Hola que tal, espero que les este gustando esta saga, sigan apoyando y comentando para siguientes relatos, saludos 🔥
Desperté con el cuerpo pesado y la cabeza hecha un nudo. La sábana se pegaba a mi piel sudorosa, el aire de la habitación cargado con ese olor a cerrado y a mi propio deseo residual de anoche. La cama estaba fría a mi lado. Diego no estaba. No recordaba haberlo sentido llegar. ¿Se quedó dormido abajo en el sofá, ahogado en su estrés? ¿Se fue temprano al trabajo sin siquiera un beso de despedida? ¿O ni siquiera llegó? El silencio de la casa era opresivo, roto solo por el tic-tac distante de un reloj y el golpeteo suave de la lluvia contra la ventana, que seguía cayendo como si el mundo llorara por mí. Me incorporé, me levante sin dicho top de pijama, los pezones sensibles al roce de la tela. Revisé el teléfono en la mesita un mensaje suyo de las 6:12 a.m.

Te quiero. Las palabras parpadearon en la pantalla como un faro falso, vacías, rutinarias. Ni un emoji, ni un "besos", ni un "lo siento". Solo eso, como si fuera un informe de trabajo. Me quedé mirando la pantalla un rato largo, sintiendo cómo la amargura se enredaba en mi pecho como una enredadera venenosa.
ANA PENSANDO- ¿Por qué me molestaba tanto su ausencia? ¿O era que, en el fondo, me aliviaba?
No lo sabía. Solo sabía que me sentía sola, expuesta, como si el mundo se hubiera reducido a esta casa ajena y a los secretos que se acumulaban en sus paredes. Y molesta. Extrañamente molesta, como si una ira sorda burbujeara bajo mi piel, esperando el momento para salir. Entonces lo escuché: el sonido del agua corriendo en la ducha del piso de arriba. Fuerte, constante, como un río artificial que cortaba el silencio. Alguien se estaba bañando. Mi mente, traicionera como siempre, saltó directo: Marco. Tenía que ser él. Diego nunca se duchaba tan temprano; siempre prefería remolonear en la cama hasta que el mundo lo obligara a moverse. Cerré los ojos un segundo, y la imagen llegó sola, vívida, caliente:

Marco bajo el chorro humeante, el agua resbalando por su pecho ancho, gotas trazando caminos por los surcos de sus abdominales definidos, bajando más, rodeando esa verga gruesa que vi marcada en el pantalón mojado ayer, ahora libre, pesada, balanceándose con cada movimiento. Lo imaginé enjabonándose, las manos grandes deslizándose por el tronco venoso, la cabeza bulbosa brillando con espuma blanca, endureciéndose lentamente bajo el calor del agua, las venas pulsando como si respondieran a un ritmo secreto. Un calor repentino me subió por el vientre, directo entre mis piernas. Mis pezones se endurecieron al instante, rozando dolorosamente contra la tela del top. ¿Qué mierda me pasa? Me incorporé más, respirando agitada, sintiendo cómo mis jugos empezaban a resbalar por mis muslos internos. No era normal. O sí lo era. Ya no sabía. Solo sabía que mi cuerpo respondía a él como si estuviera programado para eso. Miré mi cuerpo en el espejo de la habitación.
Me había quedado dormida en la tanga negra del pijama prestado. Pequeña, ajustada, subiéndose por mi culo redondo y marcando la línea de mi coño depilado. Sin sostén, las tetas firmes y grandes rebotando ligeramente con cada movimiento. Algo en mí, algo nuevo y peligroso que no reconocía, susurró: sal así. Muéstrale. Que vea lo que se perdió anoche por ir tras de ella.
Que se dé cuenta de que existo. Que su bulto se tense por mí, no por esa voz de "amor" al teléfono. Pero la voz racional, la de siempre, me frenó: no eres una puta, Ana. No lo eres. No lo hagas. Me levanté, busqué en la maleta con manos temblorosas y encontré un top deportivo blanco que había traído.

Me lo puse sin sostén. La tela fina se pegó a mis tetas como una segunda piel, el escote profundo dejando ver el valle entre ellas, los pezones marcándose claramente bajo el material. Abajo dejé la tanga. Negra, pequeña, subiéndose por mis nalgas redondas como si me invitara a pecar.
ANA- Si él bajaba... si me veía así... quizás... No. Solo era ropa cómoda. Solo eso.
Me mentí a mí misma mientras bajaba las escaleras descalza, el corazón latiéndome en la garganta como un tambor descontrolado. La ducha seguía sonando, el vapor escapando por debajo de la puerta del baño. Me acerqué a la cocina, el aire fresco de la mañana mezclándose con el olor a café residual de ayer. Me recargué de espaldas contra la encimera, mirando hacia el pasillo. La tanga se me subía más con el movimiento, dejando la mitad de mis nalgas al aire, la tela ajustada marcando cada curva, cada pliegue.

Lo hice a propósito. Quería que cuando bajara me viera así, de espaldas, el culo marcado, las piernas todavía con rastros de lodo seco de ayer, las tetas presionadas contra el top. Quería que se detuviera. Que mirara. Que se le marcara algo. Que su verga se endureciera por mí. El pensamiento me avergonzó, pero el calor entre mis piernas era más fuerte. Entonces la voz. Femenina. Aguda. Sorprendida, con un toque de indignación.
VALERIA-¿Qué mierda?

Me giré de golpe, el pulso en la garganta como un martillo. Allí estaba ella. Una chica joven, como de la edad de Marco, 25 o 26 tal vez. Pelo castaño largo y ondulado, todavía revuelto por el sueño, cuerpo delgado pero curvilíneo, con caderas anchas y tetas pequeñas pero firmes que se marcaban bajo un conjunto de pijama sexy rojo oscuro, shortcito de encaje que apenas cubría su culo, top de tirantes finos dejando ver el ombligo y el valle entre sus pechos. Más sexy que el que Marco me había prestado. Mucho más. Olía a perfume dulce. Me miró de arriba abajo, sus ojos verdes deteniéndose en mi tanga, en mis tetas marcadas, en mi postura expuesta. Confundida, casi ofendida. Y entonces lo vi: una marca roja en su cuello, como un chupetón reciente, hinchado, fresco. Un beso. O algo más. Mi estómago se revolvió como si me hubieran golpeado.
ANA PENSANDO- ¿Anoche? ¿Con él? Mi aliento se cortó.
VALERIA- ¿Quién eres tú?
Preguntó, su voz ahora con un filo acusador, cruzando los brazos bajo sus tetas para resaltarlas más. Antes de que pudiera responder, pasos rápidos en la escalera, el sonido de pies descalzos contra la madera. Marco apareció en el pasillo, saliendo de la ducha, solo con una toalla blanca alrededor de la cintura que apenas se sostenía con una mano.

