"Papá!!! Dónde vas??? Papá, ven!!!", sonaba la voz infantil. El hombre estaba de espaldas, alto, imponente. Cada paso que daba hacia la puerta resonaba en su pequeño corazón. Aquel movimiento generaba un eco de tristeza. La niña sintió como lo perdía todo, como su castillo lleno de ilusiones se derrumbaba.

Abría los brazos con la intención de detenerlo, pero él avanzaba imparable, caminando por el jardín, se giró hacia su madre para rogarle que hiciera algo pero se encontró con su rostro sombrío, cargado de lágrimas. El aire se volvió pesado y cargado, era un dolor profundo y palpable que llenaba cada rincón de su hogar.
La niña se sintió desvalida y sola, como si le hubieran arrancado un trozo de su corancito, un pedazo de su alma. Quiso correr pero sus piernecitas se enredaron y quedó allí, a gatas frente a la puerta, apenas sintió la rodilla magullada, las lágrimas eran de tristeza y nublaron sus ojitos marrones, mientras su mente se preguntaba qué había hecho para que su padre las abandonara.
Sacudió la cabeza intentando alejarse de esos feos recuerdos, había pasado tiempo, trece años desde ese evento que marcó su vida, se enjugó las lágrimas y continuó fregando, el estropajo chirriaba contra la sartén, metal sobre metal, Fluvia frotó con suficiente fuerza como para que le dolieran los dedos; la persistente mancha de grasa se negaba a moverse sin importar cuánto la atacara. Su reflejo se deformó en la superficie rayada—hebras rubias pegadas a su frente, mejillas sonrojadas por la frustración.
"Maldita cosa", murmuró, golpeando la sartén contra el fregadero.

Pensaba con tristeza en cómo la perseguía la desgracia, como si estuviera marcada por un sino que no llegaba a comprender, su padre la había abandonado a los cinco años, su querida abuela había fallecido hacía unos años por un acv, y ahora su vida había cambiado de un momento a otro, como terminando de caer por un barranco, su madre había caído gravemente enferma. Era su única familia, ya que a su padrastro no lo contaba como tal, debió entonces abandonar los estudios, ya que el esposo de su madre se encargaba de cubrir los gastos médicos pero alegaba que no podía costear una persona que se ocuparse de los cuidados de la enferma.

A menudo se preguntaba qué estarían haciendo sus compañeros, los extrañaba, recordaba cómo reían en clase compartiendo anécdotas, como aquella vez que Alejandro mezcló ciertas sustancias en la clase de química y debieron salir todos del laboratorio, aquello había comenzado a bullir y se había formado una especie de vapor que parecían fantasmas. O a Blanca, su amiga que llegaba siempre tarde a clase porque nunca le sonaba el despertador, la imagen de aquellos ojos verdes observándola con cara de haber pasado mala noche y diciéndole "me dormí otra vez." se le vino a la mente. También los dibujos de Carlos, aquellos robots con formas cuadradas que nunca entendía y el mostraba orgulloso. Y lo que más añoraba era poder salir, pues vivía encerrada realizando los quehaceres de la casa y velando por su madre, que pasaba la mayor parte del tiempo dormida a causa de los fuerte calmantes.
La cocina exhalaba el tenue resplandor de una tarde que se deshacía entre sombras y luces mortecinas...
-Cómo está tu madre?-se oyó de pronto, tan repentinamente que Fluvia se asustó y volcó el agua del fregadero.

Se quedó inmóvil, adivinando que él la estaba observando, un torbellino de emociones la sacudía con inquietud y angustia.
La voz retumbó detrás de la chica como un trueno, -Pregunté cómo sigue tu madre...-, insistió el hombre con gesto serio.
Fluvia finalmente se giró y se agachó para secar el suelo salpicado.
-Sigue igual, está descansando.-, dijo intentando parecer serena y fuerte, pero su voz se quebró delatándola. Su madre no mejoraba pese a los medicamentos, cada vez estaba más débil y eso la destrozaba.

