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Sandra la puta 🍒🍑 parte 2

Y entonces, como si el universo hubiera decidido completar la broma, el tiempo se rebobinó. Volvió a tener 20 años. La misma universidad. Las mismas fiestas. Los mismos amigos y grupos de amigas. Pero ahora era mujer. Y todo iba a repetirse… exactamente igual, pero con un cuerpo que volvía locos a todos.
(Sofía)
Sandra la puta 🍒🍑 parte 2
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La fiesta en la casa de la colonia centro se había convertido en un ritual salvaje, y esa noche todos sabían que Sandra iba a ser el centro absoluto del caos.
Bajó las escaleras con pasos lentos y deliberados, el top negro de lycra tan ajustado que parecía pintado sobre su piel. Sus tetas nuevas —recién aumentadas a una copa DDD— desbordaban por arriba y por los lados, los pezones duros marcándose como si quisieran romper la tela. Los shorts de mezclilla eran tan cortos que dejaban ver la curva inferior de sus nalgas y el inicio del hilo del tanga rojo sangre que apenas cubría nada. El silencio duró solo dos segundos antes de que estallaran los silbidos, los gritos y los aplausos obscenos.
Marco fue el primero en reaccionar. La agarró por la cintura con las dos manos, la levantó como si no pesara nada y la llevó casi a rastras hasta la cocina abierta mientras el resto coreaba “¡Sácala, sácala!”.
La empotró contra la encimera de granito frío. Sus manos subieron directo a arrancarle el top de un tirón; los pechos saltaron libres, pesados, con las areolas grandes y oscuras ya arrugadas de excitación.
—Joder, mira nada más este par de tetas… parecen de puta cara —gruñó Marco mientras las apretaba con fuerza, hundiendo los dedos hasta que la piel se puso blanca alrededor—. ¿Cuánto pagaste por estas, eh? Porque valen cada pinche peso.
Sandra arqueó la espalda, empujando el pecho hacia él.
—Las pagué para que me las cojan así… rómpelas, cabrón.
Marco se bajó el cierre con una mano mientras con la otra le arrancaba los shorts y el tanga de un solo jalón. La vagina ya le brillaba, hinchada y mojada desde antes de bajar las escaleras. La penetró de un solo empujón brutal, hasta el fondo. El golpe seco hizo que Sandra gritara y sus tetas rebotaran violentamente contra el pecho de él.
—¡Síiii! ¡Así, más adentro! ¡Rómpeme el coño, haz que me duela mañana! —gritaba sin filtro.
Desde la puerta de la cocina, Nayeli y Elisa ya se habían quitado las blusas. Nayeli tenía dos dedos metidos dentro de Elisa mientras ambas miraban la escena con los ojos vidriosos.
—Mírala cómo se entrega… qué puta tan rica —susurró Nayeli mordiendo el cuello de Elisa.
En la sala principal, Raúl ya tenía a Laura de rodillas chupándosela mientras Diego observaba todo desde el sillón con una cerveza en la mano y la verga dura marcándose en el pantalón.

(Sandra/Enrique)
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Sandra la puta 🍒🍑 parte 2
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Marco follaba a Sandra sin piedad, el sonido de los choques de carne resonaba por toda la planta baja. Cada embestida hacía que las tetas saltaran hacia arriba y cayeran pesadamente. Él las agarraba con las dos manos, las estrujaba, pellizcaba los pezones hasta que ella chillaba de placer-dolor.
—¡Dámelo todo, cabrón! ¡Lléname! —suplicaba Sandra, clavándole las uñas en los hombros.
Marco se corrió dentro de ella con un rugido, empujando tan fuerte que casi la levanta del suelo. Cuando salió, un hilo espeso de semen comenzó a escurrir por el interior de sus muslos.
No le dio tiempo ni de respirar. Diego apareció detrás, ya desnudo, la verga gruesa y venosa apuntando al techo.
—Mi turno, mamita. A cuatro patas, ahora —ordenó.
