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Preñé a mi hermana

En la penumbra de la vieja casafamiliar, donde los recuerdos de la infancia se entretejían con secretosprohibidos, vivía Iván. A sus 22 años, su cuerpo era una escultura de purafuerza masculina: hombros anchos y musculosos que se marcaban bajo cualquiercamisa, brazos gruesos y venosos que parecían capaces de sostener el mundoentero, un pecho duro y definido que subía y bajaba con cada respiraciónprofunda. Su postura era relajada pero imponente, como un depredador que sabeque no necesita correr para cazar. El rostro anguloso, mandíbula cuadradacubierta por una barba corta y oscura que acentuaba su virilidad, ojos negrosque ardían con una intensidad contenida. El cabello negro peinado hacia atrásle daba ese aire de hombre peligroso y elegante al mismo tiempo. Iván exudabapoder, sexo y una confianza que hacía que cualquier mujer se mojara solo conmirarlo.
Y luego estaba Ethel, su hermanamenor de 19 años. Un sueño hecho carne. Esbelta, con curvas que parecíantalladas por el diablo para tentar: cintura imposiblemente estrecha, caderassuaves que se balanceaban con cada paso, pechos firmes y redondos. Sus piernaslargas y tonificadas. Piel suave, blanca y sin una sola imperfección, labioscarnosos pintados de rojo sutil, pómulos delicados y ojos verdes que brillabancon una mezcla de inocencia y fuego reprimido. Su cabello rubio largo caía comouna cascada de oro sobre sus hombros desnudos, rozando la tela del vestido yhaciendo que Iván se imaginara enredando sus dedos en él mientras la follabasin piedad.
Eran hermanos. Sangre de la mismasangre. Y eso era precisamente lo que convertía todo en un infierno delicioso.
Ethel tenía novio: Pablito. Unchico perfecto, educado, de principios sólidos como el acero. La amaba condevoción enfermiza, la respetaba tanto que ni siquiera se atrevía a tocarla másallá de besos castos y abrazos tiernos. “En la luna de miel”, le prometíasiempre, “te haré mía por primera vez y empezaremos nuestra familia”. Ethel loadoraba. Lo amaba de verdad. Sus valores, su pureza, su futuro planeado… todoencajaba. Nunca había dejado que nadie la tocara. Era virgen, intacta, y eso lahacía sentir orgullosa. Pero en las noches solitarias, cuando Pablito noestaba, su mirada se desviaba hacia Iván. Lo admiraba. Sabía que su hermanomayor era guapo, jodidamente guapo. A veces, en un segundo de debilidad, sentíaun calor traicionero entre las piernas al verlo sudado después del gimnasio,con la camiseta pegada a esos músculos que parecían esculpidos para pecar. Semordía el labio, apartaba la vista y se repetía: “Es mi hermano. Lo quiero comofamilia. Pablito es mi futuro”. Y se convencía de que esa atracción era soloadmiración fraternal.
Pero Iván… Iván estaba podrido dedeseo por ella.
Desde que su cuerpo empezó aflorecer, Iván no podía sacársela de la cabeza. La obsesión lo consumía como unveneno dulce. Por las noches, encerrado en su habitación, se masturbaba confuria pensando en ella. Soñaba que la tenía debajo de él, desnuda, gimiendo su nombremientras él hundía su polla gruesa y venosa en esa virginidad que Pablito nuncahabía tocado. En sus fantasías más oscuras, la tomaba contra la pared delpasillo, levantándole ese vestido ajustado y follándola como un animal mientrassus padres dormían al final del corredor. Imaginaba cómo sus pechos rebotaríancon cada embestida, cómo su coño virgen se contraería alrededor de su miembro,cómo Ethel lloraría de placer y culpa al mismo tiempo. Soñaba con llenarla deleche caliente, con marcarla como suya, con robarle la inocencia que lepertenecía por derecho de sangre.
