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Un cambio inesperado (capitulo 3)

Daniel permanecía boca abajo sobre el escritorio del jefe, el rostro apoyado contra la fría superficie de madera. Su respiración era agitada, sus mejillas ardían, y un leve temblor recorría todo su cuerpo.
Se quedó inmóvil unos segundos, intentando asimilar lo que acababa de suceder. Pero lo que más le llamó la atención fue algo que sintió de inmediato: su entrepierna estaba húmeda. La tela de la ropa interior se pegaba contra su piel de forma incómoda, caliente, revelando cuán intensa había sido su reacción.
-¿Qué... qué acaba de pasar? -susurró, sin atreverse a moverse todavía.
Su mente se llenó de preguntas: ¿Por qué se sintió tan bien? ¿Por qué respondió así? ¿Mi madre... tiene algo con el jefe? ¿Esto es algo que ella hace siempre?
Cada vez que intentaba calmarse, un recuerdo fugaz le recorría el cuerpo: el tono autoritario del jefe, su cercanía, la forma en que la miró... y sentía que su corazón volvía a dispararse.
Por fin, tras varios segundos, se irguió lentamente. Acomodó su ropa con torpeza: bajó la falda, se ajustó el blazer que había quedado algo desordenado y se pasó la mano por el cabello intentando arreglarlo. Sentía aún el calor persistente entre sus muslos, el roce incómodo de la tela húmeda contra la piel, recordándole lo que había pasado.
Miró la oficina una última vez, como buscando una respuesta que no encontró. Dio un paso hacia la puerta, con las piernas algo temblorosas, y salió.
En el pasillo, el aire parecía más denso que antes. Daniel caminó hacia su escritorio, intentando no pensar en el calor que aún sentía ni en la humedad de la tanga que lo acompañaba como un secreto. Cada mirada que percibía a su alrededor le parecía cargada de sospecha, aunque sabía que era su imaginación.
Llegó a su lugar, recogió el bolso, el celular y la carpeta que había usado durante el día. Cada gesto le parecía más torpe de lo normal. Miró el reloj: casi hora de salida. Se repitió mentalmente que solo tenía que aguantar un poco más.
Bajó en el ascensor, atravesó el vestíbulo y salió del edificio sintiendo que las piernas le temblaban por dentro. Abrió el auto, se dejó caer en el asiento del conductor y cerró la puerta tras de sí.
Apoyó la frente sobre el volante y cerró los ojos.
-No lo entiendo... ¿por qué se sintió tan bien? -susurró.
No era solo el placer físico: era la forma en que el jefe la había tratado, esa sensación de ser deseada, dominada... vulnerable. Un escalofrío le recorrió la espalda, mezclando vergüenza y algo que no quería admitir.
Se quedó así, con el calor aún palpitando en su entrepierna, sintiendo cómo la humedad se pegaba a su piel.
Y entendió que, por más que intentara olvidarlo... esa sensación no iba a irse tan fácilmente.
Durante el camino de regreso a casa, Daniel no dejaba de darle vueltas a lo que había sentido en la oficina del jefe. Miraba por el parabrisas, viendo cómo pasaban las luces de la calle, pero su mente estaba lejos.
¿Eso que sentí... era mío? ¿O era cosa del cuerpo de mi madre?
No lograba entenderlo. Era como si su propia voluntad se mezclara con la memoria de la piel que habitaba. Y entonces recordó lo que su madre le había dicho esa mañana: "Por nada del mundo vayas a la oficina de mi jefe, aunque él te llame."
-Así que era por esto... -susurró, sintiendo un nudo en la garganta.
Pensó en contárselo. ¿Debo decirle lo que pasó?
Pero si se lo decía, ella sabría que no obedeció. Y además... ¿su madre tenía algo con su jefe? ¿O el jefe la obligaba? Todavía no lo sé... pensó. Mejor esperar, observar más antes de decir nada.
Aun así, su cuerpo seguía sintiéndose caliente, el recuerdo seguía ahí, pegado a su piel. Daniel se dijo a sí mismo que debía fingir que nada pasó. Guardarse lo ocurrido. Al menos hasta entender mejor qué tipo de relación había entre su madre y el jefe.
Cuando llegó a casa, respiró hondo antes de entrar. Abrió la puerta con cuidado.
Ahí estaba su madre, caminando de un lado a otro por la sala, en su cuerpo adolescente. Lucía -o más bien Daniel en su cuerpo- se veía inquieta, con el ceño fruncido y mordiéndose el labio inferior. En cuanto lo vio, se detuvo.
-¿Cómo te fue? ¿Todo salió bien? -preguntó con evidente preocupación.
Daniel tragó saliva, intentando sonar tranquilo.
