Era una tarde de sábado abrasadora en las afueras de la ciudad, de esas en que el sol pega tan fuerte que el aire parece temblar sobre el asfalto y la tierra. El grupo de amigos había pasado toda la mañana y buena parte de la tarde en la kermés comunitaria del barrio El Progreso: juegos de la vieja, rifas, ceviche de chochos, música chichera a todo volumen y un montón de risas con los vecinos. Eran los seis inseparables de siempre: Pedro, el dueño del carro, un tipo de veintidós años con bigote incipiente y siempre listo para manejar cualquier situación con chistes; Juan y Diego, los dos payasos del grupo que no podían estar callados ni un segundo; Marquito, el más callado de todos, veinte años recién cumplidos, flaco, de ojos grandes y una timidez que lo hacía tartamudear cuando una mujer le hablaba directamente —herencia de una infancia en que el habla se le trababa tanto que prefería quedarse callado—; Lorena, la gordita del grupo, con sus curvas generosas, caderas anchas, tetas grandes que siempre desbordaban cualquier blusa y una personalidad tan alegre que nadie la hacía sentir fuera de lugar; y Raquel, la morena flaca de piernas largas y culo parado, con un short jean tan corto y ajustado que cada vez que se agachaba se le marcaba todo, y una blusita blanca de tirantes que dejaba ver el ombligo y el borde de un brasier negro de encaje.
Cuando la gente empezó a irse —unos en moto, otros en bus, algunos caminando—, solo quedaron ellos seis mirando el carro destartalado de Pedro. “¡La puta madre! Solo un auto para regresar”, se quejó Juan mientras abría la puerta trasera y se dejaba caer en el asiento. Pedro se rio desde el volante: “Tranquilo, yo manejo. Lorena va adelante conmigo porque es la más grandecita y el asiento de atrás es un infierno para ella. Los demás… arréglenselas”.

Juan, Diego y Marquito se apretujaron en la banca trasera. Raquel se quedó parada junto a la puerta abierta, con las manos en la cintura y el short subiéndose un poco más. “¿Y yo dónde carajo me siento? Esto es más chico que un cajón de fósforos”. Diego, con esa sonrisa de lado que siempre anunciaba travesura, soltó: “Siéntate en las piernas de alguien, pues. ¿Quién se ofrece de asiento humano?”. Juan miró a Marquito y le dio un codazo fuerte en las costillas: “¡Marquito! Tú eres el indicado, parce. Eres el más tranquilo, el más santo, el que nunca hace nada malo. Raquel puede sentarse en ti sin peligro. ¿Verdad, Marquitos?”. Marquito sintió que la cara le ardía. Tartamudeó mirando al piso: “Y-yo… s-si el laq-quiere… n-no hay problema… p-pero…”. Pedro desde adelante remató: “Dale, Raquel, no seas cojuda. Siéntate en Marquito que él no te va a meter mano. Es el chico más pacífico del mundo. Si no, nos quedamos aquí hasta que salga la luna”.
Raquel puso los ojos en blanco, pero no había alternativa. Agarró su chompa gris del asiento delantero ,la dobló un par de veces y la colocó con cuidado sobre las piernas de Marquito. “Bueno, pero pongo esto de barrera para que no haya roces raros ni malentendidos”, dijo con una risita nerviosa mientras se sentaba despacio. Apenas apoyó el peso, Marquito sintió el calor inmediato de sus nalgas a través de la tela fina del short. El short era tan corto que la parte inferior de sus glúteos quedaba casi al descubierto, y la chompa apenas amortiguaba el contacto directo. Intentó respirar profundo, mirar por la ventana, pensar en cualquier cosa menos en el cuerpo caliente que tenía encima.
Pedro arrancó y el carro salió traqueteando por la carretera de tercer orden que unía el barrio con la ciudad. Era un camino lleno de huecos, piedras sueltas y tramos de tierra que hacían que el vehículo botara como loco. Las bromas no tardaron ni cinco minutos en empezar.
Juan: “¡Cuidado, Marquito! No se te vaya a parar la verga con tanto movimiento, eh. Raquel tiene un culo que ni para qué”.