Espero algún comentario de su padrastro, pero este no dijo nada, sólo parecía observarla atentamente y en silencio, y pronto la chica entendió el porqué, su blanca remera había quedado empapada por el accidente, trasluciendo sus pequeños pero bellos senos.
José dio un paso más, acercándose a ella. De repente la cocina se sintió más pequeña, el aire más espeso con el olor de su colonia barata.
-Sucede algo?-, preguntó José, observando atentamente a su hijastra de arriba a abajo con gula, se había percatado de la incomodidad de ella y eso le causaba placer, como una fiera que está a punto de abalanzarse sobre su presa y disfruta antes del olor de su miedo.
Fluvia se cruzó de brazos para cubrirse, observándolo con gesto desafiante, sus ojos marrones intentaron enfrentar los de su padrastro pero no pudo, su garganta se apretó y desvió la mirada, le perturbaba de sobremanera aquella mirada intensa. El hombre dió un paso más y el sobresalto hizo que el estropajo cayera en el suelo, ella quedó observando el piso como si se tratara de una complicada ecuación que ella no podía comprender, incapaz de reaccionar.
-Ayúdame a desempacar las compras, por favor-, añadió José, extendiendo dos bolsas cargadas de víveres, con sus ojos oscuros clavados en ella y sonriendo, pero no era una sonrisa amable, era una mueca que le indicaba a ella que no podía negarse. Fluvia lo miró con desconfianza y temor, luego se fijó en las bolsas, cargadas de tomates, zanahorias, cebollas y en la otra sartén y leche.

Tomó las bolsas y sintió el peso de su contenido, las colocó sobre la mesada y abrió las puertas del rústico aparato para guardar los víveres.
El plan del hombre era ingenioso y maquiavélico, si ella tenía las manos ocupadas no podía cubrirse. Aprovechó entonces para observarla libidinosamente mientras ella estaba ocupada. Fluvia podía presentir sus ojos sobre ella y un sentimiento de repugnancia la inundó, presionó tan fuerte una cebolla que está se escapó de su mano, al intentar levantarla su padrastro realizó el gesto de querer ayudarla y posó su mano sobre la de ella, la chica la retirada enseguida al sentir el contacto viscoso del sudor del hombre.
Acomodó lo que quedaba rápidamente, intentando estar de espaldas al hombre, pero le perturbaba que el estaba observando su trasero en los pantalones cortos ajustados que llevaba. Deseó con todas sus fuerzas estar vestida de otra forma, mas su padrastro, en un momento de descuido había desaparecido casi toda su ropa, dejándola con determinadas prendas y alegando que por confusión se la donó a los pobres.
José se acercó a ella, sus pasos pesados resonando en el suelo de madera. Fluvia se quedó inmóvil, sintiendo el calor de su cuerpo acercándose a ella. Su corazón latía con fuerza en su pecho, como un tambor de guerra.
-Ya fregaste los pisos?-consultó a José con su voz baja y ronca. Ella podía sentir su aliento en su nuca, cálido y húmedo.
Fluvia tragó saliva, sintiendo una oleada de náuseas, odiaba fregar delante de su presencia, porque sabía que el aprovechaba para observarla mientras ella estaba arrodillada haciéndolo.
-Sí, ya los fregué- respondió con voz temblorosa. José se acercó más, su cuerpo casi presionando el de ella. Fluvia se tensó, pero no se atrevió a moverse, intentaba disimular que temblaba, pues no quería mostrar debilidad.
-¿Estás segura? Se ven opacos.-, insistió su padrastro, su voz sonó como un gruñido bajo. Mientras su mano se deslizaba por el hombro de ella. Fluvia dió un respingo.
En ese momento se escucha la voz de Rosana que había despertado y Fluvia aprovechó el momento para salir corriendo.
José la observa con una mezcla de rabia y deseo. "Ya caerás en mis manos, pequeña..." pensó para sí. Y mientras lo imaginaba un hilillo de baba apareció por la comisura de sus labios.
CONTINUARÁ...