La giró y la puso sobre la mesa de la cocina. Sandra apoyó los codos, el culo en pompa, las tetas aplastadas contra la superficie fría. Diego le dio una nalgada sonora que dejó la marca roja al instante.
—Mira qué culo… y todavía goteando del otro —dijo riendo.
La penetró de un empujón, más lento pero más profundo que Marco. Cada movimiento hacía que las tetas se arrastraran sobre la mesa, los pezones rozando la superficie y enviándole descargas directas al clítoris.
—¡Qué rico se siente este coño lleno de semen caliente! —gimió Diego—. Rebota esas tetas, quiero verlas brincar mientras te cojo.
Sandra empujaba hacia atrás con cada embestida, haciendo que sus pechos golpearan rítmicamente contra la madera.
—¡Más duro! ¡Apriétamelas! ¡Quiero que me las marques! —suplicaba.
Diego obedeció: una mano en la cadera, la otra agarrando un pecho con tanta fuerza que la piel se puso blanca entre sus dedos. Con la otra mano libre empezó a frotarle el clítoris en círculos rápidos.
En la terraza junto a la piscina, la escena se replicaba en paralelo.
Raúl tenía a Laura sentada en el borde de una mesa exterior, las piernas abiertas, comiéndosela mientras ella gemía mirando hacia la cocina. Nayeli y Elisa se habían unido: Elisa estaba de rodillas chupando a Raúl mientras Nayeli lamía los pechos de Laura y le metía dos dedos al mismo tiempo.
—Vamos, Raúl, cógetela ya… que Sandra no sea la única que grite esta noche —dijo Nayeli con voz ronca.
Raúl se puso de pie, colocó a Laura boca abajo sobre la mesa y la penetró de un solo movimiento. Laura gritó y arañó la madera.
—¡Sí, así! ¡Fóllame como perra! —chillaba.
Mientras tanto, en la cocina, Diego ya estaba cerca del clímax. Sacó la verga y se corrió sobre las nalgas y la espalda de Sandra, chorros gruesos que resbalaban por su piel sudorosa. Ella seguía temblando, todavía no se había corrido.
Marco regresó, todavía medio duro.
—No te vas a correr con uno solo, ¿verdad? —dijo con una sonrisa torcida.
La levantó de la mesa, la llevó en brazos hasta la sala y la tiró en el sillón grande de tres plazas. Raúl, que acababa de correrse dentro de Laura, se acercó junto con Diego.
Los tres la rodearon.
Marco se sentó en el sillón y la hizo sentarse a horcajadas sobre él, empalándola de nuevo. Diego se puso detrás, escupió en su ano y empezó a presionar lentamente con la punta.
—¿Quieres las dos a la vez, puta? —preguntó Diego.
Sandra, con la voz entrecortada por el placer, solo pudo asentir.
—Siii… métanmelas… las dos… rómpanme entera…
Raúl se colocó frente a ella, agarrándola del pelo y metiéndosela en la boca hasta la garganta. Sandra gemía alrededor de la verga mientras Marco y Diego empezaban a moverse al mismo tiempo, uno en el coño y el otro abriéndose paso en su culo.
El sillón crujía con violencia. Sus tetas rebotaban descontroladas, golpeando contra el pecho de Marco. Diego le daba nalgadas mientras la penetraba más profundo.
—¡Mírenla! ¡Se está corriendo con dos vergas dentro! —gritó Nayeli desde un lado, masturbándose furiosamente mientras Elisa le lamía el clítoris.
Sandra explotó en un orgasmo brutal: el cuerpo se le tensó, los ojos se le pusieron en blanco, un chorro caliente salió de su coño empapando a Marco. Gritó tan fuerte que se escuchó hasta en la calle.
Los tres hombres se corrieron casi al mismo tiempo: Marco dentro del coño, Diego en el culo, Raúl sacándola de la boca y descargando sobre su cara y sus tetas.
