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mi historia con nayeli

El silencio en el aula eraabsoluto. Cuarenta cabezas asintieron, la mayoría mujeres, escribiendo en suscuadernos como si mi palabra fuera ley. Llevo cuatro años impartiendo clases yya me sé el guion de memoria: soy el Maestro Alonso, treinta y cinco años,delgado, de apariencia pulcra y voz moderada. El profesor que nunca levanta lavoz y que se sonroja si alguien dice una vulgaridad.
Pero desde mi posición en la tarima, yo veo cosas que ellos noven.
Mis ojos, protegidos por el reflejo de mis lentes, viajaroninevitablemente hacia la primera fila.
Nayeli estaba ahí, desparramada en su pupitre con una insolenciaque debería ser ilegal.
Hoy había decidido venir vestida de una manera muy sensual.Llevaba unos jeans de mezclilla clara, tan ajustados que parecían pintadossobre la piel, delineando cada curva de su anatomía con una precisión cruel. Esuna morena espectacular, de piel canela y ojos negros, vivaces, que siempreparecen estar maquinando algo. Su cabello, negro y lacio como una cascada de tinta,le caía sobre los hombros, enmarcando un rostro que fingía inocencia mientrasmordía la tapa de su bolígrafo rojo.
Se removió en el asiento, cruzando las piernas largas. Elmovimiento hizo que la tela de su pantalón se tensara peligrosamente sobre susmuslos y, sobre todo, en sus nalgas. Tiene unas nalgas firmes, redondas, deesas que se marcan con tal nitidez que uno puede adivinar la textura de la pieldebajo.
Llevaba una blusa blanca sencilla, pero en ella nada se veíasencillo. Su cintura era breve, una curva peligrosa que mis manos podríanrodear sin esfuerzo, y arriba, el escote dejaba adivinar unos pechos lindos,firmes, ni muy grandes ni muy pequeños, pero con esa turgencia desafiante desus veintiún años.
Nayeli notó que la miraba. Por supuesto que lo notó.
Dejó de morder el bolígrafo y me sostuvo la mirada. No hubovergüenza, ni recato. Solo una sonrisa pequeña, de lado, y un leve arqueo deceja.
—Maestro —dijo, levantando la mano sin dejar de mirarme a losojos—. Entonces, según la teoría... ¿si uno se aguanta mucho las ganas, sevuelve loco?
El grupo soltó unas risitas nerviosas. Sentí el calor subirme alcuello, mi reacción fisiológica automática que tanto odio.
—No exactamente, Nayeli —respondí, acomodándome los lentes paraganar tiempo—. La energía psíquica busca salidas. Si no es el acto, es elsíntoma.
Ella asintió despacio, bajando la voz apenas lo suficiente paraque siguiera siendo audible.
—O sea que usted prefiere el síntoma al acto... Qué paciencia,profe.
Sonó la campana, salvándome de responder. Mientras el gruporecogía sus cosas, vi a Nayeli levantarse. Lo hizo despacio, dándome la espaldadeliberadamente para agacharse a recoger su mochila del suelo, regalándome unavista panorámica de cómo esos jeans se aferraban a su trasero.
Se giró antes de salir, me guiñó un ojo y desapareció en elpasillo.
Eran las 11:45 de la noche cuando mi celular vibró sobre la mesade centro.
Fruncí el ceño. Nadie me escribe a esa hora. Lo tomé, bajé elbrillo de la pantalla y desbloqueé.
Era una foto de perfil que reconocí al instante: Nayeli frente aun espejo, con el celular tapándole la cara, pero mostrando esa cinturainconfundible y el ombligo al aire.
Nayeli: "Profe, perdón la hora. Tengo una duda que nome deja dormir sobre lo que dijo en clase."
Dudé. Mi ética profesional gritaba que contestara a una hora másprudente. Mi instinto decía que era una trampa. Pero mis dedos se movieronsolos.
Alonso: "Nayeli, mi número solo es para emergencias.Mándame un correo institucional mañana."
La respuesta llegó en segundos.
Nayeli: "Es que por correo es muy frío. Y usted dijoque la represión hace daño."
Nayeli: "¿Usted cree que el autocontrol funcionasiempre, Maestro? Porque hoy, cuando explicaba las pulsiones... sentí que lateoría se le quedaba corta. Como que usted sabe que hay cosas que no se puedenesconder, por más serio que se ponga."
Sentí un golpe de adrenalina en el estómago. Me incorporé en elsofá. Nayeli estaba cruzando la línea sin paracaídas, usando mi propia materiapara acorralarme.
