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Deseos de sierra VI

Una noche, Ramiro se quejó de dolores en la espalda además de la pierna fracturada. Karina sugirió un masaje para aliviarlo. Ramiro, en la cama, se acostó boca abajo con esfuerzo, y Karina se sentó a su lado, untando aceite en sus manos. Javier observaba desde el sofá, fingiendo leer un periódico viejo, pero sus ojos ardían de celos y deseo.

—Ayúdame, mijo —dijo Karina, con voz neutral, pero mirándolo fijo—. Sostenle la sábana para que no se enfríe.

Javier se acercó a la cama, arrodillándose al lado opuesto de su padre. Mientras Karina masajeaba la espalda de Ramiro —movimientos firmes que hacían gemir de alivio al hombre—, Javier extendió una mano bajo la sábana. Rozó el muslo de Karina, subiendo despacio por la piel suave hasta llegar al borde de sus calzones. Ella se tensó, pero no paró el masaje. Sus ojos se encontraron por encima del cuerpo de Ramiro, cargados de advertencia y lujuria.

Javier metió los dedos bajo la tela húmeda, sintiendo el calor pegajoso de su excitación. Presionó el clítoris con el pulgar en círculos precisos, mientras dos dedos entraban y salían con un ritmo lento pero profundo. Karina mordió su labio, sus caderas moviéndose imperceptiblemente bajo la sábana, follándose los dedos de su hijo mientras sus manos seguían en la espalda de Ramiro.

—Ah… eso se siente bien —murmuró Ramiro, ajeno a todo, pensando que era por el masaje.

Karina jadeó, disfrazándolo como un suspiro de esfuerzo. Su orgasmo llegó en silencio: sus paredes internas se contrajeron alrededor de los dedos de Javier, mojándolos con un chorro caliente. Él retiró la mano despacio, lamiéndosela disimuladamente cuando nadie veía.
Pero Ramiro giró la cabeza ligeramente, abriendo un ojo.

—¿Todo bien, Karina? Te ves agitada.

Ella forzó una sonrisa, con las mejillas rojas y las piernas temblando.

—Solo cansada, viejo. Descansa.

Javier volvió al sofá con el corazón en la garganta. Habían estado a segundos de ser vistos.
Días después, José llamó para chequear cómo iba todo. Ramiro contestó desde la cama, poniendo el teléfono en altavoz para que todos hablaran. Karina estaba sentada al borde de la cama, Javier de pie cerca de ella.

Mientras Ramiro contaba sobre su recuperación —“la pierna duele menos, pero sigo inútil”—, Javier se acercó por detrás de Karina, fingiendo ajustar la almohada de su padre. Bajó una mano disimuladamente por la espalda de ella, metiéndola bajo la falda. Rozó su sexo por encima de los calzones, sintiendo la humedad inmediata. Karina se tensó, pero no se movió; sus ojos suplicaban “no”, pero su cuerpo decía lo contrario.

Javier apartó la tela y entró dos dedos de golpe, curvándolos para golpear su punto G con cada movimiento. Karina se mordió el interior de la mejilla para no gemir, respondiendo a José con voz temblorosa:

—S-sí, José… aquí todo bien. Tu papá mejora.

Ramiro rio de algo que dijo José, ajeno al hecho de que su hijo estaba follando con los dedos a su esposa a solo un metro. Javier aceleró, añadiendo un tercero dedo, estirándola, mientras su pulgar frotaba el clítoris hinchado. Karina apretó las piernas alrededor de su mano, llegando al clímax en silencio: un temblor entero la recorrió, mojando la sábana bajo ella.
José preguntó:

—Mamá, ¿estás bien? Te oyes rara.

Karina tragó saliva, con lágrimas de placer y terror en los ojos.

—Solo un poco resfriada, mijo. Nada grave.

Javier retiró la mano, oliendo sus dedos disimuladamente. Ramiro no notó nada, pero Karina lo miró con pánico: un movimiento en falso y José habría oído un gemido.

