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Saliendo de Misa

Doña Rosa María acababa de salir de la misa de las siete de la tarde en la parroquia de San Juan Bautista. A sus 68 años seguía siendo la voluntaria más devota: organizaba la catequesis, arreglaba los altares y siempre llevaba su vestido negro de tela elástica que le marcaba sin piedad las curvas generosas de su cuerpo. Especialmente sus nalgas grandes, redondas y firmes, que se movían con cada paso como si tuvieran vida propia. El vestido le quedaba tan apretado que la costura central se hundía entre sus glúteos, dibujando un surco que más de un feligrés había mirado de reojo.
Ella lo sabía. Y lo odiaba. Pero también… lo sentía.
—Señor, perdóname por ser tan vanidosa —murmuraba siempre mientras se ajustaba el vestido antes de salir—. Pero es el único decente que me queda.
Esa tarde, como siempre, sintió pasos detrás de ella al doblar la esquina hacia el callejón que acortaba el camino a su casa. Se giró con severidad.
—¿Quién anda ahí? ¡Identifíquese!
Era él. El muchacho de siempre. Diecinueve años recién cumplidos, alto, delgado pero fuerte, con el pelo revuelto y esa mirada hambrienta que no disimulaba. Se llamaba Diego. Había empezado a seguirla hacía tres semanas, después de que ella le diera una hostia consagrada en la comunión.
—Soy yo, doña Rosa… Diego —dijo con voz baja pero cargada de deseo—. No se asuste, por favor.
Rosa se detuvo en seco, cruzando los brazos sobre su pecho abundante. El vestido se tensó aún más sobre sus nalgas.
—Diego, ya te he dicho mil veces que no me sigas. Esto no está bien. Soy una mujer de Dios, viuda, abuela… y tú eres casi un niño todavía. ¿Qué quieres?
El muchacho se acercó un paso más. Estaban solos en el callejón estrecho, iluminado solo por una farola vieja.
—Lo que quiero… —tragó saliva, pero no apartó la mirada— es tocarla, doña Rosa. Desde que la vi en misa con ese vestido apretado… no pienso en otra cosa. Esas nalgas… Dios mío, se mueven tanto cuando camina que me vuelvo loco.
—¡Diego! —exclamó ella, roja de indignación y vergüenza—. ¡Eso es pecado! ¡Lujuria pura! Yo soy una señora respetable, no una cualquiera. Vete ahora mismo o grito.
Pero no gritó. Se quedó allí, el corazón latiéndole fuerte bajo el vestido. En su mente, los pensamientos se arremolinaban:
«Señor, ¿por qué permites esto? Soy vieja… pero mi cuerpo todavía reacciona. Hace tanto que nadie me toca… No. No. Soy católica. No puedo».
Diego dio otro paso. Su voz bajó, casi suplicante pero llena de lujuria.
—Doña Rosa… solo quiero olerla. Tocarla un poquito. Nadie se va a enterar. Mire cómo se le marca el culote debajo del vestido… se ve todo. ¿Sabe lo duro que me pone eso?
Rosa sintió un calor traicionero entre las piernas. Apretó los muslos.
—Eres un descarado. Un pecador. Yo… yo tengo 68 años, Diego. Tengo nietos de tu edad. ¿Cómo se te ocurre hablarme así?
—Porque usted es la más rica que he visto en mi vida —contestó él, acercándose hasta quedar a solo un metro—. Es tierna, huele a iglesia y a vainilla… pero tiene el culo más grande y jugoso que he imaginado nunca. Déjeme tocarlo… solo un segundo. Por favor.
Ella retrocedió hasta que su espalda tocó la pared del callejón. El vestido se subió un poco por detrás, dejando ver el borde de sus medias negras.
—No… no puedo —susurró, pero su voz ya no era tan severa—. Es pecado mortal. La Virgen me está viendo.
Diego se atrevió a extender la mano y rozar apenas la curva de una nalga por encima de la tela.
—Entonces confiese después… pero déjeme sentirla ahora. Está temblando, doña Rosa. ¿También le gusta un poquito?
Rosa cerró los ojos. Pensamiento interno:
«Dios mío, perdóname… está caliente su mano. Hace años que nadie me toca ahí. Mi marido nunca fue tan directo… Me siento sucia… pero me moja».
—Quítame la mano de encima —dijo, pero no se movió—. Eres un muchacho pervertido… pero… ay, Señor… solo un segundo, ¿eh? Y después te vas y no me sigues nunca más.
Diego sonrió con triunfo. Su mano subió y apretó con fuerza una de sus nalgas grandes y blandas. La tela del vestido se hundió entre ellas.
—Joder, doña Rosa… está más suave de lo que imaginaba. Tan grande… tan pesada…
—Shhh… no digas groserías —lo regañó ella, pero su respiración se agitó—. Y no aprietes tanto… ay… me estás avergonzando.
Él se pegó más, su erección evidente contra la cadera de ella.
