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Nadia la cogelona

Ya habían pasado siete años, Nadia ya no era la misma. Mal que bien había madurado, no le quedaba de otra. Ya no era la típica chamaca desmadrosa que estudiaba en el Colegio de Bachilleres número 10. El tan mentado Bacho 10, famoso por sus güilas calenturientas que más fácil salían con una panza que con un documento que acreditara sus estudios.

Nadia la cogelona


Ahí parada, en ese andén del metro, sosteniendo la manita de su hija, no pudo evitar recordar lo ocurrido nueve meses antes del nacimiento de su pequeña.

Tras ponerle bien rico y sabroso en el coche de su novio, Eduardo, un joven algunos años mayor y que, por tanto, le daba verga con mayor grado de experiencia en comparación de cualquier chavo de su edad, Nadia bajó del coche de su chico (llevando su semen aún calientito dentro) e ingresó a su colegio. Caminaba despreocupadamente por uno de los corredores del bachilleres, más interesada en pasarla bien que en estudiar. Como siempre, llegaba tarde a sus clases, por lo cual ya había perdido dos asignaturas: matemáticas y física; pero poco le importaba.


Lorena la topó en el corredor, y luego de saludarse caminaron juntas.


—¿Estudiaste para el examen? —le preguntó Lorena.


—¿Cuál examen? —respondió la otra.


—¿Cómo que cuál examen? ¡No mames Nadia! ¿A poco se te olvidó? ¡El de biología!


—Ah, no hay pedo —expresó Nadia, totalmente despreocupada.


—¿Cómo que no...? —dijo Lorena, pero se quedó con la palabra en la boca pues su compañera ya se le adelantaba y entraba al salón antes que ella.


Un joven que repasaba sus apuntes en su libreta se vio sorprendido cuando le cerraron el cuaderno abruptamente. Había sido Nadia, quien, con total autoridad, habló a sus demás compañeros:


—¡Oigan, vamos a matar clase!


Los que estaban ahí se la quedaron viendo en silencio por un breve instante. De repente una le respondió:


—¡No manches! ¡Qué no ves que hoy hay examen! Nos van a reprobar.


—Nel güey, si el maestro no encuentra a nadie en el salón no puede hacerlo, ¿no has leído el reglamento? Pero hay que irnos todos, porque si encuentra, aunque sea a uno solo, sí nos reprueba. ¡Venga, vámonos! Nadie se puede quedar.


Fue así que todos tomaron sus cosas y se fueron, dejando el salón vacío.


Más tarde, Nadia, junto con otros compañeros y compañeras del Bacho, se divertía en el interior de una bodega adaptada como antro. El improvisado local estaba pobremente iluminado, y se encontraba inundado por música de reggaetón.


Los cigarros y las cervezas abundaban; además de las playeras y gorras de estampados chillonamente llamativos que la mayoría de los jóvenes vestían.


—A ver, ¡venga! Que no se diga que las del Bacho diez no saben perrear —decía un tipo con micrófono, quien alentaba a las participantes de un concurso que en ese momento se gestaba en el austero escenario del lugar.


Allí tres chicas; entre las que estaba Nadia; hacían pareja con tres strippers masculinos. Éstos las “perreaban”, colocándolas en posiciones lascivas y sensuales, representando posiciones coitales.

—‘Ora, ya quedamos que la que consiga más aplausos se lleva la botella de tequila —exclamó el animador.


Los jóvenes strippers, casi encuerados (sólo vestían una ajustada tanga), ponían aprueba el escaso pudor de aquellas hembras: Uno colocaba a la primera bien abierta de piernas, sobre el piso, y le dejaba caer su cuerpo como si estuviera apareándose con ella velozmente; otro hacía pesas con el ligero cuerpo de la segunda; y el tercero tenía a Nadia en vilo, como si estuviese copulando con ella al vuelo.


Cuando los pies de Nadia por fin tocaron el suelo, ésta se giró por sí misma y prácticamente le embarró la cola sobre el abultado fardo negro que resguardaba el sexo de su compañero de “baile”, poniendo muy en alto el calibre de la educación que recibía en el mentado Bacho.