Alonso: "Estás sobreanalizando la cátedra. Ve adormir."
Nayeli: "Jajaja. 'Sobreanalizando'. Qué palabra tantécnica para no admitir que le pongo nervioso."
El indicador de "Escribiendo..." parpadeó un momento yllegó una imagen.
No era un desnudo, era algo peor. Eran sus piernas, desnudasdesde medio muslo hacia abajo, cruzadas sobre las sábanas blancas de su cama,con mi libro de texto abierto sobre sus rodillas. La iluminación era tenue,íntima.
Nayeli: "No me puedo concentrar, profe. ¿Usted sípuede?"
Nayeli: "A mí me gusta cuando se pone rojo en clase.Se ve tierno. Aunque yo creo que en el fondo no tiene nada de tierno."
Me quedé mirando la pantalla brillante en la oscuridad. Podíabloquearla. Podía reportarla mañana. Pero no lo hice. Releí el mensaje: "Yocreo que en el fondo no tiene nada de tierno".
No tenía idea de la presión que se estaba acumulando detrás demi silencio.
Dejé el mensaje en "visto". No contesté. Dejé elteléfono en la mesa con el corazón latiéndome en la cien, sintiéndome un poco excitadopor la situación, una mezcla de culpa y adrenalina que no me dejó dormir bien.
Pasaron tres días. Tres días en los que mantuve ignrorando mitelefono más que para lo necesario, ignorando deliberadamente la primera fila.No la bloqueé, pero tampoco fui capaz de contestar; no sabía qué decir sinromper la barrera profesional. Ese "visto" azul fue mi única defensa:el silencio pesaba más que cualquier palabra que yo pudiera escribirtorpemente.
Nayeli lo sintió. La vi removerse incómoda en su asiento durantela semana, cruzando y descruzando las piernas, lanzándome miradas que pasabande la arrogancia a la incertidumbre.
Era viernes por la tarde. El sol comenzaba a bajar, pintando denaranja las ventanas del aula, pero todavía había suficiente luz para ver elpolvo flotando en el aire. El campus se vaciaba rápido; nadie quiere quedarseen la facultad un viernes después de las seis.
Yo recogía mis cosas con prisa, metiendo los plumones y laslistas en el maletín. Quería salir de ahí antes de que el tráfico de la ciudadse pusiera imposible. Quería llegar a la seguridad de mi casa, con mi esposa, yolvidar la tensión que llevaba tres días acumulándose en mi cuello.
Pero cuando levanté la vista, me di cuenta de que no estabasolo.
Nayeli no se había ido. Estaba recargada en el marco de lapuerta, bloqueando mi única salida, con los brazos cruzados y esa caderaladeada que parecía desafiar las leyes de la física y de la decencia académica.
El sol de la tarde entraba por las ventanas a mis espaldas,iluminándola de frente. Traía una blusa negra de tirantes que dejaba aldescubierto sus hombros morenos y un escote sutil pero peligroso. Y abajo, esosjeans. Los mismos de la foto. Ajustados hasta la asfixia, marcando sus piernaslargas y la curva firme de sus caderas.
—Ya es tarde, Nayeli —dije, cerrando el broche de mi maletín conun chasquido seco. Intenté sonar autoritario, pero mi garganta estaba seca—. Sino te apuras, te van a cerrar la salida principal.
Ella no se movió. Solo ladeó la cabeza, mirándome con esaexpresión de gato que acaba de arrinconar a un ratón.
—Me dejó en visto, profe —soltó, así, sin preámbulos.
Sentí el calor subirme a las orejas. Me ajusté los lentes,evitando su mirada directa, buscando una ruta de escape visual.
—Estaba ocupado —mentí, rodeando el escritorio para dirigirme ala puerta.
Ella no se quitó. Tuve que detenerme a un metro de ella para nochocar. El olor a vainilla me golpeó de lleno, dulce y mareador.
—Ocupado viendo la foto —corrigió ella con una risita suave,bajando los brazos y dando un paso minúsculo hacia mí, invadiendo mi espaciopersonal—. Lo sé porque se tardó dos minutos en cerrar el chat.
Me quedé paralizado. Tenía razón, y negarlo solo me haría vermás culpable. La miré a los ojos. Eran negros, profundos, y brillaban conburla. Ella estaba disfrutando esto. Estaba disfrutando ver al "MaestroAlonso" nervioso, apretando el maletín como si fuera un escudo.
—Nayeli, mantén tu distancia —advertí, aunque mi voz salió sinfuerza.
