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📑Mi Tia Es Una Puta

📑Mi Tia Es Una Puta

Martín era un chico de 18 años, flaco, tímido con las mujeres.
Vivía con su madre en un humilde barrio tranquilo, donde la rutina no ofrecía muchas sorpresas…
hasta que Sylvia empezó a visitarlos más seguido.

Prima de su madre, Sylvia era una mujer de la noche, con caderas anchas, enormes tetas que parecían querer escapar del escote, labios pintados de rojo, risas atrevidas y un perfume que se quedaba flotando incluso cuando se iba.

Un día de calor, mientras su madre salió de compras, Sylvia se apareció en la casa con una blusa sin sostén y unos shorts ajustados….

—Tu mamá me dijo que no está —dijo sonriendo—. ¿Te molesta si me quedo un ratito a esperarla?

— Claro que no Tia. Pasa…

Se sentó cruzando las piernas,
Martín trataba de mirar a otro lado. Pero Sylvia lo notó. Y le gustó.

—¿Sabés, Martin? Te has puesto muy lindo. No me extrañaria que tengas a todas las chicas detrás.

Él rió incómodo.

—La verdad… No he estado con muchas… bueno, con ninguna, en realidad.

El silencio se hizo grueso.

Sylvia lo miró fijamente.

—¿Cómo que con ninguna?

—Eh… nada. Olvidalo.

Ella se levantó lento. Caminó hacia él con las caderas marcando el ritmo. Se paró frente a él, lo tomó del mentón y le dijo:

—¿Todavía no te cogiste a una mujer?

Martin tragó saliva. Negó con la cabeza. No..aún no.

Sylvia sonrió, descarada.

—¿Y si te ofrezco ser yo la que te estrene?

—¿Qué?

—Sí, Martín. Me calentás. Y mucho.
Y si querés perder la virginidad… más vale que sea con una mujer que te enseñe y sepa darte todo.

— Sabés a que me dedico verdad? 

— Sí Tia, pero yo no tengo dinero 

Sylvia solto una risa pícara. — Tranquilo, como le voy a cobrar a mi sobrino favorito. 

Se arrodilló frente a él. Le abrió el pantalón, le bajó la ropa interior. Y al ver su pija ya endurecida, se lo agarro con ambas manos.

—Mmm… para ser virgen estás muy bien armado.

Te voy a enseñar como se trata a una mujer puta y caliente.

Y se lo metió en la boca. Lento. Húmedo. Hasta la garganta.

Martín se echó hacia atrás, temblando y jadeando.

—Tia…!

—Shhh… disfrutá.

Se lo chupaba con maestría, haciendo ruidos sucios, salivándolo, acariciándole los testículos.
Después se levantó, se bajó el short y la tanga… y se subió encima de él, sin aviso.

—Tu primera cogida, mi amor, y va a ser inolvidable.

Se metió su pija de una sola vez en su concha.

—¡Mierda… esta grueso!
Y ya me estás llenando la concha, lindo.

Lo cabalgó con fuerza. Con furia. Le restregó las tetas por la cara, lo besó, lo mordió, lo usó como su juguete.

—¡Así! ¡Aprendé cómo gemir! ¡Cómo se siente una concha de verdad!

Él no aguantó mucho. Eyaculo gritando, adentro de ella, agarrado a su cintura . Sylvia también se vino, con espasmos, temblando, sudada y satisfecha.

Se quedó encima de él, jadeando, con una sonrisa perversa.

—Felicidades, mi amor. Ya no sos virgen.
Y si querés repetir... La Tia Sylvia te puede enseñar muchas, muchas cosas más.

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Después de aquella explosiva primera vez en casa de su madre, Sylvia no volvió a visitarlos… al menos por unos días.

Pero una tarde, le escribió por WhatsApp:

> “Si querés repetir, estoy sola. Pero vení solo si realmente tenés ganas…”

Martín no tardó ni un minuto en responder.

> “Sí quiero tia, sos hermosa, me volvés loco. Y… me gustan tus tetas.”

Sylvia dejó el visto, pero no respondió con palabras. Solo le mandó una foto en tanga y sin sostén, en la que sus enormes tetas apenas cabían en la foto.
Y abajo, un simple texto:

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> “Entonces vení a jugar con ellas, mi amor.”

