Hola, cómo les va? Sigue la historia, ahora en su sexta entrega. Gracias por seguirla. Espero que se entienda y que la puedan disfrutar.
Capítulo VI — Órdenes Del Director
No podía parar de pensar en esa situación de la cual fui testigo, y en lo que vino después. El hecho de ver a Ricardo cogiéndose de prepo a Lili me descolocó. Pero más me impactó la mirada que me lanzó al momento de acabar. Como si me dijera con su expresión facial que me estaba cogiendo a mí. Y el ultimátum que me dio después me terminó de desarmar. De no haber estado tan caliente por el espectáculo que había visto, le hubiera pegado un cachetazo y listo. Pero evidentemente él se percató de mi calentura y aprovechó el momento para hacerme entrar en su juego.
Ya me quedaba más que claro que en los ensayos era muy común que hubiera sexo. Eso me lo confirmó Ricardo, con sus palabras, y más que nada con sus actos. Lo que no sabía era si su finalidad era solamente esa, o de verdad quería presentar una obra completa. Me sentía muy confundida. No quería caer como un chorlito, pero inocentemente pensé que quizás el desgraciado, después de sacarse las ganas, podría seguir avanzando con los ensayos de manera más tranquila. De lo que sí estaba segura era de que Ricardo era capaz de correrme a escobazos hasta la avenida si yo iba al otro día a las ocho y pretendía seguir ensayando normalmente, sin decir nada.
Intenté varias veces comunicarme con Lili. Quería saber cómo seguía, si le había caído la ficha, si iba a seguir con la obra. Que me dijera si estaba arrepentida, mandaba todo a la mierda y ojalá yo le pegara un sopapo a Ricardo por hijo de puta… O si le había gustado y seguía en su papel, ensayando como si nada. Pero no contestó el teléfono, y no podía ir a buscarla a la casa a esa hora. Tampoco tenía una excusa para dar en mi casa.
Otra vez pasé la noche dando vueltas en la cama, durmiendo de a ratitos. Esta vez no solo había ansiedad, sino también calentura. Traté de despertar a mi marido para que me atendiera como debía (en parte por placer, pero más que nada para reafirmarme a mí misma que yo todavía le era fiel, y que no lo iba a cagar con un desconocido), pero no me dio ni cinco de pelota, con la trillada excusa de que tenía que madrugar.
A la mañana, no podía dejar de pensar en Ricardo y Lili. Sobre todo en Ricardo. Los chicos notaron mi mala cara y enseguida se preocuparon. Les dije que no pasaba nada grave, que había dormido poco. Se fueron a la escuela, y mi marido, antes de irse, me dijo que a la salida del laburo se iba al aeropuerto, porque al otro día tenía que estar en Buenos Aires. No preguntó por qué estaba rara, o por qué di tantas vueltas en la cama. Le pedí que me dejara algo de plata para pedir una pizza.
—¿Por qué no te ponés a amasar, mejor? Si total vas a estar todo el día al reverendísimo pedo. —Me respondió, sin sutilezas.
Esa fue la gota que rebalsó el vaso. Se podía ir a la puta madre que lo recontra parió. Ahí fue cuando me decidí a ir a las siete de la tarde a la sala de ensayos, a terminar las escenas inconclusas y seguir con los ensayos sin importar el contenido de los mismos. Estaba dispuesta a protagonizar esa obra como fuera. Y a ponerle la gorra al cretino de Raúl. Volví a llamar a Lili, por las dudas, pero esta vez atendió el marido. Me había olvidado que volvía a Rosario a la tardecita. No sabía qué decirle, porque por ahí Lili no había comentado nada del curso o la obra, y no quería meter la pata. Otra vez tuve que mentir, y decirle que me había olvidado que no estaba, y llamaba desde un café para que viniera a charlar un rato. El marido de Lili, al no conocerme bien, se tragó el cuento y siguió con lo suyo.
No había vuelta atrás. Estaba dispuesta a cometer cualquier locura. Llené la bañera con sales aromáticas. Me quedé en el agua hasta que se me arrugaron las yemas de los dedos. Al salir, me fui al dormitorio a elegir el vestuario. Me puse el mismo vaquero y el mismo sweater amarillo de la primera clase. A ver si Ricardo se daba cuenta. Me maquillé como siempre, me hice un rodete muy elaborado (acorde a la escena a ensayar) y me perfumé por partida doble. Salí con el auto, antes de tiempo, y llegué antes de tiempo. Por suerte estaba abierto. Se ve que Ricardo iba temprano para preparar varias cosas.
La secretaria me hizo pasar y me dijo que Ricardo me estaba esperando en el fondo. Crucé el patio con el corazón acelerado y, antes de abrir la puerta, respiré profundo. Todavía no eran las siete, por lo que lo encontré barriendo el piso. No se puede negar que el tipo se encargaba de todos los detalles.
—¡Patito!… ¡Qué alegría!… Viniste temprano. –Dijo con sorpresa, mirando su reloj. –Cómo me alegro. Qué bueno que hayas recapacitado. Sos fundamental para la obra.
El hijo de puta había vuelto a ser el encantador de serpientes que solía ser unos días atrás. Volvía a ser el personaje cordial y didáctico que quería, supuestamente, convertirnos en profesionales del arte dramático. No noté rastros del director ultra-exigente que había visto ayer, ni del degenerado aprovechador que finalmente resultó ser. Estaba, a mi criterio, incluso más buen mozo. No sé si se arregló, o si yo estaba muy caliente. Acto seguido, me miró de arriba a abajo, y me abrazó, amistosamente.
