You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Jugando fuerte con mi hermana 36. Ayudar a los vecinos ayuda

Capítulo anterior

Jugando fuerte con mi hermana 36. Ayudar a los vecinos ayuda

Estaba tumbado boca arriba en la oscuridad de la habitación, con la mirada clavada en el techo que apenas distinguía. El reloj de la mesilla marcaba las 23:47. A mi lado, Marta dormía profundamente.
Desnuda, como a ella le gustaba dormir siempre que podía. Su piel aún conservaba ese calor suave de después de la ducha. Tenía una pierna flexionada y echada por encima de mi muslo, el muslo pegado al mío, posesiva incluso en sueños. Su respiración era lenta, regular, tranquila. Nada que ver con la posición fetal en la que la había encontrado la noche anterior.
Sonreí en la penumbra.
Me alegraba tanto verla así… Más que cualquier palabra, más que cualquier caricia o promesa. Que volviera a dormir desparramada, ocupando espacio, reclamando mi cuerpo incluso inconsciente, era la mejor señal que podía pedir. Significaba que, al menos por esta noche, el peso que la había doblado sobre sí misma se había aliviado un poco. Y eso me tranquilizaba más que cualquier otra cosa.
Tenía sueño. Mucho. Los párpados me pesaban como plomo, pero no quería dormirme todavía. Quería repasar el día, dejar que las imágenes pasaran por mi cabeza como si estuviera pasando las páginas de un álbum. Una especie de meditación improvisada antes de rendirme.
La idea me hizo gracia y solté un bufido bajito, casi inaudible.
Nunca había creído en esas guías de autoayuda. Todas esas tonterías de “revisa tu día con gratitud”, “practica mindfulness antes de dormir” o “haz un balance emocional para cerrar el ciclo”. Me parecían cursilerías para gente que necesitaba pagar a alguien que les dijera lo que ya sabían. Y sin embargo ahí estaba yo, aguantando el sueño, haciendo exactamente eso: repasando el martes como si fuera un ejercicio de autoayuda barata.
“Respira hondo, Carlos. Observa tus pensamientos sin juzgarlos”, me burlé mentalmente con voz de coach motivacional.
Aun así, lo hice.
El día había sido… tranquilo. Extrañamente tranquilo para lo que se había convertido en nuestra nueva normalidad. Sin grandes dramas. Sin rusos, sin hipnosis que recordar de golpe, sin orgías improvisadas ni confesiones que te rompieran el pecho. Solo un martes normalito, con sus pequeñas cosas interesantes.
Y por primera vez en mucho tiempo, eso me parecía un lujo.


El día empezó como de costumbre. El despertador sonó a las siete en punto, dándonos tiempo para correr un rato antes de ir a trabajar. Cada vez me gustaba más esta rutina. Era de las pocas cosas que sentía que todavía controlábamos.
Tuve que despertar a Marta. Seguía hecha un ovillo en posición fetal, con la sábana apenas cubriéndole la cadera. Me acerqué y, al verla de cerca, se me encogió el pecho: tenía el pulgar metido en la boca, chupándolo suavemente como si fuera un chupete. Parecía tan pequeña, tan frágil… Me rompió el alma.
Yo era el culpable de todo esto. De mis males, de los de ella, de los de nuestros padres. Y ni siquiera recordaba qué coño había hecho para arrastrarnos hasta aquí.
Por un segundo pensé en dejarla dormir. Apagar el despertador y permitirle descansar. Pero esa sería la última traición. Y no podía caer tan bajo.
Me incliné sobre ella y le besé la sien con cuidado. Luego, el ojo que alcanzaba. La zarandeé suavemente.
—Despierta, perezosa… Hay que aprovechar el día.
Abrió los ojos despacio y, al verme, sonrió con esa dulzura que siempre me desarma. Sus primeras palabras del día fueron un susurro ronco de sueño:
—Te quiero, Caco… Te quiero mucho.
¿Cómo no amarla? ¿Cómo podía haberle fallado tanto? ¿Cómo podría volver a fallarle?
