Había una vez una madurona llamada Alma, asalariada eficiente y de curvas generosas... era una mujer de treinta y tantos años que poseía un cuerpo muy deseable. Uno que le brindaba la atención de los hombres, y que, por tanto, le era una bendición y una maldición a la vez.
Le había servido para obtener beneficios en la vida, sin duda. Esos pechos resaltantes y redondos que desafiaban la gravedad, su cintura estrecha que se abría en caderas amplias y generosas, y que a su vez se convertían en unas nalgas macizas, plenas de carne. Todo eso le había abierto puertas, le había conseguido más puestos de trabajo que su experiencia y currículum vitae.
Cualquiera, carente de eso, lo desearía. Muchas mujeres ya quisieran poseer ese cuerpo y lo que les brindaría el tener tales formas. Pero ella estaba harta de los piropos y miradas insistentes.
Alma estaba cansada de que los compañeros de trabajo la grabaran a escondidas, solo para luego hacerse “chaquetas” en su honor. Aunque, a decir verdad, más de una ocasión, al descubrirse siendo grabada, hasta posaba evidenciando su vanidad.

Sabía que no dejaban de mirarla todos los hombres que la rodeaban, y para ese momento de su vida [cercana a los 40 años], estaba harta de ser vista sólo como un objeto follable.

Esa mañana, después de soportar otra ronda de comentarios “piropezcos” en el pasillo y una mano que “accidentalmente” rozó su voluptuoso trasero al pasar junto a la máquina de café, entró al baño de mujeres y se miró al espejo con hastío.
“Ya no quiero ser ‘la chica buena de la oficina’, quiero ser algo más”, murmuró para sí.
“Ay sí, la chica buena. ¡Pinche vieja putona!”, alcanzó a escuchar desde uno de los cubículos del sanitario, de parte de alguna compañera envidiosa, que la criticaba por robarse las miradas masculinas.
Fastidiada, salió rápidamente azotando la puerta tras de sí, queriendo manifestar su enfado.
“Estoy harta de que cada vez que abro la boca para aportar alguna idea, me miren las nalgas en lugar de escucharme. Quiero que me tomen en serio. Quiero ascender porque valgo, no porque tenga buenas tetas o por mi falda corta”, le decía más tarde a su compañera de piso, Valeria.
Ésta sonrió, pues bien sabía que si su amiga usaba ese tipo de atuendos era siendo consciente de lo que despertaban; después de todo así era el juego.
“Ay amiga. Si te van a tratar como objeto, al menos cobra por ello. Sácale el mejor beneficio para ti”.
“Pero es que yo no soy así”, respondió indignada, Alma.
Valeria revoleó los ojos.
“Pues deberías, aprovéchalo mientras dure. No toda la vida vamos a atraer las miradas, amiga”.
Días después, el director general de la empresa donde trabajaba la llamó. Alma sintió un nudo en el estómago mientras subía en el ascensor. Garza era el clásico ejecutivo cincuentón que les metía mano a las secretarias. Cuando ella entró, él le miró inmediatamente las nalgas.

“Alma, tome asiento, tengo buenas noticias”.
La mujer se sentó frente al escritorio.

“He decidido ascenderla. Coordinadora de proyectos especiales, ¿qué le parece? Reportarás directamente a mí”.

La satisfacción la inundó de tal modo que ni siquiera notó que el hombre no dejaba de mirarle las tetas lascivamente.
“Gracias, señor Garza. De verdad... no sabe cuánto significa esto para mí. Yo le prometo que daré todo de mi parte para...”.
Él sonrió.
“No lo pongo en duda Almita”.

“Es más, te tengo un regalo”.
“¿Un regalo?”.
El hombre le señaló hacia un mueble y le dijo que allí estaría.

“¿Aquí?”, preguntó ella aún con una sonrisa.

Él le dijo que sí, pero en la parte de abajo. Ella se lo señaló y él asintió.

El deseo se le evidenciaba en la cara; ya estaba salivando. Ansiaba ver a la mujer inclinada. Por eso había colocado ahí “el regalo”.

