Han pasado dos semanas desde aquel domingo en la poza. Dos semanas de miradas que se esquivan, silencios que pesan más que el calor, y una rutina forzada para fingir que nada cambió. Los padres volvieron esa misma tarde, con el coche lleno de arena y bolsas de playa, como si nada hubiera pasado. Comentaron que se les estaba acabando la pasta y que, total, ya habían visto suficiente mar. Quedó flotando en el aire, sin necesidad de palabras, que la pasta se había evaporado en gran parte por mi culpa: deudas antiguas, terapias, el centro de desintoxicación… todo eso que papá pagó con la venta del piso de la ciudad y que mamá nunca me perdonó del todo.
Pero lo que cambió de verdad fue que, al llegar, la caja del Starlink ya estaba sobre la mesa del salón. Amina, la amiga mora de Marta, se la había dado a papá unos días antes, cuando paró en la gasolinera a echar gasolina. El instalador se había rendido: dijo que la casa era imposible de encontrar, que el GPS se volvía loco en el camino de tierra, y dejó el paquete allí para que nos lo entregaran. “Instalación fácil”, según él. “Si se atascan, llamen al call center”. Así que, por fin, teníamos la solución al aislamiento que nos tenía locos desde que la señal móvil se fue a la mierda por el mantenimiento de la compañía.
Comimos lo de siempre: tortilla de patatas, ensalada y un poco de vino tinto que papá abrió “para abrir apetito”.
Después, mi padre y Marta se fueron al patio trasero a arreglar la ducha de camping que seguía goteando desde hacía meses. Papá con su caja de herramientas heredada del abuelo, Marta con esa fuerza que ahora tiene y que me sigue dando escalofríos cada vez que la veo clavar un clavo con los dedos.
Me dejaron la caja del Starlink sobre la mesa.
—Para algo eres ingeniero, ¿no? —
dijo papá sin mirarme
—. Instálalo. Así por fin tendremos internet decente y dejarás de quejarte.
No respondí. Solo abrí la caja, saqué el router, la antena parabólica y el manual que parecía escrito para idiotas. Salí al tejado con la escalera oxidada, ajusté la orientación según las coordenadas del satélite, conecté los cables y esperé la señal. Media hora después, el router parpadeó en verde. Internet. Por fin. La cobertura móvil habitual volvería en unos días (el aviso de la compañía decía que el mantenimiento terminaba esa semana), pero con Starlink ya no dependíamos de la puta antena de turno.Bajé al salón, abrí el portátil y entré en la web del Ministerio. El corazón me dio un vuelco cuando vi mi nombre en la lista de aprobados. Plaza sacada. Ahora empezaba el proceso de elección de destino. No era definitivo aún, pero estaba dentro. 31 años y después de todo el desastre, por fin algo salía bien.
Marta entró en ese momento, con el pelo recogido y la camiseta pegada al cuerpo por el sudor del trabajo con papá. Se acercó, miró por encima de mi hombro y soltó un silbido.
—Hostia, Caco. Lo has conseguido.
Se sentó a mi lado, abrió otra pestaña y entró en su propia área de opositora. Un par de clics y apareció su nombre. Destino: San Sebastián.Se quedó callada un segundo, mirando la pantalla.
—San Sebastián… —murmuró—. Joder. Pues sí que me ha tocado lejos.
La miré. Ella me miró a mí. Y en ese silencio, con el router nuevo parpadeando en la mesa y el rumor del ventilador del ordenador de fondo, supe que las dos semanas de tregua se habían acabado. Algo iba a pasar. Algo que ninguno de los dos podía seguir evitando.
El viernes por la tarde Marta apareció en el salón con el móvil en la mano y esa sonrisa que significa “se me ha ocurrido algo”.
—Oye, papá —dijo, apoyada en el marco de la puerta—. Las chicas y yo hemos alquilado un apartamento turístico en Madrid para el finde. Para celebrar que ya soy funcionaria. Pero se nos ha jodido el coche. ¿Me dejas al furgo?
Papá levantó la vista del periódico, frunció el ceño y negó con la cabeza sin pensarlo dos veces.
—No. La necesito. Tengo cosas que hacer el sábado por la mañana.
Marta puso cara de fastidio, pero no insistió. Se giró hacia mí, que estaba sentado en el sofá con el portátil abierto, mirando en foros lo que tardarían en asignarme destino. También podía tocarme San Sebastián. Nadie quería ir allí. Es una ciudad bonita pero cara, comentaban en los foros.
—Caco —dijo, con ese tono que sabe que no puedo negarle nada—. ¿Me llevas tú? Luego vuelves para casa y papá “recupera” su furgo. Es solo ida y vuelta. No te robo el finde.
Miré a papá. Él me miró a mí. Suspiró, como si cediera por cansancio más que por convicción.
—Vale. Pero volvéis pronto. Y nada de tonterías.
Así que me convertí en chófer oficial. Marta me dio un beso rápido en la mejilla —demasiado rápido para ser inocente, demasiado largo para ser fraternal— y salió corriendo a cambiarse.
Primero fuimos a buscar a las amigas en los pueblos cercanos. No viven en Madrid; son chonis de pueblo puro: tatuadas hasta las cejas, ropa que deja poco a la imaginación, trabajos precarios en bares, peluquerías o supermercados, y una actitud de “disfrutemos la juventud que el futuro pinta jodido”. Todas en un radio de 10-30 km de casa.
La primera parada fue el pueblo más cercano (el de la gasolinera donde trabaja Amina). Allí recogimos a la latina (curvas de infarto, tatuajes que asomaban por el top corto) y a otras tres: una morena con el pelo teñido de rojo, otra con rastas y piercings en la cara, y una cuarta que llevaba una camiseta tan ajustada que parecía pintada. Se subieron a la furgoneta como una estampida, gritando, cantando y subiendo la música a tope. Olían a perfume barato, tabaco y ganas de fiesta.