El torso húmedo y brillante, gotas de agua resbalando por los pectorales definidos, por el centro de sus abdominales hasta perderse en el borde de la toalla. El olor a jabón fresco y shampoo invadió la cocina, mezclado con su esencia masculina. El bulto bajo la toalla era evidente, semi-marcado por el calor del agua, la tela fina dejando poco a la imaginación: el contorno grueso, la cabeza bulbosa insinuada. Se detuvo en seco al vernos a las dos, sus ojos azules abriéndose ligeramente. Primero miró a la chica, luego a mí. Sus ojos se quedaron un segundo de más en mi tanga negra, en el modo en que se hundía entre mis muslos, en mis tetas marcadas bajo el top blanco, en mi culo expuesto contra la encimera. Tragó saliva, visiblemente, la nuez subiendo y bajando en su garganta. La toalla se tensó un poco más, como si su cuerpo respondiera solo a la vista.
MARCO- ¿Ana? ¿Qué...?
Dijo, su voz ronca de recién salido de la ducha, todavía goteando agua al suelo con un plic-plic suave. La chica cruzó los brazos más fuerte, mirando alternadamente a Marco y a mí, sus ojos lanzando chispas.
VALERIAA- ¿Quién es ella, Marco? ¿Por qué está aquí vestida como si estuviera en un club de striptease?
Yo me quedé paralizada, el calor subiéndome al cuello como una llama. Quería cubrirme, esconder la tanga que ahora se sentía ridícula, pero mis brazos no obedecían. Quería gritar, preguntar por esa marca en su cuello, pero las palabras se atascaban. Solo sentía el pulso latiéndome entre las piernas, traicionero, y los celos quemándome el pecho como ácido. ¿Por qué me importaba tanto? ¿Por qué mi cuerpo reaccionaba así, mojándose más con cada segundo de esta humillación? Valeria, como la llamaría después en mi cabeza, se enojó primero. Sus ojos se clavaron en mí, en mi tanga que apenas cubría nada, en mis tetas marcadas bajo el top delgado.
VALERIA- ¿Por qué está en tu casa vestida como una zorra? ¿Es esto lo que haces cuando no estoy?.
Su voz era afilada, cargada de acusación, como si yo fuera la intrusa y no ella la que había dormido allí. El olor a perfume dulce se intensificó cuando se acercó un paso, su pijama rojo ondeando ligeramente, revelando más piel de la que debería. Mi sangre hirvió.
ANA PENSANDO- ¿Zorra? ¿Ella me decía zorra, con su pijama rojo que parecía de catálogo porno, y esa marca en el cuello gritando que había pasado la noche con él?
ANA- Yo vivo aquí temporalmente
Respondí cortante, los celos saliendo sin control.
ANA- ¿Y tú? ¿Vienes solo cuando necesitas 'ayuda'? ¿O cuando te dice 'amor' por teléfono?".
No pude contenerme. La palabra "amor" salió como veneno, y vi cómo sus ojos se abrieron más, heridos, pero también furiosos. El aire se espesó, cargado con el vapor residual de la ducha de Marco, el olor a jabón mezclándose con mi sudor nervioso y su perfume dulzón. Valeria se giró hacia Marco, furiosa.
VALERIA- ¡Familia! ¿Por eso la miras así? ¡Eres un mentiroso!.
Lo acusó directamente, señalándome a mí como si yo fuera la prueba. lágrimas asomando en sus ojos verdes, el top de su pijama subiéndose con el movimiento, revelando el ombligo. Yo me sentí un segundo triunfante, pero la culpa me golpeó rápido. ¿Yo había causado esto? ¿Yo, que estaba allí en tanga, expuesta como una idiota? Marco levantó las manos, intentando mediar, la toalla a punto de caerse, su bulto tensándose más con la adrenalina, el contorno grueso presionando la tela húmeda.
MARCO- Basta, las dos. Valeria, no hables así. Ana es familia, mi cuñada. Están quedándose aquí por problemas económicos junto a mi hermano.
Su voz era firme, pero se notaba el nerviosismo en cómo sus ojos saltaban entre nosotras, deteniéndose un instante en mi escote, en la forma en que mis pezones se marcaban más por el frío de la discusión. El olor a su jabón me invadió, cálido, masculino, haciendo que mi coño palpitara traicionero. Pero Valeria no cedió. Exploto más:
VALERIA- ¡Problemas! que tipos de problemas tiene ella vistiéndose asi?!.
Lloraba ahora, enfurecida, agarrando sus cosas de la encimera –un bolso, una chaqueta, su teléfono–.
VALERIA- ¡No vuelvo a tu casa nunca más! ¡Estás jugando conmigo!.
Sus sollozos eran agudos, entrecortados, el pijama rojo arrugado, revelando más de su piel pálida. Se dirigió a la puerta, pisando fuerte, el encaje del short subiéndose por su culo con cada paso. Marco maldijo bajito y la siguió al pasillo, la toalla apenas sujetándose, goteando agua al suelo con un plic-plic que retumbaba en mi cabeza.
MARCO- Espera, Valeria, no es lo que piensas.
Desde la cocina, los escuché murmurar. Voces bajas, suaves. Un abrazo. O un beso. No lo vi, pero lo imaginé: él consolándola, sus manos grandes en su espalda, su boca en su cuello, en esa marca roja que yo había visto. Quizás un "no llores, amor". Mi estómago se revolvió más, las uñas clavadas en la encimera hasta que dolieron. Lágrimas calientes resbalando por mis mejillas.
ANA PENSANDO- ¿Gané? No, soy una idiota. ¿Por qué me importa tanto? No tengo derecho. Pero duele. Duele imaginarlo con ella, tocándola, besándola. Duele que no me toque a mí. Duele que su bulto se tense por ella, no por mí.
El calor entre mis piernas era insoportable, jugos resbalando por mis muslos internos, traicionándome en medio de la furia. Pasaron minutos eternos. La puerta principal se cerró con un clic suave, como un final inevitable. Marco volvió a la cocina, la toalla aún baja, el bulto más marcado por la adrenalina de la pelea. Su torso brillaba con un sudor ligero, el pelo húmedo pegado a la frente, el olor a jabón ahora mezclado con el perfume dulce de ella, como un recordatorio pegajoso.
MARCO- Perdón, Ana... ella es complicada.
Su voz era baja, cansada, pero sus ojos se detuvieron en mi tanga, en el modo en que mis jugos brillaban sutilmente en mis muslos. Exploto yo ahora.
ANA- ¿Complicada? ¿Dormiste con ella anoche? ¿Por eso no llegaste? ¿'Amor'?.
Las palabras salieron a gritos, pero mi voz temblaba, quebrada. Lágrimas quemándome los ojos. Me sentía expuesta, ridícula en esa tanga, pero no me cubría. Quería que me viera. Que me deseara. Que doliera tanto como me dolía a mí. Marco se acercó, su mirada confusa, pero también intensa, como si me viera por primera vez.
MARCO- ¿Por qué te afecta tanto? ¿Pasó algo con Diego? ¿Discutieron otra vez?.
Su pregunta me desarmó. ¿Diego? Sí, Diego existía. Mi esposo. El que me dejó sola. Pero no era eso. Era él. Era Marco. El olor a su piel húmeda me envolvió, cálido, tentador. Su toalla a punto de caer, el bulto palpitante debajo. Lo empujé contra la encimera, impulsiva, furiosa.
ANA- ¡Me afecta porque... porque...!.
Mis manos en su pecho desnudo, cálido, duro, sintiendo los latidos de su corazón acelerado, la piel suave con vello sutil rozando mis palmas. Él me agarró por la cintura para estabilizarme, sus dedos fuertes hundiéndose en mi piel suave, quemándome, enviando ondas de calor directo a mi coño. Nuestros cuerpos pegaron: su bulto duro, caliente, presionando contra mi coño a través de la tanga fina, sintiendo cómo mi humedad lo mojaba. Silencio. Respiraciones aceleradas, sincronizadas, el pecho de él subiendo y bajando contra mis tetas, el olor a su sudor mezclándose con mi excitación. Su aliento en mi cara, caliente, con olor a menta del dentífrico, rozando mis labios.
No pude más. Bajé rápido al suelo, mis manos temblando al tirar de la toalla, sintiendo la tela húmeda resbalando por sus caderas.

La verga saltó libre, erecta, gruesa, venosa, como en la foto nudista pero dura, palpitante, la cabeza bulbosa brillando con una gota de pre-semen que resbalaba por el tronco largo, las venas pulsando como arterias vivas. Enorme, caliente, el olor masculino invadiéndome, salado, almizclado.
ANA- Esto es lo que me esta afectando ultimamente
Dije con rabia, arrodillándome, el suelo frío contra mis rodillas

Mi boca se abrió, lo chupé impulsivamente, pero lento al principio, saboreando la cabeza salada, la lengua lamiendo esa gota, rodeando el glande suave y caliente. Manos en sus muslos fuertes, clavando uñas, sintiendo los músculos tensándose bajo mis dedos, el vello áspero rozando mi piel. Marco jadeó alto, sus manos en mi pelo al principio para alejarme
MARCO- Ana, no... para... esto no está bien
Su voz ronca, temblorosa, pero su cadera se movió ligeramente hacia adelante, traicionándolo.
MARCO- Eres la mujer de mi hermano... detente.

