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Relatos cornudos : el barrio en houston

Relatos cornudos : el barrio en houston
Era otro día sofocante en el barrio obrero de Houston, donde el aire húmedo se pegaba a la piel como una segunda capa de sudor. Yo, Albert, con mis 35 años, mi figura delgada que apenas llenaba la playera negra de Metallica con el logo descolorido, y esas entradas en el cabello rubio que me hacían sentir como si el tiempo me estuviera robando la juventud, llegaba a casa después de un turno interminable en la oficina. Trabajaba en contabilidad para una empresa de logística, nada emocionante, solo números y pantallas que me dejaban exhausto. Mi casa era un refugio modesto: una vivienda de dos habitaciones con un patio trasero compartido con el vecino, Don Braulio. Pero el verdadero tesoro era mi esposa, Yessica. Ella, una dominicana de 28 años con esa piel morena que brillaba bajo el sol texano, cabello negro azabache que caía en cascada hasta su cintura, y un cuerpo que parecía diseñado para tentar al diablo. Sus curvas eran legendarias en el barrio, pero nada comparado con su culo: exageradamente grande, redondo, firme, como dos globos perfectos que se movían con un vaivén hipnótico cada vez que caminaba. Vestía siempre con ropa que lo acentuaba, como esos leggings ajustados que se ceñían a cada centímetro, haciendo que pareciera que su trasero estaba a punto de romper la tela. Yo la adoraba, pero en secreto, me sentía inadecuado a su lado; ella era pasión caribeña, y yo, un tipo común que prefería el heavy metal en vinilo a las fiestas ruidosas.
Don Braulio, nuestro vecino de al lado, era el polo opuesto a todo lo que representaba la tranquilidad. A sus 57 años, era un hombre moreno, calvo, con una barriga prominente que delataba décadas de cervezas baratas y comidas grasientas. Sus brazos estaban cubiertos de tatuajes desvaídos: símbolos de la pandilla Northcombs, donde había sido un cholo temido en los 80 y 90. Historias del barrio decían que había estado en tiroteos, robos y peleas callejeras, pero ahora, retirado, se pasaba los días gruñendo desde su porche, con una cerveza en la mano y una mirada que podía congelar la sangre. A mí me daba un miedo visceral; cada vez que lo veía, recordaba esas leyendas urbanas de su pasado violento. Pero Yessica, con su temperamento fogoso y su acento dominicano que rodaba como un trueno, nunca se dejaba intimidar. Habían discutido innumerables veces: por la música alta, por el humo de sus barbacoas, por cualquier nimiedad. Y siempre, yo era el mediador, interponiéndome con voz temblorosa, tratando de evitar que escalara a algo peor.
Una tarde, todo empezó con el perro de Don Braulio, un pitbull viejo y maleducado llamado Rocco. El animal se coló en nuestra casa por la puerta trasera que Yessica había dejado entreabierta mientras cocinaba. Lo encontramos en la sala, defecando en la alfombra como si fuera su territorio. Yessica explotó como un volcán. “¡Ese maldito perro! ¡Voy a matar a ese viejo!”, gritó, sus ojos negros centelleando de furia. Salió como una tormenta, cruzando el patio compartido hasta la casa de Don Braulio, golpeando la puerta con fuerza. “¡Abre, viejo gruñón! ¡Tu perro cagó en mi casa! ¿No puedes controlarlo?”, le espetó cuando él abrió, su voz resonando en todo el barrio. Don Braulio, con su habitual expresión de desdén, la miró de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en sus curvas exageradas. “Cálmate, mujer. Es solo un perro. Limpia y ya”, respondió él, encogiéndose de hombros. La discusión escaló rápido: Yessica le gritaba insultos en español, y él respondía con maldiciones en inglés, su rostro enrojeciendo.
Yo salí corriendo, mi corazón latiendo como un tambor. “¡Yessica, amor, déjalo! Don Braulio, disculpe, pero por favor controle a su perro”, dije, poniéndome entre ellos, mis manos alzadas en un gesto pacífico. Yessica bufó, pero finalmente cedió, dándome una mirada de frustración antes de volver a casa, su culo rebotando con cada paso enfurecido. Don Braulio me miró con esos ojos oscuros, como si me evaluara. “Deberías domar a esa loca, vato. Está malhumorada todo el tiempo. Sé un hombre de una vez”, me dijo, su voz ronca cargada de desprecio. Se metió en su casa dando un portazo, dejándome allí, temblando. Cuando entré, Yessica estaba limpiando la alfombra, murmurando maldiciones. “Ese viejo es un desgraciado, Albert. Siempre provocando”, se quejó, pero yo solo asentí, aliviado de que no hubiera pasado a mayores.
Los días siguientes, cada vez que regresaba del trabajo, Yessica me bombardeaba con quejas sobre Don Braulio. “Hoy lo vi mirándome raro desde su ventana”, decía mientras preparaba la cena, su trasero prominente rozando contra la encimera de la cocina. “O anoche oí su música a todo volumen. ¿Por qué no le dices algo tú?”. Yo prometía hablar con él, pero en realidad, evitaba el confronto. El miedo me paralizaba; imaginaba su pasado pandillero y me encogía.