Se levantó como la fiera que es, dispuesta para la pelea, preparada para lo que hiciera falta. Corrió al baño y orinó con fuerza, sin cerrar la puerta. Se lavó la cara con agua fría y en menos de un minuto ya estaba vestida con ropa deportiva. Aún le dio tiempo de meterme prisa.
—Venga, no te entretengas, vamos ya. Hoy quiero nadar un poco más. He visto una boya y quiero alcanzarla.
Me vestí a toda prisa y salimos trotando hacia la playa. La marea no estaba tan baja como otros días, así que no hicimos series de potencia. Nos desnudamos completamente y metimos la ropa en unas bolsas de plástico para que no se mojara. El cielo estaba gris, parecía que iba a llover.
—Quiero comprar una bolsa estanca de verdad, de esas que cierras y no entra ni una gota —dijo Marta—. ¿Te parece un gasto adecuado?
Me sorprendió que me pidiera permiso. No supe qué responder de inmediato. Su cara se llenó de preocupación al ver mi silencio.
—No son caras, y duran años. No es un gasto, es una inversión y…
No la dejé terminar. La atraje hacia mí y la besé. Con ganas. A la mierda todo.
A esas horas en la playa solo había algún fanático del deporte como nosotros, y nadie nos conocía. No sabían que era mi hermana. Ella me devolvió el beso con la misma intensidad. Cuando nos separamos, ya sonreía.
—Gasta el dinero como quieras —le dije—. Confío en ti totalmente.
—No me siento cómoda del todo con esta situación… —empezó.
—Ya hablaremos de nuestras finanzas con calma —la interrumpí—. Pero compra esa bolsa, me parece perfecto.
Sonrió, y ya completamente desnuda salió corriendo hacia el agua. Yo fui detrás.
Corrí más que ella y aproveché para salpicarle. Me devolvió la broma entre risas. Luego entramos en el agua y nadamos. La puta boya estaba lejísimos, pero no quise defraudarla y nadé con ella hasta allí. Nos agarramos a la boya, respirando agitados, y volvimos a besarnos. No me pude aguantar y le toqué el cuerpo por todas partes. Un poco más y la hubiera follado allí mismo, pero el agua estaba demasiado fría.
Volvimos a la orilla. Para cuando salimos, mi erección había desaparecido por completo.
—Cuando el agua no esté tan fría, follamos en esa boya. ¿Te parece? —dijo con esa sonrisa traviesa.
Joder. Se me puso dura en un segundo.
—Ya veo que la respuesta es sí —se rio.
Nos secamos un poco, nos vestimos y trotamos de vuelta a casa. Desayunamos abundante, nos duchamos (uno después del otro, para no entretenernos demasiado) y salimos corriendo hacia el bus.
El día siguió su curso.
En el control de seguridad nos esperaba el sargento. Nada más vernos, levantó la mano y fue directo:
—Hoy solo necesito a Carlos.
Marta puso su cara de pelea al instante. El lado protector le salió en menos de un segundo, tensando todo el cuerpo. Le puse la mano en el brazo para calmarla.
El sargento, que no era tonto, se dio cuenta enseguida.
—Solo es una cuestión administrativa, Marta. No te preocupes. No hay misiones suicidas a la vista.
Ella dudó, pero finalmente se alejó hacia su zona de trabajo, no sin antes lanzarme una mirada que decía “si te pasa algo, me entero”.
Seguí al sargento hasta su despacho. Como siempre, no abrió la boca hasta que cerró la puerta y se sentó detrás de la mesa.
—Por fin hemos averiguado qué pasaba con tu situación financiera —dijo sin preámbulos—. Has firmado una renuncia a tener cuenta corriente o cualquier producto bancario similar en España.
La noticia me cayó como un jarro de agua fría, aunque en el fondo ya me lo imaginaba. Era otra pieza del puzle que no recordaba.
El sargento continuó:
—Creemos que la firma es falsa, pero tuvo que ser alguien muy cercano a ti quien la hizo.