Luego tocó ir a buscar a Valentina, la rumana. Vive en un pueblo a 20 minutos. Cuando salió por la puerta del bloque me quedé sin aire un segundo. Rubia platino, ojos claros de gata eslava, delgada pero con curvas donde tienen que estar, y tatuada hasta las muñecas y el cuello. Llevaba un top negro de tirantes finos que dejaba ver casi todo el torso (dragones, rosas negras, frases en cirílico), shorts vaqueros cortísimos y botas altas. Se movía con esa seguridad que tienen las que saben que llaman la atención sin esfuerzo. Se subió al asiento del copiloto (Marta se lo cedió con una sonrisa cómplice), me miró de arriba abajo y dijo:
—Vaya, el famoso hermano. Encantada, Carlos.
Por último, las dos hermanas. Viven en un pueblo vecino. No son gemelas, pero se parecen tanto que les hace gracia vestirse igual: pelo rizado negro, piel aceitunada, cuerpos fuertes de gym, tatuadas hasta las orejas y con esa actitud de mostrón que Marta tanto defiende. Llevaban el mismo top corto blanco (que dejaba ver los tatuajes del abdomen) y los mismos leggings negros de tiro bajo. Subieron atrás riendo, se apretujaron con las demás y el coche se convirtió en una locura de voces, risas, olor a perfume y cerveza caliente.
El trayecto fue un caos feliz. Música reggaetón a todo volumen, ventanillas abajo, el viento entrando y sacando el pelo de todas. Cantaban, se reían de todo, se pasaban el móvil con fotos y vídeos. Yo conducía en silencio, intentando no mirar demasiado por el retrovisor, pero era imposible. Marta iba detrás, cantando con la cabeza echada hacia atrás, la camiseta subida dejando ver el tatuaje que le cruza las costillas. Valentina iba de copiloto, con las piernas abiertas sobre el salpicadero, cantando con una voz ronca que ponía los pelos de punta. Las hermanas detrás se besaban entre ellas de broma, se tocaban el pelo, se reían a carcajadas. Era como llevar un zoo de fuego en el coche.
Por fin llegamos al apartamento turístico en Madrid, un piso moderno en Malasaña con terraza y vistas a los tejados. Todas bajaron como una estampida, cargadas de bolsas, risas y botellas. Yo me quedé en la furgo, con el motor encendido, dispuesto a dar la vuelta y volver a casa. Pero entonces Marta se giró, me miró desde la acera y volvió a subir al asiento del copiloto. Cerró la puerta. El ruido de las chicas se apagó al instante.
—No te vayas todavía —dijo, con esa voz baja que usa cuando quiere algo de verdad—. Tengo que hacer un recado. Y necesito que me acompañes.
La miré. Ella me miró a mí. Y supe que no iba a ser un recado cualquiera.Marta sacó el móvil, tecleó una dirección en el GPS y lo puso en el salpicadero.
—Sigue las indicaciones —dijo—. No preguntes todavía.
Arranqué. Madrid se abrió delante de nosotros: luces de neón, tráfico de viernes noche, olor a asfalto caliente y gasolina. El GPS hablaba con voz robótica, guiándonos por calles normales, barrios normales, nada que gritara “esto va a ser raro”. Pero yo ya sabía que lo iba a ser.
Aparcamos en un subterráneo discreto, de esos que parecen de un edificio de oficinas o un bloque de pisos corriente. Subimos en ascensor hasta la calle y seguimos caminando siguiendo las flechas del móvil. Llegamos a una puerta pequeña, casi invisible, con un nombre discreto sobre el dintel que apenas se leía: “Spa Oasis”. Nada de luces llamativas, nada de carteles. Solo una campanilla y un cartelito que ponía “Privado – Reservas”.
Entramos. Dentro olía a eucalipto, sal y humedad caliente. En la recepción una chica joven, con el pelo recogido y una sonrisa profesional, nos miró.
—Buenas noches. ¿Son pareja? ¿Qué recorrido quieren hacer?
Marta ni dudó.—Sí, somos pareja —dijo, con esa naturalidad que me ponía los nervios de punta—. El circuito completo.
La chica asintió, tecleó algo en el ordenador y nos recordó las normas.
—Hoy es día nudista. Deben dejar la ropa en el vestuario y salir ya desnudos. Nada de bañadores ni ropa interior. Les damos chanclas y toalla. Disfruten.
Pagamos la entrada (Marta sacó la tarjeta sin que yo tuviera tiempo de reaccionar) y nos dio dos llaves de taquilla. Caminamos por el pasillo hacia los vestuarios. Yo no podía más.—¿Por qué has dicho que somos pareja? —le pregunté en voz baja, casi susurrando.
Ella se encogió de hombros, sin mirarme.
—La entrada de pareja es más barata. Y así nos dejan entrar juntos sin preguntas. Relájate, Caco.

Entramos en el vestuario de hombres (separado, por supuesto). Me desnudé rápido, intentando no pensar en nada. Dejé la ropa en la taquilla, la cerré y me puse la chancla y la toalla alrededor de la cintura. Marta salió del vestuario de mujeres al mismo tiempo. Desnuda, sin toalla, sin pudor. Los tatuajes brillaban bajo la luz tenue, los piercings en los pezones relucían, y su cuerpo —fuerte, marcado por el gym— parecía hecho para ese sitio. Me miró de arriba abajo, sonrió con esa media sonrisa suya y dejó caer su toalla al suelo.
—Vamos —dijo.
