18:00
Después de un día pesado por fin estoy en casa. Cierro la puerta, dejo el bolso caer y me quito el sostén. Me pongo una blusa floja, de esas que apenas rozan los pezones cuando camino, y unos shorts cortitos que apenas cubren la tanga.
Abro un poco la ventana. La luz naranja del atardecer entra despacio y se mezcla con el aire tibio.
Me siento en el escritorio.
Prendo la compu.
Desbloqueo el celular.
Empiezo a explorar, responder, leer. Algunos saludos, otros mensajes más íntimos. Yo contesto tranquila, pero sé perfectamente lo que estoy haciendo. Me gusta calentar de a poco.
Mientras escribo, mi blusa se mueve con mi respiración. Mis pezones empiezan a marcarse sin que me dé cuenta. Paso la lengua por mis labios, leo algo que me hace sonreír y siento ese calorcito familiar entre las piernas.
Cruzo una pierna sobre la otra.
Mi mano descansa en mi muslo.
Sube un poco.
Han pasado unos minutos y ya estoy más metida en el juego. Sigo escribiendo, provocando, soltando frases que sé que van a dejar a alguien imaginando muchas cosas. A veces me gusta escribir relatos, como ahora. Me mete en el mood. Me enciende.
Recuerdo lo que dejé a medias en la mañana.
Ahora me doy más tiempo. Mi mano se mueve. Mis dedos suben, se detienen, regresan. Mi respiración cambia apenas. Me enfoco también en mis pezones, apretándolos suave por encima de la tela, sintiendo cómo se ponen más duros.
Soy buena calentando.
Soy buena poniéndolos duros.
Y sí… a veces soy injusta.
Porque los dejo a medias.
Porque desaparezco cuando sé que ya están al borde.
Porque muchas veces termino mi “trabajo” empapada y satisfecha… antes que ustedes.
Me reclino en la silla, cierro los ojos un momento y dejo que el placer termine de subir. No hago ruido. Solo respiro más fuerte. Mis dedos se mueven con más ritmo.
Y cuando llega…
me quedo quieta unos segundos, con el corazón acelerado.
Después me acomodo la ropa como si nada hubiera pasado. Miro la pantalla. Algunos siguen escribiendo. Otros preguntan si sigo ahí.
Sonrío.
Perdón, cariño…
es solo que me vine antes.
No suelo dar las buenas noches.
Quizás un par de besos aquí y allá.
Y mañana, a las 6:00, volverá a empezar.
Después de un día pesado por fin estoy en casa. Cierro la puerta, dejo el bolso caer y me quito el sostén. Me pongo una blusa floja, de esas que apenas rozan los pezones cuando camino, y unos shorts cortitos que apenas cubren la tanga.
Abro un poco la ventana. La luz naranja del atardecer entra despacio y se mezcla con el aire tibio.
Me siento en el escritorio.
Prendo la compu.
Desbloqueo el celular.
Empiezo a explorar, responder, leer. Algunos saludos, otros mensajes más íntimos. Yo contesto tranquila, pero sé perfectamente lo que estoy haciendo. Me gusta calentar de a poco.
Mientras escribo, mi blusa se mueve con mi respiración. Mis pezones empiezan a marcarse sin que me dé cuenta. Paso la lengua por mis labios, leo algo que me hace sonreír y siento ese calorcito familiar entre las piernas.
Cruzo una pierna sobre la otra.
Mi mano descansa en mi muslo.
Sube un poco.
Han pasado unos minutos y ya estoy más metida en el juego. Sigo escribiendo, provocando, soltando frases que sé que van a dejar a alguien imaginando muchas cosas. A veces me gusta escribir relatos, como ahora. Me mete en el mood. Me enciende.
Recuerdo lo que dejé a medias en la mañana.
Ahora me doy más tiempo. Mi mano se mueve. Mis dedos suben, se detienen, regresan. Mi respiración cambia apenas. Me enfoco también en mis pezones, apretándolos suave por encima de la tela, sintiendo cómo se ponen más duros.
Soy buena calentando.
Soy buena poniéndolos duros.
Y sí… a veces soy injusta.
Porque los dejo a medias.
Porque desaparezco cuando sé que ya están al borde.
Porque muchas veces termino mi “trabajo” empapada y satisfecha… antes que ustedes.
Me reclino en la silla, cierro los ojos un momento y dejo que el placer termine de subir. No hago ruido. Solo respiro más fuerte. Mis dedos se mueven con más ritmo.
Y cuando llega…
me quedo quieta unos segundos, con el corazón acelerado.
Después me acomodo la ropa como si nada hubiera pasado. Miro la pantalla. Algunos siguen escribiendo. Otros preguntan si sigo ahí.
Sonrío.
Perdón, cariño…
es solo que me vine antes.
No suelo dar las buenas noches.
Quizás un par de besos aquí y allá.
Y mañana, a las 6:00, volverá a empezar.
2 comentarios - Rutina 2 - Vale