“Eres mía, Ethel… aunque no losepas todavía”, murmuraba Iván mientras se corría en la oscuridad, imaginandoel sabor de su hermana en su lengua.
Esa noche, la casa estaba sola.Los padres de viaje. Pablito había llamado para decir que llegaría tarde. Ethelbajó las escaleras con ese vestido negro que le marcaba cada curva, buscandoalgo de agua en la cocina. Iván estaba allí, apoyado en la isla, sin camisa,solo con un pantalón de deporte bajo que apenas ocultaba el bulto enorme que suobsesión siempre provocaba. Sus músculos brillaban bajo la luz tenue. Sus ojosla devoraron desde el primer segundo.
—Hermana… —dijo con voz grave,ronca, cargada de lujuria contenida—. Estás… jodidamente hermosa esta noche.
Ethel sintió un escalofrío. Seacercó, inclinándose ligeramente hacia él como siempre hacía cuando hablaban,sin darse cuenta de cómo sus pechos se presionaban contra la tela del vestido.Lo miró con esa admiración que no podía evitar.
—Gracias, Iván… Tú también teves… fuerte como siempre —respondió, intentando sonar casual. Pero su voztembló un poco. Sus ojos bajaron sin querer a esos brazos poderosos, a esepecho duro, al tatuaje que subía por su hombro. Un calor húmedo se instaló entresus muslos. “Es mi hermano”, se recordó. “Pablito me respeta. Yo lo amo”.
Iván dio un paso más cerca. Elolor de su perfume caro y masculino la envolvió. Podía ver cómo sus pupilas sedilataban.
—Sabes… —susurró, acercando laboca a su oído—. Desde hace tiempo que he tenido sueños contigo. Sueños muysucios, Ethel. Sueños donde te quito ese vestido, donde te abro las piernas enesta misma cocina y te como el coño hasta que grites mi nombre. Sueños donde tefollo tan profundo que olvidas que existe Pablito.
Ethel se quedó helada. Su corazónlatía como un tambor. Quiso correr, quiso gritarle que se callara… pero suspiernas no se movieron. Sintió cómo su coño se mojaba al instante,traicionándola. Sus pezones se endurecieron bajo el vestido.
—Iván… somos hermanos… —murmuró,con la voz entrecortada, pero sus ojos ya brillaban con la misma lujuria quelos de él—. No… no podemos…
Él sonrió, esa sonrisa peligrosaque hacía que su mandíbula se marcara aún más. Extendió la mano y rozó apenasla curva de su cintura, sintiendo cómo ella temblaba.
—Dime que no estás mojada ahoramismo, hermanita. Dime que no has pensado alguna vez en cómo sería que tuhermano mayor te rompiera esa virginidad que le guardas a ese imbécil dePablito. Porque yo sí. Cada puta noche. Y esta noche… voy a hacer que esos sueñosse vuelvan realidad.
Ethel jadeó. Su cuerpo enteroardía. La culpa y el deseo luchaban dentro de ella, pero el morbo era demasiadofuerte. Sus labios se entreabrieron, y por primera vez en su vida, no apartó lamirada.
Y entonces, como si el dique sehubiera roto, Iván empezó a hablar. Su voz grave, baja, cargada de años deobsesión reprimida.
—Cada noche, Ethel… cada putanoche… sueño contigo. Sueños que me dejan la polla tan dura que me duele.
Se acercó más, su alientocaliente contra el cuello de ella. Ethel sintió cómo su coño se contraía solocon el tono de su voz.
—Te veo en mi cama, desnuda, conlas piernas abiertas. Tus tetas perfectas rebotando mientras te monto como unanimal. Te como el coño hasta que te corres en mi boca, gritando “hermano… porfavor… más”. Y luego te follo. Profundo. Sin condón. Llenándote de leche hastaque te gotea por los muslos.
Ethel jadeó, las rodillas leflaquearon. Quiso taparse los oídos, pero su cuerpo traidor se inclinaba haciaél.