Diego se carcajeó: “¡Sí, pana! Si sientes que se te endurece algo, avisa para que paremos y te desahogues en el monte”.
Lorena desde adelante, girándose un poco: “¡Ay, déjenlo tranquilo al pobre! Marquito es un angelito, no como ustedes dos degenerados”.
Raquel solo se reía al principio, moviéndose un poco para acomodarse mejor cada vez que el carro caía en un bache. Pero a los diez minutos de camino, lo sintió claro: debajo de ella, contra la chompa, algo empezaba a crecer. Primero fue una presión suave, luego más firme, más caliente. La verga de Marquito se endurecía poco a poco, empujando contra la tela, justo en el canal entre sus nalgas. En lugar de apartarse o incomodarse, Raquel sintió un cosquilleo eléctrico subirle por la espalda. Una sonrisa lenta y pícara se le dibujó en los labios. Disimuladamente, abrió un poco más las piernas, inclinó la pelvis hacia atrás y se acomodó mejor para que esa protuberancia quedara encajada perfectamente entre sus glúteos. Cada bache era ahora una caricia lenta y deliberada.
“¡Ay, este camino está del demonio!”, exclamó ella con voz un poco más ronca, fingiendo quejarse. Pero sus caderas se movían sutilmente, frotándose contra él en círculos pequeños. Marquito tartamudeó bajito, casi inaudible: “P-perdón… s-si es… i-incómodo…”.Juan, que estaba al lado, notó el cambio en la cara de Marquito y soltó:“¡Marquito, contrólate, huevón! Se te ve la cara de culpable. ¿Ya se te paró o qué?”.
Diego agregó: “Raquel, ¿sientes el ‘celular’ vibrando? Porque parece que Marquito lleva un Nokia delos antiguos ahí abajo”.
Raquel se rio, pero esta vez con los ojos entrecerrados y mordiéndose el labio inferior: “¡Cállense, malpensados! Es solo el camino… y la chompa”. Pero por dentro estaba ardiendo. Su coño ya estaba húmedo, los labios hinchados rozando contra la tela del short cada vez que se movía. Podía sentir cada vena de la verga de Marquito pulsando contra ella, dura como piedra. En un momento particularmente fuerte de un bache, Raquel dejó escapar un gemidito casi imperceptible que solo Marquito escuchó. Él se puso aún más tenso, pero no se atrevió a decir nada.
El viaje siguió así durante casi media hora más: bromas constantes, risas, pero debajo de todo, un juego secreto entre Raquel y Marquito. Ella se acomodaba, se movía despacio, apretaba las nalgas de vez en cuando para apretarlo más. Él intentaba disimular, pero su respiración se había vuelto pesada y sus manos temblaban apoyadas en el asiento.

Al fin entraron a la ciudad. Lorena fue la primera en bajarse, en la avenida principal cerca del mercado central. “¡Chao, parceros! ¡No hagan locuras sin mí!”, dijo guiñando un ojo y bajando con su bolso grande. Pedro miró por el retrovisor: “Raquel, ahora sí pasa adelante. Ya hay espacio”. Ella se levantó despacio de las piernas de Marquito, sintiendo cómo la humedad entre sus piernas se había extendido. Al sentarse al lado de Pedro, las bromas continuaron:
Juan: “¡Pobre Marquito! Ahora se queda con la verga parada y sin alivio”.
Diego: “Raquel, confiesa:¿le diste un buen masaje con ese culito rico?”.
Raquel se rio fuerte:“¡Ustedes son unos enfermos mentales! Marquito es un caballero, punto”.
Juan y Diego se bajaron en sus esquinas respectivas. Al final solo quedaron Pedro, Marquito y Raquel. Pedro los dejó en la calle principal, a dos cuadras de la casa de ella. “Chao, muchachos. ¡Pórtense mal que para eso son jóvenes!”, bromeó antes de arrancar con un bocinazo.
Marquito, con el pantalón todavía apretado por la erección que no bajaba del todo, murmuró: “B-buenastardes, Raquel. G-gracias por… todo. C-chao”. Pero ella lo agarró del brazo con fuerza, deteniéndolo bajo el sol que todavía quemaba. “Espera, Marquitos. No te vayas tan rápido. Vamos a charlar un ratito aquí en la sombra”.
