Llegué a casa esa tarde de sábado con el corazón todavía latiendo como un tambor en mi pecho. El sol del verano del 2000 se filtraba por las persianas entreabiertas, iluminando el living donde Sabrina estaba sentada en el sofá, con una revista en las manos y una sonrisa juguetona en los labios. Llevábamos un par de años juntos, y ella siempre había sido abierta, curiosa, con esa chispa que me volvía loco. Pero ese día, después de lo que había pasado en la peluquería de Carlos, me sentía expuesto, como si llevara un secreto escrito en la frente.
—Hola, amor —dije, tratando de sonar casual, mientras dejaba las llaves en la mesa y me acercaba para darle un beso en la mejilla. Mi voz salió un poco más aguda de lo normal, y noté que mis manos temblaban ligeramente.
—Hola, putito —respondió ella, riendo con esa risa ronca que siempre me erizaba la piel. Se levantó del sofá con gracia felina, su cuerpo curvilíneo envuelto en un short corto de jean y una remera ajustada que dejaba poco a la imaginación. Se acercó a mí, olfateando el aire como si pudiera percibir algo diferente—. ¿Qué tal el corte? Mmm, te ves fresco... pero ¿eso es leche? —preguntó, señalando una mancha húmeda en mi camiseta, cerca del cuello. Sin darme tiempo a responder, pasó un dedo por la mancha, recogiendo un resto pegajoso, y se lo llevó a la boca, probándolo con curiosidad. Su lengua rozó el dedo lentamente, y sus ojos se entrecerraron mientras saboreaba—. Mmm, sabe raro... salado, como... ¿semen? ¿Qué anduviste haciendo, Javier?
Me quedé congelado, el calor subiéndome por el cuello hasta las orejas. Intenté reírme, nervioso, y cambiar de tema como siempre hacía cuando algo me ponía incómodo.
—Nada, amor, debe ser... eh, loción o algo de la peluquería. Carlos siempre usa esas cremas raras —balbuceé, apartándome un poco para ir hacia la cocina, pero ella me agarró del brazo con firmeza, su mirada fija en la mía, una mezcla de diversión y algo más intenso, como curiosidad encendida.
—No me jodas, Javier. Te conozco. Esa mancha no es loción, y tu cara... estás rojo como un tomate. Vení, sentate acá y contame todo —dijo, tirando de mí hacia el sofá. Su tono no era acusador; era juguetón, casi excitado, como si la idea de que yo hubiera hecho algo "prohibido" la estuviera calentando. Me senté a su lado, y ella se acomodó cerca, muy cerca, con una pierna sobre la mía, su mano descansando en mi muslo—. Dale, putito, soltá la lengua. ¿Qué pasó en la peluquería? ¿Carlos te hizo algo? O mejor... ¿vos le hiciste algo a él?
Tragué saliva, sintiendo el nudo en la garganta. Nunca le había contado nada sobre mis curiosidades, esas fantasías que a veces rondaban mi mente en las noches calurosas. Pero algo en su mirada me dio coraje, o tal vez fue el recuerdo fresco de la pija de Carlos en mi boca, el sabor salado que aún sentía en los labios. Empecé a hablar, primero con titubeos, contándole lo de los roces durante el corte, cómo su pija dura se presionaba contra mis manos a través del jogging suave, cada contorno palpable, el calor irradiando. Sabrina escuchaba atenta, sus ojos brillando, y noté cómo su respiración se aceleraba, cómo se mordía el labio inferior mientras yo describía el momento en el lavadero, el masaje en el cuero cabelludo que se sentía como una caricia prohibida.
—Seguí —susurró, su mano subiendo por mi muslo, rozando el borde de mis pantalones deportivos—. Contame lo de atrás del espejo, cuando te secaba el pelo y te apoyó la pija contra la cola. ¿Cómo se sentía? ¿Dura? ¿Grande?
Asentí, el calor del recuerdo mezclándose con el presente. Le conté cómo se posicionó detrás de mí, presionando su pija erecta contra mi cola, la tela delgada dejando sentir cada pulgada, el ritmo lento que me hacía jadear. Sabrina se acercó más, su aliento cálido en mi cuello, y sentí cómo su mano se colaba bajo mi remera, acariciando mi pecho.
—Y después... cerraron la puerta, ¿no? —preguntó, su voz baja, cargada de deseo—. ¿Qué pasó en ese cuartito trasero? No me dejes con la intriga, amor. Quiero detalles, todos los detalles sucios.