Se calló a propósito, dándome tiempo para pensar. Yo ya sabía quién había sido. Mi padre. Y ni loco lo iba a denunciar.
—Ese documento lo firmé yo —dije con firmeza—. Y nadie me va a hacer decir lo contrario.
El sargento me miró un segundo y luego guiñó un ojo.
—Eso pensaba yo.
Asunto zanjado.
—En teoría podrías pedir que anulen esa renuncia, aclarar tu situación, pagar deudas… Pero eso tienes que hacerlo tú cuando decidas.
Nos quedamos en silencio. No sabía qué coño decir. No iba a meter a mi padre en un lío.
Finalmente continuó:
—Te hemos abierto una cuenta en NeoPay, un banco virtual. Aquí tienes lo que en teoría es una tarjeta de crédito.
Me entregó un sobre. Dentro había una tarjeta negra sencilla y unos folios con las claves y condiciones.
—¿Qué limitaciones tiene? —pregunté.
—Veo que lo has pillado a la primera —sonrió con cansancio—. Aunque parezca de crédito, funciona como débito. Te hemos metido 300 euros.
Suspiró.
—Sé que es una miseria, pero estamos muy justos de recursos. Al menos ya puedes comprar por internet o pagar en comercios sin llevar efectivo todo el tiempo.
—Muchas gracias. Es una mejora notable —respondí sincero.
—No hay más por ahora, Carlos.
Nos despedimos con un apretón de manos cordial y me fui a mi cubículo.
La jornada laboral fue normal. Tranquila, incluso productiva. A las tres de la tarde me encontré con Marta en la parada del bus. Estaba con Marijó, nuestra diosa gaditana, que tenía una mano sobre su vientre ya bastante abultado.
—Mira cómo dan patadas —decía Marijó emocionada—. Si parece que están jugando al fútbol ahí dentro.
Marta tenía la mano sobre la tripa de ella, con una sonrisa suave y triste al mismo tiempo.
—Es una maravilla… Gracias por dejarme sentirlo.
Marijó, con su habitual falta de filtro, soltó:
—Ya lo sentirás tú cuando tengas uno dentro.
No me dio tiempo a intervenir.
Marta retiró la mano despacio y dijo con una pena tan profunda que el cielo gris se volvió aún más oscuro:
—Yo nunca seré madre. No puedo.
El silencio que siguió fue horrible.
Marijó se dio cuenta de que había pisado una mina y se le quebró la voz:
—Joder… ya la he cagao. Seré bocazas, pa’ qué hablo…
Empezó a llorar. Marta también. Se abrazaron allí mismo, en plena parada de bus, consolándose mutuamente. Era un puto desastre. Algunos compañeros se acercaron a preguntar qué pasaba. Tuve que ponerme en modo tipo duro y, con educación pero firmeza, mandarles a meterse en sus asuntos.
Después abracé a las dos.
—Marijó, cálmate. No has hecho nada malo. Ahora nos calmamos y en privado te lo explicamos.
Logré que subieran al bus más o menos recompuestas. Nos bajamos en la parada de Marijó y fuimos hasta su portal. Allí, ya más tranquilas, Marta se recuperó con esa rapidez suya tan asombrosa.
—Perdóname, no te lo tenía que haber dicho así —le dijo a Marijó con voz suave—. Pero tengo un útero septado. Es una malformación de nacimiento: hay un tabique de tejido dentro del útero que lo divide en dos cavidades. Por fuera todo es normal, tengo la regla desde los trece como cualquier chica, pero el tabique tiene muy poca sangre. Si un embrión se agarra ahí, casi siempre se pierde. La primera ginecóloga que me vio, cuando mamá me llevó a la revisión rutinaria después de mi primera regla, me lo soltó sin anestesia: “Tú nunca podrás ser madre, niña. Acéptalo”. Y todos los médicos que he visto después me han dicho lo mismo. No hay tratamiento que lo arregle del todo. Ningún método humano me va a dejar tener un hijo propio.
