La ciudad respiraba calor pegajoso esa noche de febrero. El asfalto aún soltaba el calor acumulado del día mientras Susan caminaba con paso lento y deliberado por la calle que llevaba al barrio de las luces baratas y la música que se escapaba de las puertas abiertas.
Llevaba esos shorts blancos de tiro alto que apenas contenían la curva generosa de sus caderas y el top negro de manga larga que se adhería a su torso como segunda piel, dejando muy poco ala imaginación con ese escote profundo que parecía diseñado para hacer que las miradas se detuvieran y se perdieran. Los tacones blancos de aguja resonaban con autoridad contra el pavimento. Cada paso era una declaración,

Había ido a la fiesta sin plan concreto, solo con esa hambre tranquila y peligrosa que le aparecía ciertas noches. Quería sentir piel joven temblando bajo sus dedos, quería escuchar ese jadeo entrecortado de quien todavía no sabe bien qué le está pasando pero ya no puede —ni quiere— detenerlo.
Entró al local pasadas las once. La música era reggaetón lento mezclado con dembow, el tipo de ritmo que invita a mover las caderas sin permiso. El aire olía a perfume barato, cerveza derramada y deseo adolescente.
La vio casi de inmediato.
Una chica de tal vez veinte años, cabello castaño suelto hasta media espalda, crop top plateado diminuto, jeans ajustados de tiro bajo y unos ojos grandes que todavía conservaban algo de sorpresa ante el mundo. Bailaba con dos amigas, riendo, pero su cuerpo se movía con una sensualidad inconsciente, como si todavía no entendiera del todo el poder que tenía.
Susan se quedó observándola desdela barra, bebiendo despacio un ron con hielo, dejando que el frío del vaso contrastara con el calor que ya le subía por el pecho. Cuando sus miradas se cruzaron por primera vez, la chica se sonrojó y apartó la vista rápido… pero volvió a mirar dos segundos después. Error fatal.
Susan sonrió para sí misma, dejó el vaso y caminó directo hacia ella.
No dijo nada al principio. Simplemente se colocó detrás, muy cerca, dejando que sus pechos rozaran apenas la espalda de la chica mientras empezaba a moverse al mismo ritmo. La diferencia de altura era perfecta: la boca de Susan quedaba a la altura de la oreja de la desconocida.
—Te ves nerviosa —susurró rozándole el lóbulo con los labios—. ¿Es la primera vez que una mujer te baila así?
La chica se tensó, pero no se alejó. Su respiración cambió de ritmo.
—No… sí… no sé —balbuceó, y eso fue suficiente.
Susan deslizó una mano por la cintura desnuda de la chica, los dedos abiertos, posesivos pero sin apresurarse. La otra mano subió lentamente por su brazo hasta el hombro, luego bajó por el cuello, acariciando la clavícula con la yema de los dedos.
—¿Cómo te llamas, preciosa?
—Natasha…
—Natasha —repitió Susan saboreando el nombre mientras su mano bajaba por el abdomen plano hasta detenerse justo donde empezaban los jeans—. Me gusta cómo suena cuando lo dices temblando.

La chica soltó una risita nerviosa que se convirtió en suspiro cuando Susan apretó un poco más la cadera contra su trasero, marcando el ritmo con su pelvis.
—¿Quieres seguir bailando aquí… o prefieres que te enseñe lo que se siente cuando alguien sabe exactamente dónde tocarte?
Natasha giró la cabeza lo justo para que sus labios quedaran a centímetros de los de Susan. No respondió con palabras. Solo asintió, los ojos brillantes, las pupilas dilatadas.
Minutos después estaban en el baño de mujeres del fondo, el más alejado, el que casi nadie usaba. Susan cerró la puerta con pestillo sin soltarla.
La besó despacio al principio, dejando que Natasha se acostumbrara al sabor de una boca que sabía lo que quería. Luego el beso se volvió más hambriento. Lenguas que se buscaban, dientes que rozaban labios, manos que ya no pedían permiso.