Minutos más tarde, Martín estaba parado frente a su puerta, con el corazón latiendo fuerte.
Ella abrió. Llevaba una remera de algodón, y una calza.sin ropa interior. Nada de sutilezas.

—Hola, mi amor. ¿Viniste por mis tetas?

Él se rió, nervioso.

—La verdad… sí Tia, Me encantan. Son… perfectas.

—Entonces vas a tenerlas toda la tarde —dijo, estirandolo suavemente de su camiseta para hacerlo entrar.

Sylvia lo hizo sentar en el sofá, y sin demora, se arrodilló frente a él.

—Hoy, vas a aprender a adorarlas como se debe.

Se subió la remera frente a él y sus tetas saltaron libres, pesadas. martín mirando embobado.

—¿Querés tocar?

—Por favor tia…

Ella se los acercó a la cara, frotándolas contra su boca.

—Chupalas. Sin miedo.


El las besó, las lamió, las chupó con devoción. Sylvia gemía bajito, acariciándole el pelo.

—Eso… así me gusta. Como un buen chico adicto a las tetas de su tia caliente.

Mientras él se entregaba al placer, Sylvia le bajó el pantalón. Su pija ya estaba dura, firme, lista para más.

—Tu pija me tiene loca, Martín. Pero hoy te voy a enseñar algo nuevo.

Se acomodó su pija entre sus tetas, y empezó a hacerle una paja con ellas, apretándolo suave entre su canal, frotando de arriba abajo mientras lo miraba a los ojos.

—¿Te gusta? ¿Sentís cómo te aprieto entre mis tetas?

—¡Sí! ¡Dios… Tia!

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Ella le escupió encima para lubricar más. Subía y bajaba, haciendo un sonido sucio, adictivo.

—Corréte para mí. Llename las tetas. ¡Dámelo todo, mi amor!

Martin no aguantó más. Terminó eyaculando con un gemido, su leche cubriéndole las tetas. Sylvia frotándolas con una sonrisa salvaje.

—Muy bien.

Y se bajo la calza, sentandose con las piernas abiertas, mostrándole su concha.


—Te ves muy bien mojadito —dijo, mordiéndose el labio.

Él se acercó tímido, pero ella lo frenó con un gesto.

—Ahora es mi turno de jugar con tu pija.

—Me encanta. Esta tan duro… tan caliente.
Y es solo mío, ¿verdad?

—Sí… todo tuyo tia —jadeó Martín.

Ella lo empujó suavemente sobre la cama y se arrastró por su cuerpo, besándole el abdomen, bajando lento, con la lengua tibia.
Le agarró la pija con una mano firme, lo lamió despacio desde la base hasta la punta, lo besó, lo metió de a poco… y luego se lo tragó entero de golpe, haciendo que Martín se arqueara.

—¡Ahh tia… por favor!

—Shhh… déjame mimarte —susurró, sin dejar de moverse.

Lo chupaba y mamaba con intensidad, usando las manos, la saliva, las mejillas. Lo miraba a los ojos, con la boca llena, haciéndole saber que no tenía frenos.
Cuando estuvo al borde, lo soltó, lo miró con fuego en la mirada y dijo:

—Ahora… te toca aguantarme a mí.

Se subió sobre él, agarrándole la pija con la mano y se lo metió entero en su concha de una sola sentada, soltando un gemido profundo.

—¡Dios sí! ¡Qué rico me llenás, mi amor!

Y empezó a montarlo con furia, rebotando con fuerza, con ritmo salvaje. Le agarraba las muñecas, le apretaba el pecho, lo besaba con lengua mientras su cuerpo lo devoraba sin piedad.

—¡Así! ¡Aguantame! ¡Llename la concha otra vez si te da el cuerpo!

Martin estaba en trance, atrapado entre sus piernas, mojado por su calor, sus tetas saltando frente a su cara. Le lamió una mientras ella gemía encima.

—¡Más! ¡No pares, tia!

Sylvia lo cabalgó hasta que él no pudo más. Se vino eyaculando con espasmos, agarrándola fuerte, perdiéndose dentro de ella.

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Ella no paró. Se movió lento unos segundos más, y luego se dejó caer sobre su pecho, jadeando, sudada, extasiada.