Pero no me empujó fuerte. Yo ignoré, chupando más profundo, la garganta ajustándose alrededor del tronco, sintiendo cómo me llenaba, el sabor salado intensificándose, la saliva resbalando por mi barbilla. Bajé más, lamiendo las bolas pesadas, succionándolas una por una, la lengua plana contra la piel arrugada, caliente, el olor más intenso allí, masculino, sudoroso. mirando arriba con ojos celosos, mi voz ahogada por la verga en mi boca. Él estaba en shock, ojos en blanco, boca abierta, jadeando
MARCO- Ana... Dios... no....
Pero su mano apretó mi pelo, guiándome más adentro. Pensamientos internos me bombardeaban
ANA PENSANDO- ¿Está bien? No, es mi cuñado. Diego me ama. Soy una puta. Pero se siente tan bueno, tan lleno en mi boca. Quiero más. Quiero que me use. Quiero olvidar a Valeria.

El conflicto me hacía chupar más fuerte, más profundo, la garganta ardiendo, lágrimas en mis ojos por el tamaño, por la culpa. Marco negaba al principio, pero cuando sentí que estaba cerca –el tronco hinchándose, las bolas tensándose–, apretó mi cara contra su pene, empujando profundo, gimiendo
MARCO- Joder, Ana... sí....
Terminé tragando, el semen caliente y espeso explotando en mi boca, chorros pulsantes llenándome, el sabor salado, amargo, invadiéndome la lengua, la garganta. En ese momento, un flashback me golpeó: Diego en nuestra luna de miel, su pene pequeño en mi boca, eyaculando tímido, mirándome con amor. Lágrimas ahora reales. ¿Qué hice? Me levanté llorando, limpiándome la boca con el dorso de la mano, el sabor aún en mi lengua, semen resbalando por mi barbilla.
ANA PENSANDO- ¿Qué hice? Soy una traidora.
La culpa me golpeó como un mazazo, el estómago revuelto, las piernas débiles. Marco, jadeando, la verga aún semi-dura goteando, me miró con ojos oscuros, culpables pero hambrientos
MARCO- Ana, espera... yo también lo siento... pero...
No lo dejé terminar. Subí corriendo las escaleras, la tanga mojada resbalando entre mis muslos, las piernas temblando, lágrimas calientes en mi cara, el sabor de él aún en mi boca como un recordatorio quemante. En la habitación, me tiré en la cama, manos entre las piernas.
Me toqué fuerte, desesperada, los dedos resbalando en mis jugos abundantes, frotando el clítoris hinchado mientras pensaba en su semen en mi boca, en su verga dura llenándome la garganta, en Valeria con su pijama rojo y la marca en el cuello.
ANA- Lo disfruté... soy una puta. Diego nunca me hizo sentir así. Pero es malo. Es tan malo.
El orgasmo llegó lento, construyéndose en ondas intensas, mi cuerpo arqueándose, jadeos ahogados mordiendo la almohada, placer mezclado con dolor emocional, vacío al final. Me quedé allí, temblando, ignorando el mundo. Marco tocó la puerta:
MARCO- Ana... tenemos que hablar de esto.
No respondí. Me quedé en el cuarto todo el día, ignorando el hambre, el tiempo, todo, el sabor de él aún persistiendo en mi lengua, la culpa como un peso en el pecho.
La tarde noche llegó, el sol ya casi desaparecido tras un cielo gris y pesado, la lluvia ahora un murmullo constante contra las ventanas, como un latido lento y húmedo que acompañaba el silencio de la casa. Pensé que ya había pasado todo. Que el día se había consumido en mi habitación, entre lágrimas secas y el eco de mi orgasmo culpable, y que Marco estaría fuera o dormido. No quería encontrármelo. No después de lo que había hecho en la cocina esa mañana. Me sentía avergonzada, sucia, con el sabor fantasma de su semen aún en el fondo de mi garganta, un recordatorio pegajoso y salado que me hacía apretar los muslos cada vez que lo recordaba. Bajé las escaleras despacio, nerviosa, el corazón latiéndome en el pecho como un animal atrapado, el aire fresco de la casa erizándome la piel desnuda de los brazos y las piernas. Llevaba la misma tanga negra, ahora seca pero aún marcada por mis jugos de antes, y una pequeña bata blanca que encontré en la maleta, entreabierta por casualidad —o no—, dejando ver el valle profundo entre mis tetas grandes y firmes, el ombligo expuesto, las caderas curvas. El tejido fino rozaba mis pezones endurecidos con cada paso, un cosquilleo eléctrico que me hacía respirar más rápido. Quería agua, o algo para distraerme. No quería verlo. No quería que mis jugos empezaran a resbalar otra vez solo por su presencia. La cocina estaba oscura, solo una luz de lámpara sobre la isla iluminando la escena como un foco íntimo y cálido, proyectando sombras largas y suaves en las paredes, el mármol brillando con un resplandor amarillo. Marco estaba allí, sentado en un taburete alto, bebiendo una cerveza en boxers ajustados negros que se pegaban a sus muslos fuertes, el bulto marcado en la tela, grueso y pesado incluso en reposo, como si estuviera listo para despertar en cualquier momento. Su torso desnudo brillaba con un sudor ligero del calor acumulado del día, gotas perlando sus abdominales definidos, el vello sutil del pecho captando la luz, el olor a cerveza fría mezclado con su colonia fresca y masculina invadiéndome desde la puerta. Me vio entrar, sus ojos azules subiendo lento por mis piernas desnudas, deteniéndose en la tanga visible bajo el borde de la bata, en el escote donde mis tetas se asomaban, en mi cara sonrojada y avergonzada. Tragó un sorbo de la cerveza, el sonido audible en el silencio —glup—, la nuez subiendo y bajando en su garganta, una gota de condensación resbalando por la botella fría en su mano.
MARCO- Ana… —dijo bajo, voz ronca, casi un susurro—. No quería molestarte. Te dejé sola todo el día… pensé que necesitabas espacio después de… lo que pasó.
Me quedé en la puerta un segundo, nerviosa, avergonzada, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello, mis mejillas ardiendo. El olor a su sudor y cerveza me llegó como una ola suave, cálida, tentadora.
ANA- No… no bajé pensando en encontrarte —respondí, voz temblorosa, baja, casi inaudible—. Solo quería… agua. No quería… verte.
Me acerqué a la isla despacio, el suelo frío contra mis pies descalzos, la bata abriéndose un poco más con el movimiento, dejando ver el encaje negro de la tanga contra mi coño depilado.