Duchas separadas. Agua caliente que me quemaba la piel y me ayudaba a no pensar demasiado. Salí primero. El circuito empezaba: un pasillo con luces bajas que llevaba a la primera sala. Sauna seca. Calor intenso, bancos de madera, vapor que te envolvía como una manta pesada. Había gente desnuda sentada, parejas, solitarios, algunos tocándose con disimulo. Marta no apareció. Seguí avanzando, extrañado.
Segunda sala: baño turco, humedad que te pegaba a la piel, vapor denso que te hacía sudar en segundos. Luego chorros de agua fría que caían de repente, escocesas que te golpeaban como agujas. Algunas personas se besaban en las esquinas, manos que se deslizaban, gemidos bajos que se mezclaban con el ruido del agua. Marta seguía sin aparecer.
Tercera sala: chorros de diferentes tipos, hidromasaje, jacuzzi con burbujas que te masajeaban el cuerpo. Gente relajada, algunos en actitudes muy cariñosas: una pareja se besaba profundamente, otra se tocaba bajo el agua sin disimulo. Yo me senté en un banco caliente, el agua cayendo sobre mí, y empecé a disfrutar a pesar de todo. El calor me relajaba los músculos, el vapor me aclaraba la cabeza. Pero seguía sin saber qué hacíamos allí. ¿Era esto el “recado”? ¿O solo quería que viera esto, que sintiera esto, que recordara lo que éramos capaces de hacer?
Entonces la vi aparecer al fondo del pasillo, desnuda, caminando con esa seguridad que ahora tiene, el agua brillando en sus tatuajes. Se acercó, se sentó a mi lado en el banco caliente y me miró con esa intensidad que me desarma.
—No preguntes todavía —dijo en voz baja—. Solo disfruta.
Y yo, sin saber qué hacer, obedecí. Seguimos avanzando por las salas hasta que llegaron a una que para entrar hay que bucear. No se puede pasar sin meter la cabeza debajo del agua. Marta me dice vamos y le sigo. Hay luces en el agua así que es un poco raro pero no asusta. Cuando salimos al otro lado están allí un hombre que parece eslavo lleno de tatuajes que dan miedo, una mujer eslava del mismo tipo y un negro de casi dos metros. Marta sale del agua y muestra una bolsa hermética en la que hay dinero. El negro le da a un botón y una plancha baja cerrando la posibilidad de que entre nadie más. Yo también salgo del agua.
El tipo que parece el jefe dice.
-Ahora os vamos a registrar las cavidades por si acaso, es una precaución necesaria.
La chica mete los dedos en las cavidades de Marta y quizás se entretiene un poco demás. El negro se me acerca y dudo. Marta me ordena que me deje hacer, que es necesario.
El negro mete los dedos primero en mi boca de, luego me mira los oídos y por fin me obliga a inclinarme y me mete un dedo por el culo. El negro se da cuenta que no soy virgen del culo y lo comenta entre risas.
Pero eso no hace gracia al jefe que pregunta si no son pareja. Marta sale del problema diciendo que si, que su novio es un poco maricón pero que es un buen chico.
Yo estaba alucinando pero Marta continuó como si nada. De hecho empezó a recitar una lista de drogas y cantidades como quien está pidiendo en la carnicería. Todo por un valor aproximado de 1.500 euros.
El eslavo —el jefe— preparó el pedido con calma, sacando bolsas pequeñas de plástico de un cajón oculto en la pared. Pesó cada cantidad en una báscula digital diminuta, cortó y separó con precisión quirúrgica. Cuando terminó, sacó un espejo plano, un canuto de metal y cinco rayas perfectas de cocaína blanca y brillante. Esnifó la primera con un gesto experto, cerró los ojos un segundo y soltó un suspiro satisfecho.
—Ahora hay que celebrar esta venta tan buena —dijo, con una sonrisa fría—. Y así me aseguro que no sois polis.
La mujer eslava se acercó primero, se inclinó y esnifó su raya sin pestañear. El negro hizo lo mismo, el canuto desapareciendo en su nariz enorme. Marta se adelantó sin dudar, se agachó con naturalidad y aspiró la suya en una sola pasada limpia.
Luego me miró. La última raya estaba allí, esperándome. Sentí el tirón en el pecho, ese viejo conocido que me decía “solo una, no pasa nada”. Intenté resistir, apreté los puños, miré al suelo. Pero el olor ya estaba en el aire, químico y dulce, y su cuerpo me recordaba demasiado bien lo que venía después.
Me acerqué, me incliné y esnifé. La coca entró como un rayo: cabeza clara, corazón acelerado, una ola de energía que me subió desde el estómago hasta la nuca. Era buena, muy buena. Pura. Y estando allí todos desnudos, con la adrenalina del momento, sentí cómo se me empezaba a poner dura la pija. No pude evitarlo. Se endureció rápido, visible, apuntando hacia arriba.
El jefe soltó una carcajada baja.
—Vaya, el maricón se anima —dijo, señalando con la barbilla—. Por seguridad no podéis salir hasta pasados 10 minutos. Mientras… si quieres ganarte un regalo: un gramo más de coca y un poco de cristal. Deja que mi amigo te dé por el culo.
Marta intervino antes de que pudiera hablar.—No soy celosa —dijo con voz tranquila—, pero no consentiré que fuercen a mi novio. Si él quiere, adelante. Si no, nos vamos con lo que hay.
El jefe la miró, evaluándola. Luego me miró.
—¿Quieres?
Intenté resistir. De verdad. Pero la coca ya me corría por las venas, la tentación era demasiado fuerte. Un gramo más. Cristal. Y el negro ya estaba duro, la pija gruesa y venosa apuntando hacia arriba. Recordé cuántas veces lo había hecho antes, en Barcelona, en saunas, en fiestas. No era nuevo. Y la droga gritaba que sí.
—Vale —dije en voz baja—. Sí.
