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252📑La Cabeza de Don Chicho (R.C.)

252📑La Cabeza de Don Chicho (R.C.)
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Don Chicho, un habilidoso restaurador, siempre había tenido un ojo puesto en su vecina Clotilde. Ella trabajaba como empleada doméstica en una de las mansiones de la ciudad y Don Chicho, con su encanto natural, no paraba de hacerle cumplidos y piropos. Sin embargo, Clotilde, una mujer reservada y algo interesada, apenas le prestaba atención, sumergida en su mundo.

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Todo cambió un día en que, mientras limpiaba accídentalmente, mirando su celular, tropezó y rompió la cabeza de una figura de porcelana antigua y de colección. Las otras empleadas, al ver el desastre, le advirtieron que la figura era invaluable y que posiblemente la despedirían a no ser que consiguiera restaurarla. Clotilde, en pánico, recordó a Don Chicho, sabiendo que él era un experto en restauración.

Le escribió un mensaje desesperado, contando lo que había sucedido. Don Chicho, siempre dispuesto a ayudar, le respondió que sí podía arreglar la figura, pero que sería muy costoso. Clotilde, sin dinero y desesperada por no perder su empleo, le rogó que la ayudara. Don Chicho, con una sonrisa pícara, le dijo que llevara los pedazos de la figura a su taller y que luego verían.

Clotilde, con el corazón latiendo fuerte, llegó al taller de Don Chico. Él, con su voz grave y sus manos expertas, le explicó el proceso de restauración y el costo que tendría, tanto por materiales como por la mano de obra. Mientras hablaba, Clotilde no pudo evitar notar la erección que se formaba en los pantalones de Don Chicho. Sin pensarlo dos veces, se acercó a él y le dijo "Sí me ayuda con este problema, yo lo ayudó con esto", con una mano, acarició su bulto. Don Chicho gimió involuntariamente y, con la voz entrecortada, le dijo "Ok".

Clotilde, con una mezcla de audacia y deseo, le bajó el pantalón y descubrió algo que la dejó sin palabras: su pene era como un hongo, con un glande enorme. Don Chico, riendo, le dijo "No te asustes del cabezón". Clotilde, sin dudarlo, se inclinó y comenzó a chupar su pija, especialmente esa cabeza que apenas le cabía en la boca, lamiéndolo entero.

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Don Chicho, excitado, la desnudo lentamente, besando cada centímetro de su piel. Sus labios recorrieron sus tetas, su vientre, hasta llegar a su vagina, donde su lengua exploró cada pliegue, lamiéndola hasta hacerla gemir . La acostó en el sofá y la penetró profundamente, su pija abriéndole la concha, haciendo que ambos gimieran de placer, bombeándola con intensidad.

Luego, la puso en cuatro y la tomó por detrás, le rozo el ano con esa cabeza, hasta meterteselo en la concha, embistiéndola con intensidad, dándole duro, con la cabeza de su pija haciendo un sonido de succión que los enloquecía.

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Clotilde, tomando el control, se acomodó sobre él, metiendo su pija en su concha y lo montó salvajemente, sus tetas rebotando con cada movimiento. Don Chicho se las apretaba y chupaba, saboreando cada centímetro de su piel.

Finalmente, Don Chicho le avisó que estaba por terminar y, con un gemido profundo, le terminó en la boca, y las tetas, donde Clotilde lamió su glande con avidez, saboreando hasta la última gota .

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Se limpió y, con una sonrisa satisfecha, le dijo a Don Chico: "Gracias, Don Chico. Tengo que volver al trabajo, pero volveré por la figura y también por ese cabezón". Dejando a Don Chicho exhausto, pero con la promesa de que la pasión por esa cabeza, tendría continuidad. 

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252📑La Cabeza de Don Chicho (R.C.)

🖊El Sugar Daddy 2

Se llamaba Héctor Salvatierra, un empresario millonario y político de renombre, con una familia perfecta de cara a la sociedad… pero con un vacío que ninguna mujer “correcta” había podido llenar. Hasta que, en una noche de insomnio, se topó en su celular con el perfil de Valentina, una influencer de contenido adulto que lo dejó hipnotizado.