—Y entonces aparece él… Pablito—escupió Iván con rabia pura, los celos ardiendo en sus ojos negros comobrasas—. Ese imbécil educado, ese maricón de principios que te besa la mano yte promete “esperar hasta la luna de miel”. ¡JA! Me despierto sudando, con lamano en la polla, y lo odio tanto que quiero destrozarlo. ¿Sabes lo que sueñocon él? Que está ahí, sentado en una silla, atado, viéndome cómo te rompo lavirginidad que le guardas como una santa. Ve cómo te abro las piernas, cómo mipolla gruesa entra despacio en ese coñito virgen que nunca ha tocado, cómolloras de placer mientras yo te embisto y te llamo “mi puta hermana”. Él llora,suplica, pero tú… tú me miras a mí y me pides más. “Iván… fóllame más fuerteque él nunca podrá”.
La mano de Iván subió lentamentepor el costado de Ethel, rozando el borde de su pecho. Ella respirabaentrecortada, las mejillas rojas, el vestido ya húmedo entre las piernas.
—Sueño que te robo la primera vezque él tanto respeta. Que te hago mía en la misma cama donde planean su putafamilia. Te lleno el útero de mi semen mientras le digo: “Mira, Pablito, estoes lo que ella realmente quiere. No tu polla de principitos. Quiere la de suhermano mayor, la que la va a dejar embarazada antes de que tú siquiera latoques”.
Iván apretó la mandíbula, losmúsculos de sus brazos hinchándose. Los celos lo volvían más duro, más cruel,más caliente.
—Y en el sueño más oscuro… tefollo delante de él. Te pongo de cuatro sobre la mesa de la sala, te levantoese vestido que te pones para salir con él y te meto hasta el fondo mientrasPablito mira desde el sofá. Tú gimes mi nombre, te corres una y otra vez, y él…él se corre en los pantalones sin tocarte, humillado, sabiendo que nunca va apoder darte lo que yo te doy. Porque eres mía, Ethel. Sangre de mi sangre. Ycada vez que te besa castamente en la puerta, yo estoy en mi habitacióncorriéndome pensando en cómo voy a borrarle esa sonrisa de la cara cuando tehaga gritar como la zorra que eres para mí.
Ethel estaba empapada. Sus bragaspegadas al coño, los muslos temblando. La culpa la ahogaba, el amor por Pablitoluchaba… pero el morbo era más fuerte. La voz de Iván, sus palabras sucias, suscelos salvajes… todo la estaba derritiendo.
—Iván… —susurró, con la vozrota—. Eso… eso es enfermizo… Pablito me ama… yo lo amo…
Pero sus ojos decían otra cosa.Sus pezones duros, su respiración agitada, la forma en que sus caderas semovían inconscientemente hacia él.
Iván sonrió con esa sonrisapeligrosa y acercó su boca a centímetros de la de ella.
—Dime que no te mojas pensando eneso, hermanita. Dime que no te imaginas mi polla abriéndote mientras Pablitoespera en la iglesia. Porque yo ya no puedo más. Esta noche… o te beso, o tefollo aquí mismo contra la nevera. Tú decides.
Sus dedos rozaron el borde delvestido, subiendo lentamente por el interior de su muslo.
El aire estaba cargado de pecado,celos y deseo prohibido.
La noche se cortó como uncuchillo.
Justo cuando los dedos de Ivánrozaban el borde de las bragas empapadas de Ethel, justo cuando su alientocaliente le susurraba “voy a romperte ese coñito virgen mientras Pablito esperaen la iglesia…”, el timbre de la puerta principal sonó fuerte y claro.
Ethel dio un salto hacia atráscomo si la hubieran quemado. Sus ojos verdes, dilatados de deseo y pánico, seclavaron en los de su hermano.
—Es… es Pablito —balbuceó, con lavoz temblorosa y las mejillas ardiendo.
Iván apretó la mandíbula tanfuerte que se le marcaron las venas del cuello. Su polla estaba dura comohierro dentro del pantalón de deporte, el bulto imposible de ocultar. Miróhacia la puerta con odio puro.
