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Estaba tumbado boca arriba en la cama, con las luces apagadas y solo el resplandor anaranjado de la farola de la calle filtrándose por las rendijas de la persiana. Tenía las manos descansando sobre el abdomen, los ojos cerrados y respiraba profundamente, intentando recuperar mi rutina de meditación y repaso del día.
Era viernes por la noche. Llevaba varios días sin hacerlo como es debido. El martes me quedé dormido a mitad del ejercicio, completamente agotado. El miércoles y el jueves ni siquiera lo intenté; en cuanto tocaba la almohada, el sueño me vencía. Esta noche, por fin, quería poner orden en mi cabeza.
Respiré hondo y dejé que los recuerdos del martes empezaran a fluir con calma.
Nada más cerrar la puerta de los vecinos después de despedirme de la porrera, todavía sentía el calor de su cuerpo pegado al mío. Me vestí rápidamente, recolocándome bien la camiseta y el pantalón, con el pulso aún acelerado y su olor todavía impregnado en mi ropa y en la piel.
Llegué a casa pasadas las ocho y media. Tenía bastante hambre, pero preferí esperar a Marta. Me puse manos a la obra en la cocina y preparé una cena sencilla pero nutritiva: pechugas de pollo a la plancha con un poco de romero, quinoa con verduras salteadas (brócoli, zanahoria y pimiento) y una ensalada verde con tomate y aguacate. Nada complicado, pero suficiente para recuperar fuerzas después del día tan intenso que había tenido.
Apenas había terminado de poner la mesa cuando oí la llave en la cerradura.
Marta entró cargada: dos bolsas grandes de la compra en una mano y, bajo el otro brazo, una caja alargada con el dibujo de una silla.
—Buenas noches, cariño —dijo con una sonrisa cansada pero contenta—. Mira lo que traigo. Al final Maite me convenció y la he comprado en la tienda de los chinos. Dice que es muy cómoda y que sale bien de precio.
Me acerqué, le di un beso y la ayudé con las bolsas.
Primero cenamos. Los dos teníamos hambre, así que decidimos dejar el montaje de la silla para después. Durante la cena me estuvo contando cómo Maite la había asesorado para elegir la silla. Yo la escuchaba atentamente.
Cuando terminamos de cenar, recogimos la cocina y empezamos a montar la silla. Resultó bastante más complicado de lo que parecía en las instrucciones. Dos tornillos del mecanismo del respaldo no encajaban bien; uno entraba torcido y el otro parecía que no llegaba al fondo por más que apretara.
—Joder… —mascullé después de varios intentos fallidos.
Entonces recordé el truco que mi padre me había enseñado este verano cuando montamos una caseta de jardín. Puse un poco de jabón en la rosca de los tornillos, presioné con fuerza en el ángulo correcto y, tras un par de intentos más, por fin entraron bien.
Entre unas cosas y otras —el montaje, las risas, algún taco cuando se nos caía una pieza— se nos hizo bastante tarde. Cuando por fin colocamos la silla nueva en su sitio.
—Venga, a la cama —dijo Marta bostezando—. Mañana seguimos.
Al día siguiente, miércoles, el despertador sonó a las siete en punto. Esta vez fue Marta quien me despertó, sacudiéndome suavemente el hombro.
—Arriba, dormilón —susurró con voz aún ronca de sueño.
Había dormido muy bien después de la meditación del martes, y se notaba. Me levanté con más energía de la habitual. Fuimos juntos al baño. Mientras Marta se sentaba en el inodoro y meaba con fuerza, yo abrí la ducha y empecé a orinar dentro.
—Perdón —dije medio riendo—, pero no aguantaba más.
Marta se rio desde el váter.
—A mí no me importa, también suelo mear en la ducha. Total, el agua se lo lleva todo.
Los dos nos reímos como idiotas. Esas pequeñas tonterías matutinas nos hacen gracia.
Salimos a correr hacia la playa de la Concha. Cuando llegamos y vimos el tamaño de las olas, descartamos completamente meternos a nadar. Yo nado regular, Marta nada muy bien; aun así, esas olas daban auténtico respeto. Además estaba lloviznando.
—¿Hasta el Peine de los Vientos? —propuso Marta.
—Te sigo.
Corrimos hasta allí bajo la lluvia fina. Paramos un rato, hicimos el tonto con los conductos del suelo que echan aire o agua según pegan las olas. Marta, por atrevida, se puso justo encima de uno en el momento menos indicado y se llevó una buena rociada de agua de mar entre las piernas. Soltó un grito y se apartó riendo y maldiciendo a la vez.
Volvimos a nuestro pequeño monoambiente. Esa habitación que hace de todo: salón, dormitorio, comedor etc. La cama todavía estaba sin hacer y servía de sofá improvisado.
Estrenamos la silla nueva para desayunar. La verdad es que había quedado muy bien y era bastante más cómoda que las anteriores. Mientras untaba el pan, comenté:
—Joder, ahora yo también quiero una silla como esta para mí.