Él se puso nervioso, mirando al piso: “¿Q-qué pasa?”

Raquel se acercó hasta que sus cuerpos casi se tocaban. El olor a protector solar, sudor y perfume barato la envolvía. “Me gustó demasiado lo que sentí en el carro. No seas mentiroso, eso no era tu celular. Era tu verga bien dura, bien parada, empujándome justo aquí”, dijo bajito, poniendo una mano en su propio culo para señalar. “Se te paró re rico y me puso caliente como nunca. Mi casa está sola: mi mamá trabaja hasta las nueve de la noche en la fábrica y mi papá seguro está en el bar del Chino jugando billar con los compadres. ¿Quieres venir y… terminar lo que empezamos en el carro?”.
Marquito tragó saliva. Su corazón latía tan fuerte que pensó que ella lo oiría. “Y-yo… nunca he… n-no sé si…”. Raquel lo interrumpió acercando su boca a su oreja: “No hay problema, papi. Yo te enseño todo. Paso a paso. Ven, no seas tímido. Te prometo que va a ser rico”.
Al final, con la cara ardiendo y el miembro todavía medio duro, Marquito asintió. Caminaron las dos cuadras en silencio, pero con la tensión sexual tan densa que se podía cortar con cuchillo.
Apenas cerraron la puerta del departamento, Raquel lo empujó contra la pared del pasillo y lo besó con hambre animal. Le metió la lengua hasta el fondo, mordiéndole el labio inferior mientras sus manos bajaban al cinturón de él. “Quítate esto ya, coño”, murmuró entre besos. Marquito dejó que ella lo desvistiera: pantalón al piso, boxers abajo. Su verga saltó libre, dura, venosa, con la cabeza brillante de líquido preseminal. Raquel se arrodilló sin dudar.

“¡Puta madre, qué verga tan linda tienes, Marquito!”, exclamó lamiéndose los labios. Empezó chupando solo la punta, girando la lengua alrededor del glande, saboreando el sabor salado. Luego bajó lento por el tronco, lamiendo con la lengua plana, succionando las bolas una por una mientras lo pajeaba con la mano. Marquito gemía, agarrándole el pelo: “A-ah… Raquel… e-esto es… d-demasiado…”. Ella lo miró desde abajo con ojos brillantes: “Relájate, mi amor. Déjame mamarte rico”. Lo tragó profundo, hasta que la nariz tocó su pubis, gimiendo alrededor de su verga, vibrando la garganta. Lo sacó, escupió saliva sobre la cabeza y volvió a chupar fuerte, masturbándolo al mismo tiempo. Marquito temblaba, al borde.
Pero Raquel paró justo a tiempo. “Todavía no te vienes. Quiero que me descubras primero”.
Lo llevó a su habitación. La luz de la tarde entraba por la ventana entreabierta, bañando la cama deshecha con un resplandor dorado. Raquel se quitó la blusa despacio, dejando ver sus tetas firmes en el brasier negro de encaje. “Desabróchame”. Marquito, con dedos temblorosos, lo hizo. Los senos quedaron libres: medianos, redondos, pezones rosados y ya duros. Los tocó con reverencia, pellizcándolos suave. “S-son… perfectos”, tartamudeó. Ella sonrió: “Apriétalos, mámamelos”. Él se inclinó, chupó un pezón mientras masajeaba el otro, mordisqueando suave. Raquel gemía: “¡Sí, así! Más fuerte, coño… me estás poniendo re mojada”.
