Llegó el domingo, ese día cargado de morbo y anticipación que habían planeado con tanto detalle sucio. Eduardo se levantó temprano, antes de que el sol saliera del todo en Quilmes, con la pija ya medio dura solo de pensar en lo que vendría. Besó a Miranda en la frente mientras ella todavía se estiraba en la cama, sus tetas enormes asomando por el escote de la camisola, y le susurró: "Hoy es el día, amor... voy a llevar a los chicos con mis papás y vuelvo para ayudarte a prepararte para que te rompan esos machos rancios".
Los niños, inocentes y ajenos a todo, se emocionaron con la idea de pasar la tarde con los abuelos. Eduardo los cargó en el auto, manejó hasta la casa de sus suegros con el corazón latiéndole fuerte, imaginando ya a su mujer abierta en la cama matrimonial, gimiendo mientras cuatro albañiles feos y sudados la llenaban de verga y semen espeso. Les dejó a los chicos con besos y excusas de "un rato de descanso para mami y papi", y volvió manejando rápido, sintiendo un nudo caliente en el estómago.
Al entrar a la casa, la encontró en el dormitorio: Miranda arreglándose frente al espejo, poniéndose linda para su gangbang como la puta exquisita que era. Se había bañado con agua caliente, depilado el coño hasta dejarlo suave y rosado, y ahora se ponía un conjunto de lencería negra de encaje: un corpiño que le subía las tetas pesadas hasta casi desbordar, con pezones duros marcándose como invitaciones obscenas; un tanga mínimo que se le metía entre las nalgas carnudas, dejando el culo redondo y voluptuoso al aire; medias de red con ligas que le apretaban los muslos gruesos. Se peinaba el pelo pelirrojo en ondas salvajes, se maquillaba los labios rojos para prometer mamadas profundas, y se perfumaba con vainilla dulce en el cuello, entre los pechos y justo encima del clítoris, para contrastar con el olor rancio que sabía que traerían ellos.
Eduardo se acercó por detrás, la abrazó contra su panza blanda, y le metió las manos por debajo del corpiño, apretándole las tetas con ternura torpe pero llena de amor.
—Mirá cómo te ponés linda para ellos, amor... tetas listas para que las muerdan, coño depilado para que lo abran sin piedad —murmuró él con voz ronca, besándole el cuello—. Te amo tanto, Miranda... te amo por ser mi esposa perfecta, la madre de mis hijos, la que me da cariño todos los días... pero también por esto, por ser la hotwife que se entrega a machos sucios y maleducados, que deja que la llenen de semen ajeno en nuestra cama. Me hacés el cornudo más feliz, reina... voy a estar en el armario viendo cómo te rompen, pajeándome en silencio mientras gritas de placer.
Miranda se giró, le dio un beso profundo en la boca, metiendo la lengua mientras le agarraba la pichita flácida y la sentía endurecerse.
—Te amo yo también, cornudito... gracias por convencerme. Hoy voy a ser su puta grupal, voy a gemir como loca mientras me turnan vergas gruesas y rancias... y saber que vos estás mirando me pone el coño empapado.
Siguieron así un rato, él ayudándola a ajustar las ligas, a ponerse el perfume, a elegir unos tacones altos que harían rebotar su culo monumental al caminar. El morbo flotaba en el aire, pero antes de que pudieran ir más lejos, sonó el timbre: los albañiles habían llegado.
Eduardo se puso nervioso, le dio un último beso en los labios y corrió al armario del dormitorio, metiéndose adentro con la puerta entreabierta lo justo para ver y oír todo, sin que se notara. Se acomodó en la oscuridad, con la mano ya en la pija, esperando el espectáculo sucio.
Miranda respiró hondo, ajustó el corpiño una vez más, y caminó hacia la puerta con el corazón latiéndole fuerte y el coño latiendo de anticipación.

Miranda respiró hondo una última vez frente a la puerta, sintiendo el coño latiéndole fuerte bajo el tanga negro que se le metía entre las nalgas carnudas. El perfume de vainilla dulce contrastaba con la excitación húmeda que ya le goteaba por los muslos gruesos. Abrió la puerta con esa sonrisa hermosa y pícara, y ahí estaban ellos: cuatro albañiles viejos y rudos, todos pasados de los 55, con cuerpos robustos y sudados que olían a trabajo pesado, cemento y días sin ducha. Raúl lideraba el grupo, con su overol gris sucio, barba blanca desprolija, panza cervecera y manos callosas manchadas de pintura vieja. A su lado, un tipo de unos 58, más alto y flaco pero con hombros anchos, cara arrugada con cicatrices de sol, dientes amarillos y un olor fuerte a axilas rancias que se mezclaba con tabaco; se llamaba Carlos, y su verga ya se marcaba en los pantalones gastados. Detrás, otro de 62, gordito como Raúl pero con menos pelo, calvo casi total, piel grasienta y sudorosa, manos enormes y sucias con uñas negras de tierra, oliendo a pies mugrientos y birra vieja; lo llamaban Tito. Y el último, de 57, robusto y bajo, con bigote espeso y gris, nariz grande y roja de bebedor, cuerpo peludo que asomaba por la camisa abierta, sudando profuso con olor a macho sin lavar; era Jorge, con una sonrisa torcida que prometía groserías.
—Pasen, machos... bienvenidos a mi casa —dijo Miranda con voz ronca, contoneando las caderas al dar un paso atrás, dejando que entraran oliendo el ambiente a testosterona rancia y sudor fresco del día.
Los tipos entraron sin delicadeza, dejando huellas de botas sucias en el piso del pasillo, mirándola de arriba abajo como lobos hambrientos. Raúl le dio una palmada ligera en el culo al pasar, gruñendo: "Qué buena estás, colorada... con esa lencería de puta ya se me paró la verga".
Miranda los guió a la sala principal, el living amplio con sillones cómodos y una mesa baja donde Eduardo y ella solían ver tele con los chicos. "Siéntense, les traigo algo fresco para tomar... birra o agua, lo que quieran", dijo ella, inclinándose un poco para que sus tetas rebotaran en el corpiño negro, sintiendo sus ojos clavados en sus curvas voluptuosas.
Les sirvió birras frías de la heladera, repartiendo latas con esa sonrisa hermosa, y se sentó en el medio del sillón, rodeada por ellos. Raúl a un lado, Carlos al otro, Tito y Jorge en los sillones de enfrente. Empezaron a charlar casual, pero con un tono que ya prometía suciedad: "¿Y tu cornudo dónde anda, colorada? ¿Trabajando mientras vos nos esperás con el coño mojado?", preguntó Raúl con una risa áspera, bebiendo un sorbo largo.
Miranda se rió ronca, cruzando las piernas para que las medias de red se tensaran en sus muslos gruesos. "Está trabajando, sí... "
Poco a poco, el tono subió, las palabras se volvieron más groseras. Carlos, el alto y flaco, la miró fijo a las tetas y dijo: "Qué melones tenés, puta... grandes y pesados, perfectos para manosearlos hasta que grites". Tito, el calvo gordito, soltó una carcajada y agregó: "Y ese culo... redondo y carnoso, se ve que pide azotes fuertes y verga por atrás. ¿Te gusta que te abran el orto, colorada?". Jorge, el del bigote espeso, se rascó la entrepierna sin vergüenza y gruñó: "Yo voy a llenarte la boca primero, zorra... mi pija huele a sudor del día, pero vas a mamarla hasta tragarte todo".
Miranda sentía el coño empapado, el tanga pegado a los labios hinchados, y respondía juguetona: "Me encanta... vengan preparados para romperme bien". El aire se cargaba de testosterona, sus olores sudados envolviéndola, hasta que Raúl, sin avisar, la agarró por la nuca con su mano callosa y sucia, y le plantó un beso brutal, metiéndole la lengua gruesa y áspera hasta la garganta, saboreando a birra y tabaco.
A partir de ahí, los demás se soltaron: Carlos le metió una mano por el corpiño, apretándole una teta con fuerza bruta, pellizcándole el pezón duro; Tito se acercó y le pasó la palma sudorosa por el muslo grueso, subiendo hasta rozar el tanga empapado; Jorge, gruñendo groserías, le abrió las piernas y le metió un dedo calloso por el borde del encaje, sintiendo lo mojada que estaba.
Miranda gemía en la boca de Raúl, arqueándose, lista para lo que vendría.

Miranda gemía ahogada en la boca de Raúl mientras su lengua gruesa y áspera se metía profunda en su garganta, saboreando a birra barata y tabaco rancio, un aliento sucio que contrastaba con el frescor mentolado de su boca limpia y fresca. Ella se arqueaba en el sillón, sintiendo cómo el beso brutal la encendía, el coño latiéndole fuerte bajo el tanga empapado. Carlos, a su lado, le arrancó el corpiño negro de un tirón, liberando sus tetas enormes y pesadas que rebotaron libres, pezones rosados endurecidos como piedras. "Mirá qué tetas de puta, blancas y suaves... voy a pellizcarlas hasta que grites, colorada de mierda", gruñó él, metiendo sus manos callosas y ásperas —manchadas de cemento y grasa— sobre la piel cremosa y pecosa de ella, apretando con fuerza bruta, dejando huellas rojas en esa carne blanca y delicada que temblaba bajo el toque rudo.
Tito, el calvo gordito, se arrodilló frente a ella y le abrió las piernas gruesas de un manotazo, sus palmas sudorosas y ásperas rozando la piel suave de los muslos, subiendo hasta meter los dedos por el borde del tanga. "Qué conchita mojada tenés, zorra casada... oliendo a vainilla dulce mientras nosotros te traemos olor a sudor y pija rancia", dijo con voz ronca, tirando del encaje para romperlo y exponer su coño depilado y rosado, metiendo un dedo calloso adentro sin delicadeza, bombeando mientras ella gemía. Jorge, el del bigote espeso, se unió al beso, empujando a Raúl para meter su propia lengua sucia —con aliento a alcohol barato y cigarrillos viejos— en la boca fresca de Miranda, obligándola a tragar esa mezcla asquerosa y caliente, mordiéndole los labios hasta hinchárselos.
Los cuatro la tocaban al mismo tiempo, desvistiendo lo que quedaba de lencería con tirones brutales: manos ásperas y callosas recorriendo su piel blanca y suave como si fuera un trofeo, agarrando el culo carnoso con fuerza animal, azotándolo para oír el sonido seco contra la carne cremosa; pellizcando los pezones duros mientras le decían groserías al oído: "Sos una puta tetona que finge ser mami decente, pero mirá cómo te moja que te usen viejos sucios como nosotros... vamos a llenarte de leche rancia hasta que rebalsés, colorada... tu cornudo gordo debe pajearse pensando en esto". Miranda se retorcía de placer, el contraste enfermizo la ponía loca: su cuerpo voluptuoso y perfumado contra esos cuerpos sudorosos y mugrientos, lenguas ásperas invadiendo su boca limpia, manos callosas marcando su piel suave con moretones que Eduardo vería después.
Finalmente, jadeando y con el coño goteando jugos por los muslos, Miranda se levantó tambaleante, agarrando a Raúl por el overol sucio. "Vengan... vamos a la habitación matrimonial. Ahí me rompen de verdad, machos... llenenme en la cama donde duermo con mi marido".
Desde el armario del dormitorio, Eduardo escuchaba ansioso, con la pija chiquita dura y goteando en la oscuridad, el corazón latiéndole fuerte al oír los pasos pesados y las risas groseras acercándose por el pasillo, las voces roncas diciendo "vamos a reventar a esta zorra en su propia cama"... sabiendo que en segundos vería todo, escondido como el cornudo perfecto.