En realidad me daba igual, solo lo dije para pincharla un poco. Pero Marta se lo tomó en serio.
—Pues claro que sí. Si ponemos el culo que al menos el culo acabe donde tiene que ir el culo —dijo, y se rio ella sola de su propio chiste.
Yo también me reí. Me encanta cuando se ríe de sus propias bromas.
Quedamos en dedicar un rato por la tarde, cuando volviéramos del trabajo, a hacer los presupuestos del próximo mes: ver cuánto podíamos ahorrar después de los gastos fijos y de enviar algo de dinero a nuestros padres.
Después cogimos el bus y nos fuimos a trabajar. Esta vez no había nadie esperándonos en el control de seguridad. El día fue bastante rutinario, pero poco a poco voy cogiendo el ritmo. Estoy aprendiendo a conseguir resultados dentro del marasmo que es la administración española. Empiezo a conocer a mis compañeros: a los vagos, a los inútiles, a los formales, a los que realmente tiran del carro… Y, por supuesto, voy entendiendo mejor todo el proceso administrativo.
Mi alma de ingeniero no puede evitarlo: ya estoy haciendo planes y pensando cómo mejorar algunas cosas.
Al salir del trabajo, en la parada del bus, nos encontramos de frente con Marijó. Nada más vernos, se le iluminó la cara y con ese acento gaditano tan bonito que tiene, nos soltó sin cortarse ni un pelo:
—Chiquillos, lo del viernes sigue en pie, ¿verdad? No me digáis que no, que me muero… Y esta vez quiero que me llenes el culo de leche, que me encanta cómo se siente.
Menos mal que no había nadie cerca, porque lo dijo con toda la naturalidad del mundo. Marta y yo nos miramos y nos reímos.
—Tranquila, sigue en pie —le contesté—. No te preocupes.
Le contamos que nos habían invitado a una sociedad gastronómica el jueves y se quedó con cara de no entender nada. Tuvimos que explicárselo:
—Mira, Marijó —empezó Marta—, aquí en el País Vasco las sociedades gastronómicas son como clubs privados donde la gente se junta para cocinar y comer. Normalmente solo entran socios y sus invitados. Se come muy bien, se bebe mejor y el ambiente es muy familiar. Eso si, cada uno se hace su comida. No hay camareros ni cocineros. Como mucho se contrata la limpieza.
-Bueno, pero a eso ¿Qué día vais?
-El jueves, no te preocupes, el viernes es para ti. Cenaremos en casa y luego de postre sexo de a tres y tu culito quedará llenito de leche.
-Eso, lleno hasta rebosar. Quiero volver a casa de la amargada de mi tía con la leche corriendo por mis piernas.
Nos subimos al bus entre risas.
En casa comimos rápido y después nos pusimos a hacer números en la mesa del salón, estrenando la silla nueva. Sacamos papel y lápiz y fuimos anotando:
Gastos fijos aproximados al mes:
Alquiler del monoambiente: 1.350 € (en la Parte Vieja es lo que hay)
Luz, agua, internet y basura: 120 €
Transporte (bus y algún taxi): 80 €
Teléfonos móviles: 60 €
Envío a padres (entre los dos): 2500 €
Comida y gastos variables: calculamos unos 450-500 € al mes si comemos en casa la mayoría de días y cenamos fuera de vez en cuando.
Total gastos fijos + comida: alrededor de 4.100-4.200 € al mes.
En cuanto a los sueldos, busqué información actualizada. Como funcionaria de la administración del Estado con licenciatura en Derecho (grupo A1, recién entrada), Marta cobra aproximadamente 2.450 € netos al mes (en 14 pagas). Yo, como ingeniero (también A1), entro un poco por encima: alrededor de 2.700 € netos al mes.
Marta miró los números y se quejó en broma:
—Joder, siempre igual… Tú vas a ganar más que yo. No es justo.
Me reí y le contesté:
—Hay menos ingenieros que abogados, por eso nos pagan un pelín más. Es la ley de la oferta y la demanda, cariño.
—Pues vaya mierda de ley —dijo fingiendo enfado, cruzándose de brazos.
Nos reímos los dos. Era todo en broma, claro.
De repente me acordé de los cogollos que me había dado la porrera. Todavía estaban en el bolsillo del pantalón que usé para pintar. Los saqué y se los enseñé a Marta.
—¿De dónde has sacado eso? —preguntó con los ojos muy abiertos.
—Me los dio la nieta de nuestros vecinos —contesté sonriendo.
—Cuenta, cuenta… Que por esa sonrisita adivino que hay historieta, ¿cierto?
Le conté todo lo que había pasado: cómo entró desnudándose porque no sabía que estaba allí, como intentó seducirme de esa forma tan patética pero que se quitó la camiseta y me enseñó las tetas, y eso si funcionó.
Marta negó con la cabeza, medio riendo.
—Te arriesgaste, eh. Mira que si aparece Maite o Gorka por allí…
—Tienes razón, pero es que me enseñó las tetas y me pudo la tentación.