Se quitó el short y las panties de un tirón. Quedó desnuda, su coño depilado brillando de jugos, los labios hinchados y rosados. “Ahora baja. Quiero que me comas”. Marquito se arrodilló entre sus piernas abiertas en la cama. “¿C-cómo…?”. Ella le guio la cabeza: “Lame aquí, el clítoris. Suave al principio, círculos con la lengua. Luego chupa. Méteme los dedos cuando te diga”. Él obedeció. Primero lamió tímido, saboreando su miel dulce y salada. Raquel suspiró: “¡Oh, sí! Así… ahora chupa el botón”. Él lo hizo, succionando el clítoris mientras metía un dedo, luego dos, en su coño apretado y caliente. Los movía en gancho, buscando ese punto que la hacía arquearse. “¡Puta, Marquito! Vas a hacerme venir… no pares…mételos más profundo!”. Ella se corrió temblando, apretando sus dedos con contracciones fuertes, gritando su nombre mientras le jalaba el pelo.
Cuando recuperó el aliento, lo jaló encima. “Ahora fóllame. Méteme esa verga rica”. Se acostó boca arriba, abrió las piernas en V. Marquito se posicionó. Ella agarró su verga y la guio ala entrada empapada. Él empujó despacio, centímetro a centímetro, sintiendo el calor apretado envolviéndolo. “¡Ahhh… qué rico! Tírame fuerte, papi”. Marquito empezó a bombear, primero lento, sintiendo cada pliegue, luego más rápido, sus caderas chocando contra las de ella con sonido húmedo. Raquel clavaba las uñasen su espalda: “¡Más duro, carajo! Fóllame como hombre… ¡sí, así!”.
Cambió de posición: ella se puso a cuatro patas. Marquito la penetró desde atrás, agarrándole las caderas, embistiéndola profundo. Sus bolas golpeaban contra su clítoris con cada empujón. Raquel gemía: “¡Métemela toda! ¡Rómpeme el coño!”. Luego se subió encima, cabalgándolo salvajemente.
Sus tetas botaban con cada salto, su coño tragándosela verga hasta la base. “¡Mira cómo me clavo en ti, Marquitos! ¡Te voy a exprimir!”. Él le agarró las nalgas, separándolas para verla entrar y salir.
No aguantó más. “M-me vengo… Raquel…”. Ella aceleró, girando las caderas: “¡Vente adentro! Lléneme de leche caliente… ¡dame todo!”. Marquito explotó, chorros gruesos y calientes llenando su coño mientras ella se corría de nuevo, temblando encima de él, sus paredes apretándolo hasta sacarle la última gota.

Se quedaron abrazados, jadeando, con el sudor pegándoles la piel y la luz de la tarde volviéndose a naranjada. Marquito, todavía dentro de ella, murmuró: “F-fue… i-increíble…nunca pensé que…”.
Raquel le besó el cuello, sonriendo: “Tu primera vez, y la hiciste como un campeón. Podemos repetir cuando quieras… y cuando no quieras también”. Esa tarde de sábado, bajo el sol riobambeño, el tímido Marquito dejó de ser solo el chico callado del grupo, y Raquel descubrió que debajo de tanta timidez había un amante hambriento y apasionado esperando salir.
Cuando la gente empezó a irse —unos en moto, otros en bus, algunos caminando—, solo quedaron ellos seis mirando el carro destartalado de Pedro. “¡La puta madre! Solo un auto para regresar”, se quejó Juan mientras abría la puerta trasera y se dejaba caer en el asiento. Pedro se rio desde el volante: “Tranquilo, yo manejo. Lorena va adelante conmigo porque es la más grandecita y el asiento de atrás es un infierno para ella. Los demás… arréglenselas”.

Juan, Diego y Marquito se apretujaron en la banca trasera. Raquel se quedó parada junto a la puerta abierta, con las manos en la cintura y el short subiéndose un poco más. “¿Y yo dónde carajo me siento? Esto es más chico que un cajón de fósforos”. Diego, con esa sonrisa de lado que siempre anunciaba travesura, soltó: “Siéntate en las piernas de alguien, pues. ¿Quién se ofrece de asiento humano?”. Juan miró a Marquito y le dio un codazo fuerte en las costillas: “¡Marquito! Tú eres el indicado, parce. Eres el más tranquilo, el más santo, el que nunca hace nada malo. Raquel puede sentarse en ti sin peligro. ¿Verdad, Marquitos?”. Marquito sintió que la cara le ardía. Tartamudeó mirando al piso: “Y-yo… s-si el laq-quiere… n-no hay problema… p-pero…”. Pedro desde adelante remató: “Dale, Raquel, no seas cojuda. Siéntate en Marquito que él no te va a meter mano. Es el chico más pacífico del mundo. Si no, nos quedamos aquí hasta que salga la luna”.
