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Con mamá y papá 3

Aquí la tercera parte la continuo o aquí déjo está historia
Aquella vida de morbo constante, donde cada mirada, cada roce accidental y cada susurro cargado de promesas se convertía en un preludio al éxtasis, nos había transformado por completo. Mi madre, con su cuerpo voluptuoso y su apetito insaciable, se había erigido como el centro de nuestro universo pervertido, una diosa doméstica que nos manipulaba con maestría, alternando entre la dulzura maternal y la lujuria desenfrenada. Mi padre, revitalizado por esta dinámica, había dejado atrás su apatía; ahora trabajaba en la fábrica con una energía renovada, pero sus ojos seguían brillando con esa mezcla de posesividad y excitación compartida cada vez que me veía tocarla. Y yo, Juanma, el joven inexperto que había irrumpido en este triángulo taboo, me había convertido en un adicto al placer prohibido, soñando despierto con sus curvas, con el sabor salado de su piel, con los gemidos que escapaban de sus labios carnosos cuando la penetrábamos sin piedad. Pero la discreción, esa espada de Damocles que pendía sobre nosotros, empezaba a pesar cada vez más. En nuestro barrio, donde todos se conocían desde hace décadas, un vecino curioso, una ventana mal cerrada o un gemido demasiado alto podían arruinarlo todo. Era hora de pensar en grande, en un cambio que nos permitiera liberar nuestro morbo sin ataduras. Una noche, después de una sesión particularmente intensa, mi madre lo propuso entre jadeos post-orgásmicos: "Chicos, ¿y si nos mudamos? A un barrio nuevo, lejos, donde nadie nos conozca. Podríamos ser... lo que quisiéramos, sin miedo". La idea prendió como pólvora en nuestras mentes calientes, y desde entonces, cada follada se tiñó con la fantasía de esa libertad absoluta.Todo empezó a gestarse unos días después. Era una tarde calurosa de verano, el sol filtrándose por las persianas entreabiertas del salón, proyectando rayas de luz sobre el suelo de madera que crujía bajo nuestros pies desnudos. Mi padre había llegado temprano del trabajo, oliendo a sudor y metal, con esa camisa ajustada que marcaba sus músculos endurecidos por el esfuerzo físico. Yo acababa de volver de la universidad, con la mochila tirada en el pasillo, mi polla ya semierecta solo de pensar en lo que podría pasar. Mi madre nos esperaba en la cocina, vestida con un delantal corto que apenas cubría sus muslos gruesos y apetecibles, sus pechos grandes balanceándose libres bajo la tela fina, pezones erguidos como invitaciones mudas. "Venid aquí, mis hombres", ronroneó, sirviendo café con una sonrisa lasciva. Nos sentamos alrededor de la mesa, pero el aire estaba cargado; nadie bebía. En cambio, sus manos se aventuraron bajo la mesa, una hacia mi entrepierna y la otra hacia la de mi padre. "He estado mirando casas en línea", susurró, masajeando mi polla a través de los pantalones con dedos expertos, sintiendo cómo se endurecía bajo su toque. "Hay un barrio nuevo en las afueras, moderno, con gente joven que no pregunta. Podríamos mudarnos en un mes. Imaginaos: una casa más grande, con habitaciones insonorizadas, un jardín trasero donde follar al aire libre sin que nadie vea". Mi padre gruñó de placer, su mano subiendo por el muslo de ella, rozando el borde de sus bragas húmedas. "Sí, zorra, y allí podrías gritar todo lo que quisieras mientras te follamos como animales". Yo, incapaz de contenerme, me bajé la cremallera y saqué mi polla dura, guiando su mano para que la apretara con fuerza. "Mamá, allí podríamos invitar a extraños si quisiéramos, pero por ahora, solo nosotros tres, sin límites".

