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Jugando fuerte con mi hermana. V

Salimos del túnel nadando de vuelta, el agua tibia y turbia envolviéndonos como un velo. Emergiendo al circuito normal del spa, el contraste fue inmediato: el vapor, las luces suaves, la gente desnuda moviéndose entre salas, algunas parejas besándose o tocándose sin pudor. Yo estaba aún cachondo, la coca zumbándome en las venas, el culo lleno del semen del negro, la piel pegajosa de fluidos ajenos. Cada paso hacía que sintiera el semen gotear un poco por el interior de mis muslos, un recordatorio caliente y humillante que me ponía más duro en vez de calmarme. Ver a toda esa gente desnuda, cuerpos sudados, manos que se perdían entre piernas, gemidos bajos mezclados con el ruido del agua... todo me encendía otra vez. Mi pija se puso dura de nuevo, visible, apuntando hacia arriba como si nada hubiera pasado. 
Marta caminaba delante, desnuda, goteando, con esa seguridad que ahora tiene. Al pasar por una zona de chorros, no pude resistirme. Le di una palmada fuerte en el trasero, el sonido seco resonando en la sala húmeda. Ella se volvió rápido, los ojos brillantes, y se rió coqueta, esa risa baja y cómplice que me desarma.
—Tranquilo, Caco —dijo, acercándose un segundo para rozar su cadera contra la mía—. Todavía no hemos terminado.
Seguimos hasta los vestuarios. Nos duchamos rápido (separados, por norma), nos vestimos y salimos del spa. El aire de la calle nos golpeó fresco, casi frío después del calor húmedo de dentro. Caminamos en silencio hasta la furgoneta. Subimos, yo al volante, ella de copiloto. Arranqué, pero no me moví.
—¿Qué ha sido todo esto? —pregunté por fin, la voz ronca.
Marta se recostó en el asiento, mirando por la ventanilla las luces de Madrid.
—La juntada en el apartamento es para desfasar en paz —dijo—. Saldremos de fiesta, y vamos a estar colocadas todo el fin de semana. Es como una despedida. Cuando me vaya a San Sebastián, todas saben que será difícil que nos volvamos a ver. Queremos que sea por todo lo alto.
Hizo una pausa, miró la bolsa hermética en su regazo.
—Comprar tanta droga no es fácil. Nos pasaron este contacto. La razón de entrar por el agua es para evitar que alguien meta dispositivos de grabación. Cámaras, micros… por eso el túnel sumergido. Nadie puede pasar nada sin que se moje.
Me miró de reojo.—No me esperaba la parte de sexo —siguió—. Pero si no hubieras querido dejarte sodomizar, estaba dispuesta a romperles el cuello a los tres.
La miré. Ella me miró a mí. Y le creí. Con esa fuerza que ahora tiene, con esa frialdad que ha aprendido, sabía que era capaz.
Arranqué la furgoneta. El camino de vuelta al apartamento fue silencioso, solo el ruido del motor y la música baja de la radio. Llegamos a Malasaña, aparqué cerca del piso. Las chicas seguían dentro, luces encendidas, música saliendo por la ventana abierta. Marta abrió la puerta, pero antes de bajar me miró.
—Sube si quieres —dijo—. O vete a casa. Tú decides.
Bajó. Yo me quedé un segundo en el asiento, el motor encendido, el corazón latiendo fuerte. Luego apagué el contacto y la seguí.
La seguí escaleras arriba hasta el apartamento. Las chicas ya estaban dentro: música alta, risas, olor a tabaco y perfume barato saliendo por la puerta abierta. Marta entró primero, dejó la bolsa hermética en una mesa auxiliar del pasillo y se giró hacia mí.
-No te vayas todavía —repitió, bajito, como si no quisiera que las demás oyeran—. Quédate un rato. Al menos hasta que se calmen un poco.
Miré el reloj del móvil. Eran casi las once de la noche. La vuelta a casa era una hora larga por carreteras secundarias, y papá me había dicho “vuelves pronto”. Pero no tenía fuerzas para discutir.
Asentí.—Vale. -Pero me voy en un rato. La furgoneta es de papá, y él la necesita mañana temprano.
Ella sonrió, esa sonrisa que siempre me desarma un poco.
—Lo sé. Tranquilo.