Miranda abrió la puerta del dormitorio matrimonial con un empujón suave, guiando a los cuatro albañiles sucios por el pasillo con su culo redondo contoneándose desnudo, las tetas enormes rebotando libres y los muslos gruesos brillando de jugos. "Acá es, machos... en la cama donde mi cornudo me abraza todas las noches. Rómpanme como la puta que soy", dijo con voz ronca, tirándose boca arriba sobre las sábanas blancas, abriendo las piernas para mostrar el coño depilado y empapado, el ano rosado y apretado invitando.
Desde el armario, Eduardo veía todo a través de la rendija entreabierta, la pija chiquita dura como piedra en su mano, pajeándose lento y ansioso, oyendo cada palabra grosera y cada gemido de su mujer. El corazón le latía fuerte, el morbo quemándolo mientras los tipos entraban pisando fuerte con botas sucias, dejando el piso marcado de barro y cemento.
Raúl fue el primero en tirarse encima, gruñendo: "Abrí bien ese coño, zorra pelirroja... voy a chupártelo hasta que te vengas en mi boca rancia". Le abrió los labios hinchados con dedos callosos y metió la lengua áspera directo adentro, lamiendo los jugos dulces con sabor a vainilla mezclados con su propia saliva sucia, chupando el clítoris como si quisiera tragárselo. "Qué conchita rica tenés... mojada como puta de barrio, pero oliendo a mami fina... te voy a llenar de baba de viejo asqueroso".
Carlos se unió, arrodillándose al pie de la cama y agarrándole un pie con su mano manchada de grasa, metiéndose los deditos pintados en la boca. "Mirá estos pies suaves, colorada... los voy a lamer como perra, chupándote los dedos mientras te imagino caminando rengueando después de que te reventemos". Su lengua sucia, con aliento a cigarrillo barato, recorrió la planta del pie, entre los dedos, mordisqueando el talón mientras decía: "Sos una mamá puta que se deja chupar los pies por albañiles mugrientos... ¿te gusta el sabor a sudor ajeno en tu piel blanca?".
Tito, el calvo gordito, se tiró al lado y le levantó el culo carnoso, abriéndole las nalgas con manos sudorosas y ásperas que dejaban huellas rojas en la carne cremosa. "Qué orto apretado... voy a chupártelo hasta que se te abra como flor, zorra casada". Metió la cara entre las nalgas, lamiendo el ano rosado con lengua gorda y babosa, metiéndola adentro mientras gruñía: "Saboreá mi lengua rancia en tu culo limpio... te voy a dejar oliendo a mi saliva asquerosa, para que tu cornudo lama después el desastre que dejamos".
Jorge, el del bigote espeso, se subió encima y le metió la verga gruesa y venosa directo en la boca, follándole la garganta sin piedad. "Chupá, puta tetona... mi pija huele a sudor de todo el día, pero vas a mamarla hasta tragarte mis huevos peludos". Mientras ella se ahogaba babeando, él le chupaba las tetas, mordiendo los pezones duros con dientes amarillos, lamiendo la piel pecosa y blanca con aliento a alcohol barato: "Qué tetas suaves y grandes... las voy a marcar como perra en celo, chupándolas hasta que duelan... sos una zorra que finge ser decente, pero mirá cómo te moja que te usen como carne barata".
Se turnaban en un caos sucio: Raúl le metía la verga en el coño de un empujón brutal, embistiéndola profundo mientras le chupaban los pies y el ano al mismo tiempo; Carlos la follaba oralmente, metiéndole la pija hasta la garganta mientras Tito le lamía el culo abierto y Jorge le chupaba las tetas marcadas. "Tomá verga por el coño y la boca, colorada de mierda... te vamos a llenar de leche rancia mientras te chupamos como animales... qué puta asquerosa sos, con hijos y todo, y acá abierta para viejos feos como nosotros", gruñían entre risas ásperas, sus lenguas sucias invadiendo cada centímetro de su cuerpo suave y blanco, dejando baba y marcas en la piel cremosa.
Eduardo, escondido en el armario, veía y oía todo: los gemidos ahogados de Miranda, los chasquidos de lenguas chupando ano, coño y pies, las embestidas salvajes en vaginal y oral, los insultos groseros que la hacían venirse temblando. Se pajeaba furioso, la pichita goteando, el morbo quemándolo vivo mientras su mujer era usada como puta grupal en su propia cama.
Miranda estaba tirada en la cama matrimonial, con las sábanas ya empapadas de sudor y baba, jadeando como perra en celo mientras los cuatro albañiles la rodeaban. Raúl sacó su verga gruesa y brillante de su coño y sonrió con esa boca amarillenta.
—Ahora te toca por el orto, colorada… preparate, que te voy a abrir ese culo de puta casada.
La pusieron en cuatro sobre la cama, con la cara contra las almohadas donde ella dormía todas las noches con Eduardo. Tito le escupió en el ano rosado y apretado, un escupitajo espeso y caliente, y le metió dos dedos callosos sin piedad, abriéndola.
—Aaahhh… duele… duele mucho… —gimió Miranda al principio, apretando los dientes, el cuerpo tenso. Su ano virgen de verga tan gruesa se resistía, quemaba, se estiraba de una forma dolorosa mientras Raúl apoyaba el glande hinchado y lo empujaba despacio.
—Tomá, zorra… abrí ese culito blanco y limpio para verga de albañil sucio —gruñó Raúl, agarrándola fuerte de las caderas y metiendo la cabeza de su polla adentro.
Miranda soltó un grito ahogado, las uñas clavadas en las sábanas, el culo ardiendo. “¡Ay, mierda… es muy gruesa… me estás partiendo!” Pero Raúl no paró, empujó centímetro a centímetro hasta que sus huevos peludos chocaron contra su coño mojado.
Desde el armario, Eduardo escuchaba todo con la respiración entrecortada, tocándose su pija pequeñita y flácida que ni siquiera se le paraba del todo. Solo la acariciaba con dos dedos, sintiendo la humillación deliciosa mientras su mujer gritaba de dolor por otra verga.
Poco a poco el dolor de Miranda se fue transformando. Las embestidas de Raúl se volvieron más profundas y ella empezó a gemir diferente, más gutural, más cachonda.
—Sigue… no pares… ya… ya me gusta… me está gustando, hijo de puta… —jadeó, empujando el culo hacia atrás ella misma.
Los albañiles se rieron.
—Mirá cómo se acostumbra la puta… ahora sí le gusta la verga por el orto —dijo Carlos.
Entonces empezaron a doble penetrarla. Raúl siguió follándole el culo con fuerza mientras Jorge se acostó debajo de ella y le metió la verga gruesa y venosa directo en el coño empapado. Los dos agujeros llenos al mismo tiempo, estirados al máximo, frotándose entre sí a través de la fina pared.
—Ufff… me están rompiendo… dos vergas a la vez… me van a partir en dos… —gemía Miranda, los ojos en blanco, la boca abierta.
Y Jorge, desde abajo, le agarró la cabeza pelirroja y le metió la tercera verga hasta el fondo de la garganta.
—Chupá, zorra… tres agujeros llenos como la puta barata que sos. Tomá verga por el culo, por el coño y por la boca al mismo tiempo.
Los tres la embestían sincronizados: Raúl reventándole el ano con embestidas brutales, Jorge follándole el coño desde abajo, y Carlos (ahora en su boca) follándole la garganta sin piedad, sus huevos peludos golpeándole la barbilla.
—Qué puta asquerosa… una mamá decente con hijos y todo, y mirá cómo se deja reventar el orto por viejos feos y sucios —gruñía Tito, masturbándose al lado y escupiéndole en la cara de vez en cuando.
Miranda ya no sentía dolor, solo placer animal. Se corría una y otra vez, temblando entera, el culo y el coño apretando las vergas que la partían, babeando y ahogándose con la polla que le follaba la boca.
Desde el armario, Eduardo seguía tocándose su pichita chiquita y flácida, que apenas se hinchaba un poco, goteando un hilo transparente de precum mientras escuchaba los gemidos ahogados de su mujer y los insultos groseros de los albañiles. Lágrimas de humillación y placer le corrían por las mejillas, pero no dejaba de acariciarse, completamente entregado al morbo de ver (y oír) cómo profanaban a su reina en su propia cama matrimonial.

Los albañiles no le dieron ni un segundo de descanso. Raúl sacó su verga del culo de Miranda con un sonido húmedo y obsceno, dejando su ano abierto, rojo y palpitando.
—Mirá cómo quedó este orto… parece un cráter, puta. Ahora te vamos a dar por turnos hasta que no puedas sentarte en una semana.
La pusieron de rodillas en el borde de la cama, culo en pompa, cara contra el colchón. Tito fue el primero en clavársela de un solo empujón brutal.
—Tomá toda la verga por el culo, zorra casada de mierda! —rugió mientras le agarraba las caderas con fuerza—. ¡Este orto es mío ahora, mamá de familia! ¡Abre bien ese culo blanco y limpio para verga de albañil sucio!
Miranda gritó de placer, empujando hacia atrás.
—Más fuerte… rompémelo… ¡rompeme el orto, viejo asqueroso!
Carlos se puso delante, le metió la verga en la boca y empezó a follarle la garganta mientras Tito la reventaba por atrás.
—Chupá, puta cornuda! ¡Mientras te dan por el culo pensás en tus hijos, ¿no?! ¡Qué mamá más puta sos!
Después la cambiaron de posición. La tiraron boca arriba, le levantaron las piernas hasta casi tocarle la cabeza y Raúl se la metió otra vez por el ano, ahora mirándola a los ojos.
—Mirame mientras te parto el orto, colorada de mierda! —le escupió en la cara—. ¡Este culo gordo y carnoso fue hecho para verga vieja y rancia! ¡Decílo! ¡Decí que te encanta que te den por el culo en la cama de tu marido!
— ¡Me encanta! ¡Me encanta que me rompan el orto! —gritaba Miranda entre gemidos, las tetas rebotando salvajemente con cada embestida.
Jorge la reemplazó, la puso de lado, le levantó una pierna y se la metió de costado, follándola anal con embestidas cortas y brutales.
—Tomá por el culo, perra en celo! ¡Mirá cómo te entra toda… tu cornudo gordo nunca te va a dar esto! ¡Sos una puta anal, una mamá que abre el orto para desconocidos!
Tito quiso más profundidad. La sentó encima de él en la cama (posición vaquera anal inversa), la agarró del pelo pelirrojo como riendas y la hizo rebotar sobre su verga gruesa.
— ¡Montá, puta! ¡Montá esa verga con tu culo gordo! ¡Más rápido, zorra! ¡Quiero oír cómo te reviento el orto! ¡Decí que sos una puta anal adicta!
Miranda, sudada y con la cara roja, rebotaba sin parar, gritando:
— ¡Soy una puta anal! ¡Me encanta que me den por el culo! ¡Más fuerte, hijos de puta!
Raúl se paró frente a ella y le metió la verga en la boca mientras ella seguía cabalgando el ano de Tito.
—Dos agujeros llenos otra vez, mamá puta! ¡El orto y la boca! ¡Tu marido debe estar llorando en el trabajo mientras te convierten en una alcantarilla de semen!
La última posición fue la más salvaje: la pusieron de pie, contra la pared del dormitorio, con una pierna levantada. Carlos la penetró anal desde atrás, sosteniéndola en el aire mientras los otros tres la tocaban y le gritaban:
— ¡Tomá por el culo contra la pared como una puta de calle!