—¿Por qué? —susurró, inclinándose un poco hacia adelante con unasonrisa traviesa, bajando la voz para que sonara íntimo en el salón vacío—. ¿Lepongo nervioso, profe?
Se mordió el labio inferior, ese labio pintado de rojo quecontrastaba con su piel morena. Mis ojos, traicioneros, bajaron a su boca yluego, inevitablemente, a su escote. Ella lo notó y su sonrisa se ensanchó.
—Se puso rojo otra vez —dijo, rozando apenas la manga de mi sacocon sus dedos, divertida—. No tiene que disimular tanto. Ya me di cuenta de quele gustó la foto... y de que le gusto yo.
El silencio se estiró entre los dos, tenso. Yo no supe quédecir. Me quedé ahí, pasmado, con el corazón latiéndome desbocado, atrapadoentre mi rol de autoridad y la evidencia de que ella tenía razón. Queríaempujarla y quería agarrarla ahí mismo, pero las palabras no me salían.
Antes de que pudiera reaccionar o balbucear alguna excusa torpe,ella dio un paso atrás, liberando la puerta.
Se acomodó la mochila al hombro con un movimiento rompiendo latensión como si fuera lo más natural del mundo.
—Nos vemos el lunes, Maestro —dijo, y luego, con una vozcantarina y totalmente coqueta, agregó—: Chau.
Se dio la vuelta y salió al pasillo, caminando despacio,asegurándose de que yo viera cómo se movían esos jeans mientras se alejaba. Mequedé solo en el aula, con el maletín en la mano y la respiración agitada,sabiendo que mi huida a casa ya no servía de nada: ella ya se había metido enmi cabeza.
Llegué a casa con la camisa pegada a la espalda, y no era por elcalor, Me refugié en el estudio con la excusa de terminar de calificar unosexámenes. Cerré la puerta, me aflojé la corbata y saqué el teléfono.
No había notificaciones.
Sentí una punzada absurda de decepción. Me senté en mi sillóngiratorio, aventé las tareas sobre el escritorio sin mirarlos y me quedé viendola pantalla negra, debatiéndome entre mi ética y la imagen de Nayeli recargadaen el marco de la puerta.
A las 10:30, el teléfono vibró. Mi corazón dio un saltoestúpido.
Nayeli: "¿Ya se le bajó el color, profe? O siguepensando en mí..."
Me mordí el labio. Debería ignorarla. Debería borrar el chat.Pero el recuerdo de su perfume de vainilla seguía impregnado en mi nariz. Misdedos volaron sobre el teclado antes de que mi conciencia pudiera frenarme. Merelajé un poco; al final, era solo un mensaje de texto. Nadie podía vernos.
Alonso: "Deberías estar durmiendo, Nayeli. Oestudiando."
Nayeli: "Uy, qué genio. Estoy en mi cama, pero notengo sueño. Me quedé con ganas de seguir platicando."
Nayeli: "Usted fue el que huyó. Yo me quería quedar unratito más."
Leí el mensaje tres veces. "Huyó". Tenía razón.
Alonso: "No huí. Tengo una vida y responsabilidades.Tú deberías buscarte las tuyas en lugar de molestar a tus profesores."
Fue una respuesta débil, y ella lo supo. No le puse un altoreal, solo le seguí el juego.
Nayeli: "Jajaja 'molestar'. Si le molestara, ya mehabría bloqueado, Maestro. Pero aquí sigue, contestándome un viernes en lanoche."
Nayeli: "Admítalo. Le gusta que sea así. Las otrasniñas le tienen miedo, pero yo no."
Suspiré, recargando la cabeza en el respaldo de la silla. Eracierto. Me gustaba que no me tuviera miedo. Me gustaba esa insolencia querompía con mi rutina gris.
Alonso: "Eres imprudente, Nayeli. Eso es lo queeres."
Nayeli: "Y usted es muy reprimido, Alonso. (Ups, se mesalió el nombre )."
Ver mi nombre escrito por ella, sin el título académico, sesintió peligrosamente íntimo. Sentí una corriente eléctrica bajarme por laespalda. Ya no me defendí.
Alonso: "Ten cuidado con lo que dices."
Nayeli: "Prefiero tener cuidado con lo que hago.¿Quiere ver qué estoy haciendo?"
El indicador de "Escribiendo..." se tardó más estavez. El aire en el estudio se volvió denso. Sabía lo que venía, y en lugar devoltear el teléfono, me acerqué más a la pantalla, esperando.
La imagen se cargó.
