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248📑La Putipobre y el Viejo Caliente

248📑La Putipobre y el Viejo Caliente
Relatos eroticos
Don Raúl, un sexagenario viudo y jubilado, vivía en una tranquila calle de un barrio residencial. Su vida cotidiana era monótona y solitaria, pero todo cambió cuando conoció a Marta, una joven vecina que sobrevivía limpiando casas ajenas. Don Raúl se sentía atraído por su belleza y su energía juvenil, y no perdía la oportunidad de halagarla cada vez que la veía pasar.

"Adiós, Marta," le decía con una sonrisa pícara. "Cuando quieras, ven a visitarme."

Marta, acostumbrada a los comentarios de Don Raúl, solo reía y respondía con simpatía, sin dar mayor importancia a sus palabras.

Un día, mientras Marta barría la acera, Don Raúl se acercó y le susurró al oído: "Eres muy linda, Marta. Me encantaría verte desnudita."

Marta, sin inmutarse, respondió con una risa irónica: "Don Raúl, no creo que ni se le pare más. Dejé de soñar."

Don Raúl, lejos de sentirse ofendido, se sintió desafiado. Decia que haría lo imposible por conquistar a Marta, aunque fuera solo por una noche de placer.

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Don Raúl, decidido a tener a Marta en su cama, la contrató para que le limpiara su casa. Al terminar, le pagó y, sin rodeos, le dijo: "Marta, sé que también cobras por sexo. Un vecino me lo dijo. Me gustaría que me dejes tocarte."

Marta lo miró con una mezcla de sorpresa y diversión. "Don Raúl, ¿usted está en condiciones? Mire que si le hace mal, no puedo hacerme responsable."

Don Raúl se rio, mostrando una confianza que Marta no esperaba. "Sí eso pasa, me iré feliz," respondió, pasando un fajo de billetes a sus manos.

La llevó a la habitación y le pidió que se desnudara. Marta, con una sonrisa traviesa, comenzó a quitarse la ropa lentamente, disfrutando de la expectación en los ojos de Don Raúl. Cuando quedó completamente desnuda, él temblaba de emoción al ver sus tetas firmes y su vagina depilada.

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Marta lo miró con una mezcla de respeto y lujuria. "Y ahora es su turno, Don Raúl," dijo con voz seductora.

Don Raúl comenzó a desnudarse poco a poco, disfrutando de cada momento. Marta observaba con atención, sorprendida por la vitalidad que aún emanaba de su cuerpo envejecido. Cuando se bajó el calzoncillo, su pene se levantó, grande erecto.

Marta lo miró sorprendida. "Vez que sí se me para", dijo don Raúl con una risa irónica.

"Sí y no pensé que sería tan grande," añadió Marta, haciéndolo sentarse en la cama. Se arrodilló frente él y comenzó a lamer y chupar su pija, haciendo que Don Raúl suspirara de placer.

Luego, lo hizo acostarse y se subió sobre él, deslizándo su concha húmeda, sobre su pija dura y cabalgándolo con movimientos rítmicos y apasionados. Marta gemía de placer, rebotando sobre su cuerpo, mientras Don Raúl la nalgueaba con fuerza.

"Dime papi ahora," le ordenó, y Marta, más excitada, obedeció. "Sí, papi, sí," gritaba mientras saltaba sobre su pija, aumentando el ritmo.

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Don Raúl, al borde del orgasmo, le avisó que estaba por terminar. Marta, con una sonrisa maliciosa, se bajó y lo dejó terminar sobre sus tetas, recibiendo su semen con satisfacción.

"Mañana vuelves para darte más," le dijo Don Raúl, mientras Marta se limpiaba con una toalla.

Marta asintió, sonriendo. "Sí, Don Raúl. Mañana vuelvo para más."

Y así, en esa tarde de pasión desinhibida, Don Raúl y Marta exploraron los límites de la pasión, dejando atrás cualquier prejuicio. 

Marta regresó a la casa de Don Raúl, y él la recibió como a una dama, con un halago sincero: "Qué linda estás hoy, Marta."

Marta rio, halagada. "Qué seductor es usted, Don Raúl," contestó con una sonrisa pícara, mientras lo llevaba a su habitación.

Allí, Marta comenzó a desnudarse lentamente, disfrutando de la mirada apreciativa de Don Raúl. "Marta, eres hermosa y rica," le dijo él, admirando su cuerpo. "Vale la pena gastar mi jubilación contigo."

Marta solo se rio, disfrutando de la situación. Don Raúl se levantó y comenzó a recorrer su cuerpo con besos, deteniéndose en sus tetas, que besaba y mordía suavemente. Sus manos exploraban su vagina, haciéndo la gemir de placer.

Luego, se arrodilló frente a ella y comenzó a besar su concha, chupandole el clítoris, haciendo que Marta temblara de excitación. Marta, no queriendo quedarse atrás, bajó su pantalón y sacó su pija, comenzando a lamer y chupar con entusiasmo, saboreando cada centímetro de su piel.