—Quiero verla sin vestido. Quiero romperle ese culote que lleva puesto y metérsela por detrás, abuela. ¿Me deja?
—¡Diego! ¡No me llames abuela! —protestó ella, pero sus ojos brillaban con lágrimas de vergüenza y excitación—. Eres un demonio… pero… ayúdame a llegar a casa. No puedo caminar así… me tiemblan las piernas.
Lo llevó a su pequeña casita de dos pisos, a tres calles de la parroquia. Cerró la puerta con llave y se apoyó contra ella, jadeando.
—Esto es un error. Un error muy grande —dijo con voz temblorosa—. Si alguien se entera, me muero de vergüenza. Soy la voluntaria de la iglesia… ¿qué dirían de mí?
Diego la tomó por la cintura y la empujó suavemente hacia la cocina. La luz estaba apagada, solo entraba el resplandor de la calle por la ventana.
—Nadie se va a enterar, doña Rosa. Solo déjeme verla. Por favor.
En la cocina, Rosa se apoyó en la mesa de madera. El vestido se tensó al máximo sobre sus nalgas. Diego se arrodilló detrás de ella sin pedir permiso y subió la falda lentamente.
—Dios mío… mire nada más. Medias hasta el muslo… y este culote blanco de algodón… todo metido entre sus nalgas gordas. Está mojado, doña Rosa. Se le transparenta.
Ella se cubrió la cara con las manos.
—No mires… por favor. Soy vieja… tengo arrugas… esto es una vergüenza.
Pero no lo detuvo. Diego besó una de sus nalgas por encima de la tela.
—Usted no es vieja. Es una diosa. Huele a pecado rico. Déjeme romperlo… quiero ver su agujerito.
Rosa gimió bajito. Pensamiento interno:
«Esto es lo más sucio que he hecho en mi vida… pero mi cuerpo me traiciona. Quiero sentirlo. Quiero que me rompa el culote como dice… aunque después rece mil rosarios».
—Está bien… —susurró al fin, la voz rota por la culpa y el deseo—. Pero solo una vez. Y con cuidado. Soy católica… esto es pecado… pero… ayúdame, Dios mío… haz que parezca menos malo.
Diego no esperó más. Agarró el culote de algodón por los lados y tiró con fuerza. La tela se rasgó con un sonido seco, dejando al descubierto sus nalgas enormes, blancas, con algunas estrías de la edad, y el ano rosado y apretado entre ellas.
—Joder… qué culo más perfecto —gruñó él—. Abuela… voy a metérsela aquí. ¿Me deja?
Rosa temblaba. Se aferró a la mesa.
—Llámame Rosa… y… sí. Rompe mi culote, hijo. Métemela. Pero despacio… hace años que nadie me toca ahí. Y… prométeme que después me vas a abrazar. No quiero sentirme solo una puta vieja.
Diego se bajó los pantalones. Su pene joven, duro y grueso, rozó la entrada.
—Se lo prometo, doña Rosa. La voy a tratar como la señora que es… mientras le parto el culo.
Empujó. La cabeza gruesa entró con dificultad. Rosa soltó un gemido largo, mezcla de dolor y placer prohibido.
—Ay… Dios… duele… pero sigue… rómpeme… rómpeme el culote, muchacho… soy tuya… aunque me muera de vergüenza después.
Diego empezó a follarla con embestidas profundas, sus manos hundidas en las nalgas grandes de la abuela. El sonido de carne contra carne llenaba la cocina. Rosa lloraba y gemía al mismo tiempo.
—Soy una pecadora… una vieja asquerosa… pero qué rico se siente… más fuerte, Diego… rómpeme más… ay… sí… así…
Él aceleró, sudando.
—Diga que le gusta, doña Rosa. Diga que quiere que la llene por el culo.
—…me gusta… —confesó ella entre sollozos de placer—. Me gusta que me rompas el culote… me gusta ser tu puta vieja… perdóname, Virgen… pero no pares… no pares nunca…
Diego la penetró hasta el fondo y se corrió dentro de ella con un gruñido animal. Rosa llegó al orgasmo al mismo tiempo, las piernas temblando, las nalgas temblando, un chorro caliente escapando de su coño sin que nadie lo tocara.
Se quedaron así, unidos, jadeando. Él la abrazó por detrás, besándole la nuca.
—¿Estás bien, abuelita? —preguntó con ternura ahora.
Rosa, todavía empalada, con el semen chorreando por sus muslos, sonrió con lágrimas.
—Estoy… avergonzada. Muy avergonzada. Pero feliz. Ven, hijo… abrázame fuerte. Mañana iré a confesarme… pero hoy… quédate a dormir. Y mañana… si quieres… puedes volver a romperme el culote en la cocina otra vez.
Diego la besó en la mejilla.
—Como usted mande, doña Rosa. Su culote es mío ahora.
Y así, la devota voluntaria de la iglesia, la abuelita tierna y católica, se rindió por completo… disfrutando con pena, culpa y un placer que nunca había conocido.
Fin… (o el comienzo de muchas más misas y muchos más culotes rotos).


Saliendo de Misa

Culo

culona

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