Casi se me cae el teléfono de las manos.
Ya no eran solo las piernas. Era una selfie tomada desde arriba,recostada en su cama.
Llevaba una camiseta de tirantes gris, de esas sencillas paradormir, que al caer la gravedad se le desbocaba lo suficiente para dejar ver elnacimiento de sus senos, esa piel morena y suave, y una clavícula marcada quepedía a gritos ser besada. Tenía el cabello negro desparramado sobre laalmohada blanca y me miraba directamente a la cámara, con los ojos un pocoentrecerrados y los labios rojos entreabiertos, sin sonreír, con una expresiónde pura invitación. No se veía nada prohibido, no había desnudez, pero laintimidad de la imagen era devastadora.
Parecía que me estaba mirando desde la almohada de al lado.
Nayeli: "Pensé en usted antes de dormir. ¿Le gusta oes demasiado para el profe tímido?"
Tragué saliva, sintiendo la boca seca y los pantalonesrepentinamente estrechos. Esto ya no era un juego inocente, pero tampoco eravulgar. Era una ventana abierta a su habitación, a su privacidad, y yo era elespectador exclusivo.
Miré hacia la puerta cerrada del estudio, asegurándome de que nadieentrara, y luego volví a mirar la foto. Hice zoom. Recorrí con la mirada latextura de su piel, el lunar pequeño que tenía cerca del hombro, la forma enque el tirante de la blusa parecía a punto de resbalar por su brazo.
Me rendí. La poca resistencia que me quedaba se quebró ante esaimagen. No pude ser el profesor estricto, no con ella mirándome así desde lapantalla.
Alonso: "No deberías mandarme esto."
Escribí eso, pero no la bloqueé. Mis dedos se quedaron flotandosobre el teclado, esperando.
Nayeli: "Si no le gustara, me diría que pare. Pero nome ha dicho que pare."
Nayeli: "Dígame la verdad, Alonso. Nadie nos lee. ¿Legusta cómo me veo?"
Suspiré, aflojándome el nudo de la corbata que de repente measfixiaba. El silencio de la casa amplificaba el latido de mi corazón. Merecargé en la silla, sintiéndome derrotado por mis propios instintos, y decidí,por una vez, dejar de mentir.
Alonso: "Te ves increíble, Nayeli."
La respuesta fue inmediata.
Nayeli: "¿Vio? No pasa nada por decir la verdad. Sesiente bien, ¿no?"
Alonso: "Es peligroso. Tú eres peligrosa."
Nayeli: "Solo soy una alumna que quiere caerle bien asu maestro favorito."
Nayeli: "Además, usted se ve muy tenso siempre.Necesita a alguien que lo ayude a relajarse. Yo podría ayudarlo..."
Sentí un calor denso en el bajo vientre. La insinuación eraclara, pero el tono seguía siendo ese coqueteo ambiguo que me permitía seguiradelante sin sentirme un monstruo.
Alonso: "¿Y cómo planeas hacer eso? ¿Con fotos?"
Me sorprendí a mí mismo enviando ese mensaje. Estabacoqueteando. Yo, Alonso, el catedrático intachable, estaba provocándola a lasonce de la noche.
Nayeli: "Las fotos son solo el principio. Tengo muchasideas, profe. Pero tiene que dejar de tenerme miedo."
Alonso: "No te tengo miedo."
Nayeli: "Demuéstremelo. Mañana es sábado. ¿Va a ir ala facultad a revisar los proyectos?"
Sabía que ella sabía mi horario. Sabía que los sábados por lamañana iba un par de horas a la biblioteca o a mi cubículo compartido paraadelantar trabajo administrativo. Era mi rutina sagrada.
Alonso: "Sí. Voy a estar ahí de 10 a 12."
Nayeli: "Perfecto. Entonces allá lo veo. Y más le valeque no huya esta vez, porque voy a ir bonita para usted."
Nayeli: "Buenas noches, Alonso. Sueñe con la foto."
Se desconectó. Me quedé solo en el estudio, con la luz tenue dela lámpara y la evidencia brillante en mi mano de que acababa de pactar unencuentro. Guardé la foto en la galería oculta del teléfono, sintiéndomeculpable, sucio y, por primera vez en años, terriblemente ansioso porqueamaneciera.
El sábado por la mañana, la facultad parecía un mausoleo. Lospasillos largos y vacíos devolvían el eco de mis pasos mientras caminaba haciael aula de seminarios del tercer piso, la más alejada de la entrada principal.Me dije a mí mismo que elegí ese lugar por la iluminación para leer las tesis,pero sabía que mentía: lo elegí porque ahí nadie subía.