—Y te pusiste este conjunto que trajiste el primer día. Te queda como pintado. Por ahí se puede usar en alguna escena. Sería una canallada…
Se acordó. Se acordó de lo que me había puesto seis meses atrás. O era un observador de la gran puta, o me tenía fichada como un obseso desde el principio.
—Te acordaste. No se te pasa un detalle. —Lo congratulé. —Te noto más alegre. Menos acelerado. ¿Pasa algo?
—Hubiera apostado el auto a que no venías. Estoy contento de no haberlo hecho, porque me hubiera quedado a pata. Pero, más que nada, estoy contento de que hayas tomado la decisión correcta.
—Bueno. No perdamos tiempo. ¿Querés que hagamos la escena?
—Totalmente. Me preparé todo el día para eso. —Respondió Ricardo, sonriendo. Me dio un pico, cortito, como para reafirmar la reconciliación.
—Va a ser igual que ayer. La misma secuencia. Me voy a auto-permitir improvisar algo de diálogo, para exigirte un poco. Ya sabés qué es lo que pretendo de vos. Arrancamos en cinco minutos en el sofá, desde el principio.
Me fui directo al perchero a agarrar el vestido negro ajustado. Me saqué el vaquero y el sweater, quedando en ropa interior (Blanca, para más datos). Noté cómo Ricardo rompió su propia regla de no mirar desde la otra punta mientras nos cambiábamos. Lo vi con su vaso, ahora de whisky, clavándome la vista como si hubiera quedado petrificado. Me hizo entrar en calor enseguida. Me puse el vestido y fui a sentarme a su lado en el sofá.
—Pato, esta vez tiene que salir perfecta de punta a punta. No quiero errores, dudas, ni boludeces. Compenetrada hasta el final. ¿Estás preparada para dejar de ser Pato y convertirte en Alicia?
No sabía si quería decir inmersa en el personaje hasta el final, o que me iba a penetrar hasta el final. A esa altura ya no me importaba.
—Sí. Te voy a demostrar quién es la mejor actriz para ese papel. —Respondí firme, con un tono competitivo, como menospreciando a Lili.
—¡Acción!
La escena empezó de la manera habitual. Breve conversación entre Alicia y el viejo Mario, brindis de por medio. Ahí nomás empezó la escalada. En lugar de poner su mano sobre mi muslo, arriba de la rodilla, la pasó por el medio y me apretó el interior del muslo, muy cerca de la ingle. Seguimos la escena. Me levanté ofendida y me fui a la cocina. Obviamos la parte de Alicia y Tomás en la cocina, y la de Mario y Tomás en el living, por la misma razón que el día anterior.
Me paré en la entrada de la cocina, y él vino caminando despacio. Dijo su línea y enseguida me dio vuelta, tomándome de la cintura. Me llevó a la otra punta de la mesada lengüeteándome desde el escote hasta la nariz. Me sentó en la mesada, y me bajó la parte de arriba del vestido, liberando mis tetas. Se tomó su tiempo amasándolas, chupándolas, y pellizcando mis endurecidos pezones, al mismo tiempo que me besaba el cuello. La escena se estaba extendiendo. Pero estaba determinada a no decir nada fuera del guion, por temor a que se enoje.

Luego de deleitarse como un bebé de dos meses, metió las dos manos por debajo del vestido, recorrió completas mis piernas hasta llegar a la cintura y encontrarse con mi bombacha. Dejó una mano apretando lo que podía de nalga, y con la otra bajó, con furia, mi prenda interior. Agachado como había quedado, se irguió de golpe y la tiró lo más lejos que pudo, arriba de una de las butacas de la primera fila. Se paró recto delante de mí, y se bajó la bragueta. Sacó su pinchila, despacio, y esta vez, a diferencia del día anterior, que corté preventivamente la escena, la pude ver bien, en primer plano. Realmente era una poronga hermosa. Larga, venosa, gruesa, cabezona. No me alcanzan las palabras para describirla. Brillaba de lo dispuesta que estaba. Me quedé viéndola, hipnotizada.
Después de mostrármela, me miró fijo a los ojos, dándome a entender que ya no había forma de evitarlo. Notó mi excitación al descubrirla, y decidió hacerme sufrir de ansiedad. Enrolló hacia arriba la pollera, despacio, en lugar de simplemente subirla o correrla, hasta que se encontró con la parte alta, que ya me había bajado previamente. El pobre vestido quedó como una faja que me rodeaba la boca del estómago, debajo de las tetas, pero arriba del ombligo. Ricardo se agarró la verga con la mano para poder ubicarla, pero se quedó restregando la cabeza sobre los labios vaginales, como esperando que le ruegue.
—Bueno, señora. El cornudo de su marido me permitió que le haga lo que yo quiera. Así que se la voy a poner hasta que se me deshilache.
Ni me permitió retrucarle (cosa que igual no iba a hacer). Ya estaba que volaba de la calentura y mi concha goteaba. Temblaba de excitación. Me estampó un beso furioso y me mandó la lengua hasta la garganta. En ese mismo momento, me metió la poronga, sin ninguna delicadeza. La clavó hasta el fondo, haciéndome gozar como una burra. Pegué un grito que inmediatamente intenté apagar para que suene a sufrimiento, aunque en realidad era todo lo contrario.
—¡Qué apretadita tenés la concha, pedazo de yegua! ¿Cuánto hace que no te garcha el pelotudo aquél?