Susan la giró de cara a la pared, le bajó los jeans justo lo necesario y deslizó los dedos por debajo de la tela interior. Encontró humedad caliente, resbaladiza, ansiosa.
—Joder… estás empapada desde quete toqué en la pista —murmuró contra su cuello mientras dos dedos se hundían lentamente, curvándose hacia arriba.
Natasha soltó un gemido ahogado y apoyó las manos contra los azulejos fríos. Sus caderas empezaron a buscar más, a pedir sin palabras.
Susan le mordió el hombro con fuerza suficiente para dejar marca mientras su pulgar encontraba el clítoris hinchado y empezaba círculos lentos, crueles de tan precisos.
—No te corras todavía —le ordenó al oído—. Quiero sentir cómo te aprietas alrededor de mis dedos cuando te diga que ya puedes.
Natasha gimió más fuerte, las piernas temblándole.
—Por favor…
Susan aceleró el movimiento, profundo, constante, mientras con la otra mano le subía el crop top y pellizcaba un pezón duro.
—Ahora sí, mi niña. Córrete para mí. Moja mis dedos. Déjame sentir cuánto te gusta que una mujer te folle así.
El orgasmo llegó en oleadas. Natasha se arqueó, se mordió el labio hasta casi sangrar, tembló entera mientras su interior se contraía una y otra vez alrededor de los dedos de Susan.
Cuando por fin se quedó quieta, jadeante, Susan la giró con suavidad, la besó en la boca con una ternura que contrastaba con todo lo anterior y le susurró:
—Esto solo fue el calentamiento.
Le limpió los dedos con su propia lengua, mirándola fijamente a los ojos.
—Vamos a mi casa. Quiero verte desnuda en mi cama… quiero tu boca entre mis piernas hasta que me corra en tu cara… y después quiero follarte con mi lengua hasta que supliques que pare.
Natasha, todavía temblando, con las mejillas encendidas y los ojos vidriosos, solo pudo asentir.
Tomó la mano que Susan le ofrecía.
Y salió con ella a la noche, sabiendo que esa noche apenas estaba empezando.
El trayecto en taxi fue un ejercicio de contención casi dolorosa. Susan mantenía la mano de Natasha sobre su muslo, los dedos entrelazados con fuerza, mientras con el pulgar trazaba círculos lentos sobre la piel suave del interior de su muñeca. Cada vez que el coche pasaba por un bache, sus cuerpos se rozaban más de lo necesario. Natasha apenas hablaba; solo respiraba entrecortado, las mejillas todavía encendidas, los labios hinchados por los besos del baño.
Cuando llegaron al departamento de Susan, en un tercer piso de un edificio viejo pero elegante en el centro, la puerta ni siquiera se cerró del todo antes de que Susan la empujara suavemente contra la pared del pasillo. La besó con urgencia renovada, como si el breve viaje hubiera sido una eternidad de espera.

—Quítate todo —ordenó con voz ronca, separándose apenas lo suficiente para mirarla a los ojos—. Quiero verte entera.
Natasha obedeció con manos temblorosas. Primero el crop top plateado que cayó al suelo revelando unos pechos pequeños pero firmes, pezones ya duros por el frío del pasillo y la anticipación. Luego los jeans ajustados que tuvo que bajar despacio por las caderas, quedándose solo en unas braguitas de encaje negro que ya estaban empapadas otra vez.
Susan no se movió mientras la observaba. Solo se mordió el labio inferior, los ojos recorriendo cada centímetro como si estuviera memorizando un mapa que planeaba explorar durante horas.
—Hermosa… —murmuró—. Date la vuelta. Apóyate en la pared y separa las piernas.
Natasha giró, colocó las palmas contra la pintura descascarada y abrió un poco las piernas. Sintió el aire fresco rozarle la piel expuesta y luego… los dedos de Susan deslizándose por su espalda, bajando la columna hasta enganchar el elástico de las braguitas y tirarlas hacia abajo de un solo movimiento.
No hubo preliminares esta vez.