-Sí... todo bien. Hice todo como me dijiste. Yair me habló un momento, pero nada raro. Todo normal.
Lucía asintió, aunque no parecía del todo convencida.
-¿Y... el jefe? ¿No te llamó a su oficina? -preguntó, con un leve temblor en la voz.
Daniel dudó por un segundo, pero luego desvió la mirada.
-No... escuché que tenía una reunión y estaba ocupado.
Lucía soltó el aire que estaba conteniendo, como si se quitara un peso de encima.
-Ah... qué bueno. Qué alivio... -dijo, y se llevó una mano al pecho.
Se hizo un silencio breve. Daniel la miró, preguntándose si su madre realmente temía algo más.
-¿Y... tú? -preguntó él, intentando sonar casual-. ¿Cómo te fue hoy... en mi cuerpo?
Lucía forzó una pequeña sonrisa.
-Bien, fue muy simple. Fui a clases, pasé desapercibida. Cuando llegué a casa aproveché el tiempo para limpiar, preparar la cena y alistar nuestra ropa para mañana. -Suspiró-. La verdad... estaba nerviosa por ti todo el día. No podía concentrarme.
Daniel entendió en ese momento que todo lo que había hecho -limpiar, cocinar, preparar la ropa- había sido para calmar su ansiedad mientras esperaba noticias.
Lucía miró el reloj y se estiró un poco.
-Voy a dormir. Me siento agotada... Ah, por cierto: cena un poco y dile a tu padre, cuando llegue, que ya está lista. No debería tardar mucho. -Se detuvo un segundo en la puerta del pasillo-. Esperemos que mañana todo vuelva a la normalidad.
-Sí... -respondió Daniel, bajando la mirada.
Su madre -en su cuerpo- le dedicó una última mirada, cansada pero tranquila, y se fue a su habitación.
Daniel se quedó un momento de pie en la sala, viendo cómo se cerraba la puerta. Ahora estaba solo, con sus pensamientos, con la humedad aún incómoda en su ropa interior y el recuerdo imposible de borrar.
Ojalá mañana... todo vuelva a ser como antes.
Daniel se quedó un momento solo en la sala, mirando el plato servido. Finalmente, decidió sentarse a cenar lo que su madre había preparado. Cada bocado lo comía despacio, casi sin saborear. Su mente seguía llena de imágenes del jefe, de lo que había pasado, del calor que aún sentía en su cuerpo.
Al terminar, se levantó de la mesa, llevó los platos al fregadero y suspiró. Necesito... un baño pensó. Tal vez así lograría calmar esa sensación de ardor que parecía no irse.
Fue hacia el baño del dormitorio principal, cerró la puerta con cuidado y comenzó a desvestirse. Se quitó los tacones, luego se subió un poco la falda para desabrocharla y dejarla caer. La camisa blanca, algo arrugada, la desabotonó despacio hasta sacarla. Finalmente, quedó solo en ropa interior: el brasier negro que tanto le apretaba el pecho y la tanga, aún algo húmeda.
Se miró un momento en el espejo, dudando. Quitarse el brasier no fue fácil: tardó unos segundos en desabrocharlo, peleando con los corchetes detrás. Al lograrlo, lo puso en el cesto de la ropa sucia junto con la tanga, y quedó completamente desnudo frente al espejo.
Lo que vio lo hizo contener el aliento. Jamás había visto a mi madre así pensó. Sus pechos grandes, firmes, las caderas anchas, el vientre suave, los muslos generosos... Su reflejo no era solo atractivo, era casi hipnótico. Parece que todos lo sabían menos yo se dijo, recordando las miradas en la oficina, la forma en que el jefe la había tratado.
Sintió que su piel se erizaba. Un calor intenso lo recorrió, mezclado con algo que no quería nombrar: excitación. ¿Por qué? ¿Por qué me pasa esto? pensó. Pero no lo razonó mucho más. Abrió la regadera, dejó que el agua cayera y se metió bajo el chorro.
El agua tibia recorrió su cuerpo, resbalando por su pecho y bajando entre sus piernas. Cerró los ojos, intentando relajarse. Pero su mente seguía reproduciendo lo que había sentido en la oficina del jefe. Ese calor... esa mirada... ¿era mía esa reacción? ¿O era del cuerpo de mamá? No lo sabía.
De pronto, escuchó un ruido fuera del baño: la puerta de la entrada. Papá pensó de inmediato, y se puso tenso.
Un cambio inesperado (capitulo 3)


-¿Eres tú, cariño? -escuchó la voz grave de su padre, más cerca.
-Emm... sí, cariño. Soy yo -respondió Daniel, intentando sonar como su madre.
-Ah, bien. ¿Ya está la cena lista? -preguntó el padre.
