el corazón latiéndole fuerte. No le gustaba Severo como hombre (era feo, grosero y detestable), pero en ese momento, con el deseo acumulado de toda la noche y la mañana, ese olor fuerte a macho sudoroso le resultaba extrañamente excitante. Era crudo, dominante y primitivo.


Se quedó allí, de pie frente a él, sin apartarse del todo, sintiendo cómo su tanga se mojaba cada vez más bajo los leggings grises.


Severo sonrió más amplio, interpretando su silencio como una invitación. Dio otro paso, casi pegándose a ella, y la toalla que llevaba en la cintura se tensó peligrosamente.


El pasillo se sentía mucho más pequeño y peligroso.


Severo se acercó aún más, hasta que su cuerpo grande y sudado casi rozaba el de Daniela. El olor fuerte a sudor masculino la envolvió por completo. Su toalla blanca estaba peligrosamente baja en la cintura, dejando ver la línea de vello oscuro que bajaba hacia su entrepierna.


—Joder, Daniela… —murmuró Severo con voz grave y ronca, mirándola de arriba abajo sin disimulo—. ¿Sabes lo que provocas vestida así? Esos leggings grises te marcan el culo de una forma que debería ser ilegal. Se te ve todo… hasta cómo se te separa la rajita.


Daniela sintió un escalofrío. Sabía que debía apartarse, pero su cuerpo ardía. El olor intenso de Severo le estaba afectando más de lo que quería admitir.


—¿Y tú? —respondió ella con voz baja y sedosa, levantando una ceja—. Andas por la casa casi desnudo, con esa toalla que apenas te tapa… ¿también lo haces a propósito?


Severo soltó una risa baja y oscura. Su mano gruesa subió lentamente y rozó el borde del top negro de Daniela, justo donde empezaba el escote.


—Tal vez sí… Tal vez quería que me vieras. Porque desde ayer que te vi con esos leggings cafés, no he podido dejar de imaginar cómo se sentiría agarrar este culo tan rico que tienes.


Se acercó más a su oído y bajó la voz hasta convertirla en un susurro caliente:


—Dime la verdad, Daniela… ¿estás mojada ahora mismo? Porque yo sí estoy bien duro solo de verte. Esta toalla apenas está aguantando mi verga.


Daniela tragó saliva. Su respiración se volvió más pesada. Sintió cómo sus pezones se endurecían visiblemente bajo el top ajustado.


—Severo… eres el cuñado de mi esposo —susurró ella, aunque su tono no sonaba a rechazo.


Pero eso no quita que tengas el cuerpo más rico de toda esta pinche casa. Mira nada más cómo se te marcan las nalgas con esos leggings… Me dan ganas de bajártelos aquí mismo y metértela por detrás hasta que gimas mi nombre.


Su mano bajó un poco más y rozó la curva de la cadera de Daniela, casi llegando a tocar una de sus pompas por encima de la lycra.


—¿Qué dirías si te dijera que anoche, mientras me cogía a tu cuñada, estaba imaginando que eras tú la que estaba debajo de mí? —continuó Severo, con la voz cada vez más gruesa—. Imagínate… yo agarrando estas nalgas tan firmes mientras te parto en dos.


Daniela sintió un latigazo de excitación entre las piernas. Su tanga ya estaba completamente empapada. A pesar de que Severo no le gustaba físicamente, sus palabras tan directas y vulgares estaban encendiendo algo primitivo en ella.


—Eres un cerdo… —susurró ella, pero su voz salió entrecortada y sin verdadera convicción.


Severo sonrió con arrogancia, sabiendo que la tenía afectada.


—Un cerdo que te está poniendo bien caliente, ¿verdad? Admítelo. Se te nota en los ojos y en cómo respiras. Apuesto a que si meto la mano entre tus piernas ahora mismo, te encuentro chorreando.


Dio otro paso, presionando ligeramente su cuerpo contra el de ella. La toalla se tensó aún más y Daniela pudo sentir claramente el bulto duro y grueso de su erección rozando contra su muslo.


—Dime, Daniela… —murmuró casi contra sus labios—. ¿Quieres que te toque? ¿O prefieres que te meta los dedos aquí mismo en el pasillo?


El corazón de Daniela latía con fuerza. Estaba peligrosamente cerca de ceder.


Justo en ese momento, se escuchó una puerta abrirse al final del pasillo.


Justo cuando Severo estaba a punto de seguir hablando, se escucharon pasos acercándose por el pasillo.


Mauricio apareció en el umbral. Su mirada recorrió la escena: su esposa muy cerca de su cuñado, quien solo llevaba una toalla, y la mano de Severo todavía rozando la cadera de Daniela.


