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Obsesionado con el Culo de Mamá 3

Cada paso que me alejaba de ella pesaba más, y para cuando cerré la puerta, su imagen ya se había instalado en mi cabeza con claridad obsesiva. Intenté hacer tareas, pero fue inútil; la lujuria volvía a crecer como si no hubiera eyaculado dos veces ese mismo día. Con ella llegó el temor a tener que mentirle otra vez, y esa ansiedad me hacía desear volver: la extrañaba. No habían pasado ni diez minutos, así que hice un trato conmigo mismo: bajaría por agua; si seguía al teléfono, esperaría, y si había colgado, le rogaría que retomáramos lo nuestro.

Bajé con sigilo, pisando donde las tablas no crujieran. Desde la cocina llegaba el rumor de su conversación; llené un vaso y me aposté fuera de su vista para escuchar.

-Podría colgar en cualquier momento- pensé -Esperaré un minuto. Solo un minuto, a ver si termina.-
Ese fue el primer trato, roto casi de inmediato y reemplazado por otro, igual de endeble.

Allí permanecí, inmóvil en el umbral de la cocina, bebiendo agua a sorbos lentos mientras su voz llegaba hasta mí, clara pero fragmentada. Hablaba en ese tono íntimo y confidencial que solo usaba con su hermana Linda.

—Todo va más rápido de lo que esperábamos, Lin —decía mamá, y entonces bajó la voz, obligándome a aguzar el oído—. ¿Lo has visto? ¡Lin, ya me ha tocado!… Lo sé. ¡Está obsesionado!

El agua se me atragantó. ¿Están hablando de mí?. ¿Mi tia Linda sabe? Un escalofrío me recorrió la espalda, pero no era solo miedo; había también una curiosidad mórbida, una necesidad de saber hasta dónde llegaba el secreto. Mamá siempre había sido muy cercana a su hermana, pero jamás imaginé que lo fuera hasta este punto.

Su voz continuó, tejiendo una realidad que desconocía: —Fue incómodo al principio, pero lo estamos superando rápido. No pensé que se atrevería hoy, ni que yo estaría tan receptiva. Es estresante, pero emocionante.

¿Receptiva? ¿Emocionante? Las palabras rebotaban en mi cabeza. ¿Entonces ella también quería?

Mamá se rió: —No sospecha nada. Pensé que fingiría nervios, ¡pero los tengo de verdad! Le tiemblan las manos y se le pone... ya sabes. Es adorable. Qué suerte.

Apoyé la espalda contra la pared, procesando lo oído. Mi mundo se resquebrajaba: no solo mamá sabía, sino que ella y Linda lo habían planeado. Yo era su paciente... o su conejillo de indias.

Oí otra frase y mi estómago dio un vuelco: —Es más grande de lo que pensabas, así que me debes veinte... ¡Tacaña!

Me moví y una tabla crujió. El tiempo se detuvo. Silencio absoluto.

—¿Lin? —dijo tensa—. Tengo que ir a ver qué pasa.

Me tapé la boca, intentando silenciar mi respiración.

—¿Cariño? —gritó desde la cocina—. ¿Eres tú?

Subí escaleras con el corazón martilleándome en los oídos. Me arrojé en la cama, pero el pánico no cesó. Entonces oí pasos acercándose. Cada pisada era un martillazo en mi pecho; las náuseas me retorcían mientras la oscuridad amenazaba con cerrarse.
Una sombra se detuvo bajo la puerta.
—¿Cristóbal? ¿Estás ahí?
—¡Ajá! —mi voz se rompió.
—¿Puedo entrar?
—¡Sí!
Entró y su rostro asomó. El pánico se transformó en otra tensión, casi placentera.
—Hola, cariño. ¿Estás bien?
—¡Sí! —respondí demasiado rápido—. ¿Qué pasa?
Se apoyó contra la cama.
—Nada. Terminé con Linda, me voy a duchar.
—Ah, genial.
Me escrutaba con curiosidad detectivesca y esa sonrisa pícara que conocía: mitad investigadora, mitad seductora.
—¿Has estado aquí todo el tiempo?
Asentí con vehemencia.
—¡Sí! Hablando por teléfono.
Silencio. Supe que no me creía, pero sus palabras fueron neutrales.
—¿Necesitas el baño?
Negué.
—Todo tuyo.
Salió y me lanzó un beso, un gesto tan maternal como cargado de complicidad. La puerta se cerró. Deseé haber instalado una cámara en el baño. Necesitaba verla.

El agua se detuvo. Me pegué a la puerta, escuchando: la cortina, el goteo, el silencio. Minutos después, la puerta del baño chirrió. Asomé la cabeza.
—¿Mamá? ¿Terminaste?
Se volvió, media sonrisa.
—Sí. ¿Otro antojo?
Asentí.
—Ajá. ¿Podemos?
Su sonrisa se ensanchó; en sus ojos bailaba la luz que había oído en su conversación.
—Claro. Dame unos minutos. Primero quiero ponerme algo.
Asentí, mudo.
Se deslizó a su habitación. Mi imaginación galopó: "ponerse algo" solo podía significar algo bueno. Algo con su trasero.

Contuve la respiración y escuché. El arrastrar de pies tras la puerta, el gemido de un cajón al abrirse y cerrarse, y luego el crujido inconfundible de los resortes de su cama mientras se tumbaba sobre el colchón.
—Bueno, cariño —su voz me llegó a través de la madera, cantarina y cálida—. Mami está lista para ti.
Fue un pistoletazo de salida. Salí disparado de mi habitación y recorrí el pasillo en un sprint silencioso. Mientras corría, me despojé de la camisa y los pantalones cortos, dejándolos caer al suelo sin miramientos. No podía perder ni un segundo.

Abrí la puerta de su habitación con una lentitud temblorosa. Las luces estaban apagadas, y la habitación estaba sumergida en una penumbra irreal. Los rayos del sol vespertino se colaban por las rendijas de las persianas, dibujando líneas doradas en el aire, donde diminutas motas de polvo flotaban como suspendidas por hilos invisibles. Era una atmósfera onírica, irreal. Pero cuando mis ojos encontraron a mi madre, todo lo demás dejó de existir.

Obsesionado con el Culo de Mamá 3

Estaba de pie junto al tocador, completamente desnuda excepto por unas medias negras transparentes que le trepaban por las piernas como una segunda piel. El contraste era sobrecogedor: la penumbra de la malla contra la blancura deslumbrante de sus nalgas, elevándose como dos lunas llenas. Observé, hipnotizado, la línea pálida donde el elástico demarcaba el territorio de la seda negra de la piel desnuda. Era la imagen más hermosa y prohibida que jamás había presenciado.

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Mamá mecía el trasero de un lado a otro con un movimiento lánguido y sensual, y las medias negras seguían cada oscilación como una extensión de su propia piel. Se amoldaban a la topografía cambiante de sus músculos, pintadas sobre cada curva para realzar su forma. Al moverse, la textura visual también mutaba: pasaba gradualmente del satén brillante al mate opaco, aclarándose cuando un rayo de sol las besaba y desvaneciéndose en sombra cuando la luz las abandonaba.

Me quedé mirando hasta que una humedad inesperada empañó mis ojos, pero ni siquiera eso logró que apartara la vista. No quería parpadear. Cada parpadeo era un fotograma perdido de esta película que mi mente grababa para la eternidad.

—No llevas ropa interior —señalé, mi voz saliendo más ronca de lo que esperaba.