Susan se arrodilló detrás de ella, abrió sus glúteos con ambas manos y hundió la lengua directamente entre sus pliegues, lamiendo con avidez la humedad que ya le corría por los muslos. Natasha soltó un grito ahogado, las rodillas flexionándose.
—Dios… Susan…
La lengua era implacable: plana y ancha al principio, recorriendo toda la longitud, luego más puntiaguda, rodeando el clítoris sin tocarlo del todo, torturándola. Cuando Natasha empezó a mover las caderas buscando más fricción, Susan le dio una palmada firme en una nalga.
—Quieta. Deja que yo decida cómo te corro.
Metió dos dedos de golpe, profundo, mientras succionaba el clítoris con fuerza. Natasha se arqueó, la frente contra la pared, gimiendo sin control. El orgasmo llegó rápido y brutal, sus paredes internas apretando los dedos de Susan en espasmos violentos mientras un chorro caliente le mojaba la mano y la barbilla.
Susan se levantó, giró a Natasha y la besó para que probara su propio sabor. Luego la tomó de la mano y la llevó al dormitorio.
La cama era grande, sábanas negras desordenadas. Susan se quitó la ropa con calma deliberada: primero el top, dejando que sus pechos pesados quedaran libres, pezones oscuros y erectos; después los shorts blancos que cayeron junto a los tacones. No llevaba nada debajo. Su sexo depilado brillaba de excitación.
Se tumbó boca arriba, abrió las piernas sin pudor y señaló el espacio entre ellas.
—Tu turno, preciosa. Quiero tu boca. Quiero que me hagas correrme en tu lengua como yo acabo de hacer contigo.

Natasha se acercó gateando, todavía temblorosa por su propio clímax. Bajó la cabeza entre los muslos gruesos de Susan y, al principio tímida, pasó la lengua por los labios hinchados. El sabor era salado, dulce, adictivo. Susan gimió y enredó los dedos en su cabello castaño.
—Más profundo… lame todo… así…joder, sí…
Natasha se volvió más valiente. Metió la lengua dentro, luego subió al clítoris y empezó a hacer círculos como había sentido antes. Susan arqueó la espalda, las caderas empujando contra su boca.
—Chúpalo… fuerte… méteme los dedos también…
Natasha obedeció: dos dedos curvados hacia arriba, buscando ese punto que hizo que Susan soltara un gemido gutural. La chupó con fuerza mientras movía los dedos rápido, implacable.
Susan se corrió con un grito ronco, las piernas temblando alrededor de la cabeza de Natasha, el cuerpo convulsionando mientras su sexo se contraía una y otra vez. Un chorro caliente le mojó la barbilla y el cuello, pero Natasha no se apartó; siguió lamiendo despacio, recogiendo cada gota hasta que Susan la empujó suavemente hacia arriba.
Se besaron largo rato, cuerpos sudorosos pegados, respiraciones mezcladas.
—No hemos terminado —susurró Susan contra sus labios—. Date la vuelta. Quiero sentarme en tu cara.
Natasha se tumbó boca arriba. Susan se colocó a horcajadas sobre su rostro, apoyando las rodillas a ambos lados de su cabeza, y bajó despacio hasta que su sexo húmedo cubrió la boca dela chica.
—Lámeme mientras te follo la cara…y tócate al mismo tiempo. Quiero que nos corramos juntas otra vez.
Natasha obedeció. Su lengua trabajaba frenética mientras sus propios dedos volvían a hundirse entre sus piernas. Susan se movía arriba y abajo, frotándose contra su boca, gimiendo cada vez más alto.
El segundo orgasmo de Susan llegó primero, fuerte, empapando la cara de Natasha. Eso fue suficiente para empujara la chica al borde otra vez. Se corrió con la boca todavía pegada al sexo de Susan, el cuerpo arqueándose bajo ella, gemidos ahogados contra carne caliente.
Cuando todo terminó, Susan se dejó caer a un lado, jadeante. Atrajo a Natasha contra su pecho, envolviéndola con brazos fuertes.
—Quédate esta noche —murmuró besándole la sien—. Y mañana… mañana seguimos.