Mauricio apretó la mandíbula, pero no hizo ningún reclamo. Su carácter tímido y respetuoso se impuso una vez más. Solo miró a Daniela con una expresión neutra y dijo con voz baja:


—Daniela, yo ya me voy al trabajo. Regreso en la tarde.




—Si amor te acompaño a la puerta. Daniela aprovechó la oportunidad para escapar de las garras de Severo



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Poco a poco, la casa se fue vaciando. Alfonso y Sandra salieron a hacer algunos pendientes. Fernando ya estaba en la escuela. Mauricio se había ido a trabajar. Solo quedaron tres personas en la casa: Daniela, Severo y Diana.


Después de unos minutos, Daniela decidió aprovechar la situación para salir un rato y calmarse.


—Voy a salir a comprar unas cosas al supermercado —anunció en voz alta desde la sala—. No tardo.


Tomó su bolso y salió por la puerta.


Una vez que Daniela se fue, el ambiente en la casa cambió radicalmente.


Severo estaba demasiado caliente. El encuentro en el pasillo con Daniela lo había dejado con la verga dura y palpitante. No aguantó más. Apenas cerró la puerta principal, se acercó a su esposa Diana, quien estaba recogiendo la mesa del desayuno en la sala.


Sin decir una palabra, la tomó por la cintura desde atrás, le subió la falda con brusquedad y le bajó las bragas de un tirón.


—Ven aquí… —gruñó con voz ronca.


Diana apenas tuvo tiempo de reaccionar. Severo la empujó contra el respaldo del sofá, se quitó la toalla que aún llevaba y la penetró de una sola estocada profunda. Empezó a follarla con fuerza, embistiendo con movimientos pesados y salvajes. Sus manos gruesas apretaban las caderas de Diana mientras gruñía.


Diana gimió sorprendida, pero no se opuso. Sabía perfectamente que su marido estaba así por Daniela.


—Estás bien caliente… —jadeó ella entre embestidas—. ¿Otra vez pensando en mi cuñada?


Severo no lo negó. Solo follaba más fuerte, imaginando que era el culo de Daniela el que estaba penetrando.


—Esa puta… —gruñó—. Con esos leggings grises… me tiene la verga que revienta.


Daniela había caminado apenas dos cuadras cuando se dio cuenta de que había olvidado el celular en la casa. Molesta consigo misma, dio media vuelta y regresó rápidamente.


Abrió la puerta principal sin hacer mucho ruido y, apenas entró, la escena la golpeó de lleno.


En la sala, justo frente a ella, Diana y Severo estaban follando.


Diana estaba inclinada sobre el respaldo del sofá, con las manos apoyadas en el mueble y el vestido ligero subido hasta la cintura. Sus bragas estaban bajadas hasta los tobillos, pero seguía vestida. Severo, en cambio, estaba completamente desnudo detrás de ella, follándola en posición de perrito con embestidas fuertes y profundas. Sus caderas chocaban contra las nalgas de Diana con un sonido húmedo y carnal.


En ese preciso instante, Diana abrió los ojos y vio a Daniela parada en la entrada. Soltó un gemido ahogado de sorpresa.


—¡Ah!


Severo también la vio, pero no se detuvo. Dio una última embestida profunda, gruñó y luego sacó lentamente su verga del coño de Diana. Se enderezó completamente, quedando totalmente desnudo frente a su concuñada.


Su pene estaba completamente erecto: grueso, largo, venoso y oscuro, palpitando en el aire, todavía brillante por los jugos de Diana. No hizo absolutamente nada por taparse. No cruzó las manos, no se dio la vuelta, no buscó ninguna prenda. Al contrario, se quedó de pie con total descaro, permitiendo que Daniela lo viera todo.


Diana, avergonzada, se bajó rápidamente el vestido e intentó cubrirse, pero Severo permaneció expuesto, orgulloso, mirando directamente a Daniela con una sonrisa lenta y arrogante.


Daniela se quedó paralizada en la puerta, incapaz de moverse. Sus ojos bajaron involuntariamente y se clavaron en la enorme verga erecta de Severo. Era mucho más grande que la de Mauricio y gruesa de lo que había imaginado. Latía con fuerza, pesada y dominante.


El silencio en la sala era absoluto.


Severo, sin ninguna vergüenza, dio un pequeño paso hacia un lado para que ella pudiera verlo mejor y dijo con voz ronca y confiada:


—¿Qué pasa, Daniela? ¿Te gusta lo que ves?


Diana, todavía roja de vergüenza, no sabía dónde meterse.