Mamá giró la cabeza para mirarme por encima del hombro, un movimiento que hizo que su cabello mojado cayera como una cortina sedosa hacia un lado. Una risita burbujeó en su garganta.
—Hola a ti también, cariño. Ya me las quité. Pensé que te ahorraría la molestia.
—A mí me gustó quitártelas —respondí, y hubo un filo inesperado en mi tono que ni siquiera yo mismo reconocí.

Ella pareció sorprenderse, pero no se ofendió. Al contrario, una chispa de diversión bailó en sus ojos.
—Ah. Bueno… ¿quieres que me las vuelva a poner?

Me quité los bóxers de un tirón y me acerqué a la cama con paso lento pero decidido.
—No, mamá. Así está perfecto.

Mi mano encontró mi erección y la acarició, sintiéndola palpitar con vida propia. Me arrodillé y me arrastré hacia ella, con los ojos fijos en sus nalgas como un peregrino ante un altar. Sin permiso, agarré una con firmeza, apretando hasta dolerme; ella no resistió. Era como arcilla húmeda: cedía, se moldeaba, pero siempre recuperaba su forma. Empujé con fuerza suficiente para que sus nalgas chocaran, y el sonido resonó, húmedo y obsceno.

—¿No vas a pedirme que sea suave? —pregunté, mi voz apenas un susurro.

Mamá negó con la cabeza, un movimiento lento y deliberado. Cruzó los brazos y apoyó la mejilla sobre ellos, hundiendo la nariz en el colchón.
—Esta vez no, Cris. Solo quiero que disfrutes.

Su sumisión era un afrodisíaco más potente que cualquier imagen.
—En ese caso… ¿puedo pedir algo?
—Mmm —gimió, un sonido vibrante que sintió a través de la cama—. Déjame adivinar. ¿Quieres que lo mueva otra vez? Puedo hacerlo.
—No. Bueno, sí, pero no es eso. ¿Podrías…? —dudé un instante—. ¿Te importaría ponerte de rodillas y arquear la espalda?

El silencio se instaló entre nosotros. Mamá no se movió. Solo las ondas residuales de su respiración recorrían lentamente la superficie de sus nalgas.
—Pero… cariño —su voz sonaba pequeña, casi infantil—, si hago eso… verás mi coño.

Un músculo en mi cuello se contrajo, pero mantuve la voz firme.
—Ya lo vi antes, ¿recuerdas?
—¡La parte de atrás! —protestó débilmente—. Pero todo lo que… lo que es rosa está dentro. Eso es diferente.
—Quiero ver —insistí, y no era una súplica. Era una declaración.

Mamá exhaló un suspiro tembloroso.
—Dios mío —murmuró, y en su voz detecté esa mezcla exacta de miedo y excitación que precede a lanzarse al vacío desde lo alto de una montaña rusa—. Si de verdad quieres ver… todo eso… entonces… ¿a quién engaño? ¡Claro que quieres!
—¡Claro que quiero! —repetí, un eco afirmativo.

Al adoptar la posición, sus mejillas se separaron naturalmente, revelando lo que siempre había permanecido oculto tras esa muralla de carne exuberante.

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Los labios exteriores de su coño eran lisos, con los bordes ligeramente más oscuros que el resto de su piel, como pétalos de una flor. Se curvaban sutilmente hacia afuera, enmarcando las partes más íntimas que anidaban en el centro. Pero fueron sus labios internos, suaves y rosados, los que me robaron el aliento. Pliegues delicados, cubiertos por un velo de humedad reflectante que brillaba a la luz tenue de la habitación. Su textura era tan increíblemente flexibles que imaginé que se encogerían al mínimo roce. El poco vello oscuro que cubría su pubis también parecía suave, cada rizo parecía como un fragmento de seda hilada tejido en una alfombra negra y ondulada.

—¿Feliz? —preguntó ella, su voz estaba teñida de una vulnerabilidad que me atravesó.

Tuve que pasarme la lengua por los labios antes de poder articular palabra.
—Es precioso, mamá.

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—Me alegra que te guste —dijo ella, y su voz temblaba ligeramente—. Se siente… raro. Que me mires así, quiero decir.

Una extraña dinámica de poder palpitaba en el aire. Yo conocía su secreto ahora: que nada de esto era improvisado, que había un plan tejido entre ella y Linda. Íbamos más rápido de lo que ella había anticipado, pero su deseo era genuino. No era el martirio maternal lo que la movía; era algo más primario, más complejo. Y aun así, le creía cuando decía sentirse extraña. La incomodidad era real, pero no lo suficiente para hacerla retroceder. Y yo estaba ansioso por descubrir hasta dónde la llevaría su propia curiosidad.

—Bueno —dije, mi voz sorprendentemente calmada—, no tengo por qué quedarme solo mirando.

Ella se tensó ligeramente.
—¿Ah, no? —su tono era cauteloso, pero había un destello de expectación en él—. Me da un poco de miedo preguntar qué preferirías estar haciendo, pero… ¿qué tienes en mente?

Me humedecí los labios, saboreando la anticipación.
—Quiero probarte.
Su vagina se contrajo visiblemente ante mis palabras, un espasmo involuntario, como si intentara esconderse de mi mirada.
—¿Tienes que hacer eso? —preguntó, y su voz era un hilo.
—Quiero. Acabas de ducharte, ¿no?
Mamá resopló, una mezcla de risa nerviosa y exasperación.
—¡Ese no es el punto, Cristóbal! ¡No… no puedes hacer eso!
—Puedo hacerlo si me dejas —dije, mi voz surgiendo desde algún lugar profundo y desconocido. Aunque ella no había dado su permiso, comencé a deslizarme lentamente hacia adelante, acercando mi rostro a la cálida penumbra entre sus muslos—. Solo tienes que decir que sí, mamá.

Podía oír el roce de sus dedos arañando las sábanas mientras libraba una batalla interna que yo solo podía imaginar. Si realmente esperaba que aquel día se limitara a mostrar su trasero, permitirme esto era cruzar una frontera mucho más íntima. Era una petición enorme, pero un presentimiento extraño, casi una certeza, me decía que accedería.

—Vamos, mamá —supliqué, modulando mi voz con una mezcla de deseo y ternura—. Me has hecho sentir bien todo el día. Déjame hacer algo por ti esta vez.

Mamá cambió el peso de una rodilla a otra, un movimiento nervioso que hizo que sus nalgas oscilaran suavemente.
—E-está bien —susurró.
—¿Sí?
Asintió con urgencia, un movimiento rápido y casi convulsivo.
—¡Ajá! Sí. Solo… solo si tú quieres, cariño. No tienes que hacer esto por mí.
Mi estómago rugió con una mezcla de anticipación y deseo.
—No lo hago solo por ti.
Su cuerpo se estremeció, una onda que recorrió su espina dorsal y terminó en un temblor de sus nalgas.
—Está bien, Cristóbal. Puedes… puedes probarlo.
—¿Puedes venir al borde de la cama? —pedí.

Ella exhaló un suspiro largo y tembloroso. Se deslizó hacia atrás sobre sus rodillas hasta que sus pies quedaron colgando del borde del colchón, sus nalgas ofrecidas al aire de la habitación.
—¿Así? —preguntó, su voz pequeña.
—Perfecto.

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Me arrodillé en el suelo, quedando cara a cara con el monumento de su trasero. Las dos enormes nalgas blancas flanqueaban mi campo de visión como vallas publicitarias que anunciaban todas las maravillas ocultas en el valle que las separaba. Pero mis ojos solo buscaban una cosa.

—Ay, Dios mío —gimió ella, su voz ahogada contra el colchón—. No puedo creer que te esté dejando hacer esto.

