
Besos que Queman
Elizabeth tenía 20 años y vivía en una pequeña ciudad. Marlene, de 19, estaba en una población vecina, a poco más de una hora en bus. Llevaban casi cinco meses hablando casi todos los días: primero por comentarios en reels de Instagram, luego por mensajes privados, después por audios eternos en WhatsApp y, finalmente, por videollamadas que cada vez duraban más y se ponían más subidas de tono.
Las dos sabían que se gustaban. Mucho. Las fotos que se mandaban ya no eran solo selfies sonrientes: empezaron a llegar escotes profundos, fotos en ropa interior, videos cortos moviendo las caderas al ritmo de alguna canción lenta. “Cuando nos veamos de verdad no vamos a durar ni cinco minutos sin tocarnos”, le escribió Marlene una madrugada. Elizabeth solo respondió con un emoji de fuego y un “ven ya”.
El día llegó un sábado por la tarde. Elizabeth se subió al bus con un vestido rosa palo ceñido, el mismo que Marlene le había dicho mil veces que le volvía loca. Llevaba el pelo recogido con una diadema de florecitas blancas que Marlene le había pedido que usara “para reconocerte de lejos”. El corazón le latía en la garganta todo el viaje.
Se encontraron en un bar pequeño y medio escondido en el centro, de esos que tienen mesas altas y luz bajita. Marlene ya estaba ahí, sentada en una mesa del fondo, con una blusa negra de rayas blancas con aberturas en el pecho y una falda jean corta. Cuando Elizabeth entró, Marlene se levantó de golpe y se le escapó una sonrisa enorme. Se dieron un abrazo largo, de esos que empiezan inocentes y terminan con las manos deslizándose por la cintura y la espalda baja.
—Estás más rica en persona —le susurró Marlene al oído.
—Y tú hueles rico —respondió Elizabeth, oliendo el cuello de Marlene mientras le rozaba la oreja con los labios.
Pidieron dos cervezas, pero apenas hablaron. Las miradas lo decían todo. Las rodillas se tocaban por debajo de la mesa. Los pies descalzos(Marlene se había quitado los tenis) empezaron a subir por las pantorrillas dela otra. Cuando Elizabeth sintió los dedos de Marlene acariciándole por dentro del muslo, soltó un suspiro que se escuchó clarito.
—No aguanto más —dijo Marlene, casi suplicando—. Vamos a un hotel. Ya.
Pagaron rápido y salieron tomadas de la mano. A tres cuadras había uno discreto, de esos de paso, con entrada por garaje para que nadie vea las caras. Subieron a la habitación 204 sin decir casi nada en recepción.
Apenas cerraron la puerta, se besaron con hambre. Lenguas enredadas, dientes chocando un poco, gemidos que se comían entre la boca. Elizabeth le bajó el cierre de la blusa a Marlene mientras esta le subía el vestido rosa hasta la cintura. Las manos fueron directo a los pechos. Marlene tenía los pezones duros y grandes; Elizabeth los pellizcó suave y luego los chupó con fuerza, haciendo que Marlene soltara un “ay, mierda, sí…” bien largo.
Se quitaron la ropa como si quemara. Quedaron en calzones y nada más. Marlene empujó a Elizabeth contra la cama y se subió encima. Le besó el cuello, bajó por los pechos, le lamió el ombligo y siguió bajando hasta llegar al calzón blanco de encaje. Lo apartó con los dedos y se quedó mirando un segundo la concha de Elizabeth: depilada, hinchada, brillante de lo mojada que estaba.
—Dios, qué rica te ves —murmuró Marlene antes de meter la lengua.
Elizabeth arqueó la espalda y agarró las sábanas. Marlene lamía despacio al principio, subiendo y bajando por los labios, deteniéndose en el clítoris con movimientos circulares. Luego metió dos dedos y empezó a bombear mientras chupaba más fuerte. Elizabeth gemía sin control, moviendo las caderas contra la boca de Marlene.
—Así… no pares… me voy a venir… —jadeaba.
Y se vino. Fuerte. Las piernas le temblaron, apretó los muslos contra la cabeza de Marlene y soltó un grito ahogado que terminó en risita nerviosa.
Marlene subió gateando hasta quedar cara a cara, con la boca brillante.
—Ahora te toca a ti —le dijo con una sonrisa pícara.
Elizabeth no se hizo rogar. La puso boca arriba, le abrió las piernas y se hundió entre ellas. Marlene tenía vello corto, bien recortado, y olía a deseo puro. Elizabeth le lamió los labios grandes y carnosos, metió la lengua lo más adentro que pudo y después se concentró en el clítoris, chupándolo como si fuera un dulce. Marlene se retorcía, le jalaba el pelo, le clavaba las uñas en los hombros.
—Elizabeth… méteme los dedos… por favor…
Elizabeth metió tres de una vez. Marlene estaba tan mojada que entraron sin resistencia. Los movió rápido, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que hacía que Marlene gritara. No tardó mucho. Marlene se arqueó entera, soltó un “¡me vengo, me vengo, mierdaaa!” y se corrió temblando, apretando los dedos de Elizabeth con la concha.
Se quedaron abrazadas un rato, respirando agitadas, riéndose bajito de lo intensas que habían sido. Pero no habían terminado.
Marlene se puso de rodillas en la cama.
—Quiero que me cojas así —dijo, poniéndose en cuatro.
Elizabeth se colocó detrás, le abrió las nalgas con las manos y empezó a frotar su concha contra la de Marlene, clítoris contra clítoris, en un vaivén lento y resbaloso. Las dos gemían al mismo tiempo. Elizabeth se inclinó, le mordió el hombro y metió una mano por delante para frotarle el clítoris mientras seguían restregándose.
—Más rápido… —pidió Marlene.
Elizabeth aceleró. El sonido húmedo de sus conchas chocando llenaba la habitación. Las dos estaban sudadas, el pelo pegado a la cara. Marlene se vino otra vez, esta vez gritando el nombre de Elizabeth. Ella la siguió segundos después, apretando los dientes y cayendo sobre la espalda de Marlene, las dos temblando.
Se desplomaron en la cama, abrazadas, con las piernas enredadas y las respiraciones todavía entrecortadas.
—¿Seguimos hablando por WhatsApp cuando vuelvas? —preguntó Marlene con voz ronca.
Elizabeth le dio un beso lento en los labios.
—Ahora vamos a hablar todos los días… y a vernos cada fin de semana.
Marlene sonrió.
—Trato hecho.
Y volvieron a besarse, sabiendo que esa tarde era solo el comienzo.
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