Fui a la convención de proveedores con la cabeza llena de números y presupuestos. Caminaba entre los stands, evaluando precios, calidad y sonrisas falsas de los vendedores. De pronto, en el stand de al lado, una cara familiar me detuvo en seco. Era ella. Perla. Mi novia de la prepa, el último semestre. Pero… joder, había cambiado.
Pensé: “No puede ser… esa flaquita de tetas medianas y culo normal ahora parece una puta MILF salida de mis pajas más sucias.”
Tenía 39 años, igual que yo. Hacía 21 que no nos veíamos porque se fue a otra universidad en otra ciudad. Su cuerpo ahora era pura tentación: pechos enormes, dos melones pesados que apenas cabían en la blusa blanca del uniforme corporativo. Los botones luchaban por no reventar. El pantalón de vestir negro, ajustadísimo, le marcaba un culo gigantesco, redondo y firme, que se movía con cada paso sobre unos tacones altos. Parecía hecha para ser follada por detrás.
Yo, en cambio, ya no era el flaco que hacía pesas. Había engordado 30 kilos. Barriga prominente, menos condición física… pero mi verga, esa seguía respondiendo como en la juventud.
Varios tipos la rodeaban, preguntándole tonterías solo para mirarle las tetas. Me acerqué fingiendo sorpresa.
—¡Perla! ¿Eres tú?
Ella abrió los ojos como platos, se emocionó de verdad y soltó una risa nerviosa.
—¡¿Qué?! ¡No mames! ¿Tú? ¡Ven acá, cabrón!
Nos abrazamos torpemente. Su perfume dulce mezclado con olor a piel caliente me golpeó. Platicamos rápido, entrecortados, recordando nombres de compañeros, anécdotas tontas. En un momento dijo:
—Espera, dame tu número. —Se dio la vuelta para agarrar su celular del mostrador y se agachó sin pensar. Todo su culo enorme quedó frente a mí. El pantalón se tensó tanto que se marcó el elástico del calzón blanco por debajo, hundido entre esas nalgas gruesas. Sentí una punzada inmediata en la verga.
Pensé: “Madre mía… ese culo ya no es mediano. Es un puto pecado.”
Me dio su número. Le dije sin rodeos:
—Cuando termines tu turno, vamos a comer. Yo invito.
Ella sonrió, se mordió el labio un segundo y aceptó.
La esperé dando vueltas por la convención como idiota. A las 3 pm llegó su mensaje: “Ya me desocupé 😊”.
En el restaurante pedimos y platicamos horas. Ella me contó de su vida: casada, tres hijos (12, 8 y 7 años), casa, rutina. Yo le dije que tenía hijos pero con diferentes mujeres, sin casarme nunca. Tomó un par de copas de vino. El alcohol le soltó la lengua y los ojos. Varias veces me pilló mirando cómo se le marcaban los pezones duros bajo la blusa blanca. Ella se mordía el labio y sonreía.
En el coche le ofrecí llevarla a su casa. Aceptó. A mitad de camino le dije:
—Quiero pasar rápido por el hotel a dejar una cosa. ¿Me esperas?
—Claro —dijo sin pensarlo.
Subió conmigo. Cuando llegamos a la puerta de mi habitación le pregunté:
—¿Quieres entrar un rato?
Entró.
No lo pensé dos veces. Apenas pasó frente a mí, cerré la puerta de un golpe, la agarré por detrás y le solté una nalgada fuerte que retumbó.
—¡Ay! ¿Qué haces, pendejo? —exclamó, pero no se apartó.
—Es que me volvieron los recuerdos de golpe —le susurré al oído, apretando su culo enorme con las dos manos.
—Ay… no… es que… —titubeó.
—¿A ti no?
—Un poco… —admitió con voz temblorosa.
—Mis recuerdos eran de estas nalgas… que ahora están enormes —dije mientras le daba otra nalgada y las acariciaba por encima del pantalón. El calor que emanaba era brutal.
Ella soltó un gemido bajito.