Abría los brazos con la intención de detenerlo, pero él avanzaba imparable, caminando por el jardín, se giró hacia su madre para rogarle que hiciera algo pero se encontró con su rostro sombrío, cargado de lágrimas. El aire se volvió pesado y cargado, era un dolor profundo y palpable que llenaba cada rincón de su hogar.
La niña se sintió desvalida y sola, como si le hubieran arrancado un trozo de su corancito, un pedazo de su alma. Quiso correr pero sus piernecitas se enredaron y quedó allí, a gatas frente a la puerta, apenas sintió la rodilla magullada, las lágrimas eran de tristeza y nublaron sus ojitos marrones, mientras su mente se preguntaba qué había hecho para que su padre las abandonara.
Sacudió la cabeza intentando alejarse de esos feos recuerdos, había pasado tiempo, trece años desde ese evento que marcó su vida, se enjugó las lágrimas y continuó fregando, el estropajo chirriaba contra la sartén, metal sobre metal, Fluvia frotó con suficiente fuerza como para que le dolieran los dedos; la persistente mancha de grasa se negaba a moverse sin importar cuánto la atacara. Su reflejo se deformó en la superficie rayada—hebras rubias pegadas a su frente, mejillas sonrojadas por la frustración.
"Maldita cosa", murmuró, golpeando la sartén contra el fregadero.

Pensaba con tristeza en cómo la perseguía la desgracia, como si estuviera marcada por un sino que no llegaba a comprender, su padre la había abandonado a los cinco años, su querida abuela había fallecido hacía unos años por un acv, y ahora su vida había cambiado de un momento a otro, como terminando de caer por un barranco, su madre había caído gravemente enferma. Era su única familia, ya que a su padrastro no lo contaba como tal, debió entonces abandonar los estudios, ya que el esposo de su madre se encargaba de cubrir los gastos médicos pero alegaba que no podía costear una persona que se ocuparse de los cuidados de la enferma.

A menudo se preguntaba qué estarían haciendo sus compañeros, los extrañaba, recordaba cómo reían en clase compartiendo anécdotas, como aquella vez que Alejandro mezcló ciertas sustancias en la clase de química y debieron salir todos del laboratorio, aquello había comenzado a bullir y se había formado una especie de vapor que parecían fantasmas. O a Blanca, su amiga que llegaba siempre tarde a clase porque nunca le sonaba el despertador, la imagen de aquellos ojos verdes observándola con cara de haber pasado mala noche y diciéndole "me dormí otra vez." se le vino a la mente. También los dibujos de Carlos, aquellos robots con formas cuadradas que nunca entendía y el mostraba orgulloso. Y lo que más añoraba era poder salir, pues vivía encerrada realizando los quehaceres de la casa y velando por su madre, que pasaba la mayor parte del tiempo dormida a causa de los fuerte calmantes.
La cocina exhalaba el tenue resplandor de una tarde que se deshacía entre sombras y luces mortecinas...
-Cómo está tu madre?-se oyó de pronto, tan repentinamente que Fluvia se asustó y volcó el agua del fregadero.

Se quedó inmóvil, adivinando que él la estaba observando, un torbellino de emociones la sacudía con inquietud y angustia.
La voz retumbó detrás de la chica como un trueno, -Pregunté cómo sigue tu madre...-, insistió el hombre con gesto serio.
Fluvia finalmente se giró y se agachó para secar el suelo salpicado.
-Sigue igual, está descansando.-, dijo intentando parecer serena y fuerte, pero su voz se quebró delatándola. Su madre no mejoraba pese a los medicamentos, cada vez estaba más débil y eso la destrozaba.