El maduro y forrado jefe ya sentía comerse ese súper culo de afuera hacia adentro.

Decidido, el Licenciado Garza se levantó y fue hacia su objetivo.

Mientras ella aún buscaba inclinada, sin encontrar nada pero con la tela de su falda tan tensa sobre sus nalgas que parecía una segunda piel, el maduro se le aproximaba peligrosamente a su retaguardia.
La línea de las bragas se marcaba claramente bajo la prenda que las cubría, el hombre lo pudo apreciar.
En la mente del masculino ya podía verse a sí mismo insertándole el miembro a tan tremendo culote de hembra. Metiéndole la hombría por en medio de esos enormes globos carnosos, redondos y pesados, cachetes de carne morena. Por la tez de la dama, esas mejillas debían estar bien prietas, y por su volumen y firmeza debían apretar delicioso la verga introducida entre ellas.
Desde su perspectiva, aquél le estaba haciendo un favor. Estaba dispuesto a ascenderla en la empresa, a darle lo que quisiera, siempre y cuando le permitiera antes darle verga. Era un ganar, ganar para ella, a quien sólo le correspondía recibir. El hombre sólo quería disfrutar a la hembra, y el pago por ello no era mucho para una mujer así, evidentemente putona. Dotada de tales virtudes por nacimiento, no tendría que hacer mayor esfuerzo por ese ascenso, sólo levantarse la falda y dejarse culear; poca cosa.
Por eso, para ese hombre, era cosa segura así que ya se había bajado el pantalón y los calzones para cuando llegó detrás de ella.
Con ambas manos le levantó la falda tan impúdica como rápidamente. De pronto las nalgas quedaron descubiertas, dejando visible las pantaletas de color negro que la mujer vestía. Había sido tomada tan de sorpresa que, antes de ella reaccionar, el cincuentón maduro ya había procedido con el siguiente paso previo a su satisfacción: le arrancó de un tirón la única prenda que le quedaba de protección a la mujer.
El calzón salió volando.
“¡Te voy a coger el culo y solo así vas a obtener el ascenso que te prometí!”, le susurró mientras se lo embarraba por detrás.
El maduro viejo le echó un escupitajo al ano de la dama y procedió. La cabezota empezaba su ingreso...
Pero el desgraciado recibió un cachetadón que inmediatamente le bajó la erección y la calentura. La bofetada fue tan severa que lo dejó plantado ahí mismo mientras Alma se bajó la falda y salió de la oficina sin que el otro intentara detenerla.

A la mujer se le veía bastante contenida para lo que había sufrido. Aunque eso sí, dejó la puerta abierta para que sus compañeros pudieran ver al Licenciado Garza con los pantalones abajo, con aquello colgándole flácidamente.