Esbocé una sonrisa que ella no podía ver, cargada de una arrogancia que no me pertenecía del todo.
—Te encanta, mamá.
—Yo… ¡cállate! —protestó, pero no había convicción en su queja.

Cerré los ojos, respiré hondo y dejé que su aroma llenara mis pulmones. No quise mantenerla en suspenso: saqué la lengua y dejé que su calor, denso y tangible, me guiara. Mis mejillas quedaron flanqueadas por la suave presión de sus nalgas mientras me abría paso hacia su centro, anhelando esa compresión, esa calidez. Giré la cabeza, separando suavemente su carne con mi rostro... hasta que la encontré.

Su miel cubrió mi lengua con un sabor intenso y profundo. Limpio, pero innegablemente crudo. Era la esencia misma de su feminidad, reducida a ese chisporroteo ácido en mis papilas: abrumadoramente humana.

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Palpé con la punta de la lengua y encontré el pequeño espacio entre su clítoris y el capuchón rosado que lo resguardaba. Introduje la punta bajo ese botón sensible y tracé un pequeño círculo que la hizo estremecerse al instante.

—OooOOhhHHH... ¡guau! —gimió, un sonido agudo y sorprendido que nunca antes le había escuchado.

Me adentré en su clítoris, dibujando pequeños círculos con la punta de la lengua. Un latido revelador en esa pequeña perla me confirmó que iba por buen camino, y la confirmación definitiva llegó cuando sentí que su pierna izquierda comenzaba a temblar y contraerse al ritmo de mis movimientos. Me concentré en esa zona, provocando una intensidad que le robaba la capacidad de hablar.

—¡Guau! —jadeó—. Eso me pone… s-sensible…
—Huh—fue mi única respuesta, ahogada contra su carne. —Quiero que te corras —dije, y las palabras vibraron contra su piel.

El tiempo entre sus respiraciones se acortaba peligrosamente.
—¿En serio? Tú… quiero decir… ¿p-puedo ayudar, entonces?

No quise apartar la lengua para responder. Emití un gruñido afirmativo. No sabía qué tenía en mente, pero la respuesta llegó casi de inmediato cuando sentí la punta de sus dedos rozando mi lengua, buscando también su centro.

Engullí un bocado generoso de sus jugos y respiré hondo, aunque estaba tan empapada que parecía estar succionando agua de una esponja.
—¿Sigo, mamá?
—¡Sí! —gritó, su voz desgarrada por la urgencia—. ¡Sí, cariño! ¡Sigue!

Ni siquiera recuerdo el momento exacto en que empecé a masturbarme. Fue como si mi mano hubiera tomado una decisión autónoma, sin consultar a mi cerebro, respondiendo instintivamente al llamado primitivo de su aroma y sus gemidos.

—Sigue asi cariño —ordenó mamá, su voz adquiriendo un tono de autoridad que solo el deseo puede otorgar—

Aplasté mi lengua contra su vagina, cubriéndola entera de una pasada. Desde su clítoris, tracé una línea larga que hundió mi lengua entre sus pliegues resbaladizos. Sentí cómo sus labios se curvaban a mi alrededor, creando un canal a través de su carne húmeda. Arrastré mi lengua por ese surco una y otra vez: arriba, abajo. Había algo meditativo en el movimiento, un ritmo hipnótico.

Las reacciones de mamá, sin embargo, no tenían nada de calma. Sus gemidos, cada vez más frecuentes, me indicaban cuándo había encontrado un punto sensible. Uno de esos puntos quedó al descubierto cuando mi lengua se sumergió en el charco de jugo acumulado en la entrada de su coño.

—¡Ahí! —gritó mamá—. ¡Dentro! ¡Métela dentro, cariño!

Tracé un círculo alrededor de su entrada, preparándola. La concentración de su jugo era tan intensa que todo lo probado antes palidecía; mi lengua flotaba en ese jarabe espeso como si la gravedad no existiera. La introduje lo más profundo que pude, lamiendo el terciopelo plisado de sus paredes internas, frotándome contra su carne como si intentara imprimir cada papila gustativa en ella. Tenía un hambre voraz que solo podía saciarse devorándola con abandono.

—¡Más fuerte! —rogó desesperada—. ¡Cómete el coño de mamá!

Nunca había escuchado a una mujer hablar así fuera del internet, pero sabía que no lo hacía por mí; su vulgaridad era la gasolina que alimentaba mi fuego.

Mamá se azotaba el clítoris absorta en su placer, más centrada en sí misma que en mí. No me importó; era gratificante ser quien la hacía feliz. Mi obsesión por su trasero quedó relegada para centrarnos en lo que ella necesitaba. Atrapé un pliegue carnoso entre mis labios y lo mordisqueé suavemente, retirándome después para saborear la sensación. Era lo opuesto a lo que me había pedido, pero quería excitarla más antes del gran final.

—¡Más fuerte! —aulló, su voz desgarrada—. ¡Por favor! Mami ya casi está… solo… ¡hazlo más fuerte, maldita sea!

No quise arriesgarme a la ira de una mujer a punto de alcanzar el clímax. Accedí a su petición desesperada. Volví a hundir la lengua en su cavidad cremosa, empapándola bien en su dulce líquido. Una vez saturada, la endurecí todo lo que pude y comencé a masajear su clítoris con docenas de pequeños movimientos rápidos y precisos.

Cerré los labios alrededor de su vagina y chupé con tanta fuerza que sentí cómo se hundían mis mejillas. En el vacío parcial de mi boca, aislé mi lengua para que pudiera rozar con más facilidad el palpitante capullo que exigía atención. Chupé aún más fuerte, sacándolo de su escondite bajo la cubierta carnosa.

Me dolía la mandíbula. Sentía la lengua pesada, torpe por la tensión muscular acumulada. Pero estaba decidido a resistir. Apreté el rostro, ignorando el ardor que me imploraba una pausa.

—Me corro —canturreó mamá, su voz débil y distante, toda su energía concentrada en el furioso movimiento de sus dedos sobre su clítoris.

De repente, se detuvo. Una pausa breve, quizá de menos de un segundo, en la que su cuerpo quedó completamente inmóvil. Fue la calma antes de la tormenta. Entonces, un huracán furioso la sacudió, retorciéndola contra mi rostro cuando el orgasmo finalmente la alcanzó.
—¡Mierdaaa!

Su cuerpo se tensó como un arco. La pronunciada curvatura de su espalda se invirtió, arqueándose hacia afuera mientras cada músculo se contraía en una sinfonía de placer. Era como si el goce fuera una manta física que la envolvía, su aura tan magníficamente intensa que comprimía todo su ser en una bola apretada de sensaciones.
—¡S-sigue! —se quejó, su voz un hilillo roto.

Me hundí lo más profundo que pude entre sus nalgas, mi lengua azotando su clítoris sin piedad mientras ella lo apretaba contra mi boca. Era evidente que no le importaba si yo podía respirar. Cuando lo intenté, solo conseguí que algo de su vello vaginal se me metiera en la nariz, cosquilleándome de forma insoportable. Pero no quería rendirme. Así que hice lo que cualquier hombre habría hecho: dejé de respirar. El aire en mis pulmones se volvió rancio, viciado, pero aguanté.

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Un cálido torrente bañó mi lengua con la ambrosía a la que empezaba a volverme adicto; me gustaba tanto que imaginaba usarla para endulzar mi café, alimentando mi obsesión desde el despertar. Los violentos temblores de mamá comenzaron a calmarse, su lamento suavizándose hasta un gemido tenue, aunque sus músculos aún permanecían tensos, reacios a abandonar la cumbre. Ralenticé el movimiento y lamí perezosamente su entrada, todavía sensible. Me sorprendió mi propio control; entre los dos rebosábamos energía para abastecer una pequeña ciudad.