Sus videos eran puro fuego: labios rojos, lencería diminuta, gemidos grabados con descaro. Héctor no solo la deseó; se obsesionó.

No pasó mucho para que la contactara de forma privada. No le ofreció flores ni halagos, sino lo que mejor sabía prometer: lujos, dinero y poder.

—Conmigo no tendrás que mostrarte más a nadie, Valentina —le susurró en una de sus primeras videollamadas—. Serás mi secreto… mi diosa. Te daré todo lo que quieras: viajes, ropa, joyas, un departamento solo para ti. Solo necesito que seas mía.

Ella, intrigada y excitada por la propuesta, aceptó el encuentro.

El primer encuentro

La citó en la suite presidencial de un hotel cinco estrellas. Cuando Valentina entró, con un vestido ajustado y un perfume que impregnaba el aire, encontró a Héctor esperándola con una copa de champán y una mirada que la desnudaba sin piedad.

—Eres aún más hermosa en persona… —dijo él, acercándose con seguridad de depredador.

Sin pedir permiso, la besó con fuerza, una mano en su cintura y la otra subiendo por debajo de su vestido hasta apretarle la entrepierna. Valentina gimió contra su boca.

El maduro la llevó contra la mesa, empujó todo a un lado, y la inclinó de espaldas. Subió la tela de su vestido y sin contemplaciones enterró la cara entre sus muslos. La lengua experimentada de Héctor la hizo arquearse, gritando de placer mientras él la sujetaba con fuerza para que no escapara de sus embestidas orales.

—Vas a gemir para mí como lo haces en tus videos, pero solo yo voy a escucharlo… —gruñó contra su vagina húmeda.

Ella apenas pudo responder. Cuando él se desabrochó el cinturón, su miembro erecto salió a relucir, grueso y palpitante. Valentina lo recibió de rodillas, mamándolo con la misma maestría con la que seducía a miles de seguidores, mientras él tiraba de su cabello y gemía como un hombre que llevaba demasiado tiempo reprimiéndose.

—Eso, mi reina… así… —jadeaba, sintiendo cómo lo tragaba hasta el fondo.

Pero Héctor no quería terminar así. La levantó, la recostó en la cama y la penetró de una sola embestida, arrancándole un grito ahogado. La tomó con brutalidad, marcando su cuerpo con cada golpe de cadera. Ella lo montó después, cabalgando con un frenesí salvaje, mientras él le apretaba los pechos y la insultaba con lujuria.

El clímax llegó intenso, explosivo, entre gemidos y sudor, con Valentina desplomándose sobre su pecho.

La promesa

Mientras recuperaban el aliento, él le acarició el cabello y murmuró:

—Serás mi pecado favorito, Valentina. Lo que quieras, lo tendrás… pero recuerda: ahora eres mía.

Ella sonrió, satisfecha y peligrosa, consciente de que había atrapado a un hombre poderoso dispuesto a arriesgarlo todo por su cuerpo.

Héctor no tardó en cumplir sus promesas. Semanas después del primer encuentro, Valentina ya no era solo una fantasía; era una necesidad. Y para mantenerla cerca, tenía que asegurarse de que ninguna otra mano la tocara.

Le entregó las llaves de un departamento en una torre exclusiva, con vista a toda la ciudad. Al entrar, Valentina se encontró con una sala amueblada con sofás de cuero blanco, un enorme espejo frente a la cama y una caja de terciopelo rojo sobre la mesa. Dentro, un collar de diamantes y las llaves de un auto deportivo último modelo.

—Esto es para ti, princesa —murmuró Héctor, rozándole la barbilla con sus dedos gruesos—. Pero ahora me perteneces. Solo mía.

Valentina sonrió con malicia, abriéndose lentamente el abrigo que llevaba encima. Debajo, no tenía nada salvo un conjunto de lencería negra de encaje que delineaba sus curvas.

Él la empujó contra la pared, devorándola con besos brutales. Le mordió los labios, las tetas, y bajó hasta arrodillarse frente a ella, apartando la tanga con los dientes. Valentina se arqueó, gimiendo cuando la lengua áspera de Héctor comenzó a recorrerle la entrepierna, lamiendo sin descanso, como si quisiera beberla entera.