Mientras se limpiaba el escupitajo de su ano en el baño. tomó consciencia que ya no podía seguir trabajando en ese lugar, así que volvió a su escritorio, tomó sus cosas y se fue para no volver jamás.
Alma subió las escaleras de su edificio con las mejillas aún húmedas y el maquillaje corrido. El bofetón que le había dado al Licenciado Garza aún le ardía en la palma de la mano, pero era el peso de la ofensa lo que más le dolía. A sus casi cuarenta años seguía siendo solo un par de tetas y un culo para los hombres; nada más.
Se había quedado sin trabajo, pero... “mejor sin trabajo que permitir ser usada”, se decía.
Llegó al departamento y luego de entrar tocó a la puerta del cuarto de Valeria. Necesitaba desahogarse, llorar en el hombro de su amiga y oírle decir que había hecho lo correcto, necesitaba sentirse apoyada.
La puerta se entreabrió, pero no era Valeria quien se asomó. Era un hombre joven, de unos veintiocho años. A pesar de que tenía el cabello revuelto, su mandíbula cuadrada, su suave tez y su sonrisa fácil lo hacían ver atractivo (por lo menos a los ojos de la fémina). Estaba claramente desnudo: el torso ancho y definido asomaba por la abertura, y detrás de él, el espejo del fondo del cuarto reflejaba su espalda musculosa y la curva firme de sus nalgas. Alma tragó saliva al ver ese detalle.
—Hola ¿Estás bien? —dijo él, al notar las lágrimas en el rostro femenino.
La otra no pudo emitir palabra, desconcertada por la inesperada presencia de ese hombre allí.
—Soy Rulo... amigo de Valeria —expresó el mencionado, al notar el desconcierto de la mujer que tenía delante.
Alma asintió con la cabeza.
—Mejor voy... me voy a mi recámara —dijo ella y se fue a la habitación.
Poco después, cuando Rulo ya se hubo marchado, entonces sí habló con su amiga.
—Ay Vale, fue horrible.
Como la otra no le dio la réplica que esperaba, Alma continuó.
—Dime, tú que hubieras hecho si te piden el culo solo para ascender en el trabajo.
—Bueno... yo lo acabo de dar a cambio de... —y al decirlo sonrió.
Alma razonó.
—¿Rulo es tu jefe?
—Bueno, no es mi jefe realmente. Él es hijo de mi jefe, pero gracias a su influencia con el viejo mañana mismo voy a ser ascendida.
Mientras que Alma pensaba «Vieja facilota, y a ésta le pedía consejo», se hizo una pausa silenciosa. Entonces Valeria le propuso: “Oye, puedo pedirle a Rulo que abogue por ti para que te contraten en la empresa de su padre. Ahorita estoy en muy buenos términos con él.
Alma, al principio, se negó. Sin embargo, al final consintió. Necesitaba el trabajo, era inevitable.
—No hay problema —dijo aquél—, cuenta con el empleo. Pero necesito pedirte algo antes.
Alma sintió calor. Pero esta vez no era el calor del coraje. Era un calor traicionero que le subió desde el vientre.
Desde el pasillo se escucharon los gemidos ahogados de la mujer. El golpeteo rítmico de carne contra carne. El interior de la oficina olía a sudor, a sexo y a perfume caro. Alma era penetrada duramente.
—Estás consciente que has aceptado por propia voluntad esto —le dijo aquél que se la metía, mientras la sometía en una posición humillante.
—Sí.
—Y no sólo eso. Has hasta rogado que te ponga una buena cogida, ¿no es así?
—Sí —tuvo que admitir, ruborizada la dama sometida.
—¿Y que hay de diferente con lo que te sucedió antes? ...es solo porque te parezco atractivo. Soy más joven y atlético. ¿Acaso cambiaría si estuviera gordo y viejo? Claro que sí. Tú eres una madura, una muy sabrosa, no puedo dejar de reconocerlo. Pero dentro de poco perderás tu atractivo... por la edad. ¿Sabes? Es inevitable. No seas tonta. Aprovecha lo que tu cuerpo aún puede conseguirte mientras puedas —a la vez que la sermoneaba se la culeaba con el mayor sometimiento—. ¿Te excita eso? —le preguntó a ella, casi en un susurro.
No hubo palabras que lo reconocieran, pero su cuerpo sí respondió. Alma estaba empapada y temblando... chorreando de placer.
Cuando Rulo le agarró el cabello y tiró hacia atrás, Alma se corrió con violencia, apretándolo dentro de ella. Él, a pesar de tal sujeción vaginal, no se detuvo pese al apretón. Siguió follándola hasta que se corrió en largos chorros calientes que la inundaron. Ambos se quedaron jadeando varios minutos.
Follaron hasta el anochecer: en el escritorio; en el sillón; en la alfombra, contra la ventana. Alma gemía sin control, clavándole las uñas en la espalda, suplicándole que no parara. Se corrió varias veces, rendida al placer que le daba ese hombre joven y atractivo.
Moraleja: No es el acoso lo que indigna, sino la falta de atractivo en el que lo ejerce. No era que Alma no estuviera dispuesta a dar su cuerpo por un mejor trabajo. Era que solo estaba dispuesta a dárselo a quien realmente le gustara.
Lo que una mujer denuncia como repugnante cuando proviene de un viejo feo, lo acepta con gusto —y hasta lo disfruta— cuando viene de un hombre joven, guapo y deseable. La virtud y la indignación moral son, muchas veces, solo cuestión de estética, no de ética.
Le había servido para obtener beneficios en la vida, sin duda. Esos pechos resaltantes y redondos que desafiaban la gravedad, su cintura estrecha que se abría en caderas amplias y generosas, y que a su vez se convertían en unas nalgas macizas, plenas de carne. Todo eso le había abierto puertas, le había conseguido más puestos de trabajo que su experiencia y currículum vitae.
Cualquiera, carente de eso, lo desearía. Muchas mujeres ya quisieran poseer ese cuerpo y lo que les brindaría el tener tales formas. Pero ella estaba harta de los piropos y miradas insistentes.
Alma estaba cansada de que los compañeros de trabajo la grabaran a escondidas, solo para luego hacerse “chaquetas” en su honor. Aunque, a decir verdad, más de una ocasión, al descubrirse siendo grabada, hasta posaba evidenciando su vanidad.