Seguí sin hablar, respirando profundo, aunque tenía ganas de gemir más fuerte. Ricardo empezó el vaivén, bastante suave. Estaba totalmente fuera de personaje, tratando de cogerme como corresponde, y no adhiriéndose al guion. Y lo bien que hacía.
—Es increíble que tengas la concha tan estrecha. Ni las conchas de las pendejas de veinte años me aprietan tanto la verga como la tuya. Me la va a deformar.
Aumentaba el ritmo progresivamente, todavía lento, pero metiéndola hasta los huevos. Recorría toda mi profundidad, tratando de no dejar desatendido ni un milímetro. Nunca había disfrutado una poronga de ese tamaño tan adentro mío. Empecé a sudar, y se ve que Ricardo también. A todo esto, bajó su mano por mi panza, pasando sus dedos lentamente sobre el vello púbico, recortado prolijamente, hasta llegar a mi clítoris. Se encargó de apretarlo, retorcerlo, y frotarlo para acompañar las embestidas. Estaba gozando de una manera que no sabía que existía. Pero seguía haciendo el esfuerzo por no gritar.
—¡Qué pedazo de puta que sos! No empecé a martillar y ya estás chorreando. Puta de mierda. Mirá que me garché viejas de tu edad, pero ninguna como vos. Te voy a dar matraca hasta que te duela, guacha asquerosa.
Dicho eso, aumentó la velocidad. Me empezó a coger con un ritmo demoledor, y sin desperdiciar ni un centímetro de verga. Los huevos me pegaban en el culo con un ruido ensordecedor, que se confundía con el ruido que hacía la pija al sumergirse en mi concha empapada. Me tuve que morder los labios para no gritar, porque estaba delirando de placer. Me pellizcó los pezones, lo que me hizo temblar. Llevaba, calculo, cerca de quince minutos de bombeo ininterrumpido.
—¿Te gusta más, así, trolita? ¿Eh? ¿Te gusta que te la ponga bien fuerte? ¿Eh? ¿Nunca te cogió un macho de verdad, como yo?
—No… Ah…
—Callate la boca, puta de mierda. Ya sé que no te aguantás las ganas de gritar, pero acordate lo que pasó ayer. Ahora te voy a seguir cogiendo hasta desmayarte. ¿Te quedó claro?
—Si… Aahh…
—A partir de ahora, esta concha maravillosa me pertenece. La voy a amoldar a la forma de mi verga. ¿Entendiste?
—¡Siiii!…
—¿De quién es esta concha? Te voy a permitir gritar para responderme…
—¡Aaaaahhhh! ¡Es tuya! ¡Aaaaahhhhh! ¡Solo tuya! ¡Aaahhh!
—Decime fuerte y claro a quién le pertenece esta concha…
—¡Aaahhh! ¡A Mario le pertenece!… ¡Aaaahhhh Mario!… Mi único macho… ¡Aaahhh!
Lo cagué. Le dejé en claro que a pesar del placer infinito que me estaba haciendo sentir seguía sin caer en la trampa. Pero ya no aguantaba más. Estaba a punto de tener un orgasmo infernal, y Ricardo era consciente de eso. El sudor me corría por todo el cuerpo.
—Bien, putita. No solo cogés como una gata en celo. También sos obediente cuando querés. ¿Viste que no era tan difícil? Sos una puta de lujo. Me vas a hacer acabar un maremoto de leche.
—¡¡Aaaaaaahhhhhhhh!!… Adentro no… ¡Aaahhh! ¡¡Aaahhh!! … Por favor… ¡¡Aaahhh!!
A Ricardo se le transformó la cara cuando dije eso. Redujo la velocidad de las arremetidas y me miró como para matarme. Enseguida me di cuenta que había metido la pata. Todo lo que me había convencido de hacer, tirado a la basura. Venía bien y la arruiné.
—Bueno, putita linda. No hay problema. No va a faltar oportunidad. Esta vez te voy a hacer caso. La próxima no te salvás. —Dijo Ricardo con autoridad.
Contra todos los pronósticos, siguió con su faena callado. Ya era, por lejos, la cogida más duradera de toda mi vida. No sabía que existían hombres capaces de brindar tanto placer durante tanto tiempo. Ricardo apuró aún más las últimas acometidas, y me besó lascivamente en el momento justo que me llevó al clímax. El orgasmo que tuve no me permitió escuchar bien sus últimas palabras, ni el gruñido que pegó al acabar. Quise gritar, pero no me salía la voz. Fue tan intenso que me dejó muda, con la respiración entrecortada. No puedo recordar con claridad los treinta segundos que pasaron entre que acabé y me desperté (por decirlo de alguna manera) en la misma posición que había quedado. Supongo que en ese período de tiempo, él habrá gritado “¡Corte!”. En retrospectiva, tenía razón: Me cogió hasta desmayarme.
Cuando volví a la realidad, Ricardo ya se había sentado en el sofá, con los brazos extendidos sobre el respaldo, los pies en la mesita ratona, y mirando hacia el cielo, como buscando a Dios, para contarle lo que se había masticado. Respiraba agitado, y tenía la cara colorada. Sin mirarme, me dio una evaluación de desempeño en términos técnicos.
—¡Qué polvazo, hija de puta! Nunca acabé tanta leche. Me ordeñaste como a una vaca de tambo. ¡Ufff!… Qué cosa de locos. Qué manera de coger.