Mamá se desplomó sobre la cama, extenuada, su vientre aplastado contra el colchón. Estaba tan profundamente relajada que, a simple vista, parecía dormida. Su respiración, honda y lenta, era lo único que delataba que seguía consciente.
—Ay, cariño —murmuró, su voz pastosa y lejana—. Eso fue… fue maravilloso.

—¿Mamá? —pregunté, mi voz todavía temblorosa por lo que acababa de ocurrir.

Ella emitió un zumbido de satisfacción, su cuerpo relajado contra el colchón.
—¿Qué pasa, Cristobal?

—¿Podemos hacerlo ahora?

Ella había bajado del éxtasis, pero yo seguía en un estado de excitación casi dolorosa. Ver cómo su cuerpo se entregaba al clímax había despertado algo celoso en mí: yo también quería lo que ella había tenido.

—No puedo esperar más —confesé, limpiándome el rastro de su jugo de la barbilla—. Estoy que ardo, mamá. Te necesito. Ahora.

Ella ronroneó, una vibración cálida que recorrió su espalda.
—Puedes usar el trasero de mamá, cariño. ¿Cómo quieres jugar con él?

El menú de posibilidades era infinito, pero una opción destacaba sobre las demás.
—¿Tienes aceite? Quiero que esté brillante. Resbaladizo.

—Cajón de arriba —señaló con la cabeza hacia la mesilla—. Botella blanca.

Encontré el aceite mineral y, cuando me giré, ella ya había adoptado la posición: boca abajo, cabeza apoyada en los brazos cruzados, nalgas ligeramente elevadas en una ofrenda silenciosa.

—Súbete —dijo, y sacudió el trasero con un movimiento que hizo bailar su carne.

Me coloqué a horcajadas sobre sus piernas, el peso de mi cuerpo repartido entre mis rodillas y sus muslos. Su trasero descansaba ante mí como un lienzo virgen esperando mi intervención.

—¿Qué se me permite hacer? —pregunté, esperando ansiosamente un cheque en blanco.

—Conoces las reglas, cariño.

—Lo sé. Solo pensaba que quizá podríamos probar algo nuevo.

—¿Ya no quieres jugar con el trasero de mamá? —Su voz oscilaba entre lo maternal y lo abiertamente sexual con una facilidad que me desarmaba.

—¡Sí! Claro que sí. Pero... ¿sabes lo que es una paja rusa? —pregunté, y ante su silencio, continué—: Quiero hacer eso. Pero con tu culo.

—Ooooohhh —susurró, y pude sentir cómo procesaba la idea—. ¿Para eso es el aceite? ¿Quieres que las nalgas de mamá se pongan resbaladizas para poder... follártelas?

Sentí una vena latir en mi cuello.
—Dios, no creo que me acostumbre nunca a oírte hablar así.

—Qué bien. Me gusta poner nerviosa a la gente.

—¡No estoy nervioso! —La mentira fue tan transparente que ni siquiera me molesté en sostenerla.

—Ajá, claro, cielo. Igual que no vas a terminar "accidentalmente" deslizándote en el coño caliente y húmedo de mamá, ¿verdad?

Me quedé sin palabras, atrapado entre la excitación y la vergüenza de ser tan predecible.
—No sé de qué hablas —murmuré.

Ella se encogió de hombros con una indiferencia calculada.
—Si tú lo dices. Solo ten cuidado con dónde metes eso. No tomo anticonceptivos, ¿recuerdas?

Lo recordaba. La imagen de un posible futuro cruzó mi mente como un relámpago, tan excitante como aterrador. Pero me forcé a apartarla. Aún no.

Destapé la botella y dejé caer las primeras gotas sobre su nalga derecha; el aceite se expandió en círculos brillantes absorbiendo la luz. Apreté más y un hilo plateado se deslizó perezosamente por la pendiente de su curva como mercurio vivo. Pronto su piel se cubrió de carne de gallina bajo el líquido frío. Extendí el aceite con las palmas, masajeando en círculos amplios, sintiendo cómo su textura se transformaba bajo mis dedos. Metí los dedos en el valle profundo, aplicando más aceite directamente sobre su ano, viendo cómo el líquido se acumulaba en las arrugas de su carne más íntima.

Para cuando terminé, su trasero brillaba como un espejo pálido, más aceite que piel.

—Eres bueno con las manos —dijo ella.

—Gracias, mamá.

Hizo vibrar sus nalgas con una sacudida vigorosa.
—¿Ya estás listo para follarme el culo?

—Joder, sí —gruñí.

Estiró el cuello para mirarme por encima del hombro, un gesto más simbólico que práctico.
—No te hagas ilusiones, señor. Me refería a mis nalgas.

Sonreí y le di una palmada suave en una mejilla.
—Lo sé. Tendré cuidado... casi siempre.

Su refunfuño me confirmó que había puesto los ojos en blanco.
—Por favor, pórtate bien, cielo. Que no pueda quedarme embarazada por el culo no significa que puedas meterlo ahí.

Hice oscilar sus nalgas con ambas manos.
—Esto es todo lo que necesito. Con meterme entre estas maravillas tengo suficiente.

—Date prisa, entonces. Están esperando.

Agarré mi erección por la base y la guie hacia el valle que se abría ante mí. Cuando la cabeza se hundió entre la suavidad de sus nalgas, un escalofrío me recorrió la espalda. Era como hundirme en terciopelo húmedo, una sobrecarga sensorial que nublaba mis sentidos. La carne se moldeó alrededor de mi polla, envolviéndola en un abrazo cálido y seguro.

—¿Todavía ves la cabeza? —preguntó ella con curiosidad—. ¿O ya se perdió?

—¡Se perdió, mamá! —exclamé—. ¡Dios, qué nalgas más enormes tienes!

—Empuja, cariño —me instó.

Obedecí, hundiéndome más profundamente en ese calor denso. La presión era increíble; podía ver los hoyuelos formándose en sus mejillas mientras apretaba los músculos a propósito.

—¿Estás haciendo eso adrede? —pregunté.

—Ajá. ¿Te gusta?

Asentí, mudo de placer. Ella soltó una risita satisfecha y cambió su técnica, alternando apretones largos con pequeñas compresiones rítmicas. Cada apretón era más fuerte que el anterior, hasta que sentí como si una prensa esponjosa estuviera masajeando mi polla con una intensidad perfectamente calibrada.

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Apreté sus nalgas desde fuera, juntándolas aún más mientras retiraba mi polla. El glande emergió de su escondite y golpeó mi vientre con un chasquido húmedo.

—Dios mío —exhaló ella—. Estás muy duro, cariño.

—Esto se siente... increíble —logré articular—. Nunca había sentido nada igual.

Ella movió sus caderas, creando ondas en su piel aceitosa.
—Hay mucho más de donde vino eso. ¿Aún no vas a correrte, verdad?

—Todavía no —le aseguré.

Con sus nalgas firmemente presionadas, el canal entre ellas se volvió más estrecho. Introduje la punta de nuevo, maravillándome de cómo sus nalgas se separaban para recibirme y luego se cerraban a mi alrededor en el abrazo más acogedor imaginable.

—Hasta el fondo esta vez —insistió ella.