Yo odiaba a esa primera ginecóloga. Se lo dijo a Marta con una frialdad brutal cuando ella apenas tenía trece años y acababa de tener su primera regla. “Tú nunca podrás ser madre, niña. Acepta la realidad”. Marta siempre había soñado con ser madre. Mamá la llevó a la consulta llena de ilusión y salió destrozada.
Marijó se quedó callada un rato, procesándolo. De repente se le iluminó la cara y, con esa naturalidad gaditana tan suya, soltó:
—Vale… pero este viernes también quedamos para follar los tres, ¿no? Que me mato a pajas pero no me da.
Marta y yo nos miramos y estallamos en una carcajada. De esas que duelen de lo liberadoras que son. Nos reímos hasta que se nos saltaron las lágrimas otra vez, pero de risa.
—Claro que sí —dijo Marta entre risas—. Primero cena y de postre, sexo de tres.
Entre una cosa y otra, entre el llanto, los abrazos y las risas, llegamos a casa más tarde de lo habitual. El cielo ya estaba bastante oscuro y caía una lluvia fina y molesta. Nada más entrar en el portal nos encontramos con la pareja de vecinos ancianos, los del segundo. Nos saludaron afectuosamente, como siempre.
—Buenas tardes, pareja —dijo Gorka con esa voz ronca y amable.
Les pregunté directamente:
—¿A dónde van a estas horas?
—Al médico, hijo, al médico —contestó ella—. Con los años que tenemos es lo que toca.
Él asintió resignado.
—¿A qué hora volvéis? —pregunté—. Lo digo porque vi el sábado esa pared del salón con humedades y me gustaría pintárosla.
El hombre contestó con dignidad:
—Muchas gracias por el ofrecimiento, pero ya encontraré un pintor que me lo haga.
No le dio tiempo a seguir. Maite lo interrumpió con cariño pero firmeza:
—Cariño, pero si llevas meses buscando y ya te has dado por vencido. Y tú ya no puedes subirte a una escalera. Volvemos sobre las cinco y media, más o menos. Si todo va normal en el médico.
Marta intervino enseguida:
—Cuando lleguéis a casa nos avisáis y bajamos con lo que tenemos. Lo hacemos en dos tardes, sin problema.
Marta sacó su móvil y nos intercambiamos los números para poder hablar por WhatsApp. La señora, con picardía, le dijo a su marido señalándome:
—Y no se te ocurra mandar guarradas a este chico.
Él soltó una risita pícara:
—Pero si eso es lo mejor de WhatsApp.
Los dos se rieron con esa complicidad de toda una vida juntos. Me encantó el buen humor que tenían. A pesar de los achaques, de las visitas al médico y de las humedades en la pared, seguían riéndose el uno del otro como si fueran novios. Era precioso y un poco envidiable.
Nos separamos con un “agur” cariñoso y cada uno siguió su camino.
Comimos con verdadero hambre. Aunque habíamos desayunado fuerte, de eso ya parecía haber pasado una eternidad. Devoramos los filetes con arroz y verduras casi sin hablar, solo el ruido de los cubiertos y alguna mirada cómplice.
Cuando terminamos, sin avisar, saqué la tarjeta nueva del bolsillo y se la enseñé.
Marta abrió mucho los ojos.
—¿Por fin han conseguido limpiar tu historial crediticio? —preguntó, visiblemente contenta.
Deduje que no sabía nada de la firma falsificada. Respiré hondo. Con Marta no quería secretos.
Le conté toda la conversación con el sargento: la renuncia a tener cuentas, la sospecha de falsificación, la tarjeta de NeoPay con los 300 euros.
—Joder, Caco… yo no sabía nada de eso —dijo sorprendida—. Cuando llegaste a Madrid pidiendo asilo yo solo me centré en tu recuperación física. Estabas hecho un guiñapo. Delgado como un palillo, comido por los piojos y…
Se quedó callada de repente.
Pensé que probablemente era mejor no preguntar. Yo tampoco me sentía con fuerzas para que me llegaran más recuerdos de golpe.