Instintivamente me toqué la concha para asegurarme de que había cumplido. Era un pantano, pero no había indicios de que hubiera acabado adentro. No puedo decir lo mismo de mi abdomen. Al retirar la mano noté el antebrazo pegoteado, y al mirar vi cómo tenía toda la panza embadurnada de semen, y partes del vestido manchadas. Manoteé un repasador, para limpiarme antes de moverme y no dejar el piso hecho un chiquero. Ricardo veía todo esto desde el sillón, saboreando los últimos tragos de su vaso de whisky.
Cuando terminé, palmeó el asiento del sofá, pidiéndome que vaya a sentarme a su lado. Me arreglé el corpiño, desenrollé la parte baja del vestido, y me senté a su lado. Apoyé mi cabeza sobre su hombro y mi mano en su pecho, y él me abrazó con una mano. Prendió un cigarrillo y me ofreció una pitada. La acepté gustosa, a pesar de que nunca había fumado. El flor de polvo que nos habíamos echado lo ameritaba. Me acarició el muslo, y me dio un beso largo, enternecedor, cosa que en casi veinte años de relación con mi marido nunca había pasado. Me estaba haciendo sentir algo que ni en mis más locas fantasías había experimentado.
—Sos una genia. Sos una diosa. Yo sabía que eras mejor actuando, y cogiendo, que Lili. Me dejaste seco. Y encima tuviste la lucidez para permanecer en personaje. Ni siquiera con todos los palos que te tiré.
—Tuve al mejor maestro. –Dije, sonriendo.
—Jeje. Espero que te haya quedado claro que vamos a seguir ensayando, con este mismo nivel de detalle, las escenas de sexo. A esta altura, ya no podemos volver a la simulación.
—Lo que usted diga, señor director. Estoy a sus órdenes.
—Mirá cómo pasaste de la rebeldía a la disciplina. Bueno. Mejor así. Vamos a hacer lo siguiente: Si tenés que ir al baño, usá el de la secretaria, total ya se fue. Después vení que te cebo unos mates y charlamos un ratito.
Cruzamos el patio, Ricardo se quedó en la cocina, preparando el mate, y yo fui al baño de la secretaria, que estaba opuesto a la cocina. No tenía ducha, así que tuve que usar la canilla del lavamanos para lavarme todo el cuerpo, pero especialmente la cara, que todavía estaba colorada. Me arreglé el pelo y volví al escenario. Ricardo ya tenía el termo y el mate en la mesita ratona. Me senté a su lado otra vez, y me dio un mate.
—¿Cómo te sentís? —Me preguntó cariñosamente.
—En una nube. Pellizcame, a ver si estoy soñando.
—Te lo ganaste por seguir firme hasta el final. Aunque me hiciste terminar más rápido que lo habitual. Sos única. No veo a nadie que pueda interpretar a Alicia como lo vas a hacer vos.
—Uy, la puta. ¿Qué hora es? —Pregunté con apuro, pensando que Lili, Jorge y Daniel estarían al caer.
—Siete y veinte. Tranquila. Tenemos veinte minutos para ensayar otra escena. ¿Te parece?
—Bueno, si me lo proponés así, acepto. —Respondí juguetonamente.
—Bueno. Vamos a hacer la escena del pool.
—¿Esa no la tengo que hacer con Jorge? —Pregunté.
—Recién dijiste que era el mejor maestro, y ahora me querés abandonar. Qué feo lo tuyo…
—No, maestro —Dije con voz finita, beboteando. —Hago lo que usted me pida.
—Bien. Cambiate como dice el guion. En diez minutos vení a la mesa de pool que arrancamos.
Al levantarme me agarró la mano. Me detuve, y se paró de frente a mí. Se puso serio.
—Voy a hacer una excepción y te voy a dejar pasar la pifia del final. Voy a hacer de cuenta que no fue lo que sospecho, porque tranquilamente se puede agregar a la escena, y no queda mal.
—Pero, Ricar…
—Shhh. Dejame terminar. Lo voy a tomar como un aporte improvisado, y siendo así, te felicito. Le agregaste algo a la escena, espontáneamente, y me pareció bárbaro. Tenelo en cuenta para la escena que vamos a hacer ahora, y que te quede claro que una cosa es improvisar, y otra cosa interrumpir.
—Te pedí por favor que no acabes adentro porque a esta altura no puedo correr riesgos. Disculpame si no tomo pastillas ni estoy acostumbrada a otros métodos desde hace más de veinte años. Mirá si me dejás embarazada…
—O sea, me quisiste cortar la escena, igual que ayer.
—No, Ricardo, entendeme…
—Entiendo tu problema. Y tené en cuenta que te dije y te recalqué que voy a hacer una excepción. Por vos, porque te lo ganaste. Y lo voy a calificar como un aporte al personaje, repito, que quedó excelente en ese contexto. Está todo bien. Lo único que espero es que lo tengas en cuenta para las escenas siguientes, porque tienen un margen de improvisación. Son más largas, y más variadas, así que no está mal que le agregues cositas externas, siempre y cuando no se desvíen de la trama. Por última vez: no confundas una cosa con la otra.
—Bueno. Si vos lo decís…
—Habiendo dicho eso, vamos a trabajar. Andá a cambiarte el vestido, ya sabés cuál agarrar, y en diez minutos te espero en la mesa de pool.
Fui hacia el perchero y busqué el vestido correspondiente. A pesar de que lo dijo con un reproche encubierto, entendí la idea que me quería transmitir. Me propuse a mí misma ensayar la escena del pool y que salga de una, cosa de ponerle la tapa a Ricardo y que no me jodiera más con las dichosas interrupciones. A mi entender, eso estaba resuelto. Ahora tenía que demostrar talento para otra cosa, pero no la que yo pensaba.