Cuando terminaron, Sandra quedó tirada en el sillón, temblando, cubierta de semen, sudor y sus propios jugos. Las tetas subían y bajaban con respiraciones agitadas, brillantes de saliva y leche.
Nayeli se acercó, se arrodilló entre sus piernas y empezó a lamerle despacio el coño y el culo, recogiendo todo lo que salía.
—Buena chica…

Meses después...

El verano regresó. El mismo rancho. El mismo olor a tierra caliente, hierba seca y carne asándose. La familia reunida. Pero ahora ella era la de las curvas imposibles. El tío la abrazó demasiado tiempo, sintiendo sus tetas grandes contra su pecho.
Durante la carne asada el coqueteo fue constante y cada vez más descarado. El humo espeso de la parrilla subía en columnas grises, cargado del olor a carne chamuscada, carbón y grasa que chisporroteaba. El calor del fuego lamía la piel de todos, haciendo que el sudor brillara en gotas gruesas sobre los brazos, el cuello y el escote de ella. Cada vez que se inclinaba para servir tortillas o salsa, sus tetas grandes y pesadas se balanceaban bajo la blusa ligera y húmeda, los pezones endurecidos marcándose claramente contra la tela fina. El tío no quitaba los ojos de allí ni un segundo.
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Se acercó “a ayudar” por enésima vez, pegando su cuerpo grande y caliente por detrás mientras ella removía la olla. Su mano callosa le rozó la cintura, luego bajó despacio hasta apretarle la cadera con fuerza.
—Qué rico hueles, sobrina… a sudor, a mujer caliente y a esa salsa picante —susurró ronco contra su oreja, el aliento oliendo a cerveza y tabaco—. Mira cómo te tiemblan esas tetas cada vez que te mueves. Me están volviendo loco. Si no estuviera la familia, te las agarraría ahora mismo y te las chuparía hasta dejártelas rojas.
Ella sintió un latigazo de calor entre las piernas. El coño se le contrajo solo con las palabras. Se mordió el labio y le contestó bajito, sin voltear:
—Tío… estás siendo muy malo. Pero me gusta… me gusta que me mires así. Si sigues hablando así, voy a mojarme tanto que se me va a notar.
Él soltó una risa grave y le apretó más la cadera, dejando que su verga ya dura se pegara contra su culo por encima de la falda.
—Pues mójate, sobrina. Quiero oler tu coño mojado desde aquí. Esta noche, cuando todos duerman, voy a entrar a tu cuarto y te voy a follar como la puta que eres. Te voy a abrir las piernas y te voy a meter toda mi verga hasta que grites mi nombre.
La noche avanzó lenta y tortuosa. El tío siguió coqueteando sin disimulo: le servía cerveza rozándole el brazo y el costado de la teta “sin querer”, le ponía la mano en el muslo bajo la mesa y subía los dedos despacio hasta rozar el borde de sus bragas, le susurraba chistes sucios al oído (“Si esa salsa pica tanto, imagino cómo arde tu coñito cuando te la meto”), y la miraba como si ya la estuviera desnudando y penetrando allí mismo. El aire estaba espeso: olor a carne quemada, a sudor masculino y femenino, a cerveza derramada y a deseo crudo que casi se podía masticar.

Cuando por fin todos se fueron a dormir, el rancho quedó en silencio roto solo por los grillos y el lejano ladrido de un perro. El tío entró a la habitación sin hacer ruido, cerró la puerta con llave y la empujó contra la pared de madera con un golpe seco que hizo crujir las tablas.
—Llevo toda la noche con la verga dura pensando en ti —gruñó, voz ronca y baja—. En estas tetas grandes que tienes… siempre me gustaron así de pesadas y redondas. Dime que quieres que te folle como a una puta barata, sobrina.
Ella temblaba de excitación, el coño ya chorreando, las bragas empapadas.
—Sí, tío… fóllame como a una puta —gimió, la voz quebrada—. Quiero sentirte romperme… métemela toda, no tengas piedad.
