Me encantan estos dibujos... Pero se me acumulan en la galería y después me salen a cada rato cuando quiero enviar una imagen. A veces me manotean el celu y me da vergüenza que puedan verlas. Pero no quiero borrarlas así que las publico acá. Me recuerdan a mi adolescencia, a la caja de cómics porno de mis primos.
¿Se acuerdan que siempre iba a lo de una tía a hacer cross dressing? Mis tíos tenían dos hijos varones, más grandes que yo. Eran muy machitos, me asustaban. Con el mayor casi no hablaba, pero con el otro nos llevábamos sólo un par de años de diferencia. Era tremendo pajero, con una verga marrón oscuro dos talles más que la mía. Me daba escalofríos cuando la veía ocasionalmente. Peluda, rugosa, dura, como la trompa de un elefante negro. Mi tía era blanca, como yo, casi pelirroja. Se enamoró de mi tío, un morocho ortiba que nunca se reía. Mis primos tenían rulos, y eran iguales a su papá: duros, malos y de gustos simples. Darío -mi primo menor- siempre me mostraba porno en su computadora, y me incitaba a pajearme con él. Pero a mí no me gustaba pajearme delante de nadie. Además no me agarraba la pija moviendo el prepucio hacia atrás como todos, me parecía incómodo, raro, imposible. Cuando veíamos porno -muchas veces con sus vecinos del barrio- mirábamos dos cosas diferentes: Yo veía a las chicas y me reconocía en ellas, en cómo las maltrataban o las hacían gozar. Quizás a mi primo le excitaba más su propia imaginación, porque después de presumirme esa monstruosa pija parada por un buen rato terminaba sus pajas en el baño de la pieza. No se molestaba en cerrar la puerta, y yo me aparecía detrás suyo sólo para ver cuán ocupado estaba. Tampoco se inmutaba mucho. Lo recuerdo parado frente al inodoro, con las piernas abiertas, una mano sobre la pared de azulejos y la otra sacudiendo ese morcillón y resoplando. Miraba sobre el hombro y me ordenaba que cierre la puerta. Justo lo que yo quería, porque así podía recostarme boca abajo en su cama, con el short en las rodillas, y frotarme contra la almohada que me ponía debajo, mirando la escena en la computadora y sintiendo cada emoción de esa puta que intentaba huir del pijón que le metían a la fuerza por el culo. Mi primo siempre tardaba un montón en acabar. Creo que lo retrasaba a propósito, disfrutando cada segundo de ese momento. Yo en cambio acababa enseguida, por la costumbre de hacerlo rápido antes de que alguien me sorprendiera. Sabía que podía tener un par de orgasmos antes que mi primo tirara de la cadena, se aseara y finalmente saliera. Así que mientras él estaba encerrado yo tenía tiempo de sobra para bajarme los pantalones y rodar en su cama de dos plazas, riéndome y mordiéndome el dedo de la ansiedad. A veces me ponía en cuatro patas y me quedaba inmóvil, como una perra en celo, con la esperanza de que mi primo abriera la puerta de golpe y me viera. La chica del monitor no soportaba el vergón del negro y lo empujaba hacia atrás apoyándole una mano en los abdominales. Y a mí me saltaba la lechita, enchastrando la funda de la almohada y tapándome los gemidos con las manos. Por supuesto que la sorbía toda antes de sacar la funda para dejarla en la ropa sucia, y mi primo no me rete. Aunque más adelante descubrí que era mejor que "se enoje" y "me castigue". Cuando por fin aparecía se encontraba con una nena exhausta, con el short y la ropa interior húmedas y las piernas abiertas colgando por el borde de la cama, y la mirada satisfecha después de haber saboreado sus propios flujos. En una de esas sesiones decidí ir más lejos y mostrarle lo que hacía con la ropa de sus hermanas. Fui hasta la piecita del fondo, atravesando la casa por el segundo piso, y volví con lo primero que encontré a la mano: un remerón blanco, un cinto ancho rosado y un par de botas de gamuza marrones. Al salir del baño y verme de piernas cruzadas me dijo: "Qué hacés?? Parecés una mina...!". Después de ese día mi primo no acabó más en el inodoro, ni se lavó la pija en el lavatorio. Me decía: "Abrí la boca...", y después: "Limpiala...".
La caja de cómics en cuestión era originalmente de su hermano mayor, que nos llevaba varios años. Darío "la heredó" y la bajaba de arriba del ropero para mí cada vez que nos quedábamos solos. Yo los hojeaba con entusiasmo, leyendo recostada boca abajo mientras él se subía encima mío y me educaba el culo. Lo hacía con bronca, no sé por qué. A veces era imposible continuar la lectura porque me daba más fuerte que a las chicas del papel, tapándome la boca con sus manos sin sacarlas aunque se empaparan de mis lágrimas. Yo me acababa a propósito sobre las sábanas, y él en su papel de macho dominante me pegaba no muy fuerte con el cinto en la nalga. Y tratándome como a una perra que ensució lo que no debía, me agarraba de la nuca y me obligaba a sorber la leche que había derramado. Era una porno amateur con un argumento deliciosamente ridículo que me encantaba interpretar: la rubita tonta, toy boy, que sólo servía para ser cogida y humillada por un machito incestuoso. Así me gané varias de esas revistas, que me llevaba debajo de la remera. Pero en casa las pegoteaba enteras con las pajas melosas que me hacía, y con el tiempo se fueron rompiendo, igual que mi culito...

