Capítulo VI — Órdenes Del Director
No podía parar de pensar en esa situación de la cual fui testigo, y en lo que vino después. El hecho de ver a Ricardo cogiéndose de prepo a Lili me descolocó. Pero más me impactó la mirada que me lanzó al momento de acabar. Como si me dijera con su expresión facial que me estaba cogiendo a mí. Y el ultimátum que me dio después me terminó de desarmar. De no haber estado tan caliente por el espectáculo que había visto, le hubiera pegado un cachetazo y listo. Pero evidentemente él se percató de mi calentura y aprovechó el momento para hacerme entrar en su juego.
Ya me quedaba más que claro que en los ensayos era muy común que hubiera sexo. Eso me lo confirmó Ricardo, con sus palabras, y más que nada con sus actos. Lo que no sabía era si su finalidad era solamente esa, o de verdad quería presentar una obra completa. Me sentía muy confundida. No quería caer como un chorlito, pero inocentemente pensé que quizás el desgraciado, después de sacarse las ganas, podría seguir avanzando con los ensayos de manera más tranquila. De lo que sí estaba segura era de que Ricardo era capaz de correrme a escobazos hasta la avenida si yo iba al otro día a las ocho y pretendía seguir ensayando normalmente, sin decir nada.
Intenté varias veces comunicarme con Lili. Quería saber cómo seguía, si le había caído la ficha, si iba a seguir con la obra. Que me dijera si estaba arrepentida, mandaba todo a la mierda y ojalá yo le pegara un sopapo a Ricardo por hijo de puta… O si le había gustado y seguía en su papel, ensayando como si nada. Pero no contestó el teléfono, y no podía ir a buscarla a la casa a esa hora. Tampoco tenía una excusa para dar en mi casa.
Otra vez pasé la noche dando vueltas en la cama, durmiendo de a ratitos. Esta vez no solo había ansiedad, sino también calentura. Traté de despertar a mi marido para que me atendiera como debía (en parte por placer, pero más que nada para reafirmarme a mí misma que yo todavía le era fiel, y que no lo iba a cagar con un desconocido), pero no me dio ni cinco de pelota, con la trillada excusa de que tenía que madrugar.
A la mañana, no podía dejar de pensar en Ricardo y Lili. Sobre todo en Ricardo. Los chicos notaron mi mala cara y enseguida se preocuparon. Les dije que no pasaba nada grave, que había dormido poco. Se fueron a la escuela, y mi marido, antes de irse, me dijo que a la salida del laburo se iba al aeropuerto, porque al otro día tenía que estar en Buenos Aires. No preguntó por qué estaba rara, o por qué di tantas vueltas en la cama. Le pedí que me dejara algo de plata para pedir una pizza.
—¿Por qué no te ponés a amasar, mejor? Si total vas a estar todo el día al reverendísimo pedo. —Me respondió, sin sutilezas.
Esa fue la gota que rebalsó el vaso. Se podía ir a la puta madre que lo recontra parió. Ahí fue cuando me decidí a ir a las siete de la tarde a la sala de ensayos, a terminar las escenas inconclusas y seguir con los ensayos sin importar el contenido de los mismos. Estaba dispuesta a protagonizar esa obra como fuera. Y a ponerle la gorra al cretino de Raúl. Volví a llamar a Lili, por las dudas, pero esta vez atendió el marido. Me había olvidado que volvía a Rosario a la tardecita. No sabía qué decirle, porque por ahí Lili no había comentado nada del curso o la obra, y no quería meter la pata. Otra vez tuve que mentir, y decirle que me había olvidado que no estaba, y llamaba desde un café para que viniera a charlar un rato. El marido de Lili, al no conocerme bien, se tragó el cuento y siguió con lo suyo.
No había vuelta atrás. Estaba dispuesta a cometer cualquier locura. Llené la bañera con sales aromáticas. Me quedé en el agua hasta que se me arrugaron las yemas de los dedos. Al salir, me fui al dormitorio a elegir el vestuario. Me puse el mismo vaquero y el mismo sweater amarillo de la primera clase. A ver si Ricardo se daba cuenta. Me maquillé como siempre, me hice un rodete muy elaborado (acorde a la escena a ensayar) y me perfumé por partida doble. Salí con el auto, antes de tiempo, y llegué antes de tiempo. Por suerte estaba abierto. Se ve que Ricardo iba temprano para preparar varias cosas.
La secretaria me hizo pasar y me dijo que Ricardo me estaba esperando en el fondo. Crucé el patio con el corazón acelerado y, antes de abrir la puerta, respiré profundo. Todavía no eran las siete, por lo que lo encontré barriendo el piso. No se puede negar que el tipo se encargaba de todos los detalles.
—¡Patito!… ¡Qué alegría!… Viniste temprano. –Dijo con sorpresa, mirando su reloj. –Cómo me alegro. Qué bueno que hayas recapacitado. Sos fundamental para la obra.
El hijo de puta había vuelto a ser el encantador de serpientes que solía ser unos días atrás. Volvía a ser el personaje cordial y didáctico que quería, supuestamente, convertirnos en profesionales del arte dramático. No noté rastros del director ultra-exigente que había visto ayer, ni del degenerado aprovechador que finalmente resultó ser. Estaba, a mi criterio, incluso más buen mozo. No sé si se arregló, o si yo estaba muy caliente. Acto seguido, me miró de arriba a abajo, y me abrazó, amistosamente.