Me senté en el taburete frente a él, piernas cruzadas pero abriéndose sutil, el aire fresco rozando mi piel caliente, mis pezones endureciéndose más bajo la tela fina. Marco me miró un segundo largo, sus ojos bajando a mi escote, luego volviendo a mi cara. Puso la botella en la isla con un clink suave, el sonido reverberando en la habitación vacía.
MARCO- Ana… sobre lo de esta mañana… —empezó, voz baja, cuidadosa—. Estuvo mal. No debí dejar que pasara. Eres la mujer de mi hermano. No sé qué me pasó. Me arrepiento… pero al mismo tiempo…
Dejó la frase colgando, sus dedos tamborileando en la botella, el sudor brillando en su pecho con cada respiración profunda. Me mordí el labio, el sabor fantasma de él aún allí, salado, persistente.
ANA- ¿Te arrepientes? —pregunté, voz suave, casi un susurro—. Porque yo… no sé si me arrepiento. O sí. No lo sé. Fue… impulsivo. Furioso. Pero cuando te tuve en la boca… —tragué saliva, el recuerdo haciendo que mis jugos empezaran a fluir otra vez—… se sintió… bien. Demasiado bien. Y eso me asusta.
Marco respiró hondo, el pecho subiendo y bajando, el olor a su sudor intensificándose con la proximidad, cálido, masculino, mezclado con la cerveza.
MARCO- A mí también me asustó —admitió, voz ronca—. Cuando te vi arrodillada, chupándome… joder, Ana. Nunca había sentido algo así. Pero después… cuando te fuiste llorando… me sentí una mierda. Diego es mi hermano. No podemos hacer esto. No está bien.
Sus ojos bajaron otra vez a mi escote, luego a mis muslos abiertos sutilmente, la tanga visible, húmeda ya.
MARCO- Pero… —siguió, voz más baja, casi un murmullo—… no puedo dejar de pensar en tu boca. En cómo me mirabas mientras me chupabas. En cómo tragaste todo. Y ahora… verte aquí, con esa bata entreabierta… —traga saliva, el bulto en los boxers moviéndose ligeramente—… no sé cómo parar de desearte.
El silencio se espesó, el aire cargado con nuestros olores mezclados mi excitación dulce y salada, su sudor masculino, la cerveza fría. Mi corazón latía tan fuerte que lo sentía en la garganta.
ANA- ¿Entonces qué hacemos? —pregunté, voz temblorosa, coqueta sin quererlo—. ¿Lo dejamos pasar? ¿Fingimos que no pasó?

Marco se inclinó un poco más sobre la isla, sus dedos rozando los míos, el tacto eléctrico, cálido, áspero por los callos.
ANA- No sé si puedo fingir —dije, voz timida—. Cada vez que te veo… pienso en cómo te sentiste en mi boca. En cómo gemías cuando te lamí. En cómo te corriste en mi lengua. Y me muero por saber… si quieres más.
Mis piernas se abrieron un poco más sin darme cuenta, la tanga mojada pegándose a mis labios hinchados.
ANA- Marco… estuvo mal —susurré, pero mi voz salió entrecortada, caliente—. Fue una locura. Fue por celos. Por rabia. No debería haberlo hecho. Pero… cuando te tuve en la boca… me sentí poderosa. Y sucia. Y me gustó. Me gustó mucho. Y eso me da miedo.
Él se levantó despacio, rodeando la isla, su cuerpo acercándose, el olor a su sudor envolviéndome, caliente, tentador. Se detuvo detrás de mí, su aliento en mi cuello, sin tocarme aún.
MARCO- ¿Te da miedo? —murmuró, voz baja, ronca—. A mí también. Pero si nos vamos a arrepentir… que sea por algo más grande. Algo que valga la pena.
Sus manos se posaron en mis hombros, dedos calientes, firmes, bajando despacio por mis brazos, el tacto áspero de sus palmas rozando mi piel suave, erizándome toda. Me besó el cuello lento, labios calientes, húmedos, lengua lamiendo la sal de mi sudor, saboreando mi piel.
ANA- No… Marco… no podemos…
Negué débil al principio, mi voz temblando, pero mi culo empujando hacia atrás, rozando su bulto duro a través de los boxers.
MARCO- Sí… déjate llevar
Murmuró contra mi oreja, besos bajando por mi hombro, manos abriendo la bata, exponiendo ahora todo mi cuerpo, dedos pellizcando pezones duros, tirando, dolor placentero que me hizo gemir bajo
ANA- Ahh… Marco… no… sí… mmm…
De repente, agresivo y dominante, me cogió del cuello con una mano firme pero no asfixiante, el pulgar presionando mi mandíbula, girándome. "
MARCO- Arrodíllate, Termina lo que empezaste.
Su voz ronca, mandona, ojos oscuros ardiendo. Me hizo arrodillar, el suelo frío contra mis rodillas, pero el calor de su orden me encendió. Desesperada, como una adicta, arranqué sus boxers, la tela rasgando sutil, su verga saltando libre, gruesa, venosa, la cabeza bulbosa húmeda.

Me la restriegué en la cara, sintiendo la textura caliente, venosa contra mi mejilla, el olor almizclado, salado invadiéndome, la lengua lamiendo el tronco.
ANA- Mierda, qué pene tan grande
Dije sucio, mirando arriba. Chupé lento al principio, lengua en la cabeza, succionando pre-semen, luego profundo, garganta ajustándose, bolas en mi mano, lamiéndolas una por una, succionando la piel arrugada, caliente, el sabor salado intensificándose, saliva resbalando por mi barbilla, gemidos míos
ANA- Mmm… sabe a ti, cabrón… quiero más… ahh… dame todo….
Marco en shock al principio
MARCO- Ana… joder… no pares, puta… chúpalo como la zorra que eres… ahh… trágatelo todo….
Sus manos en mi pelo, empujando profundo, mi nariz contra su pubis, el olor intenso, venas pulsando en mi boca. Hablamos sucio:

MARCO- Trágatelo todo, perra.
ANA- Síii… mmm… me encanta tu verga… ahh… más duro… fóllame la boca…
Respondía yo, chupando exquisita, lengua plana en la base, succionando bolas alternando, mano masturbándolo rápido, saliva salpicando, sonidos húmedos: slurp, gluck,
MARCO- Tomala toda putaaa!!! AHHH.

Se vino mucho más que antes, chorros espesos, calientes llenando mi boca, desbordando por las comisuras, tragando ávida, el sabor amargo-salado invadiéndome, tosiendo sutil por el volumen, semen resbalando por mi barbilla, goteando a mis tetas. Me levantó, me quitó la tanga de un tirón, tela rasgando con un rip audible, aire fresco en mi coño empapado. Me puso en cuatro en la encimera, mármol frío contra mis tetas calientes, pezones rozando la superficie helada, dolor placentero que me hizo jadear

Se vino mucho más que antes, chorros espesos, calientes llenando mi boca, desbordando por las comisuras, tragando ávida, el sabor amargo-salado invadiéndome, tosiendo sutil por el volumen, semen resbalando por mi barbilla, goteando a mis tetas. Me levantó, me quitó la tanga de un tirón, tela rasgando con un rip audible, aire fresco en mi coño empapado. Me puso en cuatro en la encimera, mármol frío contra mis tetas calientes, pezones rozando la superficie helada, dolor placentero que me hizo jadear

ANA- Ahh… frío… mmm… sí….
Chupó mi culo y coño, lengua plana lamiendo de entrada a clítoris, succionando labios hinchados con un slurp húmedo,
MARCO- Mmm… sabes a miel, puta… ahh… qué rico coño…
Gemía él, dedos abriéndome, lamiendo el ano con círculos ásperos, textura de lengua caliente contra mi piel sensible, olores a mi excitación dulce-salada, sonidos de lamidas húmedas slurp, ahh, gemidos míos
ANA- Ahh… Marco… joder… sí… lame mi culo, cabrón… no pares… mmm… soy toda tuya, la perra tuya… ahh… más profundo… sí, así… oh Dios… me vengo… ahh… toma mis jugos, MIERDAAAA… sí… sí… ¡ahhh!.