—Así me gusta… húmeda para mí —gruñó, metiendo dos dedos mientras la chupaba con avidez.

Ella se agarraba al espejo, viéndose reflejada mientras sus piernas temblaban. No tardó en correrse contra su boca, jadeando, temblando de placer.

Pero Héctor no se detuvo. La cargó en brazos y la tiró en la cama. Se desabotonó la camisa con furia, dejando ver su torso maduro, y sacó su pija gruesa, dura, palpitante.

Valentina lo miraba fascinada. —Dámelo todo… papi —susurró con voz ronca.

Él la montó sin contemplaciones, clavándose en ella de un solo movimiento profundo. El grito de Valentina llenó la habitación. Héctor embestía con fuerza, sujetándole las muñecas contra el colchón, imponiendo su dominio. El choque de sus cuerpos resonaba como un eco obsceno.

—Eres mía, ¿entiendes? —la penetraba con violencia, apretando los dientes—. Solo mía.

Ella lo cabalgó después, poniéndose encima, moviendo sus caderas como una profesional, haciéndolo gemir. Sus enormes tetas rebotaban mientras su concha se tragaba su pija completa, clavando sus uñas en su pecho.

Héctor no aguantó más: la tomó por la cintura y la giró, penetrándola por detrás, sujetándola del cabello mientras la poseía con brutalidad. Valentina gritaba de placer, sudorosa, entregada, completamente rendida.

Ambos acabaron exhaustos, jadeando, el semen de él chorreando entre sus muslos, mientras el diamante del collar brillaba en su cuello como un símbolo de pertenencia.

—Ahora entiendes lo que significa ser mía… —le susurró Héctor, mordiendo su oreja.

Valentina, aún temblando, sonrió con picardía. —Entonces sigue pagando el precio, papi… porque soy adictiva.

Héctor estaba en su despacho, revisando documentos, cuando alguien le envió un clip de Valentina. Era un video reciente en su plataforma: lencería roja, un baile provocador frente a la cámara, insinuando todo lo que él pensaba que era solo suyo. El político apretó la mandíbula, la rabia mezclándose con un ardor de deseo que lo consumía.

Horas después, irrumpió en el departamento que le había regalado. Valentina lo esperaba en bata de seda, pero apenas pudo abrir la boca, él ya estaba encima de ella.

—¿Qué mierda haces mostrando lo que es mío? —le gruñó, empujándola contra la pared.

—Es mi trabajo, Héctor… lo sabes. —sonrió juguetona, aunque un escalofrío le recorrió la espalda.

Él le agarró la cara con fuerza, obligándola a mirarlo. —No necesitas mostrarte a nadie. Yo te doy todo. Casa, coche, joyas, viajes… ¿qué más quieres?

—Tal vez quiero atención —susurró ella, mordiéndose el labio, provocándolo aún más.

Eso fue suficiente para quebrar lo poco de control que le quedaba. La despojó de la bata de un tirón, dejándola desnuda, y la lanzó sobre la cama. Le metió la pija en la concha con rabia, cada embestida marcada por celos y posesión.

—¡Eres mía, carajo! —rugía, tomándola de las caderas y enterrándose hasta lo más profundo.

Valentina gemía fuerte, excitada por ese poder bruto, respondiendo con movimientos de cadera cada vez más provocativos. Héctor sudaba, jadeaba, su cuerpo maduro vibrando con un frenesí salvaje.

De pronto, la tomó por el cabello, pegando su boca a su oído.
—Quiero que me des algo que no le das a nadie… —susurró, con voz grave, demandante.

Valentina lo entendió de inmediato. Se estremeció, excitada y nerviosa a la vez. —¿Estás seguro? —preguntó, mirándolo de reojo, con esa mezcla de miedo y lujuria.

Héctor solo sonrió de manera oscura. —Te quiero entera. También ese culo.

Ella se mordió los labios, encendiendo más la atmósfera. Tomó un poco de aceite del cajón, lo frotó despacio, preparándose, y luego se inclinó a cuatro patas frente a él, ofreciéndose con descaro.

—Solo tú, papi… —susurró, arqueando la espalda.

Héctor la penetró lentamente por el culo, gruñendo al sentir la presión estrecha. Valentina gritó, apretando las sábanas, su cuerpo temblando mientras lo recibía. La sensación era brutal, prohibida, pero deliciosa.