—Si es que tiran más dos tetas que dos carretas —dijo Marta riéndose.
Los dos nos reímos. Luego añadí:
—Por cierto, es la misma chica que vimos en el Urgull aquel día, la que iba con los otros dos porreros.
Una vez hechos los números y calculada la cantidad que íbamos a poder ahorrar o gastar libremente (unos 500 € al mes entre los dos si íbamos justos), decidimos dejar para otro día la discusión de en qué lo invertíamos. Muy poco, pero yo iba a cumplir con lo que me había exigido mi padre. Y si tenía que vivir de sopas de sobre, lo haría. Marta también iba a poner de su parte para ayudar a nuestros padres.
Le mandamos un mensaje a Maite diciendo que bajábamos en un rato. Nos contestó que cuando quisiéramos, que ellos no iban a salir. Nos pusimos la ropa cómoda de estar por casa y bajamos.
Nos estaban esperando Maite y Gorka. Antes de ponernos a trabajar estuvimos un rato charlando en el salón.
—Ayer conocí a vuestra nieta —comenté.
Maite sonrió.
—Sí, ya me dijo que hablasteis un rato. Esa nieta mía es una soñadora.
Yo pensé que más bien era una mariguanera, pero me callé. Gorka intervino:
—Sí, soñadora… Lo que es es una ilusa. Nos ha salido artista, quiere ser pintora y no sé qué más cosas. Pero no tiene talento.
—Tú siempre la criticas —le replicó Maite—. Déjala en paz, ya aprenderá.
Noté que era una discusión que tenían a menudo. Pararon en seco porque estábamos nosotros delante.
Nos pusimos manos a la obra con el trabajo pendiente. Cuando ya casi habíamos terminado, apareció la porrera. Venía con un colocón considerable, se notaba que buscaba verme a mí. Al ver a Marta se quedó parada y puso cara de decepción.
Marta, con toda la naturalidad del mundo, le soltó:
—¿Tú eres la que le enseñó las tetas a mi hermano?

La porrera se quedó cortada.
—Eh… yooooooo no.
Marta sonrió y me miró.
—Yo creo que sí. Carlos, ¿fue esta la que te enseñó las tetas para que te la follaras?
—Sí —respondí sonriendo—, tiene un buen par de tetas. Con esa ropa oversize no se nota, pero está bien dotada.
Marta se dirigió directamente a ella:
—¿Me las enseñas?
La chica dudaba. Entonces Marta, sin cortarse, se subió la camiseta y le enseñó las suyas, con los piercings brillando.
—Jo… me encantan esos piercings —dijo la porrera con los ojos como platos.
—¿Quieres tocarlas? —preguntó Marta.
La muchacha dudaba. Marta meneó las tetas de izquierda a derecha y de derecha a izquierda con una sonrisa pícara. Eso fue demasiado para ella. La porrera se acercó y puso sus manos sobre los pechos de Marta.
—Jo, qué pasada… qué duras están. ¿Te puedo chupar los pezones?
—Dale —contestó Marta.
La nieta de nuestros vecinos se inclinó y empezó a chuparle los pezones con ganas.
—Qué morboso eso de los piercings… —murmuró.
De repente oímos que venía Gorka por el pasillo. Marta se bajó la camiseta rapidísimo. Gorka apareció y dijo con tono cansado:
—Naiara, deja trabajar a los vecinos. Si no vas a ayudar, no molestes.
—No se preocupe —intervino Marta—, ya hemos acabado. Estaba hablando con su nieta y ahora va a venir con nosotros al ático para que le enseñe unos dibujos míos.
Naiara, entre el pedo que llevaba y que no parece muy lista, no entendía nada y puso cara de ir a decir algo. Intervine rápido:
—Claro, si no les importa que venga con nosotros…
Gorka suspiró.
—Con tal de que no llegue tarde a cenar, por mí bien.
—Le aseguro que no tardará en bajar —dijo Marta.
La porrera seguía sin entender la situación, pero de repente le dio por reírse. Eso ya sacó de quicio a Gorka, que creo que empezaba a sospechar de dónde venía esa risa tonta. Se fue rezongando:
—Hasta luego… y no le hagáis demasiado caso.
Terminamos de recoger las herramientas, lo dejamos todo en su sitio y nos fuimos los tres para arriba. Tuvimos que coger a Naiara de la mano porque iba bastante atontada.
Según entramos en el ático, Marta se desnudó sin decir nada, dejando la ropa tirada en el suelo. Miró a Naiara y le dijo con voz calmada pero firme:
—Ahora desnúdate tú.
Naiara dudó, claramente nerviosa.
—Jo, qué fuerte… esto me da un poco de palo. ¿Puedo fumar un peta primero?
—No —contestó Marta—. Primero te desnudas y luego fumamos el porro.
Naiara ya no opuso más resistencia. Se quitó la ropa oversize y se quedó desnuda. No está en forma: le sobran algunos kilos y se nota que no hace nada de deporte; tiene la tripa un poco blanda y los muslos sin tono.