-Sí... está servida. Puedes calentártela si quieres -dijo Daniel, nervioso.
-Gracias... -respondió su padre, y tras un breve silencio, añadió-: Cuando termines de bañarte, necesito hablar contigo.
El corazón de Daniel dio un brinco. ¿Quiere hablar? ¿Sobre qué? ¿Sabe algo? ¿Será por lo del jefe? ¿O descubrió que cambiamos de cuerpo?
-S-sí... casi salgo -dijo, intentando que su voz no temblara.
Escuchó los pasos alejarse. Terminó de enjuagarse rápido, cerró la regadera y se dio cuenta de algo: No metí ropa para cambiarme...
Tomó una toalla, se la envolvió en el cuerpo, cubriendo su pecho y llegando hasta medio muslo. Luego, se enrolló otra toalla en el cabello, como había visto hacer a su madre. Se sintió raro: era la primera vez que hacía algo así.
Salió del baño, con las piernas aún húmedas, y caminó hasta la habitación de su madre para buscar algo que ponerse. Abrió el cajón de la ropa interior y sacó unas bragas negras sencillas. Las deslizó por sus piernas lentamente, sintiendo el suave ajuste de la tela.
¿Y ahora qué más? pensó, mirando el clóset. Es de noche... mamá siempre duerme con camisón.
Tomó el primero que encontró: uno negro, de tela suave, con un escote que dejaba parte del pecho a la vista. Se lo puso por encima de la cabeza y lo acomodó.
gender bender


Luego se sentó frente al tocador, quitó la toalla del cabello y con las manos lo secó un poco más. Su reflejo lo miraba de vuelta: su madre, en un camisón negro, con la piel aún ligeramente sonrojada por el calor del baño.
Respiró hondo. Tengo que tranquilizarme pensó. Pronto tendría que ir a hablar con su padre... y no sabía qué esperaba de esa conversación.
Daniel se quedó un momento frente al espejo, pasando la toalla por su cabello húmedo. Observaba cómo caían los mechones oscuros sobre sus hombros, aún tibios tras el baño. Estaba tan absorto en sus pensamientos que se sobresaltó al escuchar la puerta abrirse.
Era su padre.
-Cariño... -dijo él, entrando despacio-. Bueno... ¿de qué quería hablar? -preguntó Daniel, intentando sonar tranquila, aunque el corazón le latía rápido.
Su padre se sentó en el borde de la cama, con el rostro algo serio.
-¿Te sientes bien? ¿Te pasó algo hoy? -preguntó, mirándola fijamente.
Daniel tragó saliva, se detuvo de secarse el cabello y bajó un poco la toalla.
-¿Por qué lo dices? -preguntó, intentando mantener la voz firme.
-Es que hoy te noté algo extraña -respondió el padre, con un suspiro-. En la mañana casi no hablamos, ni siquiera me diste un beso para despedirme. ¿Segura que estás bien? ¿O... estás enojada conmigo por algo?
Daniel sintió un nudo en la garganta, pero improvisó.
-Ah... eso. No, no es nada, cariño. Es que me acordé de algo que se me había olvidado hacer en el trabajo, y estaba apurada por llegar antes para arreglarlo. Solo fue eso, perdón si te preocupé.
El padre la miró durante unos segundos y asintió, aunque aún parecía pensativo.
-Entiendo... solo se me hizo raro. Pero, ¿segura que todo está bien?
-Sí, todo bien -dijo Daniel, forzando una pequeña sonrisa.
El padre se relajó un poco, apoyando los codos sobre las rodillas. Se quedó mirándola mientras ella se peinaba con los dedos.
Hubo un momento de silencio, cargado de algo diferente, más suave. Los ojos del padre se suavizaron, recorriendo su figura ahora envuelta en el camisón negro.
-Sabes... incluso cuando estás distraída, te ves preciosa... -dijo él, con voz más baja, más íntima.
Daniel sintió un cosquilleo recorrerle la espalda, sin saber bien cómo reaccionar.
El padre se levantó despacio y dio unos pasos hacia ella, quedando apenas a unos centímetros de distancia.
-Ven aquí... murmuró, con una calidez distinta en el tono, mientras extendía la mano suavemente hacia su cintura.
El padre se acercó, y Daniel sintió que el aire se espesaba. *¿Qué hago? Si lo rechazo, pensará que algo anda mal... se dió cuanta que me comportan raro ha mirado raro. Si sospecha, ¿y descubre que no soy su esposa? Pero... ¿y si mañana todo vuelve a la normalidad?*
No podía arriesgarse. Respiró hondo, tratando de imitar la actitud de su madre. Pero había un problema: desde lo que pasó con el jefe de su madre, su cuerpo-el cuerpo de su madre-parecía haberse vuelto traicioneramente sensible. Cada roce, cada mirada, le recordaba aquel placer que no quería admitir que había disfrutado.