Le conté lo del beso en la nuca que no había mencionado antes, cómo me guio al fondo, y el momento en que bajó su jogging, liberando esa pija imponente, gruesa, venosa. Sabrina gemía suavemente mientras yo hablaba, su mano ahora en mi entrepierna, sintiendo cómo mi propia pija se endurecía bajo el toque. Le describí cómo me bajó los pantalones y el bóxer de un tirón, dejándome desnudo de la cintura para abajo, expuesto, vulnerable. Cómo apoyó su pija desnuda contra mi cola, piel contra piel, deslizándola por el surco, y luego presionando la cabeza caliente y húmeda directamente contra mi ano, una y otra vez, sin penetrar, pero haciendo que mi cuerpo temblara de ganas.
—Dios, Javier... ¿y gemiste? ¿Gemiste como una putita? —preguntó, sus ojos vidriosos de excitación, mientras se levantaba del sofá y desaparecía un momento en el dormitorio. Volvió con una sonrisa maliciosa, sosteniendo algo en la mano: un juguetito strapon de 12 cm, negro, suave al tacto, con un arnés que se ajustaba perfectamente a su cadera. Era pequeño, pero intimidante en ese contexto, y lo agitó frente a mí como un trofeo—. Mirá lo que tengo para vos, putito. Pero primero, seguí contando. Quiero saber cómo terminaste arrodillado, besando esa pija.
Me recosté en el sofá, con el corazón acelerado, mientras ella se quitaba el short y la remera, quedando en tanga y sostén, su cuerpo perfecto iluminado por la luz del atardecer. Le conté los besos: cómo acerqué los labios a la punta, suave al principio, rozando la piel cálida, sintiendo el pulso latiendo. Cómo volví a besarla, presionando más, saboreando la humedad salada de las gotas de excitación. Sabrina se arrodilló entre mis piernas, bajándome los pantalones de nuevo, exponiendo mi pija dura, y mientras yo hablaba, empezó a acariciar mi cola con los dedos, rozando el ano con ternura.
—Más detalles —exigió, su voz ronca—. ¿Cómo lamiste? ¿Torpe? ¿Con ganas?
Le describí los lenguetazos: tímidos al inicio, rodeando la cabeza, sintiendo las venas palpitantes, el sabor salado invadiendo mi boca. Cómo lamí desde la base hasta la punta, repitiendo, torpe pero ansioso, chupando la punta con succiones irregulares, la lengua jugando en círculos apasionados. Sabrina gemía con cada palabra, y de repente, me hizo girar en el sofá, poniéndome de rodillas con la cola hacia ella. Sentí su aliento caliente en mi piel, y luego su lengua, suave y húmeda, rozando mi ano por primera vez.
—Así como le chupaste la pija a Carlos, yo te voy a dilatar esta colita tuya —murmuró, antes de hundir la lengua en mí. Fue una sensación abrumadora: su lengua lamiendo el borde de mi ano con lentitud, círculos suaves que me hicieron gemir como una putita, arqueando la espalda. Exploraba con torpeza inicial, pero con muchas ganas, lamiendo el centro, presionando la punta de la lengua contra la entrada, sintiendo cómo mi cuerpo se abría a ella. El sabor, el calor, la humedad de su saliva mezclándose con mi excitación; cada lenguetazo enviaba oleadas de placer por mi espina, haciéndome temblar. Ella chupaba con avidez, succionando el ano, dejando que su lengua se deslizara adentro un poco, explorando, mientras sus manos separaban mis nalgas para tener mejor acceso.
—Contame el final —pidió entre lamidas, su voz ahogada contra mi piel—. Cómo te acabaste sin tocarte, tragando su leche.
Le conté el clímax: cómo seguí chupando con intensidad, la boca envolviendo su pija, hasta que explotó en mi boca, abundante, caliente, salada. Cómo traté de tragar, pero parte se escapó, y mi propio orgasmo me sacudió. Sabrina, encendida por completo, se levantó y se ajustó el strapon, lubricándolo con saliva y un poco de gel que sacó del cajón.
—Ahora es mi turno, putito —dijo, posicionándose detrás de mí. La cabeza del strapon, de 12 cm, suave y firme, rozó mi ano ya húmedo por su lengua. Presionó con lentitud, entrando centímetro a centímetro, el estiramiento inicial doliendo un poco, pero mezclado con un placer intenso que me hizo jadear. Sentía cada centímetro llenándome, la textura lisa deslizándose adentro, mientras ella gemía, moviéndose rítmicamente, cogiéndome como si fuera suya por completo.
—Te gusta, ¿no? Sentir algo adentro, como querías con Carlos —susurró, acelerando el ritmo, sus caderas chocando contra mi cola. Cada embestida era profunda, controlada, el strapon golpeando puntos que me hacían ver estrellas, mi pija dura goteando sin tocarla. Sus manos en mis caderas, guiándome, y yo gimiendo, entregado, putita total bajo su dominio.