Espero algún comentario de su padrastro, pero este no dijo nada, sólo parecía observarla atentamente y en silencio, y pronto la chica entendió el porqué, su blanca remera había quedado empapada por el accidente, trasluciendo sus pequeños pero bellos senos.
José dio un paso más, acercándose a ella. De repente la cocina se sintió más pequeña, el aire más espeso con el olor de su colonia barata.
-Sucede algo?-, preguntó José, observando atentamente a su hijastra de arriba a abajo con gula, se había percatado de la incomodidad de ella y eso le causaba placer, como una fiera que está a punto de abalanzarse sobre su presa y disfruta antes del olor de su miedo.
Fluvia se cruzó de brazos para cubrirse, observándolo con gesto desafiante, sus ojos marrones intentaron enfrentar los de su padrastro pero no pudo, su garganta se apretó y desvió la mirada, le perturbaba de sobremanera aquella mirada intensa. El hombre dió un paso más y el sobresalto hizo que el estropajo cayera en el suelo, ella quedó observando el piso como si se tratara de una complicada ecuación que ella no podía comprender, incapaz de reaccionar.
-Ayúdame a desempacar las compras, por favor-, añadió José, extendiendo dos bolsas cargadas de víveres, con sus ojos oscuros clavados en ella y sonriendo, pero no era una sonrisa amable, era una mueca que le indicaba a ella que no podía negarse. Fluvia lo miró con desconfianza y temor, luego se fijó en las bolsas, cargadas de tomates, zanahorias, cebollas y en la otra sartén y leche.

Tomó las bolsas y sintió el peso de su contenido, las colocó sobre la mesada y abrió las puertas del rústico aparato para guardar los víveres.
El plan del hombre era ingenioso y maquiavélico, si ella tenía las manos ocupadas no podía cubrirse. Aprovechó entonces para observarla libidinosamente mientras ella estaba ocupada. Fluvia podía presentir sus ojos sobre ella y un sentimiento de repugnancia la inundó, presionó tan fuerte una cebolla que está se escapó de su mano, al intentar levantarla su padrastro realizó el gesto de querer ayudarla y posó su mano sobre la de ella, la chica la retirada enseguida al sentir el contacto viscoso del sudor del hombre.
Acomodó lo que quedaba rápidamente, intentando estar de espaldas al hombre, pero le perturbaba que el estaba observando su trasero en los pantalones cortos ajustados que llevaba. Deseó con todas sus fuerzas estar vestida de otra forma, mas su padrastro, en un momento de descuido había desaparecido casi toda su ropa, dejándola con determinadas prendas y alegando que por confusión se la donó a los pobres.
José se acercó a ella, sus pasos pesados resonando en el suelo de madera. Fluvia se quedó inmóvil, sintiendo el calor de su cuerpo acercándose a ella. Su corazón latía con fuerza en su pecho, como un tambor de guerra.
-Ya fregaste los pisos?-consultó a José con su voz baja y ronca. Ella podía sentir su aliento en su nuca, cálido y húmedo.
Fluvia tragó saliva, sintiendo una oleada de náuseas, odiaba fregar delante de su presencia, porque sabía que el aprovechaba para observarla mientras ella estaba arrodillada haciéndolo.
-Sí, ya los fregué- respondió con voz temblorosa. José se acercó más, su cuerpo casi presionando el de ella. Fluvia se tensó, pero no se atrevió a moverse, intentaba disimular que temblaba, pues no quería mostrar debilidad.
-¿Estás segura? Se ven opacos.-, insistió su padrastro, su voz sonó como un gruñido bajo. Mientras su mano se deslizaba por el hombro de ella. Fluvia dió un respingo.
En ese momento se escucha la voz de Rosana que había despertado y Fluvia aprovechó el momento para salir corriendo.
José la observa con una mezcla de rabia y deseo. "Ya caerás en mis manos, pequeña..." pensó para sí. Y mientras lo imaginaba un hilillo de baba apareció por la comisura de sus labios.
CONTINUARÁ...
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