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El Sobrino De Mi Esposo

(Parte 1)

Me llamo Roxana. Tengo 44 años, vivo en Ciudad de México, mido 1.64 y soy de piel blanca, soy muy piernuda y tengo unas nalgotas.
El Sobrino De Mi Esposo
Mis hijos ya son mayores y viven por su cuenta. Con mi esposo, que tiene 57 años, llevamos casi siete años sin tener sexo. Desde que se jubiló, solo sale con sus amigos, llega cansado y no me toca. Nunca me he masturbado; me da vergüenza. Por eso me lleno de quehaceres todo el día, para cansarme tanto que ni siquiera piense en el deseo.
Todo empezó la noche en que llegó Luis, el sobrino de mi esposo, a vivir con nosotros. Venía a estudiar en la universidad, que le quedaba mucho más cerca desde aquí. Luis es un muchacho guapo de 19 años, piel morena clara, 1.74 de estatura y bastante callado.
Esa primera noche mi esposo le mostró su habitación. Al día siguiente, sábado, mi marido salió temprano como siempre. Yo, acostumbrada a andar cómoda en casa, llevaba un short cortito y una blusita algo transparente, sin sostén. Mis pechos medianos se marcaban perfectamente y mis pezones, rosados y puntiagudos, se notaban sin remedio.
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Fui a la habitación de Luis para avisarle que bajara a desayunar. Abrí la puerta y me quedé congelada. Estaba completamente desnudo, con la sábana hecha un ovillo a sus pies. Su pene morenito reposaba flácido sobre su muslo, pero aun así se veía grande, grueso y muy venoso. Jamás había visto algo así en mi vida. Me quedé ahí parada, mirándolo durante unos diez segundos, hasta que logré reaccionar y salí sin hacer ruido.
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Media hora después bajó a la cocina. Traía un short ajustado y una camiseta sin mangas.
—Buenos días, señora Roxana —dijo, mientras su mirada se clavaba directamente en mis tetas.
Un poco enojada, le respondí:
—Solo Roxana, por favor. Nada de señora, no hace falta tanta formalidad. En la mesa te dejé el desayuno. Cuida la casa, que voy al mercado.
—Está bien, como usted diga… ¿Y si la llamo tía Roxana? ¿Se enoja?
—Está bien, también puedes llamarme así.
Me fui de compras y regresé alrededor de las once de la mañana. Lo encontré estudiando frente a la computadora, con unos cuadernos abiertos. Solo levantó la vista, me saludó y seguí de largo hacia mi habitación para bañarme.
Al cambiarme, noté que el cajón de mi ropa interior estaba ligeramente desordenado. Tomé uno de mis calzones y enseguida sentí que estaba raro. La tela en la parte de la vulva y el ano estaba mojada, pegajosa. Lo olí… olía a semen. Lo toqué con los dedos y era espeso, abundante. Me quedé ahí, confundida, con una mezcla extraña de vergüenza y excitación. Me sentía deseada por primera vez en años.
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Me repetía a mí misma: «Roxana, es el sobrino de tu esposo… es solo un muchacho… es normal que hagan estas cosas».
Decidí lavar esa prenda junto con otras sucias. Mientras estaba en eso, Luis tocó a la puerta de mi habitación.
—Adelante.
—Tía Roxana, ¿puedo usar el baño para ducharme?
—Todo lo de esta casa lo puedes usar, Luis. No tienes que pedir permiso. Si tienes hambre y estás ocupado, solo dime y te preparo algo, sin problema.
—Muchas gracias. De verdad aprecio cómo me tratan.
Por la noche, como de costumbre, mi esposo llamó para decir que se quedaba a beber con sus amigos. En el fondo sabía que probablemente terminaría con alguna prostituta joven; esa debía de ser la razón por la que ya ni me tocaba.
Cenamos los dos solos. Le pregunté sobre su carrera, si tenía novia. Él, algo avergonzado, me contestó que no, que nunca fue listo con las chicas.
Llegó la hora de dormir. Yo me fui a mi habitación y él a la suya.
Fetiche de tangas

El Sobrino De Mi Esposo
A media noche, estaba profundamente dormida cuando un cosquilleo húmedo en los pies me despertó. Sentía algo viscoso y caliente recorriendo mis dedos, la planta y el talón. No me moví, pensando que era un insecto. Pero luego distinguí unas manos sosteniendo mi pie con cuidado. Era Luis. Estaba lamiéndome los pies en la oscuridad total.
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Me puse muy nerviosa, pero no dije nada. Mi vulva empezó a palpitar y a humedecerse sin control. Al rato sentí cómo frotaba su pene duro contra mis deditos. Luego agarró mis dos pies, los juntó y empezó a follármelos. Mis plantas envolvieron su verga gruesa mientras él se movía cada vez más rápido. Yo seguía fingiendo que dormía, sin mover un solo músculo.
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Después de un buen rato soltó un gemido ahogado y eyaculó. Sentí chorros calientes de semen salpicando mis pies, mis piernas y el short. Lentamente bajó mis pies, y salió de la habitación sin hacer ruido.
Me quedé ahí, con el corazón latiéndome a mil, respirando agitada. Pasaron las horas y por fin encendí la luz. Mis piernas, el short y las sábanas estaban llenos de semen espeso. Hasta las plantas de mis pies tenían restos de mecos. Me dormí con ese olor fuerte y masculino impregnado en mi piel.

CONTINUARÁ…

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