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El papá de mi amiga 3

Cuando llegué a la habitación, Sergio ya estaba ahí. Al abrir la puerta, lo primero que vi fue que ya se había quitado la camisa negra y estaba sentado en la orilla de la cama, solo con esa camiseta blanca de tirantes. Se veía imponente, con sus 1.80 llenando el espacio y ese vello oscuro asomándose por el cuello de la prenda. En la mesita de noche había una cubeta con hielo y una botella de vino blanco.

—Llegas justo a tiempo, flaca —me dijo con esa sonrisa de medio lado que me ponía a temblar—. Pásale, cierra la puerta.

Entré y el sonido del seguro al cerrarse me dio un vuelco en el corazón. Me senté en la silla que estaba frente a la cama, tratando de mantener la compostura.
—Y bien... ¿de qué se supone que vamos a "platicar"? —le pregunté, usando sus mismas palabras.

Sergio soltó una carcajada ronca, se sirvió un poco de vino y me dio la copa. Luego, se levantó lentamente y caminó hacia mí. Se paró justo enfrente, obligándome a levantar la cabeza para verlo desde mis 1.50.

—Podemos platicar de muchas cosas, Caro —dijo, quitándome la copa de la mano y dejándola en la mesa—. De cómo me tienes loco en la pinturería, de cómo te quedan esos jeans... o de por qué tardamos tanto en estar así, a solas.

Me tomó de las manos y me hizo levantarme. Sin previo aviso, me jaló hacia él y me rodeó la cintura con sus brazos enormes. Sentí su pecho velludo contra mi cara y el olor de su loción mezclado con el vino.

—Ya no hay chalanes, Caro. Ya no hay clientes, ni está Lili. Solo estamos tú y yo —me susurró al oído, y sentí cómo sus labios empezaban a recorrer mi cuello con una lentitud desesperante.
Yo cerré los ojos y me pegué a él, sintiendo la firmeza de su cuerpo contra mis curvas. La "plática" se acabó en ese segundo, cuando Sergio me cargó para sentarme en la cama y empezó a desvestirme con una paciencia que me estaba volviendo loca.

Se puso entre mis piernas y, tal como lo había hecho en la oficina pero ahora con todo el tiempo del mundo, empezó a devorarme. Su boca recorrió mi abdomen, se detuvo en mis pechos y bajó por mis muslos con un hambre que me hacía arquear la espalda. Yo solo podía enterrar mis dedos en su cabello oscuro y dejarme llevar, disfrutando de cada caricia de ese hombre que, por fin, me tenía toda para él solo.

Sergio se levantó de la cama un momento para terminar de quitarse lo poco que le quedaba de ropa. Yo me quedé ahí, sentada entre las sábanas, con el corazón en la garganta y los ojos bien abiertos.

Neta, ninguna foto me había preparado para verlo así, al natural.

Cuando se quitó la trusa y se quedó completamente desnudo frente a mí, me quedé sin habla. El vello oscuro que le nacía en el pecho bajaba por todo su abdomen en una línea gruesa y masculina que no se detenía en el ombligo, sino que seguía con más fuerza hacia abajo, rodeándole todo. Era un hombre de verdad, rudo, con ese cuerpo maduro de 1.80 que se sentía imponente en la penumbra del cuarto.
Y luego estaba eso. No era como los tipos de mi edad. Sergio tenía una verga que era una grosería: grande, muy gruesa y con las venas marcadas y la cabeza más gruesa que lo demás, de unos 22 centímetros aprox que se veían todavía más impresionantes porque él estaba de pie justo frente a mis ojos. Pero lo que más me impactó fueron sus huevos; grandes, pesados y colgando con esa masculinidad que solo tienen los señores. Todo ese conjunto, rodeado de ese vello espeso, me hizo sentir un calor que me bajó directo a las piernas.

—¿Qué pasa, Caro? ¿Te asustó el ogro? —me preguntó con esa voz ronca, dándose cuenta de que yo no podía dejar de mirar hacia abajo.

—No... es que... estás increíble, Sergio —alcancé a decir, tragando saliva. Me había impresionado el tamaño de su verga se veía enorme y muy rica.