Daniela tragó saliva con dificultad, sintiendo cómo un calor intenso subía por su cuerpo. No podía apartar la mirada de esa verga grande y dura que Severo exhibía sin el menor pudor.


Daniela se quedó completamente paralizada en la entrada de la sala.


Su mano aún sostenía la manija de la puerta, pero no podía mover ni un músculo. Sus ojos, muy abiertos, estaban clavados en el cuerpo desnudo de Severo… y especialmente en su verga.


Era enorme.


Gruesa, larga, oscura y completamente erecta, palpitando con fuerza en el aire. La cabeza hinchada brillaba por los jugos de Diana. Daniela nunca había visto una verga tan grande en persona. Comparada con la de Mauricio, era como pasar de un juguete a algo realmente imponente. No podía dejar de mirarla.


Un calor intenso y traicionero subió desde su vientre hasta su pecho. Sintió cómo sus pezones se endurecían bajo la blusa y cómo su tanga se mojaba de golpe.


Dios mío… es mucho más grande… pensó, incapaz de apartar la mirada.


Severo no se movió. Siguió de pie, completamente desnudo y orgulloso, dejando que ella lo observara todo. Su verga dio un pequeño salto bajo la mirada fija de Daniela, como si supiera el efecto que estaba causando.


Diana, todavía inclinada sobre el sofá con el vestido subido, se cubrió como pudo y miró a su cuñada con una mezcla de vergüenza y sorpresa.


—Daniela… —balbuceó Diana, roja como un tomate—. No… no es lo que parece… o sea… sí es, pero…


Severo soltó una risa grave y ronca, sin hacer ningún intento por taparse.


—¿Qué pasa, Daniela? —preguntó con voz baja y cargada de arrogancia—. ¿Nunca habías visto una verga de verdad? Se te nota en la cara… no puedes dejar de mirarla.


Daniela tragó saliva con dificultad. Sus mejillas ardían. Quería decir algo, quería moverse, quería salir corriendo… pero sus ojos seguían clavados en ese miembro grueso y erecto que Severo exhibía sin ninguna vergüenza.


— Yo… yo solo vine por mi celular —logró decir con voz entrecortada, casi un susurro—. No quería… interrumpir.


Sus piernas se sentían débiles. El fuerte olor a sexo y sudor masculino que flotaba en la sala la golpeó de lleno. Era un aroma crudo, intenso, masculino… y aunque su mente le decía que era desagradable, su cuerpo reaccionaba de forma totalmente opuesta.


Severo dio un paso lento hacia ella, todavía desnudo, sin cubrirse.


—Tranquila… no tienes que irte corriendo —dijo con una sonrisa confiada—. Puedes quedarte y mirar… o si quieres… puedes acercarte más.


Diana se incorporó rápidamente, bajándose el vestido con manos temblorosas.


—Severo, por Dios… —murmuró avergonzada.


Pero Severo no apartaba la mirada de Daniela. Su verga seguía dura y apuntando hacia ella, como si la estuviera invitando.


Daniela sintió un latido fuerte entre sus piernas. Estaba mojada. Mucho. Y lo peor era que no podía negar lo que sentía: una mezcla de shock, vergüenza… y una atracción primitiva que no esperaba.


Sus ojos volvieron a bajar una vez más hacia la enorme verga de Severo.


No podía hablar. Solo se quedó allí, respirando agitada, con la puerta aún medio abierta detrás de ella.


Diana fue la primera en reaccionar.


— ¡Daniela! —Esto no es lo que parece… o sea, sí lo es, pero… no esperabamos que llegaran y nos vieras así. Fue… un impulso. Severo estaba muy caliente y… —Diana hablaba rápido, nerviosa, tratando de calmar la situación—. Por favor, no te sientas incómoda… yo te puedo explicar.


Severo, en cambio, no se movió ni un centímetro. Seguía completamente desnudo en medio de la sala, con su verga gruesa y erecta apuntando hacia arriba, sin ninguna intención de taparse. Solo observaba a Daniela con una sonrisa lenta y confiada.


Daniela tragó saliva con dificultad. Sus ojos volvieron a bajar involuntariamente hacia la enorme verga de Severo por un segundo más antes de obligarse a mirar a Diana.


— No tienes que explicarme nada, Yo… solo vine por mi celular —dijo Daniela con la voz entrecortada, claramente afectada—. Lo olvidé. No quería… interrumpirlos.


Se obligó a caminar hacia la mesa donde había dejado el teléfono. Sus tacones resonaron en el silencio de la sala. Mientras lo tomaba, sintió la mirada ardiente de Severo clavada en su culo y en sus piernas.