—Y estas tetas enormes… no pensé que te ibas a desarrollar así —metí las manos por debajo de su blusa, saqué sus dos melones pesados del brasier y los apreté fuerte. Eran gigantes, suaves, pesados, con areolas enormes de color café oscuro y pezones negros, gruesos y ya duros como piedras.
—Ay qué rico… ¡Jálame los pezones! —pidió gimiendo.
—Eso quería escuchar —le jalé los pezones con fuerza mientras le manoseaba el culo. Mi verga ya estaba dura como piedra, encajada entre sus nalgas separadas solo por la ropa.
—Voy a sacar a un viejo amigo tuyo… —me bajé el cierre y saqué mi verga gruesa todavía dentro del bóxer.
—Ay qué rico… lo extrañaba tanto… se te está traspasando el semen, mira cómo chorrea a través del bóxer —dijo mientras me manoseaba la cabeza gorda con los dedos.
—¿Lo quieres?
—Muchísimo… no sabes cómo me hace falta…
—¿Has pensado en mí? ¿En mi verga?
—Sí… al menos una o dos veces al mes. Cuando mi esposo se duerme me meto los dedos pensando en vergas que me han gustado. Cuando los niños no están saco mi dildo y me lo meto imaginando que eres tú.
—¿No te atiende bien tu esposo?
—Hace como dos años que solo cogemos una o dos veces al mes…
—Y tú estás muy cachonda…
—Siii… en el trabajo uso faldas y pantalones apretados. Los compañeros me mironean y me dicen cosas sucias. Me hago la ofendida pero llego a casa y me masturbo pensando en eso.
—¿Has cogido con otro desde que estás casada?
—Con nadie… creo que… esta será la primera vez.
Se arrodilló frente a mí, me bajó el pantalón y el bóxer. Mi verga gruesa y cabezona saltó libre, venosa, con los huevos pesados colgando.
—Ahhh mucho mejor… ya se liberó tu verga. —La agarró firme con la mano—. También se te puso gorda y cabezona… los dos nos desarrollamos bien. Mira esos huevos enormes… deben producir mucho semen blanco y espeso —dijo y le dio una lamida larga al líquido preseminal que salía de la punta. Sabía salado y caliente.
Me arrodillé, le bajé el pantalón y el calzón blanco apretadísimo. Un mechón de vello púbico negro se escapaba por los lados. Su coño era enorme ahora: labios mayores gruesos, hinchados y morados, completamente empapados. El olor era intenso, dulce-ácido, puro deseo de hembra madura. No dije nada. Me lancé a chupárselo primero sobre el calzón, luego lo hice a un lado y metí la lengua directo.
—¡Ay qué rico! ¡Siii! ¡Mámame el coño! ¡Cómemelo, cabrón! ¡No pares hasta que me venga! —gritaba mientras me agarraba la cabeza.
Le hinché los labios a lametazos hasta que quedaron rojos e hinchados. Luego la volteé, le subí el culo enorme y le chupé las nalgas, mordisqueando, metiendo la cara entre ellas. Olía a sudor limpio y a hembra excitada.
La empiné contra la cama, le dejé el calzón a un lado para recordar nuestra juventud y le metí la verga de un solo golpe hasta el fondo.
—¡Aaaahhhhh! ¡Dame duro! ¡No te detengas, idiota!
Le di con toda la potencia que mi cuerpo gordo me permitía. Diez minutos de embestidas brutales, sus tetas rebotando como locas, sus gemidos llenando la habitación. Al final le descargué todo el chorro caliente y espeso dentro, directo al útero.
—¡Aaaah idiota! ¡Qué rico! ¡Está caliente! ¡Me llegó hasta el útero! ¡Preñador de mierda!
Quise salirme pero ella me apretó con el culo.
—No te saques… quédate adentro todavía… ay qué rico…
Me senté en la cama y ella se sentó a mi lado, todavía con mi verga semi-dura dentro. Empezó a pajearme lento.
—¿Qué haces?
—Te hago una paja para el siguiente round… quiero otra cogida ya.