El negro se acercó sin prisa. Me puso una mano en la nuca y me besó. No fue violento. Fue profundo, con lengua, con una pasión inesperada que me pilló por sorpresa. Mientras me besaba, el negro me pasó un cacho pequeño de cristal de boca a boca. Lo sentí en la lengua, amargo y químico. Luego el negro me empujó suavemente hacia abajo. Entendí lo que quería a la primera. Me puse de rodillas sobre el suelo húmedo. La pija del negro estaba delante de mi cara, dura, caliente. La cogí con la mano, abrí la boca y empecé a chuparla lo mejor que sabía. Lamí la cabeza, bajé por el tronco, intenté meterla lo más profundo posible. El negro gemía bajo, me ponía la mano en la nuca pero sin forzar. Mientras lo hacía, sentí una lengua caliente en el culo. Era la mujer eslava. Me lamía el ano con dedicación, humedeciéndolo, abriéndolo con la punta de la lengua. Me tensé un segundo porque no me lo esperaba, pero luego me relajó. Sabía lo que venía.
Marta y el jefe se habían apartado un poco. Ella se masturbaba despacio, dos dedos dentro de sí misma, mirando la escena. El jefe hacía lo mismo, la mano en su propia pija, disfrutando del espectáculo sin prisa.
La eslava se apartó un momento.—Ya te he lubricado bien —dijo con acento marcado—. Ahora devuélveme el favor.
Se tumbó en el suelo húmedo, abrió las piernas y señaló su coño depilado. Me acerqué, me incliné y empezé a lamerla. El sabor era salado, caliente, excitante. Sabía que el negro aprovecharía la postura. Relajé los músculos del ano como había aprendido después de tantas veces en Barcelona. Y efectivamente, sentí la punta gruesa presionando. El negro entró despacio, sin violencia, centímetro a centímetro, hasta el fondo. "Plop", se oyó el sonido húmedo cuando la cabeza pasó el anillo, y luego un "slurp" suave mientras el resto de la pija se deslizaba dentro, llenándome por completo.
El negro gimió bajo. -ahhh, joder, qué apretado estás, maricón-
Y empezó a moverse con ritmo, saliendo casi del todo y volviendo a entrar con un "thud" rítmico contra mis glúteos. Me gustaba. Joder, me gustaba mucho. El calor de su pija, el roce constante contra la próstata, cada embestida enviando ondas de placer que me hacían gemir sin control.
Mientras me follaba, el negro no se quedaba quieto. Sus manos grandes me tocaban por todas partes, como si quisiera reclamar cada centímetro de mi cuerpo. Me acarició los testículos con los dedos, masajeándolos suave pero firme.
-mmm, qué huevos más llenos tienes, me encanta cómo se balancean con cada empujón-
Luego me dio palmadas en los glúteos, "slap, slap", el sonido ecoando en la sala húmeda, cada golpe dejando una marca roja que ardía pero me ponía más cachondo.
-Ahhh, qué culo más rico, se aprieta alrededor de mi polla como una puta virgen-, gruñó él, disfrutando cada segundo, su voz ronca y excitada.
Y para rematar, me pellizcó los pezones con los pulgares, girándolos fuerte, un dolor placentero que me hizo arquear la espalda y empujar hacia atrás contra su pija. Todo me gustaba. El toque, el dolor mezclado con placer, la humillación que me ponía al límite. Mi cuerpo respondía solo, mi pija dura como una piedra, goteando pre-semen en el suelo.
La eslava, tumbada debajo de mí, gemía con mi lengua trabajando su coño.
-Será maricón, pero sabe comer un coño como un experto-, comentó ella con acento marcado, riendo entre jadeos.
Su voz me animaba, y seguí lamiendo, chupando, girando la lengua alrededor de su clítoris mientras el negro me follaba más fuerte.
-Oh yes, así, maricón, lame más profundo mientras te dan por el culo-, dijo ella, con sus manos en mi pelo, empujándome contra ella.
El negro aceleró, sus embestidas ahora más rápidas, "thump, thump", cada una golpeando mi próstata como un martillo.
-Joder, qué bueno, me estás apretando tanto con esa ralla de coca, ahhh, voy a llenarte entero- gruñó él.
Disfrutando como un animal, su sudor cayendo sobre mi espalda.
Y entonces llegó: un orgasmo anal profundo, interno, que me hizo correrse sin tocarme, semen saliendo a chorros mientras mi cuerpo se contraía en espasmos. El negro se corrió al mismo tiempo, llenándome el culo de semen caliente.
-Ahhh, sí, toma toda mi leche, maricón-, jadeó él, empujando hasta el fondo.
Al poco, la eslava se corrió con mi lengua, un orgasmo fuerte que la hizo arquear la espalda y mearse un poco de gusto. El chorro caliente cayó sobre mi cara, salado y caliente, mezclándose con el sudor y el agua del spa. Me sentí sucio, humillado, pero también excitado hasta el punto de no poder pensar con claridad. El jefe también se corrió, eyaculando sobre mi pecho y mi cara, chorros espesos que resbalaban por mi piel. Soltó una risa baja y satisfecha.
—Se nota que le gusta la leche —comentó, limpiándose la mano en mi pelo.
Yo respiraba agitado, el cuerpo temblando, el culo aún lleno del semen del negro, la cara mojada y pegajosa. No dije nada. No podía. Solo sentía el pulso acelerado, la coca todavía corriendo por mis venas, y una mezcla de vergüenza y placer que me dejaba sin palabras.
Marta se acercó, me miró un segundo con esa expresión que no sé si era ternura o indiferencia, y me tendió la mano para ayudarme a levantarme. No dijo nada sobre lo que acababa de pasar. Solo dijo:
—Nos vamos. Ya está.
El negro pulsó un botón oculto en la pared. La plancha de metal subió con un zumbido. El camino estaba libre.Marta recogió la bolsa con la droga, la metió en su bolsa hermética y miró al jefe.
