
Estaba hecha un quilombo esa noche de viernes, sola en mi departamento, con el celu en la mano y una birra al lado. Sinceramente la fiaca de las salidas con amigas me tenía podrida. Abrí Tinder por enésima vez, swipeando sin pensar, hasta que apareció el perfil de este pibe. Se llamaba Mateo, 28 años. Las fotos me clavaron: la primera era una de gimnasio, sin remera, con el torso marcado, pectorales duros y un camino de pelitos bajando hasta el short que apenas tapaba lo que parecía una pija grosa. Otra en la playa de Mar del Plata, bronceado, sonrisa ladina, con anteojos de sol y una birra en la mano. La tercera con amigos en un asado, él de blanco, barba de tres días, tatuaje en el brazo izquierdo que parecía un dragón estilizado. La descripción decía: "Pibe de barrio que sabe portarse bien en la cama y mal en la calle. Busco minas con ganas de quilombo sin drama. Si sos de las que se complica, seguí de largo". Me reí sola, el corazón me latió más rápido. Era directo, sin chamuyo, y justo lo que necesitaba. Le di like, y en dos minutos match.
El chat arrancó piola. Directo a los bifes.
Yo: "Che, ese tatuaje en la playa parece que te muerde la concha". Él: "Jaja, boluda, es un dragón que cuida lo que vale. Vos con esa foto en bikini sos peligrosa, ¿de dónde sacaste curvas así?". Charlamos pavadas primero: laburo, birra favorita (él Quilmes, yo Brahma), qué odiábamos de Argentina. Pero el coqueteo escaló rápido. Yo le tiré: "Decime la verdad, ¿venís del gym o de romper minas?". Él: "Las dos cosas, pero ahora mismo estoy pensando en romperte a vos. ¿Qué medís en la cama?". Me mordí el labio, sentada en la cama con las piernas cruzadas, sintiendo un cosquilleo en la concha. "1,65, tetas 34B, culo que entra en jeans apretados. ¿Y vos, pibe, qué traés?". Ahí se puso explícito: "Pija de 19, gruesa, dura como piedra. Me la imagino metida en tu concha húmeda, boluda. Mandame una foto de esas tetas". Dudé un segundo, pero le mandé una del espejo, en ropa interior negra, las tetas apretadas contra el corpiño. Él respondió con la suya: pija parada, venosa, la cabeza rosada brillando, mano alrededor de la base. "Mmm, me gustan así", le escribí, frotándome el clítoris por encima de la tanga. "Te la meto hasta el fondo mientras te agarro el pelo y te digo putita". Respondió. El chat fue un fuego: me contó que le gustaba el sexo anal si la mina estaba jugada, yo le dije que me encantaba cabalgar hasta correrme gritando. Terminamos coordinando: "Mañana jueves, 9 pm, bar El Federal. Si hay química, nos vamos a lo loco".
Me levanté temprano al otro día con la concha latiendo de expectativa. Me duché despacio, pasando la esponja por las tetas, pellizcando los pezones hasta que se pusieron duros como caramelos. Pensaba en esa pija, en cómo me iba a llenar, y me metí un dedo adentro mientras el agua caliente me corría por el culo. "No te apures, boluda, guardala para él", me dije, saliendo jadeando. Me sequé, mirándome al espejo.
Elegí lencería roja: tanguita de hilo que se metía entre los labios de la concha, corpiño push-up que hacía que las tetas parecieran más grandes. Arriba, un vestido negro ajustado, corto hasta medio muslo, escote que dejaba ver el borde del corpiño. Medias hasta el muslo con liga, tacos de 10. Maquillaje: delineador ahumado, labios rojos mate, perfume dulce en el cuello y las muñecas. Mientras me vestía, el estómago me daba vueltas: "¿Y si es un pelotudo en vivo? ¿O si es un semental?". Pero la excitación ganaba, los pezones rozaban la tela y me ponían a mil.
Llegué al bar a las 9 en punto, el lugar lleno de olor a fritanga y vino tinto. Lo vi en una mesa del fondo: más alto que en las fotos, 1,85 fácil, pelo negro corto revuelto, barba prolija, remera gris que marcaba bíceps y abdomen, jeans oscuros. Ojos marrones intensos, sonrisa que prometía problemas. Se paró, me abrazó fuerte, su cuerpo duro contra el mío, olor a colonia amaderada y tabaco. "Che, sos más linda en vivo, boluda", murmuró en mi oído, mano en la cintura baja. Me senté pegada a él en la banqueta, piernas tocándose. "Vos tampoco estás mal. Ese tatuaje de cerca parece que te chupa el brazo". Charlamos un rato: él era herrero, tatuado por un amigo, fan de River. Yo le conté del laburo estresante. Pero la tensión crecía: su rodilla rozaba la mía, yo le ponía la mano en el muslo, subiendo despacio. Pedimos ferné con coca, el alcohol calentándome la sangre. "Sabés que desde anoche no paro de pensar en tu pija", le susurré, mordiéndome el labio. Él se rio bajito, mano en mi nuca: "Y yo en tu concha apretada. Vamos a mi depto, está a dos cuadras". No lo dudé, pagamos y salimos, su brazo alrededor de mi cintura, besándonos en la vereda bajo la luz de un farol.