—Que se joda —gruñó en voz baja—.Dile que te sientes mal. Quédate aquí conmigo.
Pero Ethel ya estabaretrocediendo, bajándose el vestido con manos nerviosas, tratando de ocultar lomojada que estaba. El timbre sonó otra vez.
—No… no puedo, Iván. Esto estámal. Muy mal.
Abrió la puerta. Allí estabaPablito: sonrisa perfecta, ramo de flores en la mano, traje impecable. El chicobueno. El que la respetaba. El que nunca la había tocado.
—Mi amor, perdón por la hora—dijo Pablito, abrazándola con ternura—. Te extrañé todo el día.
Ethel lo abrazó de vuelta, perosu mirada se cruzó un segundo con la de Iván, que seguía en la cocina, sincamisa, con los músculos tensos y los ojos negros llenos de celos asesinos.Ella apartó la vista rápido, sintiendo cómo su coño aún palpitaba traicionero.
Esa noche no avanzaron ni unmilímetro más. Pablito se quedó hasta tarde hablando de planes de boda, de laluna de miel, de “el día que por fin seamos uno”. Ethel sonreía, pero pordentro ardía de culpa y excitación prohibida. Cuando se despidió de Iván con unbeso en la mejilla (rápido, frío, como si nada hubiera pasado), él le susurróal oído:
—Esto no termina aquí, hermanita.Tu coño sigue siendo mío.
Desde esa noche, Ethel lo evitócomo si fuera el diablo.
Se levantaba temprano para nocruzárselo en la cocina. Salía con Pablito todos los días. Se encerraba en suhabitación cuando Iván llegaba del gimnasio sudado y glorioso. Lo miraba dereojo cuando él entrenaba en el patio, admirando esos brazos enormes y esepecho marcado… pero inmediatamente se metía en la ducha fría y se repetía: “Esmi hermano. Pablito es mi futuro. Esto nunca pasó”.
Iván, en cambio, no descansaba.La obsesión se volvió plan. Un plan oscuro, calculado y lleno de morbo.
Durante días enteros, mientrasEthel lo evitaba, Iván trabajó en las sombras. Usó su teléfono para crear unperfil falso en Instagram: una chica rubia, tetona, con fotos robadas deinternet. Empezó a seguir a Pablito. Le mandó mensajes coquetos. Pablito,siendo el idiota educado que era, respondió por pura cortesía al principio…pero Iván lo empujó. Le mandó fotos sugerentes, le habló sucio, le dijo “tunovia nunca te dará lo que yo sí”. Y Pablito… cayó. No del todo, pero losuficiente: aceptó un café “solo para aclarar las cosas”, le mandó un mensajediciendo “eres muy guapa, pero estoy enamorado”, y hasta dejó que la chicafalsa le mandara una foto de sus tetas.
Iván lo grabó todo. Capturas depantalla. Ubicación del café. Una foto borrosa (editada por él) donde se veía aPablito sentado muy cerca de la “otra”. Incluso pagó a una amiga de confianzapara que se hiciera pasar por la chica y le mandara un audio susurrando“Pablito… quiero que me folles como tu novia nunca te deja”.
El plan era perfecto. Iván semasturbaba cada noche mirando las pruebas, imaginando la cara de Ethel cuandolas viera. Se corría gruñendo: “Vas a venir corriendo a mí, hermanita. Y cuandolo hagas… te voy a hacer mía de una puta vez”.
Tres semanas después, Iván“casualmente” dejó el teléfono de Pablito abierto en la mesa de la sala (lohabía hackeado con un simple spyware que instaló mientras Pablito estaba en elbaño una tarde). Ethel lo encontró cuando bajó a buscar agua.
Y lo vio todo.
Los mensajes. Las fotos. Elaudio. La “infidelidad”.
Se derrumbó.
