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No se callaba ni con pija en la boca

Era el último recreo largo del viernes y el aula de matemáticas estaba casi vacía. Solo quedábamos ella y yo. La piba de pelo negro larguísimo con flequillo recto, labios pintados de negro sangre, remerita de encaje que dejaba ver los piercings en las tetas y esos jeans rotos que parecían a punto de reventar en las rodillas y en la concha.
Se llamaba Valeria, pero todos le decíamos “La Viuda” porque siempre andaba de negro y con cara de que te iba a romper el orto si la mirabas mucho. Ese día se había quedado después de clases “para que le explique” derivadas, pero los dos sabíamos que era chamuyo. Llevaba media hora sentada en el escritorio del profe (el mío), con las piernas abiertas, una bota de plataforma apoyada en mi silla y el otro pie rozándome la pija por debajo del pupitre.
—¿Entonces me explicás qué pasa cuando la segunda derivada es negativa, profe? —me dijo mientras se lamía el labio y movía lento la punta de la bota contra mi pija que ya estaba parada como loco.
—Valeria, portate bien, boluda —le contesté, pero la voz me salió como si me estuviera ahogando.
Ella se rio bajito, se bajó del escritorio de un salto y se puso de espaldas. Se bajó los jeans rotos apenas lo suficiente para que se viera la tanga negra de encaje metida entre las nalgas. Se agachó despacio, apoyando las manos en el pizarrón lleno de ecuaciones que yo había escrito esa mañana.
—Mirá, profe… —susurró mientras movía el culo en círculos— esta ecuación está re tiesa… ¿no pensás que necesita que la resuelvas con las manos?
Me paré atrás de ella sin pensarlo dos veces. Le bajé la tanga de un manotazo hasta los tobillos. Tenía la concha depilada, hinchada, brillando de lo mojada que estaba. Le metí dos dedos de una sin aviso y soltó un gemido ronco que retumbó en el aula vacía.
—Puta madre… sí, así… metelos hasta el fondo, boludo —gruñó mientras empujaba para atrás.
Le agarré el pelo con la otra mano, tirándole la cabeza para atrás para que arqueara más la espalda. Saqué los dedos empapados y se los metí en la boca. Los chupó como si fueran lo más rico del mundo, mirándome fijo por encima del hombro con esos ojos delineados en negro.
—Quiero pija, profe… no dedos —dijo con la voz ahogada porque todavía tenía mis dedos adentro.
Me bajé el cierre, saqué la pija dura y se la restregué entre las nalgas. Estaba tan mojada que se escuchaba el chapoteo cada vez que la golpeaba contra la entrada. Le di una cachetada fuerte en el culo que dejó la marca roja de mi mano en su piel pálida.
—Pedímela bien, puta.
Ella se mordió el labio, se apoyó mejor en el pizarrón y dijo clarito, mirándome a los ojos:
—Garchame fuerte, profe. Quiero que me rompas la concha hasta que no pueda caminar al salir de acá. Quiero que me llenes de leche calentita mientras miro las ecuaciones que escribiste… por favor, che.
No hizo falta más. La empalé de un solo empujón. Entró hasta el fondo y soltó un grito ahogado que intentó tapar mordiéndose el antebrazo. Empecé a garcharla fuerte, agarrándola de las caderas, haciendo que el escritorio se moviera con cada embestida. El aula olía a sexo, tiza y su perfume dulzón barato.
Cada vez que la clavaba profundo ella borroneaba las fórmulas con la palma abierta, dejando marcas de sudor y crema en el pizarrón. “¡Más fuerte! ¡Rompeme, hijo de puta!” gritaba entre jadeos.
Le metí un dedo en el orto sin aviso mientras seguía dándole pija. Se puso a temblar entera.
—Ahí… ahí me vengo… no pares… ¡no pares, la concha de tu madre!
Se corrió tan fuerte que le chorreó por los muslos, empapando los jeans negros que seguían a medio bajar. Yo no aguanté más. Le di cinco embestidas brutales y me vacié adentro, gruñendo como animal mientras sentía cómo su concha me apretaba hasta la última gota de leche.
Cuando salí, un hilo blanco grueso le empezó a caer por el interior del muslo. Se dio vuelta, se arrodilló sin que se lo pidiera y me limpió la pija con la lengua, mirándome fijo mientras tragaba lo que quedaba.
Después se paró, se subió los jeans sin limpiarse, se acomodó el flequillo y me dijo con una sonrisa de lado:
—Mañana traigo el uniforme de secundaria abajo de la ropa… ¿me enseñás integrales otra vez, profe?
Y se fue caminando con las piernas temblorosas, dejando un rastro húmedo en el piso del aula.

No se callaba ni con pija en la boca

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