La habitación estaba apenas iluminada, suficiente para dibujar las siluetas sin revelar cada detalle. Ella estaba sobre él, las rodillas a cada lado de su cuerpo, el cabello cayéndole por la espalda como una cortina oscura.
Se movía despacio al principio, probando el ritmo, sintiendo cómo encajaban. Sus manos descansaban en el pecho de él, luego bajaban por sus hombros, marcando el compás. Cada descenso era más decidido que el anterior, cada subida más lenta, como si disfrutara del control absoluto del momento.
No hablaba. Solo respiraba más fuerte. Sus labios entreabiertos dejaban escapar pequeños sonidos que no eran palabras, pero decían todo. Cerraba los ojos cuando bajaba, los abría cuando subía, buscando su mirada para confirmar que lo tenía exactamente donde quería.
El movimiento se volvió más firme. Sus caderas marcaban el ritmo con seguridad, con una cadencia que no pedía permiso. Él la sostenía por la cintura, pero era claro que el impulso venía de ella. Ella guiaba. Ella decidía cuánto, cómo, cuándo.
Se inclinó hacia adelante, dejando que su cabello rozara el pecho de él, y aceleró. El aire se llenó de respiraciones agitadas y del sonido rítmico de sus cuerpos encontrándose. No había prisa, pero tampoco contención.
Cuando cambió el ángulo apenas un poco, notó la reacción inmediata en él.
Sonrió. Le gustaba saber que podía provocar eso. Sus movimientos se volvieron más intensos, más profundos, hasta que su cuerpo entero empezó a temblar con cada embestida que ella misma generaba.
En ese instante no existía nada más que el vaivén constante, la sensación compartida, la certeza de que era ella quien llevaba el control.
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