Empujé hasta que mis muslos chocaron contra sus nalgas. Al otro lado del valle, cerca de la base de su espalda, pude ver la punta de mi polla asomando entre la carne blanca. Incluso sentía mis testículos apretados entre sus piernas cerradas, marinándose en el charco de aceite acumulado.

—Joder —fue todo lo que pude decir.

—Fóllame fuerte, cariño. Dentro y fuera.

Comencé a moverme, deslizando mi polla a través del surco empapado. Cada embestida producía un sonido húmedo y lascivo, el roce de nuestras pieles aceitosas creando una sinfonía obscena. Al retirarme, una suave succión tiraba de mí, y con la ayuda del lubricante, el sonido era el de alguien follando una botella de pegamento líquido.

Apenas podía mantener el agarre en sus nalgas resbaladizas; mis manos ascendían gradualmente desde los laterales hacia la cima de la curva, acumulando aceite entre mis dedos en cada pasada. Llevaba ese lubricante acumulado de vuelta a la grieta, bañando mi polla una y otra vez.

—¿Está un poco resbaladizo, verdad? —dijo ella con suficiencia—. Creo que alguien usó demasiado aceite.

—Me da igual —respondí con firmeza—. Tiene un aspecto increíble. Ha merecido la pena.

Ella murmuró algo para sí misma y luego levantó la cabeza.
—Tengo una idea mejor.

Le di una nalgada a una de sus nalgas, creando ondas en la superficie brillante.
—Dime.

—Saca tu polla, cariño.

—¡Pero mamá!

—Sin peros. Solo un segundo. Confía en mí.

Hacerlo fue emocionalmente devastador, pero obedecí.
—Vale. ¿Y ahora qué?

Ella metió un brazo bajo su vientre y deslizó la mano entre sus piernas. Dos dedos se movieron en el espacio entre sus muslos.
—Ven —dijo—. Aquí. Se sentirá bien entre mis muslos.

Tardé un segundo en procesarlo.
—¿Puedo... puedo hacer eso?

—Si quieres probarlo, sí. Creo que te gustará.

Mi polla siguió el calor que irradiaba de entre sus piernas, guiada también por el movimiento de sus dedos. Presioné la punta contra sus yemas, y ella rodeó el glande con los dedos, tirando mientras yo empujaba. Poco a poco, centímetro a centímetro, mi polla se deslizó entre sus muslos.

La sensación era radicalmente diferente. La piel de la cara interna de sus muslos era increíblemente suave, y estaba empapada en una mezcla de su propia miel y el aceite mineral. Tenía la textura de un malvavisco caliente derritiéndose alrededor de mi polla.

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Su coño irradiaba un calor denso como niebla contra la parte superior de mi polla, mientras que la parte inferior era acariciada por el vello suave de sus muslos. Sensaciones distintas que se combinaban para crear el placer más extraordinario que había experimentado.

—Joder, mamá —jadeé.

—Un poco más —me animó—. Puedes apoyar tu peso en mí.

Me incliné lentamente, dejando caer mi peso gradualmente hasta que mi estómago presionó su espalda. Ella extendió una mano y me acarició la nuca, sus uñas arañando suavemente mi cuero cabelludo. Un escalofrío me recorrió entero.

—Buen chico. Así. Relájate.

Sentir su corazón latiendo contra mi pecho, su calor envolviéndome, era casi tan bueno como el sexo mismo. Quizá mejor.

Empujé mi polla con fuerza entre sus muslos hasta que el vello húmedo de su coño me hizo cosquillas en la punta. Era tan abundante y suave como el pelaje de un cervatillo recién nacido.

Mamá apretó las piernas con todas sus fuerzas.
—Ahí está.

La besé en el hombro, mis labios quedándose un segundo sobre su piel.
—Me gusta estar así de cerca de ti.

Ella movió las caderas suavemente, frotando mi polla entre sus muslos húmedos.
—Yo también, cariño.

—¿Soy demasiado pesado?

—Para nada. ¿Me abrazarás?

La rodeé con mis brazos inmediatamente, uno por debajo de su vientre, el otro por encima de sus pechos. La apreté contra mí con una fuerza que habría envidiado una camisa de fuerza.

Ella ronroneó, un sonido profundo que duró varios segundos.
—¿Estás fingiendo que estás dentro de mi coño, cariño?

Gemí involuntariamente.
—S-sí.

—Bien. Yo también. —Me dio dos palmaditas en la nuca—. Pues sigue fingiendo y fóllame.

Empecé a moverme, saliendo despacio y volviendo a entrar un poco más rápido. Con cada embestida, sus nalgas chocaban contra mis muslos con ese aplauso húmedo que ya conocía, aunque ahora amortiguado por nuestro peso combinado.

—¡Joder, mamá! —gemí.

—¡Otra vez! —gritó ella—. ¡Otra vez, cariño!

—¡Dios mío, cariño! —gritó de repente, su voz ahogada contra el colchón—. ¡Me estás dando en el clítoris!

—¿Sí? —pregunté, mi voz ronca.

—¡Ajá! ¡Ahí mismo! ¡Sigue dándole justo ahí!

Acentuaba cada palabra con cada embestida, marcando el ritmo de mis caderas con sus gemidos.

—¡Más fuerte! ¡Más fuerte!

Pero entonces ocurrió. En mi inexperiencia, calculé mal la distancia. Cuando eché las caderas hacia atrás, un centímetro más de lo debido, mi polla se deslizó entre sus muslos... y luego, un pequeño desvío muscular, la punta encontró una abertura diferente.

—¡Espera, cariño! ¡Espera! —Su grito fue más agudo que cualquier otro que le hubiera oído.

Ella se lanzó hacia adelante, intentando escapar de mi agarre, pero era tarde. Frené, sí, pero no antes de que la punta de mi polla se encajara firmemente entre sus labios resbaladizos.

Y me quedé allí, paralizado, atrapado en un trance de éxtasis tan seductor que no podía obligarme a retroceder.

—Cariño —susurró ella, su voz ahora dulce, casi resignada—Espera... Ese es mi... Espera un segundo.

La abracé con más fuerza, mis brazos tensos alrededor de su cuerpo.
—Joder, mamá.

Ella me palmeó la nuca con ansiedad, como intentando calmar a un animal excitado.
—Lo sé, lo sé. Pero no pasa nada. Todavía no es tarde. ¿Es... es solo la cabeza?

En su voz había una pregunta, una esperanza de que pudiéramos detenernos en esa línea, convencernos de que solo la punta, solo un poco, no contaba realmente.

Pero ambos sabíamos que estábamos mintiendo.

Flexioné el glande para expandirlo, ensanchando su abertura mientras se hinchaba, tapando la entrada como un corcho imperfecto en una botella demasiado estrecha.
—Ajá.

—Dios mío —murmuró de golpe, su voz quebrada por la conciencia de lo que estaba ocurriendo—. T-tú… estás dentro de mí. Cariño, por favor. N-no podemos hacer esto.

Hundí los dientes en su nuca, mordisqueando suavemente la piel salada.
—¿Por qué no? Me has estado provocando todo el día.

Cuando mamá inhaló, su respiración llegó errática y entrecortada, como si el aire se negara a entrar en sus pulmones.
—Lo prometiste, ¿recuerdas? Es que… esto está pasando demasiado rápido. No pensé que…

—Te oí —la interrumpí, mi voz plana—. Hablando por teléfono con Linda.

Mamá emitió un quejido nervioso, casi un maullido de angustia.
—Dios mío. Debería haber sabido que me estabas escuchando.

Suavicé mi tono, acompañando las palabras con pequeños besos húmedos en su hombro.
—Deseas esto, mamá. Lo sé. Solo tienes que decirlo. Pero necesito oírtelo decir.