—Si papá hizo eso —dije yo—, que creo que es lo que me insinuó el sargento, es porque era necesario. Más adelante ya tramitaré la retirada de ese documento.
Marta se tranquilizó un poco y continuó:
—El borrar los vídeos en los que yo salía follando contigo ya fue un palo económico, pero lo encajaron. De lo tuyo solo sé que fue mucho dinero. De eso tendrás que hablar con papá algún día.
Asentí. En ese momento sentí un deseo irrefrenable de besarla. Me levanté demasiado rápido, tropecé con la pata de la mesa y caí encima de ella. La vieja silla de camping crujió y se rompió bajo nuestro peso, lanzándonos al suelo.
—¿Estás bien? —pregunté preocupado.
Marta sonrió con picardía debajo de mí.
—Cuando estás encima mío siempre estoy bien.
La besé con ganas y ella me respondió con la misma hambre. Ni nos molestamos en quitarnos la ropa. Me bajé el pantalón de chándal viejo que usaba por casa hasta los muslos y le bajé el suyo de un tirón junto con las bragas. Toqué su coño con los dedos y estaba absolutamente chorreando, caliente y resbaladizo.
De un solo empujón la penetré hasta el fondo. Marta soltó un gemido ronco y arqueó la espalda. No fue un polvo violento, pero tampoco fue suave ni amoroso. Fue urgente, primitivo, casi desesperado. Si alguien nos hubiera visto, habría pensado que la estaba violando.
Empecé a bombear con fuerza, profundo, sintiendo cómo su coño me apretaba. La besaba con rudeza, mordiéndole el labio inferior, metiéndole la lengua. Con una mano le manoseé las tetas por encima de la camiseta, pellizcándole los pezones duros. Marta alargó las manos hasta mi culo y lo agarró con fuerza, clavándome las uñas, abriéndome las nalgas mientras yo entraba y salía de ella.
—Joder… qué rico estás hoy —gruñó contra mi boca.
Le bajé un poco más el pantalón para tener mejor acceso y empecé a follarla más rápido, con golpes secos que hacían que su cuerpo se deslizara por el suelo. Le metí una mano debajo de la camiseta y le apreté una teta con fuerza, sintiendo su peso y su calidez. Marta gemía cada vez más alto, moviendo las caderas para encontrarme en cada embestida.
—Carlos… tócame el culo —pidió jadeando.
Deslicé dos dedos entre sus nalgas y presioné sobre su ano mientras seguía follándola sin parar. Eso la volvió loca. Empezó a apretarme el polla con su vagina de forma rítmica, casi ordeñándome.
—Apriétame con tu vagina —le pedí.
—Otro día… que estoy a punto… Sigue, mi amor, sigue, no pares…
Sus paredes se contrajeron con fuerza alrededor de mi polla y se corrió con un gemido largo y tembloroso, clavándome las uñas en el culo hasta hacerme daño. Eso me llevó al límite. Di unas cuantas embestidas más, profundas y brutales, y me corrí dentro de ella con fuerza, soltando chorros calientes mientras gruñía contra su cuello.
Nos quedamos tirados en el suelo, jadeando, con la ropa a medio poner y mi polla aún dentro de ella, palpitando.
Marta soltó una risita satisfecha.
—Me ha encantado… Creo que nunca lo habíamos hecho así.
Se rio más fuerte, todavía con la respiración agitada.
—Pero ahora levántate que pesas, y hay que prepararse para ir a pintar esa pared.
Nos vestimos con la peor ropa que teníamos, esa que usábamos precisamente para manchar sin remordimientos. Pantalones viejos de chándal, camisetas desgastadas y hasta unas viejas gorras de visera de publicidad que ni idea de cuándo ni por qué las metimos en las maletas, pero ahora nos venían de maravilla. Marta estaba guapa incluso así, con esa gorra calada y el pelo recogido. Tenía ese punto de chica de barrio que me ponía tonto.