El corazón se le rompió en milpedazos. Lloró hasta quedarse sin voz. Llamó a Pablito gritando, lo insultó, lodejó para siempre. Se sintió sucia, traicionada, usada. La pureza que tantocuidaba, el futuro que planeaban… todo destruido.
Esa misma noche, a las 2:17 a.m.,Ethel subió las escaleras descalza, con el rostro hinchado de llorar, elcamisón corto pegado al cuerpo por el sudor y las lágrimas. Golpeó la puerta deIván con los nudillos temblando.
Él abrió. Sin camisa, músculosbrillando bajo la luz tenue, polla ya semi-dura solo de verla así.
Ethel se lanzó a sus brazos,destrozada, sollozando contra su pecho duro.
—Iván… Iván… me engañó… Pablitome engañó con una puta… todo era mentira… —lloraba sin control, las lágrimasmojando los pectorales de su hermano—. Yo… yo guardé todo para él… mivirginidad… mi cuerpo… y él…
Iván la abrazó fuerte, sintiendocómo su polla se ponía completamente dura contra el vientre de ella. Sus manosgrandes bajaron por la espalda de Ethel, apretándole el culo por encima delcamisón.
—Shhh… ya lo sé, hermanita—susurró con voz ronca, cargada de triunfo y lujuria—. Yo siempre supe que esemaricón no te merecía. Nadie te merece… solo yo.
Ethel levantó la cara, ojosrojos, labios temblando, pero con un fuego nuevo en la mirada. El dolor y latraición habían abierto la puerta al deseo reprimido.
—Iván… —su voz se quebró en ungemido—. Hazme mujer… por favor. Quiero que seas tú el primero. Quiero queborres todo esto. Quiero que me folles… como en tus sueños. Quiero que merompas. Quiero que me llenes. Por favor… hermano… hazme tuya esta noche.
Iván sonrió con esa sonrisapeligrosa, los celos y la victoria ardiendo en sus ojos negros. Sus manossubieron el camisón de Ethel hasta la cintura, rozando ya la piel desnuda yhúmeda entre sus piernas.
—Te voy a hacer más que mujer,Ethel… te voy a hacer mi puta. Mi hermana embarazada. Mi todo.
Sus labios bajaron hacia los deella, a centímetros de besarla por primera vez.
Iván no esperó ni un segundo más.
Sus manos grandes y fuertessujetaron el rostro de Ethel con rudeza, los dedos enredándose en su cabellorubio mientras su boca bajaba como un depredador. El beso fue brutal, salvaje,nada de ternura. Sus labios se estrellaron contra los de ella, abriéndolos a lafuerza. La lengua de Iván invadió su boca sin permiso, caliente, húmeda,enredándose con la de Ethel en un duelo sucio y desesperado. Mordió su labioinferior hasta sacarle un gemido ahogado, chupó su lengua como si quisieratragársela entera. Ethel sintió cómo su hermano la devoraba, cómo el sabormasculino y salvaje de él le llenaba la boca. Sus rodillas flaquearon. Unchorrito caliente se escapó de su coño virgen y le mojó las bragas.
—Dios… por fin —gruñó Iván contrasu boca, sin separarse. La levantó en brazos como si no pesara nada, esosmúsculos de hombros y brazos marcándose al máximo. Ethel jadeó cuando sintió lapolla dura de su hermano clavándose contra su culo mientras la cargaba por elpasillo.
La tiró sobre su cama con fuerza.El colchón rebotó. Iván se quitó el pantalón de un tirón y ahí estaba: suverga. Gruesa como una muñeca, larga más de 22 centímetros, venosa, con lacabeza morada e hinchada goteand. Los huevos pesados, grandes y llenos colgabanabajo.
Ethel se quedó con la bocaabierta, los ojos como platos.
—Dios mío, Iván… es… es enorme—susurró con voz temblorosa, recordando la única vez que vio la de Pablito(cuando se le marcó en el pantalón una tarde). Era un dedito flácido al lado deesto. Triple. Literalmente triple—. Es… el triple de la de Pablito… me va aromper…
Iván sonrió con arrogancia ycelos mezclados.