Yo también me desnudé. Nos sentamos los tres en la cama y nos fumamos el porro que traía ella preparado. Era buena maría, de la fuerte. Empezamos a reírnos los tres y a echarnos humo unos a otros, cada vez más colocados y relajados.
En un momento me acerqué al oído de Marta y le susurré:
—Entre tú y yo nada, ¿eh? No me fío un pelo de que esta “artista” sepa guardar un secreto.
Marta asintió discretamente.
Poco después, mientras seguíamos pasándonos el humo, Marta acercó sus labios a los de Naiara y la besó. La chica se sorprendió al principio, pero enseguida le devolvió el beso. Cuando se separaron, Naiara murmuró:

—Jo, qué fuerte… mola mazo. Siempre he querido probar con una chica.
—Pues hoy tienes la oportunidad —le dijo Marta sonriendo.

Me separé de ellas y me senté en la silla nueva para disfrutar del espectáculo.
Marta le preguntó suavemente:
—¿Qué quieres probar?
—Todo… Quiero volver a tocarte las tetas y chuparte los pezones.
—Adelante.

Y ahí empezó una auténtica clase magistral. Marta le iba explicando con paciencia cómo hacer cada cosa: cómo tocar y chupar unas tetas, cómo acariciar un coño, cómo lamerlo bien… Primero lo hacía Naiara, Marta la corregía, luego Marta se lo hacía a ella para que viera cómo se hacía, y después lo repetía Naiara.
Naiara se corrió la primera vez cuando Marta la masturbó con los dedos. Se corrió otra vez cuando Marta se lo comió. Y otra más fuerte cuando hicieron la tijera, frotando sus coños. Después pasaron a un 69 con lengua y dedos. En esa posición, con Naiara encima, Marta me hizo señas. Me acerqué y empecé a chuparle el culo a la chica. Naiara casi se desmaya del orgasmo tan fuerte que tuvo.
Le dimos un poco de descanso. Estaba jadeando, colorada y sudada.
Entonces Marta le dijo:
—Mira cómo está mi hermanito… vas a tener que hacer algo, yo no puedo. Chúpasela.
Naiara, muy obediente y aún colocada, se puso de rodillas y empezó a chupármela. Era pésima, sin técnica. Marta le iba dando indicaciones, pero yo negué con la cabeza cuando vi que Marta quería darle un ejemplo práctico.
Ya llevábamos un buen rato y así no me iba a correr. Marta la colocó a cuatro patas al borde de la cama. Me puse un preservativo y la penetré por el coño primero. Mientras yo la follaba, Marta se puso a chuparle el culo. Naiara gemía:
—Sí, sí, sí… eso me encanta.
Marta cogió uno de los sobrecitos de lubricante, le echó y empezó a meterle dedos mientras yo seguía follándola y le tocaba las tetas. Naiara se corrió otra vez.
—Ya tienes el culo dilatado —le dijo Marta—. Ahora mi hermano te va a follar por ahí. Te dolerá un poco al principio, pero te va a gustar.
Antes de que pudiera decir nada, puse la punta de mi polla en su culo y empecé a empujar. Naiara apretó el culo.
Le di un azote suave.
—Relaja o te dolerá más. Haz como si fueras a cagar.
Me hizo caso y poco a poco conseguí entrar.
—Para, para… que duele —gimió.
—Aguanta un poco más.
Se la metí hasta el fondo y me quedé quieto. Marta la besaba y le tocaba las tetas para que se relajara. Cuando noté que aflojaba, empecé a moverme, cada vez más rápido y más fuerte.
En un momento en que Marta dejó de besarla, Naiara gritó:
—¡Sí, sí, sí! ¡Más rápido que me corro otra vez!
Se corrió apretando el culo de una forma brutal y eso me hizo correrme dentro del condón. Había salido un poco de olor a mierda, pero Marta ya tenía papel higiénico preparado y no se manchó nada.
Cuando por fin se recuperó, todavía temblando, dijo:
—Jo, qué fuerte… me han dado por el culo.
Marta sonrió.
—Puedes agradecer que te lo ha hecho alguien que sabe lo que se hace. ¿Te ha gustado?
—Sí… jo, sí que me ha gustado. Mola. Me he corrido hoy más veces que nunca en mi vida.
—Pues ahora vístete y chitón con tus abuelos si quieres repetir —le advirtió Marta.
—Claro que quiero repetir, coño, claro que sí. No se lo digo a nadie. ¿Y os tengo que dar maría la próxima vez?
—Por supuesto —dijo Marta riendo—. Las clases no son gratis.
Creo que Naiara no pilló que era broma porque contestó muy seria que sí.
Le ayudamos a vestirse porque todavía iba bastante colocada y atontada, y la acompañamos hasta la puerta.
Cenamos ligero y a la cama. Entre el peta y la follada me dormí de inmediato, no me dio tiempo a meditar.