Había movido la mano libre —la que no tenía enredada en mi nuca— hacia mi pierna, y me apretaba el muslo con la fuerza de quien se aferra a una boya en medio del naufragio.
—No… no sé.

Me moví leve, casi imperceptiblemente, mitigando el impulso de empujar más profundo al dejar que la cabeza de mi polla jugueteara justo en la entrada de su cavidad. No era ni un centímetro de avance real, pero podía sentir la presión del anillo muscular apretándose justo debajo del glande, tentándome, llamándome.
—Se sentirá tan bien, mamá. ¿No lo deseas?

—Yo… yo… —Su respiración se aceleró mientras sus uñas se clavaban en mi piel—. ¿Y si solo… solo dejas la punta? ¿Podemos hacer eso, cariño? ¿Te parece bien? Puedes… puedes mantener la cabeza dentro, nada más. Te sentirás bien, ¿verdad?

Nunca la había visto tan hecha un manojo de nervios. Incluso sin conocer su conspiración con Linda, habría percibido el conflicto interno que la desgarraba. Protestaba débilmente, sí, pero su coño me apretaba con una urgencia que contradecía todas sus palabras, como si quisiera succionarme hasta el fondo.

Pero yo sabía más que eso. Y ese conocimiento hizo que mi siguiente decisión fuera mucho más fácil.

—Quiero follarte, mamá —dije, mi voz firme a pesar del temblor que me recorría—. Solo quiero que tú también lo desees.

Hubo un silencio denso, cargado de electricidad. Entonces, tan baja que casi no la oí:
—Sí… lo deseo. —Una pausa—. Sí, cariño. Yo también lo quiero. Pero después de esto… no hay vuelta atrás.

—No quiero volver atrás.

Gimió, un sonido pequeño y asustado, como un cachorro perdido.
—Tengo miedo, cariño. ¿Y si esto es una mala idea?

Avancé una fracción más, hundiendo la cabeza lo suficiente para que el músculo que rodeaba la entrada de su coño se aferrara a mi frenillo con una tenacidad desesperada.
—¿Y si es una buena idea?

La oí morderse el labio, debatiéndose, tambaleándose al borde del precipicio.
—¿Tú no tienes miedo? —preguntó, y su voz era más fina que el papel de fumar.

—No, mamá. Quiero esto. Llevo mucho tiempo queriéndolo. Te deseo a ti. Tu culo, sí, pero esto… —Acentué mis palabras con un pequeño empujón que incrustó otro centímetro de mi polla en su coño —. Esto siempre fue lo que realmente quería.

Por primera vez desde que habían saltado las alarmas, mamá emitió un sonido que no era de pánico. Fue una risita, pequeña pero inconfundible.
—Me engañaste.

Besé su nuca de nuevo, aspirando profundamente el aroma de su piel sudorosa.
—Tú te dejaste engañar.

Ella asintió, un movimiento lento y reticente, una rendición.
—Lo hice, ¿verdad? Dios mío, cariño, lo siento… soy la peor madre del mundo.

—Eres la mejor —susurré contra su piel—. Te quiero. Te querré pase lo que pase.

Ella movió levemente el trasero, un movimiento casi imperceptible pero cargado de significado.
—¿No lo dices solo para que te deje follarme?

Poco a poco, su lado juguetón estaba resurgiendo de entre las cenizas del miedo.
—¿Está funcionando?

Ella soltó un gruñido que sonó a rendición absoluta.
—¿Quieres averiguarlo?

Un hormigueo eléctrico me recorrió el cuero cabelludo.
—¿Cómo?

—Empuja un poco más. Y ya veremos si te detengo.

Obedecí, deslizando otro centímetro de mi polla gruesa en el coño de mi madre.
—¿Y si no me detienes?

Ella emitió un ronroneo lujurioso, profundo y vibrante.
—Entonces supongo que tocarás fondo, ¿no?

Apreté mis labios contra su espalda y la abracé con más fuerza, dejando que mi peso la anclara a la cama, que mi cuerpo actuara como una manta pesada que la mantuviera tranquila.
—La mejor madre del mundo.

Entonces, deje caer mi cuerpo sobre ella haciendo que mi verga se incrustara profundamente en su coño. No fue una embestida; fue una rendición a la gravedad. Mi polla, ya tan hundida, no tuvo más remedio que buscar las profundidades. Y lo hizo sin resistencia. Su coño estaba tan empapado que se había convertido en una sustancia resbaladiza imposible, un lubrificante perfecto que eliminaba cualquier fricción. Mi polla se deslizó hacia el interior de esa madriguera de paredes cálidas como si siempre hubiera pertenecido allí, apartando carne viscosa a su paso hasta que besó la boca de su útero con la punta.

Una ola de calor envolvió mi polla, densa y vibrante. No era solo temperatura; era un clima interno, un ecosistema de sensaciones que la acunaba. Su revestimiento interior estaba plagado de crestas de carne magníficamente gruesas que se enroscaban a mi alrededor como enredaderas vivientes. Sentía como si mil dedos invisibles masajearan cada centímetro de mi piel.

Obsesionado con el Culo de Mamá 3

—Ooooohhh, joder —gimió mamá, un sonido largo y estridente que parecía surgir de lo más profundo de su ser—. Dios mío, cariño. Lo hiciste de verdad.

Mordisqueé su lóbulo, suavemente.
—No, mamá. Tú lo hiciste. Te lo llevaste todo.

Parecía oírme a medias, perdida en la inmensidad de la sensación.
—Mi hijo… mierda. Mi hijo está dentro de mí.

Exhalé aire caliente contra su nuca.
—Y se siente increíble.

Con una certeza casi hidráulica, las paredes de mamá se cerraron a mi alrededor. Una lenta ondulación recorrió el túnel de su interior, una ola peristáltica como la de una garganta que intentara tragarme por completo. Espirales de músculo en contracción oscilaban en pulsos alternados, apretándose y aflojándose con un ritmo que parecía deliberado, casi ensayado.

Mi polla estaba hundida en su vientre, rodeada de carne caliente y húmeda. Una plétora de pliegues y crestas forraban sus entrañas, más suaves que los pétalos de una flor recién abierta. Era una funda sin costuras, tan flexible que costaba creer que fuera real, pero cada apretón mecánico me recordaba que no estaba imaginando nada.

—Me gusta cuando me aprietas así —susurré contra su oído.

—¿Así? —preguntó, y simultáneamente ejecutó una contracción muscular repentina, aplicando una presión firme y uniforme a lo largo de toda mi polla. Era tan intenso que parecía que se había saltado mi piel para masajear directamente mis terminaciones nerviosas. Cada pulso acelerado hacía el masaje más profundo, más completo.

—¿Q-qué tan fuerte puedes apretar?

—¿Seguro que quieres descubrirlo? —Su tono era de broma, pero la pregunta era retórica—. Aquí tienes, cariño.

Sus paredes se volvieron más densas a medida que las compactaba, apretándose como puños aferrados a una sábana. Sus músculos internos iniciaron una serie de contracciones superpuestas, creando momentos de presión doble, como dos manos invisibles retorciéndose en direcciones opuestas. La intrincada maquinaria de su interior estaba diseñada para hacer una sola cosa, y la hacía de maravilla: estaba puliendo mi polla hasta dejarla brillante. Imaginé que podría haber visto mi propio reflejo sonriéndome desde el glande si hubiera podido sacarlo.