Jugos saliendo a chorros, empapando su cara, salpicando la encimera con sonidos húmedos splash, splash, olor intenso a mi liberación. Cuando mis jugos salieron todos, agitados, respiraciones pesadas como jadeos animales, sudor mezclado resbalando por nuestros cuerpos, el olor a sexo espeso en el aire, lo jalé del brazo
ANA- Ven… ya no quiero mentir… quiero más
MARCO- Mierda eres adictiva,
Lo llevé al cuarto, cerrando la puerta con un bang, el eco retumbando. En la cocina, mi teléfono vibró, mensaje en pantalla

Continuara...
Espero que les haya gustado este capitulo, los espero para mas capitulos posteriores con su apoyo, saludos🔥
Desperté con el cuerpo pesado y la cabeza hecha un nudo. La sábana se pegaba a mi piel sudorosa, el aire de la habitación cargado con ese olor a cerrado y a mi propio deseo residual de anoche. La cama estaba fría a mi lado. Diego no estaba. No recordaba haberlo sentido llegar. ¿Se quedó dormido abajo en el sofá, ahogado en su estrés? ¿Se fue temprano al trabajo sin siquiera un beso de despedida? ¿O ni siquiera llegó? El silencio de la casa era opresivo, roto solo por el tic-tac distante de un reloj y el golpeteo suave de la lluvia contra la ventana, que seguía cayendo como si el mundo llorara por mí. Me incorporé, me levante sin dicho top de pijama, los pezones sensibles al roce de la tela. Revisé el teléfono en la mesita un mensaje suyo de las 6:12 a.m.

Te quiero. Las palabras parpadearon en la pantalla como un faro falso, vacías, rutinarias. Ni un emoji, ni un "besos", ni un "lo siento". Solo eso, como si fuera un informe de trabajo. Me quedé mirando la pantalla un rato largo, sintiendo cómo la amargura se enredaba en mi pecho como una enredadera venenosa.
ANA PENSANDO- ¿Por qué me molestaba tanto su ausencia? ¿O era que, en el fondo, me aliviaba?
No lo sabía. Solo sabía que me sentía sola, expuesta, como si el mundo se hubiera reducido a esta casa ajena y a los secretos que se acumulaban en sus paredes. Y molesta. Extrañamente molesta, como si una ira sorda burbujeara bajo mi piel, esperando el momento para salir. Entonces lo escuché: el sonido del agua corriendo en la ducha del piso de arriba. Fuerte, constante, como un río artificial que cortaba el silencio. Alguien se estaba bañando. Mi mente, traicionera como siempre, saltó directo: Marco. Tenía que ser él. Diego nunca se duchaba tan temprano; siempre prefería remolonear en la cama hasta que el mundo lo obligara a moverse. Cerré los ojos un segundo, y la imagen llegó sola, vívida, caliente:

Marco bajo el chorro humeante, el agua resbalando por su pecho ancho, gotas trazando caminos por los surcos de sus abdominales definidos, bajando más, rodeando esa verga gruesa que vi marcada en el pantalón mojado ayer, ahora libre, pesada, balanceándose con cada movimiento. Lo imaginé enjabonándose, las manos grandes deslizándose por el tronco venoso, la cabeza bulbosa brillando con espuma blanca, endureciéndose lentamente bajo el calor del agua, las venas pulsando como si respondieran a un ritmo secreto. Un calor repentino me subió por el vientre, directo entre mis piernas. Mis pezones se endurecieron al instante, rozando dolorosamente contra la tela del top. ¿Qué mierda me pasa? Me incorporé más, respirando agitada, sintiendo cómo mis jugos empezaban a resbalar por mis muslos internos. No era normal. O sí lo era. Ya no sabía. Solo sabía que mi cuerpo respondía a él como si estuviera programado para eso. Miré mi cuerpo en el espejo de la habitación.
Me había quedado dormida en la tanga negra del pijama prestado. Pequeña, ajustada, subiéndose por mi culo redondo y marcando la línea de mi coño depilado. Sin sostén, las tetas firmes y grandes rebotando ligeramente con cada movimiento. Algo en mí, algo nuevo y peligroso que no reconocía, susurró: sal así. Muéstrale. Que vea lo que se perdió anoche por ir tras de ella.
Que se dé cuenta de que existo. Que su bulto se tense por mí, no por esa voz de "amor" al teléfono. Pero la voz racional, la de siempre, me frenó: no eres una puta, Ana. No lo eres. No lo hagas. Me levanté, busqué en la maleta con manos temblorosas y encontré un top deportivo blanco que había traído.

Me lo puse sin sostén. La tela fina se pegó a mis tetas como una segunda piel, el escote profundo dejando ver el valle entre ellas, los pezones marcándose claramente bajo el material. Abajo dejé la tanga. Negra, pequeña, subiéndose por mis nalgas redondas como si me invitara a pecar.
ANA- Si él bajaba... si me veía así... quizás... No. Solo era ropa cómoda. Solo eso.
Me mentí a mí misma mientras bajaba las escaleras descalza, el corazón latiéndome en la garganta como un tambor descontrolado. La ducha seguía sonando, el vapor escapando por debajo de la puerta del baño. Me acerqué a la cocina, el aire fresco de la mañana mezclándose con el olor a café residual de ayer. Me recargué de espaldas contra la encimera, mirando hacia el pasillo. La tanga se me subía más con el movimiento, dejando la mitad de mis nalgas al aire, la tela ajustada marcando cada curva, cada pliegue.

Lo hice a propósito. Quería que cuando bajara me viera así, de espaldas, el culo marcado, las piernas todavía con rastros de lodo seco de ayer, las tetas presionadas contra el top. Quería que se detuviera. Que mirara. Que se le marcara algo. Que su verga se endureciera por mí. El pensamiento me avergonzó, pero el calor entre mis piernas era más fuerte. Entonces la voz. Femenina. Aguda. Sorprendida, con un toque de indignación.
VALERIA-¿Qué mierda?

Me giré de golpe, el pulso en la garganta como un martillo. Allí estaba ella. Una chica joven, como de la edad de Marco, 25 o 26 tal vez. Pelo castaño largo y ondulado, todavía revuelto por el sueño, cuerpo delgado pero curvilíneo, con caderas anchas y tetas pequeñas pero firmes que se marcaban bajo un conjunto de pijama sexy rojo oscuro, shortcito de encaje que apenas cubría su culo, top de tirantes finos dejando ver el ombligo y el valle entre sus pechos. Más sexy que el que Marco me había prestado. Mucho más. Olía a perfume dulce. Me miró de arriba abajo, sus ojos verdes deteniéndose en mi tanga, en mis tetas marcadas, en mi postura expuesta. Confundida, casi ofendida. Y entonces lo vi: una marca roja en su cuello, como un chupetón reciente, hinchado, fresco. Un beso. O algo más. Mi estómago se revolvió como si me hubieran golpeado.
ANA PENSANDO- ¿Anoche? ¿Con él? Mi aliento se cortó.
VALERIA- ¿Quién eres tú?
Preguntó, su voz ahora con un filo acusador, cruzando los brazos bajo sus tetas para resaltarlas más. Antes de que pudiera responder, pasos rápidos en la escalera, el sonido de pies descalzos contra la madera. Marco apareció en el pasillo, saliendo de la ducha, solo con una toalla blanca alrededor de la cintura que apenas se sostenía con una mano.