Natasha solo asintió, exhausta, satisfecha, con el sabor de Susan todavía en la lengua y el cuerpo dolorido de placer.
La noche de San Valentín apenas había comenzado.
Llevaba esos shorts blancos de tiro alto que apenas contenían la curva generosa de sus caderas y el top negro de manga larga que se adhería a su torso como segunda piel, dejando muy poco ala imaginación con ese escote profundo que parecía diseñado para hacer que las miradas se detuvieran y se perdieran. Los tacones blancos de aguja resonaban con autoridad contra el pavimento. Cada paso era una declaración,

Había ido a la fiesta sin plan concreto, solo con esa hambre tranquila y peligrosa que le aparecía ciertas noches. Quería sentir piel joven temblando bajo sus dedos, quería escuchar ese jadeo entrecortado de quien todavía no sabe bien qué le está pasando pero ya no puede —ni quiere— detenerlo.
Entró al local pasadas las once. La música era reggaetón lento mezclado con dembow, el tipo de ritmo que invita a mover las caderas sin permiso. El aire olía a perfume barato, cerveza derramada y deseo adolescente.
La vio casi de inmediato.
Una chica de tal vez veinte años, cabello castaño suelto hasta media espalda, crop top plateado diminuto, jeans ajustados de tiro bajo y unos ojos grandes que todavía conservaban algo de sorpresa ante el mundo. Bailaba con dos amigas, riendo, pero su cuerpo se movía con una sensualidad inconsciente, como si todavía no entendiera del todo el poder que tenía.
Susan se quedó observándola desdela barra, bebiendo despacio un ron con hielo, dejando que el frío del vaso contrastara con el calor que ya le subía por el pecho. Cuando sus miradas se cruzaron por primera vez, la chica se sonrojó y apartó la vista rápido… pero volvió a mirar dos segundos después. Error fatal.
Susan sonrió para sí misma, dejó el vaso y caminó directo hacia ella.
No dijo nada al principio. Simplemente se colocó detrás, muy cerca, dejando que sus pechos rozaran apenas la espalda de la chica mientras empezaba a moverse al mismo ritmo. La diferencia de altura era perfecta: la boca de Susan quedaba a la altura de la oreja de la desconocida.
—Te ves nerviosa —susurró rozándole el lóbulo con los labios—. ¿Es la primera vez que una mujer te baila así?
La chica se tensó, pero no se alejó. Su respiración cambió de ritmo.
—No… sí… no sé —balbuceó, y eso fue suficiente.
Susan deslizó una mano por la cintura desnuda de la chica, los dedos abiertos, posesivos pero sin apresurarse. La otra mano subió lentamente por su brazo hasta el hombro, luego bajó por el cuello, acariciando la clavícula con la yema de los dedos.
—¿Cómo te llamas, preciosa?
—Natasha…
—Natasha —repitió Susan saboreando el nombre mientras su mano bajaba por el abdomen plano hasta detenerse justo donde empezaban los jeans—. Me gusta cómo suena cuando lo dices temblando.

La chica soltó una risita nerviosa que se convirtió en suspiro cuando Susan apretó un poco más la cadera contra su trasero, marcando el ritmo con su pelvis.
—¿Quieres seguir bailando aquí… o prefieres que te enseñe lo que se siente cuando alguien sabe exactamente dónde tocarte?
Natasha giró la cabeza lo justo para que sus labios quedaran a centímetros de los de Susan. No respondió con palabras. Solo asintió, los ojos brillantes, las pupilas dilatadas.
Minutos después estaban en el baño de mujeres del fondo, el más alejado, el que casi nadie usaba. Susan cerró la puerta con pestillo sin soltarla.
La besó despacio al principio, dejando que Natasha se acostumbrara al sabor de una boca que sabía lo que quería. Luego el beso se volvió más hambriento. Lenguas que se buscaban, dientes que rozaban labios, manos que ya no pedían permiso.
Susan la giró de cara a la pared, le bajó los jeans justo lo necesario y deslizó los dedos por debajo de la tela interior. Encontró humedad caliente, resbaladiza, ansiosa.