Luego vino esa noche inolvidable. Don Braulio regresaba del bar local, tambaleándose por la calle, borracho como de costumbre. Hacía desfiguros: gritaba canciones rancheras mal entonadas, tropezaba con los botes de basura. Yessica y yo lo vimos desde la ventana de la sala. “Mira nada más, Albert. Ese viejo va a causar problemas otra vez”, dijo ella, cruzando los brazos bajo sus pechos voluptuosos. De repente, Don Braulio se detuvo en el borde de nuestro patio, se bajó la cremallera y empezó a orinar, un chorro potente que salpicaba nuestra hierba. Su polla era enorme, negra con un tono morado en la punta, gruesa y venosa, colgando como una serpiente lista para atacar. Yessica jadeó, una mezcla de shock y algo más que no pude identificar. “¡Viejo sucio! ¡Mira nada más, con el webo de fuera! ¡Dios mío, viejo desgraciado!”, gritó ella, abriendo la puerta y agarrando la manguera del jardín. Salió furiosa y le lanzó un chorro de agua fría, empapándolo.
Don Braulio se giró, su verga aún fuera, agitándola con la mano en un gesto obsceno. “¡Fuck you! ¡Fuck you, bitch!”, maldijo, su voz pastosa por el alcohol. Pero noté algo: Yessica no apartaba la mirada. Sus ojos estaban fijos en esa polla masiva, hipnotizados, como si el tiempo se hubiera detenido. Yo salí, rojo de vergüenza y miedo. “¡Don Braulio, por favor! ¿No ve lo que está haciendo? ¡Váyase o llamamos a la policía!”, le grité, mi voz quebrándose. Él nos miró con desprecio, se guardó la verga lentamente y se alejó tambaleando, murmurando más insultos.
Al día siguiente, Don Braulio se acercó a mí mientras sacaba la basura. “Eh, vato, sorry. Estaba muy borracho anoche. No quise causar problemas”, dijo, su tono casi arrepentido, pero con esa sonrisa ladina que me ponía nervioso. Asentí, aceptando la disculpa, pero no podía sacar de mi mente esa imagen: su enorme verga negra, tan contrastante con mi propia anatomía modesta. Pensamientos oscuros invadieron mi cabeza esa noche, mientras yacía en la cama junto a Yessica. Imaginaba escenarios cuckold, donde él, con su experiencia ruda, tomaba lo que yo no podía dominar. Me excitaba y avergonzaba a partes iguales, mi polla endureciéndose bajo las sábanas mientras Yessica dormía plácidamente.
Unos días después, noté que Yessica actuaba raro. Llegué del trabajo y la encontré en la cocina, nerviosa, mordiéndose las uñas, su rostro usualmente confiado ahora ensombrecido. No me dio las quejas habituales sobre Don Braulio; en cambio, estaba callada, evasiva. “¿Qué pasó, amor? Pareces preocupada”, le pregunté, abrazándola por detrás, mis manos rozando sus caderas anchas. “Nada, Albert. Solo que Don Braulio estaba borracho otra vez, haciendo desfiguros. No es nada”, respondió ella, forzando una sonrisa, pero sus ojos evitaban los míos. Su cuerpo se tensó bajo mi toque, como si guardara un secreto.
Al día siguiente, mientras regaba el jardín, la vecina Margaret me llamó desde su porche. Era una señora gorda, blanca, de unos 60 años, que pasaba el día sentada en una silla mecedora, chismeando sobre el barrio. “Ey, Albert, ven acá un momento”, dijo, su voz baja como si compartiera un secreto. Me acerqué, curioso. “Ayer vi algo que no me gustó. Ese Braulio llegó borracho de nuevo y discutió con tu mujer. No había nadie más para ayudar, y a mí ese viejo me da terror, así que no me metí. Solo alcancé a ver que le faltó el respeto a ella: le dio nalgadas a tu Yessica, bien fuerte en ese culo grande que tiene, y luego la jaló del brazo para meterla a tu casa junto con él. Cerró la puerta y… bueno, no sé qué pasó adentro. Pero pensé que debías saberlo”.
Sus palabras me golpearon como un puñetazo. Me quedé allí, paralizado, imaginando la escena: las manos ásperas de Don Braulio palmando el trasero exagerado de Yessica, el sonido de la cachetada resonando, ella protestando pero siendo arrastrada adentro. ¿Qué había pasado detrás de esa puerta cerrada? El miedo se mezcló con una excitación perversa, esos pensamientos cuckold regresando con fuerza. ¿Había sido solo una discusión? ¿O algo más? Regresé a casa con el estómago revuelto, pero no le dije nada a Yessica. Esa noche, la observé mientras se desvestía, su culo inmenso reflejándose en el espejo, y me pregunté si las manos de Don Braulio habían dejado alguna marca invisible. La tensión en el aire era palpable, un preludio a algo que sabía que no podría ignorar por mucho tiempo.

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