La noche se convirtió en un festín de carne, sudor y gemidos. Perdí la cuenta de las veces me hizo venirme. En la cama, contra la pared, arrodillada frente a él. Mi boca, mi vagina, mi cara, mis senos. Todo suyo. Cada vez que eyaculaba, yo estaba ahí para recibirlo. En mi boca, en mi pecho, dentro de mí. Su semen caliente y espeso se mezclaba con mi propia humedad, goteando por mis muslos, secándose en mi piel.

En algún momento, entre la cuarta y la quinta ronda, dejé de pensar en Marcos. Dejé de sentir culpa. Solo existía el placer. Solo existía Felipe y su pene enorme, implacable, que me llenaba como nadie lo había hecho jamás.
Pasadas las tres de la mañana, el agotamiento nos venció. Caímos en la cama, desnudos, enredados, cubiertos de sudor y fluidos. Su pecho peludo bajo mi mejilla, su brazo pesado sobre mi cadera. Y por primera vez en meses, dormí profundamente.
Desperté al día siguiente con rayos de sol entrando por la ventana. Parpadeé, desorientada, hasta que recordé dónde estaba. El olor a sexo impregnaba las sábanas. Mi cuerpo estaba adolorido, sensible, pero de una manera que me hacía sonreír.
Entonces lo sentí. El calor de su piel contra la mía. El vello de su pecho rozando mi mejilla. Estaba sobre él, mi pierna enredada entre las suyas, mi mano descansando sobre su inflado estomago. Ambos desnudos, expuestos, sin nada que ocultar.
Y entonces lo noté. La erección matinal de Felipe presionando contra mi muslo, firme y caliente. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Un escalofrío recorrió mi espalda. Mi boca se secó. Mis dedos se deslizaron por su vientre, acariciando la base de su pene, sintiendo su grosor, su peso. No pude resistirlo. No quise hacerlo.
Me deslicé hacia abajo, entre sus piernas, y lo tomé en mi boca. Su sabor era familiar ahora: salado, amargo, adictivo. Empecé a chupar lentamente, saboreando cada centímetro, sintiendo cómo crecía y se endurecía mas entre mis labios.
Felipe se movió ligeramente. Un gemido ronco escapó de su garganta.
—Buenos días —murmuró, con voz aún adormilada.
Me detuve un instante, lo miré a los ojos y sonreí.
—Buenos días —respondí, antes de volver a meterlo en mi boca.
No dijo nada más. Solo me observó, con una sonrisa de satisfacción, mientras yo trabajaba. Moví la cabeza arriba y abajo, lamiendo la punta, succionando con fuerza, sintiendo sus caderas empujar ligeramente para encontrarme. No fue necesario mucho. En pocos minutos, su cuerpo se tensó, sus dedos se enredaron en mi cabello, y eyaculó en mi boca con un gruñido profundo. Me tragué todo. Ya estaba acostumbrada al sabor de su semen.

Cuando terminé, lo limpié con la lengua y me incorporé con dificultad. Mis piernas temblaban apenas al ponerme de pie. Me dolía todo. Las caderas, los muslos, la espalda. Pero era un dolor que me recordaba lo que habíamos hecho. Lo bien que me había hecho sentir.
Me dirigí al baño arrastrando los pies. Me vi al espejo y apenas me reconocí: el cabello alborotado, los labios hinchados, marcas de mordidas en el cuello y los hombros, el pecho cubierto de pequeñas manchas púrpura. El semen de Felipe aún se secaba en mi piel, en mis muslos, en mi vientre. Sonreí a mi reflejo. La sonrisa de una mujer que había descubierto algo oscuro y maravilloso dentro de sí.
Me mojé la cara con agua fría, sintiendo cómo el frescor despertaba mis sentidos. Luego me sequé con una toalla, lo suficiente para sentirme limpia. Salí del baño desnuda, sin preocuparme por cubrirme. La habitación estaba vacía.
—¿Felipe? —llamé pero nadie respondió, solo hubo silencio.
Bajé las escaleras con cuidado, aún desnuda, sintiendo el aire frío de la mañana en mi piel. La casa estaba en silencio, pero en algún lado se escuchaban ruidos. Seguí el sonido hasta la cocina.
Cuando entré, vi a Felipe sentado en la mesa, con su bata de baño puesta y una taza de café en la mano. Pero no estaba solo. Frente a él, con la espalda rígida y el rostro desencajado, estaba Marcos.
Marcos me miró. Su mirada recorrió mi cuerpo desnudo, las marcas de la noche anterior en mi piel, el semen aún seco en mis muslos. Su rostro era una máscara de dolor y confusión. Y por alguna razón yo me mantuve inexpresiva. Sin culpa. Sin vergüenza.

—Mmm, buenos días, cariño —dije, con voz tranquila. Intenté caminar con naturalidad, pero un dolor agudo entre mis piernas me hizo hacer una mueca. Me apoyé en la mesa para no tambalearme.
—Maldita sea, tu padre sí que me cogía, ¿verdad? —dije, soltando una risita.
Marcos abrió la boca, pero las palabras no salían. Su mirada se clavó en mi rostro, buscando algo que ya no estaba ahí.
—Amanda...—susurró, con voz quebrada—. ¿Cómo ha pasado esto?
Me encogí de hombros, como si la pregunta fuera irrelevante.
—¿Qué? —pregunté, con una sonrisa leve—. ¿Yo y tu padre? Mira, cariño, necesito un hombre dominante que me folle como es debido.
Marcos dio un paso adelante, con las manos temblorosas.
—Puedo hacerlo —dijo, con una urgencia desesperada en la voz—. Yo puedo ser ese hombre.
Solté una risa suave. No era cruel, solo sincera. Me acerqué a él y tomé su mano entre las mías.
—Ay, cariño —dije, con ternura—. Es tierno que pienses eso. Levanté su mano y la besé.
—Pero no puedes. No tienes el tamaño suficiente para hacerlo. Pero tu padre sí.
Los ojos de Marcos se llenaron de lágrimas. Pero no apartó la mirada. Seguía mirándome fijamente, como si esperara que todo fuera una broma de mal gusto.
Me incliné y le besé la mejilla. Sentí el temblor de su mandíbula bajo mis labios.
—Eres increíble en otros aspectos —le aseguré, con voz suave—. Eres un esposo estupendo. Eres amable, atento y cariñoso. Simplemente no puedes hacerme el amor como necesito. No es nada serio. Es solo sexo.
Marcos tragó saliva. Su voz era apenas un susurro cuando preguntó:
—Entonces… ¿vas a seguir haciéndolo?
No dudé.
—Sí —respondí, con total sinceridad—. No puedo volver a… eso —dije, señalando su entrepierna con un gesto vago—. Como te dije, puedes seguir siendo mi esposo y seremos una pareja feliz. Pero seguiré acostándome con tu padre cuando él quiera.
Dicho esto, me di la vuelta y caminé hacia Felipe. Sentí la mirada de Marcos clavada en mi espalda mientras me acercaba a su padre. Sin titubear, me subí a sus piernas, abriendo las mías para quedar sentada a horcajadas sobre él, con mi vagina presionando contra la tela de su bata. Mis manos se apoyaron en sus hombros, y sentí su calor, su olor, su presencia.
—¿Te parece bien, papi? —pregunté, inclinándome hacia él, con mi boca cerca de la suya.
Felipe sonrió, esa sonrisa de satisfacción que tanto me había excitado la noche anterior. Sus manos se deslizaron por mis caderas, apretándome contra su cuerpo.
—Me parece perfecto —dijo, con voz grave, y sus labios rozaron mi cuello.
Ahora que estaba sentada a horcajadas sobre Felipe, y podía sentir su pene ya duro presionado contra mi coño, con su bata de por medio. Le sonreía mientras le acariciaba su pecho peludo, sintiendo el vello áspero bajo mis dedos.
Mi mano se deslizó sobre él, recorriendo su torso, sintiendo cada músculo, cada latido. Me emocioné tanto acariciándolo que me calenté y olvidé por completo que mi esposo estaba allí, observando todo.
Cuando mis manos rozaron su abdomen, mi coño se estremeció. Antes de darme cuenta, estaba frotándome suavemente contra su polla dura, moviendo mis caderas en un vaivén lento y rítmico.
Entonces las manos de Felipe se posaron sobre mis muslos suaves y firmes, guiándome mientras me balanceaba hacia adelante y hacia atrás.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Marcos, con un tono débil y lastimero, apenas un susurro.
—Cállate —jadeé, sin mirarlo.
Le seguía acariciando el pecho velludo. No iba a parar. Yo deseaba a Felipe, y él me deseaba a mí. Mi coño presionó con más fuerza contra su pene palpitante mientras lo acariciaba por completo, sintiendo cómo se endurecía aún más bajo mi contacto.
—Oh, Dios mío —jadeé, arqueando la espalda.
—¡Amanda! —exclamó Marcos, pero ya no había forma de ocultar lo que estaba sucediendo.
—¡Marcos! —gritó Felipe, con autoridad—. ¡Cállate!
Felipe me agarró los muslos con fuerza y empezó a empujarme y tirar de mí, frotando su pene con mi cuerpo mientras yo jadeaba y mi respiración se volvía más agitada, más ronca.
—Pero… pero… —susurró Marcos, desde algún lugar lejano.
Pero no importaba. Él estaba allí, sentado, viendo a su ardiente esposa frotar su coño contra el pene duro de su padre, y no podía evitarlo. Podía ver cómo mis firmes nalgas se contraían y se relajaban mientras presionaba mi clítoris con más fuerza contra su padre.
—Es mi esposa —susurró Marcos débilmente, como si necesitara recordárselo a sí mismo.
El firme agarre de Felipe me empujó aún más hacia abajo, hasta su cintura. Antes de que me diera cuenta, abrió su bata y su gran y duro pene quedó al descubierto, erguido y palpitante frente a mí.
—¡Papá! —gritó Marcos.
—¡Oh, Dios mío! —gemí, sintiendo el calor de su piel contra la mía—. ¡Lo necesito!
Mis manos bajaron y agarraron su pene. Ambas lo rodearon, sintiendo su grosor, su peso, y lo movieron de arriba abajo mientras palpitaba entre mis palmas. Era tan grande que mis dedos apenas podían tocarse.
—Amanda… para… por favor… —suplicó Marcos.
Bajé la mirada hacia el pene brillante de Felipe mientras mis dos manos lo acariciaban de arriba abajo, sintiendo cada vena, cada latido.
—Lo siento, Marcos —susurré, con una sonrisa—. Pero necesito un hombre de verdad… y un pene de verdad.
—¿Qué? —susurró él, incrédulo.
Estaba viendo a su esposa masturbar el pene de su padre, y ni siquiera lo impedía.

