En el trabajo, la hora del almuerzo siempre era el momento en que lo veía. Ese chico alto, con esa sonrisa tímida y ojos que se desviaban rápido cuando lo atrapaba mirando mis pechos. Al principio pensé que no le interesaba nada, que pasaba de largo. Pero me divertía molestarlo: un le pedí su número en voz alta delante de sus compañeros, le decía cosas como “¿Cuándo me vas a invitar a salir, eh? ¿O te da vergüenza?” y me reía viéndolo sonrojarse mientras sus amigos se burlaban. Era mi juego favorito.
Hasta que un día me escribió. Simple: “¿Qué hacés?”. Le respondí que estaba en casa, tranquila, viendo una serie. Y él: “Entonces voy para allá a tomar algo”. Se lo pase pensando que era joda, que estaba con sus compañeros y se hacía el vivo. Pero media hora después sonó el timbre. Abrí la puerta y ahí estaba, solo, con una botella de vino en la mano y esa mirada que ya no era tímida.
Charlamos un rato en el living, nos reímos de las pavadas del trabajo, de cómo lo había hecho pasar vergüenza. El vino ayudó a que todo fluyera. En un momento tuve que guardar la ropa que había lavado y él se ofreció a ayudar. “Dale, vamos”, dijo. Lo llevé a mi habitación. Mientras doblábamos remeras y poníamos cosas en el cajón, seguíamos riéndonos. Terminamos de guardar y quedó un silencio. No era incómodo… era cargado, eléctrico.
Me miró fijo. “¿Qué pasa?”, pregunté, con el corazón acelerado. Se acercó un paso. “Sos hermosa. Me encantás desde hace meses, pero no me animaba a decírtelo. Desde que me hiciste pasar vergüenza delante de todos… siento que no puedo dejar pasar esta oportunidad. Hoy estoy acá y voy a hacerte mía”.
Me quedé helada, con la boca entreabierta. No esperaba eso. Pero antes de que pudiera responder, se pegó a mí. Una mano en mi nuca, la otra en mi cintura, y me besó con una pasión que me dejó sin aire. Yo, que siempre pensé que tenía el control del juego, de repente estaba perdida en él. Sus labios devoraban los míos, su lengua buscaba la mía con urgencia.
Nos fuimos acercando a la cama sin dejar de besarnos. Me sentó en el borde y se paró frente a mí. Se abrió el jean despacio, mirándome a los ojos. Bajé su bóxer con manos temblorosas y… me sorprendi, su verga era enorme. Gruesa, venosa, ya dura y apuntando hacia mí. La agarre con una mano, apenas abarcándola, y empecé a masturbarlo lento. Me acerqué más, besé la cabeza suave, caliente, intentando medir su ancho con los labios. Abrí la boca todo lo que pude y la metí. Era difícil, me llenaba completamente, pero seguí. Chupaba fuerte, moviendo la lengua alrededor, mientras con la mano lo pajeaba al ritmo. Él gemía bajito, agarrándome el pelo.
Después cambió. Se sentó en la cama, se quitó la remera y el resto mientras yo me desvestía sus ojos se clavaron en mis pechos grandes, con los pezones ya duros. “Dios…”, murmuró. Se puso el preservativo y me dijo: “Sentate encima, de frente, quiero verte a los ojos”. Me subí en el, guiando su cabeza gruesa a mi entrada. Estaba tan mojada que entró despacio, pero sentí cada centímetro estirándome. Bajé hasta el fondo y empecé a moverme. Con cada embestida mis tetas rebotaban fuerte. Él las agarraba, las besaba, mordisqueaba los pezones mientras gemía: “Me vuelven loco cómo rebotan”, asique entendí que no me miraba los ojos al final jaja. Me tomaba de las nalgas con fuerza, guiándome más rápido, más profundo. Yo me mojaba cada vez más, el placer subiendo en oleadas.
Luego me puse en cuatro. Se quedó atrás, mirando mi culo y mi concha expuesta. Besó mis nalgas, pasó la lengua por todo el largo, metió dedos mientras lamía mi clítoris. No aguanté más: “Metémela ya, por favor”. Lo hizo. Primero la cabeza, despacio, preparándome. Y después empujó fuerte, hasta el fondo. Empezó a bombear con ritmo, nuestros cuerpos chocando con un sonido húmedo y fuerte. Cada embestida me hacía gemir alto, su verga gruesa y larga llenándome por completo, rozando todo lo que necesitaba.
Cuando dijo “Me vengo…”, apreté mi conchita alrededor de él y moví las caderas más fuerte, acompañándolo. Senti un gemido profundo y entonces lo noté: su verga latía dentro mío, bombeando chorros calientes mientras se corría con fuerza. Cada pulso me hacía temblar. Nos quedamos así un rato, jadeando, abrazados.
Después nos vestimos despacio, entre besos suaves. Me dio un beso largo en la puerta antes de irse. “Mañana en el almuerzo… no me mires así o te llevo al baño ”, dijo con una sonrisa pícara.