El piso era pequeño pero moderno: salón con sofá grande, cocina americana, terraza con vistas a los tejados de Malasaña. Las chicas ya estaban desatadas: la latina bailando con una cerveza en la mano, las hermanas haciéndose fotos idénticas con el mismo pose, Valentina abriendo una botella de ron en la cocina y cantando una canción rumana que nadie entendía pero todas coreaban. Me senté en el sofá, intentando pasar desapercibido.Marta se sentó a mi lado, tan cerca que sentía su calor a través de la ropa. Las demás nos miraban de reojo, pero no decían nada. Sabían que éramos hermanos, pero también sabían que entre nosotros había algo más. O al menos lo intuían.
—¿Quieres algo? —preguntó Marta, ofreciéndome una cerveza de la nevera que alguien había traído.
—No. Tengo que conducir.
Ella se encogió de hombros y se quedó callada un rato, mirando cómo las chicas bailaban y reían. Yo no podía dejar de pensar en lo que acababa de pasar en el spa. El semen del negro aún dentro de mí, el sabor de la eslava en la boca, la leche del jefe en la cara. Todo mezclado con la coca que todavía me zumbaba en las venas. Estaba cachondo otra vez, y odiaba admitirlo. Pasaron unos minutos. Marta se levantó, fue a la cocina y volvió con dos vasos de ron con cola.
—Toma —dijo, sentándose de nuevo—. Solo un trago. No te vas a emborrachar.
Lo cogí. Bebí un sorbo. El alcohol bajó caliente, mezclándose con la coca. Me sentí más suelto, más vivo.
—Oye —dijo ella en voz baja, acercando la boca a mi oído—. Gracias por traernos. Y por lo de antes. No tenías que hacerlo.
—No lo hice por ti —mentí—. Lo hice porque me apetecía.
Ella se rió bajito.—Mentiroso.
Las chicas seguían bailando. Alguien puso reggaetón más fuerte. Marta se levantó, me tendió la mano.
—Venga, baila un rato conmigo. Solo uno.
Dudé. Miré el reloj. Miré la furgoneta aparcada abajo. Pensé en papá esperando la furgoneta para sus chapuzas de mañana. Pensé en mamá en la peluquería del pueblo, trabajando para llegar a fin de mes. Pensé en el pacto que tenían conmigo: me mantenían mientras preparaba la oposición, pero tenía que ser una buena oposición, de las que dan acceso al grupo A1, con sueldo alto desde el principio, para empezar a devolverles la pasta lo antes posible. La pasta que papá consiguió gracias a sus contactos en la caja de ahorros para que los acreedores me dejaran en paz. Pasta que les quitó la jubilación tranquila y les obligó a seguir trabajando: él haciendo arreglos en negro por los pueblos, ella ayudando en la peluquería. Y yo aquí, en un apartamento de Malasaña, con mi hermana y sus amigas, borracho de coca y ron, sintiendo cómo la pija se me ponía dura otra vez solo de oler su perfume.
Me levanté. Cogí su mano. Bailamos un rato, pegados, su cuerpo contra el mío, el calor de su piel traspasando la ropa. Las chicas silbaron y rieron. No me importó.
Pero en mi cabeza seguía resonando la misma frase: “la furgoneta es de papá. Él la necesita mañana temprano”. Al final del tema, Marta me miró.
—¿Te quedas un rato más?
—No puedo —dije—. Tengo que volver. La furgoneta…
Ella asintió, pero no me soltó la mano.
—Vale. Pero prométeme que vendrás mañana si puedes.
La miré. Sabía que no era una petición inocente.
—Veré qué puedo hacer —respondí.
Bajé las escaleras, salí a la calle, subí a la furgoneta y arranqué. Pensé en papá esperando la furgoneta para sus chapuzas. En mamá doblando toallas en la peluquería. En mí, 31 años, sin un euro, dependiendo de ellos como un crío de 15.Y en Marta, en San Sebastián, en la despedida que se avecinaba, en la droga que llevaba en la bolsa, en lo que acababa de pasar en el spa. Aceleré un poco. Quería llegar a casa antes de que el bajón me pillara del todo.
Tenía la intención de irme a casa, de verdad. Tomar la M-30 y volver al pueblo antes de que el bajón de la coca me pillara del todo. Pero el cuerpo me traicionaba. La coca aún zumbaba en mis venas, el culo lleno de semen, la excitación no se iba. Me sentía sucio, usado, y eso me ponía cachondo otra vez. Como en los viejos tiempos.
En vez de girar hacia la salida de Madrid, me desvié hacia Vallecas. Sabía dónde ir. Las calles se volvieron más oscuras, más llenas de sombras. Zona de prostitución callejera, de las de siempre: mujeres en shorts y tops, tacones altos, esperando bajo las farolas. Pero yo buscaba algo específico. Transexuales. Las vi al fondo de una calle secundaria, agrupadas, fumando, riendo entre ellas. Paré cerca. Bajé la ventanilla y pregunté a la primera que se acercó, una latina con curvas y maquillaje pesado.