—¿Te gustó la experiencia, mi amor ? —susurró al oído, acariciándole el cabello.

—Si tia fue… increíble.

Y lo besó, mientras su mano ya bajaba otra vez entre sus piernas, buscando despertarlo una vez más.


Era viernes por la tarde cuando Martín decidió sorprenderla.

Habían pasado varios días sin verse. La última vez, Sylvia le había dicho que lo extrañaba… con esa voz suya que sabía como calentarlo.

Él llevó un tapper con algo de comida, y caminó nervioso hasta su puerta. No tocó. La conocía bien. Sabía que si estaba sola, lo recibiría con entusiasmo.
Pero ese día no estaba sola.

La puerta entreabierta dejaba ver el interior. Y lo que vio lo congeló.

Sylvia, su tia, completamente desnuda, montaba a un hombre sobre el sofá. Más mayor, más musculoso.

Sus caderas se movían con la misma intensidad con que lo había cabalgado a él. Sus gemidos eran iguales, o peores.
Se reía, le decía cosas sucias.
Y Martín sintió cómo algo se le quebraba en el pecho.

Dejó la comida en la entrada, dio media vuelta y se fue sin decir nada.


No contestó sus mensajes. No respondió llamadas.
Pero Sylvia no era de quedarse con la duda.
Dos días después, tocó su puerta.

Martín abrió, seco, serio.
Ella vestía como si nada: jeans apretados, una blusa sin sostén, y esa sonrisa cargada de veneno dulce.

—¿Estás enojado conmigo?

—¿En serio me preguntás?

Ella entró sin permiso, como siempre. Se sentó en su cama, cruzó las piernas y lo miró.

—Te vi.

—Ya me imaginaba.

—¿Y?

—¿Y qué? —respondió ella, encogiéndose de hombros—.
Así soy yo, Martin, es mí trabajo, vivo del sexo y me gusta, sabias bien que era una puta.

Pero vos sos mi sobrino favorito. El que me calienta más que un caliente. El que me deja pensando en su pija.

Él no supo qué decir. Los celos aún le ardían. Pero el cuerpo… también.
Ella se acercó, le tocó la cara.


— No te pongas celoso, ¿sí?
Disfrutá. No compliques algo que puede ser puro placer.

Martín la miró. Respiró hondo.
Y algo en él se rompió… o despertó.

La tomó de la muñeca, la llevó a la cama, la puso boca abajo y sin decir palabra, le bajó los jeans lentamente, dejando sus nalgas al descubierto.
Ella ni se resistió.

—¿Qué hacés, mi amor?

—Callate —dijo él, con voz firme—. Esto es un castigo.

Le dio una palmada fuerte en una nalga, haciendo que ella soltara un quejido que no era de dolor.

—¿Te enojaste, mi amor? ¿Te pusiste celoso de verdad ?

Otra nalgada. Más fuerte. Sylvia arqueó la espalda y gimió, mordiendo la sábana.

—¡Sí! ¡Así! ¡Castigame!
Te juro que pensé en tu pija mientras me lo cogía…

Él le dio otra palmada, y otra más, viendo cómo su piel se enrojecía, cómo se movía como si rogara más.

—¿Sabés qué? —dijo él, bajándose el pantalón—.
Ahora vas a sentir que conmigo no se juega.

Ella sonrió, girando el rostro, jadeante.

—Eso quiero, mi amor.
Haceme tuya, sos el que mejor me hace temblar.

Y él la cogío desde atras, metiéndole la pija en la concha con rabia, con deseo, con el corazón ardiendo.
No por celos. No por posesión.
Sino porque el dolor, el deseo y la pasión a veces vienen del mismo lugar.


El aire en la habitación seguía cargado.
Los cuerpos aún desnudos, el calor del castigo y el sexo reciente vibrando en el ambiente. Martín yacía a su lado, sudado, con la mirada fija en el techo.

Fue entonces que Sylvia rompió el silencio.

—Sé que soy una puta, mi amor …

—No digas eso —respondió él, sin mirarla.

Ella giró, se acurrucó contra su pecho y subió la pierna sobre su cuerpo.

—Pero es la verdad. Tengo sexo por dinero, me gusta seducir. Pero contigo… No sé qué me pasa. Me gustás.

