La habitación en llamas.
El aire pesa. La luz amarilla cae sobre la cama deshecha y me cubre como una advertencia.
Poso, pero ya no estoy actuando.
Estoy expuesta.

Él no habla mucho. No necesita hacerlo. Cuando baja la cámara y se acerca, el espacio entre nosotros desaparece de golpe. Ya no es el fotógrafo que observa; es un hombre que invade.
Su mano vuelve a mi cadera, esta vez sin suavidad. Sus dedos se hunden en mi piel, firmes, marcando territorio. Me arrastra apenas hacia el borde de la cama. Siento el roce de su cuerpo contra el mío, el calor atravesando la tela mínima que nos separa.
Respiro más profundo.
Click.

Pero el disparo suena lejos. Lo real ocurre cuando deja la cámara colgando y sus manos suben por mis muslos con decisión. No es una exploración tímida. Es un avance directo. Me separa un poco más las piernas con sus dedos y su mirada baja, lenta, intensa, me recorre como si estuviera memorizando cada centímetro.
—Así —dice.
No me muevo.

Él se inclina sobre mí. Su torso roza el mío. Siento la presión firme de su cuerpo entre mis piernas. No es casual. Es deliberado. Me obliga a sentirlo. A reconocerlo.
Mi espalda se arquea sola.
Sus dedos suben por mi abdomen, pero esta vez no se detienen con cuidado; aprietan, recorren, reclaman. Cuando alcanzan mi pecho, no solo corrigen la pose: lo sostienen, lo presionan, lo moldean para la imagen… y para él.
Click.

Su boca no me besa. Se detiene a milímetros de mi piel, lo suficiente para que su respiración caliente me erice. El contacto es mínimo, pero la tensión es brutal.
Yo sostengo su mirada.
Deslizo una pierna alrededor de su cintura sin que lo ordene.

Lo siento tensarse. Esa reacción me enciende. No soy solo la que recibe. También provoco.
Él responde acercándose más, atrapándome entre su cuerpo y el colchón. Sus manos bajan con menos paciencia, más necesidad.

Me gira apenas, cambia el ángulo de mi pelvis, pero esta vez no parece pensar en la cámara. Parece pensar en el impulso.
Click.

La cámara cuelga olvidada.
Su mano sube por mi cuello y me sostiene allí, firme pero sin violencia. Mi pulso late contra sus dedos. Sabe que lo siento. Sabe que no me aparto.

La sesión dejó de ser una sesión.
Es un intercambio crudo. Cargado. Físico.
Y cada vez que se acerca, ya no lo hace para acomodar una pose.
Lo hace para incendiarla.
0 comentarios - Sole sesión II Saturada del Rock