— ¡Abre ese orto, zorra tetona! ¡Que te entre hasta los huevos!
— ¡Qué culo más tragón tenés, colorada de mierda! ¡Vas a volver rengueando a cocinarle a tus hijos!
— ¡Sos la peor mamá del barrio! ¡Una hotwife anal que se deja reventar por cuatro viejos feos!
Miranda se corrió gritando, el ano apretando la verga con espasmos, chorros de sus jugos cayendo al piso mientras los albañiles seguían insultándola sin parar.
Desde el armario, Eduardo estaba al borde del delirio, tocándose su pichita chiquita y flácida, oyendo cada grosería y cada embestida brutal contra el culo de su mujer.
Los albañiles estaban desatados. Raúl tenía a Miranda en cuatro sobre la cama matrimonial, su verga gruesa enterrada hasta el fondo en el ano rojo e hinchado de ella. Cada embestida hacía que sus tetas pesadas se balancearan como péndulos.
¡PLAF! ¡PLAF! ¡PLAF!
Las palmadas brutales caían sin parar sobre su culo carnoso y blanco. La mano callosa de Raúl dejaba marcas rojas perfectas en cada nalga.
— ¡Tomá, puta de mierda! ¡Tomá palmadas en ese culo gordo que tu marido besa con amor! —rugía mientras la reventaba anal—. ¡Sos una madre de tres hijos y mirá cómo abrís el orto para cuatro viejos sucios!
Carlos se arrodilló frente a ella, la agarró del pelo pelirrojo y le dio una bofetada fuerte en la cara, haciendo que la cabeza le girara.
¡PAAAFF!
— ¡Mirame a la cara mientras te dan por el culo, zorra casada! —le gritó, y le soltó otra bofetada en la otra mejilla—. ¡Qué diría tu mamá si te viera ahora, eh? ¡La hija perfecta convertida en una alcantarilla anal!
Miranda gemía como loca, el culo ardiendo de las palmadas y el ano estirado al máximo.
— ¡Más fuerte…! ¡Péguenme más…! ¡Soy una mala madre… una mala esposa…!
Tito se acercó por el lado y le dio otra bofetada seca, esta vez más fuerte.
¡PAAAFF!
— ¡Claro que sos una mala madre, hija de puta! ¡Mientras tus hijos están con los abuelos, vos tenés cuatro vergas viejas rompiéndote el orto en la cama matrimonial! ¡Qué ejemplo les das a tus nenas, eh? ¡La mami que se deja tratar como una puta barata!
Jorge se unió a las palmadas, turnándose con Raúl para azotarle el culo sin descanso. Cada golpe sonaba seco y fuerte, haciendo que las nalgas de Miranda rebotaran y se pusieran cada vez más rojas.
¡PLAF! ¡PLAF! ¡PLAF! ¡PLAF!
— ¡Este culo ya no es de tu marido! ¡Este culo ahora es de albañiles! ¡Decilo, zorra! ¡Decí que sos una madre degenerada!
— ¡Soy… una madre degenerada! —gritaba Miranda entre gemidos y lágrimas de placer—. ¡Soy una esposa infiel… una puta anal… me encanta que me degraden…!
Raúl aceleró las embestidas anales, follándola como un animal mientras seguía azotándola.
— ¡Tomá verga por el orto, mamá puta! ¡Mientras tus hijos comen galletitas con la abuela, vos tenés la verga de un viejo feo hasta los huevos en el culo! ¡Qué vergüenza, colorada de mierda!
Carlos le dio otra bofetada fuerte, esta vez dejando los dedos marcados en su mejilla.
¡PAAAFF!
— ¡Mirá cómo te ponés roja la cara de puta! Tu marido te besa esa boca todos los días… y ahora está llena de saliva de albañil y bofetadas. ¡Sos lo peor, Miranda! ¡La peor esposa y la peor madre del barrio!
Miranda se corrió violentamente, el ano apretando la verga de Raúl con espasmos, chorros de sus jugos cayendo sobre la cama mientras gritaba:
— ¡Sí… soy la peor madre… la peor esposa… rómpanme… degradenme más…!
Los cuatro se rieron como hienas, sin dejar de azotarla, cachetearla y follársela por el culo sin piedad.
Desde el armario, Eduardo temblaba entero. Su pichita chiquita y flácida goteaba sin parar mientras veía cómo su mujer era humillada y usada de la forma más baja posible… y nunca había estado más excitado en su vida.
Los albañiles no tenían ninguna intención de parar. Miranda estaba completamente destruida de placer, tirada boca arriba en la cama matrimonial, con las piernas abiertas y temblando. Raúl y Jorge se acomodaron rápido: Raúl se acostó debajo de ella, le clavó la verga gruesa y venosa directo en el ano ya abierto y rojo, y Jorge se puso encima, metiéndole la suya hasta el fondo del coño en un solo empujón brutal.
Doble penetración total.
— ¡Aaaahhh… me están partiendo… dos vergas a la vez…! —gritó Miranda, los ojos en blanco, la boca abierta de puro placer y dolor mezclado.
Raúl, desde abajo, le agarró las tetas con fuerza y empezó a embestir el culo sin misericordia mientras le gritaba al oído:
— ¡Tomá, puta degenerada! ¡Dos vergas rompiéndote los agujeros al mismo tiempo! ¡Sos una esposa de mierda, una madre de tres hijos que se deja llenar como una alcantarilla! ¿Qué pensarían tus nenas si te vieran ahora, eh? ¡La mami que prepara meriendas con el coño y el orto llenos de verga vieja!
Jorge, encima de ella, le dio una bofetada fuerte en la cara y aceleró las embestidas en su coño.
¡PAAAFF!
— ¡Callate y abrí más las piernas, zorra! ¡Mirá cómo te entra todo… tu marido cornudo nunca te va a dar esto! ¡Sos la peor madre del mundo! ¡Mientras tus hijos juegan con los abuelos, vos estás acá siendo una doble puta anal y vaginal!
Tito, el calvo gordito y sudoroso, se arrodilló al lado de la cama, le agarró un pie con sus manos mugrientas y se lo metió entero en la boca. Chupaba los dedos con lujuria asquerosa, lamiendo entre cada uno, mordisqueando la planta suave y blanca mientras gemía:
— ¡Mmm… estos pies de puta fina… tan limpios y suaves… y mirá cómo los estoy babeando un albañil asqueroso! ¡Chupá, mamá puta… mientras te rompen los dos agujeros yo te chupo los piecitos como perra!
Miranda se retorcía entre los tres, completamente llena: coño, ano y pie en boca. Su cuerpo voluptuoso brillaba de sudor, las tetas rebotando salvajemente con cada doble embestida.
— ¡Sí… soy una mala madre… una mala esposa… rómpanme… degradenme más…! —gritaba entre gemidos ahogados, corriéndose otra vez, apretando las dos vergas dentro de ella.
Raúl seguía insultándola sin parar mientras la reventaba anal:
— ¡Decílo más fuerte, puta! ¡Decí que te encanta que te degraden mientras te dan doble verga! ¡Decí que sos una madre que abre el orto y el coño para viejos feos y sucios!
Jorge le dio otra bofetada y escupió en su cara:
— ¡La reina de la casa convertida en una doble penetrada barata! ¡Tu cornudo gordo debe estar llorando de gusto mientras nosotros te usamos como juguete!
Tito seguía chupándole el otro pie ahora, babeando, metiéndose los deditos hasta el fondo de la garganta:
— ¡Estos pies tan bonitos… y yo, un viejo rancio, babeándolos mientras te rompen como puta de alquiler!
Miranda estaba en otro planeta, corriéndose sin parar, el cuerpo sacudido por las embestidas dobles y las palabras más bajas y degradantes que había oído en su vida.
Desde el armario, Eduardo temblaba entero, tocándose su pichita chiquita y flácida que apenas goteaba, oyendo cada insulto, cada palmada, cada gemido de su mujer siendo destruida como la peor esposa y madre… y nunca había sentido tanto placer humillado en su vida.
Los cuatro albañiles estaban al límite. Sacaron sus vergas de los agujeros de Miranda con un sonido húmedo y obsceno, dejando su coño y su ano abiertos, rojos e hinchados, goteando jugos y baba.
—Arrodillate en el medio de la cama, puta —ordenó Raúl con voz ronca—. Vamos a pintarte la cara como la zorra barata que sos.
Miranda, temblando y con las piernas flojas, se arrodilló en el centro de la cama matrimonial, levantó la cara, abrió la boca y sacó la lengua como una perra obediente. Sus tetas enormes brillaban de sudor, el pelo pelirrojo pegado a la frente.
Uno por uno se pajeaban furiosamente alrededor de ella.
Raúl fue el primero. Gruñó como animal y descargó chorros espesos y calientes de semen blanco directamente sobre su cara, cubriéndole la frente, los ojos y la nariz.
—Tomá leche de viejo, mamá puta… para que tu cornudo la lama después.
Carlos siguió, apuntando a su boca abierta:
—Abrí bien, zorra… tragá lo que puedas y el resto en la cara. ¡Qué linda te queda la cara de puta llena de leche!
Tito y Jorge se corrieron casi al mismo tiempo, cubriéndole las mejillas, los labios y hasta el pelo con gruesos hilos de semen espeso y amarillento. La cara de Miranda quedó completamente pintada, chorreando semen por todos lados, goteando desde la barbilla hasta sus tetas.
—Mirá cómo quedó… una verdadera puta facial —se rieron.
Miranda, con los ojos entrecerrados por el semen, sonrió con esa sonrisa hermosa y perversa que tenía incluso cubierta de leche ajena.
—Ahora vengan… denme un beso de despedida, machos.
Uno por uno se acercaron.
Raúl fue el primero. La agarró del pelo pegajoso y le metió la lengua hasta la garganta en un beso profundo, baboso y ruidoso, mezclando su saliva con el semen que le cubría la cara. Se oía el sonido húmedo y asqueroso de lenguas chocando y chupando.
—Qué puta más rica sos, colorada… volvé cuando quieras que te reventemos de nuevo.
Carlos la besó después, más violento, mordiéndole el labio inferior lleno de semen mientras le decía:
—Sos la peor esposa y la peor madre del barrio… y por eso nos encanta cogerte.
Tito la besó largo y baboso, chupándole la lengua y lamiéndole el semen de la mejilla:
—Gracias por abrirnos el orto y el coño, mamá degenerada… la próxima te traemos más amigos.
Jorge fue el último, metiéndole la lengua hasta casi ahogarla y escupiéndole en la boca antes de separarse:
—Andá a lavarte la cara de puta… o mejor dejátela así para que tu cornudo te vea bien usada.
Miranda se despidió de cada uno con esos besos de lengua profundos, ruidosos y salivosos que se oían perfectamente desde el armario: el sonido húmedo de bocas chupando, lenguas enredadas y gemidos bajos.
Eduardo, escondido en la oscuridad, escuchaba todo con la pichita chiquita goteando sin parar: cada beso baboso, cada chasquido de saliva, cada palabra chancha que le decían a su mujer antes de irse.
Cuando la puerta de entrada se cerró y la casa quedó en silencio, Miranda se quedó de rodillas en la cama, la cara completamente cubierta de semen espeso, chorreando por todas partes, y murmuró con voz ronca y satisfecha:
—Cornudito… ya se fueron… podés salir.
Desde el armario se oyó el sonido de la puerta abriéndose despacio.