Un poco antes de las 17:30 nos llegó un WhatsApp de Maite avisando que ya podíamos bajar. Bajamos y Maite nos abrió la puerta sin que tuviéramos que tocar el timbre. Las viejas escaleras de madera crujían con cada paso, anunciando nuestra llegada.
Fuimos directos a la habitación de la humedad y empezamos a apartar los muebles que podían molestar o mancharse. Maite nos ayudaba en lo que podía, aunque se notaba que le costaba agacharse.
Me extrañó no ver a su marido.
—¿Dónde está Gorka? —pregunté.
Maite suspiró con cariño.
—En la sociedad. Se siente mal por no poder hacer esto él mismo, estaba rezongando todo el rato. Al final lo he mandado a que se tranquilice un poco.
Yo no entendía nada.
—¿Qué sociedad?
Maite sonrió con paciencia.
—La sociedad gastronómica.
Marta intervino, curiosa:
—Perdona Maite. ¿Qué es una sociedad gastronómica?
—Uy, perdón que sois de Madrid —dijo ella riendo—. Pues aquí en San Sebastián las sociedades gastronómicas son como clubs privados donde se juntan los amigos. Tienen su propia cocina, mesas largas, neveras… Se reúnen a cocinar entre ellos, a comer, beber vino, jugar a las cartas o simplemente charlar. Son muy típicas del País Vasco. Tradicionalmente eran solo de hombres, pero cada vez hay más mixtas o que permiten invitados. Es un sitio sagrado para ellos, casi como una segunda casa. Allí no hay camareros ni menús: cada uno cocina y limpia lo suyo.
Maite sonrió de repente, como si se le hubiera encendido una bombilla.
—El jueves es el día en que en su sociedad se puede llevar invitados. Le diré que os invite y así veis cómo es por dentro. Además, este jueves le toca cocina a su amigo Josecho, que hace un rape a la americana de chuparse los dedos. Es lo menos que podemos hacer para agradeceros el favor. A parte de pagaros por el trabajo.
Marta no me dejó ni abrir la boca.
—La invitación a cenar la aceptamos con muchas ganas —dijo sonriendo—. Pero si pretendes pagarme por un favor, me ofendes.
Puso cara de enfado fingido, pero no pudo mantenerla ni dos segundos porque Maite ya se estaba riendo. Las dos se contagiaron y acabaron riéndose juntas.
Al final acordaron que este jueves iríamos a la cena en la sociedad de Gorka. No era nada de gala, podíamos ir vestidos normales.
Maite me indicó dónde estaba la escalera de mano y Marta y yo empezamos a trabajar de verdad: lijar, tapar humedades y preparar la pared. Al rato ya solo quedaba tarea para una persona. Marta se limpió las manos y dijo:
—Voy a subir a cambiarme y iré a hacer la compra y a buscar una silla para sustituir la que rompimos antes.
Maite se apuntó enseguida:
—Si no te importa, te acompaño y te enseño los mejores puestos del mercado.
Marta subió a cambiarse, volvió con vaqueros y chubasquero, y las dos mujeres se fueron conversando animadamente sobre las mejores marcas de atún y dónde encontrar el mejor pan.


Me quedé solo, subido en la escalera, continuando con el trabajo.
Yo no había oído la puerta, pero de repente entró en la habitación la misma chica que vimos un día en Urgull. Entró como si estuviera en su casa y, sin mirar siquiera, empezó a quitarse la ropa. 

porros


Se notaba a leguas que iba muy emporrada: ojos vidriosos, movimientos lentos y una sonrisa tonta permanente.
Carraspeé fuerte antes de que se quitara la camiseta del todo.
Se giró asustada y dio un respingo.
—¿Quién coño eres tú?
—Soy el vecino del ático. Estoy pintando esta pared para quitar las humedades. Favores entre vecinos. ¿Y tú quién eres?
—Soy la nieta de Maite y Gorka. Tengo llave propia y a veces vengo a estar un rato con ellos… Iba a darme una ducha.