—Exacto, hermanita. Esa polla deprincipito nunca te iba a servir. Ahora ven… aprende a chupar la de verdad.
La agarró del pelo rubio y lapuso de rodillas entre sus piernas. Ethel temblaba, pero el morbo era másfuerte que el miedo. Iván la guió.
—Primero los huevos, puta.Chúpamelos.
Ethel sacó la lengua y lamió esoshuevos pesados, calientes, con olor a macho. Los metió en su boca uno por uno,chupando con torpeza pero con ganas. Iván gemía ronco.
—Así… buena chica… ahora laverga. Abre esa boquita de hermana virgen.
Le metió la cabeza gruesa entrelos labios. Ethel se atragantó al instante, los ojos se le llenaron delágrimas, pero no se apartó. Aprendió rápido, gustosa, hambrienta. Subía ybajaba la cabeza, babeando como una loca, la saliva chorreándole por la barbillay mojando los huevos. Iván la follaba la boca con empujones cortos y profundos.
—Joder, Ethel… qué boca máscaliente tienes… chúpame más fuerte, hermanita… trágatela toda como la zorraque eres para mí.
Ethel gemía con la polla dentro,vibrando alrededor del grosor. Le encantaba. Se sentía sucia, poderosa,deseada. Su coño chorreaba sobre las sábanas.
Iván la levantó de repente, latiró de espaldas y le arrancó el camisón de un tirón. Le abrió las piernas conrudeza.
—Ahora me toca a mí.
Bajó la cabeza y le comió el coñocomo un animal. Su lengua gruesa lamía el clítoris hinchado, chupaba los labiosmojados, metía dos dedos gruesos adentro mientras succionaba. Ethel gritó,arqueó la espalda, las lágrimas de placer le rodaban por las mejillas.
—¡Iván! ¡Hermano! ¡Dios mío… me…me voy a morir! ¡Ahhh! ¡Más… por favor!
Él no paró. Le metió tres dedos,curvándolos, frotando ese punto que la hacía chorrear. Ethel se corrió porprimera vez en su vida con un grito ahogado, el chorro caliente le salpicó labarba a Iván. Lloraba de placer puro, el cuerpo convulsionando.
—Buena puta… ahora vas a perderla virginidad.
Iván se colocó encima. La cabezagruesa de su polla presionó contra la entrada virgen, empapada peroestrechísima. Ethel lo miró con ojos de pánico y deseo.
—Va a doler, hermanita… perodespués vas a rogarme más.
Empujó.
La verga abrió sus labios y entródespacio pero sin piedad. Ethel gritó, las uñas clavadas en la espaldamusculosa de Iván.
—¡Aaaah! ¡Me estás abriendo endos! ¡Es demasiado grande! ¡Duele… duele mucho!
—Shhh… respira, mi puta. Miracómo tu coñito virgen se traga la polla de tu hermano —gruñó él, empujando otrocentímetro. La sangre virginal empezó a mezclarse con los jugos de ella,chorreando por sus muslos.
Cada centímetro era fuego yplacer. Ethel sentía cómo la estiraban, cómo la llenaban hasta el fondo, cómola polla tocaba lugares que nadie había tocado. El dolor era brutal, perodebajo crecía un placer oscuro y adictivo.
—Más… Iván… más profundo…¡rómpeme! —suplicó entre lágrimas y gemidos.
Iván perdió el control. Embestióhasta el fondo, sus huevos chocando contra el culo de ella. Empezó a follarlacon fuerza, la cama crujiendo, el sonido húmedo y obsceno de carne contra carnellenando la habitación.
—Joder, Ethel… tu coño es tanapretado… me estás exprimiendo la polla… ¿sientes cómo te abro, hermanita?¿Sientes que te estoy haciendo mía para siempre?
—¡Sí! ¡Sí! ¡Me estás partiendo endos! ¡Duele… pero me encanta! ¡Más fuerte, hermano! ¡Fóllame como en tussueños!