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Estaba tumbado boca arriba en la cama, con las luces apagadas y solo el resplandor anaranjado de la farola de la calle filtrándose por las rendijas de la persiana. Tenía las manos descansando sobre el abdomen, los ojos cerrados y respiraba profundamente, intentando recuperar mi rutina de meditación y repaso del día.
Era viernes por la noche. Llevaba varios días sin hacerlo como es debido. El martes me quedé dormido a mitad del ejercicio, completamente agotado. El miércoles y el jueves ni siquiera lo intenté; en cuanto tocaba la almohada, el sueño me vencía. Esta noche, por fin, quería poner orden en mi cabeza.
Respiré hondo y dejé que los recuerdos del martes empezaran a fluir con calma.
Nada más cerrar la puerta de los vecinos después de despedirme de la porrera, todavía sentía el calor de su cuerpo pegado al mío. Me vestí rápidamente, recolocándome bien la camiseta y el pantalón, con el pulso aún acelerado y su olor todavía impregnado en mi ropa y en la piel.
Llegué a casa pasadas las ocho y media. Tenía bastante hambre, pero preferí esperar a Marta. Me puse manos a la obra en la cocina y preparé una cena sencilla pero nutritiva: pechugas de pollo a la plancha con un poco de romero, quinoa con verduras salteadas (brócoli, zanahoria y pimiento) y una ensalada verde con tomate y aguacate. Nada complicado, pero suficiente para recuperar fuerzas después del día tan intenso que había tenido.
Apenas había terminado de poner la mesa cuando oí la llave en la cerradura.
Marta entró cargada: dos bolsas grandes de la compra en una mano y, bajo el otro brazo, una caja alargada con el dibujo de una silla.
—Buenas noches, cariño —dijo con una sonrisa cansada pero contenta—. Mira lo que traigo. Al final Maite me convenció y la he comprado en la tienda de los chinos. Dice que es muy cómoda y que sale bien de precio.
Me acerqué, le di un beso y la ayudé con las bolsas.
Primero cenamos. Los dos teníamos hambre, así que decidimos dejar el montaje de la silla para después. Durante la cena me estuvo contando cómo Maite la había asesorado para elegir la silla. Yo la escuchaba atentamente.
Cuando terminamos de cenar, recogimos la cocina y empezamos a montar la silla. Resultó bastante más complicado de lo que parecía en las instrucciones. Dos tornillos del mecanismo del respaldo no encajaban bien; uno entraba torcido y el otro parecía que no llegaba al fondo por más que apretara.
—Joder… —mascullé después de varios intentos fallidos.
Entonces recordé el truco que mi padre me había enseñado este verano cuando montamos una caseta de jardín. Puse un poco de jabón en la rosca de los tornillos, presioné con fuerza en el ángulo correcto y, tras un par de intentos más, por fin entraron bien.
Entre unas cosas y otras —el montaje, las risas, algún taco cuando se nos caía una pieza— se nos hizo bastante tarde. Cuando por fin colocamos la silla nueva en su sitio.
—Venga, a la cama —dijo Marta bostezando—. Mañana seguimos.
Al día siguiente, miércoles, el despertador sonó a las siete en punto. Esta vez fue Marta quien me despertó, sacudiéndome suavemente el hombro.
—Arriba, dormilón —susurró con voz aún ronca de sueño.
Había dormido muy bien después de la meditación del martes, y se notaba. Me levanté con más energía de la habitual. Fuimos juntos al baño. Mientras Marta se sentaba en el inodoro y meaba con fuerza, yo abrí la ducha y empecé a orinar dentro.
—Perdón —dije medio riendo—, pero no aguantaba más.
Marta se rio desde el váter.
—A mí no me importa, también suelo mear en la ducha. Total, el agua se lo lleva todo.
Los dos nos reímos como idiotas. Esas pequeñas tonterías matutinas nos hacen gracia.
Salimos a correr hacia la playa de la Concha. Cuando llegamos y vimos el tamaño de las olas, descartamos completamente meternos a nadar. Yo nado regular, Marta nada muy bien; aun así, esas olas daban auténtico respeto. Además estaba lloviznando.
—¿Hasta el Peine de los Vientos? —propuso Marta.
—Te sigo.
Corrimos hasta allí bajo la lluvia fina. Paramos un rato, hicimos el tonto con los conductos del suelo que echan aire o agua según pegan las olas. Marta, por atrevida, se puso justo encima de uno en el momento menos indicado y se llevó una buena rociada de agua de mar entre las piernas. Soltó un grito y se apartó riendo y maldiciendo a la vez.
Volvimos a nuestro pequeño monoambiente. Esa habitación que hace de todo: salón, dormitorio, comedor etc. La cama todavía estaba sin hacer y servía de sofá improvisado.
Estrenamos la silla nueva para desayunar. La verdad es que había quedado muy bien y era bastante más cómoda que las anteriores. Mientras untaba el pan, comenté:
—Joder, ahora yo también quiero una silla como esta para mí.