El morbo de esa conversación nos encendió como nunca. Mi madre se levantó, quitándose el delantal de un tirón, revelando su cuerpo desnudo, brillante de sudor anticipado. Sus pechos se mecían hipnóticos, pezones oscuros y duros como guijarros, su vientre plano descendiendo hacia el pubis rasurado, donde ya se veían gotas de excitación brillando en sus labios vaginales hinchados. "Folladme aquí, sobre la mesa, como si ya estuviéramos en esa casa nueva", ordenó, tumbándose boca arriba, abriendo las piernas en una invitación obscena. Mi padre no dudó: se arrodilló entre sus muslos, bajando la cabeza para lamer su coño con avidez, su lengua plana recorriendo la raja húmeda desde el ano hasta el clítoris, chupando los jugos que fluían como un río. Ella gemía alto, agarrando mi polla y atrayéndome hacia su boca. "Ven, hijo, dame esa polla joven". La introduje en su garganta cálida y húmeda, sintiendo cómo sus labios se estiraban alrededor de mi grosor, su lengua danzando por la vena pulsante, succionando con fuerza mientras saliva goteaba por mis bolas. Mi padre, meanwhile, introducía dos dedos en su coño empapado, curvándolos para golpear ese punto sensible dentro de ella, haciendo que su cuerpo se arqueara. "Mira cómo se moja esta puta para nosotros", gruñó él, lamiendo su clítoris hinchado como un caramelo. Yo empujaba en su boca, follándole la garganta con embestidas profundas, sus gargantas emitiendo sonidos obscenos que me ponían al borde. Cambiamos posiciones: yo me senté en la silla, y ella se montó sobre mí a horcajadas, introduciendo mi polla en su coño resbaladizo con un gemido largo. "Oh, Juanma, tan dura, tan profunda...". Empezó a cabalgarme, sus caderas girando en círculos, su coño apretándome como un puño caliente. Mi padre se colocó detrás, untando lubricante en su polla y en el ano de ella, que ya palpitaba ansioso. "Toma, zorra, por detrás también". Empujó despacio al principio, estirando ese agujero apretado, centímetro a centímetro, hasta que estuvo todo dentro. Sentí su polla rozando la mía a través de la delgada pared, un morbo indescriptible que nos hacía gemir a los tres. Bombeábamos en sincronía, yo desde abajo pellizcando sus pezones, tirando de ellos hasta que doliera un poco, y mi padre azotando sus nalgas rojas, dejando marcas que durarían días. Ella gritaba: "¡Sí, folladme los dos! ¡Llenadme de semen en esa casa nueva!". Su orgasmo llegó como una tormenta, su coño convulsionándose alrededor de mi polla, estrujándola hasta que no pude más y me corrí dentro, chorros calientes inundándola. Mi padre siguió embistiendo su culo, gruñendo como un animal, hasta que explotó también, su semen goteando por sus muslos cuando se retiró.Pero esa no fue la única escena esa tarde. Exhaustos pero no satisfechos, nos movimos al sofá del salón, donde mi madre se arrodilló entre nosotros, chupándonos alternativamente. Primero mi polla, aún sensible y cubierta de nuestros jugos mezclados, lamiendo cada gota con devoción, su lengua recorriendo la cabeza hinchada, succionando el frenillo hasta que me hacía temblar. Luego la de mi padre, más gruesa y venosa, tragándosela hasta la base, sus mejillas hundidas por la succión, saliva cayendo en cascada. "Sois mis pollas favoritas", murmuraba entre lamidas, frotándonos juntas, lamiendo las dos cabezas a la vez en un beso francés pervertido. Nos corrimos en su cara, pintándola de blanco espeso, y ella se lo untó en los pechos, masajeándolos con una sonrisa viciosa. "En el nuevo barrio, podríamos hacer esto en el balcón, con la brisa nocturna". La idea nos volvió a encender, y la follamos de nuevo, esta vez en el suelo, ella a cuatro patas, yo en su coño y mi padre en su boca, alternando hasta que todos quedamos derrengados, sudados y pegajosos.