Él sonrió con suficiencia, sabiendo perfectamente el efecto que estaba causando en mí. Se acercó de nuevo a la cama, y esa presencia suya me envolvió por completo. Mis 1.50 se sentían minúsculos ante semejante ejemplar. Cuando se arrodilló sobre el colchón y sentí el peso de su cuerpo acercándose, el olor a hombre y la visión de su anatomía tan cerca de mi cara me hicieron perder la cuenta de todas las razones por las que esto estaba "mal".
—Acércate, flaca. Todavía nos falta mucha plática —susurró, tomándome de la nuca para pegarme a él.

En ese momento, con esa verga gruesa y esos huevos grandes rozando mis muslos, se me olvidó Lili, se me olvidó la pinturería y se me olvidó el mundo entero. Solo existía Sergio y el hambre que me daba verlo así, tan completo y tan mío.

No pude evitarlo. Estiré las manos y, por fin, toqué lo que llevaba meses deseando. Empecé por sus hombros, que se sentían como piedra, y bajé mis dedos por todo ese vello oscuro de su pecho. Se sentía áspero y masculino, justo como me lo imaginaba. Seguí bajando por su abdomen, delineando esa línea de pelo que llegaba hasta su entrepierna, y cuando mis dedos rozaron su verga, sentí un brinco en todo el cuerpo.

Estaba tiesa, gruesa y caliente como un fierro. Al sentir mi contacto, Sergio soltó un gruñido profundo, de esos que te vibran en el estómago, y vi cómo sus huevos grandes se tensaban. Ya no hubo más "plática" ni más juegos.

Sergio se lanzó sobre mí con toda su fuerza de hombre de 1.80. Tumbandome de espaldas contra el colchón; mis 1.50 apenas alcanzaban a rodear su espalda ancha. Me agarró la cara con una mano y me plantó un beso que me supo a gloria y a pecado. Era un beso hambriento, con lengua, de esos que te dejan sin aire y te hacen olvidar hasta tu nombre.

Sentía su verga dura presionando contra mi muslo, quemándome la piel, mientras sus manos bajaban desesperadas a agarrar mi culo, apretándome contra él con una rabia deliciosa.

—Me vas a volver loco, Caro... —me dijo entre besos, con la respiración entrecortada y los ojos encendidos
Yo solo podía enredar mis piernas en su cintura, sintiendo el roce del vello de sus piernas contra las mías, entregada por completo a ese señor que me estaba devorando el alma. El mundo afuera del hotel dejó de existir; pero po que más me sorprendió de esa noche no fue solo lo imponente que estaba Sergio, sino cómo me trató. Yo esperaba algo rudo, casi violento por las ganas que nos traíamos, pero él cambió el chip por completo. Se tomó su tiempo. No fue una cogida rápida de hotel; fue hacerme el amor con una calma que me desarmó.

Eso sí, cuando llegó el momento de la verdad, me di cuenta de que el señor tenía colmillo. Sacó el condón y, con una destreza que solo te dan los años, se lo puso en un abrir y cerrar de ojos. Ni una pausa, ni un error, nada de andar batallando como los chavos de mi edad que cortan toda la inspiración. Fue un movimiento rápido, maestro, y ya estaba listo para mí, pero yo quería sentirlo dentro de mi y esa vergota sería un pecado sentirla con un plástico así que le dije me encantaría sentirte dentro de mi al natural a lo que me dijo de verdad Caro y le comenté si tengo muchas ganas quítate eso.
Tomó el condón y se lo quitó de la vergota y me dijo y dónde me voy a correr y le dije quiero que te vengas adentro y sentirte todo y me respondió y si quedas embarazada a lo que yo contesté eso me encantaría así ya sería tu muner. Al parecer eso le excitó mas porque me besó en la boca y me dijo tienes razón aparte a Lili le hace falta un hermanito. Me abrió las piernas con una delicadeza que me hizo sentir de cristal. Me miró a los ojos, me dio un beso largo, de esos que te hacen suspirar, y empezó a entrar.