Raquel puso los ojos en blanco, pero no había alternativa. Agarró su chompa gris del asiento delantero ,la dobló un par de veces y la colocó con cuidado sobre las piernas de Marquito. “Bueno, pero pongo esto de barrera para que no haya roces raros ni malentendidos”, dijo con una risita nerviosa mientras se sentaba despacio. Apenas apoyó el peso, Marquito sintió el calor inmediato de sus nalgas a través de la tela fina del short. El short era tan corto que la parte inferior de sus glúteos quedaba casi al descubierto, y la chompa apenas amortiguaba el contacto directo. Intentó respirar profundo, mirar por la ventana, pensar en cualquier cosa menos en el cuerpo caliente que tenía encima.
Pedro arrancó y el carro salió traqueteando por la carretera de tercer orden que unía el barrio con la ciudad. Era un camino lleno de huecos, piedras sueltas y tramos de tierra que hacían que el vehículo botara como loco. Las bromas no tardaron ni cinco minutos en empezar.
Juan: “¡Cuidado, Marquito! No se te vaya a parar la verga con tanto movimiento, eh. Raquel tiene un culo que ni para qué”.
Diego se carcajeó: “¡Sí, pana! Si sientes que se te endurece algo, avisa para que paremos y te desahogues en el monte”.
Lorena desde adelante, girándose un poco: “¡Ay, déjenlo tranquilo al pobre! Marquito es un angelito, no como ustedes dos degenerados”.
Raquel solo se reía al principio, moviéndose un poco para acomodarse mejor cada vez que el carro caía en un bache. Pero a los diez minutos de camino, lo sintió claro: debajo de ella, contra la chompa, algo empezaba a crecer. Primero fue una presión suave, luego más firme, más caliente. La verga de Marquito se endurecía poco a poco, empujando contra la tela, justo en el canal entre sus nalgas. En lugar de apartarse o incomodarse, Raquel sintió un cosquilleo eléctrico subirle por la espalda. Una sonrisa lenta y pícara se le dibujó en los labios. Disimuladamente, abrió un poco más las piernas, inclinó la pelvis hacia atrás y se acomodó mejor para que esa protuberancia quedara encajada perfectamente entre sus glúteos. Cada bache era ahora una caricia lenta y deliberada.
“¡Ay, este camino está del demonio!”, exclamó ella con voz un poco más ronca, fingiendo quejarse. Pero sus caderas se movían sutilmente, frotándose contra él en círculos pequeños. Marquito tartamudeó bajito, casi inaudible: “P-perdón… s-si es… i-incómodo…”.Juan, que estaba al lado, notó el cambio en la cara de Marquito y soltó:“¡Marquito, contrólate, huevón! Se te ve la cara de culpable. ¿Ya se te paró o qué?”.
Diego agregó: “Raquel, ¿sientes el ‘celular’ vibrando? Porque parece que Marquito lleva un Nokia delos antiguos ahí abajo”.
Raquel se rio, pero esta vez con los ojos entrecerrados y mordiéndose el labio inferior: “¡Cállense, malpensados! Es solo el camino… y la chompa”. Pero por dentro estaba ardiendo. Su coño ya estaba húmedo, los labios hinchados rozando contra la tela del short cada vez que se movía. Podía sentir cada vena de la verga de Marquito pulsando contra ella, dura como piedra. En un momento particularmente fuerte de un bache, Raquel dejó escapar un gemidito casi imperceptible que solo Marquito escuchó. Él se puso aún más tenso, pero no se atrevió a decir nada.
El viaje siguió así durante casi media hora más: bromas constantes, risas, pero debajo de todo, un juego secreto entre Raquel y Marquito. Ella se acomodaba, se movía despacio, apretaba las nalgas de vez en cuando para apretarlo más. Él intentaba disimular, pero su respiración se había vuelto pesada y sus manos temblaban apoyadas en el asiento.