Luego, demostrando más iniciativa que las otras dos concursantes, Nadia se inclinó, quedando totalmente empinada y apoyada con sus manos en el suelo. Como la chica, además de menearle, le azotaba el trasero fuertemente al bulto del stripper, éste tuvo que sujetarse del barandal que tenía delante para no irse para atrás, y no perder del todo el dominio de la cópula simulada. En esa posición ella batió de lo más sabroso su fundillo, ganándose el reconocimiento del animador y del público presente por la exposición de su notable zorrillez.


Los otros dos strippers no se quisieron quedar atrás y pusieron a sus respectivas chamacas igualmente empinadas, azotándoles el bulto en sus culillos de colegialas.


Alguno, para dar el show, se atrevió a sacarle el elástico de las bragas a su pareja y así usarlo como riendas de la “yegua” que simulaba montar. Otro, para no quedar menos, colocó su pierna a lo alto, apoyando su pie en el barandal que amenazaba con vencerse.


Pero el barandal que se venció fue otro. Y es que justo enfrente de donde Nadia y sus compañeras estaban había un tapanco, el cual, al igual que todo el local, se encontraba totalmente abarrotado de jóvenes. Algunos de éstos se habían montado sobre el barandal que no resistió mucho más y se venció. Los muchachos cayeron a la planta baja lastimándose, y más de uno fracturándose un hueso.


El dueño del antro expulsó a la concurrencia y cerró inmediatamente, esto para evitar compromisos y repercusiones.


Jóvenes aún salían con dificultad por la pequeña puerta de la ya cerrada cortina metálica, cuando Nadia, acompañada de Lorena y otros amigos, permanecía ya afuera del antro.


Mientras los otros conversaban, Nadia hablaba por su celular.


—Qué onda, te estamos esperando... sí, ya sé que quedamos en que vinieras más tarde, pero es que ya cerraron el antro... ¿Entonces qué, no puedes venir...? ¿Tres horas? ¡No, no podemos esperarte tanto...! Bueno, está bien, no te preocupes, a ver cómo nos vamos... Bueno, hasta mañana bebé, bye.


Tras cortar la llamada, y exponiendo una expresión de molestia, Nadia se dirigió a Lorena.


—Que Eduardo no puede venir por nosotras. Aún anda chambeando y no puede dejarlo hasta dentro de tres horas.


—A qué tu noviecín, pues ni modo, a ver cómo nos vamos.


Las chicas siguieron charlando y tomando cerveza con sus amigos.


—¿Y entonces qué pedo? ¿Dónde la seguimos? —dijo Rodrigo, uno de sus compañeros.


—Pues si quieren la seguimos en mi casa, mis jefes no están y no regresan hasta mañana. ¿Cómo ven? —manifestó Carlos, otro de los chicos del grupo.


—No pues yo ya me retiro carnal. Mañana tengo que chambear —dijo otro de los muchachos.


Éste se despidió, pero, unos pasos antes de llegar a su moto, dijo:


—Voy para la “Impulrock”, ¿a alguien le queda?


—A mí. ¡Hey! A mí si dame un aventón —le dijo Lorena al chico que ya se iba.


Al escucharla decir esto, Rodrigo le dijo a Federico.


—Yo si le daba un aventón, pero de tripas —y, diciendo esto, Rodrigo hizo ademán de tenerla bien sujeta de sus caderas y dejársela ir reacomodándole las entrañas por dentro, con más de un fuerte empellón.


Mientras realizaba tal pantomima, moviendo frenéticamente la pelvis, su compañero y amigo Federico rio desternillándose en carcajadas.


—No manches. Te pasas —comentó Federico, limpiándose la cerveza que se le había derramado de tanto reír.


Por su parte, ambas amigas se despidieron.


—Bueno, ¿entonces? ¿La seguimos o qué pedo? —expuso Nadia, demostrando sus deseos de seguir la juerga.


—Pues órale, vámonos —respondió Carlos, quien traía coche.


Así ella, Carlos, Rodrigo, Federico y Sebastián se subieron al auto y se fueron de allí.


