Cuando tenía como 10 años empecé a notar cosas que a los demás chicos no les importaban. En el colegio, las chicas del salón llevaban faldas plisadas del uniforme, medias altas que les marcaban las piernas, blusas que se movían suaves cuando corrían en el recreo. Yo me quedaba mirando, no con ganas de tocarlas ni nada por el estilo, sino pensando: “¿Cómo se sentirá eso?”. La tela cayendo ligera, el aire subiendo un poco por debajo, el roce fresco contra la piel. Era una curiosidad rara, como si quisiera saber qué se sentía ser envuelto en algo tan delicado en vez de los jeans ásperos y los polos anchos que yo usaba.
A los 12 la cosa se puso más confusa. Empecé a masturbarme pensando en chicas, como todos, pero a veces la fantasía cambiaba sin que yo lo buscara. Me imaginaba siendo yo el que llevaba esa falda, esa blusa ajustada, sintiendo cómo la tela se pegaba al cuerpo. Después me sentía mal, pero al día siguiente volvía a pasar lo mismo. Una vez robé del cesto de la ropa un par de medias de encaje de mi mamá. Me los puse debajo del pijama cuando todos dormían. El roce en mis piernas me ponía la piel de gallina y me dejaba medio duro sin entender por qué. Los devolví rápido, con el corazón a mil, pero ya sabía que algo dentro de mí había cambiado.
A los 13 fue más frecuente, aunque todavía tímido. Cuando mis padres salían los fines de semana o de iban al trabajo, casi todo el día, yo entraba al cuarto de mi mamá solo para mirar. Abría los cajones del estante y pasaba los dedos por las telas: encajes suaves, vestidos preciosos, algodones con lacitos. Nunca me ponía nada completo, solo probaba cosas pequeñas. Me ponía un par de pantis por encima del bóxer y caminaba por la casa sintiendo cómo el elástico me apretaba los muslos. O me ponía una blusa de seda sobre los hombros, sin abrocharla, solo para sentir el roce en la piel del pecho. Me miraba al espejo del baño y me decía que era una tontería, que parara, pero no podía. Cada vez que lo hacía, la excitación era más fuerte que la culpa.
Llegó un jueves cuando tenía 15 años en que todo dio un paso más grande. Mi mamá salió temprano, dijo que tendría una jornada mucho más larga, de igual manera cin mi papá, y la casa quedó en silencio absoluto. Yo sabía que tenía horas por delante. Subí al cuarto de mi mamá con las manos temblando un poco. Abrí el cajón de la lencería. El olor a suavizante me pegó suave. Saqué un conjunto negro de encaje: sujetador con tirantes delgados y tanga a juego. La tela era fina, de esa que se siente rico contra la piel.
Me desnudé despacio frente al espejo de cuerpo entero que tiene al lado del armario. Primero la tanga. Me la subí lento, sintiendo cómo el hilo se acomodaba entre las nalgas, cómo la parte de adelante se tensaba apenas conteniendo mi pene erecto. El encaje rozaba la punta sensible y solté el aire que tenía atrapado. Luego el sujetador: me lo puse torpemente, lo giré por atrás, subí los tirantes. Los aros me apretaban el pecho aunque no había nada que llenarlos, y los pezones se pusieron duros al instante contra la tela fina.
Me quedé mirándome un rato largo. El bulto marcado en la tanga, los hombros más estrechos con el sujetador puesto, la forma en que la luz del ventanal caía sobre el encaje negro. Estaba nervioso, pero también… excitado de una forma que nunca había sentido tan clara.
No me atreví a más ese día. Solo me quedé así un rato, caminando despacio por la habitación, sintiendo cada roce. Después me lo quité todo con cuidado, lo doblé como estaba y lo devolví al cajón. Pero supe que no iba a ser la última vez.
Desde ahí empezó a ser más habitual. Cada vez que me quedaba solo, volvía al cuarto de ella. A veces solo lencería o una tanga roja de satén que se pegaba a todo, un brasier blanco con transparencias, medias de red que me subía despacio. Otras veces ropa normal: una falda lápiz que me quedaba apretada en las caderas, una blusa de seda que dejaba ver los pezones marcados, un vestido camisero que me ponía sin nada debajo y dejaba que la tela rozara directo. Siempre terminaba masturbándome, pero al principio era lento, explorando, sin prisa. Me gustaba mirarme, sentirme, descubrir cómo cada prenda cambiaba la forma en que me veía a mí mismo.