En realidad me daba igual, solo lo dije para pincharla un poco. Pero Marta se lo tomó en serio.
—Pues claro que sí. Si ponemos el culo que al menos el culo acabe donde tiene que ir el culo —dijo, y se rio ella sola de su propio chiste.
Yo también me reí. Me encanta cuando se ríe de sus propias bromas.
Quedamos en dedicar un rato por la tarde, cuando volviéramos del trabajo, a hacer los presupuestos del próximo mes: ver cuánto podíamos ahorrar después de los gastos fijos y de enviar algo de dinero a nuestros padres.
Después cogimos el bus y nos fuimos a trabajar. Esta vez no había nadie esperándonos en el control de seguridad. El día fue bastante rutinario, pero poco a poco voy cogiendo el ritmo. Estoy aprendiendo a conseguir resultados dentro del marasmo que es la administración española. Empiezo a conocer a mis compañeros: a los vagos, a los inútiles, a los formales, a los que realmente tiran del carro… Y, por supuesto, voy entendiendo mejor todo el proceso administrativo.
Mi alma de ingeniero no puede evitarlo: ya estoy haciendo planes y pensando cómo mejorar algunas cosas.
Al salir del trabajo, en la parada del bus, nos encontramos de frente con Marijó. Nada más vernos, se le iluminó la cara y con ese acento gaditano tan bonito que tiene, nos soltó sin cortarse ni un pelo:
—Chiquillos, lo del viernes sigue en pie, ¿verdad? No me digáis que no, que me muero… Y esta vez quiero que me llenes el culo de leche, que me encanta cómo se siente.
Menos mal que no había nadie cerca, porque lo dijo con toda la naturalidad del mundo. Marta y yo nos miramos y nos reímos.
—Tranquila, sigue en pie —le contesté—. No te preocupes.
Le contamos que nos habían invitado a una sociedad gastronómica el jueves y se quedó con cara de no entender nada. Tuvimos que explicárselo:
—Mira, Marijó —empezó Marta—, aquí en el País Vasco las sociedades gastronómicas son como clubs privados donde la gente se junta para cocinar y comer. Normalmente solo entran socios y sus invitados. Se come muy bien, se bebe mejor y el ambiente es muy familiar. Eso si, cada uno se hace su comida. No hay camareros ni cocineros. Como mucho se contrata la limpieza.
-Bueno, pero a eso ¿Qué día vais?
-El jueves, no te preocupes, el viernes es para ti. Cenaremos en casa y luego de postre sexo de a tres y tu culito quedará llenito de leche.
-Eso, lleno hasta rebosar. Quiero volver a casa de la amargada de mi tía con la leche corriendo por mis piernas.
Nos subimos al bus entre risas.
En casa comimos rápido y después nos pusimos a hacer números en la mesa del salón, estrenando la silla nueva. Sacamos papel y lápiz y fuimos anotando:
Gastos fijos aproximados al mes:
Alquiler del monoambiente: 1.350 € (en la Parte Vieja es lo que hay)
Luz, agua, internet y basura: 120 €
Transporte (bus y algún taxi): 80 €
Teléfonos móviles: 60 €
Envío a padres (entre los dos): 2500 €
Comida y gastos variables: calculamos unos 450-500 € al mes si comemos en casa la mayoría de días y cenamos fuera de vez en cuando.
Total gastos fijos + comida: alrededor de 4.100-4.200 € al mes.
En cuanto a los sueldos, busqué información actualizada. Como funcionaria de la administración del Estado con licenciatura en Derecho (grupo A1, recién entrada), Marta cobra aproximadamente 2.450 € netos al mes (en 14 pagas). Yo, como ingeniero (también A1), entro un poco por encima: alrededor de 2.700 € netos al mes.
Marta miró los números y se quejó en broma:
—Joder, siempre igual… Tú vas a ganar más que yo. No es justo.
Me reí y le contesté:
—Hay menos ingenieros que abogados, por eso nos pagan un pelín más. Es la ley de la oferta y la demanda, cariño.
—Pues vaya mierda de ley —dijo fingiendo enfado, cruzándose de brazos.
Nos reímos los dos. Era todo en broma, claro.
De repente me acordé de los cogollos que me había dado la porrera. Todavía estaban en el bolsillo del pantalón que usé para pintar. Los saqué y se los enseñé a Marta.
—¿De dónde has sacado eso? —preguntó con los ojos muy abiertos.
—Me los dio la nieta de nuestros vecinos —contesté sonriendo.
—Cuenta, cuenta… Que por esa sonrisita adivino que hay historieta, ¿cierto?
Le conté todo lo que había pasado: cómo entró desnudándose porque no sabía que estaba allí, como intentó seducirme de esa forma tan patética pero que se quitó la camiseta y me enseñó las tetas, y eso si funcionó.
Marta negó con la cabeza, medio riendo.
—Te arriesgaste, eh. Mira que si aparece Maite o Gorka por allí…
—Tienes razón, pero es que me enseñó las tetas y me pudo la tentación.