Intenté concentrarme. Esparcí papeles sobre la mesa, abrí milaptop y saqué un bolígrafo rojo. Pero mis ojos no leían las palabras; mirabanel reloj cada treinta segundos.
A las diez y cuarto, la puerta se abrió.
No tocó. Simplemente giró la perilla y entró, cerrando detrás deella con una suavidad que hizo que el clic del pestillo sonara como un disparoen el silencio del salón.
—Llegó temprano, Alonso —dijo, recargándose en la puerta.
Levanté la vista y el aire se me atoró en la garganta. Cumpliósu amenaza: venía bonita. Llevaba una falda de mezclilla corta, deshilachada enel borde, que dejaba ver la totalidad de sus piernas morenas, y una blusablanca de tirantes, fresca, que contrastaba con su piel y resaltaba su cabellonegro suelto. Se veía insultantemente joven y viva en medio de ese edificiogris.
—Tengo trabajo, Nayeli —respondí, mi voz sonando demasiadoformal, casi ridícula. Me aferré al bolígrafo como si fuera un arma—. Sialguien nos ve aquí...
—Nadie sube los sábados —interrumpió ella, caminando despaciohacia mí. Sus tenis de lona hacían un sonido suave contra el piso—. Además, lapuerta tiene seguro. Yo misma lo puse.
Ese detalle me heló la sangre y, al mismo tiempo, la encendió.Se detuvo al otro lado de la mesa, frente a mí. Me miró los papelesdesordenados y luego me miró a los ojos, con esa media sonrisa que desarmabamis defensas.
—Ni siquiera ha avanzado una página, profe. La hoja está enblanco.
—Estoy organizando mis ideas.
—Usted siempre está pensando demasiado —susurró. Rodeó la mesalentamente, como un depredador acechando a una presa que no tiene intención dehuir.
Me giré en la silla para no darle la espalda, pero me quedéclavado en el asiento. Mi timidez, esa vieja amiga, me paralizó. No sabía quéhacer con las manos, no sabía dónde mirar sin sentirme un pervertido.
Nayeli llegó a mi lado. No me tocó todavía. Se apoyó en el bordedel escritorio, quedando un poco más alta que yo, invadiendo mi espacio vitalcon su olor a vainilla y jabón limpio.
—¿Por qué tiembla? —preguntó suavemente, mirando mis manos sobremis rodillas.
—No estoy temblando.
—Sí está. —Se inclinó y, con una delicadeza que no esperaba,puso su mano sobre la mía. Su piel estaba cálida. Mis dedos reaccionaron alcontacto, tensándose—. Alonso... relájese. No voy a morderlo... todavía.
La broma no me hizo reír, pero sí me hizo soltar el aire queestaba conteniendo. Levanté la vista. Ella me miraba sin burla esta vez. Habíacuriosidad y una extraña ternura en sus ojos negros.
—Esto está mal, Nayeli. Soy tu profesor.
—Lo sé —admitió ella, acercando su rostro al mío, despacio,dándome tiempo de quitarme, de empujarla, de salir corriendo. Pero no me moví—.Pero aquí no hay nadie. Solo somos usted y yo. Y yo sé que usted quiere tocarmetanto como yo quiero que me toque.
Levantó la mano y sus dedos rozaron mi mejilla. Me estremecí.Fue un toque eléctrico. Bajó la mano hasta mi barbilla y luego hasta el nudo demi corbata, que yo había dejado floja.
—Se ve guapo así —murmuró, jugando con la tela—. Menos perfecto.Más real.
—Nayeli... —Mi voz fue un susurro ronco.
—Shh. —Puso un dedo sobre mis labios—. No piense. Solo sienta.
Se inclinó más y me besó.
Fue un beso suave al principio, un roce de labios tentativo,probando el terreno. Yo me quedé rígido un segundo, con las manos apretando losreposabrazos de la silla, luchando contra años de represión. Pero sus labioseran suaves, insistentes, y sabían a brillo labial de fresa.
Ella se separó un milímetro, rozando mi nariz con la suya.
—Béseme bien, Alonso —retó en un susurro
Algo se soltó en mi pecho. Mis manos dejaron la silla y,torpemente, con un miedo atroz pero una necesidad urgente, subieron a sucintura. Sentí la curva de su cuerpo, la calidez a través de la blusa delgada.