Ya una vez en casa de Carlos, los jóvenes siguieron divirtiéndose:


En medio de una reducida sala de estar, Nadia bailaba con Carlos y Federico. El primero estaba delante de ella y el segundo detrás. Todos estaban más borrachos, pues habían seguido bebiendo. Aunque ahora la cerveza había sido sustituida por tequila, es lo que había en casa. A todos se les había subido bastante, se les veía bien alegres, aunque Sebastián estaba notablemente deprimido sentado en un sillón.


—Qué pedo carnalín, anímese. Ya olvídate de eso, los pedos de tus jefes son sus pedos. No son tuyos, además tú tienes una vida que vivir. ¡Ánimo! —le dijo Rodrigo y le sacudió el cabello con intención de alentarlo.


Luego Rodrigo utilizó su celular para grabar a sus otros amigos:


Nadia, al percatarse de que estaba siendo grabada, acentuó la sensualidad de sus movimientos y repegó su cuerpo al de Federico, a quien tenía detrás. Se le movió cachondamente a la vez que, tomándole las manos al chico, las llevó a recorrer su propio cuerpo, desde sus muslos, pasando por sus caderas, hasta recorrer su descubierto abdomen. Aquí ella metió las manos del chico debajo de su ropa, y así las subió hasta que éstas tocaron sus pequeños pero suaves pechos de colegiala. La chica estaba cachonda.


—¡Eso es todo Nadia! —expresó Rodrigo, con tono de reconocimiento ante el atrevimiento de su amiga.


De pronto, a través de la pantalla del celular, Rodrigo fue testigo de cómo a Nadia le dio un ataque de risa, para inmediatamente después apartarse del cuerpo de Federico.


—¿Qué...? ¡¿Qué pasó?! —exclamó Rodrigo, sin dejar de grabar, aunque pronto se dio cuenta de lo que había ocurrido.


Y es que a Federico se le había manifestado una evidente erección debajo del pantalón. Era obvio que Nadia lo había percibido en su trasero, lo que hizo que ella se apartara por puro instinto.


—¡Chales carnal! Ya estás pero si bien firmes —le dijo Rodrigo a su amigo, mientras lo grababa y el otro se cubría un tanto avergonzado.


Todos rieron.


—Oigan, ¿y si le ponemos? —planteó inesperadamente Nadia.


Los chicos se quedaron callados, sorprendidos de tal proposición.


Minutos después, los cuatro chicos junto a Nadia ya se habían encerrado en el cuarto que Carlos normalmente compartía con su hermano mayor. Para su fortuna, el hermano no estaba, así que contaban con dos camas para dar rienda suelta a sus más febriles deseos de apareamiento.


Para ese momento los chicos y Nadia ya estaban completamente desnudos. La chica, recostada en la cama, descansaba su cabeza en el pecho de Sebastián. A éste se le veía con mayor ánimo; al igual que todos, se estaba divirtiendo.


—Nomás no los encuentro —decía Carlos.


—Pu’s ya así, ¡a pelo! —decía Rodrigo, quien no dejaba de videograbar el evento.


—No, qué. ¿Cómo crees? Sin condón yo no le pongo —manifestó la muchacha, quien a pesar de su condición etílica mantenía la voluntad de cuidarse.


—¡A huevo, ya encontré condones! —dijo Carlos de pronto, sacando de una cómoda una tira de preservativos muy colorida.


—¡Eso! Pásame uno carnal —dijo Federico.


—El de Batman pa’mí —exclamó Rodrigo.


El chico los repartió entre sus amigos. Sin embargo:


—¡Puta madre! —expresó Rodrigo, quien no lograba colocarse el condón—. No sé para qué tomamos tanto.


Su pene no lograba la erección total, y con la frustración padecida se le ponía más flácido, así que menos podía meterlo en el profiláctico.


Carlos, sin embargo, sí lo tenía bien erecto y una vez con el látex puesto dijo: “ahí te voy Nadia.”


—Ay sí. Ahí te voy —dijo Rodrigo, burlándose de lo dicho por Carlos, no obstante:


El pene comenzó a entrar y la chica dio a conocer su sentir al expeler un gemido de placer.