—Y te pusiste este conjunto que trajiste el primer día. Te queda como pintado. Por ahí se puede usar en alguna escena. Sería una canallada…
Se acordó. Se acordó de lo que me había puesto seis meses atrás. O era un observador de la gran puta, o me tenía fichada como un obseso desde el principio.
—Te acordaste. No se te pasa un detalle. —Lo congratulé. —Te noto más alegre. Menos acelerado. ¿Pasa algo?
—Hubiera apostado el auto a que no venías. Estoy contento de no haberlo hecho, porque me hubiera quedado a pata. Pero, más que nada, estoy contento de que hayas tomado la decisión correcta.
—Bueno. No perdamos tiempo. ¿Querés que hagamos la escena?
—Totalmente. Me preparé todo el día para eso. —Respondió Ricardo, sonriendo. Me dio un pico, cortito, como para reafirmar la reconciliación.
—Va a ser igual que ayer. La misma secuencia. Me voy a auto-permitir improvisar algo de diálogo, para exigirte un poco. Ya sabés qué es lo que pretendo de vos. Arrancamos en cinco minutos en el sofá, desde el principio.
Me fui directo al perchero a agarrar el vestido negro ajustado. Me saqué el vaquero y el sweater, quedando en ropa interior (Blanca, para más datos). Noté cómo Ricardo rompió su propia regla de no mirar desde la otra punta mientras nos cambiábamos. Lo vi con su vaso, ahora de whisky, clavándome la vista como si hubiera quedado petrificado. Me hizo entrar en calor enseguida. Me puse el vestido y fui a sentarme a su lado en el sofá.
—Pato, esta vez tiene que salir perfecta de punta a punta. No quiero errores, dudas, ni boludeces. Compenetrada hasta el final. ¿Estás preparada para dejar de ser Pato y convertirte en Alicia?
No sabía si quería decir inmersa en el personaje hasta el final, o que me iba a penetrar hasta el final. A esa altura ya no me importaba.
—Sí. Te voy a demostrar quién es la mejor actriz para ese papel. —Respondí firme, con un tono competitivo, como menospreciando a Lili.
—¡Acción!
La escena empezó de la manera habitual. Breve conversación entre Alicia y el viejo Mario, brindis de por medio. Ahí nomás empezó la escalada. En lugar de poner su mano sobre mi muslo, arriba de la rodilla, la pasó por el medio y me apretó el interior del muslo, muy cerca de la ingle. Seguimos la escena. Me levanté ofendida y me fui a la cocina. Obviamos la parte de Alicia y Tomás en la cocina, y la de Mario y Tomás en el living, por la misma razón que el día anterior.
Me paré en la entrada de la cocina, y él vino caminando despacio. Dijo su línea y enseguida me dio vuelta, tomándome de la cintura. Me llevó a la otra punta de la mesada lengüeteándome desde el escote hasta la nariz. Me sentó en la mesada, y me bajó la parte de arriba del vestido, liberando mis tetas. Se tomó su tiempo amasándolas, chupándolas, y pellizcando mis endurecidos pezones, al mismo tiempo que me besaba el cuello. La escena se estaba extendiendo. Pero estaba determinada a no decir nada fuera del guion, por temor a que se enoje.

Luego de deleitarse como un bebé de dos meses, metió las dos manos por debajo del vestido, recorrió completas mis piernas hasta llegar a la cintura y encontrarse con mi bombacha. Dejó una mano apretando lo que podía de nalga, y con la otra bajó, con furia, mi prenda interior. Agachado como había quedado, se irguió de golpe y la tiró lo más lejos que pudo, arriba de una de las butacas de la primera fila. Se paró recto delante de mí, y se bajó la bragueta. Sacó su pinchila, despacio, y esta vez, a diferencia del día anterior, que corté preventivamente la escena, la pude ver bien, en primer plano. Realmente era una poronga hermosa. Larga, venosa, gruesa, cabezona. No me alcanzan las palabras para describirla. Brillaba de lo dispuesta que estaba. Me quedé viéndola, hipnotizada.
Después de mostrármela, me miró fijo a los ojos, dándome a entender que ya no había forma de evitarlo. Notó mi excitación al descubrirla, y decidió hacerme sufrir de ansiedad. Enrolló hacia arriba la pollera, despacio, en lugar de simplemente subirla o correrla, hasta que se encontró con la parte alta, que ya me había bajado previamente. El pobre vestido quedó como una faja que me rodeaba la boca del estómago, debajo de las tetas, pero arriba del ombligo. Ricardo se agarró la verga con la mano para poder ubicarla, pero se quedó restregando la cabeza sobre los labios vaginales, como esperando que le ruegue.
—Bueno, señora. El cornudo de su marido me permitió que le haga lo que yo quiera. Así que se la voy a poner hasta que se me deshilache.
Ni me permitió retrucarle (cosa que igual no iba a hacer). Ya estaba que volaba de la calentura y mi concha goteaba. Temblaba de excitación. Me estampó un beso furioso y me mandó la lengua hasta la garganta. En ese mismo momento, me metió la poronga, sin ninguna delicadeza. La clavó hasta el fondo, haciéndome gozar como una burra. Pegué un grito que inmediatamente intenté apagar para que suene a sufrimiento, aunque en realidad era todo lo contrario.
—¡Qué apretadita tenés la concha, pedazo de yegua! ¿Cuánto hace que no te garcha el pelotudo aquél?