—Enséñale lo que estabas haciendo ayer —me dijo Felipe, con voz ronca y autoritaria.
Sabía que era humillante para Marcos, pero no me importaba. Estaba a merced de Felipe.
Con un movimiento de cabeza, mi cabello se echó hacia atrás. Con ambas manos le sujeté el pene erguido, y dejé caer un hilo de saliva de mis labios sobre su cabeza, viendo cómo resbalaba por el glande.
—Amanda… no —susurró Marcos.
No lo miré. No le hablé. Estaba inclinada sobre mí, y rodeé con mis labios el grueso y duro pene de Felipe.
—¡Ooohhh, buena zorra! —gimió Felipe.
—¡Mmm! —gemí mientras hacía lo posible por chuparle la polla en ese ángulo incómodo.
Mi lengua cálida y húmeda se movía en círculos alrededor de su grueso glande mientras mis labios subían y bajaban por su miembro. Mis manos seguían acariciando las partes a las que mi boca no podía llegar. Su sabor era familiar ahora, adictivo.

—Eso es —gruñó Felipe, con las caderas empujando ligeramente hacia mi boca—. Enséñale a mi hijo cómo una puta chupa una polla de verdad.
—¡Mmm! —volví a gemir, con la boca llena.
Marcos permaneció en silencio mientras me veía tomar a su padre. Durante cinco minutos le practiqué sexo oral, sintiendo cómo se endurecía más y más, hasta que finalmente me agarró y me levantó.
Una vez más, estaba sentada a horcajadas sobre Felipe, haciendo que su pene se presionara contra mi coño. La bata de Felipe cayó a sus costados, y su gran polla quedó libre, rozando la entrada de mi vagina.
Entonces, él comenzó a besar y lamer mis grandes tetas, que estaban completamente expuestas. Su boca húmeda y caliente encontró mis pezones, succionando, mordiendo suavemente, haciéndome gemir.

—Papá… —susurró Marcos, con voz rota.
—Lo… siento… —gemí, mientras su padre me agarraba por todo el cuerpo.
Mis pechos se presionaron contra el pecho de Felipe mientras me inclinaba para besarlo. Mi lengua entró en su boca, rozando la suya, mientras él me agarraba la espalda y luego bajaba para agarrar mis nalgas, apretándolas con fuerza.
Y entonces, con un movimiento de caderas, su pene comenzó a deslizarse por mi entrada, empujando, abriéndome.
—¿Ves, hijo? —dijo Felipe, con la voz entrecortada por el esfuerzo—. Así se complace a una mujer de verdad.
Y yo ya no podía pensar en nada más que en su pene dentro de mí.
—¡Mmm! ¡Mmm! ¡Papi! —gemí en su boca, sintiendo su lengua enredarse con la mía.
—Amanda… —susurró Marcos de nuevo, desde algún lugar detrás de nosotros.
Pero ya no existía. Solo existía Felipe. Su boca, sus manos, su pene presionando contra mí. Mientras nos besábamos, yo me restregaba contra su pene desnudo, sintiendo cómo se deslizaba entre mis pliegues húmedos, provocándome, sin entrar del todo. Él me agarró el trasero con fuerza y me dio una nalgada que resonó en la cocina. El golpe seco y húmedo me hizo gemir en su boca.
—Bien —dijo Felipe, y me dio otra nalgada, esta vez más fuerte—. Vamos arriba.
—¿Qué? —preguntó Marcos, con voz confundida.
Felipe me apartó de un empujón y nos pusimos de pie. Marcos se levantó como si fuera a plantarle cara, hasta que todos nos dimos cuenta de la erección que tenía en los pantalones. El bulto era evidente, inconfundible.
No pude evitar soltar una carcajada.
—¡Mierda, Marcos! —me reí, señalando su entrepierna—. ¡Creo que nunca te había visto tan duro!
Felipe también se rió, y aunque Marcos estaba rojo como un tomate, dejó escapar un débil gemido de vergüenza. La mano firme de Felipe me golpeó y me agarró la nalga, atrayéndome hacia su cuerpo.
—Está bien, hijo —dijo Felipe, con voz grave y autoritaria—. Puedes verme follarme a tu novia si quieres.
Me giré hacia Marcos, sintiendo una mezcla de lástima y deseo.
—Lo siento, Marcos —le dije con sinceridad—. Pero necesito una buena cogida. Pero bueno, puedes mirar si quieres. Quizás puedas sacar algunos consejos.
—Ya quisiera —se rió Felipe, y me dio otra nalgada.
Abracé a Felipe mientras subíamos las escaleras. Solo al llegar a la habitación de Felipe nos dimos cuenta de que Marcos seguía con nosotros cuando cerró la puerta detrás de él.
—Puedes sentarte ahí —le dijo Felipe, señalando una silla en la esquina, y luego me miró con esos ojos grises que me hacían temblar—. Ayúdame a quitarme la bata, ¿quieres?
—Sí, papi —respondí, con voz ronca.
Tiré de la tira de la bata y la dejé caer al suelo, quedando Felipe y yo completamente desnudos. Su cuerpo no era perfecto, pero no me importaba. Su pene ya estaba erecto, grueso y pesado, apuntando hacia mí. Me agarró, me atrajo hacia él y volvió a meter su lengua en mi boca, profunda y hambrienta.
Me preguntaba qué estaría pensando Marcos mientras veía a su pequeña, delgada y atractiva esposa besándose con su padre. Pero no podía pensar en eso ahora. Solo podía sentir las manos de Felipe en mi cuerpo, su boca en la mía, su pene presionando contra mi vientre.
Me agarró las nalgas, separándome con fuerza, y yo bajé la mano para agarrarle el pene y acariciarlo, sintiendo su grosor, su calor, cada vena palpitante bajo mis dedos.
Me arrojó sobre la cama y caí de espaldas, con el cabello extendido sobre la almohada. Mis piernas se abrieron instintivamente para él, ofreciéndole todo. Mi coño suave y apretado, brillante con mi humedad, quedó completamente expuesto. Marcos, desde la silla, podía verlo todo.
Mientras Felipe se arrodillaba en la cama entre mis piernas, levantó la vista hacia mí.
—Hace tiempo que no pruebo una vagina así de deliciosa —susurró, con una sonrisa lasciva.
Cuando su lengua entró en contacto por primera vez con mi clítoris palpitante, todo mi cuerpo se tensó. Mi pecho se elevó en el aire y mis dedos se aferraron a su cabeza, tirando de su cabello canoso.

—¡Mierda, sí! —gemí, con la voz rota.
Su lengua lamía mi clítoris una y otra vez, movimientos largos y húmedos, a veces rápidos, a veces lentos, siempre precisos.
—¡Oh, Dios mío! ¡Felipe! ¡Felipe! —grité, sintiendo el orgasmo acercarse como una ola—. ¡Se siente tan jodidamente bien!
Felipe era un maestro en el sexo oral. Succionaba mis labios suaves y los masajeaba con sus dientes antes de deslizar la base de su lengua contra mi clítoris, aplanándolo, provocándome. Sus dedos se deslizaron dentro de mí, curvándose, encontrando ese punto que me hacía ver estrellas.
Mis gemidos se hicieron cada vez más fuertes hasta que me convertí en un desastre desesperado y pervertido. Mi pelvis se movía contra su boca, buscando más, necesitando más.
—¡Mierda! —grité, con la voz quebrada—. ¡Oh, mierda, por favor, cógeme!
Felipe levantó la vista, con los labios húmedos por mis fluidos, y sonrió. Esa sonrisa de satisfacción que tanto me excitaba. Empezó a besar y lamer mi cuerpo con pasión, subiendo por mi vientre, dejando un rastro de besos húmedos. Cuando sus labios rodearon mis pechos y mordió mi pezón con fuerza, gemí con fuerza, arqueando la espalda.
Su gran polla, que se balanceaba, golpeaba mi coño, provocándome, haciéndome desearlo más. Su lengua entró en mi boca y yo lo rodeé con mis piernas, atrayéndolo hacia mí. A ninguno de los dos nos importó la presencia de Marcos mientras nos besábamos apasionadamente.
La punta del pene de Felipe rozaba mi vagina, deslizándose por mis pliegues húmedos, empujando suavemente sin entrar del todo.
—Por favor… —gemí, con la voz suplicante—. Por favor… mételo dentro de mí.
Felipe me lamió el cuello, y luego sentí cómo sus dientes me mordían con fuerza. Sabía que me estaba dejando una marca de amor para señalarme como su puta, ¡y me encantaba!
—Simplemente… no le hagas daño —susurró Marcos desde la silla. Una vez más, lo ignoramos.
En cuanto sentí la cabeza de su pene rozando mis pliegues húmedos, recordé lo mucho más grueso que era comparado con el de Marcos. Fue como si estuviera perdiendo la virginidad de nuevo, sintiendo cómo mi coño se estiraba alrededor de él, adaptándose a su tamaño.
—¡Ooooohhh! —jadeé en busca de aire mientras mi coño se estiraba alrededor del pene de Felipe, y él se adentraba dentro de mí.
Lo sentía tan anormalmente grande que mi coño literalmente se aferró a su pene mientras centímetro a centímetro se adentraba más y más. Mi boca se abrió en un grito silencioso, mis ojos se abrieron de par en par. Sentí cada pliegue, cada vena, la cabeza que me abría las paredes vaginales, estirándome hasta el límite, hasta que llegó al fondo y mi cuello uterino se estremeció contra él.
—A…aaaaaa —gemí, con la voz rota, sintiéndolo tan profundo que apenas podía respirar.
Cuando sentí su cuerpo presionar contra el mío y supe que estaba dentro de mí hasta el fondo, jadeé. Sabía que jamás podría volver al pene de Marcos y sentir satisfacción alguna. Felipe me había cambiado, a mí y a mi vagina. Así era como se suponía que debía sentirse el sexo. Lleno, completo, poseída.
Me aferré a su espalda y mis uñas se clavaron en su piel mientras mis piernas se enroscaban con fuerza alrededor de su cintura, atrayéndolo aún más profundamente dentro de mí.
—¡Mierda! —grité, sintiendo cómo me llenaba por completo—. ¡LA TIENES TAN JODIDAMENTE GRANDE!
Felipe sonrió, con esa sonrisa de posesión, y comenzó a moverse.
Las caderas de Felipe se echaron hacia atrás y volvieron a penetrarme profundamente, expulsando el aire de mis pulmones mientras jadeaba. Sentí cada centímetro de su gruesa verga deslizándose dentro de mí, estirándome, llenándome por completo.
—Qué vagina tan apretada —gruñó Felipe, con la voz ronca y entrecortada—. ¿Marcos ha estado tan profundo alguna vez?
—Él… no podría… haberlo hecho como tú —jadeé entre respiraciones agitadas, sintiendo cómo sus palabras me excitaban aún más.
Desde el rincón, escuché los jadeos y gemidos de Marcos. Pero no me importaba. Lo único que importaba era la gran verga de Felipe dentro de mí, moviéndose lenta y profundamente.
Felipe hacía embestidas largas y lentas, como si estuviera saboreando cada momento, cada contracción de mi coño alrededor de él. Sabía que estaba intentando prepararme para recibirlo, ¡pero lo necesitaba ya! Mis manos bajaron por su espalda y mis uñas se clavaron en su piel, arañándolo con desesperación.