Diana seguía hablando, nerviosa:


—Daniela, por favor… no pienses mal. Esto no cambia nada. Somos familia y…


—Está bien —la interrumpió Daniela, intentando sonar calmada, aunque su voz temblaba un poco—. No tienen que darme explicaciones. Solo… voy a irme.


Agarró el celular con fuerza y, sin mirar de nuevo a Severo, se dirigió hacia la puerta.


Antes de salir, se detuvo un segundo y dijo sin girarse del todo:


—Sigan… no los molesto más. Y con una sonrisa en el rostro se fue.


Una vez fuera, su corazón latía con fuerza y sentía un calor húmedo entre las piernas que no podía negar. La imagen de la verga erecta y grande de Severo seguía grabada en su mente.


Dentro de la casa, Severo soltó una risa grave y miró a su esposa.


—Vaya… creo que le gustó lo que vio.


Diana lo miró con una mezcla de vergüenza y preocupación.


—Eres un descarado… —murmuró, aunque no parecía realmente enfadada.


—Esa puta está bien caliente… la vi cómo me miraba la verga. Casi se le caen los ojos.


Diana se mordió el labio. Había llegado el momento. Ya no quería seguir guardando lo que sentía.


—Severo… —dijo con voz entrecortada mientras recibía sus embestidas—. Yo también… yo también me siento atraída por ella.


Severo redujo un poco la velocidad, sorprendido, pero sin detenerse del todo.


—¿Qué dices?


Diana respiró hondo y confesó mientras su marido seguía dentro de ella:


—Desde ayer que la vi con esos leggings tan ajustados… no he podido dejar de mirarla. Sé que no soy lesbiana, pero su cuerpo… sus pechos, su culo, la forma en que se mueve… me excita. Me pone muy caliente verla vestida así. Y hoy con ese top negro y los leggings grises… casi no podía quitarle los ojos de encima.


Severo sonrió con sorpresa y excitación. Aceleró de nuevo sus embestidas, claramente encantado con la confesión.


—Carajo… ¿mi esposa también quiere cogerse a Daniela? —gruñó con placer.


Diana gimió más fuerte y continuó:


—Sí… quiero tocarla. Quiero ver sus tetas desnudas y lamerle ese culo tan rico que tiene. Pero sé que sola no voy a poder. Ella es casada y aunque se nota que está caliente, es difícil que se entregue así nomás.


Hizo una pausa, jadeando, y luego propuso con voz decidida:


—Tenemos que hacer un plan los dos. Juntos. Quiero que nos la llevemos a la cama… los tres. Un trío. Tú y yo follándonos a Daniela al mismo tiempo. Tú metiéndole esa verga grande que tienes y yo… yo tocándola, besándola y comiéndomela mientras tú la coges.


Severo soltó un gemido ronco al imaginar la escena. Su verga palpitó dentro de Diana.


—Joder, mujer… eso suena delicioso —dijo con voz gruesa—. ¿Estás segura?


—Completamente, podemos aprovechar que Mauricio y los demás salen mucho. La emborrachamos un poco, la ponemos cómoda… y entre los dos la seducimos. Tú con tu verga y yo con mis manos y mi boca. Los tres juntos.


—Entonces está decidido —gruñó—. Vamos a cogernos a esa puta los dos. Y te juro que cuando la tengamos en la cama, le vamos a dar una follada que no va a olvidar nunca.


Diana sonrió mientras fantaseaba con el cuerpo voluptuoso de su cuñada entre los dos.


Mientras tanto, Daniela caminaba hacia el supermercado con la mente hecha un lío, sin imaginar que en la casa acababan de tramar un plan para llevársela a la cama.


Daniela regresó del supermercado casi una hora después. Había caminado despacio, intentando calmar el calor que aún sentía entre las piernas después de haber visto el enorme miembro de Severo. Llevaba una pequeña bolsa con algunas cosas que realmente no necesitaba, solo para justificar su salida.


Al entrar a la casa, todo estaba en silencio. Solo encontró a Diana en la sala, sentada en el sofá, revisando su teléfono. Severo ya se había ido a trabajar.


Diana levantó la mirada y le sonrió con una calidez que antes no tenía. Sus ojos recorrieron disimuladamente el cuerpo de su cuñada: el top negro escotado, los leggings grises ajustados y esa cola de caballo alta que le daba un aspecto tan sensual.


—Hola… ¿todo bien? —preguntó Diana con voz suave.


—Sí… solo necesitaba unas cosas —respondió Daniela, todavía un poco incómoda por lo que había presenciado—. Me voy a mi habitación a descansar un rato. Estoy un poco cansada.