El torso húmedo y brillante, gotas de agua resbalando por los pectorales definidos, por el centro de sus abdominales hasta perderse en el borde de la toalla. El olor a jabón fresco y shampoo invadió la cocina, mezclado con su esencia masculina. El bulto bajo la toalla era evidente, semi-marcado por el calor del agua, la tela fina dejando poco a la imaginación: el contorno grueso, la cabeza bulbosa insinuada. Se detuvo en seco al vernos a las dos, sus ojos azules abriéndose ligeramente. Primero miró a la chica, luego a mí. Sus ojos se quedaron un segundo de más en mi tanga negra, en el modo en que se hundía entre mis muslos, en mis tetas marcadas bajo el top blanco, en mi culo expuesto contra la encimera. Tragó saliva, visiblemente, la nuez subiendo y bajando en su garganta. La toalla se tensó un poco más, como si su cuerpo respondiera solo a la vista.
MARCO- ¿Ana? ¿Qué...?
Dijo, su voz ronca de recién salido de la ducha, todavía goteando agua al suelo con un plic-plic suave. La chica cruzó los brazos más fuerte, mirando alternadamente a Marco y a mí, sus ojos lanzando chispas.
VALERIAA- ¿Quién es ella, Marco? ¿Por qué está aquí vestida como si estuviera en un club de striptease?
Yo me quedé paralizada, el calor subiéndome al cuello como una llama. Quería cubrirme, esconder la tanga que ahora se sentía ridícula, pero mis brazos no obedecían. Quería gritar, preguntar por esa marca en su cuello, pero las palabras se atascaban. Solo sentía el pulso latiéndome entre las piernas, traicionero, y los celos quemándome el pecho como ácido. ¿Por qué me importaba tanto? ¿Por qué mi cuerpo reaccionaba así, mojándose más con cada segundo de esta humillación? Valeria, como la llamaría después en mi cabeza, se enojó primero. Sus ojos se clavaron en mí, en mi tanga que apenas cubría nada, en mis tetas marcadas bajo el top delgado.
VALERIA- ¿Por qué está en tu casa vestida como una zorra? ¿Es esto lo que haces cuando no estoy?.
Su voz era afilada, cargada de acusación, como si yo fuera la intrusa y no ella la que había dormido allí. El olor a perfume dulce se intensificó cuando se acercó un paso, su pijama rojo ondeando ligeramente, revelando más piel de la que debería. Mi sangre hirvió.
ANA PENSANDO- ¿Zorra? ¿Ella me decía zorra, con su pijama rojo que parecía de catálogo porno, y esa marca en el cuello gritando que había pasado la noche con él?
ANA- Yo vivo aquí temporalmente
Respondí cortante, los celos saliendo sin control.
ANA- ¿Y tú? ¿Vienes solo cuando necesitas 'ayuda'? ¿O cuando te dice 'amor' por teléfono?".
No pude contenerme. La palabra "amor" salió como veneno, y vi cómo sus ojos se abrieron más, heridos, pero también furiosos. El aire se espesó, cargado con el vapor residual de la ducha de Marco, el olor a jabón mezclándose con mi sudor nervioso y su perfume dulzón. Valeria se giró hacia Marco, furiosa.
VALERIA- ¡Familia! ¿Por eso la miras así? ¡Eres un mentiroso!.
Lo acusó directamente, señalándome a mí como si yo fuera la prueba. lágrimas asomando en sus ojos verdes, el top de su pijama subiéndose con el movimiento, revelando el ombligo. Yo me sentí un segundo triunfante, pero la culpa me golpeó rápido. ¿Yo había causado esto? ¿Yo, que estaba allí en tanga, expuesta como una idiota? Marco levantó las manos, intentando mediar, la toalla a punto de caerse, su bulto tensándose más con la adrenalina, el contorno grueso presionando la tela húmeda.
MARCO- Basta, las dos. Valeria, no hables así. Ana es familia, mi cuñada. Están quedándose aquí por problemas económicos junto a mi hermano.
Su voz era firme, pero se notaba el nerviosismo en cómo sus ojos saltaban entre nosotras, deteniéndose un instante en mi escote, en la forma en que mis pezones se marcaban más por el frío de la discusión. El olor a su jabón me invadió, cálido, masculino, haciendo que mi coño palpitara traicionero. Pero Valeria no cedió. Exploto más:
VALERIA- ¡Problemas! que tipos de problemas tiene ella vistiéndose asi?!.
Lloraba ahora, enfurecida, agarrando sus cosas de la encimera –un bolso, una chaqueta, su teléfono–.
VALERIA- ¡No vuelvo a tu casa nunca más! ¡Estás jugando conmigo!.
Sus sollozos eran agudos, entrecortados, el pijama rojo arrugado, revelando más de su piel pálida. Se dirigió a la puerta, pisando fuerte, el encaje del short subiéndose por su culo con cada paso. Marco maldijo bajito y la siguió al pasillo, la toalla apenas sujetándose, goteando agua al suelo con un plic-plic que retumbaba en mi cabeza.
MARCO- Espera, Valeria, no es lo que piensas.
Desde la cocina, los escuché murmurar. Voces bajas, suaves. Un abrazo. O un beso. No lo vi, pero lo imaginé: él consolándola, sus manos grandes en su espalda, su boca en su cuello, en esa marca roja que yo había visto. Quizás un "no llores, amor". Mi estómago se revolvió más, las uñas clavadas en la encimera hasta que dolieron. Lágrimas calientes resbalando por mis mejillas.
ANA PENSANDO- ¿Gané? No, soy una idiota. ¿Por qué me importa tanto? No tengo derecho. Pero duele. Duele imaginarlo con ella, tocándola, besándola. Duele que no me toque a mí. Duele que su bulto se tense por ella, no por mí.
El calor entre mis piernas era insoportable, jugos resbalando por mis muslos internos, traicionándome en medio de la furia. Pasaron minutos eternos. La puerta principal se cerró con un clic suave, como un final inevitable. Marco volvió a la cocina, la toalla aún baja, el bulto más marcado por la adrenalina de la pelea. Su torso brillaba con un sudor ligero, el pelo húmedo pegado a la frente, el olor a jabón ahora mezclado con el perfume dulce de ella, como un recordatorio pegajoso.
MARCO- Perdón, Ana... ella es complicada.
Su voz era baja, cansada, pero sus ojos se detuvieron en mi tanga, en el modo en que mis jugos brillaban sutilmente en mis muslos. Exploto yo ahora.
ANA- ¿Complicada? ¿Dormiste con ella anoche? ¿Por eso no llegaste? ¿'Amor'?.
Las palabras salieron a gritos, pero mi voz temblaba, quebrada. Lágrimas quemándome los ojos. Me sentía expuesta, ridícula en esa tanga, pero no me cubría. Quería que me viera. Que me deseara. Que doliera tanto como me dolía a mí. Marco se acercó, su mirada confusa, pero también intensa, como si me viera por primera vez.
MARCO- ¿Por qué te afecta tanto? ¿Pasó algo con Diego? ¿Discutieron otra vez?.
Su pregunta me desarmó. ¿Diego? Sí, Diego existía. Mi esposo. El que me dejó sola. Pero no era eso. Era él. Era Marco. El olor a su piel húmeda me envolvió, cálido, tentador. Su toalla a punto de caer, el bulto palpitante debajo. Lo empujé contra la encimera, impulsiva, furiosa.
ANA- ¡Me afecta porque... porque...!.
Mis manos en su pecho desnudo, cálido, duro, sintiendo los latidos de su corazón acelerado, la piel suave con vello sutil rozando mis palmas. Él me agarró por la cintura para estabilizarme, sus dedos fuertes hundiéndose en mi piel suave, quemándome, enviando ondas de calor directo a mi coño. Nuestros cuerpos pegaron: su bulto duro, caliente, presionando contra mi coño a través de la tanga fina, sintiendo cómo mi humedad lo mojaba. Silencio. Respiraciones aceleradas, sincronizadas, el pecho de él subiendo y bajando contra mis tetas, el olor a su sudor mezclándose con mi excitación. Su aliento en mi cara, caliente, con olor a menta del dentífrico, rozando mis labios.
No pude más. Bajé rápido al suelo, mis manos temblando al tirar de la toalla, sintiendo la tela húmeda resbalando por sus caderas.

La verga saltó libre, erecta, gruesa, venosa, como en la foto nudista pero dura, palpitante, la cabeza bulbosa brillando con una gota de pre-semen que resbalaba por el tronco largo, las venas pulsando como arterias vivas. Enorme, caliente, el olor masculino invadiéndome, salado, almizclado.
ANA- Esto es lo que me esta afectando ultimamente
Dije con rabia, arrodillándome, el suelo frío contra mis rodillas

Mi boca se abrió, lo chupé impulsivamente, pero lento al principio, saboreando la cabeza salada, la lengua lamiendo esa gota, rodeando el glande suave y caliente. Manos en sus muslos fuertes, clavando uñas, sintiendo los músculos tensándose bajo mis dedos, el vello áspero rozando mi piel. Marco jadeó alto, sus manos en mi pelo al principio para alejarme
MARCO- Ana, no... para... esto no está bien
Su voz ronca, temblorosa, pero su cadera se movió ligeramente hacia adelante, traicionándolo.
MARCO- Eres la mujer de mi hermano... detente.