—¡¡CÓGEME!! —grité, con la voz rota—. ¡¡Cógeme así y no pares!!!
—Te lo buscaste, puta —gruñó Felipe, y su ritmo se volvió más rápido, más brutal.
—Papá… —jadeó Marcos desde la silla, pero su voz era apenas un susurro perdido en el aire.
Felipe sacó su pene por completo, dejándome vacía y temblorosa, y luego lo metió profundamente dentro de mí de una sola embestida.
—¡Síííí! —gruñí, sintiendo cómo me llenaba de nuevo, cómo mi coño se aferraba a él como si no quisiera soltarlo nunca.
Me aferré a Felipe con todas mis fuerzas mientras él me embestía como un animal rabioso. Mis uñas arañaban su espalda, dejando marcas rojas en su piel. Sabía que le dolía, pero eso solo hacía que me follara con más fuerza, como si mi dolor y mi placer fueran su combustible.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Mierda! —grité, sintiendo cómo cada embestida me acercaba más al borde.
Metió su lengua en mi boca y me besó agresivamente mientras me golpeaba el coño, su pelvis chocando contra la mía con un sonido húmedo y obsceno.
—¡Mmm! ¡Mmm! —gemí durante nuestro beso torpe y salvaje, sintiendo su saliva mezclarse con la mía.
Quería ser una puta para Felipe. La mejor puta que él pudiera imaginar. Me había dado exactamente lo que quería: placer sin límites, sin culpa, sin restricciones, así que le agarré la cabeza y lo empujé ligeramente hacia atrás, separando nuestros labios.
—Escúpeme en la boca —gemí, y oí a Marcos jadear desde la esquina. No tenía ni idea de la zorra depravada en la que se había convertido su esposa.
—¡Eres una completa puta! —Felipe se rió, con una mezcla de desprecio y admiración.
Abrí la boca y saqué la lengua justo a tiempo para que Felipe escupiera directamente en ella. El sabor de su saliva, caliente y salada, me recorrió la garganta mientras me la tragaba con avidez.
—Mmm, gracias, papi —gemí, sintiendo cómo mi cuerpo se estremecía de placer.
Él metía y sacaba su polla gruesa y larga de mi coño, cada embestida empujándome contra la cama. Mi cuerpo rebotaba contra el colchón, mis pechos se sacudían bajo mí, y gemía como una puta, disfrutando cada segundo de mi degradación.
—¡Aaaah! ¡Oooh! ¡Oooh, mierda, papi, sí! —grité mientras mi coño se aferraba a su polla, apretándolo, succionándolo. Estaba a punto de correrme—. ¡MIERDA, PAPI, ME CORRO!
Grité con todas mis fuerzas, tan fuerte que me dolió la garganta, mientras mi coño se mojaba alrededor de su gran, grueso y duro pene. Sentí cómo mis paredes se contraían, cómo mi cuerpo se sacudía en espasmos de placer.
—¡Sigue corriéndote, puta! —rugió Felipe, sin disminuir el ritmo.
Sus dedos me agarraron por la garganta y me sujetaron contra la cama mientras me seguía cogiendo hasta que tuve el orgasmo más grande de mi vida. Mi visión se nubló, mi cuerpo convulsionó, y un grito ronco escapó de mis labios.
—¡SÍÍÍÍ MIERDAA! —gemí mientras él me penetraba sin piedad.
Mis piernas se aflojaron y cayeron a los lados mientras el pene palpitante de Felipe golpeaba mi coño destrozado, sensible y lleno de placer.
—Date la vuelta, puta —gruñó.
En cuanto su polla salió de mi coño dolorido, la extrañe de inmediato. Sentí el vacío repentino, la ausencia de su calor. Entonces me agarró de las caderas y me obligó a ponerme a cuatro patas. Me puso a propósito de cara a Marcos, para que pudiera mirarlo a los ojos mientras su propio padre destrozaba mi apretado agujero.
Felipe me dio una nalgada en el culo tan fuerte que supe que me dejaría marca, y luego me agarró de las caderas y me metió todo su gran pene, hasta el fondo, dentro de mí.
—¡Oh, mierda! —gemí mientras Felipe me revolvía las entrañas—. ¡Es tan grande!
Levanté la mirada y encontré los ojos de Marcos. Su expresión reflejaba una mezcla de excitación y tristeza al ver a su dulce e inocente esposa convertirse en una prostituta desesperada frente a él. Pero la erección que se notaba en sus pantalones cortos me hizo saber que lo estaba disfrutando, por mucho que intentara ocultarlo.
Mi cabeza colgaba mientras Felipe entraba y salía de mí con fuerza. Su cuerpo chocaba contra el mío cada vez, y mi firme trasero rebotaba contra él con un sonido húmedo y obsceno. Entonces Felipe me agarró del pelo y me levantó la cabeza de un tirón, obligándome a arquear la espalda.
—Dile a Marcos lo que te gusta —me gruñó al oído, obligándome a mirar a su hijo.
—¡Me encanta! —gemí, con la voz rota—. ¡Oh, Marcos, es mucho… mucho más grande que tú! ¡Mucho mejor!
El pequeño y liso pecho de Marcos subía y bajaba mientras veía cómo su esposa se arruinaba ante sus ojos. Otro pensamiento enfermizo me vino a la cabeza. Al parecer, me gustaba humillar a mi marido, y a él también.
—¡Ven… mmmmmh, mierda! —gemí mientras Felipe me penetraba el coño—. ¡Ven a enseñarme esa polla pequeña!
—Perra enferma —Felipe se rió y me dio una palmada en el trasero.
Marcos dudó y no se movió.
—¡Ahora! —le grité, con autoridad en la voz.
Felipe aflojó la intensidad de su follada, así que no rebotaba tanto mientras Marcos se acercaba. Se quedó al final de la cama, pero estaba demasiado nervioso para sacar su pequeña y delgada polla.
Le agarré los pantalones cortos y se los bajé de un tirón, dejando al descubierto su pene erecto. Era tan pequeño comparado con el de su padre. Tan patético.
—¡Maldita sea, Marcos! —se rió Felipe.
—¡Lo sé! —me reí también y agarré el pene de Marcos. Habiendo tocado ahora la verga de Felipe, la de Marcos no me pareció nada—. ¡Cómo pude aguantar tanto tiempo con esta cosita!
Felipe me estaba follando lentamente, lo que significaba que podía sentir cada centímetro de su grueso pene entrando y saliendo de mí. Mi coño se contraía a su alrededor, cubriendo su miembro con mis fluidos, mientras mis dedos rodeaban fácilmente el pene de Marcos.
—¡Oooohh! —Marcos gimió y se estremeció en mi mano.
—Esto es todo lo que te mereces —le gemí, con desprecio—. ¡Puedes usar mi mano mientras una verga de verdad usa mi coño!
Felipe aceleró el ritmo al follarme, y eso hizo que mis tetas rebotaran debajo de mí mientras mi coño se relajaba y lo recibía con facilidad. Mi mano derecha acariciaba de arriba abajo el pequeño pene de mi esposo mientras él se mojaba y gemía.
—Estoy… ¡oh, mierda, Marcos! —gemí, sintiendo cómo Felipe me llenaba—. No puedo volver a esto… ¡mmm, joder! ¡Voy a necesitar la verga de tu padre de ahora en adelante!
¡ZAS! ¡ZAS! ¡ZAS!...