Iván la follaba como un loco,sudando, los músculos brillando. Le mordía el cuello, le pellizcaba los pezonesduros.
—Pablito nunca te va a follarasí… nunca te va a llenar así… este coño es mío ahora.
Ethel se corrió otra vez,gritando, el coño contrayéndose alrededor de la verga gruesa. Iván rugió.
—Voy a llenarte… te voy aembarazar esta misma noche, puta hermana…
Con un último empujón brutal, seclavó hasta el útero y explotó. Chorros y chorros de semen caliente, espeso, leinundaron el fondo. Ethel sintió cada pulsación, cada gota quemante llenándola,desbordándose por los lados, mezclándose con su sangre virginal. El calor lainvadió por completo, el vientre hinchado de leche de su hermano.
—Siento… siento cómo me llenas…está tan caliente… tan lleno… me estás marcando por dentro… —gimió Ethel,temblando, abrazándolo con piernas y brazos mientras las lágrimas de placer yliberación le caían.
Iván se quedó dentro, palpitando,besándola sucio otra vez.
—Ahora eres mía de verdad, Ethel.Mi mujer. Mi puta. Y esto recién empieza.
La segunda ronda empezó casi sinpausa.
Iván aún estaba dentro de Ethel,su polla semi-dura palpitando en el coño recién desvirgado, lleno de semencaliente y sangre virginal que goteaba por las sábanas. Ella respiraba agitada,el cuerpo temblando de después del orgasmo brutal, las piernas abiertas yflojas alrededor de la cintura de él. Iván se inclinó, mordió el lóbulo de suoreja y gruñó:
—No hemos terminado, hermanita.Tu coño ya es mío… pero tu culo también lo va a ser esta noche.
Ethel abrió los ojos de golpe, unescalofrío de miedo y excitación recorriéndole la espalda.
—¿Mi… mi culo? Iván… nunca… nuncahe…
—Shhh —la calló con otro besosalvaje, metiéndole la lengua hasta la garganta—. Vas a aprender. Y vas asuplicar por más.
La giró de golpe, poniéndola bocaabajo. Le levantó las caderas con rudeza, dejándola en cuatro como una perra encelo. Ethel jadeó cuando sintió las manos grandes de su hermano abriéndole lasnalgas con fuerza, exponiendo ese agujero virgen, rosado y apretado.
—Mírate… qué culito perfectotienes —murmuró Iván, escupiendo saliva directamente sobre el ano—. Tanapretado… tan mío.
Primero metió un dedo, lubricadocon su propia leche que aún chorreaba del coño. Ethel se tensó, soltó un gemidode dolor mezclado con placer.
—Duele… pero… sigue…
Iván sonrió, metió un segundodedo, abriéndola despacio, girándolos dentro mientras con la otra mano lefrotaba el clítoris hinchado. Ethel empezó a empujar hacia atrás, gimiendo másfuerte.
—Así… buena puta… relájate paratu hermano.
Cuando sintió que estaba losuficientemente abierta, Iván sacó los dedos y colocó la cabeza gruesa de supolla contra el agujero. Escupió otra vez, untándose el glande con saliva ysemen.
—Respira profundo, Ethel. Esto vaa doler más que la primera vez… pero después vas a correrme solo con mi pollaen tu culo.
Empujó.
La cabeza entró con un popaudible. Ethel gritó, las lágrimas saltándole de inmediato.
—¡Aaaah! ¡Me estás partiendo elculo! ¡Es demasiado grande! ¡Para… por favor!
—No paro —gruñó él, sujetándolapor las caderas con fuerza de hierro—. Vas a tomarla toda, hermanita. Vas a sermi puta completa.
Centímetro a centímetro, la vergagruesa abrió su culo virgen. Ethel sollozaba de dolor, pero debajo del ardorcrecía un placer oscuro, prohibido. Sentía cada vena, cada pulso de la pollallenándola de una forma que nunca imaginó. Cuando Iván llegó al fondo, sushuevos pegados contra el coño empapado, Ethel temblaba entera.