La puerta del armario se abrió despacio con un leve crujido. Eduardo salió temblando, con la cara roja, los ojos brillantes de lágrimas de emoción y la pichita chiquita todavía goteando dentro de los pantalones. Miró a Miranda arrodillada en la cama matrimonial: completamente desnuda, el cuerpo voluptuoso cubierto de sudor y marcas rojas de manos callosas, la cara y las tetas pintadas de gruesos chorros de semen espeso que le chorreaban por las mejillas, los labios y la barbilla.
Se acercó despacio, casi con reverencia, y se arrodilló frente a ella en la cama.
—Mi amor… mi reina… mi vida entera… —susurró con la voz rota de emoción.
La abrazó fuerte, pegando su cuerpo gordo y blando contra el de ella, sin importarle el semen que se le pegaba a la camisa. La envolvió con sus brazos y la apretó contra su pecho como si quisiera fundirse con ella.
Miranda suspiró feliz y lo abrazó también, hundiendo la cara semenada en su cuello.
Eduardo empezó a cubrirla de besos: besos suaves, tiernos y desesperados. Le besó la frente manchada de leche, los párpados, las mejillas pegajosas, la nariz, los labios hinchados y llenos de semen ajeno. La besaba sin asco, con amor absoluto, lamiendo suavemente algunos hilos de semen mientras la besaba.
—Te amo… te amo tanto, Miranda… —murmuraba entre beso y beso—. Sos la mujer más hermosa del mundo, mi diosa pelirroja, mi puta perfecta, mi reina sucia y adorada.
La besó en la boca profundamente, saboreando el semen de los cuatro albañiles mezclado con su saliva, sin dejar de abrazarla fuerte.
—Disfruté cada segundo, amor mío… cada embestida, cada grito, cada palmada, cada grosería que te decían… verte tan abierta, tan entregada, tan feliz siendo su puta… me volviste loco de amor y de morbo. Sos tan valiente, tan sexy, tan mía…
Le besó el cuello, las tetas cubiertas de semen, lamiendo despacio mientras seguía hablando con la voz llena de ternura:
—Te amo por ser la mamá perfecta de nuestros hijos… y te amo aún más por ser esta zorra insaciable que se deja romper por machos sucios. Sos mi todo, Miranda. Mi esposa, mi amante, mi puta, mi mejor amiga, mi razón de vivir. Nadie me hace sentir lo que vos me hacés sentir… nadie.
La abrazó más fuerte todavía, meciéndola suavemente en sus brazos, besándole el pelo pegajoso.
—Gracias por dejarme mirar… gracias por ser tan honesta, tan libre, tan mía. Aunque te usen como a una puta barata, siempre vas a ser mi reina. Mi diosa. La mujer que más amo en este mundo. Te amo, te amo, te amo… mil veces te amo.
Miranda, con los ojos húmedos de emoción y placer, le acariciaba la cabeza calva mientras él seguía besándola y abrazándola sin parar.
—Mi cornudito hermoso… —susurró ella con voz ronca y llena de amor.
Eduardo levantó la cara, la miró a los ojos verdes y le dijo con total devoción:
—Sos la mujer de mi vida, Miranda. Y hoy… hoy fuiste más mía que nunca.
Se quedaron así, abrazados y besándose despacio en medio de la cama revuelta, rodeados del olor a sexo y semen ajeno, pero envueltos en un amor inmenso y profundo.
Eduardo seguía abrazándola fuerte, besándola con devoción por toda la cara cubierta de semen, cuando Miranda le agarró la cabeza calva con ambas manos y lo miró a los ojos con esa sonrisa hermosa y perversa que lo volvía loco.
—Ahora sí, mi cornudito hermoso… —le susurró con voz ronca y cargada de lujuria—. Quiero que me limpies el coño. Está lleno de leche de los cuatro albañiles… todavía caliente, espesa, chorreando de mi concha recién follada. Andá… arrodillate y chupá todo hasta dejarlo brillante y limpio.
Eduardo gimió bajito, el cuerpo temblando de excitación humillada. Se bajó de la cama, se arrodilló entre las piernas abiertas de su mujer y acercó la cara a su coño hinchado, rojo y completamente embadurnado de semen blanco y cremoso que salía lento de entre sus labios abiertos.
Miranda le acarició la cabeza con ternura mientras él sacaba la lengua y empezaba a lamer despacio, recogiendo los primeros hilos espesos.
—Mmm… así, mi amor… chupá… chupá todo ese semen ajeno que me dejaron adentro —gemía ella bajito—. Sos mi cornudito chupa-semen favorito… mirá cómo lamés con esa lengua torpe y obediente todo lo que otros machos me descargaron en el coño.
Eduardo metió la lengua más profundo, haciendo ruidos húmedos y obscenos mientras tragaba la mezcla caliente de semen y jugos de Miranda. Levantó la vista un segundo, con los labios brillantes y pegajosos.
—Te amo tanto… —murmuró antes de volver a hundir la cara.
Miranda sonrió y le apretó la cabeza contra su concha.
—Decime, cornudito… ¿te gusta el sabor de la leche de cuatro albañiles viejos en el coño de tu mujer? ¿Te encanta ser mi chupa-semen personal?
Eduardo levantó la cara un instante, jadeando:
—Sí, amor… me encanta… sabe a macho, a verga sucia… y saber que es de ellos me pone la pichita chiquita tan dura como puedo…
Miranda se rió ronca y le empujó la cabeza de nuevo.
—Seguí chupando, cornudito… no pares. Sos un cornudito chupa-semen de verdad… un marido que no puede follarme como un macho pero sí puede limpiar lo que otros me dejan. ¿Sabés cuánto me calienta eso? Me moja más que las vergas que me rompieron hoy… verte ahí, lamiendo obediente, tragando semen ajeno mientras me mirás con ojos de amor.
Eduardo gemía contra su coño, lamiendo más rápido, metiendo la lengua hasta el fondo, succionando los restos espesos que aún salían.
—Contame más, amor… decime qué soy… —suplicó con la voz ahogada.
—Sos mi cornudito chupa-leche… mi limpiador de conchas folladas… el marido que me adora mientras me convierto en puta para otros. Me encanta que seas así de patético y amoroso al mismo tiempo. Mientras yo gritaba que me rompieran el orto y el coño, vos estabas en el armario tocándote esa pichita flácida que ni se para… y ahora estás acá, comiéndote toda la evidencia como un buen cornudito.
Eduardo temblaba, lamiendo con más ganas, pasando la lengua por cada pliegue, limpiando hasta el último hilo de semen.
—Te amo por ser así… —susurró él entre lamidas—. Te amo por dejarme ser tu cornudo chupa-semen…
Miranda arqueó la espalda y gimió de placer al sentir la lengua de su marido limpiándola tan devotamente.
—Y yo te amo por eso, mi vida… por ser el único que puede quererme tanto después de verme convertida en una alcantarilla de semen. Seguí chupando, cornudito… meté la lengua bien adentro y sacá todo lo que me dejaron esos machos. Después vas a limpiarme el culo también… y me vas a besar con la boca llena de su leche para que yo pruebe lo que me hicieron.
Eduardo solo pudo gemir un “sí, amor mío…” antes de hundir la cara otra vez, chupando con devoción absoluta mientras Miranda le seguía hablando sucio y cariñoso al mismo tiempo, acariciándole la cabeza como a un perro fiel.
La charla siguió larga, llena de palabras de amor pervertido, mientras él limpiaba cada gota de su coño recién usado.
Eduardo levantó la cara de entre las piernas de Miranda, con los labios y la barbilla brillantes y cubiertos de semen espeso. La miró con ojos llenos de amor y devoción absoluta.
—Ahora te limpio el culo también, mi amor… —susurró con voz ronca.
Miranda se dio vuelta despacio, se puso en cuatro sobre la cama y abrió bien las nalgas con ambas manos, mostrándole el ano rojo, hinchado y todavía goteando semen de los cuatro albañiles.
—Vení, cornudito… meté la lengua bien adentro. Chupá todo lo que me dejaron en el orto.
Eduardo se acercó como en trance, le separó las nalgas con ternura y hundió la cara entre ellas. Su lengua empezó a lamer despacio el ano abierto, recogiendo los hilos espesos de semen que salían de su interior. Hacía ruidos húmedos y obscenos mientras chupaba, tragando todo con devoción.
—Mmm… sí, así… limpiame el culo lleno de leche ajena, mi amor —gemía Miranda, empujando el culo contra su cara—. Sos un cornudito tan obediente… chupando el semen que me dejaron en el orto mientras yo gemía como una puta.
Eduardo metió la lengua lo más profundo que pudo, succionando, lamiendo cada pliegue, tragando los restos calientes y espesos. Cuando tuvo la boca completamente llena de semen (mezcla del coño y del culo), se incorporó, la tomó suavemente de la cintura y la hizo girar para quedar frente a frente.
Miranda lo miró con esa sonrisa hermosa y perversa, todavía con semen seco en las mejillas.
—Besame, cornudito… besame con la boca llena de lo que me dejaron esos machos.
Eduardo se acercó y le dio un beso profundo, largo y baboso. Abrió la boca y dejó que todo el semen que acababa de chupar de su coño y su culo se mezclara entre sus lenguas. El beso era lento, húmedo, sucio y lleno de amor. Se besaban con pasión, intercambiando la leche espesa de los albañiles, tragando un poco cada uno mientras gemían en la boca del otro.
Cuando se separaron un segundo, con hilos de semen conectando sus labios, Miranda le acarició la cara y le dijo bajito:
—Me encanta esto, Eduardo… me encanta que en la calle y delante de todos sea la esposa perfecta, la mamá ejemplar, la que sonríe en las reuniones del colegio y organiza todo en casa. Pero cuando cerramos la puerta… me convierta en esta puta sucia, esta hotwife que abre el coño y el orto para machos rudos y asquerosos. Ese contraste me moja como nada.
Eduardo la besó otra vez, corto pero intenso, y le respondió con la voz temblorosa de excitación:
—Y a mí me vuelve loco, amor mío… verte ser la mujer perfecta para el mundo, tan elegante, tan buena madre, tan respetada… y saber que en casa sos mi zorra personal, la que se deja llenar de verga y semen por cuatro albañiles viejos mientras yo miro escondido. Ese secreto nuestro me calienta tanto… me hace sentir que sos solo mía de una forma que nadie más entiende.
Miranda lo abrazó fuerte, pegando su cuerpo semenado al de él.
—Exacto, mi cornudito… afuera soy la señora Miranda, la esposa ideal. Adentro soy tu puta anal, tu mamá degenerada que se deja degradar y romper. Y eso nos pone a los dos como locos, ¿verdad? A mí me excita saber que vos me ves convertida en lo más bajo y aun así me amás más. Y a vos te encanta ser el marido que me permite ser libre, que me limpia después y que me besa con la boca llena de semen ajeno.
Eduardo asintió, besándola de nuevo, compartiendo más semen entre sus bocas.
—Me calienta tanto… tanto… Saber que mientras la gente te saluda y te dice “qué familia linda tienen”, yo sé que hace unas horas estabas gritando que te rompieran el orto y tragando verga de desconocidos. Ese doble vida nuestro es lo que más me excita del mundo. Te amo por ser perfecta afuera… y te amo mil veces más por ser tan puta y tan mía adentro.
Miranda sonrió contra sus labios, lamiéndole un hilo de semen que le colgaba de la barbilla.
—Y yo te amo por aceptarme así, por disfrutarlo tanto, por ser mi cornudito chupa-semen perfecto. Este es nuestro secreto más rico… y lo vamos a seguir viviendo siempre.