Felipe me golpeaba mis nalgas con las manos mientras me follaba cada vez con más fuerza, el sonido de sus palmadas resonando en la habitación era lo único que escuchaba.
—Espero que lo entiendas —gemí, con la voz entrecortada—. Yo… seguiré siendo tu esposa… ¡pero solo tu padre podrá acostarse conmigo de ahora en adelante!
Marcos se retorcía en mi mano y gemía más fuerte. Felipe se reía mientras su cuerpo chocaba contra el mío. Comencé a rebotar, acariciando su pene mientras gemía y jadeaba.
—¡Eres… oh, mierda, papi! —grité, sintiendo cómo Felipe me llenaba—. ¡Lo tienes tan… pequeño!
—¡Oooohh, Amanda! —chilló Marcos mientras su pequeño pene comenzaba a disparar semen por toda mi cara.
—¡Mierda! —se rió Felipe—. ¡Eso fue rápido!
Aunque me sorprendió recibir una corrida de mi patético esposo, seguí acariciándolo todo el tiempo. Era lo mínimo que podía hacer ya que me estaba acostando con su padre.
Marcos seguía eyaculando sobre mi cara, el semen caliente y espeso estaba goteando sobre mis mejillas y mi boca, y yo seguía acariciando su pequeño pene, usando su semen como lubricante para masturbarlo más rápido. Lamí un poco de su semen de mis labios, sintiendo su sabor familiar pero ahora insípido comparado con el de su padre.
—Siéntate, hijo. Ya has terminado aquí —le dijo Felipe.
Le di un pequeño golpecito al pene de Marcos, que ya se estaba ablandando, más bien una bofetada, y me reí. Humillado, Marcos volvió a sentarse en la esquina. Felipe me agarró del pelo y me levantó la cabeza, arqueándome.
—¡Bien, entonces! —gruñó Felipe, y luego me empujó la cabeza hacia abajo hasta que quedó presionada contra la cama mientras mi trasero permanecía suspendido en el aire—. ¡Es hora de reclamar a esta zorra!
Sinceramente, no podía creer lo fuerte que me estaba golpeando el coño con su verga. Era como si un hombre poseído, empeñado en destrozar mi joven y apretada vagina, estuviera dentro de mí. Todo su cuerpo se estrellaba contra mí, el sonido de su piel chocando con la mía llenando la habitación. Emitía sonidos que jamás pensé que podría hacer. Grité de placer a todo pulmón, mi voz ronca y desgarrada.
En poco tiempo me sentí cubierta de mi propio sudor mientras me convertía en un trozo de carne para que Felipe me follara.
—¡Puta madre! —gimió Felipe, su ritmo volviéndose errático, su respiración entrecortada—. ¡Prepárate para mi semen!
Mi coño se contrajo alrededor de su grueso pene mientras él lo metía y lo sacaba, sintiendo cómo se hinchaba aún más dentro de mí.
—¡No! ¡No te corras dentro de ella! —protestó Marcos, como un último intento de defender lo que él creía que seguía siendo suyo.
Felipe me levantó la cabeza ligeramente tirándome del pelo, obligándome a mirar a mi esposo.
—¿Puta, qué dices? —me preguntó, con voz grave y autoritaria.
Logré girar la cabeza lo suficiente para mirar a Marcos mientras sentía el pene palpitante de Felipe dentro de mí. Sabía que, pasara lo que pasara, mi coño iba a ser bañado en su semen, pero quería que Marcos supiera que lo deseaba.
—¡Corre dentro de mí! —gemí, y Marcos jadeó—. ¡Llena mi coño con tu espeso y caliente semen!
Felipe me folló cada vez con más fuerza, y el sonido de mi coño mojado siendo golpeado por su polla llenó la habitación mientras Marcos susurraba para sí mismo, rogándole a su padre que no lo hiciera.
—¡Corre dentro de mí, papi! —gemí, sintiendo cómo cada embestida me acercaba al borde—. ¡Por favor, llena a tu puta de semen! ¡Vacía tus bolas dentro de mí! ¡Joder, papi, córrete dentro de mi coño!
—¡Mierdaa! —Felipe rugió a todo pulmón mientras su polla se expandía, estirándome aún más, y entonces lo sentí.
Entonces, nuevamente… un chorro de semen caliente, espeso, capaz de hacer bebés, aterrizó dentro de mi coño. Sentí cómo su leche caliente llenaba mis paredes, cómo cada pulsación de su pene liberaba más y más semen en lo profundo de mí. La sensación de ser llenada, de ser poseída, me llevó al borde.
—¡SÍÍÍÍÍ, PAPI! —grité mientras otro orgasmo recorría mi cuerpo, más intenso que el anterior, sacudiéndome por completo.
Felipe y yo estábamos llegando al clímax juntos mientras su semen se descargaba profundamente dentro de mí, dirigiéndose directamente a mi útero. Sentí cómo cada gota caliente encontraba su camino, cómo mi cuerpo lo absorbía.
Marcos simplemente se quedó sentado mirando mientras su padre me llenaba. Sentí el semen de Marcos secándose en mi cara mientras su padre eyaculaba dentro de mi coño desprotegido.
Apreté mi coño alrededor de Felipe, una y otra vez. Quería exprimir hasta la última gota de semen de sus testículos dentro de mí, sentir cada pulsación, cada chorro caliente.
Ambos jadeábamos y nos faltaba el aire mientras nuestros orgasmos se desvanecían lentamente, nuestros cuerpos temblando, pegajosos de sudor y semen.
—Oh, Dios mío… oh, Dios mío… —jadeé, sintiendo cómo mi cuerpo aún temblaba por las contracciones residuales.
Me aparté los mechones de pelo sudorosos de la cara y miré a mi esposo. Felipe me dio una palmada en el trasero y se apartó de mí, su pene aún erecto y brillante con mis fluidos.
Me quedé de rodillas mientras sentía cómo su semen se escapaba de mi coño y corría por mis muslos, caliente y espeso, goteando sobre las sábanas.

Impaciente y como la persona débil que era, Marcos caminó detrás de mí. Sentí que mi coño se contraía mientras Marcos observaba el litro de semen que goteaba de él. Su mirada fija en la mezcla de nuestros fluidos escapándose de mi cuerpo.
—¿Se....seguro que te hiciste la vasectomía, papá? —susurró Marcos, con voz quebrada y confundida.
Felipe sonrió, una sonrisa amplia y satisfecha, y se encogió de hombros.
—¿Quién sabe? —dijo, con voz grave—. Tal vez tengas un hermanito en camino.
Marcos y yo nos quedamos confundidos
—Bueno… es algo que les tengo que decir —dijo Felipe, con una sonrisa lasciva mientras se recostaba en la cama, completamente desnudo y satisfecho—. Le mentí a tu mamá. Le dije que me había hecho la vasectomía porque ella ya no estaba en edad de soportar otro embarazo. Pero nunca me la hice.
Marcos se quedó helado. Su rostro palideció, sus manos comenzaron a temblar y su respiración se volvió errática. Parecía un niño perdido, atrapado en una pesadilla de la que no podía despertar.
—¿Qué… qué quieres decir con que nunca te la hiciste? —susurró Marcos, con la voz quebrada—. ¿Entonces… todo esto… todo lo que ha pasado…?
Felipe sonrió y me miró directamente a los ojos.
—Significa que mi semen es perfectamente fértil, querida. Y que he estado llenando a tu esposa con todo lo que tengo.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Mi mano se posó instintivamente sobre mi vientre, y mi mente comenzó a divagar. ¿Estaría ya embarazada? ¿Llevaría dentro de mí al hijo de mi suegro? La idea, en lugar de aterrorizarme, me excitó más de lo que debería. Un calor húmedo se extendió entre mis piernas al pensarlo.
Marcos seguía allí, tembloroso, sin saber qué decir. Pero yo ya había tomado mi decisión.
...Durante un tiempo, Felipe y yo solo teníamos sexo cuando Marcos estaba presente para mirar. Era parte del juego, parte de la humillación que a todos nos excitaba de maneras diferentes. Marcos se sentaba en su silla, con las manos apretadas sobre las rodillas, viendo cómo su padre me poseía en la cama, en el suelo, contra la pared. Y yo gemía su nombre, sabiendo que cada palabra era una puñalada para mi esposo.
Pero después de un tiempo, ya no podíamos esperar a Marcos. El deseo era demasiado fuerte. Felipe empezó a mandarme mensajes a todas horas: "Ven ahora", "Estoy solo", "Necesito tu boca". Y yo iba. Corría a su casa a veces desnuda, a veces usando lenceria que sabia que a Felipe le encantaba y cuando llegaba a su casa me arrodillaba frente a él y le chupaba la polla hasta que eyaculaba en mi garganta. Luego me follaba sin que Marcos lo supiera, en la cocina, en el baño, en el jardín trasero. Cualquier lugar, cualquier momento.

A veces, Marcos solo se enteraba de que su padre me había follado cuando me lamía el coño y probaba el semen de su padre. Era su propia forma de tortura, y yo sabía que lo excitaba tanto como lo humillaba. Yo me reía y le decía: "¿Ves? Tu papá sabe cómo llenarme mejor que tú".
Y aun así, le masturbaba el pene a Marcos al menos una vez por semana. Normalmente mientras lo humillaba, llamándolo "mi pequeño esposo" o "mi chico bueno". Y a él le encantaba. Se corría en mi mano en cuestión de segundos, y yo lamía su semen de mis dedos con desprecio, sabiendo que no era suficiente para satisfacerme.
El 90% del tiempo, Marcos y yo éramos como una pareja normal y feliz, enamorados. Salíamos a cenar, veíamos películas, hacíamos planes para el futuro. Pero cuando su padre estaba presente, yo era la amante de Felipe, su puta, su posesión. Puede que suene raro, pero nos funcionaba.
Hasta que un día, dos semanas después de la confesión de Felipe, noté que mi período no llegaba. Y supe que mi vida nunca volvería a ser la misma.
Pasaron los meses. Mi vientre creció, redondo y firme, llevando dentro al hijo de Felipe. Marcos, sumiso y resignado, se convirtió en el cuidador del bebé mientras yo seguía siendo la puta de su padre. El día que di a luz, Felipe estuvo a mi lado. Marcos también, pero en un rincón, sosteniendo al bebé con manos temblorosas mientras yo jadeaba y empujaba. Cuando el médico me puso a mi hijo sobre el pecho, miré a Felipe y sonreí. Tenía sus ojos grises. Su misma mirada intensa.
—Es tuyo —susurré, y Felipe me besó la frente con orgullo.
La costumbre no cambió. Marcos cuidaba al bebé mientras yo me arrodillaba frente a Felipe en la cocina, en el salón, en cualquier lugar. Mi cuerpo se recuperó rápido, y pronto volví a estar embarazada. Y luego otra vez. Y otra.
Ahora tengo tres hijos, todos de Felipe, y estoy embarazada del cuarto. Mi vientre está abultado, mis pechos llenos y sensibles, y mi coño siempre húmedo, siempre listo para él.
Renuncié a mi trabajo. ¿Para qué necesitaba una carrera cuando mi verdadero propósito era este? Ser la puta de Felipe. Su amante. La madre de sus hijos. Vivo con él casi todo el día, casi todos los días. Marcos sigue siendo mi esposo, legalmente, pero duerme en la habitación de invitados mientras yo comparto la cama de su padre.
Y cuando no estoy embarazada, Felipe me folla. Cuando estoy embarazada, también me folla. A veces con cuidado, otras con la misma brutalidad de siempre. Me llena de semen una y otra vez, y yo lo recibo todo, agradecida, sintiendo cómo su leche caliente encuentra su camino hacia mi útero.
Marcos cuida a los niños. Les da de comer, los baña, los acuesta. Y yo lo recompenso de vez en cuando con una sesión de masturbación, mientras lo humillo y él se corre en segundos. Es nuestra dinámica. Nuestra familia retorcida.
A veces, cuando estoy sola, miro mi reflejo en el espejo y apenas me reconozco. Ya no soy la abogada exitosa que una vez fui. Ya no soy la esposa perfecta. Soy otra cosa. Soy la puta de Felipe. La madre de sus hijos. La reina de esta casa llena de secretos.
Y no lo cambiaría por nada....
FIN

