
Kathia no había dormido bien en toda la semana. Cada noche, su cuerpo traicionero ardía. Se despertaba con el tanga empapado, los pezones duros como piedras y un vacío palpitante entre las piernas que ni las oraciones de Israel lograban calmar. “¿Qué me está pasando, Señor?”, se preguntaba en silencio mientras se miraba al espejo. Sus tetas operadas, esas dos bolas pesadas y perfectas que habían sido su herramienta de trabajo en los bares, ahora parecían más sensibles, más hinchadas, como si supieran que alguien las deseaba con una hambre sucia y antigua. Estaba ansiosa, inquieta, llena de dudas que no se atrevía a confesar ni siquiera a su esposo. Cada vez que pensaba en el pastor Benito, un calor líquido le bajaba directo al coño. Y eso la asustaba… pero también la mojaba.
Benito, por su parte, ya no podía más. La obsesión lo consumía. En las noches se masturbaba tres, cuatro veces, imaginando cómo esas tetas falsas rebotarían contra su pecho mientras la follaba brutalmente. Tenía el plan perfecto: Israel era un idiota devoto, Kathia una puta redimida pero aún puta en el fondo, y el doctor Valdez… su viejo cómplice de jergas y copas, igual de verde, igual de hambriento. Todo iba según lo calculado. Solo faltaba ponerle las manos encima. Y ese día había llegado.
La clínica del doctor Valdez estaba en un discreto edificio de la zona residencial, con un letrero discreto que decía “Centro de Vida y Fe”. Cuando Kathia e Israel llegaron, Benito ya los esperaba en la puerta, con su sonrisa enorme de lobo disfrazado de cordero. Vestía traje negro impecable, Biblia en mano y ese olor a colonia cara que Kathia ya empezaba a reconocer.
—Hermanos, bienvenidos —dijo con voz grave y cálida, abrazando primero a Israel y luego a Kathia, dejando que su mano grande se demorara un segundo más de lo necesario en la curva de su cintura—. El Señor ya está obrando.
En la recepción, el doctor Valdez apareció: un hombre de unos 62 años, calvo en la coronilla, barriga prominente bajo la bata blanca, ojos pequeños y brillantes de pura lujuria contenida. Sonrió a Kathia como quien mira un postre.
—Hermana Kathia, pase usted primero. El hermano Israel puede esperar aquí.
Israel se levantó automáticamente para acompañarla, pero el doctor lo detuvo con una mano firme en el hombro.
—No, mi hermano. Usted espere aquí. Es parte del protocolo de oración y fe. Solo la esposa entra al primer examen.
Benito intervino al instante, poniéndole la Biblia en las manos a Israel.
—Así es, hermano Israel. Quédate aquí. Sigamos orando juntos mientras la hermana Kathia recibe la bendición. Te dejo mi Biblia… léela en voz alta, que el Señor escuche nuestra fe.
Israel, emocionado, con los ojos llenos de lágrimas de esperanza, se sentó de nuevo y empezó a leer salmos en voz baja. Su fe era ciega, su deseo de ser padre más fuerte que cualquier sospecha.
Kathia entró al consultorio con el corazón latiéndole en la garganta. El doctor Valdez cerró la puerta con llave. El lugar era pequeño, con una camilla cubierta de papel blanco, un escritorio lleno de papeles y un fuerte olor a desinfectante mezclado con algo más… algo masculino y viejo.
—Quítese toda la ropa, hermana —ordenó Valdez con voz profesional pero los ojos devorándola—. Póngase esta bata. Es parte del examen de fertilidad.
Kathia tembló. Se dio la vuelta y empezó a desvestirse. Se quitó la blusa blanca, dejando al descubierto su sujetador negro de encaje que apenas contenía sus enormes tetas operadas. Luego la falda, el tanga… y por último el sujetador. Sus pechos cayeron pesados, libres, con los pezones oscuros ya endurecidos por el frío y los nervios. La bata era delgada, casi transparente, y cuando se la puso, se dio cuenta de que le llegaba apenas a la mitad del muslo y que sus pezones se marcaban perfectamente a través de la tela.
El doctor Valdez no perdió tiempo. La hizo subir a la camilla y le abrió la bata sin pedir permiso.
—Veamos estas bendiciones del Señor… —murmuró, y sus manos grandes y calientes tomaron sus tetas. Las apretó, las sopesó, las levantó, pasando los pulgares por los pezones hasta que Kathia soltó un gemido ahogado—. Muy buenas, muy firmes. La cirugía fue excelente. Ahora… abra las piernas, hermana.

Kathia obedeció, pasiva, sumisa, con las mejillas ardiendo. Su coño estaba completamente peludo, un triángulo negro y espeso que cubría sus labios hinchados. Valdez sonrió con malicia.
—Esto es pecado, hermana. El afeitado es vanidad, pero para los exámenes médicos… debe depilarse completamente la próxima vez. El Señor entenderá que es por salud.