La atraje hacia mí. Ella soltó un suspiro complacido y se dejóllevar, abriendo la boca, profundizando el beso. Ya no hubo suavidad. Hubohambre. Mi lengua encontró la suya y el beso se volvió húmedo, desordenado.
Nayeli se movió, abriendo las piernas para sentarse a horcajadassobre mi regazo, sin dejar de besarme. Sentí el peso de su cuerpo contra elmío, la fricción de su falda contra mi pantalón de vestir.
Me separé jadeando, buscando aire, con los lentes empañados ychuecos.
—Estás loca —dije, pero mis manos no la soltaban; al contrario,apretaron sus caderas.
—Loca por usted —respondió ella, quitándome los lentes concuidado y dejándolos sobre el escritorio, dejándome vulnerable, sin mi escudo—.Ahora sí, profe... enséñeme algo que no venga en los libros.
La tenía encima de mí, con sus piernas abiertas sobre mismuslos, y la veía con una claridad absoluta. Cada detalle de Nayeli se grababaen mi retina con una nitidez dolorosa: el rubor subiendo por su cuello moreno,el brillo de saliva en sus labios hinchados por el beso, y la forma en que suspechos subían y bajaban bajo la tela delgada de su blusa, rompiendo el ritmo desu respiración.
Mis manos, que habían dudado tanto, cobraron vida propia,impulsadas por un hambre vieja. Las deslicé por su cintura, colándome pordebajo de la blusa de tirantes.
El contacto con su piel desnuda fue un shock eléctrico.
No llevaba sostén. Al subir las manos, mis palmas encontrarondirectamente la carne suave y caliente de sus senos. Eran perfectos, firmes,con esa turgencia insolente de sus veintiún años que desafiaba la gravedad.Llenaban mis manos justo a la medida, pesados y cálidos. Apreté suavemente,moldeando esa redondez en mis dedos, y sentí cómo sus pezones se endurecían alinstante contra mi piel, convirtiéndose en dos puntos rígidos, sensibles, quepedían a gritos más atención.
—Alonso... —susurró ella, arqueando la espalda, empujando suspechos contra mis manos, ofreciéndoselos—. Tóquelos...
Bajé la vista y vi cómo mis dedos morenos contrastaban con supiel canela, hundiéndose en la suavidad de su escote. Pellizqué suavemente unode sus pezones y ella soltó un gemido que me vibró en el pecho.
Pero mis manos necesitaban más. Las deslicé hacia abajo, pasandopor su vientre plano y tenso, hasta llegar al borde de su falda de mezclilla.Mis palmas ahuecaron sus nalgas.
Dios, sus nalgas.
A través de la tela áspera, sentí la carne sólida, redonda yrespingada. Apreté con fuerza, hundiendo los dedos, sintiendo esa resistenciaelástica que solo tiene un cuerpo joven. Eran dos hemisferios firmes quellenaban mi agarre, calientes por la fricción. La atraje hacia mí apretándoleel trasero, obligándola a pegar su pelvis contra mi erección que ya dolía bajoel pantalón.
—Estás riquisima —gruñí, fascinado por la textura de su cuerpo,amasando sus nalgas con una posesividad que no sabía que tenía—. Tienes elcuerpo ardiendo.
—Es por usted —jadeó ella, abriendo más las rodillas, frotándosecontra mi bulto—. Todo esto es para usted.
La necesidad se volvió insoportable. Mis manos bajaron de susnalgas a sus muslos, separándolos, buscando el calor que irradiaba de suentrepierna. El olor a vainilla se mezclaba ahora con el aroma denso de suexcitación.
Metí la mano bajo la falda, apartando la tela de sus bragasnegras.
Toqué su centro y fue como meter la mano en fuego líquido.Estaba empapada. Una humedad espesa, resbalosa y caliente me cubrió los dedosal instante. Sus labios íntimos estaban hinchados, palpitantes. Acaricié laranura mojada y ella dio un espasmo violento, clavándome las uñas en loshombros.
—¡Ah! —gimió, echando la cabeza hacia atrás—. Se siente... quérico se siente su mano ahí.
—Estás chorreando, Nayeli —dije, mi voz ronca, sucia,maravillado por ver cómo mi alumna "coqueta" estaba hecha un desastrepor mí—. Estás empapada.
—Ya no... —suplicó ella, con los ojos vidriosos, desesperada—.Ya no quiero los dedos... lo quiero a usted.
La urgencia me ganó. Con la mano libre y temblorosa, me bajé elcierre del pantalón y me liberé. Ella se enderezó, miró mi erección con losojos dilatados, mordiéndose el labio, y luego me tomó con su mano pequeña ysuave para guiarme.