En algún momento, entre la cuarta y la quinta ronda, dejé de pensar en Marcos. Dejé de sentir culpa. Solo existía el placer. Solo existía Felipe y su pene enorme, implacable, que me llenaba como nadie lo había hecho jamás.
Pasadas las tres de la mañana, el agotamiento nos venció. Caímos en la cama, desnudos, enredados, cubiertos de sudor y fluidos. Su pecho peludo bajo mi mejilla, su brazo pesado sobre mi cadera. Y por primera vez en meses, dormí profundamente.
Desperté al día siguiente con rayos de sol entrando por la ventana. Parpadeé, desorientada, hasta que recordé dónde estaba. El olor a sexo impregnaba las sábanas. Mi cuerpo estaba adolorido, sensible, pero de una manera que me hacía sonreír.
Entonces lo sentí. El calor de su piel contra la mía. El vello de su pecho rozando mi mejilla. Estaba sobre él, mi pierna enredada entre las suyas, mi mano descansando sobre su inflado estomago. Ambos desnudos, expuestos, sin nada que ocultar.
Y entonces lo noté. La erección matinal de Felipe presionando contra mi muslo, firme y caliente. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Un escalofrío recorrió mi espalda. Mi boca se secó. Mis dedos se deslizaron por su vientre, acariciando la base de su pene, sintiendo su grosor, su peso. No pude resistirlo. No quise hacerlo.
Me deslicé hacia abajo, entre sus piernas, y lo tomé en mi boca. Su sabor era familiar ahora: salado, amargo, adictivo. Empecé a chupar lentamente, saboreando cada centímetro, sintiendo cómo crecía y se endurecía mas entre mis labios.
Felipe se movió ligeramente. Un gemido ronco escapó de su garganta.
—Buenos días —murmuró, con voz aún adormilada.
Me detuve un instante, lo miré a los ojos y sonreí.
—Buenos días —respondí, antes de volver a meterlo en mi boca.
No dijo nada más. Solo me observó, con una sonrisa de satisfacción, mientras yo trabajaba. Moví la cabeza arriba y abajo, lamiendo la punta, succionando con fuerza, sintiendo sus caderas empujar ligeramente para encontrarme. No fue necesario mucho. En pocos minutos, su cuerpo se tensó, sus dedos se enredaron en mi cabello, y eyaculó en mi boca con un gruñido profundo. Me tragué todo. Ya estaba acostumbrada al sabor de su semen.

Cuando terminé, lo limpié con la lengua y me incorporé con dificultad. Mis piernas temblaban apenas al ponerme de pie. Me dolía todo. Las caderas, los muslos, la espalda. Pero era un dolor que me recordaba lo que habíamos hecho. Lo bien que me había hecho sentir.
Me dirigí al baño arrastrando los pies. Me vi al espejo y apenas me reconocí: el cabello alborotado, los labios hinchados, marcas de mordidas en el cuello y los hombros, el pecho cubierto de pequeñas manchas púrpura. El semen de Felipe aún se secaba en mi piel, en mis muslos, en mi vientre. Sonreí a mi reflejo. La sonrisa de una mujer que había descubierto algo oscuro y maravilloso dentro de sí.
Me mojé la cara con agua fría, sintiendo cómo el frescor despertaba mis sentidos. Luego me sequé con una toalla, lo suficiente para sentirme limpia. Salí del baño desnuda, sin preocuparme por cubrirme. La habitación estaba vacía.
—¿Felipe? —llamé pero nadie respondió, solo hubo silencio.
Bajé las escaleras con cuidado, aún desnuda, sintiendo el aire frío de la mañana en mi piel. La casa estaba en silencio, pero en algún lado se escuchaban ruidos. Seguí el sonido hasta la cocina.
Cuando entré, vi a Felipe sentado en la mesa, con su bata de baño puesta y una taza de café en la mano. Pero no estaba solo. Frente a él, con la espalda rígida y el rostro desencajado, estaba Marcos.
Marcos me miró. Su mirada recorrió mi cuerpo desnudo, las marcas de la noche anterior en mi piel, el semen aún seco en mis muslos. Su rostro era una máscara de dolor y confusión. Y por alguna razón yo me mantuve inexpresiva. Sin culpa. Sin vergüenza.

—Mmm, buenos días, cariño —dije, con voz tranquila. Intenté caminar con naturalidad, pero un dolor agudo entre mis piernas me hizo hacer una mueca. Me apoyé en la mesa para no tambalearme.
—Maldita sea, tu padre sí que me cogía, ¿verdad? —dije, soltando una risita.
Marcos abrió la boca, pero las palabras no salían. Su mirada se clavó en mi rostro, buscando algo que ya no estaba ahí.
—Amanda...—susurró, con voz quebrada—. ¿Cómo ha pasado esto?
Me encogí de hombros, como si la pregunta fuera irrelevante.
—¿Qué? —pregunté, con una sonrisa leve—. ¿Yo y tu padre? Mira, cariño, necesito un hombre dominante que me folle como es debido.
Marcos dio un paso adelante, con las manos temblorosas.
—Puedo hacerlo —dijo, con una urgencia desesperada en la voz—. Yo puedo ser ese hombre.
Solté una risa suave. No era cruel, solo sincera. Me acerqué a él y tomé su mano entre las mías.
—Ay, cariño —dije, con ternura—. Es tierno que pienses eso. Levanté su mano y la besé.
—Pero no puedes. No tienes el tamaño suficiente para hacerlo. Pero tu padre sí.
Los ojos de Marcos se llenaron de lágrimas. Pero no apartó la mirada. Seguía mirándome fijamente, como si esperara que todo fuera una broma de mal gusto.
Me incliné y le besé la mejilla. Sentí el temblor de su mandíbula bajo mis labios.
—Eres increíble en otros aspectos —le aseguré, con voz suave—. Eres un esposo estupendo. Eres amable, atento y cariñoso. Simplemente no puedes hacerme el amor como necesito. No es nada serio. Es solo sexo.
Marcos tragó saliva. Su voz era apenas un susurro cuando preguntó:
—Entonces… ¿vas a seguir haciéndolo?
No dudé.
—Sí —respondí, con total sinceridad—. No puedo volver a… eso —dije, señalando su entrepierna con un gesto vago—. Como te dije, puedes seguir siendo mi esposo y seremos una pareja feliz. Pero seguiré acostándome con tu padre cuando él quiera.
Dicho esto, me di la vuelta y caminé hacia Felipe. Sentí la mirada de Marcos clavada en mi espalda mientras me acercaba a su padre. Sin titubear, me subí a sus piernas, abriendo las mías para quedar sentada a horcajadas sobre él, con mi vagina presionando contra la tela de su bata. Mis manos se apoyaron en sus hombros, y sentí su calor, su olor, su presencia.
—¿Te parece bien, papi? —pregunté, inclinándome hacia él, con mi boca cerca de la suya.
Felipe sonrió, esa sonrisa de satisfacción que tanto me había excitado la noche anterior. Sus manos se deslizaron por mis caderas, apretándome contra su cuerpo.
—Me parece perfecto —dijo, con voz grave, y sus labios rozaron mi cuello.
Ahora que estaba sentada a horcajadas sobre Felipe, y podía sentir su pene ya duro presionado contra mi coño, con su bata de por medio. Le sonreía mientras le acariciaba su pecho peludo, sintiendo el vello áspero bajo mis dedos.
Mi mano se deslizó sobre él, recorriendo su torso, sintiendo cada músculo, cada latido. Me emocioné tanto acariciándolo que me calenté y olvidé por completo que mi esposo estaba allí, observando todo.
Cuando mis manos rozaron su abdomen, mi coño se estremeció. Antes de darme cuenta, estaba frotándome suavemente contra su polla dura, moviendo mis caderas en un vaivén lento y rítmico.
Entonces las manos de Felipe se posaron sobre mis muslos suaves y firmes, guiándome mientras me balanceaba hacia adelante y hacia atrás.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Marcos, con un tono débil y lastimero, apenas un susurro.
—Cállate —jadeé, sin mirarlo.
Le seguía acariciando el pecho velludo. No iba a parar. Yo deseaba a Felipe, y él me deseaba a mí. Mi coño presionó con más fuerza contra su pene palpitante mientras lo acariciaba por completo, sintiendo cómo se endurecía aún más bajo mi contacto.
—Oh, Dios mío —jadeé, arqueando la espalda.
—¡Amanda! —exclamó Marcos, pero ya no había forma de ocultar lo que estaba sucediendo.
—¡Marcos! —gritó Felipe, con autoridad—. ¡Cállate!
Felipe me agarró los muslos con fuerza y empezó a empujarme y tirar de mí, frotando su pene con mi cuerpo mientras yo jadeaba y mi respiración se volvía más agitada, más ronca.
—Pero… pero… —susurró Marcos, desde algún lugar lejano.
Pero no importaba. Él estaba allí, sentado, viendo a su ardiente esposa frotar su coño contra el pene duro de su padre, y no podía evitarlo. Podía ver cómo mis firmes nalgas se contraían y se relajaban mientras presionaba mi clítoris con más fuerza contra su padre.
—Es mi esposa —susurró Marcos débilmente, como si necesitara recordárselo a sí mismo.
El firme agarre de Felipe me empujó aún más hacia abajo, hasta su cintura. Antes de que me diera cuenta, abrió su bata y su gran y duro pene quedó al descubierto, erguido y palpitante frente a mí.
—¡Papá! —gritó Marcos.
—¡Oh, Dios mío! —gemí, sintiendo el calor de su piel contra la mía—. ¡Lo necesito!
Mis manos bajaron y agarraron su pene. Ambas lo rodearon, sintiendo su grosor, su peso, y lo movieron de arriba abajo mientras palpitaba entre mis palmas. Era tan grande que mis dedos apenas podían tocarse.
—Amanda… para… por favor… —suplicó Marcos.
Bajé la mirada hacia el pene brillante de Felipe mientras mis dos manos lo acariciaban de arriba abajo, sintiendo cada vena, cada latido.
—Lo siento, Marcos —susurré, con una sonrisa—. Pero necesito un hombre de verdad… y un pene de verdad.
—¿Qué? —susurró él, incrédulo.
Estaba viendo a su esposa masturbar el pene de su padre, y ni siquiera lo impedía.

