Me llamo Daniel, 34 años, algo gordito pero con una verga gruesa y dura que no para de desear una vagina. Soy soltero porque prefiero follar sin compromisos. El trabajo en esta ciudad me tenía saturado; solo descansaba sábado y domingo. Llevaba más de un mes sin follar y estaba desesperado.
Aquel sábado por la mañana tocaron a la puerta. Abrí y me encontré con Azucena y su hija de 15 años. Azucena, de 32 años, era una verdadera tentación: 1.65, delgada pero con curvas suaves, culo redondo y firme bajo la falda larga gris, tetas medianas, cabello castaño ondulado, labios gruesos, ojos verdes y piel blanca. Vestía completamente recatada.
—Buenos días. Soy Azucena y esta es mi hija. ¿Podemos hablarte de la palabra de Dios? —dijo con voz dulce.
Las invité a pasar. Ya adentro de la casa les invite un vaso de agua y le pedí a Azucena qué me ayudara a llevar el agua de la cocina. La hija se quedó en la sala hojeando folletos. Llevé a Azucena a la cocina y cerré la puerta.
Le hablé de mi soledad y me acerqué demasiado. Intenté besarla, pero ella giró la cara.
—No… Daniel, soy una mujer casada y testigo de Jehová. Tengo esposo e hija. Esto es pecado —susurró nerviosa, retrocediendo.
Insistí. La acorralé contra la mesa y la besé con fuerza. Azucena apretó los labios y me empujó el pecho.
—Detente, por favor… mi hija está ahí afuera. Jehová nos está viendo —suplicó con lágrimas en los ojos.
No le hice caso y le desabotoné la blusa a pesar de su resistencia. Le bajé el sostén y chupé sus tetas con hambre. Azucena temblaba y gemía bajito.
—Basta… soy una esposa fiel… no me hagas esto…
Le subí la falda y metí los dedos en sus bragas. Estaba empapada.
—Mira cómo chorreas, Azucena. Tu coñito de testigo de Jehová te traiciona.
—Esto está mal… por favor… —lloriqueó, pero separó un poco las piernas.
Le froté la verga en la entrada y empecé a metérsela. Azucena negó con la cabeza y me clavó las uñas en los hombros.
—Ay Dios… es muy gruesa… no me la metas toda… me estás partiendo…
Se la metí completa y la follé fuerte sobre la mesa. Sus tetas saltaban con cada embestida. Le tapaba la boca mientras ella seguía resistiéndose con palabras.
—Perdóname Jehová… no soy una adúltera… no quiero ser una esposa infiel… —gemía entre sollozos de placer.
La volteé, le di nalgadas fuertes y la penetré por detrás.
—le dije que dijera que era puta testigo.
Al principio no quería decirlo y reconocer lo que realmente era, pero después de unas cuantas embestidas termino aceptando la realidad.
—Soy… soy una puta testigo de Jehová… perdóname Padre… —repitió mientras se corría temblando.
Le descargué chorros espesos sobre el culo y la espalda. Azucena se limpió avergonzada, con lágrimas en los ojos.
—Esto nunca debió pasar. Entre gemidos menciono... No volveré —dijo antes de salir con su hija.
---
Cuatro días después, un miércoles por la mañana, Azucena regresó sola. Vestía su ropa de servicio de campo.
—Daniel… vine a arreglar esto necesito que mi mente esté en paz. Lo que pasó fue un error grave. Soy una esposa y madre además de una testigo de Jehová. Debemos arrepentirnos y no volver a pecar.
Apenas cerró la puerta la empujé contra la pared y la besé. Azucena intentó apartarme, pero su cuerpo ya ardía.
—No… vine a terminar con esto… no podemos seguir…
La obligué a arrodillarse.
—Arrodíllate, esposa testigo de Jehová. Pídele perdón a Jehová con mi verga en la boca.
Le follé la garganta profundo, haciendo que arcara y babeara sobre su blusa. Después la lleve dentro de la casa y la puse en cuatro en el sofá.
—Hoy te voy a romper ese culito virgen, Azucena.
—Daniel… no… el sexo anal es abominación ante Jehová… nunca lo he hecho por ese lugar ni siquiera mi esposo me a tocado ni penetrado por ahi… por favor, ten piedad —suplicó asustada.
Le escupí varias veces en el ano apretado y rosado. Presioné la cabeza gruesa de mi verga contra su entrada virgen. Azucena se tensó y agarró los cojines con fuerza.
—Duele… es demasiado grande… sácala… ¡ay Jehová! —gritó cuando la cabeza entró.