Sabía que no dejaban de mirarla todos los hombres que la rodeaban, y para ese momento de su vida [cercana a los 40 años], estaba harta de ser vista sólo como un objeto follable.

Esa mañana, después de soportar otra ronda de comentarios “piropezcos” en el pasillo y una mano que “accidentalmente” rozó su voluptuoso trasero al pasar junto a la máquina de café, entró al baño de mujeres y se miró al espejo con hastío.
“Ya no quiero ser ‘la chica buena de la oficina’, quiero ser algo más”, murmuró para sí.
“Ay sí, la chica buena. ¡Pinche vieja putona!”, alcanzó a escuchar desde uno de los cubículos del sanitario, de parte de alguna compañera envidiosa, que la criticaba por robarse las miradas masculinas.
Fastidiada, salió rápidamente azotando la puerta tras de sí, queriendo manifestar su enfado.
“Estoy harta de que cada vez que abro la boca para aportar alguna idea, me miren las nalgas en lugar de escucharme. Quiero que me tomen en serio. Quiero ascender porque valgo, no porque tenga buenas tetas o por mi falda corta”, le decía más tarde a su compañera de piso, Valeria.
Ésta sonrió, pues bien sabía que si su amiga usaba ese tipo de atuendos era siendo consciente de lo que despertaban; después de todo así era el juego.
“Ay amiga. Si te van a tratar como objeto, al menos cobra por ello. Sácale el mejor beneficio para ti”.
“Pero es que yo no soy así”, respondió indignada, Alma.
Valeria revoleó los ojos.
“Pues deberías, aprovéchalo mientras dure. No toda la vida vamos a atraer las miradas, amiga”.
Días después, el director general de la empresa donde trabajaba la llamó. Alma sintió un nudo en el estómago mientras subía en el ascensor. Garza era el clásico ejecutivo cincuentón que les metía mano a las secretarias. Cuando ella entró, él le miró inmediatamente las nalgas.

“Alma, tome asiento, tengo buenas noticias”.
La mujer se sentó frente al escritorio.

“He decidido ascenderla. Coordinadora de proyectos especiales, ¿qué le parece? Reportarás directamente a mí”.

La satisfacción la inundó de tal modo que ni siquiera notó que el hombre no dejaba de mirarle las tetas lascivamente.
“Gracias, señor Garza. De verdad... no sabe cuánto significa esto para mí. Yo le prometo que daré todo de mi parte para...”.
Él sonrió.
“No lo pongo en duda Almita”.

“Es más, te tengo un regalo”.
“¿Un regalo?”.
El hombre le señaló hacia un mueble y le dijo que allí estaría.

“¿Aquí?”, preguntó ella aún con una sonrisa.

Él le dijo que sí, pero en la parte de abajo. Ella se lo señaló y él asintió.

El deseo se le evidenciaba en la cara; ya estaba salivando. Ansiaba ver a la mujer inclinada. Por eso había colocado ahí “el regalo”.

El maduro y forrado jefe ya sentía comerse ese súper culo de afuera hacia adentro.

Decidido, el Licenciado Garza se levantó y fue hacia su objetivo.