—¡Ay, Dios!... —gemí, enterrando las uñas en sus hombros.
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Sentir esa verga de 22 centímetros, tan gruesa y caliente, llenándome por completo, fue una locura. Mi vagina se sentía estallada. Era una sensación de plenitud total; me llenaba cada rincón, estirándome y haciéndome sentir cada milímetro de su grosor. En la posición del misionero, con su pecho velludo rozando mis pechos y su cara a centímetros de la mía, el placer era casi insoportable.
Sergio no tenía prisa. Se movía con un ritmo constante, profundo, dándome besos lentos mientras me decía cosas al oído que me ponían la piel de gallina. Cada vez que empujaba, yo sentía el peso de sus huevos grandes golpeando contra mi culo, un rítmico paf-paf que me recordaba que este hombre era todo carne y músculo.

Lo que nunca voy a olvidar fue su cara en el momento final. Sergio siempre tiene esa expresión de tipo duro, de "aquí mando yo", pero cuando sintió que ya no podía aguantar más, se transformó. Estábamos en pleno posicion yo con las piernas bien abiertas abrazando su cintura, y él dándome las estocadas más profundas, llegando hasta el fondo de mi vagina con cada centímetro de su verga dentro de mi y sus huevos chocando con mi cuerpo.
De repente, apretó la mandíbula y cerró los ojos con fuerza. Vi cómo se le marcaban las venas del cuello y cómo el sudor le brillaba en la frente. Se veía tan hombre, tan real. Se detuvo un segundo, enterrado completamente en mí, y soltó un gruñido ronco que me retumbó en el pecho mientras sentía cómo su verga palpitaba dentro de mi vagina, sentía su verga soltando todo dentro de mi sentía su semen caliente llenar mi vagina mientras yo gemia de placer y rasguñar a su espalda pidiéndole que me preñara. Me miró con una vulnerabilidad que me dejó helada; por un momento no era el jefe, era un hombre rendido a lo que sentía conmigo.
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—¡Caro... carajo! —susurró, y me dio un beso desesperado mientras se terminaba de vaciar.

Después de eso, lo que menos me esperaba fue lo que pasó. Pensé que se iba a levantar, a vestirse y a ponerse serio de nuevo. Pero no. Se levantó por papel de baño y me limpió el semen que iba escurriendo por mi vagina y mis muslos me hubiera encantado limpiarle la verga con la boca los residuos de su semen y de mis juguitos de princesa pero los limpió con papel y se volvió a acostar a mi lado. Me jaló hacia su pecho y me rodeó con sus brazos de 1.80, protegiéndome del frío del aire acondicionado. Ahí estábamos acostados ambos desnudos excitados y con fluidos del otro.

Nos quedamos ahí abrazados, como si fuéramos novios de toda la vida. Mi cabeza quedó justo sobre su pecho velludo; podía escuchar su corazón bajando el ritmo poco a poco y sentía el olor de su piel mezclado con el mio. Él me acariciaba el pelo con una suavidad que no le conocía, y de vez en cuando me daba un besito en la frente.

—¿Estás bien, flaca? —me preguntó bajito, con esa voz de señor que ahora me sonaba a pura protección.

—Sí, Sergio... estoy muy bien —le contesté, acomodándome en sus brazos.

Se sentía raro pero increíble. Estábamos en un hotel de paso, yo era la mejor amiga de su hija y él era mi jefe, pero en ese momento, abrazados bajo las sábanas, nada de eso importaba. Me sentía segura, querida y, sobre todo, deseada por el hombre que me traía loca. Nos quedamos así un buen rato, en silencio, disfrutando del post-polvo y de la paz que nos daba haber soltado por fin toda esa tensión de meses. Estaba satisfecha de haberlo tenido dentro y hacerlo acabar me hubiera gustado más yo también acabar jajaja.
Esa noche fue un paréntesis perfecto, pero la realidad nos pegó en la cara en cuanto salimos del hotel. La verdad sólo cogimos una vez esa noche eso me decepcionó un poco porque yo me imaginaba que toda la noche íbamos a coger a tal punto de que mi vagina me quedara ardiendo de tanta fricción que me iba a correr múltiples veces y que hasta mi culito iba a quedar roto y adolorido pero no toda la noche dormimos desnudos abrazados. Al fin a mis papás les dije que me iba a quedar con una amiga. Al día siguiente Nos despedimos en el estacionamiento con un beso rápido, de esos que saben a "te veo luego", y cada quien agarró su camino. Yo llegué a mi casa sintiéndome otra, con el cuerpo todavía excitado de la mejor manera posible y el olor de Sergio pegado a la piel con restos de su semen dentro de mi vagina. Me dormí un poquito ya que todavía era temprano con una sonrisa, aunque sabía que el lunes iba a ser una prueba de fuego.