—¿Fantaseabas conmigo?
—Sí… a veces te dedicaba unas pajas rápidas. Tal vez te preñé a distancia —rio como colegiala—
Pensé: “No puede ser… esa flaquita de tetas medianas y culo normal ahora parece una puta MILF salida de mis pajas más sucias.”
Tenía 39 años, igual que yo. Hacía 21 que no nos veíamos porque se fue a otra universidad en otra ciudad. Su cuerpo ahora era pura tentación: pechos enormes, dos melones pesados que apenas cabían en la blusa blanca del uniforme corporativo. Los botones luchaban por no reventar. El pantalón de vestir negro, ajustadísimo, le marcaba un culo gigantesco, redondo y firme, que se movía con cada paso sobre unos tacones altos. Parecía hecha para ser follada por detrás.
Yo, en cambio, ya no era el flaco que hacía pesas. Había engordado 30 kilos. Barriga prominente, menos condición física… pero mi verga, esa seguía respondiendo como en la juventud.
Varios tipos la rodeaban, preguntándole tonterías solo para mirarle las tetas. Me acerqué fingiendo sorpresa.
—¡Perla! ¿Eres tú?
Ella abrió los ojos como platos, se emocionó de verdad y soltó una risa nerviosa.
—¡¿Qué?! ¡No mames! ¿Tú? ¡Ven acá, cabrón!
Nos abrazamos torpemente. Su perfume dulce mezclado con olor a piel caliente me golpeó. Platicamos rápido, entrecortados, recordando nombres de compañeros, anécdotas tontas. En un momento dijo:
—Espera, dame tu número. —Se dio la vuelta para agarrar su celular del mostrador y se agachó sin pensar. Todo su culo enorme quedó frente a mí. El pantalón se tensó tanto que se marcó el elástico del calzón blanco por debajo, hundido entre esas nalgas gruesas. Sentí una punzada inmediata en la verga.
Pensé: “Madre mía… ese culo ya no es mediano. Es un puto pecado.”
Me dio su número. Le dije sin rodeos:
—Cuando termines tu turno, vamos a comer. Yo invito.
Ella sonrió, se mordió el labio un segundo y aceptó.
La esperé dando vueltas por la convención como idiota. A las 3 pm llegó su mensaje: “Ya me desocupé 😊”.
En el restaurante pedimos y platicamos horas. Ella me contó de su vida: casada, tres hijos (12, 8 y 7 años), casa, rutina. Yo le dije que tenía hijos pero con diferentes mujeres, sin casarme nunca. Tomó un par de copas de vino. El alcohol le soltó la lengua y los ojos. Varias veces me pilló mirando cómo se le marcaban los pezones duros bajo la blusa blanca. Ella se mordía el labio y sonreía.
En el coche le ofrecí llevarla a su casa. Aceptó. A mitad de camino le dije:
—Quiero pasar rápido por el hotel a dejar una cosa. ¿Me esperas?
—Claro —dijo sin pensarlo.
Subió conmigo. Cuando llegamos a la puerta de mi habitación le pregunté:
—¿Quieres entrar un rato?
Entró.
No lo pensé dos veces. Apenas pasó frente a mí, cerré la puerta de un golpe, la agarré por detrás y le solté una nalgada fuerte que retumbó.
—¡Ay! ¿Qué haces, pendejo? —exclamó, pero no se apartó.
—Es que me volvieron los recuerdos de golpe —le susurré al oído, apretando su culo enorme con las dos manos.
—Ay… no… es que… —titubeó.
—¿A ti no?
—Un poco… —admitió con voz temblorosa.
—Mis recuerdos eran de estas nalgas… que ahora están enormes —dije mientras le daba otra nalgada y las acariciaba por encima del pantalón. El calor que emanaba era brutal.
Ella soltó un gemido bajito.
—Y estas tetas enormes… no pensé que te ibas a desarrollar así —metí las manos por debajo de su blusa, saqué sus dos melones pesados del brasier y los apreté fuerte. Eran gigantes, suaves, pesados, con areolas enormes de color café oscuro y pezones negros, gruesos y ya duros como piedras.