Cuando la punta tocó su entrada, sentí lo estrecha que era.
—Despacito... —pidió en un susurro, alzando las caderas,buscando el ángulo.
Empezó a bajar. La sensación de penetrarla fue abrumadora. Susparedes internas me abrazaron con una presión exquisita, casi dolorosa de loapretada que estaba. Era un ajuste perfecto, caliente, húmedo. Sentí cadacentímetro de su anatomía cediendo, abriéndose paso a la fuerza paraacomodarme. Sus nalgas pesaban sobre mis muslos, anclándome.
Yo la miraba a la cara, viendo cómo fruncía el ceño y abría laboca en un suspiro largo mientras terminaba de sentarse sobre mí, tragándomepor completo hasta el fondo.
El calor de su interior me envolvió como un guante de terciopelohirviendo. Estábamos conectados, fundidos. Sus pechos rebotaron levemente conel impacto de nuestros cuerpos al unirse.
—Dios... —solté el aire, agarrándola de las nalgas con fuerza,dejando mis dedos marcados en la mezclilla—. Te sientes increíble.
Ella se dejó caer sobre mi pecho, jadeando, con el corazóngolpeando contra el mío. Me abrazó el cuello, desesperada, empezando a moverse,frotando sus pechos contra mi camisa.
—Ya, Alonso... —gimió en mi oído, su voz llena de necesidad ylujuria—. Muévase... métemela toda, por favor.
La obedecí. Mis manos bajaron de su cintura a sus nalgas,aferrándose a la carne firme a través de la mezclilla, usándolas como manubrio.Arquee la espalda y embestí hacia arriba, clavándome en ella hasta el tope.
Nayeli echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo, unsonido roto que rebotó en las paredes del aula vacía.
—¡Aaaaaa!
Empecé a moverme con un ritmo constante, implacable. Ya no erael profesor midiendo sus palabras; era un hombre respondiendo a la fricción másdeliciosa que había sentido en su vida. La silla de oficina crujía bajo nuestropeso combinado, un chirrido rítmico que se mezclaba con el sonido húmedo denuestros cuerpos chocando y el palmoteo de sus nalgas contra mis muslos.
La vista era espectacular.
Con cada embestida mía, Nayeli rebotaba. Sus pechos, libres bajola camiseta de tirantes, saltaban con una libertad hipnótica. La tela blanca sefrotaba contra sus pezones erectos, marcándolos como dos piedras preciosas. Nopude contenerme. Solté una de sus caderas y subí la mano para atrapar un seno.Lo apreté con fuerza, sintiendo el peso y la suavidad en mi palma, y pasé elpulgar bruscamente sobre el pezón endurecido a través de la tela.
—¡Alonso! —gritó ella, mirándome con los ojos desenfocados,mordiéndose el labio inferior hasta dejarlo blanco—. ¡Que duro estas!
—Así me pusiste —gruñí, viéndola deshacerse sobre mí—Todo porti.
—¡Sí! —admitió, jadeando, apoyando sus manos en mis hombros paraimpulsarse y bajar con más fuerza—. ¡Me encanta! ¡Se siente enorme!
La estrechez de su cuerpo era una locura. Me apretaba en cadamovimiento, ordeñándome, exprimiendo toda mi voluntad. Sentía cómo sus paredesinternas palpitaban alrededor de mí, calientes y viscosas. Estaba tan mojadaque el sonido era obsceno, un chop-chop líquido que delataba lo muchoque lo estaba disfrutando.
Ella bajó la vista, mirándonos unidos. Ver cómo su entrepiernatragaba mi erección, cómo su falda se amontonaba en su cintura dejando ver esetriángulo de piel morena y encaje negro, fue la imagen que rompió miresistencia.
Aceleré el ritmo. Mis embestidas se volvieron cortas y brutales.Apreté sus nalgas con ambas manos, dejando mis dedos marcados en la tela,forzándola a recibirme más profundo.
—Me voy a venir... —avisó ella, su respiración convirtiéndose ensollozos de placer—. ¡Profe, me voy a venir!
—Vente —le ordené, golpeando una última vez contra su puntoexacto—. Vente en mi verga, Nayeli.
Ella se tensó completa. Sus músculos vaginales se contrajeron enespasmos violentos que me apretaron como un puño de terciopelo. Gritó minombre, arqueando la espalda, ofreciéndome sus pechos que temblaban con lafuerza de su orgasmo.