—Joder… qué apretada estás… meestás exprimiendo la polla como si nunca quisieras soltarme —jadeó él,empezando a moverse lento al principio.
Ethel empezó a gemir diferente.El dolor se transformaba.
—Más… Iván… fóllame el culo… ¡másfuerte!
Él aceleró. Embestidas brutales,profundas, el sonido de carne chocando resonando en la habitación. Le agarrabael pelo rubio como riendas, tirando de su cabeza hacia atrás mientras lasodomizaba sin piedad.
—Esto es lo que Pablito nunca teva a dar… nunca va a follarte el culo como yo… nunca va a hacerte gritar así…
Ethel se corrió otra vez, elorgasmo anal haciéndola chorrear del coño sin tocarse. Iván rugió y se vaciódentro de su culo, chorros calientes inundándola por detrás, desbordándose ygoteando por sus muslos.
Se derrumbaron juntos, sudados,jadeantes, con Iván aún dentro de ella.
—Eres mía… por completo —susurróél, besándole la nuca.
Semanas después.
Ethel se miró en el espejo delbaño, las manos temblando sobre su vientre plano. Dos rayitas rosadas en laprueba de embarazo. El corazón le latía desbocado.
Estaba embarazada.
De su hermano.
El pánico inicial duró solosegundos. Luego vino una oleada de calor, de posesión, de triunfo oscuro. Tocósu vientre y sonrió con lágrimas en los ojos. “Es de Iván… es nuestro… sangrede nuestra sangre”.
Iván entró al baño en esemomento, recién salido del gimnasio, torso desnudo y brillante de sudor. Vio laprueba en la mano de ella y se quedó helado un segundo.
—¿Es…?
Ethel se giró, los ojosbrillantes, y se lanzó a sus brazos.
—Estoy esperando un hijo tuyo,hermano… nuestro hijo.
Iván la levantó en vilo, la besócon furia, las manos grandes cubriendo su vientre.
—Joder… sí… te embaracé… temarqué para siempre —gruñó contra su boca, la polla endureciéndose alinstante—. Vas a estar preciosa con la barriga grande… llevando mi semendentro… mi puta hermana preñada.
Ethel rio entre lágrimas,frotándose contra él.
—Nunca me sentí tan completa… tantuya.
Días después, Ethel decidiócerrar el capítulo.
Se citó con Pablito en el mismocafé donde solían ir. Él llegó nervioso, con esperanza en los ojos, pensandoque quizás ella quería volver.
Ethel se sentó frente a él,serena, con un vestido suelto que ya empezaba a insinuar la curva sutil delvientre. Lo miró directo a los ojos.
—Pablito… vine a decirte algo.
Él tragó saliva.
—¿Quieres… volver? Yo… yo teperdono todo, Ethel. Te amo.
Ella sonrió con frialdad, unasonrisa que nunca le había mostrado.
—No. Vine a decirte que estoyesperando un hijo.
Pablito palideció. Los ojos se lellenaron de lágrimas.
—¿Un… hijo? ¿De… de quién?
Ethel se levantó despacio,apoyando una mano protectora sobre su vientre.
—No es tuyo. Nunca lo fue. Ynunca va a serlo.
Se dio la vuelta y salió del cafésin mirar atrás, dejando a Pablito destrozado en la mesa, con el corazón hechotrizas, sin saber que el hijo que Ethel llevaba dentro era de su propiohermano.
Cuando llegó a casa, Iván laesperaba en la puerta. La besó con posesión, metiendo la mano bajo el vestidopara acariciar su vientre.
—Bien hecho, mi puta… ahora solosomos nosotros tres.
Ethel se pegó a él, gimiendobajito mientras él la levantaba hacia la habitación.
—Y esta noche… vamos a celebrarque te preñé de verdad.
 
 

Preñé a mi hermana

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