Ese lunes llegó con el sol a plomo y el ruido de siempre. Entré a la pinturería y ahí estaba él, con su camisa de botones impecable y su cara de "aquí no pasó nada".

—Buenos días, Caro. Hay que revisar el pedido de los esmaltes —me dijo frente a los chalanas, con una voz tan seca y profesional que por un segundo dudé de si lo del sábado había sido un sueño.

—Sí, don Sergio. Ahorita lo checo —le contesté, igual de seria, aunque por dentro me estaba muriendo de la risa y de las ganas de recordarle cómo se veía desnudo.

Pasamos todo el día así. Fue un día normal, aburrido, lleno de clientes quejumbrosos y botes de pintura. Lili hasta nos mandó un audio al grupo diciendo que ya venía de regreso y que nos traía dulces. Actuamos tan bien que nadie sospechó absolutamente nada; éramos el jefe exigente y la empleada eficiente.
Pero en cuanto dieron las seis y los chalanas terminaron de subir la última cortina metálica y se fueron gritando que ya era hora de la cerveza, el aire en el local cambió de golpe.

Me quedé en el mostrador terminando de cerrar la caja. Escuché los pasos pesados de Sergio acercándose por detrás. No dijo ni una palabra. En cuanto sentí su presencia de 1.80, me di la vuelta y ya lo tenía encima. Me agarró de la cintura con esa fuerza que me volvía loca y me pegó contra el mueble de las facturas.

—No sabes lo que me costó no saltarte encima en todo el día, flaca —gruñó contra mis labios.

Nos empezamos a comer la boca ahí mismo. Fue un beso desesperado, con lengua, con un hambre que parecía que no nos habíamos visto en años. Yo le enterré los dedos en el vello del pecho, jalándole la camisa, y él me apretó el culo con las dos manos, levantándome un poco para que sintiera que ya estaba tieso otra vez por mi culpa. El contraste de la luz mortecina del local cerrado y el calor de su boca era pura adrenalina.

—Lili me acaba de mandar mensaje, ya casi llega a su casa —alcancé a balbucear entre besos.

—Tenemos diez minutos —contestó él, bajando sus labios a mi cuello y mordiéndome suavemente—. Diez minutos para recordarte que eres mía, Caro.
Sergio me tenía acorralada contra el mostrador, devorándome el cuello, y yo sentía su verga tiesa golpeándome el muslo a través del pantalón.

Ese roce me terminó de encender. Me bajó una calentura de esas que no te dejan pensar.

—Espérate, Sergio... —le dije con la respiración cortada.

Me solté de su abrazo y, sin darle tiempo a reaccionar, me hinqué frente a él en el suelo de cemento de la pinturería. Mis 1.50 me dejaban justo a la altura perfecta. Sergio se quedó mudo, solo soltó un suspiro pesado cuando sintió mis manos en su cinturón. Le desabroché el pantalón con una agilidad que lo dejó frío y se lo bajé junto con la trusa.
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Ahí estaba otra vez: esa verga, gruesa, venosa y apuntando directo a mi cara, rodeada de ese vello oscuro que tanto me gustaba. Con el poco de luz que entraba por las rendijas de la cortina metálica, se veía imponente. No me lo pensé dos veces. Me la metí a la boca de un solo golpe, como solía hacer con mis novios de antes, pero con la diferencia de que esto no era un juego de chavos; esto era un hombre de verdad.