Se quedaron besándose largo rato, abrazados, compartiendo el sabor sucio y el amor más puro, mientras la cama seguía oliendo a la gangbang que acababa de terminar.
EN EL SIGUIENTE CAPITULO MIRANDA TIENE UNS SOPRESA PARA EDUARDO QUE CAMBIARA SU MATRIMONIO
Los niños, inocentes y ajenos a todo, se emocionaron con la idea de pasar la tarde con los abuelos. Eduardo los cargó en el auto, manejó hasta la casa de sus suegros con el corazón latiéndole fuerte, imaginando ya a su mujer abierta en la cama matrimonial, gimiendo mientras cuatro albañiles feos y sudados la llenaban de verga y semen espeso. Les dejó a los chicos con besos y excusas de "un rato de descanso para mami y papi", y volvió manejando rápido, sintiendo un nudo caliente en el estómago.
Al entrar a la casa, la encontró en el dormitorio: Miranda arreglándose frente al espejo, poniéndose linda para su gangbang como la puta exquisita que era. Se había bañado con agua caliente, depilado el coño hasta dejarlo suave y rosado, y ahora se ponía un conjunto de lencería negra de encaje: un corpiño que le subía las tetas pesadas hasta casi desbordar, con pezones duros marcándose como invitaciones obscenas; un tanga mínimo que se le metía entre las nalgas carnudas, dejando el culo redondo y voluptuoso al aire; medias de red con ligas que le apretaban los muslos gruesos. Se peinaba el pelo pelirrojo en ondas salvajes, se maquillaba los labios rojos para prometer mamadas profundas, y se perfumaba con vainilla dulce en el cuello, entre los pechos y justo encima del clítoris, para contrastar con el olor rancio que sabía que traerían ellos.
Eduardo se acercó por detrás, la abrazó contra su panza blanda, y le metió las manos por debajo del corpiño, apretándole las tetas con ternura torpe pero llena de amor.
—Mirá cómo te ponés linda para ellos, amor... tetas listas para que las muerdan, coño depilado para que lo abran sin piedad —murmuró él con voz ronca, besándole el cuello—. Te amo tanto, Miranda... te amo por ser mi esposa perfecta, la madre de mis hijos, la que me da cariño todos los días... pero también por esto, por ser la hotwife que se entrega a machos sucios y maleducados, que deja que la llenen de semen ajeno en nuestra cama. Me hacés el cornudo más feliz, reina... voy a estar en el armario viendo cómo te rompen, pajeándome en silencio mientras gritas de placer.
Miranda se giró, le dio un beso profundo en la boca, metiendo la lengua mientras le agarraba la pichita flácida y la sentía endurecerse.
—Te amo yo también, cornudito... gracias por convencerme. Hoy voy a ser su puta grupal, voy a gemir como loca mientras me turnan vergas gruesas y rancias... y saber que vos estás mirando me pone el coño empapado.
Siguieron así un rato, él ayudándola a ajustar las ligas, a ponerse el perfume, a elegir unos tacones altos que harían rebotar su culo monumental al caminar. El morbo flotaba en el aire, pero antes de que pudieran ir más lejos, sonó el timbre: los albañiles habían llegado.
Eduardo se puso nervioso, le dio un último beso en los labios y corrió al armario del dormitorio, metiéndose adentro con la puerta entreabierta lo justo para ver y oír todo, sin que se notara. Se acomodó en la oscuridad, con la mano ya en la pija, esperando el espectáculo sucio.
Miranda respiró hondo, ajustó el corpiño una vez más, y caminó hacia la puerta con el corazón latiéndole fuerte y el coño latiendo de anticipación.

Miranda respiró hondo una última vez frente a la puerta, sintiendo el coño latiéndole fuerte bajo el tanga negro que se le metía entre las nalgas carnudas. El perfume de vainilla dulce contrastaba con la excitación húmeda que ya le goteaba por los muslos gruesos. Abrió la puerta con esa sonrisa hermosa y pícara, y ahí estaban ellos: cuatro albañiles viejos y rudos, todos pasados de los 55, con cuerpos robustos y sudados que olían a trabajo pesado, cemento y días sin ducha. Raúl lideraba el grupo, con su overol gris sucio, barba blanca desprolija, panza cervecera y manos callosas manchadas de pintura vieja. A su lado, un tipo de unos 58, más alto y flaco pero con hombros anchos, cara arrugada con cicatrices de sol, dientes amarillos y un olor fuerte a axilas rancias que se mezclaba con tabaco; se llamaba Carlos, y su verga ya se marcaba en los pantalones gastados. Detrás, otro de 62, gordito como Raúl pero con menos pelo, calvo casi total, piel grasienta y sudorosa, manos enormes y sucias con uñas negras de tierra, oliendo a pies mugrientos y birra vieja; lo llamaban Tito. Y el último, de 57, robusto y bajo, con bigote espeso y gris, nariz grande y roja de bebedor, cuerpo peludo que asomaba por la camisa abierta, sudando profuso con olor a macho sin lavar; era Jorge, con una sonrisa torcida que prometía groserías.
—Pasen, machos... bienvenidos a mi casa —dijo Miranda con voz ronca, contoneando las caderas al dar un paso atrás, dejando que entraran oliendo el ambiente a testosterona rancia y sudor fresco del día.
Los tipos entraron sin delicadeza, dejando huellas de botas sucias en el piso del pasillo, mirándola de arriba abajo como lobos hambrientos. Raúl le dio una palmada ligera en el culo al pasar, gruñendo: "Qué buena estás, colorada... con esa lencería de puta ya se me paró la verga".
Miranda los guió a la sala principal, el living amplio con sillones cómodos y una mesa baja donde Eduardo y ella solían ver tele con los chicos. "Siéntense, les traigo algo fresco para tomar... birra o agua, lo que quieran", dijo ella, inclinándose un poco para que sus tetas rebotaran en el corpiño negro, sintiendo sus ojos clavados en sus curvas voluptuosas.
Les sirvió birras frías de la heladera, repartiendo latas con esa sonrisa hermosa, y se sentó en el medio del sillón, rodeada por ellos. Raúl a un lado, Carlos al otro, Tito y Jorge en los sillones de enfrente. Empezaron a charlar casual, pero con un tono que ya prometía suciedad: "¿Y tu cornudo dónde anda, colorada? ¿Trabajando mientras vos nos esperás con el coño mojado?", preguntó Raúl con una risa áspera, bebiendo un sorbo largo.
Miranda se rió ronca, cruzando las piernas para que las medias de red se tensaran en sus muslos gruesos. "Está trabajando, sí... "
Poco a poco, el tono subió, las palabras se volvieron más groseras. Carlos, el alto y flaco, la miró fijo a las tetas y dijo: "Qué melones tenés, puta... grandes y pesados, perfectos para manosearlos hasta que grites". Tito, el calvo gordito, soltó una carcajada y agregó: "Y ese culo... redondo y carnoso, se ve que pide azotes fuertes y verga por atrás. ¿Te gusta que te abran el orto, colorada?". Jorge, el del bigote espeso, se rascó la entrepierna sin vergüenza y gruñó: "Yo voy a llenarte la boca primero, zorra... mi pija huele a sudor del día, pero vas a mamarla hasta tragarte todo".
Miranda sentía el coño empapado, el tanga pegado a los labios hinchados, y respondía juguetona: "Me encanta... vengan preparados para romperme bien". El aire se cargaba de testosterona, sus olores sudados envolviéndola, hasta que Raúl, sin avisar, la agarró por la nuca con su mano callosa y sucia, y le plantó un beso brutal, metiéndole la lengua gruesa y áspera hasta la garganta, saboreando a birra y tabaco.
A partir de ahí, los demás se soltaron: Carlos le metió una mano por el corpiño, apretándole una teta con fuerza bruta, pellizcándole el pezón duro; Tito se acercó y le pasó la palma sudorosa por el muslo grueso, subiendo hasta rozar el tanga empapado; Jorge, gruñendo groserías, le abrió las piernas y le metió un dedo calloso por el borde del encaje, sintiendo lo mojada que estaba.
Miranda gemía en la boca de Raúl, arqueándose, lista para lo que vendría.

Miranda gemía ahogada en la boca de Raúl mientras su lengua gruesa y áspera se metía profunda en su garganta, saboreando a birra barata y tabaco rancio, un aliento sucio que contrastaba con el frescor mentolado de su boca limpia y fresca. Ella se arqueaba en el sillón, sintiendo cómo el beso brutal la encendía, el coño latiéndole fuerte bajo el tanga empapado. Carlos, a su lado, le arrancó el corpiño negro de un tirón, liberando sus tetas enormes y pesadas que rebotaron libres, pezones rosados endurecidos como piedras. "Mirá qué tetas de puta, blancas y suaves... voy a pellizcarlas hasta que grites, colorada de mierda", gruñó él, metiendo sus manos callosas y ásperas —manchadas de cemento y grasa— sobre la piel cremosa y pecosa de ella, apretando con fuerza bruta, dejando huellas rojas en esa carne blanca y delicada que temblaba bajo el toque rudo.
Tito, el calvo gordito, se arrodilló frente a ella y le abrió las piernas gruesas de un manotazo, sus palmas sudorosas y ásperas rozando la piel suave de los muslos, subiendo hasta meter los dedos por el borde del tanga. "Qué conchita mojada tenés, zorra casada... oliendo a vainilla dulce mientras nosotros te traemos olor a sudor y pija rancia", dijo con voz ronca, tirando del encaje para romperlo y exponer su coño depilado y rosado, metiendo un dedo calloso adentro sin delicadeza, bombeando mientras ella gemía. Jorge, el del bigote espeso, se unió al beso, empujando a Raúl para meter su propia lengua sucia —con aliento a alcohol barato y cigarrillos viejos— en la boca fresca de Miranda, obligándola a tragar esa mezcla asquerosa y caliente, mordiéndole los labios hasta hinchárselos.
Los cuatro la tocaban al mismo tiempo, desvistiendo lo que quedaba de lencería con tirones brutales: manos ásperas y callosas recorriendo su piel blanca y suave como si fuera un trofeo, agarrando el culo carnoso con fuerza animal, azotándolo para oír el sonido seco contra la carne cremosa; pellizcando los pezones duros mientras le decían groserías al oído: "Sos una puta tetona que finge ser mami decente, pero mirá cómo te moja que te usen viejos sucios como nosotros... vamos a llenarte de leche rancia hasta que rebalsés, colorada... tu cornudo gordo debe pajearse pensando en esto". Miranda se retorcía de placer, el contraste enfermizo la ponía loca: su cuerpo voluptuoso y perfumado contra esos cuerpos sudorosos y mugrientos, lenguas ásperas invadiendo su boca limpia, manos callosas marcando su piel suave con moretones que Eduardo vería después.
Finalmente, jadeando y con el coño goteando jugos por los muslos, Miranda se levantó tambaleante, agarrando a Raúl por el overol sucio. "Vengan... vamos a la habitación matrimonial. Ahí me rompen de verdad, machos... llenenme en la cama donde duermo con mi marido".
Desde el armario del dormitorio, Eduardo escuchaba ansioso, con la pija chiquita dura y goteando en la oscuridad, el corazón latiéndole fuerte al oír los pasos pesados y las risas groseras acercándose por el pasillo, las voces roncas diciendo "vamos a reventar a esta zorra en su propia cama"... sabiendo que en segundos vería todo, escondido como el cornudo perfecto.