Y yo solo pensé: ¿cómo carajo volví a perder el control?
ESPERO LES HAYA GUSTADO MI HISTORIA, LOS QUIERO 😘
Hasta que un día me escribió. Simple: “¿Qué hacés?”. Le respondí que estaba en casa, tranquila, viendo una serie. Y él: “Entonces voy para allá a tomar algo”. Se lo pase pensando que era joda, que estaba con sus compañeros y se hacía el vivo. Pero media hora después sonó el timbre. Abrí la puerta y ahí estaba, solo, con una botella de vino en la mano y esa mirada que ya no era tímida.
Charlamos un rato en el living, nos reímos de las pavadas del trabajo, de cómo lo había hecho pasar vergüenza. El vino ayudó a que todo fluyera. En un momento tuve que guardar la ropa que había lavado y él se ofreció a ayudar. “Dale, vamos”, dijo. Lo llevé a mi habitación. Mientras doblábamos remeras y poníamos cosas en el cajón, seguíamos riéndonos. Terminamos de guardar y quedó un silencio. No era incómodo… era cargado, eléctrico.
Me miró fijo. “¿Qué pasa?”, pregunté, con el corazón acelerado. Se acercó un paso. “Sos hermosa. Me encantás desde hace meses, pero no me animaba a decírtelo. Desde que me hiciste pasar vergüenza delante de todos… siento que no puedo dejar pasar esta oportunidad. Hoy estoy acá y voy a hacerte mía”.
Me quedé helada, con la boca entreabierta. No esperaba eso. Pero antes de que pudiera responder, se pegó a mí. Una mano en mi nuca, la otra en mi cintura, y me besó con una pasión que me dejó sin aire. Yo, que siempre pensé que tenía el control del juego, de repente estaba perdida en él. Sus labios devoraban los míos, su lengua buscaba la mía con urgencia.
Nos fuimos acercando a la cama sin dejar de besarnos. Me sentó en el borde y se paró frente a mí. Se abrió el jean despacio, mirándome a los ojos. Bajé su bóxer con manos temblorosas y… me sorprendi, su verga era enorme. Gruesa, venosa, ya dura y apuntando hacia mí. La agarre con una mano, apenas abarcándola, y empecé a masturbarlo lento. Me acerqué más, besé la cabeza suave, caliente, intentando medir su ancho con los labios. Abrí la boca todo lo que pude y la metí. Era difícil, me llenaba completamente, pero seguí. Chupaba fuerte, moviendo la lengua alrededor, mientras con la mano lo pajeaba al ritmo. Él gemía bajito, agarrándome el pelo.
Después cambió. Se sentó en la cama, se quitó la remera y el resto mientras yo me desvestía sus ojos se clavaron en mis pechos grandes, con los pezones ya duros. “Dios…”, murmuró. Se puso el preservativo y me dijo: “Sentate encima, de frente, quiero verte a los ojos”. Me subí en el, guiando su cabeza gruesa a mi entrada. Estaba tan mojada que entró despacio, pero sentí cada centímetro estirándome. Bajé hasta el fondo y empecé a moverme. Con cada embestida mis tetas rebotaban fuerte. Él las agarraba, las besaba, mordisqueaba los pezones mientras gemía: “Me vuelven loco cómo rebotan”, asique entendí que no me miraba los ojos al final jaja. Me tomaba de las nalgas con fuerza, guiándome más rápido, más profundo. Yo me mojaba cada vez más, el placer subiendo en oleadas.
Luego me puse en cuatro. Se quedó atrás, mirando mi culo y mi concha expuesta. Besó mis nalgas, pasó la lengua por todo el largo, metió dedos mientras lamía mi clítoris. No aguanté más: “Metémela ya, por favor”. Lo hizo. Primero la cabeza, despacio, preparándome. Y después empujó fuerte, hasta el fondo. Empezó a bombear con ritmo, nuestros cuerpos chocando con un sonido húmedo y fuerte. Cada embestida me hacía gemir alto, su verga gruesa y larga llenándome por completo, rozando todo lo que necesitaba.
Cuando dijo “Me vengo…”, apreté mi conchita alrededor de él y moví las caderas más fuerte, acompañándolo. Senti un gemido profundo y entonces lo noté: su verga latía dentro mío, bombeando chorros calientes mientras se corría con fuerza. Cada pulso me hacía temblar. Nos quedamos así un rato, jadeando, abrazados.
Después nos vestimos despacio, entre besos suaves. Me dio un beso largo en la puerta antes de irse. “Mañana en el almuerzo… no me mires así o te llevo al baño ”, dijo con una sonrisa pícara.
Y yo solo pensé: ¿cómo carajo volví a perder el control?
ESPERO LES HAYA GUSTADO MI HISTORIA, LOS QUIERO 😘
1 comentarios - Compañeros de trabajo