Seguí sin hablar, respirando profundo, aunque tenía ganas de gemir más fuerte. Ricardo empezó el vaivén, bastante suave. Estaba totalmente fuera de personaje, tratando de cogerme como corresponde, y no adhiriéndose al guion. Y lo bien que hacía.
—Es increíble que tengas la concha tan estrecha. Ni las conchas de las pendejas de veinte años me aprietan tanto la verga como la tuya. Me la va a deformar.
Aumentaba el ritmo progresivamente, todavía lento, pero metiéndola hasta los huevos. Recorría toda mi profundidad, tratando de no dejar desatendido ni un milímetro. Nunca había disfrutado una poronga de ese tamaño tan adentro mío. Empecé a sudar, y se ve que Ricardo también. A todo esto, bajó su mano por mi panza, pasando sus dedos lentamente sobre el vello púbico, recortado prolijamente, hasta llegar a mi clítoris. Se encargó de apretarlo, retorcerlo, y frotarlo para acompañar las embestidas. Estaba gozando de una manera que no sabía que existía. Pero seguía haciendo el esfuerzo por no gritar.
—¡Qué pedazo de puta que sos! No empecé a martillar y ya estás chorreando. Puta de mierda. Mirá que me garché viejas de tu edad, pero ninguna como vos. Te voy a dar matraca hasta que te duela, guacha asquerosa.
Dicho eso, aumentó la velocidad. Me empezó a coger con un ritmo demoledor, y sin desperdiciar ni un centímetro de verga. Los huevos me pegaban en el culo con un ruido ensordecedor, que se confundía con el ruido que hacía la pija al sumergirse en mi concha empapada. Me tuve que morder los labios para no gritar, porque estaba delirando de placer. Me pellizcó los pezones, lo que me hizo temblar. Llevaba, calculo, cerca de quince minutos de bombeo ininterrumpido.
—¿Te gusta más, así, trolita? ¿Eh? ¿Te gusta que te la ponga bien fuerte? ¿Eh? ¿Nunca te cogió un macho de verdad, como yo?
—No… Ah…
—Callate la boca, puta de mierda. Ya sé que no te aguantás las ganas de gritar, pero acordate lo que pasó ayer. Ahora te voy a seguir cogiendo hasta desmayarte. ¿Te quedó claro?
—Si… Aahh…
—A partir de ahora, esta concha maravillosa me pertenece. La voy a amoldar a la forma de mi verga. ¿Entendiste?
—¡Siiii!…
—¿De quién es esta concha? Te voy a permitir gritar para responderme…
—¡Aaaaahhhh! ¡Es tuya! ¡Aaaaahhhhh! ¡Solo tuya! ¡Aaahhh!
—Decime fuerte y claro a quién le pertenece esta concha…
—¡Aaahhh! ¡A Mario le pertenece!… ¡Aaaahhhh Mario!… Mi único macho… ¡Aaahhh!
Lo cagué. Le dejé en claro que a pesar del placer infinito que me estaba haciendo sentir seguía sin caer en la trampa. Pero ya no aguantaba más. Estaba a punto de tener un orgasmo infernal, y Ricardo era consciente de eso. El sudor me corría por todo el cuerpo.
—Bien, putita. No solo cogés como una gata en celo. También sos obediente cuando querés. ¿Viste que no era tan difícil? Sos una puta de lujo. Me vas a hacer acabar un maremoto de leche.
—¡¡Aaaaaaahhhhhhhh!!… Adentro no… ¡Aaahhh! ¡¡Aaahhh!! … Por favor… ¡¡Aaahhh!!
A Ricardo se le transformó la cara cuando dije eso. Redujo la velocidad de las arremetidas y me miró como para matarme. Enseguida me di cuenta que había metido la pata. Todo lo que me había convencido de hacer, tirado a la basura. Venía bien y la arruiné.
—Bueno, putita linda. No hay problema. No va a faltar oportunidad. Esta vez te voy a hacer caso. La próxima no te salvás. —Dijo Ricardo con autoridad.
Contra todos los pronósticos, siguió con su faena callado. Ya era, por lejos, la cogida más duradera de toda mi vida. No sabía que existían hombres capaces de brindar tanto placer durante tanto tiempo. Ricardo apuró aún más las últimas acometidas, y me besó lascivamente en el momento justo que me llevó al clímax. El orgasmo que tuve no me permitió escuchar bien sus últimas palabras, ni el gruñido que pegó al acabar. Quise gritar, pero no me salía la voz. Fue tan intenso que me dejó muda, con la respiración entrecortada. No puedo recordar con claridad los treinta segundos que pasaron entre que acabé y me desperté (por decirlo de alguna manera) en la misma posición que había quedado. Supongo que en ese período de tiempo, él habrá gritado “¡Corte!”. En retrospectiva, tenía razón: Me cogió hasta desmayarme.
Cuando volví a la realidad, Ricardo ya se había sentado en el sofá, con los brazos extendidos sobre el respaldo, los pies en la mesita ratona, y mirando hacia el cielo, como buscando a Dios, para contarle lo que se había masticado. Respiraba agitado, y tenía la cara colorada. Sin mirarme, me dio una evaluación de desempeño en términos técnicos.
—¡Qué polvazo, hija de puta! Nunca acabé tanta leche. Me ordeñaste como a una vaca de tambo. ¡Ufff!… Qué cosa de locos. Qué manera de coger.