—Así… —jadeó él, sujetándola fuerte—. Ahora sí eres solo mía.

Las embestidas fueron profundas, salvajes, hasta que ambos quedaron exhaustos, los gemidos resonando en la habitación como un eco indecente. Valentina cayó rendida, sudorosa, con una sonrisa perversa en los labios.

—Sabía que terminarías pidiéndolo… —murmuró, mirando de reojo, aún con la respiración entrecortada.

Héctor se tumbó a su lado, acariciándole el rostro con una mezcla de ternura y obsesión. —Y no será la última vez.

Valentina despertó tarde, aún desnuda, con el cuerpo adolorido pero saciada. A su lado, Héctor revisaba su celular, con gesto preocupado. Mensajes, llamadas, reuniones urgentes. Era evidente: estaba jugando con fuego.

Ella se desperezó lentamente, como una gata que sabe que tiene el control, y le robó el teléfono de las manos.
—Mucho trabajo, ¿no, mi amor? —le dijo con sarcasmo.

—Son cosas que no entiendes, muñeca —respondió él, intentando recuperar el aparato.

Valentina se levantó, caminando desnuda hacia el espejo, admirándose, provocadora. —Tal vez entienda más de lo que crees. —Pausó, girándose con una sonrisa venenosa—. Dime, ¿qué pasaría si algún día alguien encuentra tus mensajitos conmigo? Tus fotos… tus regalitos.

El rostro de Héctor se tensó. —¿Me estás intimidando?

Ella se acercó despacio, montándose sobre él con descaro, acariciándole el pecho con las uñas.
—No, papi… solo te estoy recordando quién tiene tu secreto más sucio en sus manos.

Lo besó con fuerza, metiéndole la lengua como si lo devorara, y al mismo tiempo le bajó el pantalón. Héctor estaba furioso, pero su erección lo traicionaba. Ella envolvió con su pija con el calor húmedo de su concha, cabalgando sobre él con lentitud, moviendo la cadera en círculos que lo volvían loco.

—Eres mi Sugar Daddy… pero yo también soy tu veneno —susurró jadeante, inclinándose para morderle el cuello.

Héctor gimió, entre placer y rabia. Intentó sujetarla de la cintura, dominarla, pero Valentina se liberó con un movimiento brusco y lo empujó de espaldas. Ella decidió el ritmo: duro, rápido, salvaje.

—¿Quién tiene el poder ahora, ah? —jadeaba, cabalgando su pija con fuerza—. Tú me diste tu dinero… y yo tengo tus bolas en mi mano.

El maduro la miraba con odio y deseo, con esa mezcla peligrosa que lo consumía. Ella, empapada en sudor, arqueó la espalda y gritó de placer, dejándose caer sobre él.

Cuando terminaron, Héctor respiraba agitado, los ojos fijos en el techo.
—Estás jugando con algo peligroso, Valentina…

Ella sonrió, lamiéndose los labios, todavía sentada sobre su miembro flácido.

—Lo sé, papi… y eso es lo que más me excita.

La suite del hotel estaba bañada en penumbras, el olor a champagne y sexo flotaba en el aire. Héctor, aún con la corbata floja y el traje arrugado, se servía un whisky con manos temblorosas. No sabía si el temblor era por el alcohol, por el cansancio… o por la mujer desnuda que lo observaba desde la cama, con esa sonrisa de diosa caprichosa.

Valentina, completamente desnuda, cruzó las piernas como si fuera la dueña del mundo. Con un movimiento lento se colocó su teléfono sobre la mesa de noche, dejándole ver que lo había grabado todo.

—Papi… —empezó con voz suave, lujuriosa, mientras acariciaba sus pezones—. Quiero que me hagas un favorcito.

—¿Qué clase de favor? —Héctor tragó saliva, desconfiando.

Ella se arrodilló frente a él, desabrochándole el cinturón con lentitud, dejando que su lengua rozara apenas la tela de su pantalón.
—Tengo una amiga que quiere un puesto en la municipalidad. Tú puedes arreglar eso, ¿verdad?

Héctor se tensó. —Eso no es tan simple, Valentina…

Ella sacó su pija, lo acarició con la palma, mirándolo directo a los ojos.