Miranda abrió la puerta del dormitorio matrimonial con un empujón suave, guiando a los cuatro albañiles sucios por el pasillo con su culo redondo contoneándose desnudo, las tetas enormes rebotando libres y los muslos gruesos brillando de jugos. "Acá es, machos... en la cama donde mi cornudo me abraza todas las noches. Rómpanme como la puta que soy", dijo con voz ronca, tirándose boca arriba sobre las sábanas blancas, abriendo las piernas para mostrar el coño depilado y empapado, el ano rosado y apretado invitando.
Desde el armario, Eduardo veía todo a través de la rendija entreabierta, la pija chiquita dura como piedra en su mano, pajeándose lento y ansioso, oyendo cada palabra grosera y cada gemido de su mujer. El corazón le latía fuerte, el morbo quemándolo mientras los tipos entraban pisando fuerte con botas sucias, dejando el piso marcado de barro y cemento.
Raúl fue el primero en tirarse encima, gruñendo: "Abrí bien ese coño, zorra pelirroja... voy a chupártelo hasta que te vengas en mi boca rancia". Le abrió los labios hinchados con dedos callosos y metió la lengua áspera directo adentro, lamiendo los jugos dulces con sabor a vainilla mezclados con su propia saliva sucia, chupando el clítoris como si quisiera tragárselo. "Qué conchita rica tenés... mojada como puta de barrio, pero oliendo a mami fina... te voy a llenar de baba de viejo asqueroso".
Carlos se unió, arrodillándose al pie de la cama y agarrándole un pie con su mano manchada de grasa, metiéndose los deditos pintados en la boca. "Mirá estos pies suaves, colorada... los voy a lamer como perra, chupándote los dedos mientras te imagino caminando rengueando después de que te reventemos". Su lengua sucia, con aliento a cigarrillo barato, recorrió la planta del pie, entre los dedos, mordisqueando el talón mientras decía: "Sos una mamá puta que se deja chupar los pies por albañiles mugrientos... ¿te gusta el sabor a sudor ajeno en tu piel blanca?".
Tito, el calvo gordito, se tiró al lado y le levantó el culo carnoso, abriéndole las nalgas con manos sudorosas y ásperas que dejaban huellas rojas en la carne cremosa. "Qué orto apretado... voy a chupártelo hasta que se te abra como flor, zorra casada". Metió la cara entre las nalgas, lamiendo el ano rosado con lengua gorda y babosa, metiéndola adentro mientras gruñía: "Saboreá mi lengua rancia en tu culo limpio... te voy a dejar oliendo a mi saliva asquerosa, para que tu cornudo lama después el desastre que dejamos".
Jorge, el del bigote espeso, se subió encima y le metió la verga gruesa y venosa directo en la boca, follándole la garganta sin piedad. "Chupá, puta tetona... mi pija huele a sudor de todo el día, pero vas a mamarla hasta tragarte mis huevos peludos". Mientras ella se ahogaba babeando, él le chupaba las tetas, mordiendo los pezones duros con dientes amarillos, lamiendo la piel pecosa y blanca con aliento a alcohol barato: "Qué tetas suaves y grandes... las voy a marcar como perra en celo, chupándolas hasta que duelan... sos una zorra que finge ser decente, pero mirá cómo te moja que te usen como carne barata".
Se turnaban en un caos sucio: Raúl le metía la verga en el coño de un empujón brutal, embistiéndola profundo mientras le chupaban los pies y el ano al mismo tiempo; Carlos la follaba oralmente, metiéndole la pija hasta la garganta mientras Tito le lamía el culo abierto y Jorge le chupaba las tetas marcadas. "Tomá verga por el coño y la boca, colorada de mierda... te vamos a llenar de leche rancia mientras te chupamos como animales... qué puta asquerosa sos, con hijos y todo, y acá abierta para viejos feos como nosotros", gruñían entre risas ásperas, sus lenguas sucias invadiendo cada centímetro de su cuerpo suave y blanco, dejando baba y marcas en la piel cremosa.
Eduardo, escondido en el armario, veía y oía todo: los gemidos ahogados de Miranda, los chasquidos de lenguas chupando ano, coño y pies, las embestidas salvajes en vaginal y oral, los insultos groseros que la hacían venirse temblando. Se pajeaba furioso, la pichita goteando, el morbo quemándolo vivo mientras su mujer era usada como puta grupal en su propia cama.
Miranda estaba tirada en la cama matrimonial, con las sábanas ya empapadas de sudor y baba, jadeando como perra en celo mientras los cuatro albañiles la rodeaban. Raúl sacó su verga gruesa y brillante de su coño y sonrió con esa boca amarillenta.
—Ahora te toca por el orto, colorada… preparate, que te voy a abrir ese culo de puta casada.
La pusieron en cuatro sobre la cama, con la cara contra las almohadas donde ella dormía todas las noches con Eduardo. Tito le escupió en el ano rosado y apretado, un escupitajo espeso y caliente, y le metió dos dedos callosos sin piedad, abriéndola.
—Aaahhh… duele… duele mucho… —gimió Miranda al principio, apretando los dientes, el cuerpo tenso. Su ano virgen de verga tan gruesa se resistía, quemaba, se estiraba de una forma dolorosa mientras Raúl apoyaba el glande hinchado y lo empujaba despacio.
—Tomá, zorra… abrí ese culito blanco y limpio para verga de albañil sucio —gruñó Raúl, agarrándola fuerte de las caderas y metiendo la cabeza de su polla adentro.
Miranda soltó un grito ahogado, las uñas clavadas en las sábanas, el culo ardiendo. “¡Ay, mierda… es muy gruesa… me estás partiendo!” Pero Raúl no paró, empujó centímetro a centímetro hasta que sus huevos peludos chocaron contra su coño mojado.
Desde el armario, Eduardo escuchaba todo con la respiración entrecortada, tocándose su pija pequeñita y flácida que ni siquiera se le paraba del todo. Solo la acariciaba con dos dedos, sintiendo la humillación deliciosa mientras su mujer gritaba de dolor por otra verga.
Poco a poco el dolor de Miranda se fue transformando. Las embestidas de Raúl se volvieron más profundas y ella empezó a gemir diferente, más gutural, más cachonda.
—Sigue… no pares… ya… ya me gusta… me está gustando, hijo de puta… —jadeó, empujando el culo hacia atrás ella misma.
Los albañiles se rieron.
—Mirá cómo se acostumbra la puta… ahora sí le gusta la verga por el orto —dijo Carlos.
Entonces empezaron a doble penetrarla. Raúl siguió follándole el culo con fuerza mientras Jorge se acostó debajo de ella y le metió la verga gruesa y venosa directo en el coño empapado. Los dos agujeros llenos al mismo tiempo, estirados al máximo, frotándose entre sí a través de la fina pared.
—Ufff… me están rompiendo… dos vergas a la vez… me van a partir en dos… —gemía Miranda, los ojos en blanco, la boca abierta.
Y Jorge, desde abajo, le agarró la cabeza pelirroja y le metió la tercera verga hasta el fondo de la garganta.
—Chupá, zorra… tres agujeros llenos como la puta barata que sos. Tomá verga por el culo, por el coño y por la boca al mismo tiempo.
Los tres la embestían sincronizados: Raúl reventándole el ano con embestidas brutales, Jorge follándole el coño desde abajo, y Carlos (ahora en su boca) follándole la garganta sin piedad, sus huevos peludos golpeándole la barbilla.
—Qué puta asquerosa… una mamá decente con hijos y todo, y mirá cómo se deja reventar el orto por viejos feos y sucios —gruñía Tito, masturbándose al lado y escupiéndole en la cara de vez en cuando.
Miranda ya no sentía dolor, solo placer animal. Se corría una y otra vez, temblando entera, el culo y el coño apretando las vergas que la partían, babeando y ahogándose con la polla que le follaba la boca.
Desde el armario, Eduardo seguía tocándose su pichita chiquita y flácida, que apenas se hinchaba un poco, goteando un hilo transparente de precum mientras escuchaba los gemidos ahogados de su mujer y los insultos groseros de los albañiles. Lágrimas de humillación y placer le corrían por las mejillas, pero no dejaba de acariciarse, completamente entregado al morbo de ver (y oír) cómo profanaban a su reina en su propia cama matrimonial.

Los albañiles no le dieron ni un segundo de descanso. Raúl sacó su verga del culo de Miranda con un sonido húmedo y obsceno, dejando su ano abierto, rojo y palpitando.
—Mirá cómo quedó este orto… parece un cráter, puta. Ahora te vamos a dar por turnos hasta que no puedas sentarte en una semana.
La pusieron de rodillas en el borde de la cama, culo en pompa, cara contra el colchón. Tito fue el primero en clavársela de un solo empujón brutal.
—Tomá toda la verga por el culo, zorra casada de mierda! —rugió mientras le agarraba las caderas con fuerza—. ¡Este orto es mío ahora, mamá de familia! ¡Abre bien ese culo blanco y limpio para verga de albañil sucio!
Miranda gritó de placer, empujando hacia atrás.
—Más fuerte… rompémelo… ¡rompeme el orto, viejo asqueroso!
Carlos se puso delante, le metió la verga en la boca y empezó a follarle la garganta mientras Tito la reventaba por atrás.
—Chupá, puta cornuda! ¡Mientras te dan por el culo pensás en tus hijos, ¿no?! ¡Qué mamá más puta sos!
Después la cambiaron de posición. La tiraron boca arriba, le levantaron las piernas hasta casi tocarle la cabeza y Raúl se la metió otra vez por el ano, ahora mirándola a los ojos.
—Mirame mientras te parto el orto, colorada de mierda! —le escupió en la cara—. ¡Este culo gordo y carnoso fue hecho para verga vieja y rancia! ¡Decílo! ¡Decí que te encanta que te den por el culo en la cama de tu marido!
— ¡Me encanta! ¡Me encanta que me rompan el orto! —gritaba Miranda entre gemidos, las tetas rebotando salvajemente con cada embestida.
Jorge la reemplazó, la puso de lado, le levantó una pierna y se la metió de costado, follándola anal con embestidas cortas y brutales.
—Tomá por el culo, perra en celo! ¡Mirá cómo te entra toda… tu cornudo gordo nunca te va a dar esto! ¡Sos una puta anal, una mamá que abre el orto para desconocidos!
Tito quiso más profundidad. La sentó encima de él en la cama (posición vaquera anal inversa), la agarró del pelo pelirrojo como riendas y la hizo rebotar sobre su verga gruesa.
— ¡Montá, puta! ¡Montá esa verga con tu culo gordo! ¡Más rápido, zorra! ¡Quiero oír cómo te reviento el orto! ¡Decí que sos una puta anal adicta!
Miranda, sudada y con la cara roja, rebotaba sin parar, gritando:
— ¡Soy una puta anal! ¡Me encanta que me den por el culo! ¡Más fuerte, hijos de puta!
Raúl se paró frente a ella y le metió la verga en la boca mientras ella seguía cabalgando el ano de Tito.
—Dos agujeros llenos otra vez, mamá puta! ¡El orto y la boca! ¡Tu marido debe estar llorando en el trabajo mientras te convierten en una alcantarilla de semen!
La última posición fue la más salvaje: la pusieron de pie, contra la pared del dormitorio, con una pierna levantada. Carlos la penetró anal desde atrás, sosteniéndola en el aire mientras los otros tres la tocaban y le gritaban:
— ¡Tomá por el culo contra la pared como una puta de calle!
— ¡Abre ese orto, zorra tetona! ¡Que te entre hasta los huevos!
— ¡Qué culo más tragón tenés, colorada de mierda! ¡Vas a volver rengueando a cocinarle a tus hijos!