Martín la miró. Había ternura en sus ojos, aunque intentaba esconderla detrás de esa voz pícara que siempre usaba.

—¿Y eso qué significa?

Ella sonrió. Le acarició el pecho y bajó la mano lentamente por su abdomen.

—Significa que quiero darte algo especial.
Pero no aquí.

—¿Dónde?

—En mi casa. Esta noche.
Quiero que vengas. Sin prisa. Sin vergüenza.
Y te prometo que vas a recordarla el resto de tu vida.

Él dudó por un segundo, pero su cuerpo ya estaba respondiendo al roce de su mano, a la manera en que Sylvia le susurraba entre caricias.

—¿Algo especial cómo?

Ella se inclinó sobre él, besándole la oreja.

—Una entrega completa, mi amor. Sin límites.

Hoy… me vas a tener de todas las formas.

Pero no solo mi cuerpo.
Voy a darte algo que no le doy a cualquiera…

—¿Qué, tia?

Ella lo miró, con los ojos brillando.

—Mi cariño.

Y aunque lo dijo bajito, fue lo que más lo encendió.


La casa de Sylvia olía a jazmín y vino tinto.
Las luces tenues, la música suave, y la mujer más caliente que Alex había conocido, vestida con un conjunto negro de encaje que apenas cubría sus curvas, lo esperaba en el centro de la cama.

—Acostate —le dijo con esa sonrisa que podía fundir acero—.
Esta noche es larga. No quiero que me apures.

Hoy vas a saborearme completa
Él obedeció, desnudo ya, con la respiración acelerada.
Ella se subió sobre su cuerpo con calma, como si cada segundo fuera un juego, una provocación.

Empezó besándolo desde el cuello hasta la cintura. Le lamió los muslos, lo mordió suavemente, lo miró a los ojos con picardía… y se metió su pija en la boca sin aviso.
Martín jadeó fuerte. Ella lo lamía como si se tratara de un postre, sucio y delicado a la vez.

Cuando él estuvo al borde, se detuvo.

—No, mi amor. Esta vez… voy a exprimirte entero.

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Se subió , y se metió su pija en su concha, lentamente, apretándolo con toda su humedad. Lo montó con sensualidad, luego con intensidad. Le tomaba las manos, lo mordía, lo cabalgaba lento y después como una bestia hambrienta.

—¡Sí! ¡Así, Martín ! ¡Mi sobrino favorito!
¡Dámelo todo, mi amor! ¡Todo!

Lo montó hasta dejarlo jadeando, se volteó, lo cabalgó de espaldas, se lo puso de lado, usó cada ángulo, cada posición, cada parte de su cuerpo para hacerlo enloquecer.

Le besaba el pecho, los testículos, el cuello.
Y cuando Martín no podía más, ella se vino gritando, temblando sobre él, con una mano entre sus piernas.

Se quedaron sudados, exhaustos, con las sábanas hechas un desastre.


Un rato después, en silencio, ella miraba en la ventana.
Desnuda. Hermosa. Con esa calma que llega cuando el cuerpo está completamente saciado.

Martín la miró, sentado en la cama, todavía medio tembloroso.

—¿Esto… se terminó?

Sylvia sonrió, sin voltear.

— Martín…
Ya te enseñé todo lo que necesitabas. Cómo besar. Cómo tocar. Cómo dominar. Cómo adorar a una mujer y también cómo castigarla.

Volvió hacia él, caminando desnuda, con esa seguridad que solo tienen las mujeres que se conocen por dentro y por fuera.

—Ahora te toca a vos encontrar a una putita que te pertenezca.
Que tiemble con tus manos.
Que se derrita con tus palabras.
Que se enamore de ti.

Martín bajó la mirada. Sylvia lo besó en la frente, con ternura.

—Pero si alguna noche no aguantás… si tenés la pija dura, con ganas de coger y la mente llena de recuerdos…
podés golpear mi puerta.

—¿Y qué va a pasar si lo hago?

Ella le guiñó un ojo y le susurró al oído:

—Te voy a abrir sin ropa interior.


Y así, Martín se fue esa mañana con el corazón acelerado y el cuerpo temblando, sabiendo que no sería solo una historia de sexo.

Su tia había sido su maestra. Su fuego. Su puta. Y su secreto para siempre.

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