¿Se acuerdan que siempre iba a lo de una tía a hacer cross dressing? Mis tíos tenían dos hijos varones, más grandes que yo. Eran muy machitos, me asustaban. Con el mayor casi no hablaba, pero con el otro nos llevábamos sólo un par de años de diferencia. Era tremendo pajero, con una verga marrón oscuro dos talles más que la mía. Me daba escalofríos cuando la veía ocasionalmente. Peluda, rugosa, dura, como la trompa de un elefante negro. Mi tía era blanca, como yo, casi pelirroja. Se enamoró de mi tío, un morocho ortiba que nunca se reía. Mis primos tenían rulos, y eran iguales a su papá: duros, malos y de gustos simples. Darío -mi primo menor- siempre me mostraba porno en su computadora, y me incitaba a pajearme con él. Pero a mí no me gustaba pajearme delante de nadie. Además no me agarraba la pija moviendo el prepucio hacia atrás como todos, me parecía incómodo, raro, imposible. Cuando veíamos porno -muchas veces con sus vecinos del barrio- mirábamos dos cosas diferentes: Yo veía a las chicas y me reconocía en ellas, en cómo las maltrataban o las hacían gozar. Quizás a mi primo le excitaba más su propia imaginación, porque después de presumirme esa monstruosa pija parada por un buen rato terminaba sus pajas en el baño de la pieza. No se molestaba en cerrar la puerta, y yo me aparecía detrás suyo sólo para ver cuán ocupado estaba. Tampoco se inmutaba mucho. Lo recuerdo parado frente al inodoro, con las piernas abiertas, una mano sobre la pared de azulejos y la otra sacudiendo ese morcillón y resoplando. Miraba sobre el hombro y me ordenaba que cierre la puerta. Justo lo que yo quería, porque así podía recostarme boca abajo en su cama, con el short en las rodillas, y frotarme contra la almohada que me ponía debajo, mirando la escena en la computadora y sintiendo cada emoción de esa puta que intentaba huir del pijón que le metían a la fuerza por el culo. Mi primo siempre tardaba un montón en acabar. Creo que lo retrasaba a propósito, disfrutando cada segundo de ese momento. Yo en cambio acababa enseguida, por la costumbre de hacerlo rápido antes de que alguien me sorprendiera. Sabía que podía tener un par de orgasmos antes que mi primo tirara de la cadena, se aseara y finalmente saliera. Así que mientras él estaba encerrado yo tenía tiempo de sobra para bajarme los pantalones y rodar en su cama de dos plazas, riéndome y mordiéndome el dedo de la ansiedad. A veces me ponía en cuatro patas y me quedaba inmóvil, como una perra en celo, con la esperanza de que mi primo abriera la puerta de golpe y me viera. La chica del monitor no soportaba el vergón del negro y lo empujaba hacia atrás apoyándole una mano en los abdominales. Y a mí me saltaba la lechita, enchastrando la funda de la almohada y tapándome los gemidos con las manos. Por supuesto que la sorbía toda antes de sacar la funda para dejarla en la ropa sucia, y mi primo no me rete. Aunque más adelante descubrí que era mejor que "se enoje" y "me castigue". Cuando por fin aparecía se encontraba con una nena exhausta, con el short y la ropa interior húmedas y las piernas abiertas colgando por el borde de la cama, y la mirada satisfecha después de haber saboreado sus propios flujos. En una de esas sesiones decidí ir más lejos y mostrarle lo que hacía con la ropa de sus hermanas. Fui hasta la piecita del fondo, atravesando la casa por el segundo piso, y volví con lo primero que encontré a la mano: un remerón blanco, un cinto ancho rosado y un par de botas de gamuza marrones. Al salir del baño y verme de piernas cruzadas me dijo: "Qué hacés?? Parecés una mina...!". Después de ese día mi primo no acabó más en el inodoro, ni se lavó la pija en el lavatorio. Me decía: "Abrí la boca...", y después: "Limpiala...".
La caja de cómics en cuestión era originalmente de su hermano mayor, que nos llevaba varios años. Darío "la heredó" y la bajaba de arriba del ropero para mí cada vez que nos quedábamos solos. Yo los hojeaba con entusiasmo, leyendo recostada boca abajo mientras él se subía encima mío y me educaba el culo. Lo hacía con bronca, no sé por qué. A veces era imposible continuar la lectura porque me daba más fuerte que a las chicas del papel, tapándome la boca con sus manos sin sacarlas aunque se empaparan de mis lágrimas. Yo me acababa a propósito sobre las sábanas, y él en su papel de macho dominante me pegaba no muy fuerte con el cinto en la nalga. Y tratándome como a una perra que ensució lo que no debía, me agarraba de la nuca y me obligaba a sorber la leche que había derramado. Era una porno amateur con un argumento deliciosamente ridículo que me encantaba interpretar: la rubita tonta, toy boy, que sólo servía para ser cogida y humillada por un machito incestuoso. Así me gané varias de esas revistas, que me llevaba debajo de la remera. Pero en casa las pegoteaba enteras con las pajas melosas que me hacía, y con el tiempo se fueron rompiendo, igual que mi culito...

























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