—30 euros —dije—. Solo tengo eso.
Ella se rió en mi cara.—Con 30 no te alcanza ni para un beso, guapo. Vete a casa.
La siguiente, una asiática delgada, negó con la cabeza sin ni siquiera acercarse.—Ni de coña. Mínimo 50 para empezar.
La tercera, una rubia con acento del este, me miró de arriba abajo.—30? Eso es para niños. Busca otra cosa.
Me sentía patético, pero la excitación no se iba. La coca me empujaba a seguir. Al final, una brasileña alta y guapa se acercó. Piel morena, pelo negro largo, ojos verdes, cuerpo de modelo con tetas operadas y culo firme. Llevaba un top rojo ajustado y shorts vaqueros.
—30 euros —repetí, casi suplicando—. Para chupártela.
Ella dudó un segundo, miró a las demás, se encogió de hombros.
—Vale, pero rapidito. Y solo chupada.
Se montó en la furgoneta. Olía a perfume dulce y humo de cigarro. Arranqué y me dirigí a un lugar apartado, que ella me indicó. Pasamos a la parte de atrás de la furgoneta, donde había espacio suficiente para tumbarse (papá la usaba para cargar herramientas, pero los asientos traseros se abatían).
Ella se sentó, se abrió el short y sacó la pija. Era buena: mediana, venosa, ya semi-dura. Me arrodillé entre sus piernas, listo para empezar. Pero entonces me acordé de la bolsa de coca que me había ganado en el spa. La saqué de mi bolsillo, abrí un poco el gramo extra y usé mi vieja llave para preparar una raya pequeña. Esnifé. El subidón volvió, fuerte, limpio. Ella me miró, los ojos brillantes.
—Oye, invítame —dijo con acento brasileño suave—. Si es buena coca, además de chupada te enculo. Gratis.
Dudé un segundo, pero la coca ya me tenía. Saqué más, preparé rayas en la llave y se las pasé. Esnifamos varias veces, alternando. Ella gemía con cada raya, el cuerpo relajándose, la pija endureciéndose sola.
—Joder, es buena —dijo, riendo—. Vale, me has convencido.
Se levantó, se desnudó completamente. Tenía un cuerpazo: alta, curvas perfectas, tetas grandes y firmes, culo redondo, llena de tatuajes por todo el cuerpo (rosas en el abdomen, una serpiente en el muslo, frases en portugués en los brazos). Se tumbó en el asiento abatido, abrió las piernas y señaló su pija, ahora dura como una piedra.
—Empieza —dijo.
Me incliné y empecé a chupársela. Lamié la cabeza, bajé por el tronco, la metí profunda en la boca. Ella gemía, "ahhh, sí, así, chupa más fuerte". La coca me hacía ir más rápido, más profundo, disfrutando el sabor salado, la dureza en mi lengua. Al rato, ella se sentó, sacó un preservativo de su bolso y se lo puso.
—Ahora te enculo —dijo.
Me desilusioné un segundo: me encanta sentir el semen en el culo, caliente, goteando. Pero reflexioné rápido: mejor así, no quería pillar una enfermedad. Me tumbé en la furgoneta, levanté las piernas. Ella las puso en alto, sobre sus hombros, y de una me penetró. Entró entera, fuerte, sin preliminares. "Plop", el sonido húmedo del preservativo lubricado. Me dolió un segundo, pero luego el placer subió rápido. Ella empezó a moverse, "thump, thump", embestidas profundas que me hacían gemir. Al mismo tiempo, me masturbó con la mano, apretando mi pija dura, girando el puño. "Ahhh, qué rico, te estoy follando como a una puta", dijo ella, jadeando. Yo me retorcía, el placer anal mezclándose con el de su mano, la coca amplificando todo. Me corrí fuerte, semen salpicando mi pecho, espasmos que me dejaban temblando. En ese momento, ella sacó la pija de mi culo. No quería correrse aún.
—Dame más coca —dijo, sentada, la pija aún dura bajo el preservativo.
Pensé en darle lo que quedaba, pero me contuve. Solo le di un poco, una raya pequeña en la llave. Ella esnifó, se rió.
—Eres tacaño, pero vale. Ha estado bien.
Se vistió, me dio un beso en la mejilla y bajó de la furgoneta.
—Vuelve cuando quieras, maricón.
Arranqué y volví a casa, el cuerpo aún temblando, el culo dolorido y lleno de recuerdos.
