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ENCUENTROS PROHIBIDOS

Karina, de 23 años, tenía un cuerpo delgado y atlético forjado por su pasión obsesiva por el ejercicio. Sus piernas gruesas y musculosas, resultado de sentadillas interminables y lunges que le quemaban hasta el temblor, terminaban en glúteos grandes, redondos y perfectamente tonificados que se marcaban bajo los leggings ajustados. Llegaba temprano a “VitaFit”, el centro de recreación y salud, para entrenar sola: sudaba a chorros, jadeaba con cada repetición, y su cuerpo quedaba encendido y listo para el día. Pablo, de 28 años, alto y con un físico atlético definido por años de pesas y cardio intenso, dirigía las clases de fitness. Ambos tenían parejas estables: Karina con su novio de siempre, Pablo conviviendo con su novia desde hacía tiempo. Sabían que lo que hacían era una traición pura, que en cualquier momento un compañero, un cliente o el guardia de seguridad podía entrar y pillarlos en plena faena, pero el deseo animal era más fuerte que la culpa o el miedo.
El proyecto nuevo los obligó a pasar horas juntos: planeando, probando rutinas, quedándose después del cierre. Al principio solo eran roces “casuales” en el gimnasio y miradas que se prolongaban cuando ella bajaba en sentadillas y sus glúteos se tensaban. Una tarde, solos en la sala de reuniones, un roce bajo la mesa los llevó a besarse: un beso simple, rápido, cargado de electricidad. Se separaron respirando agitados, sin palabras bonitas, solo con la certeza de que no pararían ahí.
El primer encuentro fue en el vestuario vacío después de una clase tardía. Karina salió de la ducha con una toalla corta que apenas cubría sus nalgas. Pablo entró, la vio y ella, tímida pero con el pulso acelerado, dio el primer paso: se acercó y lo besó suave en los labios, acariciando su pecho con dedos temblorosos. Pablo respondió con besos más profundos, bajando por su cuello mientras le quitaba la toalla. Empezó lento, besándola con calma, acariciando sus pechos firmes, rozando los pezones hasta que se pusieron duros. Karina suspiraba bajito: “Mmm… ahh… qué rico… sigue…”. Pablo gruñó contra su piel: “Mierda… no aguanto más verte así…”. Pronto la presionó contra los casilleros fríos y se puso más intenso, mordiendo su cuello, apretando sus glúteos grandes con fuerza. Sus dedos bajaron y acariciaron su intimidad ya húmeda. Ella, tímida otra vez, bajó la mano y empezó a masajear su verga dura por encima del pantalón. Pablo jadeó: “Ahh… sí… tócame…”. Le levantó una pierna gruesa y la penetró despacio, besándola profundo mientras entraba centímetro a centímetro. “Ahh… sí… métela toda… qué delicia…”, gemía Karina. Pablo gruñó: “Mmm… qué apretada estás…”. Luego aceleró, embistiéndola fuerte contra la pared, sus nalgas rebotando con cada golpe. “¡Mierda… más fuerte… ahh… no pares, métela hasta el fondo, hpta!”, jadeaba ella. Pablo jadeó entre embestidas: “Ahh… me tienes loco…”. Terminaron con besos desesperados y clímax intensos, vistiéndose rápido antes de que los pillaran.
Días después, en la sala de masajes durante un evento con el centro casi desierto, el riesgo seguía alto: cualquiera podía abrir la puerta. Empezaron con besos largos y húmedos sobre la camilla. Karina, encendida pero tímida, tomó la iniciativa: se sentó a horcajadas y lo besó profundo, frotando sus glúteos contra sus muslos mientras acariciaba su verga por encima de la ropa. Pablo comenzó suave, besando cada centímetro de sus pechos, lamiendo los pezones con lentitud, bajando por su vientre con caricias suaves. “Ahh… mmm… qué bueno… no te detengas…”, suspiraba ella. Pablo murmuró: “Dios… qué sabor tienes…”. Luego la giró, le quitó todo y hundió la lengua en su intimidad empapada, lamiendo despacio al principio, después más rápido, succionando su clítoris mientras metía dos dedos. Karina gemía variado y alto: “Oh dios… ahh… lame ahí… sí… mierda, más rápido… me estás volviendo loca… ¡ahh sííí, hpta… me vengo!”. Pablo gruñó: “Mmm… córrete en mi boca…”. Se corrió temblando, piernas gruesas apretando su cabeza. Después lo besó con sabor a ella misma y tomó su verga en la boca, chupándola con avidez. Pablo jadeó: “Ahh… sí… así… chúpala toda…”. La penetró en misionero, empezando suave y profundo, besándola todo el tiempo, acariciando sus muslos. Luego se puso fuerte: embestidas brutales que hacían crujir la camilla. “¡Más duro… ahh… mierda… sí… rómpeme toda… hpta!”, gritaba Karina. Pablo jadeó: “Mmm… qué rico te sientes…”. Se corrieron juntos entre besos ahogados.