—Enséñale lo que estabas haciendo ayer —me dijo Felipe, con voz ronca y autoritaria.
Sabía que era humillante para Marcos, pero no me importaba. Estaba a merced de Felipe.
Con un movimiento de cabeza, mi cabello se echó hacia atrás. Con ambas manos le sujeté el pene erguido, y dejé caer un hilo de saliva de mis labios sobre su cabeza, viendo cómo resbalaba por el glande.
—Amanda… no —susurró Marcos.
No lo miré. No le hablé. Estaba inclinada sobre mí, y rodeé con mis labios el grueso y duro pene de Felipe.
—¡Ooohhh, buena zorra! —gimió Felipe.
—¡Mmm! —gemí mientras hacía lo posible por chuparle la polla en ese ángulo incómodo.
Mi lengua cálida y húmeda se movía en círculos alrededor de su grueso glande mientras mis labios subían y bajaban por su miembro. Mis manos seguían acariciando las partes a las que mi boca no podía llegar. Su sabor era familiar ahora, adictivo.

—Eso es —gruñó Felipe, con las caderas empujando ligeramente hacia mi boca—. Enséñale a mi hijo cómo una puta chupa una polla de verdad.
—¡Mmm! —volví a gemir, con la boca llena.
Marcos permaneció en silencio mientras me veía tomar a su padre. Durante cinco minutos le practiqué sexo oral, sintiendo cómo se endurecía más y más, hasta que finalmente me agarró y me levantó.
Una vez más, estaba sentada a horcajadas sobre Felipe, haciendo que su pene se presionara contra mi coño. La bata de Felipe cayó a sus costados, y su gran polla quedó libre, rozando la entrada de mi vagina.
Entonces, él comenzó a besar y lamer mis grandes tetas, que estaban completamente expuestas. Su boca húmeda y caliente encontró mis pezones, succionando, mordiendo suavemente, haciéndome gemir.

—Papá… —susurró Marcos, con voz rota.
—Lo… siento… —gemí, mientras su padre me agarraba por todo el cuerpo.
Mis pechos se presionaron contra el pecho de Felipe mientras me inclinaba para besarlo. Mi lengua entró en su boca, rozando la suya, mientras él me agarraba la espalda y luego bajaba para agarrar mis nalgas, apretándolas con fuerza.
Y entonces, con un movimiento de caderas, su pene comenzó a deslizarse por mi entrada, empujando, abriéndome.
—¿Ves, hijo? —dijo Felipe, con la voz entrecortada por el esfuerzo—. Así se complace a una mujer de verdad.
Y yo ya no podía pensar en nada más que en su pene dentro de mí.
—¡Mmm! ¡Mmm! ¡Papi! —gemí en su boca, sintiendo su lengua enredarse con la mía.
—Amanda… —susurró Marcos de nuevo, desde algún lugar detrás de nosotros.
Pero ya no existía. Solo existía Felipe. Su boca, sus manos, su pene presionando contra mí. Mientras nos besábamos, yo me restregaba contra su pene desnudo, sintiendo cómo se deslizaba entre mis pliegues húmedos, provocándome, sin entrar del todo. Él me agarró el trasero con fuerza y me dio una nalgada que resonó en la cocina. El golpe seco y húmedo me hizo gemir en su boca.
—Bien —dijo Felipe, y me dio otra nalgada, esta vez más fuerte—. Vamos arriba.
—¿Qué? —preguntó Marcos, con voz confundida.
Felipe me apartó de un empujón y nos pusimos de pie. Marcos se levantó como si fuera a plantarle cara, hasta que todos nos dimos cuenta de la erección que tenía en los pantalones. El bulto era evidente, inconfundible.
No pude evitar soltar una carcajada.
—¡Mierda, Marcos! —me reí, señalando su entrepierna—. ¡Creo que nunca te había visto tan duro!
Felipe también se rió, y aunque Marcos estaba rojo como un tomate, dejó escapar un débil gemido de vergüenza. La mano firme de Felipe me golpeó y me agarró la nalga, atrayéndome hacia su cuerpo.
—Está bien, hijo —dijo Felipe, con voz grave y autoritaria—. Puedes verme follarme a tu novia si quieres.
Me giré hacia Marcos, sintiendo una mezcla de lástima y deseo.
—Lo siento, Marcos —le dije con sinceridad—. Pero necesito una buena cogida. Pero bueno, puedes mirar si quieres. Quizás puedas sacar algunos consejos.
—Ya quisiera —se rió Felipe, y me dio otra nalgada.
Abracé a Felipe mientras subíamos las escaleras. Solo al llegar a la habitación de Felipe nos dimos cuenta de que Marcos seguía con nosotros cuando cerró la puerta detrás de él.
—Puedes sentarte ahí —le dijo Felipe, señalando una silla en la esquina, y luego me miró con esos ojos grises que me hacían temblar—. Ayúdame a quitarme la bata, ¿quieres?
—Sí, papi —respondí, con voz ronca.
Tiré de la tira de la bata y la dejé caer al suelo, quedando Felipe y yo completamente desnudos. Su cuerpo no era perfecto, pero no me importaba. Su pene ya estaba erecto, grueso y pesado, apuntando hacia mí. Me agarró, me atrajo hacia él y volvió a meter su lengua en mi boca, profunda y hambrienta.
Me preguntaba qué estaría pensando Marcos mientras veía a su pequeña, delgada y atractiva esposa besándose con su padre. Pero no podía pensar en eso ahora. Solo podía sentir las manos de Felipe en mi cuerpo, su boca en la mía, su pene presionando contra mi vientre.
Me agarró las nalgas, separándome con fuerza, y yo bajé la mano para agarrarle el pene y acariciarlo, sintiendo su grosor, su calor, cada vena palpitante bajo mis dedos.
Me arrojó sobre la cama y caí de espaldas, con el cabello extendido sobre la almohada. Mis piernas se abrieron instintivamente para él, ofreciéndole todo. Mi coño suave y apretado, brillante con mi humedad, quedó completamente expuesto. Marcos, desde la silla, podía verlo todo.
Mientras Felipe se arrodillaba en la cama entre mis piernas, levantó la vista hacia mí.
—Hace tiempo que no pruebo una vagina así de deliciosa —susurró, con una sonrisa lasciva.
Cuando su lengua entró en contacto por primera vez con mi clítoris palpitante, todo mi cuerpo se tensó. Mi pecho se elevó en el aire y mis dedos se aferraron a su cabeza, tirando de su cabello canoso.

—¡Mierda, sí! —gemí, con la voz rota.
Su lengua lamía mi clítoris una y otra vez, movimientos largos y húmedos, a veces rápidos, a veces lentos, siempre precisos.
—¡Oh, Dios mío! ¡Felipe! ¡Felipe! —grité, sintiendo el orgasmo acercarse como una ola—. ¡Se siente tan jodidamente bien!
Felipe era un maestro en el sexo oral. Succionaba mis labios suaves y los masajeaba con sus dientes antes de deslizar la base de su lengua contra mi clítoris, aplanándolo, provocándome. Sus dedos se deslizaron dentro de mí, curvándose, encontrando ese punto que me hacía ver estrellas.
Mis gemidos se hicieron cada vez más fuertes hasta que me convertí en un desastre desesperado y pervertido. Mi pelvis se movía contra su boca, buscando más, necesitando más.
—¡Mierda! —grité, con la voz quebrada—. ¡Oh, mierda, por favor, cógeme!
Felipe levantó la vista, con los labios húmedos por mis fluidos, y sonrió. Esa sonrisa de satisfacción que tanto me excitaba. Empezó a besar y lamer mi cuerpo con pasión, subiendo por mi vientre, dejando un rastro de besos húmedos. Cuando sus labios rodearon mis pechos y mordió mi pezón con fuerza, gemí con fuerza, arqueando la espalda.
Su gran polla, que se balanceaba, golpeaba mi coño, provocándome, haciéndome desearlo más. Su lengua entró en mi boca y yo lo rodeé con mis piernas, atrayéndolo hacia mí. A ninguno de los dos nos importó la presencia de Marcos mientras nos besábamos apasionadamente.
La punta del pene de Felipe rozaba mi vagina, deslizándose por mis pliegues húmedos, empujando suavemente sin entrar del todo.
—Por favor… —gemí, con la voz suplicante—. Por favor… mételo dentro de mí.
Felipe me lamió el cuello, y luego sentí cómo sus dientes me mordían con fuerza. Sabía que me estaba dejando una marca de amor para señalarme como su puta, ¡y me encantaba!
—Simplemente… no le hagas daño —susurró Marcos desde la silla. Una vez más, lo ignoramos.
En cuanto sentí la cabeza de su pene rozando mis pliegues húmedos, recordé lo mucho más grueso que era comparado con el de Marcos. Fue como si estuviera perdiendo la virginidad de nuevo, sintiendo cómo mi coño se estiraba alrededor de él, adaptándose a su tamaño.
—¡Ooooohhh! —jadeé en busca de aire mientras mi coño se estiraba alrededor del pene de Felipe, y él se adentraba dentro de mí.
Lo sentía tan anormalmente grande que mi coño literalmente se aferró a su pene mientras centímetro a centímetro se adentraba más y más. Mi boca se abrió en un grito silencioso, mis ojos se abrieron de par en par. Sentí cada pliegue, cada vena, la cabeza que me abría las paredes vaginales, estirándome hasta el límite, hasta que llegó al fondo y mi cuello uterino se estremeció contra él.
—A…aaaaaa —gemí, con la voz rota, sintiéndolo tan profundo que apenas podía respirar.
Cuando sentí su cuerpo presionar contra el mío y supe que estaba dentro de mí hasta el fondo, jadeé. Sabía que jamás podría volver al pene de Marcos y sentir satisfacción alguna. Felipe me había cambiado, a mí y a mi vagina. Así era como se suponía que debía sentirse el sexo. Lleno, completo, poseída.
Me aferré a su espalda y mis uñas se clavaron en su piel mientras mis piernas se enroscaban con fuerza alrededor de su cintura, atrayéndolo aún más profundamente dentro de mí.
—¡Mierda! —grité, sintiendo cómo me llenaba por completo—. ¡LA TIENES TAN JODIDAMENTE GRANDE!
Felipe sonrió, con esa sonrisa de posesión, y comenzó a moverse.
Las caderas de Felipe se echaron hacia atrás y volvieron a penetrarme profundamente, expulsando el aire de mis pulmones mientras jadeaba. Sentí cada centímetro de su gruesa verga deslizándose dentro de mí, estirándome, llenándome por completo.
—Qué vagina tan apretada —gruñó Felipe, con la voz ronca y entrecortada—. ¿Marcos ha estado tan profundo alguna vez?
—Él… no podría… haberlo hecho como tú —jadeé entre respiraciones agitadas, sintiendo cómo sus palabras me excitaban aún más.
Desde el rincón, escuché los jadeos y gemidos de Marcos. Pero no me importaba. Lo único que importaba era la gran verga de Felipe dentro de mí, moviéndose lenta y profundamente.
Felipe hacía embestidas largas y lentas, como si estuviera saboreando cada momento, cada contracción de mi coño alrededor de él. Sabía que estaba intentando prepararme para recibirlo, ¡pero lo necesitaba ya! Mis manos bajaron por su espalda y mis uñas se clavaron en su piel, arañándolo con desesperación.