Pero no me empujó fuerte. Yo ignoré, chupando más profundo, la garganta ajustándose alrededor del tronco, sintiendo cómo me llenaba, el sabor salado intensificándose, la saliva resbalando por mi barbilla. Bajé más, lamiendo las bolas pesadas, succionándolas una por una, la lengua plana contra la piel arrugada, caliente, el olor más intenso allí, masculino, sudoroso. mirando arriba con ojos celosos, mi voz ahogada por la verga en mi boca. Él estaba en shock, ojos en blanco, boca abierta, jadeando
MARCO- Ana... Dios... no....
Pero su mano apretó mi pelo, guiándome más adentro. Pensamientos internos me bombardeaban
ANA PENSANDO- ¿Está bien? No, es mi cuñado. Diego me ama. Soy una puta. Pero se siente tan bueno, tan lleno en mi boca. Quiero más. Quiero que me use. Quiero olvidar a Valeria.

El conflicto me hacía chupar más fuerte, más profundo, la garganta ardiendo, lágrimas en mis ojos por el tamaño, por la culpa. Marco negaba al principio, pero cuando sentí que estaba cerca –el tronco hinchándose, las bolas tensándose–, apretó mi cara contra su pene, empujando profundo, gimiendo
MARCO- Joder, Ana... sí....
Terminé tragando, el semen caliente y espeso explotando en mi boca, chorros pulsantes llenándome, el sabor salado, amargo, invadiéndome la lengua, la garganta. En ese momento, un flashback me golpeó: Diego en nuestra luna de miel, su pene pequeño en mi boca, eyaculando tímido, mirándome con amor. Lágrimas ahora reales. ¿Qué hice? Me levanté llorando, limpiándome la boca con el dorso de la mano, el sabor aún en mi lengua, semen resbalando por mi barbilla.
ANA PENSANDO- ¿Qué hice? Soy una traidora.
La culpa me golpeó como un mazazo, el estómago revuelto, las piernas débiles. Marco, jadeando, la verga aún semi-dura goteando, me miró con ojos oscuros, culpables pero hambrientos
MARCO- Ana, espera... yo también lo siento... pero...
No lo dejé terminar. Subí corriendo las escaleras, la tanga mojada resbalando entre mis muslos, las piernas temblando, lágrimas calientes en mi cara, el sabor de él aún en mi boca como un recordatorio quemante. En la habitación, me tiré en la cama, manos entre las piernas.
Me toqué fuerte, desesperada, los dedos resbalando en mis jugos abundantes, frotando el clítoris hinchado mientras pensaba en su semen en mi boca, en su verga dura llenándome la garganta, en Valeria con su pijama rojo y la marca en el cuello.
ANA- Lo disfruté... soy una puta. Diego nunca me hizo sentir así. Pero es malo. Es tan malo.
El orgasmo llegó lento, construyéndose en ondas intensas, mi cuerpo arqueándose, jadeos ahogados mordiendo la almohada, placer mezclado con dolor emocional, vacío al final. Me quedé allí, temblando, ignorando el mundo. Marco tocó la puerta:
MARCO- Ana... tenemos que hablar de esto.
No respondí. Me quedé en el cuarto todo el día, ignorando el hambre, el tiempo, todo, el sabor de él aún persistiendo en mi lengua, la culpa como un peso en el pecho.
La tarde noche llegó, el sol ya casi desaparecido tras un cielo gris y pesado, la lluvia ahora un murmullo constante contra las ventanas, como un latido lento y húmedo que acompañaba el silencio de la casa. Pensé que ya había pasado todo. Que el día se había consumido en mi habitación, entre lágrimas secas y el eco de mi orgasmo culpable, y que Marco estaría fuera o dormido. No quería encontrármelo. No después de lo que había hecho en la cocina esa mañana. Me sentía avergonzada, sucia, con el sabor fantasma de su semen aún en el fondo de mi garganta, un recordatorio pegajoso y salado que me hacía apretar los muslos cada vez que lo recordaba. Bajé las escaleras despacio, nerviosa, el corazón latiéndome en el pecho como un animal atrapado, el aire fresco de la casa erizándome la piel desnuda de los brazos y las piernas. Llevaba la misma tanga negra, ahora seca pero aún marcada por mis jugos de antes, y una pequeña bata blanca que encontré en la maleta, entreabierta por casualidad —o no—, dejando ver el valle profundo entre mis tetas grandes y firmes, el ombligo expuesto, las caderas curvas. El tejido fino rozaba mis pezones endurecidos con cada paso, un cosquilleo eléctrico que me hacía respirar más rápido. Quería agua, o algo para distraerme. No quería verlo. No quería que mis jugos empezaran a resbalar otra vez solo por su presencia. La cocina estaba oscura, solo una luz de lámpara sobre la isla iluminando la escena como un foco íntimo y cálido, proyectando sombras largas y suaves en las paredes, el mármol brillando con un resplandor amarillo. Marco estaba allí, sentado en un taburete alto, bebiendo una cerveza en boxers ajustados negros que se pegaban a sus muslos fuertes, el bulto marcado en la tela, grueso y pesado incluso en reposo, como si estuviera listo para despertar en cualquier momento. Su torso desnudo brillaba con un sudor ligero del calor acumulado del día, gotas perlando sus abdominales definidos, el vello sutil del pecho captando la luz, el olor a cerveza fría mezclado con su colonia fresca y masculina invadiéndome desde la puerta. Me vio entrar, sus ojos azules subiendo lento por mis piernas desnudas, deteniéndose en la tanga visible bajo el borde de la bata, en el escote donde mis tetas se asomaban, en mi cara sonrojada y avergonzada. Tragó un sorbo de la cerveza, el sonido audible en el silencio —glup—, la nuez subiendo y bajando en su garganta, una gota de condensación resbalando por la botella fría en su mano.
MARCO- Ana… —dijo bajo, voz ronca, casi un susurro—. No quería molestarte. Te dejé sola todo el día… pensé que necesitabas espacio después de… lo que pasó.
Me quedé en la puerta un segundo, nerviosa, avergonzada, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello, mis mejillas ardiendo. El olor a su sudor y cerveza me llegó como una ola suave, cálida, tentadora.
ANA- No… no bajé pensando en encontrarte —respondí, voz temblorosa, baja, casi inaudible—. Solo quería… agua. No quería… verte.
Me acerqué a la isla despacio, el suelo frío contra mis pies descalzos, la bata abriéndose un poco más con el movimiento, dejando ver el encaje negro de la tanga contra mi coño depilado.