Instintivamente me toqué la concha para asegurarme de que había cumplido. Era un pantano, pero no había indicios de que hubiera acabado adentro. No puedo decir lo mismo de mi abdomen. Al retirar la mano noté el antebrazo pegoteado, y al mirar vi cómo tenía toda la panza embadurnada de semen, y partes del vestido manchadas. Manoteé un repasador, para limpiarme antes de moverme y no dejar el piso hecho un chiquero. Ricardo veía todo esto desde el sillón, saboreando los últimos tragos de su vaso de whisky.
Cuando terminé, palmeó el asiento del sofá, pidiéndome que vaya a sentarme a su lado. Me arreglé el corpiño, desenrollé la parte baja del vestido, y me senté a su lado. Apoyé mi cabeza sobre su hombro y mi mano en su pecho, y él me abrazó con una mano. Prendió un cigarrillo y me ofreció una pitada. La acepté gustosa, a pesar de que nunca había fumado. El flor de polvo que nos habíamos echado lo ameritaba. Me acarició el muslo, y me dio un beso largo, enternecedor, cosa que en casi veinte años de relación con mi marido nunca había pasado. Me estaba haciendo sentir algo que ni en mis más locas fantasías había experimentado.
—Sos una genia. Sos una diosa. Yo sabía que eras mejor actuando, y cogiendo, que Lili. Me dejaste seco. Y encima tuviste la lucidez para permanecer en personaje. Ni siquiera con todos los palos que te tiré.
—Tuve al mejor maestro. –Dije, sonriendo.
—Jeje. Espero que te haya quedado claro que vamos a seguir ensayando, con este mismo nivel de detalle, las escenas de sexo. A esta altura, ya no podemos volver a la simulación.
—Lo que usted diga, señor director. Estoy a sus órdenes.
—Mirá cómo pasaste de la rebeldía a la disciplina. Bueno. Mejor así. Vamos a hacer lo siguiente: Si tenés que ir al baño, usá el de la secretaria, total ya se fue. Después vení que te cebo unos mates y charlamos un ratito.
Cruzamos el patio, Ricardo se quedó en la cocina, preparando el mate, y yo fui al baño de la secretaria, que estaba opuesto a la cocina. No tenía ducha, así que tuve que usar la canilla del lavamanos para lavarme todo el cuerpo, pero especialmente la cara, que todavía estaba colorada. Me arreglé el pelo y volví al escenario. Ricardo ya tenía el termo y el mate en la mesita ratona. Me senté a su lado otra vez, y me dio un mate.
—¿Cómo te sentís? —Me preguntó cariñosamente.
—En una nube. Pellizcame, a ver si estoy soñando.
—Te lo ganaste por seguir firme hasta el final. Aunque me hiciste terminar más rápido que lo habitual. Sos única. No veo a nadie que pueda interpretar a Alicia como lo vas a hacer vos.
—Uy, la puta. ¿Qué hora es? —Pregunté con apuro, pensando que Lili, Jorge y Daniel estarían al caer.
—Siete y veinte. Tranquila. Tenemos veinte minutos para ensayar otra escena. ¿Te parece?
—Bueno, si me lo proponés así, acepto. —Respondí juguetonamente.
—Bueno. Vamos a hacer la escena del pool.
—¿Esa no la tengo que hacer con Jorge? —Pregunté.
—Recién dijiste que era el mejor maestro, y ahora me querés abandonar. Qué feo lo tuyo…
—No, maestro —Dije con voz finita, beboteando. —Hago lo que usted me pida.
—Bien. Cambiate como dice el guion. En diez minutos vení a la mesa de pool que arrancamos.
Al levantarme me agarró la mano. Me detuve, y se paró de frente a mí. Se puso serio.
—Voy a hacer una excepción y te voy a dejar pasar la pifia del final. Voy a hacer de cuenta que no fue lo que sospecho, porque tranquilamente se puede agregar a la escena, y no queda mal.
—Pero, Ricar…
—Shhh. Dejame terminar. Lo voy a tomar como un aporte improvisado, y siendo así, te felicito. Le agregaste algo a la escena, espontáneamente, y me pareció bárbaro. Tenelo en cuenta para la escena que vamos a hacer ahora, y que te quede claro que una cosa es improvisar, y otra cosa interrumpir.
—Te pedí por favor que no acabes adentro porque a esta altura no puedo correr riesgos. Disculpame si no tomo pastillas ni estoy acostumbrada a otros métodos desde hace más de veinte años. Mirá si me dejás embarazada…
—O sea, me quisiste cortar la escena, igual que ayer.
—No, Ricardo, entendeme…
—Entiendo tu problema. Y tené en cuenta que te dije y te recalqué que voy a hacer una excepción. Por vos, porque te lo ganaste. Y lo voy a calificar como un aporte al personaje, repito, que quedó excelente en ese contexto. Está todo bien. Lo único que espero es que lo tengas en cuenta para las escenas siguientes, porque tienen un margen de improvisación. Son más largas, y más variadas, así que no está mal que le agregues cositas externas, siempre y cuando no se desvíen de la trama. Por última vez: no confundas una cosa con la otra.
—Bueno. Si vos lo decís…
—Habiendo dicho eso, vamos a trabajar. Andá a cambiarte el vestido, ya sabés cuál agarrar, y en diez minutos te espero en la mesa de pool.
Fui hacia el perchero y busqué el vestido correspondiente. A pesar de que lo dijo con un reproche encubierto, entendí la idea que me quería transmitir. Me propuse a mí misma ensayar la escena del pool y que salga de una, cosa de ponerle la tapa a Ricardo y que no me jodiera más con las dichosas interrupciones. A mi entender, eso estaba resuelto. Ahora tenía que demostrar talento para otra cosa, pero no la que yo pensaba.
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