—Puedo salir de la habitación si quieres cambiarte —le dije.
—No hace falta… ya me ducharé luego.
Y ahí empezó un diálogo bastante absurdo. Con el colocón que llevaba se pensaba que estaba siendo la hostia de ingeniosa. No paraba de reírse por cualquier tontería y de ponerse en poses que pretendían ser sexys, aunque la sudadera ancha y el pantalón de chándal no ayudaban mucho.
Al final se hartó, se quitó la sudadera de un tirón y dejó sus tetas al aire. 

incesto hermano y hermana


Eran grandes, redondas, con los pezones rosados y algo puntiagudos. No tan perfectas ni firmes como las de Marta, pero muy apetecibles.
—¿Qué opinas? ¿Están bien? ¿Te gustan? —preguntó poniéndose de lado y empujándolas hacia arriba con los brazos.
Ya estaba completamente cachondo.
Hice cálculos rápidos: Marta y Maite tardarían todavía un buen rato en la compra, y Gorka estaba en la sociedad. Había tiempo.
—¿Qué edad tienes? —pregunté, solo para estar seguro.
—20. ¿Por?
—Por si acaso.
Recogí los botes y brochas, dejé todo ordenado y me acerqué a ella despacio. Si se echaba atrás, paraba. No se echó atrás.
Le puse las manos directamente en las tetas. Las apreté, las sopesé. Eran suaves y pesadas. La besé. Sabía a porro, pero eso a mí no me importa. Se notaba que no tenía mucha experiencia: besaba de forma torpe, casi ansiosa. Eso me puso todavía más.
Le bajé el pantalón y las bragas de un tirón y me arrodillé delante de ella. Tenía el coño bastante peludo, pero limpio. Empecé a comérselo con ganas. Lamí, chupé el clítoris y metí la lengua dentro. Flipó. En menos de dos minutos ya estaba temblando y se corrió de pie, agarrándome del pelo y soltando gemiditos agudos.
Casi se le doblan las rodillas. La puse contra la pared, seguí comiéndoselo y empecé a meterle dedos. Primero dos en el coño, que estaba empapado. Luego intenté meterle uno por el culo. Costó. Ese culito blanco y redondo parecía virgen. Se puso a gemir más fuerte, casi desmayándose de placer.
La giré, la apoyé contra la mesa que habíamos apartado y me puse un condón. Le metí la polla de un golpe. Estaba muy ajustada. Tuve que contenerme para no correrme al instante. Empecé a follarla con fuerza, como a cajón que no cierra. Le di duro, profundo. Se corrió dos veces más mientras yo le pellizcaba las tetas y le daba algún azote suave.
Al final le abrí las nalgas y escupí. Le metí la primera falange del dedo gordo en el culo mientras seguía follándola. No protestó, pero tampoco me animé a más. No teníamos tanto tiempo y no quería correr riesgos. Aunque me habría encantado estrenar ese culito virgen.
Por fin noté que me corría. Di unas cuantas embestidas más y me vacié dentro del condón con un gruñido.
Me quité el preservativo, lo anudé y lo guardé en el bolsillo del pantalón para tirarlo luego.
—¿Te ha gustado? —le pregunté mientras se recuperaba.
—Joder… ha sido el mejor polvo de mi vida —dijo todavía jadeando.
Pensé que pocos polvos habría echado. Era muy básica. Marta le podría dar clases particulares durante una semana.
—Pues el precio es que me digas dónde consigues la yerba que te fumas.
—Yo no fumo nada —contestó automáticamente.
—Apestas a marihuana, venga…
Al final se rindió y sonrió con picardía.
—Bueno… tengo unas plantas en el caserío de mi tío. Si quieres te doy lo que tengo ahora, pero yo ni compro ni vendo.
No me gustaba del todo la situación, pero acepté la bolsita pequeña de cogollos que me ofreció.

incesto


Siguiente capítulo

0 comentarios - Jugando fuerte con mi hermana 36. Ayudar a los vecinos ayuda