You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

El tiempo que no nos pertenecía


Ella no decía nada cuando llegaba… pero yo sabía que estaba ahí incluso antes de verla.

Había algo en el aire, como una calma rara, como si todo se acomodara solo cuando estábamos cerca. Y cuando por fin cruzábamos miradas… no hacía falta hablar. Nunca hizo falta.

Se acercaba despacio, sin prisa, como si supiera que ese momento era suficiente. Y yo… yo dejaba de pensar. Dejaba de sentir ese ruido constante que siempre traía encima.

Cuando estaba con ella, no tenía que demostrar nada.

Ni ser más fuerte, ni más seguro… ni más de lo que ya era.

Ella no decía nada cuando llegaba… pero yo sabía que estaba ahí incluso antes de verla.

Había algo en el aire, como una calma rara, como si todo se acomodara solo cuando estábamos cerca. Y cuando por fin cruzábamos miradas… no hacía falta hablar. Nunca hizo falta.

Se acercaba despacio, sin prisa, como si supiera que ese momento era suficiente. Y yo… yo dejaba de pensar. Dejaba de sentir ese ruido constante que siempre traía encima.

Cuando estaba con ella, no tenía que demostrar nada.

Ni ser más fuerte, ni más seguro… ni más de lo que ya era.

Al principio no tenía nada de especial… dos personas coincidiendo en el mismo lugar, compartiendo horarios, cruzando miradas sin intención.

Pero poco a poco, algo cambió.

Las comidas dejaron de ser solo un descanso. Se volvieron un espacio nuestro… donde el tiempo parecía moverse diferente. Nos reíamos más de lo normal, hablábamos de cosas que no le cuentas a cualquiera… y sin darme cuenta, empecé a esperar esos momentos.

Ella tenía una forma particular de acercarse… no era evidente, pero se sentía. En una mirada que duraba un segundo más de lo normal, en una sonrisa que parecía tener intención.

Y yo… yo no me resistí.

No porque no pudiera… sino porque en el fondo, no quería.

El primer beso no fue planeado. Solo pasó. Como si ambos hubiéramos estado llegando a ese punto desde hacía tiempo.

Después vinieron los abrazos… cada vez más largos, más necesarios. Y en ese espacio entre nosotros, empezó a crecer algo que ya no era solo juego… pero tampoco era algo que pudiéramos nombrar con facilidad.

Era conexión… y también riesgo.

Ella me miró fijamente… de una forma que no dejaba espacio a dudas. Había algo en sus ojos, una mezcla de deseo contenido y decisión.

Se acercó lo suficiente para romper cualquier distancia que aún quedaba entre nosotros. Su cuerpo rozó el mío apenas… como si fuera un accidente, pero los dos sabíamos que no lo era.

“Cielo…” susurró, con una voz suave pero cargada de intención… “hace tanto que nadie me mira así…”

Sentí cómo el momento nos envolvía. Ya no era un juego, ni coincidencia. Era algo que habíamos estado evitando nombrar… hasta ahora.

No hizo falta decir más.

Su mirada bajó lentamente, y luego volvió a mis ojos… como pidiendo permiso, como retándome al mismo tiempo.

Y en ese instante, todo lo demás dejó de importar.

Se muerde el labio, se acerca demasiado, suspira cuando estamos solos… y yo tengo exactamente lo que ella necesita desesperadamente: una verga grande, gruesa, joven y siempre dura.

Justo ahora, en pleno pico de ovulación, su cuerpo está en llamas. Pezones permanentemente duros, humedad constante entre las piernas, y pensamientos que la hacen tocarse disimuladamente cuando cree que nadie la ve.

Ella me mira fijamente, se acerca, me roza “accidentalmente” y susurra con voz temblorosa y dominante a la vez: “Cielo… hace tanto que nadie me toca como merezco…

me arranca la ropa, me monta como una desesperada, me obliga a lamerla hasta que se corre gritando, y luego me pide —no, me ordena— que la penetre profundo, que la llene con todo mi semen porque “necesito que me marques dentro, que me hagas sentir viva otra vez”.

la cojo duro, salvaje, ella me domina completamente: me agarra del pelo, me dice exactamente cómo moverme, cómo apretar sus tetas, cómo no parar hasta que me corra dentro una y otra vez. Y justo en el clímax, cuando estoy a punto de explotar dentro de su vagina ovulante y hambrienta

cabalgándome como loca, el vestido arrugado en la cintura, mis manos en su culo, mi verga enterrada hasta los huevos, fluidos chorreando por todas partes.

Me aprieta más fuerte con las piernas, me mira a los ojos con lujuria pura y dice alto y claro, sin importarle una mierda

“No pares, mi niño… no te atrevas a parar ahora…. esto es lo que necesitaba. Soy tuya para siempre.

¿Nos convertiremos en amantes secretos permanentes?

En ese momento la tomé de las nalgas grandes blancas y suaves y procedí fornicarla de pie la penetración duro unos pocos minutos más, ardiente entre las piernas mi verga no pudo soportarlo mas mientras nos besamos tuvimos una conexión como si nuestras mentes fueran uno cerramos los ojos nos dimos un beso apasionado al volver a abrir los ojos ambos nos dimos un orgasmo mutuo, nos temblaban las piernas cuando la deje en la cama se retorcía por los espasmo en sus piernas, y su vagina desalojaba excesos de fluidos de ambos , sus pezones parados y enrojecidos…….

¿Quieres más? … le pregunte, ella responde jadeando, cielo … hazme sentir mujer

El mundo alrededor desapareció. Solo quedaban nuestras respiraciones entrecortadas, el calor, la cercanía imposible de ignorar.

Tenía flácida la verga cansada, aun derramando semen ensuciando el piso y las sábanas de la cama, nos abrazamos con ternura empieza a manosear mis nalgas con sus dedos juega con mi ano, esa acción me éxito mucho, y como un ave fénix mi verga empieza a renacer de las cenizas con una mayor y más vigorosa erección.

Ella: ¿aun puedes continuar?

Yo: vamos a averiguarlo

Ella: estoy tan caliente, quiero hacer algo que nunca he hecho y me da curiosidad

Yo: ¿qué quieres hacer?

Con la ternura que toda mujer tiene, procede a besar mi cuerpo con mordiscos cargados de satisfacción descendiendo lentamente manoseo mis genitales, admirando mi nueva erección, procede a masturbar el vigorizante miembro recién levantado, pero su deseo de satisfacer su apetito decide lengüetear mi ano y me masturba con pasión , no hay nombre, no hay guion , el privilegio de la vida es saber quien eres, no lo soporte metí mi verga en su boca y procedo a eyacular, la sonrisa que manifestó era sincera de placer satisfacción el cansancio de nuestros cuerpos nos desplomo en la cama abrazándonos nuevamente 2 cuerpos hacen uno.

El tiempo que no nos pertenecía

0 comentarios - El tiempo que no nos pertenecía