Entramos al edificio que se veía viejo, subiendo escaleras crujientes, él atrás mío, manos en mi culo apretando. "Te lo comés entero, mina", gruñó abriendo la puerta. El depto era chico: living con sofá gastado, cocina americana, bedroom al fondo con cama king sin hacer. Me empujó contra la pared del pasillo, besándome con lengua, sabor a ferné y hombre. Sus manos grandes bajaban el cierre del vestido, exponiendo la lencería roja. "Puta madre, qué tetas", dijo chupándome un pezón por encima del corpiño, la barba raspándome la piel sensible. Yo gemí, sintiendo la humedad empapando la tanga. Le saqué la remera: torso lampiño, no estaban los pelitos que había visto en las fotos, pectorales firmes con pezones oscuros, abdomen en tabla de lavar, me daban ganas de lavar las tangas ahí jaja. Le bajé los jeans y bóxer, la pija saltó libre: 19 centímetros justos, gruesa como mi muñeca, venas pulsantes, bolas pesadas colgando. "Es enorme, che", murmuré acariciándola, la piel caliente y sedosa, olor almizclado subiéndome a la nariz.
Me llevó a la cama, tirándome de espaldas, vestido a los pies. Me sacó el corpiño de un tirón, tetas libres rebotando, pezones duros apuntando al techo. Se arrodilló entre mis piernas abiertas, oliendo mi concha a través de la tanga. "Estás chorreando, boluda". Corrió la tela, los labios de mi concha hinchados y rosados expuestos, clítoris palpitante. Lamida larga desde el culo hasta arriba, sabor salado en su lengua, yo arqueándome con un grito: "¡La concha, sí!". Me comió como la argolla como si estuviera muerto de hambre, lengua metiéndose adentro, chupando el clítoris con succiones rítmicas que me hacían temblar las piernas, jugos corriendo por mi culo hasta las sábanas. Pensaba: "Este pibe me va a romper, y lo quiero todo". Le agarré el pelo, empujándolo más hondo, orgasmos mini subiendo como olas.
Me volteó, yo arriba: "Ahora chupa vos". Su pija en mi boca, estirándome los labios, garganta profunda hasta las bolas, saliva escurriendo por el eje mientras él gemía "Así, putita, tragátela". Lo mamé lento, lengua en la cabeza sensible, bolas en la mano apretando suave, su sudor salado en mi paladar. Luego cabalgué: concha abierta comiéndosela centímetro a centímetro, paredes internas apretándolo como guante, sensación de plenitud quemante. "¡Qué apretada tenés la cajeta!", gruñó agarrándome las tetas, pellizcando los pezones. Reboté despacio primero, el clítoris rozando su pubis piloso, olor a sexo llenando la pieza, sonidos chapoteantes de mi humedad. Aceleré, tetas saltando, sudor perlando mi espalda, pensando "Me llena como nadie, quiero que me inunde". Él volteó, misionero duro: piernas en sus hombros, pija golpeando el fondo, útero besado a cada embestida, sus bolas chocando mi culo con palmadas húmedas. "¡Cógeme más fuerte, la concha es tuya!", grité, uñas en su espalda.
Cambiamos: a cuatro, él atrás, manos en caderas, pija resbalando adentro fácil por los jugos. Me dio en el culo primero, dedo untado en mi propia crema girando el agujero apretado. "Querés por el orto?", preguntó jadeando. "Dale, pero despacio al principio". Escupió en la cabeza, empujó: ardor inicial estirándome, luego placer profundo, paredes del culo abrazándolo. Me cogía alternando concha y culo, mano en clítoris frotando, yo convulsionando en un orgasmo que me dejó gritando, concha contrayéndose vacía mientras él la llenaba de nuevo. "Me vengo, boluda", avisó, sacándola y eyaculando en mi espalda: chorros calientes pegajosos bajando por la curva del culo, olor fuerte a semen fresco.
Quedé destruida, tendida de panza, concha palpitando hinchada, culo adolorido pero satisfecho, semen enfriándose en la piel. Sudor pegajoso, piernas temblando, respiración agitada. Él se acostó al lado, acariciándome el pelo, beso en la frente. "Fue una locura, che. Sos una diosa". Yo sonreí, girándome: "Vos tampoco sos cualquier cosa. Me dejaste la concha hecha un desastre". Charlamos bajito: fumamos un pucho en la cama, él contó anécdotas de ligues fallidos, yo de ex que no sabían coger. "Esto fue épico, pero sin ataduras, ¿dale?", dije, aunque en el fondo lo quería de nuevo. Él asintió: "Obvio, pero si querés repetir, avisás. Sos demasiado buena". Me vestí despacio, intercambiamos números y él me llamó un Uber. En el auto, tocándome la concha adolorida por debajo de la tanga mientras el chófer me relojeaba por el espejo retrovisor, pensé: "Lo volvería a ver mil veces, este pibe sabe lo que hace. No fue solo una noche".
Miré el espejo retrovisor y el chófer empezó a mirar el camino haciéndose el boludo como si no me hubiera estado mirando, entonces le dije “quede caliente, vengo de coger, me dieron por los tres agujeros". No me dijo nada. Llegué a mí casa, ni bien entré le mandé un audio al pibe antes de dormir: "Gracias por romperme, boludo. Cuando quieras, repetimos".
He vuelto, mis pajeros hermosos, tuve algunos problemas con mis post pero veamos si este safa de que me lo eliminen. Los extrañé un montón, amo que me lean.
Quería contarles que mí mejor amiga y su pareja tienen un grupo en donde sortean plata. Venden rifas y los premios se entregan a través de transferencia. Necesitan pagar médicos y demás por un temita de salud de uno de los hijos.
Les dejo el link de WhatsApp para que aquellos que quieran entrar y comprar rifas lo hagan. Es solo para argentinos ya que los premios son en pesos argentinos.
Los números son baratos y los premios grandes. Sería de mucha ayuda. Les el link. Besos 💋
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1 comentarios - Cogida por un desconocido