En el gimnasio después de horas, con las luces bajas pero el centro aún abierto, Pablo la dobló sobre una banca de pesas. Empezaron besándose con lengua, caricias por todo el cuerpo. Karina, tímida, inició: se arrodilló, sacó su verga y la besó primero con labios suaves antes de meterla en su boca. “Mmm… ahh… qué rica… me encanta tenerla así…”, gemía entre succiones. Pablo jadeó: “Ahh… sí… no pares…”. Empezó suave, acariciando sus glúteos grandes, besando su espalda mientras entraba despacio por detrás. Pero pronto la cogió con fuerza, embestidas brutales que hacían rebotar sus nalgas, azotándolas con la mano. “¡Ahh… mierda… más profundo… sí… métela toda… no pares, hpta… me tienes temblando!”, gemía Karina. Pablo gruñó: “Mmm… qué culo tan perfecto…”. Terminaron exhaustos, besándose una última vez antes de salir corriendo.
En la piscina vacía bajo luces tenues, el eco podía delatarlos en cualquier momento. Se besaron largo rato en el agua, caricias bajo la superficie. Karina tomó iniciativa tímida: lo empujó contra el borde y se sentó sobre su verga, besándolo mientras bajaba despacio. Pablo empezó suave, besando sus pechos, acariciando sus piernas gruesas. “Mmm… sí… bájate toda…”, gruñó él. Karina gimió: “Ahh… sí…”. Luego la cogió fuerte, levantándola y bajándola con ritmo salvaje. “Ahh… sí… qué rico… más rápido… ¡me estoy viniendo… ahh sííí, hpta!”, gemía ella. Pablo jadeó: “Ahh… me vas a hacer venir…”. Cambiaron a ella inclinada en el borde, él embistiéndola por detrás con fuerza mientras la besaba en el cuello. “¡Mierda… qué delicia… no pares… ahh… me estás volviendo loca, hpta!”, jadeaba Karina.
En la sauna, el vapor los ocultaba un poco, pero el calor y el riesgo los volvían animales. Besos interminables, caricias sudorosas. Karina, tímida, se sentó encima primero, besándolo y guiando su verga dentro. Pablo empezó suave, besando sus labios y pechos mientras entraba lento. “Mmm… qué caliente estás…”, gruñó. Luego la giró a cuatro patas y la cogió fuerte, manos en sus caderas, embestidas brutales. “¡Ahh… más fuerte… mierda… sí… métela hasta el fondo… me tienes ardiendo… ahh sííí, hpta!”, gemía Karina. Pablo jadeó: “Ahh… no aguanto…”. Se corrieron entre besos ahogados por el vapor.
En la sala de yoga, sobre colchonetas, empezaron con besos y caricias lentas. Karina tomó iniciativa: lo empujó de espaldas y se montó en reverse cowgirl, besándolo por encima del hombro mientras bajaba. Pablo empezó suave, acariciando sus glúteos, besando su espalda. “Mmm… muévete así…”, gruñó. Luego la cogió fuerte, embestidas salvajes. “¡Mierda… sí… más rápido… ahh… me vas a hacer gritar… hpta!”, gemía ella. Pablo jadeó: “Ahh… qué rico…”. Cambiaron a doggy, él tirando de su cabello mientras la penetraba profundo. “¡Ahh… qué rico… sí… me corro otra vez…!”.
En el almacén de equipos, entre colchonetas apiladas, el peligro era constante. Besos desesperados, caricias urgentes. Karina, tímida, lo besó primero y lo empujó contra una pared, acariciando su verga. Pablo empezó suave, besándola y penetrándola de lado, levantando una de sus piernas gruesas. “Mmm… qué mojada…”, gruñó. Luego la puso a cuatro patas y la cogió brutalmente. “¡Ahh… mierda… más duro… sí… no pares… me tienes temblando toda, hpta!”, gemía Karina. Pablo jadeó: “Ahh… sí…”.
Y finalmente llegó el último encuentro, en el baño de empleados durante un turno de noche. Cerraron la puerta con llave, pero ambos sabían que alguien podía llamar en cualquier momento. Sabían que era el final: las parejas empezaban a sospechar por los horarios extraños y las llamadas perdidas, y Pablo acababa de recibir la noticia de que lo trasladaban a otra sede en dos días. Esta sería la última vez. Tenían que satisfacer cada deseo acumulado, cada fantasía que habían dejado pendiente. En los encuentros anteriores Pablo le había susurrado varias veces al oído, entre embestidas: “Algún día quiero probar tu culo… me muero por metértela ahí”, pero Karina siempre se había negado, tímida y nerviosa: “Todavía no… no estoy lista”. Hasta esa noche.