Gracias por Leerlo completo, tengo muchos más relatos que pasaron en todo ese tiempo, estaré encantado de traerselos💗

A los 12 la cosa se puso más confusa. Empecé a masturbarme pensando en chicas, como todos, pero a veces la fantasía cambiaba sin que yo lo buscara. Me imaginaba siendo yo el que llevaba esa falda, esa blusa ajustada, sintiendo cómo la tela se pegaba al cuerpo. Después me sentía mal, pero al día siguiente volvía a pasar lo mismo. Una vez robé del cesto de la ropa un par de medias de encaje de mi mamá. Me los puse debajo del pijama cuando todos dormían. El roce en mis piernas me ponía la piel de gallina y me dejaba medio duro sin entender por qué. Los devolví rápido, con el corazón a mil, pero ya sabía que algo dentro de mí había cambiado.
A los 13 fue más frecuente, aunque todavía tímido. Cuando mis padres salían los fines de semana o de iban al trabajo, casi todo el día, yo entraba al cuarto de mi mamá solo para mirar. Abría los cajones del estante y pasaba los dedos por las telas: encajes suaves, vestidos preciosos, algodones con lacitos. Nunca me ponía nada completo, solo probaba cosas pequeñas. Me ponía un par de pantis por encima del bóxer y caminaba por la casa sintiendo cómo el elástico me apretaba los muslos. O me ponía una blusa de seda sobre los hombros, sin abrocharla, solo para sentir el roce en la piel del pecho. Me miraba al espejo del baño y me decía que era una tontería, que parara, pero no podía. Cada vez que lo hacía, la excitación era más fuerte que la culpa.
Llegó un jueves cuando tenía 15 años en que todo dio un paso más grande. Mi mamá salió temprano, dijo que tendría una jornada mucho más larga, de igual manera cin mi papá, y la casa quedó en silencio absoluto. Yo sabía que tenía horas por delante. Subí al cuarto de mi mamá con las manos temblando un poco. Abrí el cajón de la lencería. El olor a suavizante me pegó suave. Saqué un conjunto negro de encaje: sujetador con tirantes delgados y tanga a juego. La tela era fina, de esa que se siente rico contra la piel.
Me desnudé despacio frente al espejo de cuerpo entero que tiene al lado del armario. Primero la tanga. Me la subí lento, sintiendo cómo el hilo se acomodaba entre las nalgas, cómo la parte de adelante se tensaba apenas conteniendo mi pene erecto. El encaje rozaba la punta sensible y solté el aire que tenía atrapado. Luego el sujetador: me lo puse torpemente, lo giré por atrás, subí los tirantes. Los aros me apretaban el pecho aunque no había nada que llenarlos, y los pezones se pusieron duros al instante contra la tela fina.
Me quedé mirándome un rato largo. El bulto marcado en la tanga, los hombros más estrechos con el sujetador puesto, la forma en que la luz del ventanal caía sobre el encaje negro. Estaba nervioso, pero también… excitado de una forma que nunca había sentido tan clara.
No me atreví a más ese día. Solo me quedé así un rato, caminando despacio por la habitación, sintiendo cada roce. Después me lo quité todo con cuidado, lo doblé como estaba y lo devolví al cajón. Pero supe que no iba a ser la última vez.
Desde ahí empezó a ser más habitual. Cada vez que me quedaba solo, volvía al cuarto de ella. A veces solo lencería o una tanga roja de satén que se pegaba a todo, un brasier blanco con transparencias, medias de red que me subía despacio. Otras veces ropa normal: una falda lápiz que me quedaba apretada en las caderas, una blusa de seda que dejaba ver los pezones marcados, un vestido camisero que me ponía sin nada debajo y dejaba que la tela rozara directo. Siempre terminaba masturbándome, pero al principio era lento, explorando, sin prisa. Me gustaba mirarme, sentirme, descubrir cómo cada prenda cambiaba la forma en que me veía a mí mismo.
Gracias por Leerlo completo, tengo muchos más relatos que pasaron en todo ese tiempo, estaré encantado de traerselos💗

4 comentarios - Como me volví femboy (relató-primer post)