Separó los labios mayores con dos dedos y se quedó mirando su coño mojado, rosado, brillando de excitación traicionera. Kathia estaba empapada. El viejo doctor metió dos dedos gruesos sin aviso, hundiéndolos hasta el fondo en su calor húmedo y apretado. Los movió lento, explorando, frotando las paredes internas mientras con el pulgar le rozaba el clítoris hinchado.
—Está muy bien, hermana… muy receptiva —dijo con voz ronca, fingiendo profesionalismo—. Su útero parece sano. Haré unos análisis de sangre en el laboratorio para confirmar todo.
Kathia mordía su labio inferior, conteniendo gemidos. Sentía vergüenza, culpa… y un placer sucio que la hacía apretar los dedos del doctor sin querer. El viejo se dio un festín visual: sus tetas temblando con cada respiración, su coño peludo tragándose sus dedos, el olor a hembra excitada llenando el consultorio.
En ese momento tocaron la puerta. Valdez sacó los dedos lentamente, relamiéndose disimuladamente.
—Adelante.
Benito entró. Sus ojos se clavaron inmediatamente en Kathia, sentada en la camilla con la bata abierta, las tetas al aire, los pezones duros y el coño todavía brillando de humedad. La tela transparente no ocultaba nada. Benito sintió su verga dura como hierro dentro del pantalón.
—Hermana… —dijo con voz temblorosa de deseo contenido—. Vamos a cerrar con una oración.
Los tres juntaron las manos. Benito y Valdez rezaron en voz alta, pero sus miradas estaban clavadas en las tetas de Kathia, en su coño abierto, en cómo ella temblaba de ansiedad y calentura. Cuando terminaron, Benito ayudó a Kathia a cerrarse la bata, rozando “accidentalmente” uno de sus pezones con el dorso de la mano.
Kathia salió. Israel la abrazó fuerte en la recepción, emocionado.
—Dios está obrando, amor mío —susurró.
Dentro del consultorio, solos, Valdez y Benito se miraron y soltaron una risa baja y pervertida.
—Joder, Benito… esa puta tiene el coño más apretado y mojado que he tocado en años —dijo Valdez—. Peluda como una virgen devota, pero goteando como una zorra. Las tetas… Dios mío, parecen dos melones falsos perfectos.
—Va a ser nuestra —respondió Benito, ajustándose la verga—. Paso a paso. La próxima cita… la follamos.
Días después, Kathia tuvo el sueño.
Estaba en la cama, desnuda, con las piernas abiertas. No veía el rostro del hombre que la montaba, solo sentía un cuerpo pesado, viejo, sudado. Una verga enorme, gruesa, venosa, le taladraba el coño sin piedad. Entraba y salía con fuerza, haciendo que sus tetas rebotaran violentamente. El hombre gruñía como un animal mientras la llenaba de semen caliente, chorro tras chorro, hasta que le escurría por los muslos. Kathia se corrió dos veces en el sueño, gritando, arqueando la espalda, sintiendo cómo su útero se llenaba hasta rebosar. Despertó empapada, temblando, con el tanga pegado a su coño hinchado y un gemido ahogado en la garganta.
No pudo más. Al día siguiente pidió cita urgente con el pastor Benito “para confesión”.
El viejo ministro la recibió en la iglesia, con la puerta cerrada y las cortinas bajas. Kathia se arrodilló frente a él como siempre, pero esta vez temblaba visiblemente. Benito se quedó de pie, Biblia en mano, mirándola desde arriba: su escote, sus tetas, el culo redondo que se marcaba al arrodillarse.

—Dime, hija mía… ¿qué pecado te atormenta? —preguntó con voz suave, pero los ojos brillando de triunfo.
Kathia, con la voz rota y las mejillas rojas, empezó a confesar:
—Pastor… he tenido sueños… malos sueños. Sueños donde… donde alguien me… me posee. No veo su cara, pero siento… su parte enorme dentro de mí. Siento el orgasmo… dos veces. Y me llena de su semilla … mucho semen. Despierto agitada, ansiosa… y no sé qué me está pasando. Tengo miedo… pero también… estoy pecando .. lo deseo.
Benito sonrió lentamente, poniéndole una mano pesada sobre la cabeza, acariciándole el cabello negro como si fuera suya.
—Tranquila, hija. El Señor me ha enviado para guiarte. Estos sueños… son señales. Ven más cerca. Vamos a orar… y a hablar de todo esto con mucha, mucha profundidad.
Kathia levantó la vista, ansiosa, caliente, manipulable. Benito ya la tenía exactamente donde quería: arrodillada, confesando sus deseos más sucios, con el coño probablemente empapado bajo la falda.
Y el viejo ministro supo que el siguiente paso… sería ponerle las manos encima de verdad.
0 comentarios - Relato cornudo: El nuevo ministro y la fe de tener un hijo 3