Él le arrancó el camisón de un tirón brutal; la tela se rasgó y cayó al suelo. Sus tetas saltaron libres, pesadas, brillando de sudor bajo la luz tenue de la luna que entraba por la ventana. El tío las agarró con las dos manos grandes, apretándolas con fuerza hasta que la piel se puso blanca entre sus dedos.
—Joder… qué tetas tan ricas —gruñó, bajando la boca y chupando un pezón duro y sudado. Lo mordió fuerte, tirando de él con los dientes hasta que ella soltó un grito ahogado. El otro pezón lo lamió en círculos, dejando un rastro de saliva caliente que se enfrió al instante y le puso la piel de gallina.
Le dio la vuelta de golpe, la dobló sobre la cama y le levantó la falda. Las bragas estaban empapadas, el coño hinchado y brillante de humedad. Le bajó las bragas de un tirón hasta los tobillos y le dio una nalgada tan fuerte que el sonido retumbó como un latigazo en la habitación silenciosa. La nalga se enrojeció al instante.
—Mira cómo estás chorreando… puta mojada —dijo, metiendo dos dedos de golpe en su coño y moviéndolos rápido, haciendo un sonido chapoteante obsceno—. ¿Quieres mi verga? Pídemela como se debe.
—¡Sí, tío! ¡Métemela ya! ¡Quiero que me rompas el coño con esa verga gorda! ¡Fóllame como si fuera tu puta secreta! —suplicó ella, empujando el culo hacia atrás.
Él se bajó los pantalones y sacó la verga dura, gruesa, venosa, ya goteando precum. La colocó en la entrada y la penetró de un solo empujón brutal, hasta el fondo. Ella gritó contra la almohada, las paredes del coño estirándose alrededor de él, apretándolo como un puño caliente y húmedo.
—Así… toma toda mi verga, sobrina —gruñó, empezando a bombear fuerte, profundo, sin piedad. Cada embestida hacía que sus tetas rebotaran salvajemente contra el colchón—. Eres mejor que tu hermana… más apretada, más caliente, más puta. Siente cómo te parto.
Le agarró las caderas con fuerza, dejando marcas rojas, y aceleró. El sonido era brutal: plaf… plaf… plaf… chap… chap… chap. El coño de ella chorreaba jugos que bajaban por sus muslos, mezclándose con el sudor. Él le dio otra nalgada, luego otra, alternando lados hasta que el culo quedó rojo y caliente.
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—¡Más fuerte, tío! ¡Rómpeme! ¡Quiero sentirte hasta el útero! ¡Dame nalgadas más duro! —gritaba ella, la voz entrecortada por los golpes.
Él le metió un dedo en el culo mientras la follaba, moviéndolo al ritmo de su verga. El doble estímulo la hizo temblar violentamente.
—Te voy a llenar el coño y luego te voy a correr en el culo si quieres —gruñó—. Dime que eres mi puta… dime que quieres mi semen dentro.
—¡Soy tu puta, tío! ¡Lléname el coño! ¡Quiero sentir cómo me chorreas adentro! ¡Córrete fuerte, cabrón! —suplicó ella, corriéndose primero con un grito ahogado, el coño contrayéndose alrededor de él en espasmos brutales, chorreando jugos calientes sobre sus bolas.
El tío no paró. Siguió follándola más rápido, más salvaje, el sudor goteando de su pecho sobre la espalda de ella. Agarró sus tetas desde atrás, apretándolas con fuerza mientras embestía.
—Voy a correrme… toma todo, sobrina… toma mi leche caliente —rugió.
Se vació dentro con chorros potentes y gruesos, gruñendo como animal, empujando profundo cada vez que eyaculaba. El semen caliente la llenó hasta rebosar, escurriéndose por sus muslos en hilos blancos y espesos. Él se quedó dentro unos segundos más, jadeando, sintiendo cómo su verga palpitaba todavía dentro del coño apretado y lleno.
Finalmente se salió con un sonido húmedo y sucio. El semen le goteaba del coño, bajando por las piernas temblorosas de ella.