—Si es que tiran más dos tetas que dos carretas —dijo Marta riéndose.
Los dos nos reímos. Luego añadí:
—Por cierto, es la misma chica que vimos en el Urgull aquel día, la que iba con los otros dos porreros.
Una vez hechos los números y calculada la cantidad que íbamos a poder ahorrar o gastar libremente (unos 500 € al mes entre los dos si íbamos justos), decidimos dejar para otro día la discusión de en qué lo invertíamos. Muy poco, pero yo iba a cumplir con lo que me había exigido mi padre. Y si tenía que vivir de sopas de sobre, lo haría. Marta también iba a poner de su parte para ayudar a nuestros padres.
Le mandamos un mensaje a Maite diciendo que bajábamos en un rato. Nos contestó que cuando quisiéramos, que ellos no iban a salir. Nos pusimos la ropa cómoda de estar por casa y bajamos.
Nos estaban esperando Maite y Gorka. Antes de ponernos a trabajar estuvimos un rato charlando en el salón.
—Ayer conocí a vuestra nieta —comenté.
Maite sonrió.
—Sí, ya me dijo que hablasteis un rato. Esa nieta mía es una soñadora.
Yo pensé que más bien era una mariguanera, pero me callé. Gorka intervino:
—Sí, soñadora… Lo que es es una ilusa. Nos ha salido artista, quiere ser pintora y no sé qué más cosas. Pero no tiene talento.
—Tú siempre la criticas —le replicó Maite—. Déjala en paz, ya aprenderá.
Noté que era una discusión que tenían a menudo. Pararon en seco porque estábamos nosotros delante.
Nos pusimos manos a la obra con el trabajo pendiente. Cuando ya casi habíamos terminado, apareció la porrera. Venía con un colocón considerable, se notaba que buscaba verme a mí. Al ver a Marta se quedó parada y puso cara de decepción.
Marta, con toda la naturalidad del mundo, le soltó:
—¿Tú eres la que le enseñó las tetas a mi hermano?

La porrera se quedó cortada.
—Eh… yooooooo no.
Marta sonrió y me miró.
—Yo creo que sí. Carlos, ¿fue esta la que te enseñó las tetas para que te la follaras?
—Sí —respondí sonriendo—, tiene un buen par de tetas. Con esa ropa oversize no se nota, pero está bien dotada.
Marta se dirigió directamente a ella:
—¿Me las enseñas?
La chica dudaba. Entonces Marta, sin cortarse, se subió la camiseta y le enseñó las suyas, con los piercings brillando.
—Jo… me encantan esos piercings —dijo la porrera con los ojos como platos.
—¿Quieres tocarlas? —preguntó Marta.
La muchacha dudaba. Marta meneó las tetas de izquierda a derecha y de derecha a izquierda con una sonrisa pícara. Eso fue demasiado para ella. La porrera se acercó y puso sus manos sobre los pechos de Marta.
—Jo, qué pasada… qué duras están. ¿Te puedo chupar los pezones?
—Dale —contestó Marta.
La nieta de nuestros vecinos se inclinó y empezó a chuparle los pezones con ganas.
—Qué morboso eso de los piercings… —murmuró.
De repente oímos que venía Gorka por el pasillo. Marta se bajó la camiseta rapidísimo. Gorka apareció y dijo con tono cansado:
—Naiara, deja trabajar a los vecinos. Si no vas a ayudar, no molestes.
—No se preocupe —intervino Marta—, ya hemos acabado. Estaba hablando con su nieta y ahora va a venir con nosotros al ático para que le enseñe unos dibujos míos.
Naiara, entre el pedo que llevaba y que no parece muy lista, no entendía nada y puso cara de ir a decir algo. Intervine rápido:
—Claro, si no les importa que venga con nosotros…
Gorka suspiró.
—Con tal de que no llegue tarde a cenar, por mí bien.
—Le aseguro que no tardará en bajar —dijo Marta.
La porrera seguía sin entender la situación, pero de repente le dio por reírse. Eso ya sacó de quicio a Gorka, que creo que empezaba a sospechar de dónde venía esa risa tonta. Se fue rezongando:
—Hasta luego… y no le hagáis demasiado caso.
Terminamos de recoger las herramientas, lo dejamos todo en su sitio y nos fuimos los tres para arriba. Tuvimos que coger a Naiara de la mano porque iba bastante atontada.
Según entramos en el ático, Marta se desnudó sin decir nada, dejando la ropa tirada en el suelo. Miró a Naiara y le dijo con voz calmada pero firme:
—Ahora desnúdate tú.
Naiara dudó, claramente nerviosa.
—Jo, qué fuerte… esto me da un poco de palo. ¿Puedo fumar un peta primero?
—No —contestó Marta—. Primero te desnudas y luego fumamos el porro.
Naiara ya no opuso más resistencia. Se quitó la ropa oversize y se quedó desnuda. No está en forma: le sobran algunos kilos y se nota que no hace nada de deporte; tiene la tripa un poco blanda y los muslos sin tono.