¡Ah, qué rico! —expresó Rodrigo, no quedándole más que reconocer que su amigo sí se la estaba poniendo como debe ser.


—¡Ay, ay, ay... qué rico! —manifestó Nadia, quien estaba con sus dos piernas totalmente izadas..


Por el tono de sus gemidos, se notaba que en realidad la muchacha lo disfrutaba. Nadia gozaba, además, ser el centro de toda aquella algarabía. Los muchachos, todos los cuatro, se centraban en ella como si en ese momento fuera el eje de su universo, lo más importante de su vida.


—¡Ahora yo, ahora yo! —dijo Federico, e hizo que el otro se saliera para él entrar.


Carlos se puso a un lado, masturbándose para que no se le bajara.


—¿Qué haces Nadia? —le preguntó Rodrigo, quien seguía registrando el evento con su celular.


—Obvio, ¿no? —respondió ella, al mismo tiempo que se preparaba a recibir a Federico.


Nada más Federico entró, Nadia mugió de placer al recibirlo dentro suyo. El tamaño era distinto, el ritmo de las metidas también, ella lo notó y disfrutó de tal diferencia.


—Órale, mándale besitos a tu amorcito —le dijo Rodrigo, pensando en el güey de Nadia.


—Hola bebé —dijo Nadia a cámara, y le mandó un besito volado a su novio sin ningún pudor, mientras era el centro de aquella improvisada orgía, y riendo de ello.
cogelona


—¡Eso es todo! —exclamó Rodrigo—. ‘Ora el Sebas, óra el Sebas —dijo, alentando a que su camarada fuera el siguiente en penetrar a la compañera.


Sebastián, avanzando con sus rodillas sobre la cama, se colocó enfrente de Nadia.


—Te rifas eh güey —le exigió Nadia.


Con cierta torpeza, Sebastián trató de meter su falo en la abertura de la chica. Pero se puso nervioso. Al ver lo perturbado que estaba, la muchacha se compadeció de él.


—Así, así, vas bien. Tú no te preocupes —le dijo Nadia, al notar cómo le temblaba la mano del chico al tratar de guiar su pene por la hendidura vertical y no conseguir meterla—. Siento rico, lo estás haciendo bien —y, diciendo esto, le tomó la verga y ella misma se la paseó por la parte externa de la raja, para luego hacer que la punta le acariciara el clítoris.


Nadia, masturbándose así con el pene del Sebas, subió la mirada y lo vio, mostrándole una expresión de tal placer que hizo que el joven sintiera la confianza necesaria como para que él, por propia voluntad, se la lograra meter resguardando toda su tiesa carne dentro de ella.


“Auufff...”, expulsó la jovencilla.


Nadia se abrazó cariñosamente a la espalda del delgado y tierno chico, y continuaron con el ayuntamiento con un ritmo lento pero constante. Era como si estuvieran haciendo el amor más que sólo divirtiéndose.


Ya luego le llegó el turno a Rodrigo, quien dijo:


—A ver, yo quiero, yo quiero.


Sebas le dio espacio y Rodrigo se le metió entre las piernas a Nadia.


—¡Ay Nadia, ¿por qué no te entra mi vergota?! —le reclamó Rodrigo a la chica.


—¡¿Y yo qué?! ¡Yo no estoy haciendo nada para que no entre!


—Es que estoy bien pinche incómodo —dijo Rodrigo, como para excusarse.


—Estás bien pinche aguado, que es otra cosa —señaló Nadia, y al escucharla los otros rieron—. ¡Ya, ya, el que sigue, el que sigue! —dijo ella después de un rato.


—¡Híjoles, me estás decepcionando, eh cabrón! —dijo Federico.


Tras las risas, Carlos pidió turno y se le acercó a la muchacha para metérsela otra vez. Federico no desaprovechó y, a su vez, le pidió que se lo mamara. En cuanto a Sebas, por propia mano, Nadia le tomó de la verga y lo masturbó deliciosamente.