Se inclinó, le dio una última palmada suave en el culo rojo y susurró:
—No le digas a nadie… esto queda entre nosotros, puta. Pero si quieres más, sabes dónde encontrarme.
Salió de la habitación, dejando la puerta entreabierta. Ella se quedó tirada boca abajo en la cama, temblando, el coño palpitando todavía, el semen caliente saliendo lentamente, el cuerpo sudoroso y marcado. Sabía que su vida —la misma vida de siempre— ahora era un infierno de placer prohibido y adictivo del que nunca querría salir.
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Al día siguiente el sol pegaba fuerte desde temprano, el aire olía a polvo seco, estiércol fresco y heno recién cortado. El rancho bullía de actividad: los peones arreaban las vacas al potrero del fondo, la abuela gritaba órdenes desde la cocina y el abuelo —Don Refugio— había salido desde las seis a revisar los caballos en los establos viejos, esos que estaban algo apartados, detrás del granero, donde casi nadie iba a esa hora.
Sandra se había levantado con el cuerpo todavía dolorido y caliente de la noche anterior. Las nalgadas le ardían al sentarse, el coño seguía sensible e hinchado, y cada vez que caminaba sentía el rastro pegajoso del semen seco entre los muslos. Se puso un vestido ligero de algodón, sin sostén porque los pezones le rozaban la tela y le dolían de tanto que el tío los había chupado y mordido. No se puso bragas. No quería. Quería sentir el aire rozándole el sexo abierto, recordándole lo puta que se había vuelto en una sola noche.
Fue a llevarle el café al abuelo, como siempre hacía. La jarra humeante en las manos, el pretexto perfecto. Cruzó el patio con pasos lentos, el vestido pegándosele a la piel sudorosa. Cuando llegó a los establos, el olor fuerte a caballo y cuero la golpeó. El abuelo estaba solo, de espaldas, cepillando el lomo de un cuarto de milla negro que relinchó bajito al verla entrar.
—Buenos días, apá —dijo ella con voz suave, casi cantarina.
Él se giró despacio. Era un hombre grande todavía, aunque los años le habían plateado el pelo y endurecido las manos. Ojos oscuros, profundos, que siempre la miraban un segundo más de lo debido. Dejó el cepillo en un gancho y se limpió las manos en el pantalón.
—Trajiste café… qué buena muchacha —murmuró, pero su mirada ya había bajado a las tetas marcadas bajo la tela fina, a los pezones duros que se transparentaban.
Ella se acercó, le puso la jarra en las manos. Sus dedos se rozaron. Ninguno de los dos se apartó.
—Anoche no pude dormir pensando en ti —susurró Sandra, bajando la vista como si estuviera avergonzada, aunque el coño ya le palpitaba de solo tenerlo cerca—. En cómo me miras desde hace años… en lo que me harías si estuviéramos solos.
Don Refugio dejó la jarra en una viga sin apartar los ojos de ella. Dio un paso adelante. El establo olía a él: sudor limpio de hombre, tabaco viejo, cuero curtido.
—No juegues conmigo, mija —dijo grave, pero la voz le salió ronca—. Sabes que no soy de los que se aguantan.
—No estoy jugando —respondió ella, y se acercó hasta que sus tetas rozaron el pecho de él—. Quiero que me cojas aquí mismo… entre los caballos. Quiero oler a ti y a ellos al mismo tiempo.
Eso fue todo lo que hizo falta.
El abuelo la agarró por la nuca con una mano grande y callosa, la besó con fuerza, metiéndole la lengua hasta la garganta mientras con la otra mano le subía el vestido hasta la cintura. Al darse cuenta de que no llevaba nada debajo gruñó contra su boca.
—Puta descarada… ni bragas te pusiste.