Diana asintió, sin dejar de mirarla.


—Claro, ve tranquila. Si necesitas algo, avísame.


Daniela subió las escaleras hacia la habitación de invitados. Cerró la puerta detrás de ella, se quitó los tacones y se dejó caer en la cama. Su mente no dejaba de reproducir la imagen de Severo follándose a Diana con esa verga gruesa y larga. Se pasó una mano por el muslo, tentada de tocarse, pero se contuvo. Todavía estaba demasiado alterada.


Mientras tanto, en la escuela…


Fernando no podía concentrarse en las últimas clases. Desde que presumió las fotos a sus amigos, su excitación no había bajado. La idea de que su tía Daniela estuviera sola en la casa (o casi sola) lo estaba volviendo loco.


Miró el reloj. Faltaban solo dos horas para terminar el día escolar.


“Si me voy ahora, mi tía estará sola o solo con mi mamá”, pensó.


Sin pensarlo dos veces, tomó su mochila, fingió sentirse mal y pidió permiso para salir antes. En cuanto salió de la escuela, pasó por una farmacia cercana y compró una caja de condones. El corazón le latía con fuerza mientras pagaba.


“Esta tarde sí o sí”, se repetía. “Si logro quedarme a solas con ella aunque sea un rato, me la voy a coger. Ya sentí su culo contra mí ayer… hoy quiero sentirlo de verdad.”


Guardó los condones en el fondo de su mochila y tomó un taxi de regreso a la casa. Durante el trayecto no dejó de imaginar diferentes escenarios: Daniela en la habitación, él entrando “por casualidad”, tocándola, besándola y finalmente follándola.


Al llegar a casa, Fernando entró a la casa intentando disimular su nerviosismo y excitación. La caja de condones pesaba en el fondo de su mochila como una promesa.


En la cocina encontró a su mamá, Diana, cortando verduras.


—Hola mamá —saludó con tono casual.


Diana levantó la vista y le sonrió.


—Hola hijo, ¿qué haces aquí tan temprano? ¿No tenías clases hasta más tarde?


—Me sentía un poco mal y me dejaron salir antes —mintió con facilidad—. ¿Y papá?


—Se fue al trabajo hace rato. Solo estamos tu tía y yo en la casa.


Fernando sintió que el corazón le daba un vuelco. Perfecto.


—¿Y mi tía Daniela? —preguntó tratando de sonar indiferente.


Diana señaló hacia arriba con la cabeza.


—Está en la habitación de invitados. Dijo que iba a descansar un rato.


—Ah, ok… voy a subir a saludarla.


Subió las escaleras con el pulso acelerado. Su verga ya empezaba a endurecerse dentro de los pantalones solo de imaginar lo que podía pasar. Llegó frente a la puerta de la habitación de invitados, respiró hondo y tocó dos veces con los nudillos.


—Adelante —dijo la voz de Daniela desde dentro.


Fernando abrió la puerta lentamente y la vista que encontró lo dejó sin aliento.


Daniela estaba acostada de lado en la cama, mostrando su espalda y trasero, viendo una película en la televisión. No había cambiado. Todavía llevaba el top negro escotado y los leggings grises de lycra ultra ajustados. La posición hacía que sus pompas redondas y firmes se levantaran de forma escandalosa, marcadas perfectamente por la tela brillante. La lycra se hundía ligeramente entre sus nalgas, delineando cada curva. Sus piernas estaban ligeramente abiertas y los tacones negros de aguja seguían puestos, lo que hacía que su culo se viera aún más provocativo.


Estaba claramente excitada. Su rostro estaba sonrojado, respiraba un poco agitada y movía las caderas de forma casi imperceptible contra la cama. Después de todo lo que había vivido en las últimas 24 horas (el baile con Fernando, el casi beso con Alfonso, ver la enorme verga de Severo follándose a Diana), Daniela estaba al límite. Su cuerpo pedía sexo con urgencia. En ese momento hubiera aceptado a cualquiera hombre que se lo propusiera, aunque fuera el mas horrendo del planeta.




Fernando tragó saliva con dificultad. Su erección ya era evidente.


—Hola tía… —dijo con voz un poco ronca—. ¿Puedo pasar?


Daniela giró la cabeza y lo miró. Al ver a su sobrino político, no sintió rechazo. Al contrario, una nueva oleada de calor la recorrió. Era joven, estaba claramente excitado y ella necesitaba desahogarse ya.


—Claro, pasa —respondió con voz suave y un poco entrecortada—. ¿Quieres acompañarme a ver la película? Estoy un poco aburrida sola aquí.



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Continuara...

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