—Joder… estás empapada desde quete toqué en la pista —murmuró contra su cuello mientras dos dedos se hundían lentamente, curvándose hacia arriba.
Natasha soltó un gemido ahogado y apoyó las manos contra los azulejos fríos. Sus caderas empezaron a buscar más, a pedir sin palabras.
Susan le mordió el hombro con fuerza suficiente para dejar marca mientras su pulgar encontraba el clítoris hinchado y empezaba círculos lentos, crueles de tan precisos.
—No te corras todavía —le ordenó al oído—. Quiero sentir cómo te aprietas alrededor de mis dedos cuando te diga que ya puedes.
Natasha gimió más fuerte, las piernas temblándole.
—Por favor…
Susan aceleró el movimiento, profundo, constante, mientras con la otra mano le subía el crop top y pellizcaba un pezón duro.
—Ahora sí, mi niña. Córrete para mí. Moja mis dedos. Déjame sentir cuánto te gusta que una mujer te folle así.
El orgasmo llegó en oleadas. Natasha se arqueó, se mordió el labio hasta casi sangrar, tembló entera mientras su interior se contraía una y otra vez alrededor de los dedos de Susan.
Cuando por fin se quedó quieta, jadeante, Susan la giró con suavidad, la besó en la boca con una ternura que contrastaba con todo lo anterior y le susurró:
—Esto solo fue el calentamiento.
Le limpió los dedos con su propia lengua, mirándola fijamente a los ojos.
—Vamos a mi casa. Quiero verte desnuda en mi cama… quiero tu boca entre mis piernas hasta que me corra en tu cara… y después quiero follarte con mi lengua hasta que supliques que pare.
Natasha, todavía temblando, con las mejillas encendidas y los ojos vidriosos, solo pudo asentir.
Tomó la mano que Susan le ofrecía.
Y salió con ella a la noche, sabiendo que esa noche apenas estaba empezando.
El trayecto en taxi fue un ejercicio de contención casi dolorosa. Susan mantenía la mano de Natasha sobre su muslo, los dedos entrelazados con fuerza, mientras con el pulgar trazaba círculos lentos sobre la piel suave del interior de su muñeca. Cada vez que el coche pasaba por un bache, sus cuerpos se rozaban más de lo necesario. Natasha apenas hablaba; solo respiraba entrecortado, las mejillas todavía encendidas, los labios hinchados por los besos del baño.
Cuando llegaron al departamento de Susan, en un tercer piso de un edificio viejo pero elegante en el centro, la puerta ni siquiera se cerró del todo antes de que Susan la empujara suavemente contra la pared del pasillo. La besó con urgencia renovada, como si el breve viaje hubiera sido una eternidad de espera.

—Quítate todo —ordenó con voz ronca, separándose apenas lo suficiente para mirarla a los ojos—. Quiero verte entera.
Natasha obedeció con manos temblorosas. Primero el crop top plateado que cayó al suelo revelando unos pechos pequeños pero firmes, pezones ya duros por el frío del pasillo y la anticipación. Luego los jeans ajustados que tuvo que bajar despacio por las caderas, quedándose solo en unas braguitas de encaje negro que ya estaban empapadas otra vez.
Susan no se movió mientras la observaba. Solo se mordió el labio inferior, los ojos recorriendo cada centímetro como si estuviera memorizando un mapa que planeaba explorar durante horas.
—Hermosa… —murmuró—. Date la vuelta. Apóyate en la pared y separa las piernas.
Natasha giró, colocó las palmas contra la pintura descascarada y abrió un poco las piernas. Sintió el aire fresco rozarle la piel expuesta y luego… los dedos de Susan deslizándose por su espalda, bajando la columna hasta enganchar el elástico de las braguitas y tirarlas hacia abajo de un solo movimiento.
No hubo preliminares esta vez.
Susan se arrodilló detrás de ella, abrió sus glúteos con ambas manos y hundió la lengua directamente entre sus pliegues, lamiendo con avidez la humedad que ya le corría por los muslos. Natasha soltó un grito ahogado, las rodillas flexionándose.