Yo también me desnudé. Nos sentamos los tres en la cama y nos fumamos el porro que traía ella preparado. Era buena maría, de la fuerte. Empezamos a reírnos los tres y a echarnos humo unos a otros, cada vez más colocados y relajados.
En un momento me acerqué al oído de Marta y le susurré:
—Entre tú y yo nada, ¿eh? No me fío un pelo de que esta “artista” sepa guardar un secreto.
Marta asintió discretamente.
Poco después, mientras seguíamos pasándonos el humo, Marta acercó sus labios a los de Naiara y la besó. La chica se sorprendió al principio, pero enseguida le devolvió el beso. Cuando se separaron, Naiara murmuró:

—Jo, qué fuerte… mola mazo. Siempre he querido probar con una chica.
—Pues hoy tienes la oportunidad —le dijo Marta sonriendo.

Me separé de ellas y me senté en la silla nueva para disfrutar del espectáculo.
Marta le preguntó suavemente:
—¿Qué quieres probar?
—Todo… Quiero volver a tocarte las tetas y chuparte los pezones.
—Adelante.

Y ahí empezó una auténtica clase magistral. Marta le iba explicando con paciencia cómo hacer cada cosa: cómo tocar y chupar unas tetas, cómo acariciar un coño, cómo lamerlo bien… Primero lo hacía Naiara, Marta la corregía, luego Marta se lo hacía a ella para que viera cómo se hacía, y después lo repetía Naiara.
Naiara se corrió la primera vez cuando Marta la masturbó con los dedos. Se corrió otra vez cuando Marta se lo comió. Y otra más fuerte cuando hicieron la tijera, frotando sus coños. Después pasaron a un 69 con lengua y dedos. En esa posición, con Naiara encima, Marta me hizo señas. Me acerqué y empecé a chuparle el culo a la chica. Naiara casi se desmaya del orgasmo tan fuerte que tuvo.
Le dimos un poco de descanso. Estaba jadeando, colorada y sudada.
Entonces Marta le dijo:
—Mira cómo está mi hermanito… vas a tener que hacer algo, yo no puedo. Chúpasela.
Naiara, muy obediente y aún colocada, se puso de rodillas y empezó a chupármela. Era pésima, sin técnica. Marta le iba dando indicaciones, pero yo negué con la cabeza cuando vi que Marta quería darle un ejemplo práctico.
Ya llevábamos un buen rato y así no me iba a correr. Marta la colocó a cuatro patas al borde de la cama. Me puse un preservativo y la penetré por el coño primero. Mientras yo la follaba, Marta se puso a chuparle el culo. Naiara gemía:
—Sí, sí, sí… eso me encanta.
Marta cogió uno de los sobrecitos de lubricante, le echó y empezó a meterle dedos mientras yo seguía follándola y le tocaba las tetas. Naiara se corrió otra vez.
—Ya tienes el culo dilatado —le dijo Marta—. Ahora mi hermano te va a follar por ahí. Te dolerá un poco al principio, pero te va a gustar.
Antes de que pudiera decir nada, puse la punta de mi polla en su culo y empecé a empujar. Naiara apretó el culo.
Le di un azote suave.
—Relaja o te dolerá más. Haz como si fueras a cagar.
Me hizo caso y poco a poco conseguí entrar.
—Para, para… que duele —gimió.
—Aguanta un poco más.
Se la metí hasta el fondo y me quedé quieto. Marta la besaba y le tocaba las tetas para que se relajara. Cuando noté que aflojaba, empecé a moverme, cada vez más rápido y más fuerte.
En un momento en que Marta dejó de besarla, Naiara gritó:
—¡Sí, sí, sí! ¡Más rápido que me corro otra vez!
Se corrió apretando el culo de una forma brutal y eso me hizo correrme dentro del condón. Había salido un poco de olor a mierda, pero Marta ya tenía papel higiénico preparado y no se manchó nada.
Cuando por fin se recuperó, todavía temblando, dijo:
—Jo, qué fuerte… me han dado por el culo.
Marta sonrió.
—Puedes agradecer que te lo ha hecho alguien que sabe lo que se hace. ¿Te ha gustado?
—Sí… jo, sí que me ha gustado. Mola. Me he corrido hoy más veces que nunca en mi vida.
—Pues ahora vístete y chitón con tus abuelos si quieres repetir —le advirtió Marta.
—Claro que quiero repetir, coño, claro que sí. No se lo digo a nadie. ¿Y os tengo que dar maría la próxima vez?
—Por supuesto —dijo Marta riendo—. Las clases no son gratis.
Creo que Naiara no pilló que era broma porque contestó muy seria que sí.
Le ayudamos a vestirse porque todavía iba bastante colocada y atontada, y la acompañamos hasta la puerta.
Cenamos ligero y a la cama. Entre el peta y la follada me dormí de inmediato, no me dio tiempo a meditar.

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1 comentarios - Jugando fuerte con mi hermana. 37. Dr. Marta da clases.