—Gracias —dijo, como si acabáramos de comprar pan.
Nos metimos en el agua y nadamos de vuelta por el túnel. Salimos al circuito normal del spa, desnudos, goteando, con el cuerpo aún temblando por lo que acababa de pasar.
Pero lo que cambió de verdad fue que, al llegar, la caja del Starlink ya estaba sobre la mesa del salón. Amina, la amiga mora de Marta, se la había dado a papá unos días antes, cuando paró en la gasolinera a echar gasolina. El instalador se había rendido: dijo que la casa era imposible de encontrar, que el GPS se volvía loco en el camino de tierra, y dejó el paquete allí para que nos lo entregaran. “Instalación fácil”, según él. “Si se atascan, llamen al call center”. Así que, por fin, teníamos la solución al aislamiento que nos tenía locos desde que la señal móvil se fue a la mierda por el mantenimiento de la compañía.
Comimos lo de siempre: tortilla de patatas, ensalada y un poco de vino tinto que papá abrió “para abrir apetito”.
Después, mi padre y Marta se fueron al patio trasero a arreglar la ducha de camping que seguía goteando desde hacía meses. Papá con su caja de herramientas heredada del abuelo, Marta con esa fuerza que ahora tiene y que me sigue dando escalofríos cada vez que la veo clavar un clavo con los dedos.
Me dejaron la caja del Starlink sobre la mesa.
—Para algo eres ingeniero, ¿no? —
dijo papá sin mirarme
—. Instálalo. Así por fin tendremos internet decente y dejarás de quejarte.
No respondí. Solo abrí la caja, saqué el router, la antena parabólica y el manual que parecía escrito para idiotas. Salí al tejado con la escalera oxidada, ajusté la orientación según las coordenadas del satélite, conecté los cables y esperé la señal. Media hora después, el router parpadeó en verde. Internet. Por fin. La cobertura móvil habitual volvería en unos días (el aviso de la compañía decía que el mantenimiento terminaba esa semana), pero con Starlink ya no dependíamos de la puta antena de turno.Bajé al salón, abrí el portátil y entré en la web del Ministerio. El corazón me dio un vuelco cuando vi mi nombre en la lista de aprobados. Plaza sacada. Ahora empezaba el proceso de elección de destino. No era definitivo aún, pero estaba dentro. 31 años y después de todo el desastre, por fin algo salía bien.
Marta entró en ese momento, con el pelo recogido y la camiseta pegada al cuerpo por el sudor del trabajo con papá. Se acercó, miró por encima de mi hombro y soltó un silbido.
—Hostia, Caco. Lo has conseguido.
Se sentó a mi lado, abrió otra pestaña y entró en su propia área de opositora. Un par de clics y apareció su nombre. Destino: San Sebastián.Se quedó callada un segundo, mirando la pantalla.
—San Sebastián… —murmuró—. Joder. Pues sí que me ha tocado lejos.
La miré. Ella me miró a mí. Y en ese silencio, con el router nuevo parpadeando en la mesa y el rumor del ventilador del ordenador de fondo, supe que las dos semanas de tregua se habían acabado. Algo iba a pasar. Algo que ninguno de los dos podía seguir evitando.
El viernes por la tarde Marta apareció en el salón con el móvil en la mano y esa sonrisa que significa “se me ha ocurrido algo”.
—Oye, papá —dijo, apoyada en el marco de la puerta—. Las chicas y yo hemos alquilado un apartamento turístico en Madrid para el finde. Para celebrar que ya soy funcionaria. Pero se nos ha jodido el coche. ¿Me dejas al furgo?
Papá levantó la vista del periódico, frunció el ceño y negó con la cabeza sin pensarlo dos veces.
—No. La necesito. Tengo cosas que hacer el sábado por la mañana.
Marta puso cara de fastidio, pero no insistió. Se giró hacia mí, que estaba sentado en el sofá con el portátil abierto, mirando en foros lo que tardarían en asignarme destino. También podía tocarme San Sebastián. Nadie quería ir allí. Es una ciudad bonita pero cara, comentaban en los foros.
—Caco —dijo, con ese tono que sabe que no puedo negarle nada—. ¿Me llevas tú? Luego vuelves para casa y papá “recupera” su furgo. Es solo ida y vuelta. No te robo el finde.
Miré a papá. Él me miró a mí. Suspiró, como si cediera por cansancio más que por convicción.
—Vale. Pero volvéis pronto. Y nada de tonterías.
Así que me convertí en chófer oficial. Marta me dio un beso rápido en la mejilla —demasiado rápido para ser inocente, demasiado largo para ser fraternal— y salió corriendo a cambiarse.
Primero fuimos a buscar a las amigas en los pueblos cercanos. No viven en Madrid; son chonis de pueblo puro: tatuadas hasta las cejas, ropa que deja poco a la imaginación, trabajos precarios en bares, peluquerías o supermercados, y una actitud de “disfrutemos la juventud que el futuro pinta jodido”. Todas en un radio de 10-30 km de casa.
La primera parada fue el pueblo más cercano (el de la gasolinera donde trabaja Amina). Allí recogimos a la latina (curvas de infarto, tatuajes que asomaban por el top corto) y a otras tres: una morena con el pelo teñido de rojo, otra con rastas y piercings en la cara, y una cuarta que llevaba una camiseta tan ajustada que parecía pintada. Se subieron a la furgoneta como una estampida, gritando, cantando y subiendo la música a tope. Olían a perfume barato, tabaco y ganas de fiesta.