—Ay qué rico… ¡Jálame los pezones! —pidió gimiendo.
—Eso quería escuchar —le jalé los pezones con fuerza mientras le manoseaba el culo. Mi verga ya estaba dura como piedra, encajada entre sus nalgas separadas solo por la ropa.
—Voy a sacar a un viejo amigo tuyo… —me bajé el cierre y saqué mi verga gruesa todavía dentro del bóxer.
—Ay qué rico… lo extrañaba tanto… se te está traspasando el semen, mira cómo chorrea a través del bóxer —dijo mientras me manoseaba la cabeza gorda con los dedos.
—¿Lo quieres?
—Muchísimo… no sabes cómo me hace falta…
—¿Has pensado en mí? ¿En mi verga?
—Sí… al menos una o dos veces al mes. Cuando mi esposo se duerme me meto los dedos pensando en vergas que me han gustado. Cuando los niños no están saco mi dildo y me lo meto imaginando que eres tú.
—¿No te atiende bien tu esposo?
—Hace como dos años que solo cogemos una o dos veces al mes…
—Y tú estás muy cachonda…
—Siii… en el trabajo uso faldas y pantalones apretados. Los compañeros me mironean y me dicen cosas sucias. Me hago la ofendida pero llego a casa y me masturbo pensando en eso.
—¿Has cogido con otro desde que estás casada?
—Con nadie… creo que… esta será la primera vez.
Se arrodilló frente a mí, me bajó el pantalón y el bóxer. Mi verga gruesa y cabezona saltó libre, venosa, con los huevos pesados colgando.
—Ahhh mucho mejor… ya se liberó tu verga. —La agarró firme con la mano—. También se te puso gorda y cabezona… los dos nos desarrollamos bien. Mira esos huevos enormes… deben producir mucho semen blanco y espeso —dijo y le dio una lamida larga al líquido preseminal que salía de la punta. Sabía salado y caliente.
Me arrodillé, le bajé el pantalón y el calzón blanco apretadísimo. Un mechón de vello púbico negro se escapaba por los lados. Su coño era enorme ahora: labios mayores gruesos, hinchados y morados, completamente empapados. El olor era intenso, dulce-ácido, puro deseo de hembra madura. No dije nada. Me lancé a chupárselo primero sobre el calzón, luego lo hice a un lado y metí la lengua directo.
—¡Ay qué rico! ¡Siii! ¡Mámame el coño! ¡Cómemelo, cabrón! ¡No pares hasta que me venga! —gritaba mientras me agarraba la cabeza.
Le hinché los labios a lametazos hasta que quedaron rojos e hinchados. Luego la volteé, le subí el culo enorme y le chupé las nalgas, mordisqueando, metiendo la cara entre ellas. Olía a sudor limpio y a hembra excitada.
La empiné contra la cama, le dejé el calzón a un lado para recordar nuestra juventud y le metí la verga de un solo golpe hasta el fondo.
—¡Aaaahhhhh! ¡Dame duro! ¡No te detengas, idiota!
Le di con toda la potencia que mi cuerpo gordo me permitía. Diez minutos de embestidas brutales, sus tetas rebotando como locas, sus gemidos llenando la habitación. Al final le descargué todo el chorro caliente y espeso dentro, directo al útero.
—¡Aaaah idiota! ¡Qué rico! ¡Está caliente! ¡Me llegó hasta el útero! ¡Preñador de mierda!
Quise salirme pero ella me apretó con el culo.
—No te saques… quédate adentro todavía… ay qué rico…
Me senté en la cama y ella se sentó a mi lado, todavía con mi verga semi-dura dentro. Empezó a pajearme lento.
—¿Qué haces?
—Te hago una paja para el siguiente round… quiero otra cogida ya.
—¿Fantaseabas conmigo?
—Sí… a veces te dedicaba unas pajas rápidas. Tal vez te preñé a distancia —rio como colegiala—
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