Esa maquinaria interna dio un último pulso, más largo y profundo que los anteriores, y culminó su actuación con una liberación lenta que me dejó sin aliento. Todo mi cuerpo rebosaba energía contenida.
—Dios mío —jadeé.

—¿Suficientemente fuerte, cariño? —preguntó con tono alegre mientras aflojaba la tensión—. Te dije que podía.

Empujé un poco hacia adelante, aunque ya no quedaba espacio para avanzar. Me gustaba sentir la presión en la punta de mi polla al apretar contra su cérvix.
—Te sientes increíble.

Sabía que me repetía, pero era un pensamiento tan abrumador que no dejaba espacio para nada más.

—Muéstrale a mamá lo bien que se siente —ronroneó ella, alentadora.

Sabía exactamente a qué se refería. No perdí tiempo: retiré las caderas, preparándome para la siguiente embestida. El aire fuera de su coño era sorprendentemente frío en comparación, aunque la temperatura de la habitación no había cambiado. Más extraño aún, mi polla se sentía más ligera, como si se hubiera acostumbrado tanto a la presión de sus abrazos que prescindir de ella hubiera disminuido la gravedad a mi alrededor. Inmediatamente palpitó en protesta, exigiendo volver al calor.

Empujé hacia adelante sin dudarlo, enterrándome de nuevo en esas capas de terciopelo húmedo y convulso.

Mamá se contrajo más rápido esa vez, y quise creer que era porque su coño ya me reconocía, porque sabía lo que yo quería. Su agarre era suave pero firme, su anillo lo suficientemente elástico para estirarse y lo bastante fuerte para sellar mi polla dentro, donde ningún aire frío y cobarde pudiera tocarla.

Al retirarme, sentí una succión que se resistía a soltarme, como si mi presencia dentro le resultara necesaria. Mi polla se volvía ingrávida al salir para recuperar todo su peso al empujar, una transición que me recordaba su calidez y estrechez. Nuestros gemidos se entrelazaban: los míos, un rumor profundo; los suyos, un lamento agudo que lo dominaba todo. Se superponían en oleadas sincronizadas, creando un ritmo tan natural como la respiración que sonaba celestial en aquella serie de gruñidos desesperados.

—¡Buen chico, cariño! —gritó mamá, su voz quebrada por el esfuerzo—. ¡Así, así! ¡Madre mía!

—¡Te amo, mamá! —gemí, sin ser consciente de lo cerca que estaba mi boca de su oído.

—¡Yo también te quiero! —respondió aún más fuerte, como si necesitara imponerse al ruidoso roce de nuestra piel—. ¡Dios mío! ¡Sigue así, por mamá!

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Cada embestida desencadenaba una emoción tan intensa como la sensación física. Mi polla era una llave y su coño una puerta a algo más grande que yo mismo. Lo más impactante era saber que aquella euforia, aunque parecía diseñada para mí, no lo estaba; su cuerpo solo hacía lo biológicamente programado. Pero yo lo interpretaba como una historia escrita exclusivamente para mí. Me sentí elegido: por el destino, por ella, por la suerte que me había conducido hasta ese momento. Fue la primera vez que me sentí realmente hombre, cumpliendo un deseo que había germinado en mi mente mucho antes de que yo mismo fuera consciente.

Con el tiempo, mis pensamientos comenzaron a desdibujarse. Sucumbí al vértigo del placer que fluía por cada fibra de mi cuerpo, recuperando y perdiendo la consciencia a intervalos. Empezó a preocuparme lo bien que me sentía. Sabía que no podría aguantar mucho más, así que ralenticé el ritmo, intentando prolongar lo inevitable.

Me quedé quieto un momento, con la polla hundida hasta el fondo, frotándome contra su culo mientras presionaba con todo mi peso sus nalgas, haciéndolas sobresalir a los lados. Un pensamiento atravesó la niebla de placer: un recordatorio urgente.

—No tomas anticonceptivos —dije, mi voz ronca.

Mamá soltó un gruñido animal, tan profundo que parecía surgirle del estómago. No hizo preguntas inútiles; sabía exactamente por qué lo había mencionado.
—Estás muy cerca, ¿verdad?

Resoplé, jadeé, respiré hondo intentando engañar a mi cuerpo, pensando ingenuamente que el aire podría calmarme.
—Sí. Sí, mamá. Ya casi.

Ella arrulló, un sonido mezcla de preocupación y deseo.
—Ooooohhh, Dios. T-tú deberías retirarte, ¿no?

Gruñí, frustrado.
—No quiero.

Temblaba de pies a cabeza como si estuviera desnuda en medio de una ventisca.
—N-no, no podemos. —Otra vez ese tono, esa súplica encubierta que me pedía que la contradijera. Confirmó mis sospechas añadiendo, débilmente—: ¿Verdad?

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Apreté la punta de mi polla contra su cérvix, llenándola hasta el borde con toda la carne que pude albergar.
—No voy a parar.

Mamá se retorció debajo de mí.
—¿Q-qué? Cariño, t-tienes que hacerlo. No podemos… tener un bebé.

La realidad la golpeó como un mazazo, dejándola sin aliento mientras procesaba la posibilidad inminente de que estuviéramos a segundos de cometer un error irreversible.
—No voy a parar —repetí, mi voz firme a pesar del temblor—. Si quieres que pare, para tú.

La habría dejado ir si realmente hubiera luchado contra mí. No estaba dispuesto a imponerme; no cruzaría esa línea por mucho que deseara lo que había al otro lado. En ese punto donde la vanidad y la moral se encontraban, necesitaba que ella tomara la decisión.

—No… no puedo —admitió, su voz quebrada—. No… no lo sé. Solo… por favor, cariño. No me hagas elegir. Esto está mal.

—Ha estado mal todo el día —señalé, mi tono sorprendentemente calmado—. Solo tienes que dejar que pase. Así que si de verdad no quieres que me corra dentro de ti…

—¡Joder! —gritó cuando una embestida firme hundió mi polla aún más en su vientre.

—…entonces tienes que pararme —concluí.

—¿Qué… y si no lo hago?

Su voz era estridente pero débil, como si la mera sugerencia de dejarme vaciar dentro de ella la aterrorizara y la excitara a partes iguales.
—Entonces voy a preñarte, mami —jadeé con una seguridad que me sorprendió a mí mismo. Me sentí extrañamente empoderado; supongo que era la adrenalina.

—Oh —susurró, tan quedamente que apenas la oí.

Mis testículos se apretaron contra mi cuerpo, descansando en el hueco cálido y húmedo entre sus muslos.
—Ahí viene, mamá.

Ella se removió inquieta debajo de mí, pero sus nervios no me convencieron de que realmente quisiera que me apartara.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Espera, espera, espera! ¡No sé qué hacer!

Había tanto en juego en su decisión. No envidiaba la situación en la que la había puesto, obligándola a elegir entre la gratificación inmediata y una consecuencia que cambiaría nuestras vidas para siempre. Ambos sabíamos que era peligroso, y ambos esperábamos que el otro tomara la decisión difícil. De ese punto muerto, de ese impasse, nació una sola palabra.

Al oírla, dejó de importarme todo lo que existiera fuera de la habitación. Oí cómo sus labios, resecos por tanto jadeo, se separaban con dificultad. Con la boca entreabierta, dijo lo único que ansiaba escuchar:

—Vale.

Había estado en el filo de la navaja, y su permiso abrió las compuertas. Empujé hacia ella con una determinación feroz, como si intentara penetrarla aún más, entregar cada centímetro de mi ser a un orgasmo cuyo inicio ya se sentía más intenso que cualquier clímax que hubiera alcanzado por mi cuenta. Mis dedos se curvaron, arañando las sábanas en busca de una fuerza adicional que no necesitaba; ya estaba tan profundo como era humanamente posible.