—¡¡CÓGEME!! —grité, con la voz rota—. ¡¡Cógeme así y no pares!!!
—Te lo buscaste, puta —gruñó Felipe, y su ritmo se volvió más rápido, más brutal.
—Papá… —jadeó Marcos desde la silla, pero su voz era apenas un susurro perdido en el aire.
Felipe sacó su pene por completo, dejándome vacía y temblorosa, y luego lo metió profundamente dentro de mí de una sola embestida.
—¡Síííí! —gruñí, sintiendo cómo me llenaba de nuevo, cómo mi coño se aferraba a él como si no quisiera soltarlo nunca.
Me aferré a Felipe con todas mis fuerzas mientras él me embestía como un animal rabioso. Mis uñas arañaban su espalda, dejando marcas rojas en su piel. Sabía que le dolía, pero eso solo hacía que me follara con más fuerza, como si mi dolor y mi placer fueran su combustible.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Mierda! —grité, sintiendo cómo cada embestida me acercaba más al borde.
Metió su lengua en mi boca y me besó agresivamente mientras me golpeaba el coño, su pelvis chocando contra la mía con un sonido húmedo y obsceno.
—¡Mmm! ¡Mmm! —gemí durante nuestro beso torpe y salvaje, sintiendo su saliva mezclarse con la mía.
Quería ser una puta para Felipe. La mejor puta que él pudiera imaginar. Me había dado exactamente lo que quería: placer sin límites, sin culpa, sin restricciones, así que le agarré la cabeza y lo empujé ligeramente hacia atrás, separando nuestros labios.
—Escúpeme en la boca —gemí, y oí a Marcos jadear desde la esquina. No tenía ni idea de la zorra depravada en la que se había convertido su esposa.
—¡Eres una completa puta! —Felipe se rió, con una mezcla de desprecio y admiración.
Abrí la boca y saqué la lengua justo a tiempo para que Felipe escupiera directamente en ella. El sabor de su saliva, caliente y salada, me recorrió la garganta mientras me la tragaba con avidez.
—Mmm, gracias, papi —gemí, sintiendo cómo mi cuerpo se estremecía de placer.
Él metía y sacaba su polla gruesa y larga de mi coño, cada embestida empujándome contra la cama. Mi cuerpo rebotaba contra el colchón, mis pechos se sacudían bajo mí, y gemía como una puta, disfrutando cada segundo de mi degradación.
—¡Aaaah! ¡Oooh! ¡Oooh, mierda, papi, sí! —grité mientras mi coño se aferraba a su polla, apretándolo, succionándolo. Estaba a punto de correrme—. ¡MIERDA, PAPI, ME CORRO!
Grité con todas mis fuerzas, tan fuerte que me dolió la garganta, mientras mi coño se mojaba alrededor de su gran, grueso y duro pene. Sentí cómo mis paredes se contraían, cómo mi cuerpo se sacudía en espasmos de placer.
—¡Sigue corriéndote, puta! —rugió Felipe, sin disminuir el ritmo.
Sus dedos me agarraron por la garganta y me sujetaron contra la cama mientras me seguía cogiendo hasta que tuve el orgasmo más grande de mi vida. Mi visión se nubló, mi cuerpo convulsionó, y un grito ronco escapó de mis labios.
—¡SÍÍÍÍ MIERDAA! —gemí mientras él me penetraba sin piedad.
Mis piernas se aflojaron y cayeron a los lados mientras el pene palpitante de Felipe golpeaba mi coño destrozado, sensible y lleno de placer.
—Date la vuelta, puta —gruñó.
En cuanto su polla salió de mi coño dolorido, la extrañe de inmediato. Sentí el vacío repentino, la ausencia de su calor. Entonces me agarró de las caderas y me obligó a ponerme a cuatro patas. Me puso a propósito de cara a Marcos, para que pudiera mirarlo a los ojos mientras su propio padre destrozaba mi apretado agujero.
Felipe me dio una nalgada en el culo tan fuerte que supe que me dejaría marca, y luego me agarró de las caderas y me metió todo su gran pene, hasta el fondo, dentro de mí.
—¡Oh, mierda! —gemí mientras Felipe me revolvía las entrañas—. ¡Es tan grande!
Levanté la mirada y encontré los ojos de Marcos. Su expresión reflejaba una mezcla de excitación y tristeza al ver a su dulce e inocente esposa convertirse en una prostituta desesperada frente a él. Pero la erección que se notaba en sus pantalones cortos me hizo saber que lo estaba disfrutando, por mucho que intentara ocultarlo.
Mi cabeza colgaba mientras Felipe entraba y salía de mí con fuerza. Su cuerpo chocaba contra el mío cada vez, y mi firme trasero rebotaba contra él con un sonido húmedo y obsceno. Entonces Felipe me agarró del pelo y me levantó la cabeza de un tirón, obligándome a arquear la espalda.
—Dile a Marcos lo que te gusta —me gruñó al oído, obligándome a mirar a su hijo.
—¡Me encanta! —gemí, con la voz rota—. ¡Oh, Marcos, es mucho… mucho más grande que tú! ¡Mucho mejor!
El pequeño y liso pecho de Marcos subía y bajaba mientras veía cómo su esposa se arruinaba ante sus ojos. Otro pensamiento enfermizo me vino a la cabeza. Al parecer, me gustaba humillar a mi marido, y a él también.
—¡Ven… mmmmmh, mierda! —gemí mientras Felipe me penetraba el coño—. ¡Ven a enseñarme esa polla pequeña!
—Perra enferma —Felipe se rió y me dio una palmada en el trasero.
Marcos dudó y no se movió.
—¡Ahora! —le grité, con autoridad en la voz.
Felipe aflojó la intensidad de su follada, así que no rebotaba tanto mientras Marcos se acercaba. Se quedó al final de la cama, pero estaba demasiado nervioso para sacar su pequeña y delgada polla.
Le agarré los pantalones cortos y se los bajé de un tirón, dejando al descubierto su pene erecto. Era tan pequeño comparado con el de su padre. Tan patético.
—¡Maldita sea, Marcos! —se rió Felipe.
—¡Lo sé! —me reí también y agarré el pene de Marcos. Habiendo tocado ahora la verga de Felipe, la de Marcos no me pareció nada—. ¡Cómo pude aguantar tanto tiempo con esta cosita!
Felipe me estaba follando lentamente, lo que significaba que podía sentir cada centímetro de su grueso pene entrando y saliendo de mí. Mi coño se contraía a su alrededor, cubriendo su miembro con mis fluidos, mientras mis dedos rodeaban fácilmente el pene de Marcos.
—¡Oooohh! —Marcos gimió y se estremeció en mi mano.
—Esto es todo lo que te mereces —le gemí, con desprecio—. ¡Puedes usar mi mano mientras una verga de verdad usa mi coño!
Felipe aceleró el ritmo al follarme, y eso hizo que mis tetas rebotaran debajo de mí mientras mi coño se relajaba y lo recibía con facilidad. Mi mano derecha acariciaba de arriba abajo el pequeño pene de mi esposo mientras él se mojaba y gemía.
—Estoy… ¡oh, mierda, Marcos! —gemí, sintiendo cómo Felipe me llenaba—. No puedo volver a esto… ¡mmm, joder! ¡Voy a necesitar la verga de tu padre de ahora en adelante!
¡ZAS! ¡ZAS! ¡ZAS!...