Ramiro necesitaba cambiar las vendas de la pierna. Karina lo llevó al baño, ayudándolo a sentarse en la silla. Pidió a Javier que trajera las gasas nuevas. Mientras Ramiro esperaba con los ojos cerrados por el dolor, Javier entró y cerró la puerta con llave.

Karina se inclinó para desenrollar la venda vieja, su trasero alzado hacia Javier. Él no resistió: se bajó los pantalones en silencio, liberando su erección dura y venosa. Levantó la falda de Karina, apartó sus calzones y entró de un empujón profundo, sintiendo cómo su sexo caliente y apretado lo tragaba entero.

Karina soltó un gemido que disfrazó como tos, apoyando las manos en la tina para no caer. Javier la folló con embestidas rápidas y brutales: cada una golpeando su cérvix, haciendo que sus pechos rebotaran salvajemente bajo la blusa. Ella se tapó la boca con una mano, la otra sosteniendo la venda para fingir que seguía trabajando.

—Karina… ¿ya casi? Duele —se quejó Ramiro, abriendo los ojos un poco.

Javier no paró; aceleró, apretando sus caderas anchas con fuerza, dejando marcas. Karina llegó primero: un orgasmo que la hizo convulsionar, su jugo chorreando por las piernas de ambos. Javier la siguió, derramándose dentro de ella con un gruñido ahogado en su cuello, llenándola hasta que sintió el semen resbalar.

Se separaron jadeantes. Karina ajustó la venda rápido, con manos temblorosas. Ramiro frunció el ceño.
—¿Por qué tardaste tanto? Y Javier, ¿dónde están las gasas?

Javier las sacó del bolsillo, fingiendo que acababa de llegar. Pero Ramiro los miró raro un segundo, como si algo no encajara. Karina salió del baño con las piernas débiles, el semen de su hijo goteando, y el terror de que Ramiro hubiera oído el sonido húmedo de sus cuerpos.

Una tarde, Ramiro tomó una siesta larga en la cama. Karina se sentó en el sofá a coser, Javier a su lado “para ver la tele”. Pronto, su mano subió por el muslo de ella bajo la falda. Karina abrió las piernas, dejando que él la tocara: dedos explorando sus labios hinchados, frotando el clítoris con maestría mientras ella lo masturbaba por encima de los pantalones.

El tono subió: Javier bajó su cabeza entre sus muslos, lamiendo su sexo con hambre, succionando el clítoris hasta hacerla arquearse. Karina tomó su miembro en la boca, chupando profundo, garganta relajada para tragarlo entero.

Estaban en pleno éxtasis —ella gimiendo bajito en su polla, él lamiendo su culo y sexo alternadamente— cuando Ramiro se despertó de golpe por un dolor.

—Karina… ¿dónde estás? —llamó desde el cuarto.

Ellos se congelaron. Javier se enderezó rápido, ajustándose, mientras Karina se limpiaba la boca y corría al cuarto. Ramiro la vio entrar agitada, con el cabello revuelto y las mejillas rojas.

—¿Qué hacías? Oí ruidos raros.

—Nada, viejo. Solo cosiendo con Javier.

Ramiro asintió, pero su mirada se demoró en la blusa desarreglada de ella. Javier se quedó en el sofá, con el corazón latiendo fuerte, sabiendo que un segundo más y Ramiro habría entrado y los habría visto en plena acción.

Estos eventos los dejaron exhaustos emocionalmente, pero el deseo no paraba. Cada casi-descubrimiento los hacía más audaces, más desesperados. La culpa se mezclaba con el miedo, pero el placer era más fuerte, empujándolos hacia un inevitable punto de ruptura.

Los meses siguientes fueron un torbellino de tensión contenida, rutina forzada y deseo reprimido que se filtraba en cada grieta posible. Ramiro, con su pierna fracturada, se convirtió en el centro involuntario de todo: el paciente que no podía moverse solo, el esposo que necesitaba cuidados constantes, el padre que hablaba de gratitud cada día.