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Don Raúl, ya completamente excitado, la acostó en la cama y se subió encima, penetrándola con firmeza. Marta gimió de placer, al recibir su pija en la concha, sintiendo cómo su cuerpo respondía a cada movimiento, mientras la bombeaba con fuerza, luego la hizo cabalgar sobre su pija, mientras masajeaba sus tetas, aumentando el placer de ambos.

Decidido a más, Don Raúl la puso en cuatro y la penetró desde atrás, embistiendo su concha con fuerza y disfrute. Marta gemía, sintiendo cada embestida la acercaba más al éxtasis. De repente, Don Raúl le metió un dedo en el culo, haciéndola gritar de placer.

Luego, la hizo arrodillarse y chuparle el la pija, disfrutando de la vista y tacto de su boca. Con un último empujón, Don Raúl se dejó llevar, eyaculando sobre ella con un gemido final.

"Marta, que buena puta eres," le dijo, jadeando, mientras ella se limpiaba la boca, sonriendo satisfecha.

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Después de varios encuentros, la dinámica entre Don Raúl y Marta comenzó a cambiar. Don Raúl, que al principio la trataba con respeto y le hacía cumplidos, se convirtió en un "viejo verde," hablándole con palabras obscenas y tratándola de manera más brutal.

Un día, mientras la besaba y manoseaba su vagina, le metió sus dedos con fuerza, arañándola accidentalmente. "¡Ay, Don Raúl, cuidado! Me metió la uña," protestó Marta.

Don Raúl solo se rio, con una mirada lasciva. "Eso te gusta puta," le dijo, aumentando la intensidad de sus movimientos.

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Luego, la puso en cuatro patas y, sin previo aviso, le metió la pija en la concha, embistiéndola con fuerza. Marta jadeaba, tratando de adaptarse a la rudeza de sus movimientos. De repente, Don Raúl, le metió la pija el culo, haciéndola protestar.

"Don Raúl, así no disfruto," dijo Marta, intentando apartarse.

Pero él, implacable, solo respondió: "Para eso te pago, puta. Quédate quieta."

La nalgueó con fuerza, marcando su piel, y terminó sobre sus nalgas, dejando su semen caliente en su piel.

Marta, aún en cuatro, intentaba recuperar el aliento, confundida y dolorida. No entendía qué había pasado con ese hombre que antes la trataba con respeto y simpatía. Ahora, solo veía en él a un viejo verde, obsesionado con satisfacer sus propios instintos, sin importarle su comodidad o placer.


Don Raúl, en uno de sus encuentros más intensos, comenzó a besar a Marta con pasión, pero con un deje de crueldad. La puso en cuatro, y ella, preparándose para recibirlo desde atrás, recibió algo que no esperaba: un latigazo en la nalga con su cinturón.

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"¡Ay, Don Raúl! ¿Qué le pasa?" gritó Marta, sorprendida y dolorida.

Don Raúl, con una sonrisa sádica, solo le hablaba de puta,. "Para eso te pago, puta. Para que te aguantes," le dijo, mientras la penetraba con firmeza, dándole duro por el culo.

Luego, la hizo cabalgarlo, nalgueándola y apretando fuerte sus tetas. Marta se puso a rebotar más rápido para que acabase más pronto. Haciendolo eyacular rápido.

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Mientras se vestía, Don Raúl trajo una zanahoria, con una expresión perturbada en su rostro. "Métetela en la concha, puta. Para eso te pago," le ordenó, con una mirada delirante.

Marta, al ver eso, negó con la cabeza. "No, Don Raúl. Algo le está pasando. Lo noto temblando y con delirios," dijo, preocupada y asustada.

Don Raúl, con una risa maniaca, solo respondió: "Hazlo, puta. O te arrepentirás."

Marta, sin saber qué hacer, se quedó mirando a Don Raúl, sintiendo que algo en él había cambiado drásticamente, y no para bien.

Marta se dirigió a la casa de Don Raúl para su cita habitual. Al llegar, fue recibida por su hija, Lucía, quien la miró con una mezcla de curiosidad y preocupación.

"¿Qué quieres?" preguntó Lucía, bloqueando la entrada.

Marta, incómoda, respondió: "Vengo a limpiar."

Lucía suspiró y, con una voz cargada de tristeza, dijo: "Marta, me llevaré a mi papá conmigo. No está bien. Le diagnosticaron Parkinson y principio de Alzheimer. Su comportamiento... ha cambiado mucho."

En ese momento, Don Raúl apareció en la puerta, con una mirada vidriosa y una sonrisa perturbadora. "Volviste por más, puta," gritó, con una voz que delataba su delirio.

Lucía miró a Marta, con ojos llenos de vergüenza. "Ves, no está bien. Delira. Perdón por su vocabulario."

Marta, asintiendo con la cabeza, se retiró lentamente, pensando en el tiempo que había pasado con Don Raúl. "Disfruto mientras pudo," se dijo a sí misma, con una mezcla de alivio y melancolía, mientras se alejaba de la casa, dejando atrás los recuerdos de esos encuentros intensos y, a veces, dolorosos.

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