Como uno le seguía a otro, no quedando desatendida por más de un par de segundos, Nadia sintió los mejores orgasmos de su vida hasta ese día. Era un placer distinto al que le provocaba su propio novio. Éste era diestro en el sexo, sin embargo, duraba lo que podía durar, y aquí Nadia era atendida por tres chicos; uno después de otro; todos deseosos de sacarle los mejores gemidos.


—‘Ora sí di lo que tenías que decir —dijo Rodrigo, unos minutos más tarde, cuando por fin logró paralizar a su “amigo”, y ya se lo estaba metiendo a la compañera atendida.


—No. Ya —respondió ella.


—¡Admítelo! —exclamó aquél y se la dejó ir con más fuerza y rapidez.


—Auuuhhh... —la chamaca gimió exhaustivamente. Entre una cadena de bramidos desahogadores, ella terminó por decir: “...bien rico.” 


—¡¿Qué?! —gritó el otro.


—¡Que coges bien rico! —gritó ella.


—Eso es todo —pronunció él.


Para esos momentos Nadia estaba en la cumbre del éxtasis. Estaba fuera de sí. Por primera vez en su vida más de un chico la había hecho feliz a la vez. Todos dedicados a ella.


Todo aquello pudo haber quedado como una locura de juventud. Una anécdota de esas que se recuerdan con una sonrisa en la cara. Pero si Nadia no la recordaba así, era porque...


...una vez despertó, después de dormir tras el esfuerzo físico de aquella juvenil orgía, sintió la resaca física y moral de haber hecho eso.


Viéndose rodeada de sus cuatro compañeros varones se sintió de repente incómoda. La chica se quiso vestir e irse inmediatamente. Sin embargo, no halló una prenda importante: sus pantaletas.


—¡Ya güeyes, no se hagan pendejos ¿quién me las tomó?! —exigió.


Pero todos negaron haberse quedado con aquello.


—A mí escúlcame —le dijo Rodrigo, y ella, molesta, terminó por retirarse.


—¡Hey, espérate, yo te llevo! —le gritó Carlos, pero la chica se fue de la casa cerrando la puerta con un portazo.


Tomó una combi para ir a su casa. En el mencionado pesero la chica se sintió incomoda. Creía que los otros pasajeros eran capaces de darse cuenta de lo que había hecho tan sólo por el olor que de ella emanaba, pues la propia Nadia podía percibir un aroma desagradable y marcado que provenía de ella, más específicamente de su entrepierna.


Días más tarde...


—¡Güey, ven! —le decía Lorena, asomándose por la puerta entreabierta de un salón.


Nadia, que estaba en una clase de re-curso, al verla le respondió con un ademán de: “¿Qué pedo?”


“¡Ven!”, insistió la otra.


Nadia tuvo que salir.


—¿Qué pasa?


—Ay mana, hay un video circulando por todo el Bachilleres.


Y en ese momento le enseñó, por medio de su propio celular, el video que había grabado Federico aquella vez en que los cuatro se la cogieron.


Tal grabación se había pasado de celular a celular y, claro, para ese momento ya estaba en más de un sitio de videos porno.


Nadia se encabronó por tal difusión y discutió con Rodrigo, quien no le dio demasiada importancia pues para los chicos era motivo de encomio. Muchos los elogiaban por su hazaña. Pero para Nadia fue motivo de vergüenza. Y es que, a partir de allí, ella fue conocida por el mote de: Nadia la cogelona.


Pero sus problemas no acabaron ahí, incluso se acentuaron.


En una clase de biología, en la que veían un documental sobre el aborto, Nadia, al ver cómo eran extraídos los fetos del cuerpo femenino, no pudo aguantar más las náuseas que aquellas imágenes le causaban y vomitó en plena butaca.


Sus compañeros se asquearon y rieron de aquello por igual, pero para Nadia fue el primer aviso de algo que comprobó semanas más tarde. Nadia estaba embarazada. Así lo confirmó mediante una prueba casera de embarazo, luego de reiteradas náuseas.