Luego tocó ir a buscar a Valentina, la rumana. Vive en un pueblo a 20 minutos. Cuando salió por la puerta del bloque me quedé sin aire un segundo. Rubia platino, ojos claros de gata eslava, delgada pero con curvas donde tienen que estar, y tatuada hasta las muñecas y el cuello. Llevaba un top negro de tirantes finos que dejaba ver casi todo el torso (dragones, rosas negras, frases en cirílico), shorts vaqueros cortísimos y botas altas. Se movía con esa seguridad que tienen las que saben que llaman la atención sin esfuerzo. Se subió al asiento del copiloto (Marta se lo cedió con una sonrisa cómplice), me miró de arriba abajo y dijo:
—Vaya, el famoso hermano. Encantada, Carlos.
Por último, las dos hermanas. Viven en un pueblo vecino. No son gemelas, pero se parecen tanto que les hace gracia vestirse igual: pelo rizado negro, piel aceitunada, cuerpos fuertes de gym, tatuadas hasta las orejas y con esa actitud de mostrón que Marta tanto defiende. Llevaban el mismo top corto blanco (que dejaba ver los tatuajes del abdomen) y los mismos leggings negros de tiro bajo. Subieron atrás riendo, se apretujaron con las demás y el coche se convirtió en una locura de voces, risas, olor a perfume y cerveza caliente.
El trayecto fue un caos feliz. Música reggaetón a todo volumen, ventanillas abajo, el viento entrando y sacando el pelo de todas. Cantaban, se reían de todo, se pasaban el móvil con fotos y vídeos. Yo conducía en silencio, intentando no mirar demasiado por el retrovisor, pero era imposible. Marta iba detrás, cantando con la cabeza echada hacia atrás, la camiseta subida dejando ver el tatuaje que le cruza las costillas. Valentina iba de copiloto, con las piernas abiertas sobre el salpicadero, cantando con una voz ronca que ponía los pelos de punta. Las hermanas detrás se besaban entre ellas de broma, se tocaban el pelo, se reían a carcajadas. Era como llevar un zoo de fuego en el coche.
Por fin llegamos al apartamento turístico en Madrid, un piso moderno en Malasaña con terraza y vistas a los tejados. Todas bajaron como una estampida, cargadas de bolsas, risas y botellas. Yo me quedé en la furgo, con el motor encendido, dispuesto a dar la vuelta y volver a casa. Pero entonces Marta se giró, me miró desde la acera y volvió a subir al asiento del copiloto. Cerró la puerta. El ruido de las chicas se apagó al instante.
—No te vayas todavía —dijo, con esa voz baja que usa cuando quiere algo de verdad—. Tengo que hacer un recado. Y necesito que me acompañes.
La miré. Ella me miró a mí. Y supe que no iba a ser un recado cualquiera.Marta sacó el móvil, tecleó una dirección en el GPS y lo puso en el salpicadero.
—Sigue las indicaciones —dijo—. No preguntes todavía.
Arranqué. Madrid se abrió delante de nosotros: luces de neón, tráfico de viernes noche, olor a asfalto caliente y gasolina. El GPS hablaba con voz robótica, guiándonos por calles normales, barrios normales, nada que gritara “esto va a ser raro”. Pero yo ya sabía que lo iba a ser.
Aparcamos en un subterráneo discreto, de esos que parecen de un edificio de oficinas o un bloque de pisos corriente. Subimos en ascensor hasta la calle y seguimos caminando siguiendo las flechas del móvil. Llegamos a una puerta pequeña, casi invisible, con un nombre discreto sobre el dintel que apenas se leía: “Spa Oasis”. Nada de luces llamativas, nada de carteles. Solo una campanilla y un cartelito que ponía “Privado – Reservas”.
Entramos. Dentro olía a eucalipto, sal y humedad caliente. En la recepción una chica joven, con el pelo recogido y una sonrisa profesional, nos miró.
—Buenas noches. ¿Son pareja? ¿Qué recorrido quieren hacer?
Marta ni dudó.—Sí, somos pareja —dijo, con esa naturalidad que me ponía los nervios de punta—. El circuito completo.
La chica asintió, tecleó algo en el ordenador y nos recordó las normas.
—Hoy es día nudista. Deben dejar la ropa en el vestuario y salir ya desnudos. Nada de bañadores ni ropa interior. Les damos chanclas y toalla. Disfruten.
Pagamos la entrada (Marta sacó la tarjeta sin que yo tuviera tiempo de reaccionar) y nos dio dos llaves de taquilla. Caminamos por el pasillo hacia los vestuarios. Yo no podía más.—¿Por qué has dicho que somos pareja? —le pregunté en voz baja, casi susurrando.
Ella se encogió de hombros, sin mirarme.
—La entrada de pareja es más barata. Y así nos dejan entrar juntos sin preguntas. Relájate, Caco.

Entramos en el vestuario de hombres (separado, por supuesto). Me desnudé rápido, intentando no pensar en nada. Dejé la ropa en la taquilla, la cerré y me puse la chancla y la toalla alrededor de la cintura. Marta salió del vestuario de mujeres al mismo tiempo. Desnuda, sin toalla, sin pudor. Los tatuajes brillaban bajo la luz tenue, los piercings en los pezones relucían, y su cuerpo —fuerte, marcado por el gym— parecía hecho para ese sitio. Me miró de arriba abajo, sonrió con esa media sonrisa suya y dejó caer su toalla al suelo.
—Vamos —dijo.
Duchas separadas. Agua caliente que me quemaba la piel y me ayudaba a no pensar demasiado. Salí primero. El circuito empezaba: un pasillo con luces bajas que llevaba a la primera sala. Sauna seca. Calor intenso, bancos de madera, vapor que te envolvía como una manta pesada. Había gente desnuda sentada, parejas, solitarios, algunos tocándose con disimulo. Marta no apareció. Seguí avanzando, extrañado.