— ¡Sos la peor mamá del barrio! ¡Una hotwife anal que se deja reventar por cuatro viejos feos!
Miranda se corrió gritando, el ano apretando la verga con espasmos, chorros de sus jugos cayendo al piso mientras los albañiles seguían insultándola sin parar.
Desde el armario, Eduardo estaba al borde del delirio, tocándose su pichita chiquita y flácida, oyendo cada grosería y cada embestida brutal contra el culo de su mujer.
Los albañiles estaban desatados. Raúl tenía a Miranda en cuatro sobre la cama matrimonial, su verga gruesa enterrada hasta el fondo en el ano rojo e hinchado de ella. Cada embestida hacía que sus tetas pesadas se balancearan como péndulos.
¡PLAF! ¡PLAF! ¡PLAF!
Las palmadas brutales caían sin parar sobre su culo carnoso y blanco. La mano callosa de Raúl dejaba marcas rojas perfectas en cada nalga.
— ¡Tomá, puta de mierda! ¡Tomá palmadas en ese culo gordo que tu marido besa con amor! —rugía mientras la reventaba anal—. ¡Sos una madre de tres hijos y mirá cómo abrís el orto para cuatro viejos sucios!
Carlos se arrodilló frente a ella, la agarró del pelo pelirrojo y le dio una bofetada fuerte en la cara, haciendo que la cabeza le girara.
¡PAAAFF!
— ¡Mirame a la cara mientras te dan por el culo, zorra casada! —le gritó, y le soltó otra bofetada en la otra mejilla—. ¡Qué diría tu mamá si te viera ahora, eh? ¡La hija perfecta convertida en una alcantarilla anal!
Miranda gemía como loca, el culo ardiendo de las palmadas y el ano estirado al máximo.
— ¡Más fuerte…! ¡Péguenme más…! ¡Soy una mala madre… una mala esposa…!
Tito se acercó por el lado y le dio otra bofetada seca, esta vez más fuerte.
¡PAAAFF!
— ¡Claro que sos una mala madre, hija de puta! ¡Mientras tus hijos están con los abuelos, vos tenés cuatro vergas viejas rompiéndote el orto en la cama matrimonial! ¡Qué ejemplo les das a tus nenas, eh? ¡La mami que se deja tratar como una puta barata!
Jorge se unió a las palmadas, turnándose con Raúl para azotarle el culo sin descanso. Cada golpe sonaba seco y fuerte, haciendo que las nalgas de Miranda rebotaran y se pusieran cada vez más rojas.
¡PLAF! ¡PLAF! ¡PLAF! ¡PLAF!
— ¡Este culo ya no es de tu marido! ¡Este culo ahora es de albañiles! ¡Decilo, zorra! ¡Decí que sos una madre degenerada!
— ¡Soy… una madre degenerada! —gritaba Miranda entre gemidos y lágrimas de placer—. ¡Soy una esposa infiel… una puta anal… me encanta que me degraden…!
Raúl aceleró las embestidas anales, follándola como un animal mientras seguía azotándola.
— ¡Tomá verga por el orto, mamá puta! ¡Mientras tus hijos comen galletitas con la abuela, vos tenés la verga de un viejo feo hasta los huevos en el culo! ¡Qué vergüenza, colorada de mierda!
Carlos le dio otra bofetada fuerte, esta vez dejando los dedos marcados en su mejilla.
¡PAAAFF!
— ¡Mirá cómo te ponés roja la cara de puta! Tu marido te besa esa boca todos los días… y ahora está llena de saliva de albañil y bofetadas. ¡Sos lo peor, Miranda! ¡La peor esposa y la peor madre del barrio!
Miranda se corrió violentamente, el ano apretando la verga de Raúl con espasmos, chorros de sus jugos cayendo sobre la cama mientras gritaba:
— ¡Sí… soy la peor madre… la peor esposa… rómpanme… degradenme más…!
Los cuatro se rieron como hienas, sin dejar de azotarla, cachetearla y follársela por el culo sin piedad.
Desde el armario, Eduardo temblaba entero. Su pichita chiquita y flácida goteaba sin parar mientras veía cómo su mujer era humillada y usada de la forma más baja posible… y nunca había estado más excitado en su vida.
Los albañiles no tenían ninguna intención de parar. Miranda estaba completamente destruida de placer, tirada boca arriba en la cama matrimonial, con las piernas abiertas y temblando. Raúl y Jorge se acomodaron rápido: Raúl se acostó debajo de ella, le clavó la verga gruesa y venosa directo en el ano ya abierto y rojo, y Jorge se puso encima, metiéndole la suya hasta el fondo del coño en un solo empujón brutal.
Doble penetración total.
— ¡Aaaahhh… me están partiendo… dos vergas a la vez…! —gritó Miranda, los ojos en blanco, la boca abierta de puro placer y dolor mezclado.
Raúl, desde abajo, le agarró las tetas con fuerza y empezó a embestir el culo sin misericordia mientras le gritaba al oído:
— ¡Tomá, puta degenerada! ¡Dos vergas rompiéndote los agujeros al mismo tiempo! ¡Sos una esposa de mierda, una madre de tres hijos que se deja llenar como una alcantarilla! ¿Qué pensarían tus nenas si te vieran ahora, eh? ¡La mami que prepara meriendas con el coño y el orto llenos de verga vieja!
Jorge, encima de ella, le dio una bofetada fuerte en la cara y aceleró las embestidas en su coño.
¡PAAAFF!
— ¡Callate y abrí más las piernas, zorra! ¡Mirá cómo te entra todo… tu marido cornudo nunca te va a dar esto! ¡Sos la peor madre del mundo! ¡Mientras tus hijos juegan con los abuelos, vos estás acá siendo una doble puta anal y vaginal!
Tito, el calvo gordito y sudoroso, se arrodilló al lado de la cama, le agarró un pie con sus manos mugrientas y se lo metió entero en la boca. Chupaba los dedos con lujuria asquerosa, lamiendo entre cada uno, mordisqueando la planta suave y blanca mientras gemía:
— ¡Mmm… estos pies de puta fina… tan limpios y suaves… y mirá cómo los estoy babeando un albañil asqueroso! ¡Chupá, mamá puta… mientras te rompen los dos agujeros yo te chupo los piecitos como perra!
Miranda se retorcía entre los tres, completamente llena: coño, ano y pie en boca. Su cuerpo voluptuoso brillaba de sudor, las tetas rebotando salvajemente con cada doble embestida.
— ¡Sí… soy una mala madre… una mala esposa… rómpanme… degradenme más…! —gritaba entre gemidos ahogados, corriéndose otra vez, apretando las dos vergas dentro de ella.
Raúl seguía insultándola sin parar mientras la reventaba anal:
— ¡Decílo más fuerte, puta! ¡Decí que te encanta que te degraden mientras te dan doble verga! ¡Decí que sos una madre que abre el orto y el coño para viejos feos y sucios!
Jorge le dio otra bofetada y escupió en su cara:
— ¡La reina de la casa convertida en una doble penetrada barata! ¡Tu cornudo gordo debe estar llorando de gusto mientras nosotros te usamos como juguete!
Tito seguía chupándole el otro pie ahora, babeando, metiéndose los deditos hasta el fondo de la garganta:
— ¡Estos pies tan bonitos… y yo, un viejo rancio, babeándolos mientras te rompen como puta de alquiler!
Miranda estaba en otro planeta, corriéndose sin parar, el cuerpo sacudido por las embestidas dobles y las palabras más bajas y degradantes que había oído en su vida.
Desde el armario, Eduardo temblaba entero, tocándose su pichita chiquita y flácida que apenas goteaba, oyendo cada insulto, cada palmada, cada gemido de su mujer siendo destruida como la peor esposa y madre… y nunca había sentido tanto placer humillado en su vida.
Los cuatro albañiles estaban al límite. Sacaron sus vergas de los agujeros de Miranda con un sonido húmedo y obsceno, dejando su coño y su ano abiertos, rojos e hinchados, goteando jugos y baba.
—Arrodillate en el medio de la cama, puta —ordenó Raúl con voz ronca—. Vamos a pintarte la cara como la zorra barata que sos.
Miranda, temblando y con las piernas flojas, se arrodilló en el centro de la cama matrimonial, levantó la cara, abrió la boca y sacó la lengua como una perra obediente. Sus tetas enormes brillaban de sudor, el pelo pelirrojo pegado a la frente.
Uno por uno se pajeaban furiosamente alrededor de ella.
Raúl fue el primero. Gruñó como animal y descargó chorros espesos y calientes de semen blanco directamente sobre su cara, cubriéndole la frente, los ojos y la nariz.
—Tomá leche de viejo, mamá puta… para que tu cornudo la lama después.
Carlos siguió, apuntando a su boca abierta:
—Abrí bien, zorra… tragá lo que puedas y el resto en la cara. ¡Qué linda te queda la cara de puta llena de leche!
Tito y Jorge se corrieron casi al mismo tiempo, cubriéndole las mejillas, los labios y hasta el pelo con gruesos hilos de semen espeso y amarillento. La cara de Miranda quedó completamente pintada, chorreando semen por todos lados, goteando desde la barbilla hasta sus tetas.
—Mirá cómo quedó… una verdadera puta facial —se rieron.
Miranda, con los ojos entrecerrados por el semen, sonrió con esa sonrisa hermosa y perversa que tenía incluso cubierta de leche ajena.
—Ahora vengan… denme un beso de despedida, machos.
Uno por uno se acercaron.
Raúl fue el primero. La agarró del pelo pegajoso y le metió la lengua hasta la garganta en un beso profundo, baboso y ruidoso, mezclando su saliva con el semen que le cubría la cara. Se oía el sonido húmedo y asqueroso de lenguas chocando y chupando.
—Qué puta más rica sos, colorada… volvé cuando quieras que te reventemos de nuevo.
Carlos la besó después, más violento, mordiéndole el labio inferior lleno de semen mientras le decía:
—Sos la peor esposa y la peor madre del barrio… y por eso nos encanta cogerte.
Tito la besó largo y baboso, chupándole la lengua y lamiéndole el semen de la mejilla:
—Gracias por abrirnos el orto y el coño, mamá degenerada… la próxima te traemos más amigos.
Jorge fue el último, metiéndole la lengua hasta casi ahogarla y escupiéndole en la boca antes de separarse:
—Andá a lavarte la cara de puta… o mejor dejátela así para que tu cornudo te vea bien usada.
Miranda se despidió de cada uno con esos besos de lengua profundos, ruidosos y salivosos que se oían perfectamente desde el armario: el sonido húmedo de bocas chupando, lenguas enredadas y gemidos bajos.
Eduardo, escondido en la oscuridad, escuchaba todo con la pichita chiquita goteando sin parar: cada beso baboso, cada chasquido de saliva, cada palabra chancha que le decían a su mujer antes de irse.
Cuando la puerta de entrada se cerró y la casa quedó en silencio, Miranda se quedó de rodillas en la cama, la cara completamente cubierta de semen espeso, chorreando por todas partes, y murmuró con voz ronca y satisfecha:
—Cornudito… ya se fueron… podés salir.
Desde el armario se oyó el sonido de la puerta abriéndose despacio.

La puerta del armario se abrió despacio con un leve crujido. Eduardo salió temblando, con la cara roja, los ojos brillantes de lágrimas de emoción y la pichita chiquita todavía goteando dentro de los pantalones. Miró a Miranda arrodillada en la cama matrimonial: completamente desnuda, el cuerpo voluptuoso cubierto de sudor y marcas rojas de manos callosas, la cara y las tetas pintadas de gruesos chorros de semen espeso que le chorreaban por las mejillas, los labios y la barbilla.