—¿Seguro? —susurró, antes de metérselo en la boca, mamándolo lento, profundo, con ruidos húmedos que lo hacían perder el juicio.

Cada vez que Héctor pensaba en negarse, Valentina lo tragaba más hondo, lo dejaba sentir su garganta apretándolo, hasta que él gimió, derrotado.

—Está bien… veré qué puedo hacer —cedió jadeante.

Ella sonrió, limpiándose la boca con el dorso de la mano, y de inmediato se subió sobre él, frotando su concha empapada contra la dureza que había provocado.
—Eso me gusta, papi… que entiendas quién manda.

Lo montó con fuerza, cabalgando con un ritmo brutal, sus tetas rebotando contra su rostro mientras él la lamía desesperado. Cada embestida era un recordatorio de su poder.

En medio del clímax, Valentina lo tomó del cabello y le susurró al oído:
—Y después de mi amiga… vas a arreglarme un permiso especial para mi negocio. Quiero abrir un spa exclusivo. Si no me ayudas… —lo apretó más fuerte con su cuerpo, arrancándole un grito— …me temo que estos videos tuyos se harían muy virales.

Héctor acabó dentro de ella, derrotado, jadeando, con el sudor cubriéndole el rostro.

Valentina se bajó lentamente, recogiendo su ropa interior negra del suelo. Le lanzó una última sonrisa venenosa:
—Eres mi Sugar Daddy, Héctor. Y ahora también… mi títere político.

La noticia explotó como una bomba en todos los canales.

“Escándalo político: el senador Héctor Salvatierra, involucrado con una reconocida influencer de contenido adulto.”

Los flashes, las cámaras, los titulares corrieron como pólvora. Su esposa lo enfrentó con lágrimas y furia, y los hijos le dieron la espalda. En un abrir y cerrar de ojos, Héctor vio cómo su mundo familiar se derrumbaba.

Encerrado en su oficina privada, con el whisky a medio terminar y la corbata colgando, estaba a punto de perder la cabeza… hasta que Valentina entró sin tocar la puerta.

—No pongas esa cara, papi… —le dijo con dulzura fingida, sentándose en su regazo y acariciándole la mejilla—. Yo no tuve nada que ver con la filtración.

Héctor la miró con los ojos rojos, derrotado. —Perdí todo. Mi familia, mi reputación…

Ella lo besó con fuerza, mordiéndole los labios. —No todo, papi. A mí me tienes. Y yo no me voy a ir.

Se bajó la cremallera y lo montó sin previo aviso, cabalgándolo lento, como si quisiera recordarle que aún quedaba algo suyo en pie. Los gemidos de Valentina se mezclaban con los jadeos de Héctor, que empezaba a recuperar el pulso.

Cuando él estaba a punto de correrse, la puerta volvió a abrirse. Entró una joven morena de curvas irresistibles, la misma a la que Héctor le había conseguido el puesto en la municipalidad. Vestía un vestido ajustado, pero pronto se lo quitó con un movimiento.

—Buenas noches, Señor —dijo con picardía, acercándose—. Vengo a agradecerle por el favor.

Valentina sonrió, sin detener sus movimientos sobre Héctor. —Te dije que no te arrepentirías de ayudarme… ahora somos dos para ti.

La amiga se arrodilló frente a él y comenzó a mamárle las bolas, mientras Valentina lo seguía cabalgando, atrapándolo en un torbellino de placer. Héctor, superado por las sensaciones, no pudo más que gemir:

—Quizá… no fue tan malo después de todo.

Minutos después, estaba rodeado de ambas, las dos turnándose para montarlo, besándose entre ellas y llenando la habitación de gemidos húmedos y desesperados. Héctor, derrotado en lo político pero victorioso en el sexo, se dejó hundir en ese nuevo mundo.

Cuando finalmente quedaron exhaustos, Valentina se recostó sobre su pecho y le susurró:

—Olvida la política, papi… ahora tienes un imperio mucho mejor: dos mujeres que harán lo que quieras.

Héctor cerró los ojos, entendiendo que, aunque el escándalo lo había destruido afuera… en esa cama había encontrado su nueva forma de poder.

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