Segunda sala: baño turco, humedad que te pegaba a la piel, vapor denso que te hacía sudar en segundos. Luego chorros de agua fría que caían de repente, escocesas que te golpeaban como agujas. Algunas personas se besaban en las esquinas, manos que se deslizaban, gemidos bajos que se mezclaban con el ruido del agua. Marta seguía sin aparecer.
Tercera sala: chorros de diferentes tipos, hidromasaje, jacuzzi con burbujas que te masajeaban el cuerpo. Gente relajada, algunos en actitudes muy cariñosas: una pareja se besaba profundamente, otra se tocaba bajo el agua sin disimulo. Yo me senté en un banco caliente, el agua cayendo sobre mí, y empecé a disfrutar a pesar de todo. El calor me relajaba los músculos, el vapor me aclaraba la cabeza. Pero seguía sin saber qué hacíamos allí. ¿Era esto el “recado”? ¿O solo quería que viera esto, que sintiera esto, que recordara lo que éramos capaces de hacer?
Entonces la vi aparecer al fondo del pasillo, desnuda, caminando con esa seguridad que ahora tiene, el agua brillando en sus tatuajes. Se acercó, se sentó a mi lado en el banco caliente y me miró con esa intensidad que me desarma.
—No preguntes todavía —dijo en voz baja—. Solo disfruta.
Y yo, sin saber qué hacer, obedecí. Seguimos avanzando por las salas hasta que llegaron a una que para entrar hay que bucear. No se puede pasar sin meter la cabeza debajo del agua. Marta me dice vamos y le sigo. Hay luces en el agua así que es un poco raro pero no asusta. Cuando salimos al otro lado están allí un hombre que parece eslavo lleno de tatuajes que dan miedo, una mujer eslava del mismo tipo y un negro de casi dos metros. Marta sale del agua y muestra una bolsa hermética en la que hay dinero. El negro le da a un botón y una plancha baja cerrando la posibilidad de que entre nadie más. Yo también salgo del agua.
El tipo que parece el jefe dice.
-Ahora os vamos a registrar las cavidades por si acaso, es una precaución necesaria.
La chica mete los dedos en las cavidades de Marta y quizás se entretiene un poco demás. El negro se me acerca y dudo. Marta me ordena que me deje hacer, que es necesario.
El negro mete los dedos primero en mi boca de, luego me mira los oídos y por fin me obliga a inclinarme y me mete un dedo por el culo. El negro se da cuenta que no soy virgen del culo y lo comenta entre risas.
Pero eso no hace gracia al jefe que pregunta si no son pareja. Marta sale del problema diciendo que si, que su novio es un poco maricón pero que es un buen chico.
Yo estaba alucinando pero Marta continuó como si nada. De hecho empezó a recitar una lista de drogas y cantidades como quien está pidiendo en la carnicería. Todo por un valor aproximado de 1.500 euros.
El eslavo —el jefe— preparó el pedido con calma, sacando bolsas pequeñas de plástico de un cajón oculto en la pared. Pesó cada cantidad en una báscula digital diminuta, cortó y separó con precisión quirúrgica. Cuando terminó, sacó un espejo plano, un canuto de metal y cinco rayas perfectas de cocaína blanca y brillante. Esnifó la primera con un gesto experto, cerró los ojos un segundo y soltó un suspiro satisfecho.
—Ahora hay que celebrar esta venta tan buena —dijo, con una sonrisa fría—. Y así me aseguro que no sois polis.
La mujer eslava se acercó primero, se inclinó y esnifó su raya sin pestañear. El negro hizo lo mismo, el canuto desapareciendo en su nariz enorme. Marta se adelantó sin dudar, se agachó con naturalidad y aspiró la suya en una sola pasada limpia.
Luego me miró. La última raya estaba allí, esperándome. Sentí el tirón en el pecho, ese viejo conocido que me decía “solo una, no pasa nada”. Intenté resistir, apreté los puños, miré al suelo. Pero el olor ya estaba en el aire, químico y dulce, y su cuerpo me recordaba demasiado bien lo que venía después.
Me acerqué, me incliné y esnifé. La coca entró como un rayo: cabeza clara, corazón acelerado, una ola de energía que me subió desde el estómago hasta la nuca. Era buena, muy buena. Pura. Y estando allí todos desnudos, con la adrenalina del momento, sentí cómo se me empezaba a poner dura la pija. No pude evitarlo. Se endureció rápido, visible, apuntando hacia arriba.
El jefe soltó una carcajada baja.
—Vaya, el maricón se anima —dijo, señalando con la barbilla—. Por seguridad no podéis salir hasta pasados 10 minutos. Mientras… si quieres ganarte un regalo: un gramo más de coca y un poco de cristal. Deja que mi amigo te dé por el culo.
Marta intervino antes de que pudiera hablar.—No soy celosa —dijo con voz tranquila—, pero no consentiré que fuercen a mi novio. Si él quiere, adelante. Si no, nos vamos con lo que hay.
El jefe la miró, evaluándola. Luego me miró.
—¿Quieres?
Intenté resistir. De verdad. Pero la coca ya me corría por las venas, la tentación era demasiado fuerte. Un gramo más. Cristal. Y el negro ya estaba duro, la pija gruesa y venosa apuntando hacia arriba. Recordé cuántas veces lo había hecho antes, en Barcelona, en saunas, en fiestas. No era nuevo. Y la droga gritaba que sí.
—Vale —dije en voz baja—. Sí.
