You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

La sorpresa de Sabrina

Pasaron veinte días desde esa noche en el departamento de Matías, y todavía me dolía el orto cada vez que me sentaba o caminaba mucho. Era un dolor sordo, recordatorio constante de esos 26 cm que me habían abierto sin piedad, me habían hecho llorar y acabar como nunca. Sabrina lo notaba y se reía bajito cada vez que me veía hacer una mueca al sentarme en el sofá. “Pobrecito mi putito… te dejó marcado para siempre esa pija monstruosa”, me decía, y luego me besaba profundo mientras me acariciaba la cola hinchada, excitándome de nuevo a pesar del ardor.

Pero el dolor no me quitaba las ganas. Al contrario: cada punzada me recordaba el placer mezclado con el llanto, y Sabrina lo sabía. Ella había estado hablando con Matías por teléfono (en esa época no había WhatsApp ni nada, solo llamadas fijas o celulares con SMS que tardaban una eternidad en llegar), y también con Carlos, que seguía llamando a casa desde la peluquería cuando cerraba temprano para preguntar “¿cuándo repetimos, putito?”. Los dos machos alfas del edificio y del barrio querían más. Sabrina organizó todo para la siguiente semana: una “reunión” en nuestra casa, viernes por la noche. “Van a venir los dos, amor. Carlos y Matías. Y nos van a romper a los dos… juntos. Vas a ser mi putita al lado mío, y yo voy a ser la tuya. ¿Te calienta verte cogido por dos pijas gigantes mientras yo chupo la otra?”.

El viernes llegó con un calor pegajoso que hacía sudar solo de respirar. Sabrina se preparó como una diosa: vestido negro corto, ajustado, sin nada debajo, pezones marcados, pelo suelto y labios rojos. Yo me puse un short liviano y una remera, pero sin bóxer debajo, como ella me pidió. “Quiero que estés listo para que te bajen todo cuando lleguen”.

Llegaron casi juntos. Carlos primero, con su jogging gris de siempre, esa sonrisa pícara y el bulto ya medio marcado. Matías detrás, alto, imponente, con una remera negra y pantalón de entrenamiento que dejaba ver el contorno pesado incluso dormido. Se saludaron con un choque de puños, como si ya supieran que eran competencia, pero también aliados en esto. Sabrina los recibió con besos en la boca a los dos, larga y profunda, y yo sentí un nudo en el estómago de celos y excitación pura.

Nos sentamos en el living con cervezas frías. La charla empezó liviana, pero Sabrina no tardó en ir al grano.

—Antes de empezar… quiero medirlas bien. Las dos. Quiero saber exactamente con qué bestias estamos jugando.

Carlos y Matías se rieron, se miraron como machos alfa midiendo fuerzas, y se bajaron los pantalones sin drama. Carlos primero: su pija ya medio dura, gruesa, venosa, la misma que me había marcado en la peluquería. Sabrina sacó una cinta métrica flexible que tenía preparada (la muy puta había pensado en todo). La midió primero dormida: 19 cm. Luego la agarró con la mano, la masturbó despacio hasta que se puso completamente dura. 24.5 cm de largo real, 6.2 cm de grosor en la base. “Más grande de lo que pensaba… qué pija rica, Carlos”, dijo ella, besando la cabeza.

Después Matías. Se bajó el pantalón y dejó caer esa bestia pesada. Dormida era impresionante: 20 cm colgando, gruesa como una botella de gaseosa chica. Sabrina la midió primero así: 20.3 cm flácida. Luego la tomó con las dos manos, la chupó un poco para que se pusiera dura del todo. Cuando estuvo tiesa, la cinta marcó 27.8 cm de largo y 6.8 cm de grosor máximo. “Dios… casi 28 cm… más grande que lo que Carla me contó”, murmuró Sabrina, los ojos brillando. Matías sonrió orgulloso, mirando a Carlos como diciendo “mirá con qué te competís”.

—Ahora sí… que empiece la noche —dijo Sabrina, arrodillándose entre los dos.

Empezamos como putitas totales. Sabrina y yo nos arrodillamos frente a ellos en el piso del living. Yo tomé la pija de Carlos, la besé despacio, lamiendo la cabeza como la primera vez en la peluquería, pero ahora con más ganas, más hambre. Sabrina se metió la de Matías en la boca, estirando los labios al máximo, ahogándose pero sin parar. Nos mirábamos mientras chupábamos: lengüetazos largos, succiones profundas, saliva chorreando. Los dos machos gemían, agarrándonos del pelo, guiándonos.

—Mirá qué putitas lindas son… chupando como si les pagaran por eso —dijo Carlos, golpeándome la cara con su pija dura mientras yo lamía.

Matías hacía lo mismo con Sabrina: tap tap tap en sus mejillas, en los labios, hasta que ella gemía con la boca llena.

Luego nos pusieron a los dos a cuatro patas en el sofá, uno al lado del otro, colas juntas. Sabrina y yo nos mirábamos, manos entrelazadas, mientras ellos se posicionaban atrás. Carlos entró primero en mí: su pija de 24.5 cm me abrió fácil (después de Matías ya estaba más dilatado), pero igual gemí fuerte. Matías entró en Sabrina: ella gritó de placer cuando esa bestia de 27.8 cm la partió, “¡Sí… rompeme… qué grande sos!”.

Empezaron a cogernos al mismo ritmo, como en competencia. Cada embestida de Carlos en mi orto hacía que mi cuerpo se sacudiera hacia Sabrina, y cada embestida de Matías en ella nos empujaba a nosotros. Gemíamos los cuatro al unísono. Sabrina me besaba mientras nos cogían, lenguas enredadas, saliva mezclada. “Mirá qué putitas somos, amor… dos pijas gigantes rompiéndonos…”.

Cambios de posición: nos pusieron uno encima del otro. Yo encima de Sabrina, cogiéndola por la concha mientras Carlos me cogía el orto desde atrás. Matías se metió en la boca de Sabrina, cogiéndole la garganta mientras yo la penetraba. Era un enredo de cuerpos, sudor, gemidos. Luego intercambiaron: Matías me cogió a mí mientras Carlos cogía a Sabrina. Sentí esos 27.8 cm entrando en mi orto ya sensible. Grité, lloré un poco de dolor otra vez, pero el placer era más fuerte. “¡Duele… pero no pares… lléname!”. Matías me rompió sin piedad, embestidas brutales, golpeando mi próstata hasta que acabé sin tocarme, leche saliendo a chorros sobre la espalda de Sabrina.

Carlos y Matías competían: quién nos hacía acabar más veces, quién nos llenaba más. Al final nos pusieron boca arriba, piernas en alto, uno al lado del otro. Carlos en Sabrina, Matías en mí. Nos cogieron fuerte, profundo, hasta que los dos rugieron casi al mismo tiempo. Carlos explotó en la concha de Sabrina, llenándola de leche espesa. Matías hizo lo mismo en mi orto: chorros calientes, abundantes, inundándome por dentro hasta que se me escapaba por los costados, mezclada con un poco de sangre del estiramiento extremo.

Nos quedamos tirados, jadeando, cuerpos sudados y pegajosos. Sabrina me besó, probando el sabor de las dos pijas en mi boca. “Somos las putitas más felices del mundo… y esto no termina acá”.

Carlos y Matías se miraron, sonriendo como machos satisfechos.

—La próxima… traemos más competencia —dijo Matías.

Y yo, con el orto latiendo lleno de leche, solo pude asentir, sabiendo que el verano del 2000 iba a ser eterno.

0 comentarios - La sorpresa de Sabrina