Sentirla venirse fue demasiado. La sensación de ser apretadoasí, combinado con la visión de su cara perdida en el placer, detonó mi propiofinal.
—¡Ufff! —gruñí.
Me vacié dentro de ella con tres embestidas finales, profundas,desesperadas, sintiendo cómo mi esencia llenaba ese calor que me había estadoprovocando durante meses. Me aferré a su cintura, anclándola contra mí,mientras las oleadas de placer me nublaban la vista y me dejaban sin aire.
Nos quedamos así unos segundos eternos, ella colapsada sobre mipecho, yo con la cabeza recargada en el respaldo de la silla, ambos empapadosen sudor, mientras el eco de nuestros jadeos se iba apagando en el silencio delsábado por la mañana.
El silencio regresó al aula poco a poco, llenando el espacio quenuestros gemidos habían ocupado. Solo se escuchaba el zumbido eléctrico de lalaptop en el escritorio y el latido desbocado de mi propio corazón, que poco apoco empezaba a bajar de revoluciones.
Nayeli seguía sobre mí, con la cara escondida en mi cuello,respirando hondo. Sentía su piel pegajosa contra la mía, el sudor de ambosmezclándose con el olor a sexo y esa vainilla persistente que ahora parecíaimpregnada en mi ADN.
Mis manos, aún temblorosas, acariciaron su espalda desnuda,subiendo y bajando por su columna. Ya no había prisa. Solo la realidadaplastante de lo que acabábamos de hacer.
—Alonso... —susurró ella, levantando la cara.
Tenía el pelo revuelto, pegado a la frente por el sudor. Suslabios estaban hinchados y muy rojos, mordidos. Me miró con una expresión queya no tenía nada de niña ni de alumna; era la mirada de una mujer que acaba demarcar su territorio.
—Tenemos que irnos —dije, mi voz sonando extraña, rasposa.Intenté recuperar algo de mi autoridad, pero sonó débil incluso para mí.
Ella sonrió, una sonrisa perezosa y satisfecha.
—Un ratito más —pidió, dándome un beso casto, suave, en lacomisura de los labios. Un contraste brutal con la salvajada de hace unminuto—. Está muy cómodo aquí.
Pero se movió. Se levantó despacio, haciendo una mueca alsepararse de mí. El sonido húmedo de nuestros cuerpos al despegarse fue elpunto final de la locura.
Al verla de pie, ajustándose la falda y la blusa, sentí un golpede realidad. Se veía desaliñada, preciosa y evidente. Cualquiera que la vierasabría exactamente lo que acababa de pasar.
Yo me subí el cierre y me abroché el cinturón con manos torpes.Me sentía ligero, vaciado, como si me hubieran quitado un peso de encima quellevaba cargando años. Busqué mis lentes en el escritorio y me los puse.
El mundo volvió a enfocarse. Y ahí estaba ella, mirándomemientras se alisaba el cabello con los dedos.
—¿Y ahora? —preguntó, recargándose en el escritorio, cruzandolos tobillos.
Me puse de pie, alisándome el saco arrugado.
—Ahora te vas a casa, Nayeli. Y yo termino de revisar estostrabajos.
Ella soltó una risita, negando con la cabeza.
—Usted es increíble. Acabamos de... bueno, ya sabe, y ya quiereponerse a leer.
Se acercó a mí, invadiendo mi espacio una última vez. Me acomodóel cuello de la camisa y me apretó el nudo de la corbata con una familiaridadque me asustó, porque me gustó demasiado.
—Pero está bien —dijo, poniéndose de puntitas para besarme en lamejilla—. Me voy. Pero no crea que esto se acaba aquí, profe. Ya no hay vueltaatrás. Ya sabe que no es tan santo como cree.
Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Antes de salir, segiró y me guiñó un ojo, recuperando esa chispa traviesa.
—Gracias por la clase particular, Alonso. Estuvo... intensa.
Salió y cerró la puerta. El clic del seguro resonó en el vacío.
Me dejé caer de nuevo en la silla. Olía a ella. Todo olía aella. Miré mis manos, luego miré la pantalla de la laptop con el documento enblanco.
Me toqué los labios, recordando el sabor de su boca y lasensación de su cuerpo apretado contra el mío. Sabía que tenía que sentirculpa. Sabía que mi ética profesional y mi matrimonio acababan de recibir untiro de gracia. Pero mientras me recostaba en el sillón, cerrando los ojos yrespirando el aroma a vainilla que quedaba en el aire, no sentí culpa.
Sentí hambre. Hambre de que fuera lunes para volver a verla.

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