Al fin entraron a la ciudad. Lorena fue la primera en bajarse, en la avenida principal cerca del mercado central. “¡Chao, parceros! ¡No hagan locuras sin mí!”, dijo guiñando un ojo y bajando con su bolso grande. Pedro miró por el retrovisor: “Raquel, ahora sí pasa adelante. Ya hay espacio”. Ella se levantó despacio de las piernas de Marquito, sintiendo cómo la humedad entre sus piernas se había extendido. Al sentarse al lado de Pedro, las bromas continuaron:
Juan: “¡Pobre Marquito! Ahora se queda con la verga parada y sin alivio”.
Diego: “Raquel, confiesa:¿le diste un buen masaje con ese culito rico?”.
Raquel se rio fuerte:“¡Ustedes son unos enfermos mentales! Marquito es un caballero, punto”.
Juan y Diego se bajaron en sus esquinas respectivas. Al final solo quedaron Pedro, Marquito y Raquel. Pedro los dejó en la calle principal, a dos cuadras de la casa de ella. “Chao, muchachos. ¡Pórtense mal que para eso son jóvenes!”, bromeó antes de arrancar con un bocinazo.
Marquito, con el pantalón todavía apretado por la erección que no bajaba del todo, murmuró: “B-buenastardes, Raquel. G-gracias por… todo. C-chao”. Pero ella lo agarró del brazo con fuerza, deteniéndolo bajo el sol que todavía quemaba. “Espera, Marquitos. No te vayas tan rápido. Vamos a charlar un ratito aquí en la sombra”.
Él se puso nervioso, mirando al piso: “¿Q-qué pasa?”

Raquel se acercó hasta que sus cuerpos casi se tocaban. El olor a protector solar, sudor y perfume barato la envolvía. “Me gustó demasiado lo que sentí en el carro. No seas mentiroso, eso no era tu celular. Era tu verga bien dura, bien parada, empujándome justo aquí”, dijo bajito, poniendo una mano en su propio culo para señalar. “Se te paró re rico y me puso caliente como nunca. Mi casa está sola: mi mamá trabaja hasta las nueve de la noche en la fábrica y mi papá seguro está en el bar del Chino jugando billar con los compadres. ¿Quieres venir y… terminar lo que empezamos en el carro?”.
Marquito tragó saliva. Su corazón latía tan fuerte que pensó que ella lo oiría. “Y-yo… nunca he… n-no sé si…”. Raquel lo interrumpió acercando su boca a su oreja: “No hay problema, papi. Yo te enseño todo. Paso a paso. Ven, no seas tímido. Te prometo que va a ser rico”.
Al final, con la cara ardiendo y el miembro todavía medio duro, Marquito asintió. Caminaron las dos cuadras en silencio, pero con la tensión sexual tan densa que se podía cortar con cuchillo.
Apenas cerraron la puerta del departamento, Raquel lo empujó contra la pared del pasillo y lo besó con hambre animal. Le metió la lengua hasta el fondo, mordiéndole el labio inferior mientras sus manos bajaban al cinturón de él. “Quítate esto ya, coño”, murmuró entre besos. Marquito dejó que ella lo desvistiera: pantalón al piso, boxers abajo. Su verga saltó libre, dura, venosa, con la cabeza brillante de líquido preseminal. Raquel se arrodilló sin dudar.

“¡Puta madre, qué verga tan linda tienes, Marquito!”, exclamó lamiéndose los labios. Empezó chupando solo la punta, girando la lengua alrededor del glande, saboreando el sabor salado. Luego bajó lento por el tronco, lamiendo con la lengua plana, succionando las bolas una por una mientras lo pajeaba con la mano. Marquito gemía, agarrándole el pelo: “A-ah… Raquel… e-esto es… d-demasiado…”. Ella lo miró desde abajo con ojos brillantes: “Relájate, mi amor. Déjame mamarte rico”. Lo tragó profundo, hasta que la nariz tocó su pubis, gimiendo alrededor de su verga, vibrando la garganta. Lo sacó, escupió saliva sobre la cabeza y volvió a chupar fuerte, masturbándolo al mismo tiempo. Marquito temblaba, al borde.
