Estaba dando clases en Adultos como siempre. La verdad es que ninguna alumna me gustaba ni un poco. Yo llegaba siempre tarde a ese curso, daba una clase sin mucho esmero y me iba. Las alumnas no me gustaban, casi todas eran viejas o feas. Nada me movía a intentar algo. La comisión era en turno vespertino en el edificio de una vieja escuela primaria, esas escuelas de techos altos y puertas altas. Una cosa que me llamó la atención es que como estábamos en vespertino nos habilitaban solo un baño para los estudiantes varones y mujeres, un baño con dos cubículos cerrados completamente.
Había dos señoras que me cebaban mate, muy cordiales, pero las dos con pinta de abuelas. Como siempre, tenía un grupo de whatsapp con el grupo, pero ninguna interacción individualmente. Un día que llegué más tarde que lo habitual me mandó mensajes una de las señoras para pregutarme y la tuve que agendar. Una semana después la señora empezó a subir historias en el gimnasio, con calzas y tomando clases de zumba. Le respondí la historia de buena onda pero ella no contestó mi reacción. Yo quedé medio perseguido porque después de eso subió historias con su marido, igual lo dejé ahí. A la semana volvemos a tener clase, doy la parte explicativa para que entiendan el tema y después una actividad para que trabajen en silencio. En medio de la actividad recibo un mensaje de la señora, creo que se llamaba Patricia, diciendo:
- ¿Así que te gustó como me quedaba la calza?
Mirala a la vieja puta, pensé.
- Sí, me encantó, estás trabajando mucho esa cola, no?
Si se regalan, les caigo, no me hago el lento.
- Sí, ya hace mucho que no me miran los hombres. Quiero que todo vuelva a estar en su lugar.
- Lo tenés muy lindo.
- Gracias, profe.
- ¿Sabés lo que me gustaría?
- ¿Qué, profe?
- Que ahora te acaricies los pechos mientras me miras, disimuladamente.
Después de ese mensaje yo miraba distraído al grupo y ella muy despacio, sentada al lado de su compañera, levantó la mano y se acarició las dos tetas con un movimiento. Y después se apretó cada una individualmente.
- Muy bien - le escribí -, me gusta que seas obediente. Ahora quiero que te toques la entrepierna, acariciate abajo.
- No, profe.
- Ahora.
Patricia llevaba esas calzas deportivas que las minas grandes usan todo el tiempo, aunque no vayan al gimnasio, primero para que todo el mundo sepa que están entrenando, y porque les paran las nalgas. Abrió las piernas y por debajo del banco de escuela vi cómo se tocaba el pubis, aunque esta vez sin mirarme. Se apoyó la mano sobre la concha y bajo y subió varias veces. Al final levantó la vista tímidamente hacia mí.
- Qué buena alumna que sos. Ahora vas a tener que hacer un trabajo práctico. Vas a ir al baño y me vas a mostrar la tanga.
- Pero, profe, no terminé la tarea.
- No te pregunté nada, levantate, pedime permiso para ir al baño, te metes en el cubículo y me mostrás la cola.
- Sí, profe.
Un minuto después se levantó y se fue para la puerta.
- Perdón profe, voy al baño - dijo antes de salir.
- Andá tranquila - le respondo.
No pasaron ni dos minutos que ya tenía cinco fotos de su orto en el teléfono. La verdad que no era un gran culo, se notaban los años y que no estaba en forma. Pero lo que más me excita no son los cuerpos, sino la obediencia.
- ¿Te das cuenta que sos muy putita?
- Sí, profe. Ya puedo volver?
- Sí, volvé, tenés un diez.
Ese día me fui satisfecho de haber domado una vieja de unos cincuenta años solo con la palabra. Pero obvio, no quedó ahí.
Había dos señoras que me cebaban mate, muy cordiales, pero las dos con pinta de abuelas. Como siempre, tenía un grupo de whatsapp con el grupo, pero ninguna interacción individualmente. Un día que llegué más tarde que lo habitual me mandó mensajes una de las señoras para pregutarme y la tuve que agendar. Una semana después la señora empezó a subir historias en el gimnasio, con calzas y tomando clases de zumba. Le respondí la historia de buena onda pero ella no contestó mi reacción. Yo quedé medio perseguido porque después de eso subió historias con su marido, igual lo dejé ahí. A la semana volvemos a tener clase, doy la parte explicativa para que entiendan el tema y después una actividad para que trabajen en silencio. En medio de la actividad recibo un mensaje de la señora, creo que se llamaba Patricia, diciendo:
- ¿Así que te gustó como me quedaba la calza?
Mirala a la vieja puta, pensé.
- Sí, me encantó, estás trabajando mucho esa cola, no?
Si se regalan, les caigo, no me hago el lento.
- Sí, ya hace mucho que no me miran los hombres. Quiero que todo vuelva a estar en su lugar.
- Lo tenés muy lindo.
- Gracias, profe.
- ¿Sabés lo que me gustaría?
- ¿Qué, profe?
- Que ahora te acaricies los pechos mientras me miras, disimuladamente.
Después de ese mensaje yo miraba distraído al grupo y ella muy despacio, sentada al lado de su compañera, levantó la mano y se acarició las dos tetas con un movimiento. Y después se apretó cada una individualmente.
- Muy bien - le escribí -, me gusta que seas obediente. Ahora quiero que te toques la entrepierna, acariciate abajo.
- No, profe.
- Ahora.
Patricia llevaba esas calzas deportivas que las minas grandes usan todo el tiempo, aunque no vayan al gimnasio, primero para que todo el mundo sepa que están entrenando, y porque les paran las nalgas. Abrió las piernas y por debajo del banco de escuela vi cómo se tocaba el pubis, aunque esta vez sin mirarme. Se apoyó la mano sobre la concha y bajo y subió varias veces. Al final levantó la vista tímidamente hacia mí.
- Qué buena alumna que sos. Ahora vas a tener que hacer un trabajo práctico. Vas a ir al baño y me vas a mostrar la tanga.
- Pero, profe, no terminé la tarea.
- No te pregunté nada, levantate, pedime permiso para ir al baño, te metes en el cubículo y me mostrás la cola.
- Sí, profe.
Un minuto después se levantó y se fue para la puerta.
- Perdón profe, voy al baño - dijo antes de salir.
- Andá tranquila - le respondo.
No pasaron ni dos minutos que ya tenía cinco fotos de su orto en el teléfono. La verdad que no era un gran culo, se notaban los años y que no estaba en forma. Pero lo que más me excita no son los cuerpos, sino la obediencia.
- ¿Te das cuenta que sos muy putita?
- Sí, profe. Ya puedo volver?
- Sí, volvé, tenés un diez.
Ese día me fui satisfecho de haber domado una vieja de unos cincuenta años solo con la palabra. Pero obvio, no quedó ahí.
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