Por supuesto que a quien atribuyó la autoría de tal hecho, en primer lugar, fue a su novio, pues con él lo hacía las más de las veces sin protección alguna. Sin embargo, para cuando le exigió a Eduardo que éste se hiciera responsable, él le dijo:


—¡Ni creas que a mí me vas a agarrar de tu pendejo!


Y es que ya tenía conocimiento de aquel video donde su noviecita hasta le mandaba un beso mientras era penetrada por otro y reía, rodeada de los que también se la iban a coger.


Fue así que Eduardo terminó con ella.


Como con los chicos había tenido la precaución de tomar medidas anticonceptivas, no podía a achacarles a ellos... pero luego lo pensó mejor.


“Qué tal si se la dejaron ir sin látex mientras ella se había quedado dormida.” Había tomado tanto.


“¿Acaso no lo había sugerido Rodrigo...? Hacerlo a pelo.”


«¡Desgraciado!», pensó.


Nadia, encabronada, a la vez que angustiada y ansiosa por salir del problema que se le había venido encima, tomó una decisión: acusó a Rodrigo de haber abusado de ella y de haberla grabado en tal acto.


Lamentablemente, tras las investigaciones, los otros tres chicos también se vieron involucrados. Como los noticieros y demás medios explotaron la nota maniqueamente a su conveniencia, pronto Nadia fue vista como la pobre víctima de una violación tumultuaria.


“...aquellos cuatro desalmados; animales; bestias, la habían alcoholizado para después abusar de ella...”, dijeron los comunicadores en más de un noticiero.


Tras el bombardeo mediático, los cuatro chicos fueron expuestos como lo peor de la sociedad y, por supuesto, fueron encarcelados.


Claro que muchos compañeros y compañeras del Bacho protestaron ante tal infamia, si todo estaba claro en el video, pero para quien quería usar tal grabación como prueba era tachado de cómplice por poseerlo.


Al final, los chicos purgaron una pena de diez años, que postreramente se redujo a siete.


Ahora ya habían salido. Ya habían salido de prisión y Nadia no sabía cómo iba a enfrentarse a ellos, a la verdad. No sabía cómo reaccionaría cuando se los encontrara. Eso es lo que pensaba ahí parada en el andén, tomada de la mano de su pequeña hija Ana Paola. Ésta quien jamás conocería a su padre, pues quien la había engendrado lo había hecho de la siguiente manera:


Aquel día de la terrible orgía, tanto Nadia como sus compañeros se quedaron dormidos profundamente. Agotados y alcoholizados, difícilmente despertarían hasta horas más tarde, lo que propició que sucediera lo siguiente.


Paco, el hermano de Carlos, llegó acompañado de un par de colegas. Estos se encontraron con tal escenario: Una chica completamente desnuda y despatarrada rodeada de chicos, quienes, seguramente, la habían gozado hasta el hartazgo.

Con sus celulares en mano, le abrieron las nalgas para exhibir cómo aquella estaba totalmente abierta y enrojecida.


Aquellos recién llegados; mucho mayores en edad a los del grupo que yacía allí; no perdieron la ocasión y abusaron de ella, quien estaba totalmente inconsciente. La penetraron sin siquiera haberse puesto condón y apenas echándole escupitajos para lubricarla.


Tras entrar y salir, entrar y salir, entrar y salir y entrar y salir de ella le eyacularon dentro. Bien profundo.


Esos tipos se regocijaron al ver cómo sus excreciones salían de la jovencilla al verse colmado su cáliz femenino por todas esas deposiciones.


Inconsciente, Nadia estaba inundada de las secreciones masculinas de totales desconocidos.


La grabaron. Por supuesto, así la grabaron, riéndose de lo que le habían hecho a aquella chamaca que para ellos era una total desconocida.


—Dicen que quien se duerme pierde, y ésta perdió —comentó alguno y rio. Todos rieron.


Más tarde, Paco y sus amigos se retiraron. Uno se llevó las pantaletas de la muchacha para olerlas en el camino.


—Uuuhhhmmm... esto es la pura vida —dijo aquél, mientras se las “tronaba” oliendo las pantaletas de la muchacha y con una mano se mimaba la propia hombría recordando su obra.

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