Pero Raquel paró justo a tiempo. “Todavía no te vienes. Quiero que me descubras primero”.
Lo llevó a su habitación. La luz de la tarde entraba por la ventana entreabierta, bañando la cama deshecha con un resplandor dorado. Raquel se quitó la blusa despacio, dejando ver sus tetas firmes en el brasier negro de encaje. “Desabróchame”. Marquito, con dedos temblorosos, lo hizo. Los senos quedaron libres: medianos, redondos, pezones rosados y ya duros. Los tocó con reverencia, pellizcándolos suave. “S-son… perfectos”, tartamudeó. Ella sonrió: “Apriétalos, mámamelos”. Él se inclinó, chupó un pezón mientras masajeaba el otro, mordisqueando suave. Raquel gemía: “¡Sí, así! Más fuerte, coño… me estás poniendo re mojada”.
Se quitó el short y las panties de un tirón. Quedó desnuda, su coño depilado brillando de jugos, los labios hinchados y rosados. “Ahora baja. Quiero que me comas”. Marquito se arrodilló entre sus piernas abiertas en la cama. “¿C-cómo…?”. Ella le guio la cabeza: “Lame aquí, el clítoris. Suave al principio, círculos con la lengua. Luego chupa. Méteme los dedos cuando te diga”. Él obedeció. Primero lamió tímido, saboreando su miel dulce y salada. Raquel suspiró: “¡Oh, sí! Así… ahora chupa el botón”. Él lo hizo, succionando el clítoris mientras metía un dedo, luego dos, en su coño apretado y caliente. Los movía en gancho, buscando ese punto que la hacía arquearse. “¡Puta, Marquito! Vas a hacerme venir… no pares…mételos más profundo!”. Ella se corrió temblando, apretando sus dedos con contracciones fuertes, gritando su nombre mientras le jalaba el pelo.
Cuando recuperó el aliento, lo jaló encima. “Ahora fóllame. Méteme esa verga rica”. Se acostó boca arriba, abrió las piernas en V. Marquito se posicionó. Ella agarró su verga y la guio ala entrada empapada. Él empujó despacio, centímetro a centímetro, sintiendo el calor apretado envolviéndolo. “¡Ahhh… qué rico! Tírame fuerte, papi”. Marquito empezó a bombear, primero lento, sintiendo cada pliegue, luego más rápido, sus caderas chocando contra las de ella con sonido húmedo. Raquel clavaba las uñasen su espalda: “¡Más duro, carajo! Fóllame como hombre… ¡sí, así!”.
Cambió de posición: ella se puso a cuatro patas. Marquito la penetró desde atrás, agarrándole las caderas, embistiéndola profundo. Sus bolas golpeaban contra su clítoris con cada empujón. Raquel gemía: “¡Métemela toda! ¡Rómpeme el coño!”. Luego se subió encima, cabalgándolo salvajemente.
Sus tetas botaban con cada salto, su coño tragándosela verga hasta la base. “¡Mira cómo me clavo en ti, Marquitos! ¡Te voy a exprimir!”. Él le agarró las nalgas, separándolas para verla entrar y salir.
No aguantó más. “M-me vengo… Raquel…”. Ella aceleró, girando las caderas: “¡Vente adentro! Lléneme de leche caliente… ¡dame todo!”. Marquito explotó, chorros gruesos y calientes llenando su coño mientras ella se corría de nuevo, temblando encima de él, sus paredes apretándolo hasta sacarle la última gota.

Se quedaron abrazados, jadeando, con el sudor pegándoles la piel y la luz de la tarde volviéndose a naranjada. Marquito, todavía dentro de ella, murmuró: “F-fue… i-increíble…nunca pensé que…”.
Raquel le besó el cuello, sonriendo: “Tu primera vez, y la hiciste como un campeón. Podemos repetir cuando quieras… y cuando no quieras también”. Esa tarde de sábado, bajo el sol riobambeño, el tímido Marquito dejó de ser solo el chico callado del grupo, y Raquel descubrió que debajo de tanta timidez había un amante hambriento y apasionado esperando salir.
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