Empezaron como siempre, con besos intensos contra el espejo. Karina inició tímida, arrodillándose y chupando su verga con besos suaves primero. Pablo jadeó: “Mmm… así… chúpala…”. Luego la cogió fuerte por detrás en el lavabo, embestidas rápidas. “¡Ahh… sí… más… mierda… me estás volviendo loca… ahh sííí, hpta!”, gemía ella. Pablo gruñó: “Ahh… me vengo…”. Pero no terminaron ahí. Después del clímax inicial, Pablo la tomó de la mano y la llevó a la ducha del baño de empleados. Abrieron el agua caliente y se metieron juntos bajo el chorro. El vapor llenó el pequeño espacio al instante. Pablo tomó el jabón y empezó a enjabonarla con lentitud, pasando las manos por sus pechos, su vientre plano, sus piernas gruesas y, sobre todo, por sus glúteos grandes y tonificados. La espuma blanca cubrió todo el cuerpo de Karina: resbalaba por sus pezones, se acumulaba en el valle entre sus nalgas, bajaba por sus muslos en riachuelos espesos. Pablo se excitó como nunca al verla así, toda cubierta de espuma brillante, su piel atlética reluciendo bajo el agua. “Mierda… mira cómo te ves… toda llena de espuma… me tienes duro otra vez”, gruñó él, su verga ya erecta rozando contra su vientre. Karina sonrió con picardía y se enjabonó también las manos, acariciando su verga cubierta de espuma, deslizándola arriba y abajo mientras el agua caía sobre ellos. Se besaron bajo el chorro, lenguas enredadas, cuerpos resbaladizos chocando. Pablo la giró, pegó su pecho a su espalda y empezó a frotar su verga entre sus glúteos enjabonados, sin penetrar todavía, solo deslizándose. Karina gemía: “Ahh… sí… qué rico se siente…”. Él le susurró al oído: “Hoy quiero todo… todo de ti…”. Ella, consciente de que era la última vez, sintió un calor diferente en el estómago y se decidió. “Quiero que me la metas por el culo… por primera vez… hace mucho lo deseo, sentir tu verga entrando ahí… y como es la última vez, quiero dártelo solo a ti. Solo a ti, Pablo”. Pablo se quedó quieto un segundo, sorprendido y excitado al máximo. “¿Estás segura? No quiero lastimarte… vamos despacio”, dijo con voz ronca, pero sus manos ya apretaban sus nalgas enjabonadas con deseo evidente.
Salieron de la ducha sin cerrar el agua del todo, aún goteando espuma, y continuaron en el vestier adjunto. Karina se apoyó contra uno de los bancos de madera, con las piernas abiertas y el cuerpo todavía brillante de jabón y agua. Pablo se arrodilló detrás de ella, delicado pero temblando de ganas. Usó más jabón como lubricante natural y empezó a preparar su culo con un dedo, luego dos, girándolos con cuidado, besando su espalda baja todo el tiempo. “Tranquila… respira… no voy a apresurarme”, murmuraba mientras Karina gemía bajito: “Mmm… ahh… se siente raro pero rico… sigue…”. Pablo jadeaba: “Dios… estás tan apretada… me tienes loco”. Cuando sintió que estaba lista, se puso de pie, colocó la punta de su verga contra su entrada trasera y empujó con extrema lentitud, centímetro a centímetro, deteniéndose cada vez que ella tensaba. Karina apretaba los dientes al principio: “Ahh… mierda… duele un poco… pero no pares… quiero sentirte entero”. Pablo la acariciaba la espalda, besaba su cuello, sus hombros, susurrando: “Respira… eres increíble… voy despacio…”. Poco a poco su verga entró completa, y el dolor dio paso a un placer desconocido y profundo. Karina abrió los ojos como platos y soltó un gemido largo y variado: “¡Oh dios… ahh… sí… métela toda… qué sensación tan rica… hpta… me encanta!”. Pablo gruñó fuerte: “Mmm… qué apretado… no me muevo hasta que estés cómoda…”. Pero ella, ya entregada, empezó a mover las caderas hacia atrás: “Más… métela más… cógeme el culo… ahh… sí… solo tú… solo a ti te entrego mi culo… nadie más… nunca…”. Pablo perdió un poco el control y empezó a embestir con más ritmo, todavía cuidadoso pero profundo, sus manos en sus caderas enjabonadas, el sonido húmedo de piel contra piel llenando el vestier. Karina gemía sin parar, variado y alto: “¡Ahh… más fuerte… mierda… me estás llenando el culo… sí… hpta… qué rico… no pares… me vengo así… ahh sííí!”. Pablo jadeaba entre dientes: “Ahh… me tienes al borde… tu culo es perfecto…”. Ella, en pleno éxtasis, repetía entre gemidos: “Solo a ti… solo tu verga en mi culo… esto es tuyo… ahh… córrete dentro… quiero sentirte hasta el final…”. Pablo aceleró un poco más, delicado pero intenso, y ambos llegaron al clímax al mismo tiempo: él derramándose profundo en su interior con un gruñido largo, ella convulsionando con las piernas temblando y gritando: “¡Ahh… sí… me corro… hpta… qué delicia…!”.
Se quedaron abrazados varios minutos, besándose suave, aún conectados, sabiendo que era el adiós definitivo. El agua de la ducha seguía corriendo de fondo como un recordatorio de que el tiempo se acababa. Se vistieron en silencio, con el cuerpo exhausto y satisfecho, conscientes de que nunca más volverían a tenerse así. Tenían parejas esperando en casa, pero esa última noche en VitaFit habían cumplido cada deseo prohibido. Solo cuerpos atléticos chocando por última vez, placer crudo y adictivo que quedaría grabado para siempre.

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