La empujó contra la puerta de un box vacío. El caballo del lado relinchó y pateó la madera, pero ninguno de los dos le hizo caso. Él le abrió las piernas de un movimiento brusco, se arrodilló y metió la cara entre sus muslos sin preámbulos. La lamió entera, lengua ancha y áspera recorriendo desde el culo hasta el clítoris, chupando los jugos que ya le chorreaban. Sandra se agarró de las rejas del box, gimiendo alto, sin importarle si alguien pasaba cerca.
—Sabe a miel y a pecado, mija… —gruñó él entre lamidas—. Abre más las piernas… déjame comerte bien.
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Ella obedeció, poniéndose de puntillas, empujando el coño contra su boca. Él metió dos dedos gruesos y los curvó adentro, buscando ese punto que la hacía temblar. Cuando lo encontró, ella gritó y se corrió en su cara en menos de un minuto, chorreando sobre la barba canosa y el cuello de la camisa.
El abuelo se levantó, se desabrochó el cinturón con manos temblorosas de deseo. La verga salió pesada, gruesa, venosa, más oscura que la del tío, con la cabeza brillante de precum. La giró de golpe, la dobló sobre un fardo de heno alto y le levantó una pierna para apoyarla en la viga baja.
—Mírame —ordenó.
Sandra giró la cabeza, los ojos vidriosos. Él escupió en la mano, se untó la verga y la colocó en la entrada. Entró despacio al principio, disfrutando cómo las paredes del coño se abrían para él, pero cuando sintió que ella ya estaba bien abierta empujó de golpe hasta el fondo.
—Joder… qué rico coño tienes, mija… más apretado que el de tu abuela cuando era joven.
Empezó a bombear con fuerza, profundo, lento al principio y luego cada vez más rápido. El fardo de heno se movía con cada embestida, el polvo volaba, los caballos relinchaban nerviosos. Él le agarró las tetas desde atrás, pellizcando los pezones con saña mientras la follaba como si quisiera partirla en dos.
—Dime que te gusta la verga del abuelo… dime que eres mi yegua en celo —gruñó, mordiéndole el cuello.
—¡Sí, apá! ¡Me encanta tu verga gorda! ¡Fóllame como yegua tuya! ¡Quiero que me llenes como semental! —gimió ella, empujando hacia atrás, el culo chocando contra su pelvis con sonidos húmedos y fuertes.
Él le metió un dedo en el culo mientras seguía embistiendo, luego dos. El doble estiramiento la volvió loca. Se corrió otra vez, gritando contra el brazo para no alertar a todo el rancho, el coño contrayéndose tan fuerte que casi lo saca de adentro.
El abuelo no aguantó más. Aceleró, los huevos golpeando contra el clítoris, el sudor chorreándole por la espalda.
—Te voy a preñar, mija… te voy a llenar hasta que te chorree por semanas —rugió.
Se vació con un bramido ronco, chorros gruesos y calientes que la inundaron por completo. Empujó profundo con cada eyaculación, gruñendo palabras sucias al oído: “toma mi leche… toma todo… eres mía ahora”. Cuando terminó se quedó dentro, jadeando, sintiendo cómo el semen rebosaba y bajaba por los muslos de ella en hilos espesos que caían al suelo de tierra.
La ayudó a incorporarse cuando por fin se salió. Le bajó el vestido con manos temblorosas, le dio un beso lento en la boca, saboreando todavía sus propios jugos en los labios de ella.
—Nadie puede saberlo —dijo serio, pero con los ojos todavía encendidos—. Pero si quieres que vuelva a montarte… ven al establo cuando todos duerman. Te estaré esperando con la verga lista.
Sandra sonrió, las piernas temblándole, el coño palpitando lleno y satisfecho.
—Vendré todas las noches que pueda, apá… quiero ser tu yegua favorita.
Él le dio una palmada suave pero posesiva en el culo y la dejó ir. Ella salió caminando despacio, con el semen resbalando todavía por dentro de los muslos, el olor a caballo, heno y sexo impregnado en la piel.
Sabía que esto apenas empezaba. El rancho ya no sería el mismo. Y ella tampoco.

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