Me senté en el taburete frente a él, piernas cruzadas pero abriéndose sutil, el aire fresco rozando mi piel caliente, mis pezones endureciéndose más bajo la tela fina. Marco me miró un segundo largo, sus ojos bajando a mi escote, luego volviendo a mi cara. Puso la botella en la isla con un clink suave, el sonido reverberando en la habitación vacía.
MARCO- Ana… sobre lo de esta mañana… —empezó, voz baja, cuidadosa—. Estuvo mal. No debí dejar que pasara. Eres la mujer de mi hermano. No sé qué me pasó. Me arrepiento… pero al mismo tiempo…
Dejó la frase colgando, sus dedos tamborileando en la botella, el sudor brillando en su pecho con cada respiración profunda. Me mordí el labio, el sabor fantasma de él aún allí, salado, persistente.
ANA- ¿Te arrepientes? —pregunté, voz suave, casi un susurro—. Porque yo… no sé si me arrepiento. O sí. No lo sé. Fue… impulsivo. Furioso. Pero cuando te tuve en la boca… —tragué saliva, el recuerdo haciendo que mis jugos empezaran a fluir otra vez—… se sintió… bien. Demasiado bien. Y eso me asusta.
Marco respiró hondo, el pecho subiendo y bajando, el olor a su sudor intensificándose con la proximidad, cálido, masculino, mezclado con la cerveza.
MARCO- A mí también me asustó —admitió, voz ronca—. Cuando te vi arrodillada, chupándome… joder, Ana. Nunca había sentido algo así. Pero después… cuando te fuiste llorando… me sentí una mierda. Diego es mi hermano. No podemos hacer esto. No está bien.
Sus ojos bajaron otra vez a mi escote, luego a mis muslos abiertos sutilmente, la tanga visible, húmeda ya.
MARCO- Pero… —siguió, voz más baja, casi un murmullo—… no puedo dejar de pensar en tu boca. En cómo me mirabas mientras me chupabas. En cómo tragaste todo. Y ahora… verte aquí, con esa bata entreabierta… —traga saliva, el bulto en los boxers moviéndose ligeramente—… no sé cómo parar de desearte.
El silencio se espesó, el aire cargado con nuestros olores mezclados mi excitación dulce y salada, su sudor masculino, la cerveza fría. Mi corazón latía tan fuerte que lo sentía en la garganta.
ANA- ¿Entonces qué hacemos? —pregunté, voz temblorosa, coqueta sin quererlo—. ¿Lo dejamos pasar? ¿Fingimos que no pasó?

Marco se inclinó un poco más sobre la isla, sus dedos rozando los míos, el tacto eléctrico, cálido, áspero por los callos.
ANA- No sé si puedo fingir —dije, voz timida—. Cada vez que te veo… pienso en cómo te sentiste en mi boca. En cómo gemías cuando te lamí. En cómo te corriste en mi lengua. Y me muero por saber… si quieres más.
Mis piernas se abrieron un poco más sin darme cuenta, la tanga mojada pegándose a mis labios hinchados.
ANA- Marco… estuvo mal —susurré, pero mi voz salió entrecortada, caliente—. Fue una locura. Fue por celos. Por rabia. No debería haberlo hecho. Pero… cuando te tuve en la boca… me sentí poderosa. Y sucia. Y me gustó. Me gustó mucho. Y eso me da miedo.
Él se levantó despacio, rodeando la isla, su cuerpo acercándose, el olor a su sudor envolviéndome, caliente, tentador. Se detuvo detrás de mí, su aliento en mi cuello, sin tocarme aún.
MARCO- ¿Te da miedo? —murmuró, voz baja, ronca—. A mí también. Pero si nos vamos a arrepentir… que sea por algo más grande. Algo que valga la pena.
Sus manos se posaron en mis hombros, dedos calientes, firmes, bajando despacio por mis brazos, el tacto áspero de sus palmas rozando mi piel suave, erizándome toda. Me besó el cuello lento, labios calientes, húmedos, lengua lamiendo la sal de mi sudor, saboreando mi piel.
ANA- No… Marco… no podemos…
Negué débil al principio, mi voz temblando, pero mi culo empujando hacia atrás, rozando su bulto duro a través de los boxers.
MARCO- Sí… déjate llevar
Murmuró contra mi oreja, besos bajando por mi hombro, manos abriendo la bata, exponiendo ahora todo mi cuerpo, dedos pellizcando pezones duros, tirando, dolor placentero que me hizo gemir bajo
ANA- Ahh… Marco… no… sí… mmm…
De repente, agresivo y dominante, me cogió del cuello con una mano firme pero no asfixiante, el pulgar presionando mi mandíbula, girándome. "
MARCO- Arrodíllate, Termina lo que empezaste.
Su voz ronca, mandona, ojos oscuros ardiendo. Me hizo arrodillar, el suelo frío contra mis rodillas, pero el calor de su orden me encendió. Desesperada, como una adicta, arranqué sus boxers, la tela rasgando sutil, su verga saltando libre, gruesa, venosa, la cabeza bulbosa húmeda.

Me la restriegué en la cara, sintiendo la textura caliente, venosa contra mi mejilla, el olor almizclado, salado invadiéndome, la lengua lamiendo el tronco.
ANA- Mierda, qué pene tan grande
Dije sucio, mirando arriba. Chupé lento al principio, lengua en la cabeza, succionando pre-semen, luego profundo, garganta ajustándose, bolas en mi mano, lamiéndolas una por una, succionando la piel arrugada, caliente, el sabor salado intensificándose, saliva resbalando por mi barbilla, gemidos míos
ANA- Mmm… sabe a ti, cabrón… quiero más… ahh… dame todo….
Marco en shock al principio
MARCO- Ana… joder… no pares, puta… chúpalo como la zorra que eres… ahh… trágatelo todo….
Sus manos en mi pelo, empujando profundo, mi nariz contra su pubis, el olor intenso, venas pulsando en mi boca. Hablamos sucio:

MARCO- Trágatelo todo, perra.
ANA- Síii… mmm… me encanta tu verga… ahh… más duro… fóllame la boca…
Respondía yo, chupando exquisita, lengua plana en la base, succionando bolas alternando, mano masturbándolo rápido, saliva salpicando, sonidos húmedos: slurp, gluck,
MARCO- Tomala toda putaaa!!! AHHH.

Se vino mucho más que antes, chorros espesos, calientes llenando mi boca, desbordando por las comisuras, tragando ávida, el sabor amargo-salado invadiéndome, tosiendo sutil por el volumen, semen resbalando por mi barbilla, goteando a mis tetas. Me levantó, me quitó la tanga de un tirón, tela rasgando con un rip audible, aire fresco en mi coño empapado. Me puso en cuatro en la encimera, mármol frío contra mis tetas calientes, pezones rozando la superficie helada, dolor placentero que me hizo jadear

Se vino mucho más que antes, chorros espesos, calientes llenando mi boca, desbordando por las comisuras, tragando ávida, el sabor amargo-salado invadiéndome, tosiendo sutil por el volumen, semen resbalando por mi barbilla, goteando a mis tetas. Me levantó, me quitó la tanga de un tirón, tela rasgando con un rip audible, aire fresco en mi coño empapado. Me puso en cuatro en la encimera, mármol frío contra mis tetas calientes, pezones rozando la superficie helada, dolor placentero que me hizo jadear

ANA- Ahh… frío… mmm… sí….
Chupó mi culo y coño, lengua plana lamiendo de entrada a clítoris, succionando labios hinchados con un slurp húmedo,
MARCO- Mmm… sabes a miel, puta… ahh… qué rico coño…
Gemía él, dedos abriéndome, lamiendo el ano con círculos ásperos, textura de lengua caliente contra mi piel sensible, olores a mi excitación dulce-salada, sonidos de lamidas húmedas slurp, ahh, gemidos míos
ANA- Ahh… Marco… joder… sí… lame mi culo, cabrón… no pares… mmm… soy toda tuya, la perra tuya… ahh… más profundo… sí, así… oh Dios… me vengo… ahh… toma mis jugos, MIERDAAAA… sí… sí… ¡ahhh!.

Jugos saliendo a chorros, empapando su cara, salpicando la encimera con sonidos húmedos splash, splash, olor intenso a mi liberación. Cuando mis jugos salieron todos, agitados, respiraciones pesadas como jadeos animales, sudor mezclado resbalando por nuestros cuerpos, el olor a sexo espeso en el aire, lo jalé del brazo
ANA- Ven… ya no quiero mentir… quiero más
MARCO- Mierda eres adictiva,
Lo llevé al cuarto, cerrando la puerta con un bang, el eco retumbando. En la cocina, mi teléfono vibró, mensaje en pantalla

Continuara...
Espero que les haya gustado este capitulo, los espero para mas capitulos posteriores con su apoyo, saludos🔥
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