Empujé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su ano virgen se abría por primera vez. Azucena jadeaba, sudaba y lloriqueaba. Su culo apretaba mi verga como un puño caliente.
—Respira, puta testigo de Jehová… relaja ese culito virgen para mí.
Poco a poco logré meterle la mitad. Empecé a moverme con suavidad, entrando y saliendo solo unos centímetros. Azucena gemía de dolor y placer mezclado.
—Duele… pero se siente raro… muy lleno y rico… —jadeaba.
Aumenté el ritmo poco a poco. Le empecé a masajear el coño y el clitoris mientras le follaba el culo. Su ano se fue acostumbrando y empezó a empujar hacia atrás.
—Más… dame más… esto es algo que nunca había sentido se siente rico soy una… una testigo de Jehová que está dejando que le rompan el culo qué hasta hace pico era virgen… —gemía cada vez más alto.
La follé el culo con fuerza durante varios minutos: embestidas largas y profundas, nalgadas, tirándole del cabello. Azucena se corrió violentamente, apretándome el ano con espasmos. Eso me hizo explotar. Le llené el culo de leche caliente y espesa, tan profundo que cuando salí lentamente un chorro blanco y espeso le escurrió por el coño y los muslos.
---
Desde entonces Azucena se entregó por completo. Volvía dos o tres veces por semana, a veces con el vestido formal de las reuniones. Se arrodillaba y me mamaba con garganta profunda mientras repetía:
—Jehová, perdóname porque soy una esposa testigo de Jehová infiel que adora verga de otro hombre.
La follaba durante horas: le llenaba el coño con creampies, me corría en la boca y le volvía a follar el culo ya más entrenado. Le ordenaba repetir frases humillantes mientras la embestía:
—Repite: “Soy una adúltera testigo de Jehová y me encanta ser puta infiel”.
Lo mejor de todo es que lo hace. Azucena ya no puede vivir sin que yo la folle y cada semana viene unas 2 o 3 veces por su racion de verga.
Ahora Azucena ya no finge ser santa ante mi. Es mi puta secreta: una esposa y madre testigo de Jehová completamente adicta al pecado, que pide que la humille, le rompa el culo y la llene de leche mientras menciona a su esposo e hija.
La santurrona ya aceptó su verdadera naturaleza aunque aún sigue manteniendo su fachada de fiel, debota y santa ante los demás. Aunque no será por mucho tiempo...
Aquel sábado por la mañana tocaron a la puerta. Abrí y me encontré con Azucena y su hija de 15 años. Azucena, de 32 años, era una verdadera tentación: 1.65, delgada pero con curvas suaves, culo redondo y firme bajo la falda larga gris, tetas medianas, cabello castaño ondulado, labios gruesos, ojos verdes y piel blanca. Vestía completamente recatada.
—Buenos días. Soy Azucena y esta es mi hija. ¿Podemos hablarte de la palabra de Dios? —dijo con voz dulce.
Las invité a pasar. Ya adentro de la casa les invite un vaso de agua y le pedí a Azucena qué me ayudara a llevar el agua de la cocina. La hija se quedó en la sala hojeando folletos. Llevé a Azucena a la cocina y cerré la puerta.
Le hablé de mi soledad y me acerqué demasiado. Intenté besarla, pero ella giró la cara.
—No… Daniel, soy una mujer casada y testigo de Jehová. Tengo esposo e hija. Esto es pecado —susurró nerviosa, retrocediendo.
Insistí. La acorralé contra la mesa y la besé con fuerza. Azucena apretó los labios y me empujó el pecho.
—Detente, por favor… mi hija está ahí afuera. Jehová nos está viendo —suplicó con lágrimas en los ojos.
No le hice caso y le desabotoné la blusa a pesar de su resistencia. Le bajé el sostén y chupé sus tetas con hambre. Azucena temblaba y gemía bajito.
—Basta… soy una esposa fiel… no me hagas esto…
Le subí la falda y metí los dedos en sus bragas. Estaba empapada.
—Mira cómo chorreas, Azucena. Tu coñito de testigo de Jehová te traiciona.
—Esto está mal… por favor… —lloriqueó, pero separó un poco las piernas.
Le froté la verga en la entrada y empecé a metérsela. Azucena negó con la cabeza y me clavó las uñas en los hombros.
—Ay Dios… es muy gruesa… no me la metas toda… me estás partiendo…
Se la metí completa y la follé fuerte sobre la mesa. Sus tetas saltaban con cada embestida. Le tapaba la boca mientras ella seguía resistiéndose con palabras.