Felipe me golpeaba mis nalgas con las manos mientras me follaba cada vez con más fuerza, el sonido de sus palmadas resonando en la habitación era lo único que escuchaba.
—Espero que lo entiendas —gemí, con la voz entrecortada—. Yo… seguiré siendo tu esposa… ¡pero solo tu padre podrá acostarse conmigo de ahora en adelante!
Marcos se retorcía en mi mano y gemía más fuerte. Felipe se reía mientras su cuerpo chocaba contra el mío. Comencé a rebotar, acariciando su pene mientras gemía y jadeaba.
—¡Eres… oh, mierda, papi! —grité, sintiendo cómo Felipe me llenaba—. ¡Lo tienes tan… pequeño!
—¡Oooohh, Amanda! —chilló Marcos mientras su pequeño pene comenzaba a disparar semen por toda mi cara.
—¡Mierda! —se rió Felipe—. ¡Eso fue rápido!
Aunque me sorprendió recibir una corrida de mi patético esposo, seguí acariciándolo todo el tiempo. Era lo mínimo que podía hacer ya que me estaba acostando con su padre.
Marcos seguía eyaculando sobre mi cara, el semen caliente y espeso estaba goteando sobre mis mejillas y mi boca, y yo seguía acariciando su pequeño pene, usando su semen como lubricante para masturbarlo más rápido. Lamí un poco de su semen de mis labios, sintiendo su sabor familiar pero ahora insípido comparado con el de su padre.
—Siéntate, hijo. Ya has terminado aquí —le dijo Felipe.
Le di un pequeño golpecito al pene de Marcos, que ya se estaba ablandando, más bien una bofetada, y me reí. Humillado, Marcos volvió a sentarse en la esquina. Felipe me agarró del pelo y me levantó la cabeza, arqueándome.
—¡Bien, entonces! —gruñó Felipe, y luego me empujó la cabeza hacia abajo hasta que quedó presionada contra la cama mientras mi trasero permanecía suspendido en el aire—. ¡Es hora de reclamar a esta zorra!
Sinceramente, no podía creer lo fuerte que me estaba golpeando el coño con su verga. Era como si un hombre poseído, empeñado en destrozar mi joven y apretada vagina, estuviera dentro de mí. Todo su cuerpo se estrellaba contra mí, el sonido de su piel chocando con la mía llenando la habitación. Emitía sonidos que jamás pensé que podría hacer. Grité de placer a todo pulmón, mi voz ronca y desgarrada.
En poco tiempo me sentí cubierta de mi propio sudor mientras me convertía en un trozo de carne para que Felipe me follara.
—¡Puta madre! —gimió Felipe, su ritmo volviéndose errático, su respiración entrecortada—. ¡Prepárate para mi semen!
Mi coño se contrajo alrededor de su grueso pene mientras él lo metía y lo sacaba, sintiendo cómo se hinchaba aún más dentro de mí.
—¡No! ¡No te corras dentro de ella! —protestó Marcos, como un último intento de defender lo que él creía que seguía siendo suyo.
Felipe me levantó la cabeza ligeramente tirándome del pelo, obligándome a mirar a mi esposo.
—¿Puta, qué dices? —me preguntó, con voz grave y autoritaria.
Logré girar la cabeza lo suficiente para mirar a Marcos mientras sentía el pene palpitante de Felipe dentro de mí. Sabía que, pasara lo que pasara, mi coño iba a ser bañado en su semen, pero quería que Marcos supiera que lo deseaba.
—¡Corre dentro de mí! —gemí, y Marcos jadeó—. ¡Llena mi coño con tu espeso y caliente semen!
Felipe me folló cada vez con más fuerza, y el sonido de mi coño mojado siendo golpeado por su polla llenó la habitación mientras Marcos susurraba para sí mismo, rogándole a su padre que no lo hiciera.
—¡Corre dentro de mí, papi! —gemí, sintiendo cómo cada embestida me acercaba al borde—. ¡Por favor, llena a tu puta de semen! ¡Vacía tus bolas dentro de mí! ¡Joder, papi, córrete dentro de mi coño!
—¡Mierdaa! —Felipe rugió a todo pulmón mientras su polla se expandía, estirándome aún más, y entonces lo sentí.
Entonces, nuevamente… un chorro de semen caliente, espeso, capaz de hacer bebés, aterrizó dentro de mi coño. Sentí cómo su leche caliente llenaba mis paredes, cómo cada pulsación de su pene liberaba más y más semen en lo profundo de mí. La sensación de ser llenada, de ser poseída, me llevó al borde.
—¡SÍÍÍÍÍ, PAPI! —grité mientras otro orgasmo recorría mi cuerpo, más intenso que el anterior, sacudiéndome por completo.
Felipe y yo estábamos llegando al clímax juntos mientras su semen se descargaba profundamente dentro de mí, dirigiéndose directamente a mi útero. Sentí cómo cada gota caliente encontraba su camino, cómo mi cuerpo lo absorbía.
Marcos simplemente se quedó sentado mirando mientras su padre me llenaba. Sentí el semen de Marcos secándose en mi cara mientras su padre eyaculaba dentro de mi coño desprotegido.
Apreté mi coño alrededor de Felipe, una y otra vez. Quería exprimir hasta la última gota de semen de sus testículos dentro de mí, sentir cada pulsación, cada chorro caliente.
Ambos jadeábamos y nos faltaba el aire mientras nuestros orgasmos se desvanecían lentamente, nuestros cuerpos temblando, pegajosos de sudor y semen.
—Oh, Dios mío… oh, Dios mío… —jadeé, sintiendo cómo mi cuerpo aún temblaba por las contracciones residuales.
Me aparté los mechones de pelo sudorosos de la cara y miré a mi esposo. Felipe me dio una palmada en el trasero y se apartó de mí, su pene aún erecto y brillante con mis fluidos.
Me quedé de rodillas mientras sentía cómo su semen se escapaba de mi coño y corría por mis muslos, caliente y espeso, goteando sobre las sábanas.

Impaciente y como la persona débil que era, Marcos caminó detrás de mí. Sentí que mi coño se contraía mientras Marcos observaba el litro de semen que goteaba de él. Su mirada fija en la mezcla de nuestros fluidos escapándose de mi cuerpo.
—¿Se....seguro que te hiciste la vasectomía, papá? —susurró Marcos, con voz quebrada y confundida.
Felipe sonrió, una sonrisa amplia y satisfecha, y se encogió de hombros.
—¿Quién sabe? —dijo, con voz grave—. Tal vez tengas un hermanito en camino.
Marcos y yo nos quedamos confundidos
—Bueno… es algo que les tengo que decir —dijo Felipe, con una sonrisa lasciva mientras se recostaba en la cama, completamente desnudo y satisfecho—. Le mentí a tu mamá. Le dije que me había hecho la vasectomía porque ella ya no estaba en edad de soportar otro embarazo. Pero nunca me la hice.
Marcos se quedó helado. Su rostro palideció, sus manos comenzaron a temblar y su respiración se volvió errática. Parecía un niño perdido, atrapado en una pesadilla de la que no podía despertar.
—¿Qué… qué quieres decir con que nunca te la hiciste? —susurró Marcos, con la voz quebrada—. ¿Entonces… todo esto… todo lo que ha pasado…?
Felipe sonrió y me miró directamente a los ojos.
—Significa que mi semen es perfectamente fértil, querida. Y que he estado llenando a tu esposa con todo lo que tengo.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Mi mano se posó instintivamente sobre mi vientre, y mi mente comenzó a divagar. ¿Estaría ya embarazada? ¿Llevaría dentro de mí al hijo de mi suegro? La idea, en lugar de aterrorizarme, me excitó más de lo que debería. Un calor húmedo se extendió entre mis piernas al pensarlo.
Marcos seguía allí, tembloroso, sin saber qué decir. Pero yo ya había tomado mi decisión.
...Durante un tiempo, Felipe y yo solo teníamos sexo cuando Marcos estaba presente para mirar. Era parte del juego, parte de la humillación que a todos nos excitaba de maneras diferentes. Marcos se sentaba en su silla, con las manos apretadas sobre las rodillas, viendo cómo su padre me poseía en la cama, en el suelo, contra la pared. Y yo gemía su nombre, sabiendo que cada palabra era una puñalada para mi esposo.
Pero después de un tiempo, ya no podíamos esperar a Marcos. El deseo era demasiado fuerte. Felipe empezó a mandarme mensajes a todas horas: "Ven ahora", "Estoy solo", "Necesito tu boca". Y yo iba. Corría a su casa a veces desnuda, a veces usando lenceria que sabia que a Felipe le encantaba y cuando llegaba a su casa me arrodillaba frente a él y le chupaba la polla hasta que eyaculaba en mi garganta. Luego me follaba sin que Marcos lo supiera, en la cocina, en el baño, en el jardín trasero. Cualquier lugar, cualquier momento.

A veces, Marcos solo se enteraba de que su padre me había follado cuando me lamía el coño y probaba el semen de su padre. Era su propia forma de tortura, y yo sabía que lo excitaba tanto como lo humillaba. Yo me reía y le decía: "¿Ves? Tu papá sabe cómo llenarme mejor que tú".
Y aun así, le masturbaba el pene a Marcos al menos una vez por semana. Normalmente mientras lo humillaba, llamándolo "mi pequeño esposo" o "mi chico bueno". Y a él le encantaba. Se corría en mi mano en cuestión de segundos, y yo lamía su semen de mis dedos con desprecio, sabiendo que no era suficiente para satisfacerme.
El 90% del tiempo, Marcos y yo éramos como una pareja normal y feliz, enamorados. Salíamos a cenar, veíamos películas, hacíamos planes para el futuro. Pero cuando su padre estaba presente, yo era la amante de Felipe, su puta, su posesión. Puede que suene raro, pero nos funcionaba.
Hasta que un día, dos semanas después de la confesión de Felipe, noté que mi período no llegaba. Y supe que mi vida nunca volvería a ser la misma.
Pasaron los meses. Mi vientre creció, redondo y firme, llevando dentro al hijo de Felipe. Marcos, sumiso y resignado, se convirtió en el cuidador del bebé mientras yo seguía siendo la puta de su padre. El día que di a luz, Felipe estuvo a mi lado. Marcos también, pero en un rincón, sosteniendo al bebé con manos temblorosas mientras yo jadeaba y empujaba. Cuando el médico me puso a mi hijo sobre el pecho, miré a Felipe y sonreí. Tenía sus ojos grises. Su misma mirada intensa.
—Es tuyo —susurré, y Felipe me besó la frente con orgullo.
La costumbre no cambió. Marcos cuidaba al bebé mientras yo me arrodillaba frente a Felipe en la cocina, en el salón, en cualquier lugar. Mi cuerpo se recuperó rápido, y pronto volví a estar embarazada. Y luego otra vez. Y otra.
Ahora tengo tres hijos, todos de Felipe, y estoy embarazada del cuarto. Mi vientre está abultado, mis pechos llenos y sensibles, y mi coño siempre húmedo, siempre listo para él.
Renuncié a mi trabajo. ¿Para qué necesitaba una carrera cuando mi verdadero propósito era este? Ser la puta de Felipe. Su amante. La madre de sus hijos. Vivo con él casi todo el día, casi todos los días. Marcos sigue siendo mi esposo, legalmente, pero duerme en la habitación de invitados mientras yo comparto la cama de su padre.
Y cuando no estoy embarazada, Felipe me folla. Cuando estoy embarazada, también me folla. A veces con cuidado, otras con la misma brutalidad de siempre. Me llena de semen una y otra vez, y yo lo recibo todo, agradecida, sintiendo cómo su leche caliente encuentra su camino hacia mi útero.
Marcos cuida a los niños. Les da de comer, los baña, los acuesta. Y yo lo recompenso de vez en cuando con una sesión de masturbación, mientras lo humillo y él se corre en segundos. Es nuestra dinámica. Nuestra familia retorcida.
A veces, cuando estoy sola, miro mi reflejo en el espejo y apenas me reconozco. Ya no soy la abogada exitosa que una vez fui. Ya no soy la esposa perfecta. Soy otra cosa. Soy la puta de Felipe. La madre de sus hijos. La reina de esta casa llena de secretos.
Y no lo cambiaría por nada....
FIN
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