El negro se acercó sin prisa. Me puso una mano en la nuca y me besó. No fue violento. Fue profundo, con lengua, con una pasión inesperada que me pilló por sorpresa. Mientras me besaba, el negro me pasó un cacho pequeño de cristal de boca a boca. Lo sentí en la lengua, amargo y químico. Luego el negro me empujó suavemente hacia abajo. Entendí lo que quería a la primera. Me puse de rodillas sobre el suelo húmedo. La pija del negro estaba delante de mi cara, dura, caliente. La cogí con la mano, abrí la boca y empecé a chuparla lo mejor que sabía. Lamí la cabeza, bajé por el tronco, intenté meterla lo más profundo posible. El negro gemía bajo, me ponía la mano en la nuca pero sin forzar. Mientras lo hacía, sentí una lengua caliente en el culo. Era la mujer eslava. Me lamía el ano con dedicación, humedeciéndolo, abriéndolo con la punta de la lengua. Me tensé un segundo porque no me lo esperaba, pero luego me relajó. Sabía lo que venía.
Marta y el jefe se habían apartado un poco. Ella se masturbaba despacio, dos dedos dentro de sí misma, mirando la escena. El jefe hacía lo mismo, la mano en su propia pija, disfrutando del espectáculo sin prisa.
La eslava se apartó un momento.—Ya te he lubricado bien —dijo con acento marcado—. Ahora devuélveme el favor.
Se tumbó en el suelo húmedo, abrió las piernas y señaló su coño depilado. Me acerqué, me incliné y empezé a lamerla. El sabor era salado, caliente, excitante. Sabía que el negro aprovecharía la postura. Relajé los músculos del ano como había aprendido después de tantas veces en Barcelona. Y efectivamente, sentí la punta gruesa presionando. El negro entró despacio, sin violencia, centímetro a centímetro, hasta el fondo. "Plop", se oyó el sonido húmedo cuando la cabeza pasó el anillo, y luego un "slurp" suave mientras el resto de la pija se deslizaba dentro, llenándome por completo.
El negro gimió bajo. -ahhh, joder, qué apretado estás, maricón-
Y empezó a moverse con ritmo, saliendo casi del todo y volviendo a entrar con un "thud" rítmico contra mis glúteos. Me gustaba. Joder, me gustaba mucho. El calor de su pija, el roce constante contra la próstata, cada embestida enviando ondas de placer que me hacían gemir sin control.
Mientras me follaba, el negro no se quedaba quieto. Sus manos grandes me tocaban por todas partes, como si quisiera reclamar cada centímetro de mi cuerpo. Me acarició los testículos con los dedos, masajeándolos suave pero firme.
-mmm, qué huevos más llenos tienes, me encanta cómo se balancean con cada empujón-
Luego me dio palmadas en los glúteos, "slap, slap", el sonido ecoando en la sala húmeda, cada golpe dejando una marca roja que ardía pero me ponía más cachondo.
-Ahhh, qué culo más rico, se aprieta alrededor de mi polla como una puta virgen-, gruñó él, disfrutando cada segundo, su voz ronca y excitada.
Y para rematar, me pellizcó los pezones con los pulgares, girándolos fuerte, un dolor placentero que me hizo arquear la espalda y empujar hacia atrás contra su pija. Todo me gustaba. El toque, el dolor mezclado con placer, la humillación que me ponía al límite. Mi cuerpo respondía solo, mi pija dura como una piedra, goteando pre-semen en el suelo.
La eslava, tumbada debajo de mí, gemía con mi lengua trabajando su coño.
-Será maricón, pero sabe comer un coño como un experto-, comentó ella con acento marcado, riendo entre jadeos.
Su voz me animaba, y seguí lamiendo, chupando, girando la lengua alrededor de su clítoris mientras el negro me follaba más fuerte.
-Oh yes, así, maricón, lame más profundo mientras te dan por el culo-, dijo ella, con sus manos en mi pelo, empujándome contra ella.
El negro aceleró, sus embestidas ahora más rápidas, "thump, thump", cada una golpeando mi próstata como un martillo.
-Joder, qué bueno, me estás apretando tanto con esa ralla de coca, ahhh, voy a llenarte entero- gruñó él.
Disfrutando como un animal, su sudor cayendo sobre mi espalda.
Y entonces llegó: un orgasmo anal profundo, interno, que me hizo correrse sin tocarme, semen saliendo a chorros mientras mi cuerpo se contraía en espasmos. El negro se corrió al mismo tiempo, llenándome el culo de semen caliente.
-Ahhh, sí, toma toda mi leche, maricón-, jadeó él, empujando hasta el fondo.
Al poco, la eslava se corrió con mi lengua, un orgasmo fuerte que la hizo arquear la espalda y mearse un poco de gusto. El chorro caliente cayó sobre mi cara, salado y caliente, mezclándose con el sudor y el agua del spa. Me sentí sucio, humillado, pero también excitado hasta el punto de no poder pensar con claridad. El jefe también se corrió, eyaculando sobre mi pecho y mi cara, chorros espesos que resbalaban por mi piel. Soltó una risa baja y satisfecha.
—Se nota que le gusta la leche —comentó, limpiándose la mano en mi pelo.
Yo respiraba agitado, el cuerpo temblando, el culo aún lleno del semen del negro, la cara mojada y pegajosa. No dije nada. No podía. Solo sentía el pulso acelerado, la coca todavía corriendo por mis venas, y una mezcla de vergüenza y placer que me dejaba sin palabras.
Marta se acercó, me miró un segundo con esa expresión que no sé si era ternura o indiferencia, y me tendió la mano para ayudarme a levantarme. No dijo nada sobre lo que acababa de pasar. Solo dijo:
—Nos vamos. Ya está.
El negro pulsó un botón oculto en la pared. La plancha de metal subió con un zumbido. El camino estaba libre.Marta recogió la bolsa con la droga, la metió en su bolsa hermética y miró al jefe.
—Gracias —dijo, como si acabáramos de comprar pan.
Nos metimos en el agua y nadamos de vuelta por el túnel. Salimos al circuito normal del spa, desnudos, goteando, con el cuerpo aún temblando por lo que acababa de pasar.
1 comentarios - Jugando fuerte con mi hermana. IV