-Sabes... incluso cuando estás distraída, te ves preciosa... -la voz grave de su padre lo sacó de sus pensamientos.
Antes de que pudiera reaccionar, una mano fuerte pero cariñosa se deslizó por su cintura, tirándolo suavemente hacia un pecho masculino y familiar. El calor, el olor a colonia de su padre-tan conocido y, ahora, tan extrañamente perturbador-lo inundaron.
-Ven aquí... -murmuró el hombre, y esta vez no había escapatoria.
Daniel contuvo la respiración cuando los labios de su padre encontraron los suyos. El beso fue lento, experto, y sintió cómo su propio cuerpo-*el maldito cuerpo de su madre*-respondía contra su voluntad. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal, y un rubor traicionero le quemó las mejillas.
-Mmm... hoy estás especialmente nerviosa -susurró el padre contra su boca, con una sonrisa que delataba que le gustaba esa timidez-. ¿O es que me has extrañado?
*No, no, no. Esto no está pasando.* Pero cuando una mano masculina se deslizó bajo su camisón, acariciando el muslo con una familiaridad que lo hizo estremecer, Daniel se dio cuenta de que estaba perdido.
Su mente gritaba que eso era incorrecto, pero su cuerpo, ya excitado desde lo ocurrido con su jefe, parecía tener otras ideas. Un gemido ahogado se le escapó cuando los dedos de su padre encontraron un lugar íntimo, húmedo y sensible que no debía estar así.
-Dios, Lucía... -gruñó el hombre, sorprendido-. Parece que *sí* me extrañaste.
Y entonces, Daniel entendió que ya no podía fingir.
El beso se profundizó, y Daniel sintió cómo su resistencia se desvanecía. "Mañana todo volverá a la normalidad.... Esto no cuenta... Nadie lo sabrá", se repitió, mientras los dedos de su padre desabrochaban el camisón con urgencia.
La tela resbaló por sus hombros, dejando el cuerpo de su madre expuesto al aire frío de la habitación. Por un instante, Daniel dudó-¿Debería detenerlo?-, pero entonces su padre gruñó admirado:
-Dios mío, eres perfecta... -y se lanzó a besarle el cuello, apretando sus pechos con ambas manos.
Daniel cerró los ojos, conteniendo un gemido. El placer era demasiado intenso, como si cada célula de ese cuerpo ajeno estuviera programada para responder. Cuando su padre intentó bajarlo hacia la cama, sin embargo, el pánico regresó.
-Espera... -jadeó Daniel, apartándose apenas-. Yo... puedo hacerte otra cosa.
El hombre lo miró con ojos oscuros de deseo, pero asintió. Daniel se arrodilló frente a él, evitando mirarle la cara. "Solo es una rusa. Nada más. Mañana esto será un mal sueño".
Con manos temblorosas, guió el miembro erecto de su padre entre los pechos de su madre, apretándolos como había visto en películas. El sonido que salió de la boca del su padre lo electrizó:
-¡Joder, cariño! Nunca lo habías hecho tan... ¡Asíl-gruñó, agarrando su cabello con suavidad.
Daniel se concentró en el movimiento, en la textura caliente rozando su piel. Cada gemido de su padre lo avergonzaba y lo excitaba a partes iguales. Hasta que, de pronto, un chorro cálido manchó su clavicula y su pechos. El hombre se desplomó hacia atrás, exhausto.
-Eres increíble... -murmuró, ya medio dormido.
Daniel se quedó inmóvil, mirando el semen brillando sobre el cuerpo de su madre. "¿Qué acabo de hacer?".
**"Tan pronto como vio que su padre se iba a acostar, fue al baño a limpiarse."**
En el baño, el agua caliente no logró borrar la sensación de culpa. Pero cuando sus dedos rozaron por accidente sus pezones sensibles, un escalofrío lo recorrió.
Sin pensarlo, se apoyó contra la pared y se deslizó una mano entre las piernas. "Solo para aliviar la tensión", mintió. Pero en cuanto empezó a frotarse, las imágenes regresaron: los labios de su jefe devorándolo esa mañana, la sumisión que lo hizo sentir poderoso... Y ahora, las manos de su padre marcándole las caderas.
-Mierda... -susurró al venir, mordiendo su propio labio para no gritar.
Cuando salió del baño, su padre roncaba profundamente. Recogió el camisón del suelo y se lo puso, notando cómo olía a colonia de él. Se acostó a su lado, mirando el techo.
"Mañana despertaré en mi cuerpo. Mañana esto solo será un recuerdo raro".

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