—Perdóname Jehová… no soy una adúltera… no quiero ser una esposa infiel… —gemía entre sollozos de placer.
La volteé, le di nalgadas fuertes y la penetré por detrás.
—le dije que dijera que era puta testigo.
Al principio no quería decirlo y reconocer lo que realmente era, pero después de unas cuantas embestidas termino aceptando la realidad.
—Soy… soy una puta testigo de Jehová… perdóname Padre… —repitió mientras se corría temblando.
Le descargué chorros espesos sobre el culo y la espalda. Azucena se limpió avergonzada, con lágrimas en los ojos.
—Esto nunca debió pasar. Entre gemidos menciono... No volveré —dijo antes de salir con su hija.
---
Cuatro días después, un miércoles por la mañana, Azucena regresó sola. Vestía su ropa de servicio de campo.
—Daniel… vine a arreglar esto necesito que mi mente esté en paz. Lo que pasó fue un error grave. Soy una esposa y madre además de una testigo de Jehová. Debemos arrepentirnos y no volver a pecar.
Apenas cerró la puerta la empujé contra la pared y la besé. Azucena intentó apartarme, pero su cuerpo ya ardía.
—No… vine a terminar con esto… no podemos seguir…
La obligué a arrodillarse.
—Arrodíllate, esposa testigo de Jehová. Pídele perdón a Jehová con mi verga en la boca.
Le follé la garganta profundo, haciendo que arcara y babeara sobre su blusa. Después la lleve dentro de la casa y la puse en cuatro en el sofá.
—Hoy te voy a romper ese culito virgen, Azucena.
—Daniel… no… el sexo anal es abominación ante Jehová… nunca lo he hecho por ese lugar ni siquiera mi esposo me a tocado ni penetrado por ahi… por favor, ten piedad —suplicó asustada.
Le escupí varias veces en el ano apretado y rosado. Presioné la cabeza gruesa de mi verga contra su entrada virgen. Azucena se tensó y agarró los cojines con fuerza.
—Duele… es demasiado grande… sácala… ¡ay Jehová! —gritó cuando la cabeza entró.
Empujé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su ano virgen se abría por primera vez. Azucena jadeaba, sudaba y lloriqueaba. Su culo apretaba mi verga como un puño caliente.
—Respira, puta testigo de Jehová… relaja ese culito virgen para mí.
Poco a poco logré meterle la mitad. Empecé a moverme con suavidad, entrando y saliendo solo unos centímetros. Azucena gemía de dolor y placer mezclado.
—Duele… pero se siente raro… muy lleno y rico… —jadeaba.
Aumenté el ritmo poco a poco. Le empecé a masajear el coño y el clitoris mientras le follaba el culo. Su ano se fue acostumbrando y empezó a empujar hacia atrás.
—Más… dame más… esto es algo que nunca había sentido se siente rico soy una… una testigo de Jehová que está dejando que le rompan el culo qué hasta hace pico era virgen… —gemía cada vez más alto.
La follé el culo con fuerza durante varios minutos: embestidas largas y profundas, nalgadas, tirándole del cabello. Azucena se corrió violentamente, apretándome el ano con espasmos. Eso me hizo explotar. Le llené el culo de leche caliente y espesa, tan profundo que cuando salí lentamente un chorro blanco y espeso le escurrió por el coño y los muslos.
---
Desde entonces Azucena se entregó por completo. Volvía dos o tres veces por semana, a veces con el vestido formal de las reuniones. Se arrodillaba y me mamaba con garganta profunda mientras repetía:
—Jehová, perdóname porque soy una esposa testigo de Jehová infiel que adora verga de otro hombre.
La follaba durante horas: le llenaba el coño con creampies, me corría en la boca y le volvía a follar el culo ya más entrenado. Le ordenaba repetir frases humillantes mientras la embestía:
—Repite: “Soy una adúltera testigo de Jehová y me encanta ser puta infiel”.
Lo mejor de todo es que lo hace. Azucena ya no puede vivir sin que yo la folle y cada semana viene unas 2 o 3 veces por su racion de verga.
Ahora Azucena ya no finge ser santa ante mi. Es mi puta secreta: una esposa y madre testigo de Jehová completamente adicta al pecado, que pide que la humille, le rompa el culo y la llene de leche mientras menciona a su esposo e hija.
La santurrona ya aceptó su verdadera naturaleza aunque aún sigue manteniendo su fachada de fiel, debota y santa ante los demás. Aunque no será por mucho tiempo...
1 comentarios - La esposa santurrona