Los días siguientes, mientras buscábamos la casa ideal, el morbo se intensificó con la anticipación. Visitamos propiedades en secreto, fingiendo ser una familia normal ante los agentes inmobiliarios, pero en el coche de camino, mi madre nos masturbaba a ambos, una mano en cada polla, mientras conducía mi padre. "Imaginaos esta casa: un sótano insonorizado para nuestras orgías", susurraba, acelerando el ritmo hasta que nos corríamos en sus palmas, y ella lamía el semen con deleite. Encontramos la perfecta: una vivienda moderna en un suburbio anónimo, con vecinos distantes y un jardín vallado. "Aquí nadie nos conocerá", dijo mi madre durante la firma, su pie rozando mi entrepierna bajo la mesa del notario. La mudanza fue un caos erótico: empaquetando cajas, nos pillábamos en momentos robados. Una vez, en el garaje vacío, la doblamos sobre una pila de cartones, follándola por turnos, su coño goteando en el cemento frío mientras gemía: "Pronto, en la nueva casa, sin miedo a los vecinos".Al fin, nos mudamos. La primera noche en el nuevo hogar fue legendaria. La casa olía a pintura fresca y posibilidades, con habitaciones amplias y un baño con ducha doble. Desempaquetamos lo mínimo y nos desnudamos en el salón principal, con ventanales que daban al jardín oscuro. "Ahora somos libres", declaró mi madre, extendiendo una manta en el suelo. Empezamos con un masaje aceitoso: mi padre y yo untando su cuerpo con aceite aromático, manos resbaladizas explorando cada centímetro. Yo me centré en sus pechos, amasándolos, pellizcando pezones hasta que se endurecieran, lamiéndolos con lengua plana, mordisqueando suavemente. Mi padre bajaba por su espalda, separando nalgas para lamer su ano, introduciendo la lengua en círculos, haciendo que ella se retorciera. "Oh, sí, mis chicos... exploradme toda". La volteamos y yo bajé a su coño, lamiendo sus labios hinchados, chupando el clítoris como una fruta madura, mientras mi padre le follaba la boca con embestidas lentas. Luego, la penetración doble: ella encima de mí, mi polla en su coño empapado, sintiendo cada contracción; mi padre detrás, en su culo lubricado, empujando con fuerza. El ritmo era frenético, piel resbaladiza chocando, gemidos ecoando sin miedo. "¡Gritad, folladme más fuerte!", suplicaba. Cambiamos: yo en su culo, sintiendo el apretón caliente y aterciopelado, mi padre en su coño, rozándonos mutuamente. Ella se corrió múltiples veces, squirtando jugos que empapaban la manta, sus uñas clavándose en mi pecho. Nos corrimos dentro, semen mezclándose en su interior, goteando cuando se levantó.

Pero no paramos allí. En la cocina nueva, contra la encimera de granito fría, la follamos de pie: yo por delante, levantando una pierna para penetrar profundo, golpeando su cervix con cada embestida; mi padre por detrás, en su ano, azotándola hasta que las nalgas enrojecieran. Sus pechos rebotaban, y yo los chupaba vorazmente, dejando marcas de mordidas. En la ducha, bajo el agua caliente, nos enjabonamos, pollas resbaladizas frotándose contra su cuerpo. Ella se arrodilló, chupándonos a dúo, agua cayendo en cascada sobre su cara mientras tragaba nuestras pollas alternadamente, gargantas profundas que nos hacían gruñir. La follamos contra la pared de azulejos, agua salpicando, sus gemidos reverberando. En el jardín, a medianoche, bajo las estrellas, extendimos una toalla y la tomamos al aire libre: ella a cuatro patas, yo en su boca, mi padre en su coño, luego alternando, el viento fresco en nuestra piel sudorosa añadiendo un morbo salvaje. "Nadie nos ve, nadie nos juzga", gemía ella, corriéndose con el culo en alto, semen goteando en la hierba.En el nuevo barrio, exploramos más: caminatas nocturnas donde la follábamos en callejones oscuros, el thrill del riesgo mínimo pero excitante. Invitamos juguetes: vibradores que usábamos mientras la penetrábamos, plugs anales que llevaba todo el día, enviándonos fotos desde el supermercado. La dinámica se profundizó: noches de dominación donde la atábamos y la azotábamos suavemente, sus gemidos convirtiéndose en súplicas; otras de ternura, donde la hacíamos el amor lento, besando cada centímetro. Mi padre y yo competíamos en complacerla, midiendo quién la hacía correrse más veces. "Sois mis reyes en este reino secreto", decía ella, y nosotros, embriagados de morbo, seguíamos empujando límites. La mudanza nos liberó, pero el taboo familiar permaneció, el combustible eterno de nuestro deseo. Años después, seguíamos así, en esa casa anónima, follándonos sin fin, un trío indisoluble en un mundo que nunca lo sabría.

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