La recuperación avanzó más rápido de lo esperado. Las primeras semanas fueron duras: dolores intensos, inflamación que subía y bajaba, noches de insomnio en las que Ramiro gemía y Karina se levantaba a darle analgésicos, masajes, cambiar vendas. Javier ayudaba en lo que podía —levantarlo para ir al baño, sostenerlo en la ducha, cargar la silla de ruedas improvisada—, pero cada contacto con Karina era una bomba de relojería: un roce de manos al pasar una toalla, un vistazo prolongado cuando ella se inclinaba para ajustar la férula, un suspiro compartido cuando Ramiro se dormía y ellos quedaban solos en el cuarto.

Al mes y medio, la pierna empezó a soldar bien. El doctor en la clínica de San Luis quitó el yeso completo y puso una bota ortopédica más ligera. Ramiro comenzó a poner peso poco a poco: primero con muletas, luego apoyándose en la pared, después caminando solo por la casa con pasos torpes pero cada vez más seguros. “Ya casi estoy de vuelta”, decía orgulloso, palmeando la espalda de Javier y besando la frente de Karina. “Gracias a ustedes dos, no sé cómo pagárselos”.

Karina sonreía, pero sus ojos se nublaban. Cada mejora de Ramiro significaba menos excusas para la cercanía física con Javier. El sofá volvió a ser solo sofá. Las noches se volvieron más frías: Ramiro dormía mejor, se movía más en la cama, reclamaba su espacio y su esposa con toques casuales que antes no dolían tanto. Javier se quedaba despierto mirando el techo, escuchando los ronquidos de su padre y el silencio forzado de su madre al otro lado de la pared.

A los tres meses, Ramiro ya caminaba sin ayuda por la casa, aunque cojeaba un poco y se cansaba rápido. Volvió a trabajar medio tiempo en la maquila —turnos ligeros de supervisión, sentado la mayor parte—, y empezó a hablar de ahorrar para regresar al pueblo algún día. “Ya no somos tan jóvenes, pero con lo que manden José y tú, podemos arreglar la casita de allá”.

Karina y Javier se miraban en silencio cuando Ramiro no estaba. El deseo no había muerto; solo se había enterrado más profundo, esperando. Los encuentros se volvieron fugaces y peligrosos: un beso robado en la cocina mientras Ramiro se duchaba, dedos rozando muslos bajo la mesa durante la cena, sexo rápido y silencioso en el baño cuando Ramiro salía a comprar cualquier cosa. Cada vez corrían más riesgo, pero también se volvían más hábiles en disimular.

Al cuarto mes, Ramiro ya caminaba casi normal. La cojera era mínima, la pierna fuerte otra vez. Una tarde, mientras Javier y Karina lavaban platos juntos, Ramiro entró a la cocina sonriendo.

—Mañana me quitan la bota definitiva. El doctor dice que estoy recuperado al cien por ciento. Gracias a Dios… y a ustedes.

Abrazó a Karina por la cintura y le dio un beso en la mejilla. Ella sonrió, pero sus ojos buscaron los de Javier por encima del hombro de su esposo. En esa mirada había todo: alivio porque Ramiro estaba bien, terror porque ahora no habría más excusas para la distancia, y un hambre cruda que no se había apagado.

Esa noche, cuando Ramiro se durmió profundamente por primera vez sin analgésicos, Karina se levantó en silencio y fue al sofá donde Javier fingía dormir. Se arrodilló a su lado, le bajó los boxers sin decir nada y lo tomó en la boca, chupando con desesperación contenida. Javier se mordió el puño para no gemir. Cuando terminó, ella se subió encima de él, se montó despacio y cabalgó en silencio, con lágrimas rodando por sus mejillas mientras se corría una y otra vez.

Al amanecer, volvieron cada uno a su lugar. Ramiro despertó feliz, sin sospechar nada.
La recuperación había terminado. La fractura se había curado. Pero la herida entre Karina y Javier solo se había hecho más profunda, más invisible, más inevitable.

1 comentarios - Deseos de sierra VI

Elfran_looo
Eres el mejor como siempre,pon imágenes referente atu madre,y exitante como siempre ojalá vuelvan estár juntos cómo esposos y le compres ROPA