El bajón de la coca empezaba a llegar, pero el placer residual me mantenía despierto. La furgoneta ronroneaba por la M-40 cuando se encendió el indicador de falta de gasolina. Mierda. Ahora me acordaba: los 30 euros eran para gasolina. Papá nunca me daba más de eso, no se fiaba, y hacía bien. Me desvié a la gasolinera más cercana, la misma donde Amina trabaja, desesperado. ¿Qué iba a decir? ¿Qué inventar? Sin gasolina, no llegaba a casa.
Entré en la tienda. Amina estaba detrás del mostrador, vestida con el buzo de la empresa, sudando a chorros. Aunque ya era de noche, el calor era como un horno, el aire espeso y pegajoso. Me miró, se fijó en mis ojos vidriosos y soltó una carcajada.

Jugando fuerte con mi hermana. V


—Vaya colocón que llevas, pedazo de cabrón —dijo, riendo—. ¿Qué quieres?
Tragué saliva.—Amina, dame algo de gasolina. No tengo dinero ahora, pero te pago en cuanto pueda. Te lo juro.
Ella me miró un rato largo, evaluándome. Sus ojos oscuros, esa mirada que siempre parece saber más de lo que dice.
—Vamos al almacén —dijo al final, con una sonrisa torcida—. Me comes el coño. Si lo haces bien, te doy suficiente para llegar a casa. Me dio una bofetada fuerte en la mejilla y se rió otra vez, alto, como si fuera lo más normal del mundo.
Acepté. ¿Qué otra opción tenía? Fuimos al almacén de atrás, un cuartucho lleno de cajas de aceite y herramientas, con una luz fluorescente parpadeando. Amina se quitó el buzo de un tirón. Debajo no llevaba nada. Era delgada, tetas pequeñas pero duras, depilada total, con tatuajes que subían por los muslos y el abdomen: frases árabes, rosas marchitas, un cuchillo en el costado que recordaba por qué siempre llevaba uno escondido.
—Come mi sucio coño —dijo, abriendo las piernas contra una caja.
Pensé: está sudada, pero se nota que es una chica limpia, el olor no es desagradable, solo salado y humano. Me arrodillé y empecé con mi mejor técnica: lengua lenta al principio, lamiendo los labios, girando alrededor del clítoris, chupando suave. Amina gemía, "ahhh, sí, así", sus manos en mi pelo empujándome más profundo. De repente me ordenó:
—Muerde el coño.
Lo hice, un mordisco firme pero no cruel. Pensé que esta tía es sadomaso o algo así. Ella arqueó la espalda, gimiendo más fuerte. Decidí alargar una mano a su teta y retorcerle un pezón, girándolo duro. Amina soltó un grito de placer, "joder, sí, más fuerte". Me puse duro al instante. Me desnudé rápido, me abalancé sobre ella y me puse encima, tocándole las tetas pero sin penetrarla. Amina se sorprendió: había pasado de dominadora a dominada en un segundo.
—¿Qué esperas? —preguntó, jadeando.
—Que me lo pidas —respondí, mi voz ronca por la coca y la excitación.
—Métemela —dijo ella, casi suplicando.
Empecé a follarla duro, embestidas profundas que la hacían gemir alto. Le retorcía los pezones, girando con fuerza, pellizcando hasta que se ponían rojos. Le di bofetadas en la cara, suaves pero firmes, "slap, slap", y ella respondía con más gemidos, "sí, dame caña, cabrón". La sometía, mi cuerpo sobre el suyo, follando con rabia, y cuanto más caña le daba, más le gustaba. Al final le di la vuelta, la puse en cuatro, escupí en su culo y la sodomicé. Entré de una, "plop", el sonido húmedo. Amina no se quejó, solo dijo "sí sí sí, así me gusta", empujando hacia atrás contra mí. Me corrí dentro, fuerte, espasmos que me dejaron vacío. Ella se corrió al mismo tiempo, un orgasmo que la hizo temblar y gritar. Nos limpiamos con un rollo de papel industrial que había en el almacén. Amina se rió, vistiéndose.