—Dios… Susan…
La lengua era implacable: plana y ancha al principio, recorriendo toda la longitud, luego más puntiaguda, rodeando el clítoris sin tocarlo del todo, torturándola. Cuando Natasha empezó a mover las caderas buscando más fricción, Susan le dio una palmada firme en una nalga.
—Quieta. Deja que yo decida cómo te corro.
Metió dos dedos de golpe, profundo, mientras succionaba el clítoris con fuerza. Natasha se arqueó, la frente contra la pared, gimiendo sin control. El orgasmo llegó rápido y brutal, sus paredes internas apretando los dedos de Susan en espasmos violentos mientras un chorro caliente le mojaba la mano y la barbilla.
Susan se levantó, giró a Natasha y la besó para que probara su propio sabor. Luego la tomó de la mano y la llevó al dormitorio.
La cama era grande, sábanas negras desordenadas. Susan se quitó la ropa con calma deliberada: primero el top, dejando que sus pechos pesados quedaran libres, pezones oscuros y erectos; después los shorts blancos que cayeron junto a los tacones. No llevaba nada debajo. Su sexo depilado brillaba de excitación.
Se tumbó boca arriba, abrió las piernas sin pudor y señaló el espacio entre ellas.
—Tu turno, preciosa. Quiero tu boca. Quiero que me hagas correrme en tu lengua como yo acabo de hacer contigo.

Natasha se acercó gateando, todavía temblorosa por su propio clímax. Bajó la cabeza entre los muslos gruesos de Susan y, al principio tímida, pasó la lengua por los labios hinchados. El sabor era salado, dulce, adictivo. Susan gimió y enredó los dedos en su cabello castaño.
—Más profundo… lame todo… así…joder, sí…
Natasha se volvió más valiente. Metió la lengua dentro, luego subió al clítoris y empezó a hacer círculos como había sentido antes. Susan arqueó la espalda, las caderas empujando contra su boca.
—Chúpalo… fuerte… méteme los dedos también…
Natasha obedeció: dos dedos curvados hacia arriba, buscando ese punto que hizo que Susan soltara un gemido gutural. La chupó con fuerza mientras movía los dedos rápido, implacable.
Susan se corrió con un grito ronco, las piernas temblando alrededor de la cabeza de Natasha, el cuerpo convulsionando mientras su sexo se contraía una y otra vez. Un chorro caliente le mojó la barbilla y el cuello, pero Natasha no se apartó; siguió lamiendo despacio, recogiendo cada gota hasta que Susan la empujó suavemente hacia arriba.
Se besaron largo rato, cuerpos sudorosos pegados, respiraciones mezcladas.
—No hemos terminado —susurró Susan contra sus labios—. Date la vuelta. Quiero sentarme en tu cara.
Natasha se tumbó boca arriba. Susan se colocó a horcajadas sobre su rostro, apoyando las rodillas a ambos lados de su cabeza, y bajó despacio hasta que su sexo húmedo cubrió la boca dela chica.
—Lámeme mientras te follo la cara…y tócate al mismo tiempo. Quiero que nos corramos juntas otra vez.
Natasha obedeció. Su lengua trabajaba frenética mientras sus propios dedos volvían a hundirse entre sus piernas. Susan se movía arriba y abajo, frotándose contra su boca, gimiendo cada vez más alto.
El segundo orgasmo de Susan llegó primero, fuerte, empapando la cara de Natasha. Eso fue suficiente para empujara la chica al borde otra vez. Se corrió con la boca todavía pegada al sexo de Susan, el cuerpo arqueándose bajo ella, gemidos ahogados contra carne caliente.
Cuando todo terminó, Susan se dejó caer a un lado, jadeante. Atrajo a Natasha contra su pecho, envolviéndola con brazos fuertes.
—Quédate esta noche —murmuró besándole la sien—. Y mañana… mañana seguimos.
Natasha solo asintió, exhausta, satisfecha, con el sabor de Susan todavía en la lengua y el cuerpo dolorido de placer.
La noche de San Valentín apenas había comenzado.
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