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—¡Agh... Caro! —gruñó Sergio, echando la cabeza hacia atrás y apoyando las manos en el mostrador para no caerse.
Me puse a trabajar con la lengua y los labios, dándole con todo el colmillo que tenía. Sabía exactamente cómo moverme para volverlo loco. Sentía sus huevos grandes y pesados rozándome la barbilla, y el olor de su masculinidad me llenaba la nariz. Sergio no paraba de gruñir, apretando el borde del mostrador con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—¡Carajo, flaca... me vas a terminar aquí mismo! —soltó con la voz rota, enterrando sus dedos en mi pelo largo para guiarme el ritmo.

Yo le daba con ganas, disfrutando de tener el control total sobre ese hombre de 1.80 que todo el día se la pasaba dando órdenes. En ese momento, el jefe era mío. Los diez minutos se estaban pasando volando, y el riesgo de que alguien pasara por afuera o que Lili llegara le ponía un sabor a la situación que me hacía succionar todavía más fuerte.

Justo cuando estaba en lo mejor, con Sergio agarrado del mostrador y soltando unos gruñidos que retumbaban en todo el local, él de repente me puso la mano en la cabeza y me detuvo en seco.

—¡Shhh! ¡Espérate! —susurró con la voz todavía ronca por el placer, pero con el oído atento.

Me quedé congelada con su verga todavía rozándome los labios. Escuchamos un golpe afuera, como si alguien hubiera pateado un bote de basura o una lámina. El corazón me dio un vuelco. Sergio, con una calma de experto, se subió el pantalón y se abrochó el cinturón en tres segundos mientras yo me levantaba del suelo limpiándome la boca rápido con la mano.
—¡Javi! ¿Eres tú? —gritó Sergio hacia la cortina, recuperando su tono de jefe rudo.

Nadie contestó, solo se escuchó un gato correr por el techo de lámina. Sergio soltó un suspiro de alivio, pero la adrenalina ya nos había cortado el ritmo. Me miró con los ojos todavía encendidos, se acercó y me dio un beso rápido.

—No podemos seguir así, Caro. Estamos jugándole al vivo aquí en la bodega —me dijo, acomodándose la camisa—. Mañana tengo que ir a ver al proveedor de lacas industriales a la salida de la ciudad. Dile a Lili que me vas a acompañar para ayudarme con el inventario de las muestras. Nos desviamos en el camino.

Y asi lo hice, el miércoles fue el día. Salimos de la pinturería a las once de la mañana bajo el pretexto del "trabajo". Lili hasta me encargó que le trajera un café de la carretera. En cuanto perdimos de vista la zona de la bodega, Sergio metió la camioneta en el primer motel discreto que encontramos.
Ni bien cerramos la puerta de la habitación, el mundo explotó. Sergio no esperó ni a que dejara mi bolsa. Me aventó contra la pared y empezó a quitarse la ropa con una desesperación que no le había visto el sábado.

—Esta "reunión con el proveedor" va a ser la más larga de mi vida, flaca —

dijo, quedándose completamente desnudo.

Al verlo ahí, con su cuerpo de 1.80, su vello oscuro y esa verga tiesa buscándome, me olvidé de las facturas, de la pintura y de Lili. Me quité la blusa y me lancé a sus brazos, lista para que el "viaje de negocios" empezara de verdad.

Esta vez no hubo la ternura de la primera noche. Sergio era otro. Se quitó la ropa con una furia contenida y, antes de que yo pudiera decir algo, ya me tenía tirada en la cama.

—Esa boca tuya del otro día en la bodega me dejó a medias, Caro... ahora me toca a mí —gruñó.

Se metió entre mis piernas y me devoró la vagina con una desesperación salvaje. No eran caricias lentas; era su lengua trabajando con fuerza, succionando y mordisqueando mis labios de allá abajo mientras sus manos grandes me apretaban las nalgas con fuerza. Yo sentía que me iba a deshacer ahí mismo; el contraste de su barba ruda contra mi suavidad me hacía gritar, y a él no le importaba que se escuchara en todo el motel.
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Continúa....

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