Mientras ella aún buscaba inclinada, sin encontrar nada pero con la tela de su falda tan tensa sobre sus nalgas que parecía una segunda piel, el maduro se le aproximaba peligrosamente a su retaguardia.
La línea de las bragas se marcaba claramente bajo la prenda que las cubría, el hombre lo pudo apreciar.
En la mente del masculino ya podía verse a sí mismo insertándole el miembro a tan tremendo culote de hembra. Metiéndole la hombría por en medio de esos enormes globos carnosos, redondos y pesados, cachetes de carne morena. Por la tez de la dama, esas mejillas debían estar bien prietas, y por su volumen y firmeza debían apretar delicioso la verga introducida entre ellas.
Desde su perspectiva, aquél le estaba haciendo un favor. Estaba dispuesto a ascenderla en la empresa, a darle lo que quisiera, siempre y cuando le permitiera antes darle verga. Era un ganar, ganar para ella, a quien sólo le correspondía recibir. El hombre sólo quería disfrutar a la hembra, y el pago por ello no era mucho para una mujer así, evidentemente putona. Dotada de tales virtudes por nacimiento, no tendría que hacer mayor esfuerzo por ese ascenso, sólo levantarse la falda y dejarse culear; poca cosa.
Por eso, para ese hombre, era cosa segura así que ya se había bajado el pantalón y los calzones para cuando llegó detrás de ella.
Con ambas manos le levantó la falda tan impúdica como rápidamente. De pronto las nalgas quedaron descubiertas, dejando visible las pantaletas de color negro que la mujer vestía. Había sido tomada tan de sorpresa que, antes de ella reaccionar, el cincuentón maduro ya había procedido con el siguiente paso previo a su satisfacción: le arrancó de un tirón la única prenda que le quedaba de protección a la mujer.
El calzón salió volando.
“¡Te voy a coger el culo y solo así vas a obtener el ascenso que te prometí!”, le susurró mientras se lo embarraba por detrás.
El maduro viejo le echó un escupitajo al ano de la dama y procedió. La cabezota empezaba su ingreso...
Pero el desgraciado recibió un cachetadón que inmediatamente le bajó la erección y la calentura. La bofetada fue tan severa que lo dejó plantado ahí mismo mientras Alma se bajó la falda y salió de la oficina sin que el otro intentara detenerla.

A la mujer se le veía bastante contenida para lo que había sufrido. Aunque eso sí, dejó la puerta abierta para que sus compañeros pudieran ver al Licenciado Garza con los pantalones abajo, con aquello colgándole flácidamente.