Se acercó despacio, casi con reverencia, y se arrodilló frente a ella en la cama.
—Mi amor… mi reina… mi vida entera… —susurró con la voz rota de emoción.
La abrazó fuerte, pegando su cuerpo gordo y blando contra el de ella, sin importarle el semen que se le pegaba a la camisa. La envolvió con sus brazos y la apretó contra su pecho como si quisiera fundirse con ella.
Miranda suspiró feliz y lo abrazó también, hundiendo la cara semenada en su cuello.
Eduardo empezó a cubrirla de besos: besos suaves, tiernos y desesperados. Le besó la frente manchada de leche, los párpados, las mejillas pegajosas, la nariz, los labios hinchados y llenos de semen ajeno. La besaba sin asco, con amor absoluto, lamiendo suavemente algunos hilos de semen mientras la besaba.
—Te amo… te amo tanto, Miranda… —murmuraba entre beso y beso—. Sos la mujer más hermosa del mundo, mi diosa pelirroja, mi puta perfecta, mi reina sucia y adorada.
La besó en la boca profundamente, saboreando el semen de los cuatro albañiles mezclado con su saliva, sin dejar de abrazarla fuerte.
—Disfruté cada segundo, amor mío… cada embestida, cada grito, cada palmada, cada grosería que te decían… verte tan abierta, tan entregada, tan feliz siendo su puta… me volviste loco de amor y de morbo. Sos tan valiente, tan sexy, tan mía…
Le besó el cuello, las tetas cubiertas de semen, lamiendo despacio mientras seguía hablando con la voz llena de ternura:
—Te amo por ser la mamá perfecta de nuestros hijos… y te amo aún más por ser esta zorra insaciable que se deja romper por machos sucios. Sos mi todo, Miranda. Mi esposa, mi amante, mi puta, mi mejor amiga, mi razón de vivir. Nadie me hace sentir lo que vos me hacés sentir… nadie.
La abrazó más fuerte todavía, meciéndola suavemente en sus brazos, besándole el pelo pegajoso.
—Gracias por dejarme mirar… gracias por ser tan honesta, tan libre, tan mía. Aunque te usen como a una puta barata, siempre vas a ser mi reina. Mi diosa. La mujer que más amo en este mundo. Te amo, te amo, te amo… mil veces te amo.
Miranda, con los ojos húmedos de emoción y placer, le acariciaba la cabeza calva mientras él seguía besándola y abrazándola sin parar.
—Mi cornudito hermoso… —susurró ella con voz ronca y llena de amor.
Eduardo levantó la cara, la miró a los ojos verdes y le dijo con total devoción:
—Sos la mujer de mi vida, Miranda. Y hoy… hoy fuiste más mía que nunca.
Se quedaron así, abrazados y besándose despacio en medio de la cama revuelta, rodeados del olor a sexo y semen ajeno, pero envueltos en un amor inmenso y profundo.
Eduardo seguía abrazándola fuerte, besándola con devoción por toda la cara cubierta de semen, cuando Miranda le agarró la cabeza calva con ambas manos y lo miró a los ojos con esa sonrisa hermosa y perversa que lo volvía loco.
—Ahora sí, mi cornudito hermoso… —le susurró con voz ronca y cargada de lujuria—. Quiero que me limpies el coño. Está lleno de leche de los cuatro albañiles… todavía caliente, espesa, chorreando de mi concha recién follada. Andá… arrodillate y chupá todo hasta dejarlo brillante y limpio.
Eduardo gimió bajito, el cuerpo temblando de excitación humillada. Se bajó de la cama, se arrodilló entre las piernas abiertas de su mujer y acercó la cara a su coño hinchado, rojo y completamente embadurnado de semen blanco y cremoso que salía lento de entre sus labios abiertos.
Miranda le acarició la cabeza con ternura mientras él sacaba la lengua y empezaba a lamer despacio, recogiendo los primeros hilos espesos.
—Mmm… así, mi amor… chupá… chupá todo ese semen ajeno que me dejaron adentro —gemía ella bajito—. Sos mi cornudito chupa-semen favorito… mirá cómo lamés con esa lengua torpe y obediente todo lo que otros machos me descargaron en el coño.
Eduardo metió la lengua más profundo, haciendo ruidos húmedos y obscenos mientras tragaba la mezcla caliente de semen y jugos de Miranda. Levantó la vista un segundo, con los labios brillantes y pegajosos.
—Te amo tanto… —murmuró antes de volver a hundir la cara.
Miranda sonrió y le apretó la cabeza contra su concha.
—Decime, cornudito… ¿te gusta el sabor de la leche de cuatro albañiles viejos en el coño de tu mujer? ¿Te encanta ser mi chupa-semen personal?
Eduardo levantó la cara un instante, jadeando:
—Sí, amor… me encanta… sabe a macho, a verga sucia… y saber que es de ellos me pone la pichita chiquita tan dura como puedo…
Miranda se rió ronca y le empujó la cabeza de nuevo.
—Seguí chupando, cornudito… no pares. Sos un cornudito chupa-semen de verdad… un marido que no puede follarme como un macho pero sí puede limpiar lo que otros me dejan. ¿Sabés cuánto me calienta eso? Me moja más que las vergas que me rompieron hoy… verte ahí, lamiendo obediente, tragando semen ajeno mientras me mirás con ojos de amor.
Eduardo gemía contra su coño, lamiendo más rápido, metiendo la lengua hasta el fondo, succionando los restos espesos que aún salían.
—Contame más, amor… decime qué soy… —suplicó con la voz ahogada.
—Sos mi cornudito chupa-leche… mi limpiador de conchas folladas… el marido que me adora mientras me convierto en puta para otros. Me encanta que seas así de patético y amoroso al mismo tiempo. Mientras yo gritaba que me rompieran el orto y el coño, vos estabas en el armario tocándote esa pichita flácida que ni se para… y ahora estás acá, comiéndote toda la evidencia como un buen cornudito.
Eduardo temblaba, lamiendo con más ganas, pasando la lengua por cada pliegue, limpiando hasta el último hilo de semen.
—Te amo por ser así… —susurró él entre lamidas—. Te amo por dejarme ser tu cornudo chupa-semen…
Miranda arqueó la espalda y gimió de placer al sentir la lengua de su marido limpiándola tan devotamente.
—Y yo te amo por eso, mi vida… por ser el único que puede quererme tanto después de verme convertida en una alcantarilla de semen. Seguí chupando, cornudito… meté la lengua bien adentro y sacá todo lo que me dejaron esos machos. Después vas a limpiarme el culo también… y me vas a besar con la boca llena de su leche para que yo pruebe lo que me hicieron.
Eduardo solo pudo gemir un “sí, amor mío…” antes de hundir la cara otra vez, chupando con devoción absoluta mientras Miranda le seguía hablando sucio y cariñoso al mismo tiempo, acariciándole la cabeza como a un perro fiel.
La charla siguió larga, llena de palabras de amor pervertido, mientras él limpiaba cada gota de su coño recién usado.
Eduardo levantó la cara de entre las piernas de Miranda, con los labios y la barbilla brillantes y cubiertos de semen espeso. La miró con ojos llenos de amor y devoción absoluta.
—Ahora te limpio el culo también, mi amor… —susurró con voz ronca.
Miranda se dio vuelta despacio, se puso en cuatro sobre la cama y abrió bien las nalgas con ambas manos, mostrándole el ano rojo, hinchado y todavía goteando semen de los cuatro albañiles.
—Vení, cornudito… meté la lengua bien adentro. Chupá todo lo que me dejaron en el orto.
Eduardo se acercó como en trance, le separó las nalgas con ternura y hundió la cara entre ellas. Su lengua empezó a lamer despacio el ano abierto, recogiendo los hilos espesos de semen que salían de su interior. Hacía ruidos húmedos y obscenos mientras chupaba, tragando todo con devoción.
—Mmm… sí, así… limpiame el culo lleno de leche ajena, mi amor —gemía Miranda, empujando el culo contra su cara—. Sos un cornudito tan obediente… chupando el semen que me dejaron en el orto mientras yo gemía como una puta.
Eduardo metió la lengua lo más profundo que pudo, succionando, lamiendo cada pliegue, tragando los restos calientes y espesos. Cuando tuvo la boca completamente llena de semen (mezcla del coño y del culo), se incorporó, la tomó suavemente de la cintura y la hizo girar para quedar frente a frente.
Miranda lo miró con esa sonrisa hermosa y perversa, todavía con semen seco en las mejillas.
—Besame, cornudito… besame con la boca llena de lo que me dejaron esos machos.
Eduardo se acercó y le dio un beso profundo, largo y baboso. Abrió la boca y dejó que todo el semen que acababa de chupar de su coño y su culo se mezclara entre sus lenguas. El beso era lento, húmedo, sucio y lleno de amor. Se besaban con pasión, intercambiando la leche espesa de los albañiles, tragando un poco cada uno mientras gemían en la boca del otro.
Cuando se separaron un segundo, con hilos de semen conectando sus labios, Miranda le acarició la cara y le dijo bajito:
—Me encanta esto, Eduardo… me encanta que en la calle y delante de todos sea la esposa perfecta, la mamá ejemplar, la que sonríe en las reuniones del colegio y organiza todo en casa. Pero cuando cerramos la puerta… me convierta en esta puta sucia, esta hotwife que abre el coño y el orto para machos rudos y asquerosos. Ese contraste me moja como nada.
Eduardo la besó otra vez, corto pero intenso, y le respondió con la voz temblorosa de excitación:
—Y a mí me vuelve loco, amor mío… verte ser la mujer perfecta para el mundo, tan elegante, tan buena madre, tan respetada… y saber que en casa sos mi zorra personal, la que se deja llenar de verga y semen por cuatro albañiles viejos mientras yo miro escondido. Ese secreto nuestro me calienta tanto… me hace sentir que sos solo mía de una forma que nadie más entiende.
Miranda lo abrazó fuerte, pegando su cuerpo semenado al de él.
—Exacto, mi cornudito… afuera soy la señora Miranda, la esposa ideal. Adentro soy tu puta anal, tu mamá degenerada que se deja degradar y romper. Y eso nos pone a los dos como locos, ¿verdad? A mí me excita saber que vos me ves convertida en lo más bajo y aun así me amás más. Y a vos te encanta ser el marido que me permite ser libre, que me limpia después y que me besa con la boca llena de semen ajeno.
Eduardo asintió, besándola de nuevo, compartiendo más semen entre sus bocas.
—Me calienta tanto… tanto… Saber que mientras la gente te saluda y te dice “qué familia linda tienen”, yo sé que hace unas horas estabas gritando que te rompieran el orto y tragando verga de desconocidos. Ese doble vida nuestro es lo que más me excita del mundo. Te amo por ser perfecta afuera… y te amo mil veces más por ser tan puta y tan mía adentro.
Miranda sonrió contra sus labios, lamiéndole un hilo de semen que le colgaba de la barbilla.
—Y yo te amo por aceptarme así, por disfrutarlo tanto, por ser mi cornudito chupa-semen perfecto. Este es nuestro secreto más rico… y lo vamos a seguir viviendo siempre.
Se quedaron besándose largo rato, abrazados, compartiendo el sabor sucio y el amor más puro, mientras la cama seguía oliendo a la gangbang que acababa de terminar.
EN EL SIGUIENTE CAPITULO MIRANDA TIENE UNS SOPRESA PARA EDUARDO QUE CAMBIARA SU MATRIMONIO
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