—¡Dios mío! —grité, en un éxtasis absoluto.

—¡Hazlo! ¡Hazlo! —coreó mamá, sus dedos aferrados a mi nuca con una fuerza sobrehumana.

Sus uñas se clavaron en mi piel mientras el semen brotaba a borbotones, cuerdas densas que casi dolían al salir. Perdí la noción de cuántas veces eyaculé; el placer permanecía inmutable, una serenidad sobrecogedora que saturó mis sentidos.

Mamá apretó las piernas con fuerza, envolviendo mi polla en un capullo de carne y calor. Había pasado un año encerrado en un búnker de obsesión, y su coño era la luz cegadora que por fin había encontrado.

Me aferré a ella como si el techo fuera a derrumbarse. Los bíceps me ardían, un calambre me rogaba que me relajara, pero rendirme no era opción. Hundí los dientes en su hombro y grité, liberando cada gramo de emoción acumulada para este instante. Era la culminación de mi vida: cada foto furtiva, cada sesión a escondidas, cada momento de culpa me había conducido aquí. Si no hubiera tenido tanto control, habría llorado de alegría.

—Mamááá…

Ella se apretó contra mí, presionando sus nalgas contra mis piernas.
—Estoy aquí. Mamá está aquí. Suéltalo todo, cariño.

culona

Mi pulso martilleaba en mis oídos, pero lo agradecía: era la prueba de que no me había sobrecargado con esa dicha sobrenatural. Rugí contra su oído hasta que la tensión cedió, y entonces solo pude respirar, mis hombros subiendo y bajando en un ritmo casi meditativo. Con la satisfacción abrumadora de haber inseminado a mi madre, me sentí más cerca del cielo que nunca.

—¡Maldita sea, mamá!

Ella me acarició la nuca con ternura.
—Respira, cariño. Conmigo.

Inhalé y exhalé al unísono con ella.
—No puedo creer que hayamos hecho esto —susurré.

—Yo tampoco. Increíble.

Sonreí contra su piel.
—Jodidamente increíble.

Me dio unas palmaditas en la pierna.
—¿Me abrazas?

—Mientras no tenga que moverme.

Se rió, divertida.
—Mi niño está hecho polvo después de correrse en el coño de mamá.

—No hables así mientras sigo dentro, o se me pondrá dura otra vez.

Giramos con cuidado hasta quedar encajados como cucharas; mi polla seguía dentro de ella, cómodamente instalada.

—Oh, esto es bonito —murmuró.

La abracé con fuerza, hundiendo la nariz en su cabello.
—Antes me encantaba acurrucarme así. Ahora también.

Entrelazó sus dedos con los míos.
—¿No te parece raro?

Sonreí ante lo absurdo de la pregunta.
—Preguntas eso justo cuando todavía siento cómo me aprietas.

Se encogió de hombros, sonriendo.
—¿Te parece bien si seguimos así? Quiero exprimir hasta la última gota.

—Me parece perfecto.

Aunque aquella intimidad postcoital era técnicamente más tranquila que todo lo que habíamos hecho antes, había un romanticismo extrañamente surrealista en ella que la hacía sentir importante.
—Me gusta estar cerca de ti.

Mamá rió entre dientes.
—Te gusta estar dentro de mí, cariño. No es lo mismo.

—¡No! —insistí, apretando el abrazo—. Bueno, sí, eso también. Pero me gusta abrazarte así. Casi tanto como follarte. Vale, quizá no tanto, pero mucho.

Ella apretó el trasero contra mi entrepierna, un movimiento juguetón.
—Supongo que puedes tachar eso de tu lista de deseos.

—¿Cómo sabes lo que hay en mi lista de deseos?

—Las madres se dan cuenta de esas cosas —afirmó con suficiencia—. He captado algunas pistas.

Un revoloteo nervioso me agitó el estómago.
—Eh… ¿como qué?

—Mmm. Quizás algunas miradas furtivas aquí y allá. Sobre todo a mi trasero.

—¿Sabías… sabías lo de mi obsesión? ¿Todo este tiempo?

No debería haberme sorprendido, pero sus palabras sugerían un conocimiento que iba más allá de lo que creía que ella y la tía Linda habían estado planeando a mis espaldas.

—Claro que lo sabía, cariño. Eres muy, muy obvio. ¿De verdad creías que podías acumular cientos de fotos sin que me diera cuenta?

—…Sí —admití, sintiéndome repentinamente estúpido—. Sí, lo creía.

—Siento reventar tu burbuja, pero no empecé a usar shorts ajustados por casualidad, sin ningún motivo.

—¿Hiciste eso por mí?

Me acarició el antebrazo con la punta de los dedos, un gesto tierno que contrastaba con la crudeza de todo lo que habíamos compartido.
—Lo hice por los dos. Veía lo feliz que te hacía, y yo… bueno, sigo siendo mujer. Me gusta sentirme deseada. No me había sentido así desde que tu padre murió. Me hacía sentir especial cuando me mirabas.

—Lo siento, mamá. No pensé en lo difícil que debió ser para ti.

Se apresuró a corregirme.
—No quiero que se trate de él —se apresuró—. Solo digo que no fui la única que se benefició de que me vistiera más sexy. Era inofensivo... o eso creía. No se suponía que llevara a esto tan rápido, pero me alegro.

—No lo cambiaría por nada. —Acaricié su pelo—. ¿Mañana también?

Mamá rió con deleite.
—¿Acceso a mi coño todos los días?

Me mordí el labio.
—¿Y quizás otras cosas?

Enderezó la espalda contra mi pecho.
—Apuesto a que tienes mil ideas. Paciencia, cariño.

—Pero...

Suspiró, pero sonreía.
—Sí, podemos tener sexo mañana también. Si tu pene lo aguanta.

Se rió, pero yo hablaba en serio. Aunque me doliera, encontraría fuerzas para follarla otra vez. Era todo lo que deseaba del futuro: estar con ella.

Nuestro intento de reprimir mis impulsos había fracasado, pero entendí que estaba destinado a ser así. Ella había querido que sucediera. Aunque avanzamos más rápido de lo planeado, esa llamada me dio la confianza de que seríamos felices juntos.

Nunca me había enamorado, pero lo nuestro era mucho más que lujuria. Era importante a una escala que no comprendía del todo. Sin embargo, sabía lo que quería: la deseaba a ella entera, tan a menudo como pudiera.

A partir de aquel día, todo cambió sin marcha atrás. Mamá empezó a pasearse semidesnuda por casa a petición mía, y yo no podía apartar la vista. Lo que comenzó como un juego perverso se volvió costumbre, y el sexo se instaló en nuestras vidas con naturalidad hasta hacerse diario. No podíamos estar el uno sin el otro, y aunque sabíamos que nuestro secreto debía guardarse aunque no éramos capaces de renunciar a ello.

madre

Meses después, mamá quedó embarazada. Cuando me lo dijo, con esa mezcla de miedo y emoción, ambos supimos que aquella criatura sería nuestro nexo para siempre. Nueve meses más tarde nació una niña preciosa, nuestra hija y hermana a la vez. Ahora, tres años después, mamá espera otro hijo. . Y nosotros seguimos igual, follando a diario cada vez que podemos, como si la obsesión de aquel adolescente de dieciocho años se hubiera convertido en la única verdad que ambos estamos dispuestos a aceptar.

Embarazada

FIN

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