Salí del almacén con Amina detrás, ajustándose el buzo mientras se reía todavía con esa risa ronca y satisfecha. El calor seguía siendo insoportable, el aire pegajoso pegado a la piel. Caminé hacia la furgoneta, las piernas todavía temblando un poco por el orgasmo y la adrenalina, cuando vi que había un coche esperando en el surtidor. Tres moros jóvenes, veintitantos, con camisetas ajustadas y gorras hacia atrás, apoyados en la puerta del conductor. Uno miraba el reloj, otro fumaba impaciente. Cuando nos vieron salir juntos del almacén, el que estaba al volante gritó algo en árabe. No entendí las palabras, pero el tono era agresivo, como si nos estuviera echando en cara la tardanza. Amina respondió en el mismo idioma, alzando la voz, un grito seco y cortante. Los tres se giraron hacia ella, y uno de ellos soltó una carcajada burlona mientras decía algo más. El ambiente se tensó en segundos. Vi cómo Amina llevaba la mano derecha hacia donde siempre llevaba el cuchillo escondido. No lo sacó aún, pero el gesto era claro: estaba preparada. Eran tres contra una. Demasiado.
No lo pensé. Di media vuelta, abrí la puerta trasera de la furgoneta y cogí una barra de hierro que papá usaba para asegurar carga. Pesaba lo justo, fría al tacto. La agarré con fuerza y volví caminando hacia ellos, sin correr, pero sin dudar. Los moros me vieron venir con la barra en la mano y se callaron de golpe. Amina me miró de reojo, sorprendida, pero no dijo nada. Solo se mantuvo firme, la mano aún cerca del cuchillo.
El que parecía el líder levantó las manos, como diciendo “tranqui, tranqui”. Murmuraron algo entre ellos, se metieron en el coche y cerraron las puertas. Amina entró en la tienda, activó el surtidor desde dentro y les dejó echar gasolina. Pagaron con una aplicación en el móvil, sin bajar del coche.
Se fueron quemando rueda, gritando algo que sonó a insulto y haciendo gestos obscenos con la mano por la ventanilla.
Yo dejé la barra en la furgoneta, respirando fuerte. Amina salió de la tienda, me miró un segundo largo y luego se acercó.
—Gracias —dijo, la voz más baja que nunca—. No tenías que hacerlo. Sé defenderme, pero… tres son muchos.
No respondí. Solo asentí.
Ella señaló el surtidor.—Llena lo que necesites. 30 euros, así no tienes que dar explicaciones en casa.
Me acerqué a la bomba, llené justo 30 euros. Volví a la tienda para despedirme. Entré. Amina cerró la puerta de la tienda con llave, puso el cartel de “cerrado” y se me echó en brazos de repente. Me abrazó fuerte, temblando. Empezó a llorar, sollozos cortos y ahogados contra mi pecho. Luego me besó, desesperada, con lágrimas en los labios. La besé de vuelta, sin saber muy bien qué hacer.
—Gracias —repetía entre besos—. Todos te han visto coger la barra. Nadie me había defendido nunca así.
No sabía cómo calmarla. El llanto seguía, el cuerpo temblando contra el mío. No se me ocurrió otra cosa: saqué el gramo que me quedaba de coca, lo puse sobre el mostrador y preparé dos rayas con la llave.
—Toma —dije—. Esto te va a relajar.
Ella se limpió las lágrimas, esnifó su raya sin dudar. Yo esnifé la mía. El subidón volvió, rápido y limpio. Amina me miró, los ojos vidriosos pero ahora con fuego.
—Joder… sí que es buena —dijo, riendo entre lágrimas—. Ven aquí.
Se puso cachonda al instante. Me empujó contra el mostrador, me besó con hambre, las manos en mi entrepierna. Pero yo ya me había corrido tres veces en pocas horas. No daba para más. La pija se me puso semi-dura, pero no llegaba a estar lista.
—No puedo… —murmuré—. Demasiado.
Ella sonrió, traviesa.
—Entonces déjame a mí.
Me bajó la cremallera, sacó mi pija y empezó a hacerme una paja lenta, experta. Mientras, se besaba conmigo, la lengua profunda. Sabía que era masoquista, así que alargué una mano y le retorcí un pezón con fuerza, girándolo hasta que se puso rojo. Ella gimió fuerte contra mi boca, "sí, así, más fuerte". Con la otra mano bajé hasta su coño y le pellizqué el clítoris, apretando y soltando. Amina se retorció, jadeando, "joder, sí, retuércemelo, cabrón". La masturbé con los dedos mientras le retorcía el clítoris, el pezón, alternando. Ella se corrió rápido, un orgasmo fuerte que la hizo temblar y gemir alto, el cuerpo convulsionando contra mí. Cuando se calmó, se apartó un poco, respirando agitada.
—Gracias —dijo otra vez, limpiándose la cara—. Ahora vete a casa. Y no le digas nada a Marta. Asentí.
Salí de la tienda, subí a la furgoneta y arranqué. El camino de vuelta fue silencioso, el bajón de la coca llegando poco a poco, pero llegué a casa antes de que amaneciera.

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