Mientras se limpiaba el escupitajo de su ano en el baño. tomó consciencia que ya no podía seguir trabajando en ese lugar, así que volvió a su escritorio, tomó sus cosas y se fue para no volver jamás.
Alma subió las escaleras de su edificio con las mejillas aún húmedas y el maquillaje corrido. El bofetón que le había dado al Licenciado Garza aún le ardía en la palma de la mano, pero era el peso de la ofensa lo que más le dolía. A sus casi cuarenta años seguía siendo solo un par de tetas y un culo para los hombres; nada más.
Se había quedado sin trabajo, pero... “mejor sin trabajo que permitir ser usada”, se decía.
Llegó al departamento y luego de entrar tocó a la puerta del cuarto de Valeria. Necesitaba desahogarse, llorar en el hombro de su amiga y oírle decir que había hecho lo correcto, necesitaba sentirse apoyada.
La puerta se entreabrió, pero no era Valeria quien se asomó. Era un hombre joven, de unos veintiocho años. A pesar de que tenía el cabello revuelto, su mandíbula cuadrada, su suave tez y su sonrisa fácil lo hacían ver atractivo (por lo menos a los ojos de la fémina). Estaba claramente desnudo: el torso ancho y definido asomaba por la abertura, y detrás de él, el espejo del fondo del cuarto reflejaba su espalda musculosa y la curva firme de sus nalgas. Alma tragó saliva al ver ese detalle.
—Hola ¿Estás bien? —dijo él, al notar las lágrimas en el rostro femenino.
La otra no pudo emitir palabra, desconcertada por la inesperada presencia de ese hombre allí.
—Soy Rulo... amigo de Valeria —expresó el mencionado, al notar el desconcierto de la mujer que tenía delante.
Alma asintió con la cabeza.
—Mejor voy... me voy a mi recámara —dijo ella y se fue a la habitación.
Poco después, cuando Rulo ya se hubo marchado, entonces sí habló con su amiga.
—Ay Vale, fue horrible.
Como la otra no le dio la réplica que esperaba, Alma continuó.
—Dime, tú que hubieras hecho si te piden el culo solo para ascender en el trabajo.
—Bueno... yo lo acabo de dar a cambio de... —y al decirlo sonrió.
Alma razonó.
—¿Rulo es tu jefe?
—Bueno, no es mi jefe realmente. Él es hijo de mi jefe, pero gracias a su influencia con el viejo mañana mismo voy a ser ascendida.
Mientras que Alma pensaba «Vieja facilota, y a ésta le pedía consejo», se hizo una pausa silenciosa. Entonces Valeria le propuso: “Oye, puedo pedirle a Rulo que abogue por ti para que te contraten en la empresa de su padre. Ahorita estoy en muy buenos términos con él.
Alma, al principio, se negó. Sin embargo, al final consintió. Necesitaba el trabajo, era inevitable.
—No hay problema —dijo aquél—, cuenta con el empleo. Pero necesito pedirte algo antes.
Alma sintió calor. Pero esta vez no era el calor del coraje. Era un calor traicionero que le subió desde el vientre.
Desde el pasillo se escucharon los gemidos ahogados de la mujer. El golpeteo rítmico de carne contra carne. El interior de la oficina olía a sudor, a sexo y a perfume caro. Alma era penetrada duramente.
—Estás consciente que has aceptado por propia voluntad esto —le dijo aquél que se la metía, mientras la sometía en una posición humillante.
—Sí.
—Y no sólo eso. Has hasta rogado que te ponga una buena cogida, ¿no es así?
—Sí —tuvo que admitir, ruborizada la dama sometida.
—¿Y que hay de diferente con lo que te sucedió antes? ...es solo porque te parezco atractivo. Soy más joven y atlético. ¿Acaso cambiaría si estuviera gordo y viejo? Claro que sí. Tú eres una madura, una muy sabrosa, no puedo dejar de reconocerlo. Pero dentro de poco perderás tu atractivo... por la edad. ¿Sabes? Es inevitable. No seas tonta. Aprovecha lo que tu cuerpo aún puede conseguirte mientras puedas —a la vez que la sermoneaba se la culeaba con el mayor sometimiento—. ¿Te excita eso? —le preguntó a ella, casi en un susurro.
No hubo palabras que lo reconocieran, pero su cuerpo sí respondió. Alma estaba empapada y temblando... chorreando de placer.
Cuando Rulo le agarró el cabello y tiró hacia atrás, Alma se corrió con violencia, apretándolo dentro de ella. Él, a pesar de tal sujeción vaginal, no se detuvo pese al apretón. Siguió follándola hasta que se corrió en largos chorros calientes que la inundaron. Ambos se quedaron jadeando varios minutos.
Follaron hasta el anochecer: en el escritorio; en el sillón; en la alfombra, contra la ventana. Alma gemía sin control, clavándole las uñas en la espalda, suplicándole que no parara. Se corrió varias veces, rendida al placer que le daba ese hombre joven y atractivo.
Moraleja: No es el acoso lo que indigna, sino la falta de atractivo en el que lo ejerce. No era que Alma no estuviera dispuesta a dar su cuerpo por un mejor trabajo. Era que solo estaba dispuesta a dárselo a quien realmente le gustara.
Lo que una mujer denuncia como repugnante cuando proviene de un viejo feo, lo acepta con gusto —y hasta lo disfruta— cuando viene de un hombre joven, guapo y deseable. La virtud y la indignación moral son, muchas veces, solo cuestión de estética, no de ética.
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