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Desenfreno en la penumbra (una historia de Sole)



La oscuridad de la habitación no era un vacío, sino una presencia física que envolvía su cuerpo desnudo como una caricia de terciopelo. Recostada de lado sobre el suelo , sentía el frío del material filtrándose en sus poros, un contraste violento y necesario para el fuego que le quemaba las entrañas. La espera se había transformado en una tortura exquisita, un juego de sombras donde cada minuto pesaba como una eternidad de deseo contenido.



Sus dedos, movidos por una impaciencia eléctrica, recorrían el arco de su propia cadera, descendiendo por el muslo y ascendiendo de nuevo hacia su vientre, que subía y bajaba en una respiración agitada. En la penumbra absoluta, ella era un faro de piel pálida y curvas sinuosas, un altar de carne dispuesto para el sacrificio de la pasión. Sabía que él estaba cerca; podía casi oler el aroma de su llegada, imaginar el sonido de la llave girando en la cerradura.


Desenfreno en la penumbra (una historia de Sole)



Cada centímetro de su piel clamaba por el contacto, por el momento en que esas sombras se disiparan ante el calor de otro cuerpo. Se sentía expuesta y poderosa a la vez, una invitación abierta y sin reservas en el silencio de la noche. Cuando finalmente escuchó el eco de unos pasos al otro lado de la puerta, un escalofrío recorrió su columna. No se movió. Permaneció allí, ofreciéndose a la oscuridad, con los labios entreabiertos y la mirada clavada en el umbral, lista para que el hambre que le recorría cada fibra fuera, por fin, saciada.

El contacto fue eléctrico. Él la levanto del suelo que solo encendió más su hambre, estampando su cuerpo desnudo contra la pared fría. 


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Sus labios la devoraban, recorriendo su columna con besos húmedos y mordiscos que la hacían estremecer, mientras sus manos, grandes y ásperas, bajaban sin rodeos desde sus caderas hacia su entrepierna, reclamando cada rincón de su sexo con una urgencia animal. Ella se dejó hacer, con los dedos clavados en la pared, abierta y dispuesta a ser utilizada, deseando sentir toda la potencia carnal de él poseyéndola sin restricciones en medio de las sombras.

El impacto de su cuerpo contra el de ella fue total. Sin mediar palabra, él la penetró con una desesperación que la dejó sin aliento, hundiéndose profundamente mientras sus manos grandes y firmes rodeaban sus senos, apretándolos con agresiva ansiedad. 




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Contra la pared, ella sentía la presión de cada movimiento, una invasión carnal que reclamaba su cuerpo por completo. Los gemidos de ella se mezclaban con el sonido rítmico de la pasión en la penumbra, entregada a esa sensación de ser poseída con una intensidad que borraba todo lo demás, sintiendo cómo él la utilizaba con una brutalidad que no conocía límites.

Él la levantó con una fuerza bruta, abriéndola de piernas. Ella, suspendida en el aire, sentía cómo él se la hundía profundamente en su vagina, golpeándola con una violencia que la hacía delirar. 


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Era su juguete sexual, siendo reclamada una y otra vez mientras él ingresaba hasta el fondo, disfrutando del impacto rítmico que la sacudía por completo. En la penumbra, sus gemidos se mezclaban con el sonido del sexo crudo, entregada totalmente a la sensación de éxtasis y dolor.

Sin previo aviso, él la forzó a ponerse boca abajo contra el suelo frío, rompiendo el ritmo anterior con una nueva oleada de energía dominante. Ella, con las manos firmemente apoyadas en la loza, empujaba hacia arriba, ofreciendo su culo en una entrega total mientras sentía cómo él la penetraba de nuevo con una fuerza renovada. Con los ojos cerrados con fuerza, ella disfrutaba cada embestida, una sensación punzante que se mezclaba con el placer más crudo en la penumbra. Se dejaba usar sin piedad, entregada al ritmo salvaje de ese poderoso miembro   que la reclamaba por detrás, sacudiendo todo su cuerpo en la oscuridad.


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Él la obligó a hincarse de rodillas frente a él, con un gesto firme que no admitía réplica. Sujetándola con fuerza del cabello, guió su cabeza para que succionara profundamente el ardiente falo, reclamando su boca como el último altar de esa noche. Ella se entregó sin reservas, sintiendo la dureza y el calor hasta que el momento del estallido llegó. 


Desenfreno en la penumbra (una historia de Sole)



Él explotó a mares, llenando su boca y cubriendo su cuerpo con chorros de semen cálido que brillaban sobre su piel en la oscuridad. 


El silencio regresó a la habitación tan rápido como se había ido, pero el aire aún vibraba con el eco de los gemidos y el olor a sexo crudo. Ella quedó tendida sobre el suelo. Su piel, antes fría, ahora ardía y brillaba, cubierta por los rastros blancos y cálidos del semen que empezaba a secarse, un recordatorio viscoso de la tormenta que acababa de atravesar.


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Había sido utilizada, poseída y vaciada, y en esa soledad oscura encontraba una paz absoluta. Cerró los ojos, disfrutando de la sensación del fluido recorriendo su cuerpo, entregada al recuerdo de la pasión  que la había hecho suya hasta el cansancio.



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