El orgasmo llegó rápido, intenso, mi cuerpo convulsionando mientras ella seguía, acabando también con un grito ahogado. Nos derrumbamos en el sofá, sudados, riendo entre jadeos. Ese secreto ya no era solo mío; era nuestro, y el verano del 2000 se volvía aún más inolvidable.
Continuará...
—Hola, amor —dije, tratando de sonar casual, mientras dejaba las llaves en la mesa y me acercaba para darle un beso en la mejilla. Mi voz salió un poco más aguda de lo normal, y noté que mis manos temblaban ligeramente.
—Hola, putito —respondió ella, riendo con esa risa ronca que siempre me erizaba la piel. Se levantó del sofá con gracia felina, su cuerpo curvilíneo envuelto en un short corto de jean y una remera ajustada que dejaba poco a la imaginación. Se acercó a mí, olfateando el aire como si pudiera percibir algo diferente—. ¿Qué tal el corte? Mmm, te ves fresco... pero ¿eso es leche? —preguntó, señalando una mancha húmeda en mi camiseta, cerca del cuello. Sin darme tiempo a responder, pasó un dedo por la mancha, recogiendo un resto pegajoso, y se lo llevó a la boca, probándolo con curiosidad. Su lengua rozó el dedo lentamente, y sus ojos se entrecerraron mientras saboreaba—. Mmm, sabe raro... salado, como... ¿semen? ¿Qué anduviste haciendo, Javier?
Me quedé congelado, el calor subiéndome por el cuello hasta las orejas. Intenté reírme, nervioso, y cambiar de tema como siempre hacía cuando algo me ponía incómodo.
—Nada, amor, debe ser... eh, loción o algo de la peluquería. Carlos siempre usa esas cremas raras —balbuceé, apartándome un poco para ir hacia la cocina, pero ella me agarró del brazo con firmeza, su mirada fija en la mía, una mezcla de diversión y algo más intenso, como curiosidad encendida.
—No me jodas, Javier. Te conozco. Esa mancha no es loción, y tu cara... estás rojo como un tomate. Vení, sentate acá y contame todo —dijo, tirando de mí hacia el sofá. Su tono no era acusador; era juguetón, casi excitado, como si la idea de que yo hubiera hecho algo "prohibido" la estuviera calentando. Me senté a su lado, y ella se acomodó cerca, muy cerca, con una pierna sobre la mía, su mano descansando en mi muslo—. Dale, putito, soltá la lengua. ¿Qué pasó en la peluquería? ¿Carlos te hizo algo? O mejor... ¿vos le hiciste algo a él?
Tragué saliva, sintiendo el nudo en la garganta. Nunca le había contado nada sobre mis curiosidades, esas fantasías que a veces rondaban mi mente en las noches calurosas. Pero algo en su mirada me dio coraje, o tal vez fue el recuerdo fresco de la pija de Carlos en mi boca, el sabor salado que aún sentía en los labios. Empecé a hablar, primero con titubeos, contándole lo de los roces durante el corte, cómo su pija dura se presionaba contra mis manos a través del jogging suave, cada contorno palpable, el calor irradiando. Sabrina escuchaba atenta, sus ojos brillando, y noté cómo su respiración se aceleraba, cómo se mordía el labio inferior mientras yo describía el momento en el lavadero, el masaje en el cuero cabelludo que se sentía como una caricia prohibida.
—Seguí —susurró, su mano subiendo por mi muslo, rozando el borde de mis pantalones deportivos—. Contame lo de atrás del espejo, cuando te secaba el pelo y te apoyó la pija contra la cola. ¿Cómo se sentía? ¿Dura? ¿Grande?
Asentí, el calor del recuerdo mezclándose con el presente. Le conté cómo se posicionó detrás de mí, presionando su pija erecta contra mi cola, la tela delgada dejando sentir cada pulgada, el ritmo lento que me hacía jadear. Sabrina se acercó más, su aliento cálido en mi cuello, y sentí cómo su mano se colaba bajo mi remera, acariciando mi pecho.
—Y después... cerraron la puerta, ¿no? —preguntó, su voz baja, cargada de deseo—. ¿Qué pasó en ese cuartito trasero? No me dejes con la intriga, amor. Quiero detalles, todos los detalles sucios.
Le conté lo del beso en la nuca que no había mencionado antes, cómo me guio al fondo, y el momento en que bajó su jogging, liberando esa pija imponente, gruesa, venosa. Sabrina gemía suavemente mientras yo hablaba, su mano ahora en mi entrepierna, sintiendo cómo mi propia pija se endurecía bajo el toque. Le describí cómo me bajó los pantalones y el bóxer de un tirón, dejándome desnudo de la cintura para abajo, expuesto, vulnerable. Cómo apoyó su pija desnuda contra mi cola, piel contra piel, deslizándola por el surco, y luego presionando la cabeza caliente y húmeda directamente contra mi ano, una y otra vez, sin penetrar, pero haciendo que mi cuerpo temblara de ganas.
