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Mi vecino me mamó las tetas

Me llamo Laura y esa tarde estaba sola en casa, aburrida y con un calor de mierda entre las piernas. Me puse esa camisita negra transparente que apenas me cubre las tetas, sin brasier, porque me encanta sentir cómo se me marcan los pezones cuando me miro al espejo. Me senté en la mesa de la cocina, apoyé la cara en la mano y empecé a juguetear con mi pelo trenzado, sintiendo cómo el encaje se me pegaba a la piel sudada.
Mi vecino me mamó las tetas

No pasaron ni diez minutos cuando escuché la puerta de atrás. Era él, mi vecino. El cabrón de 28 años que siempre me mira las tetas cuando nos cruzamos en el pasillo y con quien ya habia fajado varias veces. Entró sin tocar, como si ya tuviera derecho.
— ¿Qué haces así, mamacita? —me dijo con esa voz ronca, clavando los ojos directo en mis pechos. Estaba algo borracho 
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No contesté. Solo sonreí y me enderecé un poco, dejando que mis tetas grandes y pesadas se movieran bajo la tela transparente. Se me veían completas: los pezones oscuros y grandes, duros, empujando contra el encaje.
Se acercó sin pedir permiso. Se paró frente a mí y con una mano me agarró la barbilla, obligándome a mirarlo.
— Llevo meses queriendo chuparte estas tetas gordas… ¿me dejas?
No dije que sí. Solo arqueé la espalda y saqué el pecho hacia él.
Eso fue suficiente.
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Se agachó, metió las dos manos dentro de la camisita y sacó mis tetas de un jalón. Las apretó fuerte, gruñendo como animal. Mis pezones ya estaban hinchados. Bajó la boca y se metió el derecho entero, chupando con fuerza, haciendo ruidos húmedos y obscenos mientras su lengua lo rodeaba y lo lamía como si quisiera comérselo.
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— No mms… qué ricas están —murmuró con la boca llena, pasando al otro pezón. Lo mordisqueó, lo succionó fuerte, tirando de él hasta que solté un gemido largo y put*.
Yo ya estaba empapada. Sentía cómo se me mojaba el pantalón mientras él devoraba mis tetas. Me agarró las dos con las manos, las juntó y hundió la cara entre ellas, lamiendo, chupando y babeando todo. Mis pezones brillaban de su saliva.
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— Mírate… qué put* estás —me dijo mientras me pellizcaba un pezón con los dedos y me chupaba el otro con fuerza—. Estas tetas son mías ahora.
Yo solo podía jadear. Le agarré la cabeza con las dos manos y lo empujé más contra mi pecho, follándole la cara con mis tetas.
vecino

— Chúpamelas más fuerte… así… ¡ay, cabrón!
Él obedeció. Me mamaba como desesperado, alternando entre una y otra, dejando marcas rojas de sus dientes y chupetones alrededor de mis areolas. Mis tetas estaban hinchadas, brillantes de saliva y temblando con cada lamida.
De repente metió una mano entre mis piernas, por encima del pantalón, y empezó a frotarme el coño empapado mientras seguía tragándose mis pezones.
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— Estás chorreada, perra… —gruñó contra mi piel.
Yo solo gemí más fuerte, moviendo las caderas contra su mano, sintiendo que me iba a correr solo con que me siguiera mamando las tetas como lo estaba haciendo.
Y ahí estaba yo, sentada en la mesa de la cocina, con las tetas afuera, mi vecino devorándomelas como un hambriento y yo a punto de explotar…
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