—Dios, Javier... ¿y gemiste? ¿Gemiste como una putita? —preguntó, sus ojos vidriosos de excitación, mientras se levantaba del sofá y desaparecía un momento en el dormitorio. Volvió con una sonrisa maliciosa, sosteniendo algo en la mano: un juguetito strapon de 12 cm, negro, suave al tacto, con un arnés que se ajustaba perfectamente a su cadera. Era pequeño, pero intimidante en ese contexto, y lo agitó frente a mí como un trofeo—. Mirá lo que tengo para vos, putito. Pero primero, seguí contando. Quiero saber cómo terminaste arrodillado, besando esa pija.
Me recosté en el sofá, con el corazón acelerado, mientras ella se quitaba el short y la remera, quedando en tanga y sostén, su cuerpo perfecto iluminado por la luz del atardecer. Le conté los besos: cómo acerqué los labios a la punta, suave al principio, rozando la piel cálida, sintiendo el pulso latiendo. Cómo volví a besarla, presionando más, saboreando la humedad salada de las gotas de excitación. Sabrina se arrodilló entre mis piernas, bajándome los pantalones de nuevo, exponiendo mi pija dura, y mientras yo hablaba, empezó a acariciar mi cola con los dedos, rozando el ano con ternura.
—Más detalles —exigió, su voz ronca—. ¿Cómo lamiste? ¿Torpe? ¿Con ganas?
Le describí los lenguetazos: tímidos al inicio, rodeando la cabeza, sintiendo las venas palpitantes, el sabor salado invadiendo mi boca. Cómo lamí desde la base hasta la punta, repitiendo, torpe pero ansioso, chupando la punta con succiones irregulares, la lengua jugando en círculos apasionados. Sabrina gemía con cada palabra, y de repente, me hizo girar en el sofá, poniéndome de rodillas con la cola hacia ella. Sentí su aliento caliente en mi piel, y luego su lengua, suave y húmeda, rozando mi ano por primera vez.
—Así como le chupaste la pija a Carlos, yo te voy a dilatar esta colita tuya —murmuró, antes de hundir la lengua en mí. Fue una sensación abrumadora: su lengua lamiendo el borde de mi ano con lentitud, círculos suaves que me hicieron gemir como una putita, arqueando la espalda. Exploraba con torpeza inicial, pero con muchas ganas, lamiendo el centro, presionando la punta de la lengua contra la entrada, sintiendo cómo mi cuerpo se abría a ella. El sabor, el calor, la humedad de su saliva mezclándose con mi excitación; cada lenguetazo enviaba oleadas de placer por mi espina, haciéndome temblar. Ella chupaba con avidez, succionando el ano, dejando que su lengua se deslizara adentro un poco, explorando, mientras sus manos separaban mis nalgas para tener mejor acceso.
—Contame el final —pidió entre lamidas, su voz ahogada contra mi piel—. Cómo te acabaste sin tocarte, tragando su leche.
Le conté el clímax: cómo seguí chupando con intensidad, la boca envolviendo su pija, hasta que explotó en mi boca, abundante, caliente, salada. Cómo traté de tragar, pero parte se escapó, y mi propio orgasmo me sacudió. Sabrina, encendida por completo, se levantó y se ajustó el strapon, lubricándolo con saliva y un poco de gel que sacó del cajón.
—Ahora es mi turno, putito —dijo, posicionándose detrás de mí. La cabeza del strapon, de 12 cm, suave y firme, rozó mi ano ya húmedo por su lengua. Presionó con lentitud, entrando centímetro a centímetro, el estiramiento inicial doliendo un poco, pero mezclado con un placer intenso que me hizo jadear. Sentía cada centímetro llenándome, la textura lisa deslizándose adentro, mientras ella gemía, moviéndose rítmicamente, cogiéndome como si fuera suya por completo.
—Te gusta, ¿no? Sentir algo adentro, como querías con Carlos —susurró, acelerando el ritmo, sus caderas chocando contra mi cola. Cada embestida era profunda, controlada, el strapon golpeando puntos que me hacían ver estrellas, mi pija dura goteando sin tocarla. Sus manos en mis caderas, guiándome, y yo gimiendo, entregado, putita total bajo su dominio.
El orgasmo llegó rápido, intenso, mi cuerpo convulsionando mientras ella seguía, acabando también con un grito ahogado. Nos derrumbamos en el sofá, sudados, riendo entre jadeos. Ese secreto ya no era solo mío; era nuestro, y el verano del 2000 se volvía aún más inolvidable.
Continuará...
3 comentarios - Mi novia me recibió con leche
van 10